Vaccea Anuario
, 17 (2024)
ISSN:
edición impresa: 2659-7179; edición en línea: 2659-7187
h
ttps://pintiavaccea.es/seccion/vaccea-anuario
Vaccea Editorial, CEVFW
Universidad de Valladolid
Cómo citar:
Matesanz Gascón, R. (2024) "El pomo de puñal de
tipo Monte Bernorio de la tumba 32 de la necrópolis de Las
Ruedas (Padilla de Duero/Peñafiel, Valladolid, España) y las
representaciones iconográficas del ciclo calendárico anual en la
Europa protohistórica”,
Vaccea Anuario
, 17, pp. 33-51.
https://doi.org/10.69531/AYRZ-2774-PNTV
Recibido: 30 de febrero de 2024 / Aceptado: 30 de marzo de 2024
Resumen:
Por la complejidad y riqueza de su programa figurativo, el pomo de puñal recuperado en la tumba 32 de
la necrópolis vaccea de Las Ruedas es el documento iconográfico protohistórico que nos ofrece una información más
detallada sobre la concepción del ciclo calendárico anual existente en Europa occidental durante la Segunda Edad del
Hierro. Su contenido permite aprehender o comprender mejor la iconografía de otros objetos arqueológicos cuya signi-
ficación sería más oscura si no fuera por numerosos detalles presentes en la iconografía del pomo. Tomando esta como
base, en este trabajo se analizan algunos de esos objetos y se concluye que el pomo constituye una fuente documental
por ahora irremplazable para analizar las representaciones del ciclo calendárico anual en la Europa protohistórica.
Palabras clave:
iconografía vaccea, calendario prehistórico, pátera de Tivissa, necrópolis de Miraveche, jabalí
céltico, cinturón de Radolinek, losange áureo de Bush Barrow, newgrange (Kerbstone 67).
Abstract:
Due to the complexity and richness of its figurative program, the dagger pommel recovered in tomb 32
of the Vaccaean necropolis of Las Ruedas is the protohistoric iconographic document that offers us more detailed
information on the conception of the annual calendrical cycle existing in Western Europe during the Late Iron Age. Its
content allows us to apprehend or improve our understand of the images significance in other archaeological objects
whose meaning would be more obscure if it were not for the numerous details present in the iconography of the pom-
mel. On this basis, this paper analyzes some of these objects and concludes that the pommel constitutes an irrepla-
ceable documentary source for analyzing the representations of the annual calendrical cycle in protohistoric Europe.
Keywords:
vaccaean iconography, prehistoric calendar, patera of Tivissa, Miraveche necropolis,celtic boar,
Radolinek belt, Bush Barrow gold lozenge, Newgrange (Kerbstone 67).
Roberto Matesanz Gascón*
* Centro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg de la Universidad de Valladolid (España). roberto.matesanz@uva.es, ORCID: 0000-0001-8032-7115.
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Introducción: un pomo de puñal
de valor incalculable
Aquellas personas interesadas en la cultura vaccea
difícilmente ignoran la existencia del singular pomo
de puñal de tipo Monte Bernorio conservado actual-
mente en el Museo de Valladolid que, tras ser exhu-
mado en la tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas
(Padilla de Duero, Peñafiel, Valladolid), fue descrito
minuciosamente por Carlos Sanz Mínguez (1997:
439-448) y, con posterioridad, ha sido mencionado y
analizado por otros investigadores. Hecho en hierro,
muestra imágenes grabadas y damasquinadas en pla-
ta, algunas de las cuales se han convertido en iconos
idiosincrásicos de la cultura vaccea. Sin duda, diver-
sas razones permiten otorgar a esta pieza datable con
verosimilitud en el siglo III a. C. el estatus de objeto
de estudio de inapreciable valor. Razones a las cuales
cabe añadir ahora que su programa iconográfico está
organizado de acuerdo con claros patrones calendári-
cos (Matesanz, 2022 y 2023). Más aún, casi con total
seguridad, dicho pomo es el más importante docu-
mento iconográfico de que disponemos, al menos por
el momento, para estudiar la naturaleza del ciclo ca-
lendárico anual en el ámbito de la Europa céltica du-
rante la época protohistórica. Se puede aseverar que,
ni en la Céltica insular, ni en la Céltica continental, ni,
por supuesto, en el resto de la Céltica peninsular, hay
constancia de que exista un documento iconográfico
que albergue una relevancia similar.
