Vaccea Anuario, 18 (2025)ISSN: edición impresa: 2659-7179; edición en línea: 2659-7187 https://editorialvaccea.es/vaccea-anuario Editorial Vaccea, CEVFW Universidad de Valladolid Cómo citar: Blanco García, J.F. (2025) “El cerro de La Mota (Medina del Campo, Valladolid): Una emergente ciudad vac- cea que se truncó”, Vaccea Anuario, 18, pp. 25-41. https://doi.org/10.69531/LEER-8803-PNTV Recibido: 22 de abril de 2025 / Aceptado: 28 de mayo de 2025 Resumen: Uno de los poblados más representativos de la cultura del Soto de Medinilla, concretamente en lo que se refiere a su etapa de plenitud, es el ubicado en el cerro de La Mota. Numerosas han sido las campañas de excavación que, desde 1982, en él se han llevado a cabo, y a pesar de que aún no se ha dicho la última palabra sobre el inicio y el final de su periodo de ocupación prehistórica, por ahora sigue vigente la idea de que sus primeros habitantes se instalaron a comienzos del siglo VII a. C. y los últimos lo abandonaron en cierto momento del IV a. C., no llegando a transformarse en una ciudad vaccea.Nuestro objetivo en este trabajo es, con la información arqueológica disponible y tras llevar a cabo un repaso crítico de la misma, esgrimir las posibles razones por las que tan destacado enclave soteño precisamente no llegó a convertirse en una ciudad vaccea más, como lo fueron otros importantes poblados de la Primera Edad del Hierro como Rauda, Zorita/Las Quintanas de Valoria la Buena, Simancas, el propio Soto de Medinilla, Cuéllar o Cauca. Palabras clave: Primera Edad del Hierro, asentamiento del grupo Soto de Medinilla, ciudades vacceas, valle medio del Duero, España. Abstract: One of the most important settlements belonging to the Soto de Medinilla culture, exactly to the Full and Late Soto, is the hillfort of La Mota. The archaeological evidence, since 1982, shows that the period in which was occupied the Iron Age village were from the beginning of the seventh century until the fourth century BC. According to ceramic evidence, the last wheel-made pottery found at the site, of vaccaean type in Red and Black Painted, shows that it was abandoned about fourth century BC. In consequence, La Mota never became a vaccaean city. ¿why?Our purpose in this paper, whit the archaeological information that we now have, is to see the possible reasons that can explain the abandonment of this important site, a so many different case of another villages of the Soto culture, like Rauda, Zorita/Las Quintanas de Valoria la Buena, Simancas, Soto de Medinilla, Cuéllar or Cauca, for instance. Keywords: Early Iron Age, Soto de Medinilla settlement, Vaccaean towns, Middle Duero Valley, Spain. * Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, jfrblanco56@gmail.com, ORCID: 0000-0001-9950-7749 Juan Francisco Blanco García*
26 Introducción El de La Mota de Medina del Campo es uno de los núcleos poblacionales de la Primera Edad del Hierro meseteña en el que, a pesar de las numerosas inter-venciones arqueológicas que en él han tenido lugar desde 1982, más preguntas están pendientes de res-puesta, lo cual le convierte en un atractivo yacimiento para quienes investigan ese periodo en el área central de la cuenca del Duero. Una de esas preguntas, cua-jada de ramificaciones, se refiere a las causas por las que en cierto momento del siglo IV a. C. (V cal AC) queda deshabitado, no llegando a convertirse en una ciudad vaccea más de cuantas hoy conocemos, que sin duda hubiera sido de las más destacadas, a juzgar por la importancia que adquirió como aldea soteña en los siglos VII-V a. C. (VIII-VI cal AC). Por el momen-to, la documentación arqueológica no permite saber si su final acaeció de forma repentina –motivado por una o varias causas–, o bien estamos ante un caso de lento abandono del cerro por parte de sus ocupantes. De haber ocurrido esto último, la investigación debe-ría abordar, cuando se generen nuevos datos sobre los niveles de abandono, los posibles motivos por los que este