Vaccea Anuario, 18 (2025)ISSN: edición impresa: 2659-7179; edición en línea: 2659-7187 https://editorialvaccea.es/vaccea-anuario Editorial Vaccea, CEVFW Universidad de Valladolid Cómo citar: Sanz Mínguez, C. y Rodríguez Marcos, J.A. (2025) “Tan lejos, tan cerca: zoomorfos en perspec-tiva cenital en El Castillo de Rábano y en Las Ruedas de Pintia”, Vaccea Anuario, 18, pp. 43-59. https://doi.org/10.69531/EENB-9893-PNTV Carlos Sanz Mínguez*José Antonio Rodríguez Marcos** Resumen: Se presentan dos hallazgos de sorprendente analogía formal, cuya distancia cronológica superaría el milenio de años, conformados por representaciones de animales vistos en perspectiva cenital asociados a recipientes circulares. Se analizan ambos contextos, un hoyo de la Edad del Bronce de El Castillo de Rábano y una tumba de la necrópolis de Las Ruedas de Pintia, proponiéndose un vínculo estrecho entre recipientes (y su contenido) y zoomorfos en perspectiva cenital, así como su relación con la divinidad y su presencia en contexto habitacional o necropolitano en relación a un culto, expresado en dicha iconografía, que se habría mantenido a lo largo de milenios en este territorio central de la cuenca del Duero. Palabras clave: Edad del Bronce, Protocogotas, Edad del Hierro, vacceos, zoomorfo en perspectiva cenital, divinidad, culto. Abstract: Two findings of striking formal similarity are presented, separated by more than a millennium, con-sisting of representations of animals seen in a bird’s-eye view associated with circular vessels. Both contexts are analysed: a Bronze Age pit at “El Castillo de Rábano”, and a tomb in “Las Ruedas”, the necropolis of Pintia. The evidence suggests a close connection between the vessels (and their content) and the zoomorphic figures shown in a bird’s-eye view, as well as their association with divinity. Their presence, in residential and funerary settings, may indicate a cultic practice expressed through this iconography, which seems to have been maintained for mi-llennia in the central territory of the Duero basin. Keywords: Bronze Age, Protocogotas, Iron Age, Vacceans, zoomorphic figure in bird’s-eye view, divinity, worship. * Centro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg – GIR AHMat, Universidad de Valladolid. csanz@uva.es, ORCID: 0000-0002-9828-9660.** Área de Prehistoria, Dpto. de Historia, Geografía y Comunicación. – GIR Arqueología Prehistórica, Universidad de Burgos. jrmarcos@ubu.es, ORCID: 0000-0002-5136-5312Recibido: 6 de mayo de 2025 / Aceptado: 7 de septiembre de 2025
44 Presentamos en este trabajo una iconografía muy peculiar, plasmada sobre soportes muebles de ba-rro y betún, de una similitud asombrosa, por repre-sentar una piel extendida o un animal en perspec-tiva cenital, además de por compartir un tamaño de representación prácticamente idéntico. Nos re-ferimos a dos piezas: una recuperada en un hoyo del yacimiento Protocogotas (Bronce Medio) de El Castillo de Rábano y una segunda encontrada den-tro de la tumba 226 de la necrópolis vaccea de Las Ruedas de Pintia (Segunda Edad del Hierro), entre las cuales, pese a su proximidad formal e iconográ-fica (e incluso espacial), discurre como mínimo un milenio de distancia. Simple analogía y, por tanto, discontinuidad de discursos o contenidos repre-sentados, o, por el contrario, persistencia de cier-tos elementos ideológicos en el tiempo largo de la Historia constituyen el dilema principal a estos ha-llazgos, en cuyo análisis tal vez podamos encontrar algo de luz. El hoyo número 10 de El Castillo (Rábano, Valladolid) El sitio arqueológico de El Castillo (Rábano, Valla-dolid) se ubica sobre un destacado espigón de pá-ramo desde cuya altura (se eleva 865 m sobre el ni-vel del mar) se domina, con una amplia visibilidad, la margen derecha del río Duratón (fig. 1: A). En la cumbre amesetada de este enclave, un espacio de cerca de 260 m de longitud máxima por 95 m de anchura (la extensión del asentamiento alcan-za, aproximadamente, las 2,4 ha), hace casi cuatro décadas, se desarrolló una excavación arqueoló-gica en área, en dos campañas sucesivas (1987 y 1988), durante las cuales se exhumaron en torno a 90 m 2 (fig. 1: B). A lo largo de tales trabajos, tras un decapage manual de la zona, se produjo la iden-tificación, como toda estructura de habitación, de una serie de grandes hoyos circulares que configu-ran uno de los denominados “campos de hoyos”, tan habituales en los hábitats de la Edad del Bron-ce meseteña, excavados en el substrato de calizas pontienses que culminan el cerro (fig. 1: C). Las evidencias obtenidas durante estas dos campañas, recogidas en varios trabajos (ver, entre otros: De-libes, Rodríguez-Marcos, Santonja, 1991: 203-213; López-Sáez, Rodríguez-Marcos, 2006-2007: 67-91; Rodríguez-Marcos, 2008: 159-182; y 2013: 44-73; López-Plaza et al., 2018: figs. 13 y 16), permitieron establecer que el enclave se ocupó en un único mo-mento cultural. Tanto los materiales arqueológicos identificados, cuanto los datos de C-14 obtenidos permitieron situar el devenir del presente hábitat paralelamente al desarrollo del grupo Protocogo-tas, de fuerte implantación en la zona a lo largo del Bronce Medio. La zona objeto de dichas actuacio-nes se sitúa en el sector suroeste de El Castillo; en este ámbito se identificaron y excavaron un total de 26 hoyos circulares.Entre los diferentes hoyos exhumados, el núme-ro 10 (fig. 1: D) cobra ahora un especial significa-do, puesto que en su interior aparecieron un par de piezas elaboradas con barro a las que presta-remos atención en el presente artículo. Dicha es-tructura es un hoyo de planta circular de 150 cm de diámetro y 60 cm de profundidad, con paredes verticales, prácticamente rectas y base plana, que dibujan un perfil ligeramente troncocónico. La sub-estructura en cuestión aparecía colmatada por una única unidad estratigráfica, consistente en un sedi-mento de tierras sueltas, de coloración gris oscura con inclusión de pequeños fragmentos de carbón. Hacia la zona media del relleno aparecieron unas cuantas piedras de mediano tamaño; bajo ellas el sedimento se hacía cada vez más claro, hasta adop-tar un tono blanquecino en el sector más profun-do. Los materiales