Esta naturaleza privilegiada de la que disfruta el
pomo se deriva de varios hechos. En primer lugar,
del elevado número de elementos que integran su
programa figurativo. Pero también de que los men-
cionados elementos han sido plasmados con un ele-
vado nivel de detalle, lejos de la ambigüedad o de la
tosquedad que caracteriza a las imágenes figuradas
sobre otros documentos iconográficos. Además, su
particular importancia se deriva también de que sus
componentes forman parte de un campo iconográfico
cerrado y fuertemente estructurado, a diferencia de
lo que ocurre con otros testimonios de tipo iconográ-
fico, en los que sus elementos se disponen de manera
más o menos caótica y sin que podamos determinar
dónde acaba un campo figurativo y dónde empieza
otro. Esto último suele suceder, por ejemplo, en el
caso del arte parietal al aire libre, donde a menudo se
encuentran motivos figurados o geométricos forman-
do auténticos palimpsestos de difícil deslinde. No te-
nemos este problema con las imágenes del pomo. Por
ello, a pesar de que las afecten algunos desperfectos,
la precisión con la que han sido ejecutadas y su ca-
rácter estructurado y finito permiten establecer unas
relaciones entre ellas que son difícilmente aprehensi-
bles sobre otros soportes. Asimismo, la importancia
primordial que tiene el programa iconográfico de esta
producción metálica para poder analizar la naturale-
za del ciclo calendárico anual en las sociedades pro-
tohistóricas de Europa occidental se deriva de otras
dos circunstancias. En primer lugar, de que aparente-
mente sus elementos figurados reflejan importantes
conceptos que estaban asociados a dicho ciclo. En
segundo lugar y de manera muy especial, de que, en
conjunto, su programa iconográfico incluye también
todas las subdivisiones básicas del ciclo anual.
Las divisiones del año céltico y la
iconografía del pomo de puñal de
la tumba 32 de Las Ruedas
Profundizando en este último aspecto, la evidencia
disponible indica que cuando menos algunos de los
pueblos denominados “célticos” empleaban en época
Fig. 1. Las divisiones del ciclo anual en el reverso del pomo de puñal tipo Monte Bernorio de la tumba número 32 de la necrópolis de Las
Ruedas (Padilla de Duero, Peñafiel/Valladolid).
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El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico
protohistórica un calendario cuyo ciclo anual se divi-
día en dos semestres, cuatro estaciones, doce/trece
meses, dos quincenas por mes y, por supuesto, los nic-
témeros o conjuntos de 24 horas, dividido cada uno
a su vez en día y noche (Matesanz, 2022). Estas son
exactamente, ni más ni menos, las divisiones percep-
tibles en el programa iconográfico del pomo (fig. 1).
En su reverso, las dos grandes escenas especulares
de sus extremos, que incluyen sendas monomaquias
y animales en torno a un elemento reticulado, repli-
can las dos partes del ciclo anual. En su base, cuatro
jabalíes en procesión de una parte a la otra replican
el número de estaciones, cuatro, que parecen haber
sido propias del calendario céltico. En el canto del
pomo, seis animales similares pero de menor tamaño
que los anteriores, dispuestos sobre cada una de las
escenas especulares del reverso, replican a su vez el
número de meses de cada semestre; mientras que un
decimotercer animal en el extremo del canto, diferen-
te y opuesto a los de su lado, es equiparable al deci-
motercer mes que era intercalado en algunos años.
Finalmente, en la parte central del reverso del pomo
un zoomorfo en perspectiva cenital es flanqueado
por sendos conjuntos rectangulares cada uno de los
cuales replica una de las dos quincenas del mes. Cada
conjunto rectangular, a su vez, está integrado por una
serie alterna de quince molduras y quince acanaladu-
ras, cada una de las cuales equivale a los quince días
y las quince noches de la respectiva quincena. En el
dibujo del pomo más preciso publicado hasta ahora
(Sanz, 2010), se percibe un número desigual de mol-
duras a cada lado del zoomorfo en perspectiva cenital
que ocupa el centro del campo figurativo. El dibujo es
correcto, pero no transmite de manera fidedigna lo
que era el estado original del grupo del lado derecho,
sino cómo se percibe actualmente este debido a la
gran corrosión de su moldura horizontal superior. En
su forma inicial, ambos grupos mostraban con igual
nitidez el mismo número de molduras y acanaladuras
(fig. 2).