proceso se pudo haber producido. Pero el de La Mota, siendo quizá el más sobresaliente, no es un caso único de abandono del enclave por parte de sus residentes soteños en momentos en los que comien-zan a formarse las ciudades vacceas. La Trinchera de Olivares de Duero (Seco, 1993: 222), Las Quintanas de Castronuevo de Esgueva (Del Olmo, 2016: 215-217, lám. 100) o el Castro de Santa María del Río (Celis, 2007: 49), por ejemplo, son otros tantos lugares en los que ocurrió algo parecido, si bien es obvio que en cada uno de ellos habríamos de buscar las causas es-pecíficas que condujeron a tal hecho. Abandono que, dicho sea de paso, también se observa en lugares so-teños del área próxima celtibérica, como Adrada de Haza (Sacristán, 1986a: 44-45; Sacristán et al., 1995: tabla 1).Pero si la cuestión del final de La Mota resul-ta compleja, no lo es menos la de sus inicios como poblado estable, levantado por una pequeña comu-nidad humana con intención de establecerse de ma-nera permanente en el cerro medinense, en torno al 700 a. C. (800 cal AC), es decir, en los inicios de la fase de plenitud o de madurez de la denominada cultura del Soto de Medinilla. Hasta ahora, los vasitos fina-mente bruñidos, de carenas vivas y superficies negras acharoladas, carentes de decoración, tan característi-cos y abundantes en la fase formativa de dicha cultu-ra, pero que siguen estando presentes en la de madu-rez, como quedó demostrado en las excavaciones de 1989-1990 realizadas en el propio poblado epónimo de la referida cultura y por ello han perdido gran par-te del valor diagnóstico que tenían años atrás (Delibes y Romero, 2011: 77), en La Mota son tan raros que únicamente tenemos identificado con plena seguri-dad un ejemplar, exhumado en las excavaciones que en 2003 se practicaron frente a la puerta del castillo (figs. 2 y 11: 1), a no ser que exista alguno más en informes de intervenciones que permanecen inédi-tas. En el extremo noroccidental del cerro, zona en la que, como más adelante veremos, existen motivos para pensar que pudo estar situada la aldea fundacio-nal –aunque esta es una propuesta que necesita ser confirmada a través de nuevas y más extensas excava-ciones–, no parece que se hayan documentado tales cuencos carenados.En este trabajo vamos a realizar un análisis críti-co de la información que hasta ahora han deparado las excavaciones en el poblado de la Edad del Hierro de La Mota, con la vista puesta en el asunto arriba anunciado: las razones que se pueden esgrimir para explicar cómo tan importante poblado soteño no lle-gó a transformarse en ciudad vaccea, como sí ocurrió en otros destacados enclaves tales como Simancas, el Soto de Medinilla, Zorita/Las Quintanas de Valoria la Buena ―si bien en este caso el núcleo del Hierro II se encuentra algo desplazado respecto del soteño (Mi-siego et al., 2017)―, Rauda, Cuéllar o Cauca.Y lo primero que corresponde abordar, aunque no sea más que de forma breve, son los aspectos físicos del lugar en el que los soteños de La Mota construye-ron su poblado. El emplazamiento en el que se levan-tó es un cerro amesetado de unas 10 ha de espacio útil para construir, situado entre el río Zapardiel y el arroyo Adajuela, que destaca unos 20 m sobre la su-perficie campiñesa circundante (fig. 1). Con los datos hoy disponibles, resulta difícil tratar de establecer la extensión que llegó a alcanzar este enclave en su mo-mento de mayor desarrollo, pues aunque los mate-riales de la Edad del Hierro aparecen dispersos por todo el promontorio (Seco y Treceño, 1993: 133), es evidente que el espacio urbanizado debió de ser me -nor. En su tesis doctoral, A. Blanco González (2009: vol. II, 2, 42) calculó, sobre la ortofoto del SIGPAC, que la extensión real pudo haber sido de unas 6,75 ha, lo que significaría que estaríamos ante uno de los poblados soteños más grandes que se conocen. Sin embargo, esta propuesta necesita de comprobación Fig. 1. Vista aérea del cerro de La Mota (SIGPAC Castilla y León).