arqueológicos recuperados en el interior son mayoritariamente fragmentos de cerámica y fauna. El conjunto se completa con unas pocas evidencias líticas. Hay que señalar que tales restos son especialmente numerosos en la mitad intermedia del relleno, siendo significativamente menos frecuentes en el cuarto superior e inferior del mismo.En cuanto a la fauna hay que apuntar que se recuperaron 121 fragmentos, de los que sólo pu-dieron ser identificados 3 ovicaprinos y 6 restos de valvas de mejillón de río. También se recogieron en este hoyo una pequeña lámina de sílex y una solera, prácticamente completa, de molino barqui-forme de granito. Nos parece interesante señalar que este hoyo es una de las estructuras con mayor número de fragmentos cerámicos de este sitio: se obtuvieron cerca de seiscientos, de los cuales 164 son diagnósticos (bordes, fondos, perfiles recono-cibles y fragmentos decorados). Cierto número (6) de entre de estas piezas, procedentes de distintas profundidades del relleno del hoyo, remontan en- tre sí; también con fragmentos (4, en concreto) procedentes de otras estructuras, más o menos próximas. En general, predominan las paredes fi-nas y medias sobre las gruesas. La mayoría de las piezas son de tamaño medio sin que falten algunos grandes recipientes de tipo olla. En cuanto al gra-do de abrasión, es bastante homogéneo, con claro predominio de las superficies poco rodadas.Desde el punto de vista tipológico destacan, sin duda, el importante número de fragmentos y per-files completos decorados mediante distintos tipos de motivos incisos e impresos característicos del grupo Protocogotas. Tales motivos (mayoritaria-mente temas incisos de líneas de espiguillas o tra-zos oblicuos en la línea de la carena, zigzags bajo el borde tanto dentro como fuera o incluso metopas y triángulos rellenos de trazos; en menor medida
45 Tan lejos, tan cerca: zoomorfos en perspectiva cenital en El Castillo de Rábano y en Las Ruedas de Pintia series de puntos impresos) se reflejan sobre cuen-cos, ollitas y grandes y medianas cazuelas de borde exvasado (fig. 2). Las formas lisas documentadas también son las propias del citado grupo: cierto número de cuencos y algunas grandes y medianas vasijas de perfil en ese u ovoides de labio indicado, con mamelones como elementos plásticos, tam-bién con diversas series de motivos impresos sobre el labio. Formando parte de este relleno, aparecieron también un par de piezas que cabría calificar de extraordinarias, modeladas ambas en barro sin co-cer, localizadas a unos 25 cm de profundidad res-pecto a la boca de la fosa, próximas, aunque no directamente conectadas. La primera de ellas es un pequeño cuenco, de apenas 25 mm de diámetro, con perfil en forma de casquete esférico (fig. 2: 6). La segunda es una figurita, de cerca de 40 mm de longitud, que muestra cuatro protuberancias late-rales, a modo de patas, y otra en el eje longitudinal, a modo de cola, así como una especie de cabeza redondeada, que cabe interpretar como la repre-sentación de un animal cuadrúpedo en perspectiva cenital o una piel extendida (fig. 2: 5).Centrándonos en estos dos elementos, hay que señalar que diversas publicaciones recogen cuen-quitos análogos al aquí descrito en distintos con-textos de la Prehistoria reciente de la península. En efecto, piezas semejantes a esta que, por cierto ya habían aparecido en otros hoyos de El Castillo (Rodríguez-Marcos, 2008: 335-336), están presen-tes en contextos que parecen remontarse al Calco-lítico, caso del cuenquito semiesférico identifica-do en una cabaña del yacimiento de Aguas Vivas (Guadalajara) (Crespo y Cuadrado, 2008: 28), aun-que es en la Edad del Bronce donde el número de piezas conocidas es más numeroso; pudiendo en-contrarlas en contextos de Protocogotas, caso del representado en el cercano enclave de El Carrizal (Cogeces del Monte, Valladolid) (Rodríguez-Mar-cos, 2008: fig. 61.3) o de Cogotas I, como Mon-cín (Borja, Zaragoza) (Harrison, Moreno, y Legge, 1994: 305/148). Asimismo, encontramos vasitos similares en el yacimiento del Bronce Pleno de La Loma del Lomo (Cogolludo, Guadalajara) (Valiente, 1992: 122-123 y 180; 2001: 170-171 y 174), en el argárico del Cerro de La Encina (Monachil, Grana-da) (Aranda y Molina, 2005: 175), o en la Motilla del Azuer (Daimiel, Ciudad Real) (Nájera et al., 2006: 149 y 152).Aunque en ocasiones se los denomina “vasos ju-guete” y no se descarta que, en efecto, pudieran ha-ber sido «usados por los niños y a veces fabricados por ellos» (Crespo y Cuadrado, 2008: 30) lo cierto es que, a nuestro entender, tampoco faltan ejemplos para defender un posible uso votivo. Pruebas en este sentido nos las ofrece su repetida presencia en diversos contextos funerarios: así, podemos verlos Fig. 1. A y B. Ubicación de El Castillo de Rábano; C. Vista de una parte de los hoyos exhumados; D. Un momento del proceso de excavación del hoyo núm. 10. A B C D
46 en La Loma del Lomo (Cogolludo, Guadalajara), don-de un pequeño recipiente de este tipo se localizó en el enterramiento de una anciana, dentro de una de las “hoyas” (12D-2) (Valiente, 1992: 180 y fig. 156.1); en la sepultura 22, del yacimiento argárico del Cerro de La Encina (Monachil, Granada), correspondiente, en este caso, a una inhumación infantil doble (Aran-da y Molina, 2005: 175); o, finalmente, en el enterra-miento infantil 39, de la Motilla del Azuer (Daimiel, Ciudad Real) (Nájera et al., 2006: 149 y 152).Respecto a la segunda pieza que ahora nos ocu-pa debemos comenzar por señalar que, tal y como desarrollaremos más adelante, entendemos que el análisis de este cuenquecito del hoyo 10 de El Cas-tillo de Rábano, no puede disociarse de la figurita zoomorfa hallada en su proximidad. Una pieza que, a diferencia de lo que ocurría con el cuenquito, se distingue por la ausencia de paralelos formales en contextos peninsulares de la Edad del Bronce, pero que, por el contrario, y para nuestra sorpresa, sí creemos poder rastrearlos en contextos de la Se-gunda Edad del Hierro, curiosamente en un asenta-miento muy próximo en el espacio, pero muy dis-tante en el tiempo: en torno a un milenio y medio. Fig. 2. Algunas cerámicas recuperadas en el hoyo núm. 10 de El Castillo de Rábano.