Como ya hemos indicado, la circunstancia de que
todas estas imágenes se dispongan sobre un soporte
cerrado y de una manera fuertemente estructura-
da, permite establecer diversas asociaciones entre
determinadas fases temporales y algunos conceptos
que son representados a través de rasgos iconográfi-
cos muy específicos. Esta es una de las características
que proporcionan al pomo de puñal de la tumba 32
de la necrópolis de Las Ruedas su inapreciable valor.
Así, por ejemplo, de su análisis puede deducirse que
el primer semestre de un ciclo anual está asociado a
la orientación superior o ascendente de algunos de
sus individuos, como los jabalíes o los zoomorfos en
perspectiva cenital, respecto de la orientación inferior
o descendente de los mismos especímenes que apare-
cen representados en el segundo semestre (fig. 3), un
detalle presente también en otras producciones rela-
cionadas (Matesanz, 2023). Esta diferente orientación
muestra la misma divergencia que caracteriza al curso
solar durante el transcurso del año, cuando es observa-
do desde el hemisferio terrestre septentrional: entre el
solsticio de invierno y el de verano, dicho curso mues-
tra a ojos del observador una orientación ascendente;
entre el solsticio de verano y el de invierno, dicho cur-
so es descendente. Asimismo, el carácter estructurado
de las imágenes del pomo nos permite ver que a esa
primera parte del ciclo anual se asocian objetos o ani-
males caracterizados por un doble contorno, mientras
Fig. 2. El mayor grado de corrosión en las molduras del lado derecho del pomo se plasma en el dibujo más preciso del mismo existente (Sanz,
2010), pero como muestra la fotografía, cada grupo está compuesto por el mismo número de molduras: quince.
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que la segunda parte del ciclo anual contiene animales
u objetos similares definidos por un contorno sencillo,
si es que no se trata de los mismos especímenes repre-
sentados de dos maneras diversas que significan cada
parte del ciclo temporal. Esta representación diferen-
cial, caracterizada por la dicotomía entre contorno sim-
ple y contorno sencillo, se constata en los dos grandes
jabalíes representados en el reverso del pomo y en los
dos círculos reticulados junto a los cuales estos mismos
animales aparecen.
El propio uso de seres animales para representar
conceptos calendáricos es otro importante detalle
que podemos extraer del análisis del pomo y que nos
permite aproximarnos un poco más a la mentalidad
vaccea en particular y a la céltica e indoeuropea en
general. A mediados del siglo XX, el antropólogo Clau-
de Lévi-Strauss escribió que algunos animales son
bon à manger… bon à penser
, es decir, que no sólo
son buenos para comer, sino que también son “bue-
nos para pensar”, aludiendo a cómo diversas especies
animales han sido empleadas de manera reiterada
por las sociedades tradicionales como herramientas
clasificatorias y organizadoras de su conocimiento, a
partir de la observación de sus características físicas
y de sus hábitos. En el caso del pomo de la tumba
32, esto resulta de plena aplicación a la proliferación
de jabalíes como símbolos aparentes de semestres,
estaciones y meses. Los pueblos célticos contaban el
paso del tiempo por noches, no por días, una costum-
bre por lo demás común a muchos pueblos y que aún
rige, por ejemplo, en el judaísmo. Esto se vincula con
el hecho de que, más allá de la fácilmente aprehen-
sible división del nictémero (recordemos que esta es
la denominación técnica del período de 24 horas que
comprende un día y una noche), la forma más sencilla
de calcular el paso del tiempo es mediante el cómpu-
to del número de nictémeros que han de pasar para
que la Luna retorne a la misma fase en la que la ob-
servamos en un momento inicial. Este período dura
aproximadamente 29,53 nictémeros y es el origen del
mes, la suma de doce de los cuales sirvió en tiempos
arcaicos para definir una de las aproximaciones po-
sibles al concepto de año (y la de seis, para definir la
de medio año), así como la suma de tres meses sirvió
para definir cada una de las estaciones.