27 El cerro de La Mota (Medina del Campo, Valladolid). Una emergente ciudad vaccea que se truncó arqueológica sobre el terreno mediante la puesta en práctica de un programa de sondeos selectivos, distri-buidos por todo el perímetro del cerro, e incluso así, habría sectores en los que no se obtendría ninguna información porque en ellos se realizaron importan-tes obras arquitectónicas en tiempos medievales y modernos que prácticamente han desmantelado ad fundamentum las estructuras prehistóricas, como se ha podido comprobar, por ejemplo, en 1999, cuando al excavar varios sondeos M. Retuerce y M. A. Hervás en el entorno del castillo se llegó al sustrato geológico sin que aparecieran restos arquitectónicos o niveles de ocupación intactos de la Edad del Hierro, aunque sí materiales cerámicos dispersos y, por tanto, descon-textualizados. En torno al cerro, además de localizarse varios es-pacios lacustres que en épocas de abundantes lluvias darían un aspecto pantanoso a los terrenos circun-dantes, se extienden llanuras onduladas en las que en la Edad del Hierro se situaban los campos de culti-vo entre espacios forestales que los análisis polínicos y antracológicos han mostrado que eran de encinas, robles, quejigos, pinos negrales y piñoneros, fresnos, sauces y chopos –seguramente estos últimos forman-do bosques-galería–, así como superficies de herbá-ceas aprovechables para el mantenimiento de una ca-baña ganadera que los análisis arqueofaunísticos, en este caso, indican fue numerosa y diversificada, pero dominada por ovicaprinos y bóvidos.Entrando ahora en aspectos historiográficos, el ce-rro de La Mota se incorporó al panorama poblacional de la Edad del Hierro en el centro del valle del Duero hace poco más de cuarenta años. Concretamente, en 1982, cuando, durante la excavación de urgencia de cinco sondeos en lo que iba a ser la ampliación del cementerio municipal, por primera vez se documen-ta una amplia secuencia estratigráfica con restos de viviendas de barro y madera superpuestas, pertene- Fig. 2. Localización de las excavaciones practicadas, aunque la escala no es aplicable a las unidades de excavación (Seco y Treceño, 1995, modificado con las intervenciones de 2001 y 2003).
28 cientes a tres momentos del Hierro Antiguo –La Mota 1, La Mota 2 y La Mota 3, fechados, respectivamente, en 800/750-700/650, 700/650-550 y 550-400 a. C.– bajo los niveles de época medieval (García y Urteaga, 1985; García, 1986-87: 109). El indudable interés de la información recuperada en aquella ocasión para conocer los orígenes de Medina del Campo condujo a la realización de nuevas excavaciones entre los años 1988 y 1993. Estas se concretaron en más de una do-cena de sondeos estratigráficos, unos ubicados den-tro del propio camposanto, pero otros fuera, que, con resultados de diversa consideración, han supuesto la mayor parte del importante caudal de conocimientos que en la actualidad tenemos (Seco y Treceño, 1993 y 1995). Un caudal sólo incrementado con los aporta-dos por las excavaciones practicadas en el año 2001 en la zona sureste del cerro, junto al castillo –donde se constató que el poblado soteño estuvo protegido inicialmente por un foso al que más tarde se añadió, paralelo a él, un segundo–, y en el 