47 Tan lejos, tan cerca: zoomorfos en perspectiva cenital en El Castillo de Rábano y en Las Ruedas de Pintia Ese enclave no es otro que Pintia (Padilla de Duero-Pesquera de Duero), ubicado geográfica-mente muy cerca de El Castillo de Rábano, ape-nas a unos catorce kilómetros del asentamiento en llano y, diríamos aún más, a un solo kilómetro del asentamiento vacceo de Landecastro en To-rre de Peñafiel, frente por frente de El Castillo (fig. 3), interpretado recientemente como una aldea-santuario dependiente de la urbe pintiana en relación con los campos de cultivo que en el Duratón abastecerían a la ciudad (Sanz, 2021 y 2023). Resulta importante destacar esa proximidad espacial, por cuanto, lo primero que podríamos inclinarnos a pensar es que los singulares hallaz-gos de El Castillo no fueran otra cosa que la conse-cuencia de posibles contaminaciones producidas por la actuación de “vecinos”, muy posteriores en el tiempo, que frecuentaron espacios inmediatos. Sin embargo, el hecho clave para el resto del dis- Fig. 3. Localización de diversos yacimientos arqueológicos citados en el texto en el curso bajo del Duratón, previo a su desembocadura en el Duero.
48 curso es que contamos con argumentos que nos permiten defender que los materiales contenidos en el hoyo núm. 10 forman parte de un contexto cerrado, sellado en el Bronce Medio. En este sen-tido, aparte de las propias comprobaciones que realizamos durante los trabajos de excavación, nos parece harto elocuente que el análisis palinológico realizado del relleno de cuatro de las fosas identi-ficadas en dicho yacimiento, una de las cuales era el propio hoyo 10 (López-Sáez y Rodríguez-Marcos, 2006-2007: fig. 6), ofreciera una evidente similitud en los espectros polínicos. Tal circunstancia permi-te admitir la práctica contemporaneidad de la for-mación del relleno de los hoyos (a lo que hay que sumar la evidente similitud de los materiales ar-queológicos recuperados en todos ellos) y, conse-cuentemente, descartar que los mismos hubieran sufrido remoción posterior a su sellado en la fase Protocogotas, ya que de haber sucedido tal cosa se habrían detectado discordancias en los compo-nentes polínicos. La tumba 226 de la necrópolis de Las Ruedas de Pintia Las representaciones de zoomorfos en perspectiva cenital son relativamente frecuentes en el contexto de la Edad del Hierro meseteña, con particular inci-dencia en el territorio vacceo. En particular nos inte-resa la pieza modelada en betún hallada en la tumba 226 de la necrópolis de Las Ruedas, por constituir casi una réplica exacta en dimensiones y modelado de la presentada de El Castillo de Rábano.La tumba 226 es una de las 320 sepulturas de incineración exhumadas hasta el presente en el ce-menterio vacceo-romano de Las Ruedas de Pintia, dentro de una estratigrafía horizontal que abarca desde finales del siglo V a. C. hasta los inicios del II d. C. (Sanz, 1997; Sanz y Rodríguez, 2021). Su descu-brimiento se produjo en la campaña de 2010, dentro del sector G1d10 (fig. 4), en un loculus de tendencia ovalada excavado en la terraza estéril, de cerca de metro y medio en su eje mayor y equivalente pro-fundidad desde la superficie, si bien afectando a la terraza estéril tan solo en unos sesenta centímetros; los perfiles del hoyo estaban bien definidos con gran verticalidad, salvo por la zona noroeste que eran más tendidos. Aunque el depósito se encontraba al-terado en su configuración, mostrándose los objetos fragmentados, más o menos incompletos y carentes de una clara sintaxis, las asociaciones creemos que pueden considerarse válidas. Dentro y en el entor-no de la urna cineraria, una olla tosca, se recogieron 194 g de restos humanos, cuyo análisis antropológi-co ha proporcionado un individuo adulto cuyo sexo no se ha podido estimar.El ajuar se compone de veintiséis piezas (fig. 5), entre objetos cerámicos (16), metálicos (9) y de be-tún (1). Entre los primeros, cuatro son vasos elabo-rados a mano ―dos fuentes, un vaso trípode y una botella― y diez a torno, de los cuales cinco son finos anaranjados ―tres vasos de perfil acampanado, un cuenco y fragmentos de un gran recipiente, proba-blemente un crateriforme―, tres son ollas toscas, y, finalmente, dos son