En consecuencia, el calendario se definió original-
mente y en sus estratos inferiores recurriendo a la
observación de la Luna, objeto celeste visible duran-
te la noche. Y es asimismo durante la noche cuando
hace su aparición el jabalí, animal de hábitos noctur-
nos que duerme escondido durante el día. Poca duda
puede haber de que es por esta razón por la que en
numerosos mitos antiguos el jabalí aparece íntima-
mente asociado a una divinidad lunar. En el ámbito
helénico, baste recordar la frecuente asociación que
se establece entre el jabalí y Artemisa. La asociación
del jabalí con la Luna conlleva a su vez que el primero
pudiera ser eventualmente asociado con facetas pro-
pias de la personalidad simbólica de la segunda. Y lo
que muestra con claridad el pomo de puñal de la tum-
ba 32 de Las Ruedas es que en el caso vacceo el jabalí
estaba asociado al valor atribuido al satélite terrestre
como mecanismo de cómputo calendárico, o, dicho
en otros términos, que por extensión la mencionada
especie animal incorporaba dentro de la cultura vac-
cea dicho valor calendárico.
Estos y otros conceptos susceptibles de ser aso-
ciados a una división del tiempo y que son deducibles
del análisis del pomo de la necrópolis de Las Ruedas,
son aplicables a otros documentos arqueológicos en
los que parecen estar contenidos diversos ciclos ca-
lendáricos. Pero aquí emplearemos la riquísima infor-
mación que proporciona el pomo sobre todo con el
fin de analizar algunos objetos cuya iconografía pu-
diera contener una significación de naturaleza clara-
mente anual. Hemos venido remarcando de manera
insistente el incalculable valor que tiene esta produc-
ción metálica para alcanzar un conocimiento más pre-
ciso de los ciclos calendáricos que regían en Europa
occidental durante la etapa protohistórica. Veremos
a continuación cómo la detallada información que
el mismo proporciona, nos posibilita analizar otros
documentos iconográficos cuyo significado nos sería
mucho más ambiguo o incluso insospechado, si no
dispusiéramos de las claves interpretativas que son
extraíbles del pomo.
El zoomorfo cuadrúpedo en
perspectiva cenital y el ciclo anual
Uno de los motivos que aparece en el pomo de la
tumba 32 de Las Ruedas es el zoomorfo cuadrúpe-
do representado en perspectiva cenital, motivo que
parece haber desempeñado un papel simbólico pri-
mordial entre las comunidades vacceas y las de otras
Fig. 3. Tomando como referencia todos los parámetros de horizontalidad que pueden establecerse, el zoomorfo en perspectiva cenital de la
parte inicial del ciclo, plasmado en la parte derecha del reverso del pomo, se orienta hacia arriba; el del lado izquierdo, en la parte final del
ciclo temporal, se orienta hacia abajo (Matesanz, 2023).
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El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico
etnias prerromanas peninsulares (Romero y Sanz,
1992; Blanco, 1997; Romero, 2010). Su vinculación
con los ciclos calendáricos es clara en el pomo, donde
aparece representado por partida triple: y ello permi-
te suponer que dicha vinculación esté presente asi-
mismo en algunas de las ocasiones en las que estos
singulares zoomorfos aparecen figurados sobre otros
objetos, si es que implícitamente no está presente
siempre. Por desgracia, muchos especímenes no se
prestan a este análisis, a menudo por su estado de
conservación extremadamente fragmentario. Esto
sucede, por ejemplo, con una placa cerámica con de-
coración excisa que aparentemente sirvió como orna-
mento arquitectónico, la cual procede del yacimiento
riojano de El Villar (Bobadilla) y se conserva en el Mu-
seo Najerillense (Romero y De Pablo, 2019). Apenas
se conserva sobre ella una pastilla reticulada similar
a las que aparecen sobre el pomo de Las Ruedas y
pequeñas partes de dos especímenes en perspectiva
cenital que tocan con su lengua la pastilla. Tampoco
tenemos más datos sobre su contexto arquitectónico
o sobre su relación espacial con otras posibles piezas
decoradas que la pudieran acompañar. En otros ca-
sos podemos vislumbrar elementos asociados a los
zoomorfos en perspectiva cenital que pudieran tener
un valor temporal, pero la evidencia se presenta de
una manera incierta. Esto ocurre con una estela pro-
cedente del castro burgalés de Ubierna publicada por
Abásolo y Ruiz (1979), quienes consideraron que la
imagen esculpida en una de sus caras es una repre-
sentación antropomorfa (fig. 4). Pero más tarde Alfaro
(2008) ha reinterpretado la figura como un zoomorfo
en perspectiva cenital. La estela muestra sobre su su-
perficie un piqueteado irregular que se prolonga, de
manera singular y limitada, por uno de sus laterales.