2003, frente a la entrada principal del mismo, un espacio hoy dedica-do a aparcamiento y recepción de visitantes (Blanco y Retuerce, 2010). En los 297 m 2 intervenidos en esta última campaña, y como resultado de ser una excava-ción en extensión ―la única de estas características que se ha practicado hasta ahora en el cerro, algo, por otro lado, poco frecuente en los poblados soteños―, se pudo documentar todo un conjunto de restos de viviendas de adobe, tapial y madera pertenecientes a tres momentos constructivos que, en conjunto, se fe-chan entre mediados del siglo VII a. C. y mediados del IV a. C. Las numerosas estructuras exhumadas mues-tran una ocupación muy densa del espacio urbano, lo cual se explica porque nos encontramos en pleno centro del cerro.Estas intervenciones (fig. 2) son las que han apor-tado el grueso de la información de la que hoy dispo-nemos, pero no podemos silenciar que entre 1993 y 2001 se practicaron algunos sondeos más que afecta-ron al poblado de la Edad del Hierro. En concreto, tres en 1995, que no llegaron a agotar la secuencia estra-tigráfica y tampoco se publicaron, pero cuyos perfiles fueron refrescados y reinterpretados en 1996. Secuencias estratigráficas y estructuras arquitectónicas La superposición de poblados de la Primera Edad del Hierro en La Mota ocasionó la formación de un au-téntico tell, de forma similar a como ocurrió en el emblemático Soto de Medinilla (Palol y Wattenberg, 1974; Delibes, Romero y Ramírez, 1995), así como en otros muchos lugares de su mismo signo cultu-ral, tales como Zorita, en Valoria la Buena (Martín Valls y Delibes, 1978; San Miguel, 1995; Misiego et al., 2017), Benavente (Celis, 1993), Ledesma (Benet, Jiménez y Rodríguez, 1991), Cuéllar (Barrio, 1993) o Rauda (Sacristán, 1986a). Como ha quedado demos-trado tras los numerosos sondeos realizados, en al-gunos puntos del cerro la potencia estratigráfica lle-ga a superar los 3,5 m, con el interés añadido de que tanto la secuencia de construcciones documentadas como la cultura material asociada a cada una de ellas muestran una ocupación permanente, sin aparentes episodios de abandono temporales (Seco y Treceño, 1995: 224). Eso sí, y como es propio de los asenta-mientos de tipo tell, en algunas zonas periféricas del cerro la potencia se ve reducida considerablemente, lo cual nada tiene de extraño puesto que también se observa en los poblados arriba indicados, además de en la aldea soteña caucense de Los Azafranales (Blanco, 2018: 28-33), y con independencia de que hayan existido o no alteraciones en épocas posterio-res. Es lógico que esto suceda porque se trataría de evitar construir en los terrenos más cercanos a las vertientes periféricas, siempre expuestos a procesos de erosión destructivos.Como más arriba hemos adelantado, la aldea fundacional de La Mota, con los datos estratigráficos hasta ahora recuperados, se ha propuesto que pudie-ra haber estado situada en el extremo noroccidental del cerro (Blanco, 2009: 59). De ser así, un aspecto más que estaría por investigar sería el de su proceso de crecimiento hacia el sur y sureste, hasta quedar formada como la macro-aldea que llegó a ser. Un pro- Fig. 3. Vista general de las excavaciones de 2003 (fotografía de Ma -nuel Retuerce).