vasos negros bruñidos. Rea-lizadas también en cerámica encontramos una fu-sayola y una canica. Entre los elementos metálicos se contabilizan una placa de bronce y ocho objetos de hierro: enmangue tubular, punzón, dos cuchillos, tijeras, pinzas para el fuego miniaturizadas y dos parrillas. Cabe incluir, por último, una figurita de zoomorfo en perspectiva cenital realizada en betún, cuya plasticidad en el momento de ser depositada, antes de adquirir rigidez, ha determinado que el ra-bito y la cabeza se hallen en la actualidad doblados. Finalmente, como ofrendas faunísticas se pudieron recoger 124 g de restos óseos.Se trata, en suma, de un conjunto de cierta re-levancia, algo alterado en su sintaxis, pero con aso-ciaciones fiables, que no parece incluir armamento, ya que el enmangue tubular podría corresponder tanto a una punta de lanza o jabalina como a una herramienta; por otro lado, el resto de los objetos metálicos incorporan elementos funcionales como el punzón o las tijeras, junto a otros simbólicos, como las pinzas para el fuego o las parrillas, alusivos al banquete funerario. La ubicación de la tumba 226, dentro de la es-tratigrafía horizontal definida en la necrópolis de Las Ruedas, nos lleva al siglo II a. C., un momento que encuentra correspondencia con una serie de facto-res y materiales que concurren en este conjunto: así, la presencia aún de cerámica hecha a mano (parti-cularmente el trípode que poseyó una larga pervi-vencia, hasta el cambio de la era, en el ámbito fune-rario de Las Ruedas) conviviendo con la torneada; o los dos vasos de cerámica torneada negra bruñida de las formas I y II (Romero et al., 2012: fig. 2: 6 y fig. 4: 1), que además muestran el carácter siempre minoritario de estas producciones con respecto de otras especies vasculares; las decoraciones pintadas sobre la cerámica fina anaranjada, a base de triángu-los con el vértice hacia abajo, acredita también ese momento avanzado. En el mismo sentido podemos entender el marcado proceso de estandarización de los ajuares simbólicos para representar el banquete funerario a través de una serie de objetos miniaturi-zados como parrillas, pinzas para el fuego o cuchillos (Sanz, Carrascal y Rodríguez, 2019: 107). Aunque no estemos en condiciones de compren-der en toda su dimensión la semántica que escon-de esta combinación de objetos, es innegable que el zoomorfo, aquí fabricado en betún (Rodríguez et al. 2023: 203, fig. 3: 5473), adquiere preeminen-cia por comparecer en un mundo preferentemente anicónico, pero asimismo por su conformación a
49 Tan lejos, tan cerca: zoomorfos en perspectiva cenital en El Castillo de Rábano y en Las Ruedas de Pintia Fig. 4. Necrópolis de Las Ruedas, vista general (inf.) y sectores excavados con la estratigrafía horizontal definida gracias, entre otros elementos, a la distribución de los puñales (sup.), con indicación de la ubicación (en rojo) de la tumba 226.
50 partir de un material extraordinario como el betún. De este componente hemos podido recoger 76 ob-jetos en la necrópolis de Las Ruedas, conformando esferoides, pastillas, cuentas de collar, elementos figurativos, etc. De entre estos últimos (tipo III) se documentan torsos humanos, figuras de animales en perfil o pieles extendidas, así como el zoomorfo que nos ocupa (Rodríguez et al. 2023: fig. 3). Una veintena de estos objetos bituminosos fueron ha-llados en tumbas tanto infantiles como de adultos, sin que se pueda concretar antropológicamente el sexo, aunque si aplicamos criterios apriorísticos de presencia de armas o elementos de elaboración textil, alcanzarían por igual a hombres y mujeres, es decir, que tuvieron una aplicación universal, aunque muy restrictiva, entre los siglos V al I a. C. Es evidente que el color negro intenso del betún y su maleabilidad debieron de tener un significado Fig. 5. Elementos aparecidos dentro de la tumba 226: 1-4. Cerámicas hechas a mano; 5-6. Cerámica torneada negra bruñida; 7-11. Cerámica torneada fina anaranjada; 12-14. Cerámica torneada tosca; 15. Fusayola; 16. Canica; 17. Placa de bronce; 18. Enmangue tubular; 19. Punzón; 20-21. Cuchillos; 22. Tijeras; 23. Pinzas para el fuego; 24-25. Parrillas; 26. Zoomorfo en perspectiva cenital de betún.
51 Tan lejos, tan cerca: zoomorfos en perspectiva cenital en El Castillo de Rábano y en Las Ruedas de Pintia especial para estas gentes prerromanas, no siendo baladí en este sentido el que algunos enterramien-tos y las estelas que los señalaban se encontraran impregnados de una mezcla de betún con manga-neso, según los análisis realizados (carbono/azufre, difracción de rayos X y espectroscopía infrarroja) han mostrado (Sanz, 2020: 48; Rodríguez et al., 2023: 205), todo ello dentro de una quema ritual en la que el manganeso pudo operar como acelera-dor de la combustión. En el caso de este zoomorfo en perspectiva cenital de la tumba 226 creemos poder afirmar que la materia empleada pudo tener una especial significación profiláctica que ayudaría a intensifi-car la protección que la representación de la ima-gen ofrecería por sí misma. Su contexto funerario obliga a pensar en el carácter propiciatorio y pro-tector en ese tránsito hacia el más allá. De igual manera que los zoomorfos en perspectiva cenital modelados en el llamado “vaso de los lobos” de Rauda (Abarquero, 2026-2007; Abarquero y Palo-mino, 2021) incluyen en su espinazo una singular decoración excisa de zigzag que hemos interpre-tado destinada a potenciar la protección (en este caso tal vez de conservación del contenido) (Sanz, 2019: 51 y 54, fig. 15), el betún podría haber ope-rado en la misma dirección. No olvidemos que algunas de estos hallazgos bituminosos pintianos fueron comidos, tal y como viene a demostrar la huella de un mordisco sobre una pastilla mode-lada asimismo llena de impresiones digitales, lo que podría implicar la creencia en ciertos valores medicinales de esta materia, como ha sido seña-lado para otros lugares de la Antigüedad (Bourée et al., 2011); o, alternativamente, desempeñar un papel en la magia, tanto maléfica como benéfica (Connan y Deschesne, 1996: 27). ¿Un culto milenario a una divinidad innominada? Como ya se ha indicado, las representaciones de zoomorfos en perspectiva cenital, aunque escasas, encuentran una buena presencia en el contexto vac-ceo, y en particular en el asentamiento de Pintia. Aquí podemos relacionar un amplio repertorio de estas enigmáticas imágenes sobre soportes diversos (piedra, cerámica, bronce, betún o plata), ya sea en tapaderas de horno, estelas funerarias, armas, placas y apliques de bronce, torques de plata o en recipien-tes cerámicos, tanto en su iconografía más desarro-llada y explícita, como en la más sintética o acortada de la pars pro toto (Sanz y Blanco, 2015: 50-52). No abordaremos aquí in extenso todos y cada uno de los hallazgos que, en menor medida, también afectan a otros ámbitos prerromanos como el de los aréva-cos, turmogos, autrigones o berones; remitimos a los trabajos de Romero (2010) y de Matesanz (2024b), quien recoge ya una nómina próxima al centenar en su tesis doctoral.Los hallazgos ahora presentados creemos que pueden constituir una sólida referencia sobre la con-tinuidad milenaria de ciertas creencias ancestrales de los vacceos, arraigadas como vemos en un sus-trato del Bronce Medio a su vez dependiente de los contextos del Bronce Antiguo desarrollados durante el primer tercio del II milenio a. C., y que probable-mente aluden, a cultos de ámbito personal o familiar y, por tanto, de carácter medular en sus creencias. No resulta fácil comprender por qué esa represen-tación resulta única en el mundo Protocogotas y, sin embargo, muestra cierta proyección en la Edad del Hierro meseteña.Para intentar comprender el alcance de esta peculiar iconografía, de entre la relativa extensa nómina de estas enigmáticas representaciones de cánidos zoomorfos en perspectiva cenital, seleccio-naremos algunas que muestran un vínculo directo con un disco o círculo (como parece sugerir el ha-llazgo de El Castro de Rábano) en la mayoría de los casos en conexión con el morro o la lengua del ani-mal. Ese vínculo no es siempre explícito, por lo que es necesario mirar un poco más allá de lo evidente.Comenzaremos por «el más importante docu-mento iconográfico de que disponemos, al menos por el momento, para estudiar la naturaleza del ciclo calendárico anual en el ámbito de la Europa céltica» en palabras de Matesanz (2024a: 34), el pomo del puñal de la tumba 32 (fig. 6). Descubierto en la cam-paña de excavaciones de 1986 y redescubierto tras el proceso de restauración al que fue sometido en el Museo de Valladolid, la pieza ofrece una excep-cional narrativa, con 25 representaciones figurativas entre las que se encuentran combates singulares de guerreros portando caetra y lanza, numerosos ve-rracos, algunas cabras (o caballos según otras inter-pretaciones), una ave (perdiz o buitre) y un posible tejón (cánido según otros), además de la represen-tación por triplicado del zoomorfo en perspectiva cenital. De estos, los animales de los extremos son de mayor tamaño y presentan una disposición apai-sada, mientras que el tercero y menor aparece en la zona media en posición vertical orientada su cabeza hacia el extremo inferior. Ambas representaciones mayores no son exactamente iguales, aunque com-parten alargados cuellos que continúan en cuerpos igualmente estrechos, un relleno de trazos rectos en cuerpo y extremidades, garras marcadas y rabo trian-gular destacado, además de una cabeza ligeramente engrosada con respecto del cuerpo de la que emerge una sinuosa lengua que lame un círculo reticulado; las diferencias se expresan en dicho círculo de trazo simple (izquierda) o doble (derecha), y en una cabe-za con boca abierta de trazado en V (derecha) o la ausencia de la misma (izquierda) en cuya cabeza, sin embargo, se marcan a modo de colmillos laterales