29 El cerro de La Mota (Medina del Campo, Valladolid). Una emergente ciudad vaccea que se truncó ceso que seguramente fue rápido, porque si ya desde el último tercio del siglo VII a. C. se puede identifi-car la existencia de una élite rectora de la comunidad gracias al notable conjunto de productos importados de las regiones meridionales ―llegados a través de grupos culturales intermedios situados en las proxi-midades de lo que más tarde se denominaría Vía de la Plata, así como de los existentes en torno a la sierra de Gredos―, esto sólo se explica cuando la población sobre la que ejerce su autoridad es numéricamente importante, puesto que, a la postre, es la generadora de la riqueza agro-ganadera que esa élite gestiona. Del volumen de población que pudo concentrarse en La Mota creemos que es buen indicio la alta densi-dad de ocupación del espacio edificable y el aspecto protourbano, relativamente ordenado, que muestran las viviendas de, al menos, las fases de ocupación más avanzadas, tal como ya se intuyera en algunos sondeos de los años ochenta y noventa del pasado siglo y se pudo comprobar en la excavación en exten-sión practicada en 2003 en la zona central del cerro (fig. 3). La misma existencia de algunos muros media-niles constituye otro indicio de desarrollo urbanístico y aprovechamiento intensivo del espacio constructivo que ya está presagiando lo que más tarde vamos a encontrar en la mayor parte de las ciudades vacceas. No obstante, de lo que hasta ahora no ha sido hallado indicio alguno en La Mota es de la existencia de via-les estructurados que facilitaran el acceso a las casas, algo que resulta difícil de documentar en los peque-ños sondeos realizados, pero que preveíamos apa-recieran en la excavación en extensión de 2003, tal como se tiene constatado desde hace años en varios poblados soteños, como el situado junto a la Desso-briga vacceo-romana o el zamorano de La Corona/El Pesadero (Delibes y Romero, 2011: 74). Calles o vías de servicio que en el caso de La Mota debieron de ser terreras.Por otro lado, el nivel de decoro que vemos en alguna vivienda de Zorita (Martín y Delibes, 1978), Cuéllar (Barrio, 1993: 184-185; López, 2017) o el mis-mo Soto de Medinilla (Delibes, Romero y Ramírez, 1995: 162), por ejemplo, se observa, si cabe con ma-yor contundencia, en La Mota, al haber engalanado, igualmente, gran parte de los zócalos interiores de las paredes y algunos bancos o plataformas con decora-ciones pictóricas en rojo, negro o amarillo, algo que desde 1982 se ha venido constatando en casi todas las excavaciones realizadas. Hogares de diversa mor-fología, construidos tanto a ras de suelo como sobre plataforma de arcilla; en ciertos casos hogares-horno, como el exhumado en el nivel II-2 de la cuadrícula A-1 de 1982 o los dos del cuadro A, de 1988 (Seco y Tre-ceño, 1993: 136), quizá para fabricar pan; algún que otro espacio doméstico seguramente relacionado con la fabricación de piezas textiles, como el registrado en una de las viviendas que se excavó en el cuadro C, donde aparecieron una docena de pesas de telar y un Fig. 4. Detalle de una de las viviendas exhumadas en las excavaciones de 2003, con hogar central y anclajes de los postes de madera que flanqueaban la puerta (fotografía de Manuel Retuerce).
30 morillo (Seco y Treceño, 1995: 227), que podría tener su correlato en la Casa V exhumada en las excavacio-nes efectuadas en 1989-1990 en El Soto de Medinilla (Delibes, Romero y Ramírez, 1995: 171, láms. IV y V); o los mismos bancos corridos adosados al interior de algunas paredes, nos brindan una imagen del conjun-to de instalaciones domésticas que rodeaban la vida cotidiana de las familias de La Mota y tantos otros po-blados de la fase de plenitud del mundo de Soto.Las hasta ahora documentadas son viviendas de planta cuadrangular en su mayoría, de un único espa-cio que, por otra parte, es de dimensiones ciertamen-te reducidas (figs. 4 y 5). Poseen hogar central para cocinar y como fuente de calor; pisos de tierra o arcilla prensada, a los que hemos de añadir como tercer tipo de suelo, aunque registrado sólo en las excavaciones de 2003, pavimentos de adobes (Blanco y Retuerce, 2010: 78, zona inf. de la planimetría), similares a los que se tienen documentados en El Soto, Benavente o el salmantino cerro de San Vicente, por ejemplo. Las puertas de entrada suelen estar flanqueadas por dos gruesos postes de madera, a modo de jambas, que en un caso concreto, de nuevo advertido en dichas excavaciones, parece estuvo protegida por un poco profundo pórtico formado por la prolongación de las paredes del lado largo de la estancia. Finalmente, de las estructuras de cubrición poco podemos decir por la falta de datos seguros, pero es de suponer que fue-ran a dos aguas en unos casos, con caída hacia un solo lado en otros y cónicas las construcciones de planta circular que, con carácter redidual, pudieran haber existido.Que algunas de esas familias medinenses pudie-ron dedicarse a actividades metalúrgicas, al igual que se ha podido comprobar en otros establecimientos soteños, nos lo podrían estar indicando ciertas evi-dencias recuperadas ya en las excavaciones de 1982 (García y Urteaga, 1985: 121), así como otras obteni-das en el nivel VII del cuadro P9, excavado en 1993. En este último se documentaron vertidos que los excava-dores pusieron en relación con un posible taller meta-lúrgico, al haberse recuperado en ellos fragmentos de al menos seis crisoles en cuyas superficies interiores quedaban restos adheridos de coladas de bronce y de hierro, y en sus inmediaciones fragmentos de escorias así como diversos objetos metálicos, unos fragmenta-rios y otros completos (Seco y Treceño, 1995: 233). Es decir, todo un conjunto de evidencias relativas a una parte de la cadena operativa, pero muy significativa, que, sin embargo, no a todos les parecen suficien-temente demostrativas de la existencia de prácticas metalúrgicas locales (Arnáiz, 2017: 95), ante lo cual no está demás recordar que en la misma situación se encuentran otros poblados del Primer Hierro mesete-ño ―como Zorita, Saldaña, Sacaojos, Benavente o el mismo Soto de Medinilla, por ejemplo― y, sin embar-go, no se duda de que en ellos se estuvieron fabrican-do objetos metálicos (Delibes et al., 1995c: 70). Fig. 5. Muro de una vivienda con hiladas de adobe retranqueadas alternas, exhumado en las excavaciones de 2003 (fotografía de Manuel Retuerce).
31 El cerro de La Mota (Medina del Campo, Valladolid). Una emergente ciudad vaccea que se truncó Cultura material indígena e importaciones del sur peninsular: el surgimiento de una élite gobernante Para los más destacados poblados soteños situados al sur del Duero, como Cuéllar, Cauca o La Mota, la se-gunda mitad del siglo VII a. C. fue una época de cam-bios que podemos detectar a través de la presencia de materiales de prestigio foráneos, de los cuales de-ducimos la llegada a la sociedad tradicional soteña de nuevos comportamientos. Y es que en estos enclaves empieza a registrarse todo un catálogo de elementos materiales originarios de ambientes influidos por los colonizadores fenicios, que sin duda hemos de poner en relación con unas élites locales emergentes que se encuentran inmersas en un proceso de acumulación de riqueza y poder en sus respectivas comunidades (Blanco, 2014). Son grupos minoritarios que están in-corporando a sus vidas, como marcadores de alto es-tatus y elementos de distanciamiento social, nuevas formas de vestir, de adornarse y de pensar, dado que parte de los items están relacionados con el mundo de las ideas y las prácticas religiosas propias del mun-do mediterráneo. Y es que determinados objetos, como el jarro tartésico de Cauca ―entre otras piezas broncíneas orientalizantes halladas en ese lugar―, o la clepsidra de Cuéllar con boca de piel de toro ex-tendida (Barrio, 2002: 94-96, fig. 11), es evidente que no eran nada sin la información asociada de su uso ritual y sin la importancia social que otorgaba a sus poseedores. En el caso concreto de La Mota, que es el núcleo que aquí nos interesa, este enclave ha cons-tituido todo un hito en el conocimiento de la llega-da de influencias culturales del mediodía peninsular a las poblaciones soteñas del valle medio del Duero en su sector campiñés, debido no sólo al volumen de