52 como los que muestran los verracos o jabalíes que se representan abundantemente en el puñal y tahalí, si bien de manera inversa a estos, por lo que no des-cartamos que pudieran intentar representar cuernas u orejas. Finalmente, el tercero de los zoomorfos, de tamaño sensiblemente menor por adaptarse al reducido espacio existente entre sendos calados del extremo proximal, muestra la misma tipología que el de la derecha, aunque sin incluir círculo y lengua, ni trazos interiores, pero sí la boca abierta en V; aunque carece de disco, si ampliamos la perspectiva, y pese a lo arriesgado de esta interpretación, cabría pensar que tal vez los tuviera, de considerar la existencia de una contera circular (en vez de la tetralobulada con que en ocasiones hemos reconstruido el arma (véase Sanz, 1990: 347, fig. 18) al final de la vaina, siendo el fuste a modo de lengua que conectara disco y ca-beza del animal. Podría argumentarse en contra de esta interpretación que las vainas de conteras circu-lares resultan más austeras en su decoración ―se ha llegado a señalar la ausencia de damasquinados en ellas, o «en caso de tenerla, muy puntual, austera y simple» (De Pablo, 2023: 256)―, lo que sin embargo no puede afirmarse de manera categórica, por cuan-to existen numerosos ejemplos que contradicen esa afirmación (Sanz y Rodríguez, 2021: figs. 257-260), y alguna otra pieza inédita, espacialmente muy cerca de donde se recuperó dicha tumba 32, como la con-tera que incluimos en la fig. 8, con una decoración compleja de hilos de plata. En su momento uno de nosotros (Sanz, 1997: 440-444) aportó sólidas razones por las cuales este zoomorfo debería ser considerado como figuración de un ser de naturaleza sagrada, divina o mitológica, lo que ha sido compartido por otros autores en rela-ción a esta representación (Blanco, 1997; Abarque-ro, 2006-2007; Romero, 2010; Alfayé, 2010; Alfayé y Sopeña, 2010; o De Pablo, 2021). Más recientemen-te, dentro de una nueva y sugerente interpretación del pomo, por la cual las escenas representadas forman parte de un patrón calendárico como ya se ha señalado, han llevado al autor de esta propuesta a identificar la figuración animal como la divinidad «anónima celebrada durante los plenilunios por los celtíberos y sus vecinos septentrionales, cuya exis-tencia nos fue transmitida por Estrabón» (Matesanz, 2024b).La segunda pieza a la que nos referiremos es el “vaso de los lobos” de Roa de Duero, en el que se dispone, sobre el hombro de una orza de almace-namiento, por duplicado y en disposición diametral-mente opuesta, la que puede considerarse la repre-sentación más naturalista de todos los zoomorfos cenitales conocidos, sobre todo por lo que atañe a la cabeza del animal, que cabe interpretar sin lu-gar a dudas como un cánido. En este vaso hay que destacar el rallado pintado de todo el cuerpo y el espinazo zigzagueante exciso que añade un plus de significado protector, según hemos defendido para las llamadas producciones singulares (Sanz, Carras- Fig. 6. Pomo de la tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas de Pintia, a partir de Sanz, 2010 (modificado, sustituyendo la contera tetralobulada por otra discoidal). A la izquierda fragmento de contera, recuperada en posición secundaria, con damasquinados en plata y cobre/bronce.
53 Tan lejos, tan cerca: zoomorfos en perspectiva cenital en El Castillo de Rábano y en Las Ruedas de Pintia Fig. 7. Detalles del vaso de los lobos de Rauda: A y B, zoomorfos en perspectiva cenital dispuestos sobre el hombro de la tinaja; C y D, asas con la pars pro toto del zoomorfo en perspectiva cenital.
54 Fig. 8. Diversas representaciones de la pars pro toto del zoomorfo en perspectiva cenital: 1. Asa del vaso de los lobos; 2. Escudilla de cerámica torneada negra bruñida; 3-6. Cuencos hechos a mano con decoración de peine y plástica; 7. Decoración pintada sobre una cerámica fina anaranjada; 8. Jarro de pico fino anaranjado con decoración pintada. Procedencias: 1. Eras de San Blas, Roa de Duero; 2-8. Necrópolis de Las Ruedas, Pintia.
55 Tan lejos, tan cerca: zoomorfos en perspectiva cenital en El Castillo de Rábano y en Las Ruedas de Pintia cal y Rodríguez, 2019: 117). Ambos cánidos tienen la lengua fuera y lamen un disco reticulado con puntos, de uno de ellos solo se conserva la impronta, que recuerda sobre manera el pan bregado tradicional (fig. 7: A y B). Capítulo específico de análisis e interpretación exigen las asas de este recipiente. La primera con-sideración es que se trata del trasunto de los lobos dispuestos en horizontal sobre el hombro de la pie-za, pero en esta ocasión deconstruidos, deshechos analíticamente para darlos una nueva estructura. Aun estando de acuerdo con lo planteado por Abar-quero y Palomino (2012: 147), creemos estar ante algo más que «una adaptación funcional del elemen-to simbólico, una forma distinta de captar el mismo significado, sacrificando en este caso el naturalismo en pos de una finalidad práctica»; tal vez pueda cali-ficarse de finalidad práctica esa adaptación al marco de las asas pero, si se hubiera querido, nada habría impedido técnicamente haber establecido como asi-deros a sendas representaciones verticales de ani-males completos. Desde nuestra óptica actual podríamos decir que aquí se está jugando deliberadamente a confundir, dentro de ese estilo ambiguo que caracteriza a algu-nas producciones de la Edad del Hierro meseteñas como las famosas fíbulas de caballitos combinadas con verracos (Esparza, 1991). Sin embargo, en la mentalidad vaccea seguramente cualquier observa-dor habría reconocido sin problema alguno la repre-sentación de la pars pro toto. No coincidimos, ade-más, cuando a continuación se dice que tal proceder en las asas significa en primer lugar la mutilación de la representación en su parte fundamental, la cabeza (Abarquero y Palomino, 2010: 146), antes bien reco-nocemos sin complicaciones la presencia del morro del animal en el que se indican no solo los orificios nasales mediante profundas impresiones circulares, sino también la boca con un trazo horizontal inciso más liviano. Sí coincidimos con estos autores en lo desacertada de la interpretación de estarse repre-sentando al lobo panza arriba, «dejando a la vista los órganos genitales que estarían plasmados en un pequeño apéndice recto y en dos puntos impresos localizados entre las patas traseras» Romero (2010: 496), cuando en el señalado apéndice recto no pare-ce difícil identificar el morro (fig. 7: D). Precisamente saliendo de este y proyectada hacia abajo se observa en la otra asa una pintura muy desleída que pudiera representar sencillamente la lengua que entraría en Fig. 9. Olpe o jarro de pico de Cauca, en cerámica torneada negra bruñida, con decoración de zoomorfo en perspectiva cenital. Izquierda: dibujo según F. Blanco (1997), modificado reduciendo a tres el número de zoomorfos. Derecha: fotografía del fragmento caucense según F. Blanco (1997) sobre un olpe de cerámica negra bruñida de Pintia.
56 conexión con el círculo del baquetón delimitado por impresiones (fig. 7: C); es más, en la presunta lengua pintada se observa otro trazo interior que recuerda el tratamiento dado a las lenguas de los lobos com-pletos, con sendos trazos incisos interiores en V. De manera que, si consideramos la cenitalidad del observador en un recipiente como este, segura-mente encastrado en el suelo, podríamos entender cómo un vacceo cualquiera dos milenios atrás habría distinguido la presencia de cuatro lobos asociados a sus respectivos círculos concéntricos: dos naturalis-tas y completos sobre el hombro de la pieza y otros dos diametralmente opuestos formando las asas y deconstruidos, en los que la boca del recipiente y los dos baquetones constituyen el espacio circular asociado. Este “vaso de los lobos”, en suma, estaría ofreciendo imágenes completas del zoomorfo, com-binadas con otras que representan las pars pro toto, en ambos casos vinculadas a un círculo más o menos explícito, e igualmente evidentes para alguien que conoce y venera el símbolo.La interpretación que ofrecemos ya fue puesta de relieve hace unos años y se hace especialmente evidente si jugamos con la disposición de estas re-presentaciones incompletas en relación a los círcu-los que delinean los fondos o a las bocas. Tenemos numerosos ejemplos, en los que, además, parece mantenerse cierta tendencia hacia la triplicidad del motivo. Tal es el caso de una escudilla de cerámica tor-neada negra bruñida, recuperada en posición secun-daria en la necrópolis de Las Ruedas (Sanz y Blanco, 2015: 62, fig. 1.3.1) sobre cuyo fondo se trazó un cír-culo de oquedades impresas (similar a los que exor-nan los baquetones del “vaso de los lobos” rauden-se), y la esquemática representación de los cuartos traseros (o delanteros) del animal en forma de W, dispuestos en torno al fondo de la pieza, configuran-do un verdadero ónfalo (fig. 8: 2). Deliberadamente hemos reproducido de nuevo al lado de esta imagen la de una de las asas del “vaso de los lobos” de Rau-da (fig. 8: 1), para poder comparar hasta qué punto ambas iconografías son parejas. Si bien no se ha clasificado así hasta ahora, cree-mos que el fragmento cerámico hecho a torno que comentaremos a continuación debe ser incluido en el mismo tipo de producción de cerámica negra bru-ñida. Dado a conocer por Blanco (1997: 187, lám. II: 2; fig. 3), como procedente de Los Azafranales de Coca, el fragmento se decora, como suele ser habi-tual en este tipo de producción, con acanalados y hoyuelos o cazoletas realizados con punta roma, configurando un zoomorfo con las patas orientadas hacia arriba y cuya cabeza (tal vez no representada) apuntaría hacia el círculo superior del borde. Rome-ro (2010: 515, fig. 31) recoge una de las posibles in-terpretaciones que aporta Blanco de la repetición de este motivo por cuatro veces; sin embargo, el propio Blanco ya señalaba que de haber tenido un asa en el recipiente solamente habrían cabido tres de estas figuraciones, lo que también viene a encajar con el fenómeno habitual de la triplicidad para esta repre-sentación (Blanco, 2011-2012). En efecto, nosotros creemos más adecuada la reconstrucción con tres zoomorfos y asimismo asimilamos a un olpe o un jarro de pico el fragmento de la panza conservado, tal y como lo representamos (fig. 9), teniéndolo que encajar, alternativa y respectivamente, en el tipo Xa o Xb de nuestra clasificación (Romero et al., 2012: 628, fig. 7). De nuevo los zoomorfos orientarían sus cabezas y bocas hacia el círculo superior del reci-piente.Una representación muy similar a la descrita pre-viamente, encontramos en el jarro de pico de la tum-ba 154 de Pintia, en este caso de cerámica fina ana-ranjada (Sanz y Blanco, 2015: 59, fig. 1.2.17; Sanz y Rodríguez, 2017: 24), que incluye sobre la panza una decoración pintada a base de otros tres zoomorfos en perspectiva cenital “descabezados”, cuyas patas delanteras y traseras muestran orientación contraria, pero indicación de las garras, apoyándose sobre el baquetón de desarrollo circular que da paso al cuello del jarro (fig. 8: 8); aunque ya de naturaleza más es-peculativa, podríamos interpretar los dos elementos alargados pintados que caen de la piquera como len-guas de los animales que se acercan al contenido del recipiente, obviamente reducidas a la pareja por su disposición a ambos lados de la piquera. Motivos similares como el pintado sobre una ce-rámica pintiana recuperada en posición secundaria en la necrópolis de Las Ruedas, podrían correspon-derse también con esa abstracción del zoomorfo en perspectiva cenital, en forma de W (fig. 8: 7).Finalmente, un conjunto de cuencos de gran ca-lidad, hechos a mano, con acabado bruñido y deco- Fig. 10. Figuraciones zoomorfas en perspectiva cenital de El Castillo (Bronce Medio) y de Las Ruedas (Segundad Edad del Hierro).
57 Tan lejos, tan cerca: zoomorfos en perspectiva cenital en El Castillo de Rábano y en Las Ruedas de Pintia rados a peine, procedentes de la necrópolis de Las Ruedas de Pintia, incluyen también sendas repre-sentaciones en técnica plástica de la pars pro toto de zoomorfos en perspectiva cenital o en W, dispuestas en el extremo superior, junto al borde, como aso-mándose al círculo que delinea su boca. Unos pare-cen mostrar garras mediante incisiones acanaladas de punta roma (fig. 8: 4 y 6); otras, careciendo de estas, incluyen, sin embargo, oquedades sobre la propia W (fig. 8: 3) (algo que veíamos ya en el “vaso de los lobos” raudense (fig. 8: 1)), o bajo ella (fig. 8: 3-6). En suma, de la selección de representaciones elegida, creemos poder defender dos cuestiones importantes. En primer lugar, la deconstrucción de la imagen del zoomorfo en perspectiva cenital, mediante la representación parcial de las extremi-dades superiores. Para esta interpretación nos pa-rece clave el llamado “vaso de los lobos” de Rau-da que combina la imagen al completo del animal con otra fragmentaria y reelaborada en las asas; sin esta última no nos habríamos atrevido a pro-poner otra serie ejemplos de decoraciones en W como propias de la iconografía. En segundo lugar, la estrecha relación del animal con el círculo, ya sea representado de manera explícita pegado a la len-gua del animal, o, de forma más elíptica, asociado a los círculos que configuran el borde, el fondo o el baquetón decorativo de un recipiente determi-nado. Esa estrecha conexión de círculo y animal es la que posee un gran interés para las piezas de El Castro de Rábano. En este caso, además, pode-mos observar que se trata de un cuenquito del que el animal podría estar bebiendo y ello nos podría mover a pensar que, en el caso de las representa-ciones más explícitas de estos animales, el círculo no se correspondiera tanto con un pan (Abarque-ro, 2006-2007: 200) como con un contenedor de líquidos (estanque, charca o similar) en el que el zoomorfo bebiera. Consideraciones finales ¿Cuál es la quintaesencia de lo vacceo? Aunque es una pregunta que no tiene una respuesta senci-lla, podríamos convenir que no sería otra que una amalgama (unión o mezcla de cosas de naturaleza contraria o distinta) de un profundo sustrato confi-gurado desde el Calcolítico al Bronce Final identifi-cado lingüísticamente por su pertenencia a la Iberia indoeuropea, sobre el cual impacta, hacia los inicios del Primer Milenio, otra capa lingüística céltica, at-lántica con el lusitano como lengua franca, o ultra-pirenaica con elementos ideológicos asociados a los Campos de Urnas transmitidos a través de la cabece-ra del valle del Ebro hacia el Alto Pisuerga, y del Alto Duero hasta su zona media, en momentos diferentes y consecutivos, con la extensión de rituales funera-rios de incineración como uno de los elementos más llamativos del cambio operado, materializado en la aparición de extensos cementerios. Un elemento más, sustancial de dicha amalgama, sería el compo-nente mediterráneo que a partir del siglo VIII a.C. se deja sentir, sobre todo en los territorios al sur del Duero, con la aparición de los primeros hierros, fíbulas de doble resorte, torno alfarero, productos exóticos como jarros, timaterios, páteras de bronce, etc. Recepción y asimilación permanente, reajustan-do a la idiosincrasia de este territorio meseteño las novedades recibidas, reescribiendo, una vez más, el tiempo largo de la Historia que selecciona, convierte y readapta, al menos en parte, las innovaciones y las modas a una tradición presidida por cierto determi-nismo ambiental.Un milenio y medio separan las dos representa-ciones aquí estudiadas de zoomorfos en perspecti-va cenital (fig. 10). Probablemente nunca podamos reconstruir a ciencia cierta que mito encarna. Sí sabemos que este zoomorfo habitualmente estuvo asociado a un círculo, que, en el caso de El Castillo de Rábano, es propiamente un cuenco, por lo que la presencia de algunos especímenes con la lengua fuera podría aludir a la manera habitual de beber un líquido por el animal. El vinculo de esta representa-ción con la divinidad nos parece más que probable y así ha sido admitido por diversos autores. De mane-ra que la pieza en El Castillo de Rábano podría estar remitiéndonos a algún tipo de culto doméstico a esa divinidad, mientras que la de la necrópolis de Las Ruedas probablemente pudiera estar presente en la tumba como elemento protector y/o viático para el viaje al más allá del finado. En ambos casos la re-presentación casi idéntica, una en barro y la otra en betún, creemos que no debe ser considerada como una simple analogía; antes bien juzgamos la misma como un testimonio de unas creencias ancestrales consolidadas que trascienden los siglos para conec-tar ambientes y sociedades bien diferentes de la Edad del Bronce y de la Edad del Hierro, constituyén-dose en un elemento que otorga continuidad frente a otros que nos hablan de ruptura o cambio, como consecuencia del fenómeno colonial mediterráneo y todas las innovaciones que eso supuso para la me-seta norte en particular y para la península ibérica en general. Al admitir que esto es así no se nos oculta que, de una parte, estamos asumiendo que para las gentes de la Edad del Bronce estas piezas re-vestían un significado de tipo cultual y, al tiempo, para cerrar el círculo, que su presencia en un hoyo del momento Protocogotas debería interpretarse no como algo casual, sino como un hecho de ca-rácter simbólico; como un depósito deliberado, que, a la postre, constituiría un argumento más para quienes, desde postulados de corte proce-sual, entienden que en las practicas deposicio-
58 nales prehistóricas los rellenos de muchas de las estructuras que integran los “campos de hoyos” del bronce meseteño, lejos de constituir acumu-laciones caóticas de desperdicios, constituyen au-ténticos depósitos estructurados. Bibliografía Abarquero Moras, F.J. (2006-2007) “Simbolismo cenital en el mundo vacceo a propósito de un recipiente de cerá- mica de Las Eras de San Blas (Roa, Burgos)”, BSAA ar-queología, 72-73, pp. 183-209. Disponible en: http://uvadoc.uva.es/handle/10324/9156 Abarquero Moras, F.J. y Palomino Lázaro, Á.L. (2012) Arqui-tectura doméstica y mundo simbólico en la ciudad vac-cea de Rauda: La ‘Casa del Sótano’ en las Eras de San Blas (Roa, Burgos). Burgos: Institución Fernán González.Alfayé Villa, S. (2010) “Iconografía vaccea: Una aproxima-ción a las imágenes del territorio vacceo”, en Romero Carnicero, F. y Sanz Mínguez, C. (eds.) De la región vac-cea a la arqueología vaccea. 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