Si no es debido a que la estela quedó inacabada, este
piqueteado pudiera denotar que de manera periódica
se hacían marcas sobre ella que servían para registrar
algún tipo de cómputo. Pero en el estado actual de
nuestros conocimientos, esto constituye una mera
suposición.
En cuanto al caso de los pequeños objetos mue-
bles (como las fíbulas o las téseras) o el de otros ob-
jetos de mayor tamaño, como las placas de cinturón,
que muestran zoomorfos cenitales, a menudo estos
muestran combinaciones sencillas de puntos, líneas
y elementos aspados que pudieran tener asimismo
una significación temporal. Pero las correlaciones que
podemos obtener sólo nos ofrecen resultados suma-
mente ambiguos. Del corpus de cenitales de pequeño
formato que conocemos hasta ahora, lo más relevan-
te que podemos decir en lo referente a su posible re-
lación con un ciclo anual es que una fíbula de bronce
procedente del término municipal de Pedrosa de la
Vega (Palencia) y conservada en el Museo Monográ-
fico de la Villa de La Olmeda en Saldaña (Romero y
Sanz, 2012: 193-196), la cual es la única pieza de este
tipo que muestra una serie numérica clara y comple-
ta, muestra precisamente en su espinazo una línea
formada por doce círculos rehundidos, los cuales pu-
dieran ser significativos del número de meses de un
año regular (fig. 5). Ruiz, García y Francés (2023: 96)
datan la fíbula en los siglos III-II a. C. y precisan que
su sigla (V-P-8-2) indica que procede del patio de la
vivienda de la villa romana de La Olmeda, donde ha-
bría sido hallada en una pared formando parte de un
tesorillo, de manera que cuando este fue ocultado la
fíbula era ya un objeto de apreciable antigüedad.
Profundizar en la posibilidad de que las marcas
presentes en estos zoomorfos cenitales que han sido
representados de manera prácticamente aislada in-
corporen algún tipo de significación temporal exige
esperar por el momento a la eventual aparición de
otros especímenes que nos permitan trabajar a partir
de
corpora
de mayor tamaño y que, en consecuencia,
sean más consistentes desde un punto de vista esta-
dístico. Distinta es la situación con el conocido
Vaso
de los Lobos
de Roa de Duero (fig. 6). Una producción
vaccea que por motivos geográficos, cronológicos y
conceptuales es muy afín al pomo de puñal de la tum-
ba 32 de Las Ruedas y que al ofrecer una combinación
de elementos diversos permite extraer conclusiones
más firmes. Descubierto en estado fragmentario en la
que fue denominada por sus excavadores como
Casa
del Sótano
, edificación construida en un paraje que
en época prerromana formaba parte de la población
vaccea de
Rauda
, se trata de un recipiente torneado
Fig. 4. Estela del castro de Ubierna (Burgos), según Abásolo y Ruiz
(1979: 180, fig. 4).
Fig. 5. Fíbula de Pedrosa de la Vega, Palencia (Romero y Sanz,
2012: 194, fig. 1).
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de cerámica fina hecho con cocción oxidante, en cuya
parte superior aparece una compleja decoración co-
roplástica, excisa, incisa, impresa y pintada, dentro
de la cual destacan dos zoomorfos en perspectiva
cenital representados con su lengua tocando sendas
pastillas reticuladas, de una de las cuales sólo resta
su huella negativa (Abarquero, 2006-2007; Abarquero
y Palomino, 2012: 95-96 y 100-103). Pese al estado
fragmentario del recipiente, todavía es posible com-
probar cómo los zoomorfos en perspectiva cenital pa-
recen estar asociados de nuevo no sólo a conceptos
numéricos característicos del ciclo anual, sino tam-
bién a los de otros ciclos temporales. En lo referente
a los primeros, baste como muestra aquí que los cam-
pos pintados sobre el hombro del recipiente, entre
los zoomorfos cenitales, totalizan doce; así como que
la decoración que en una especie de continuo se dis-
pone sobre el baquetón perimetral superior del vaso
y sus asas, puede fijarse en 360 puntos impresos, que
tal vez denoten el número de días que era propio del
año solar vacceo, aun cuando tampoco puedan des-
cartarse otras posibilidades (un análisis exhaustivo
del posible valor calendárico de todos los elemen-
tos presentes en el
Vaso de los Lobos
, en Matesanz,
2023).
El hecho de que dos objetos tan significativos cul-
turalmente dentro del mundo vacceo como el pomo
de puñal de la tumba 32 de la necrópolis de Las Rue-
das y el
Vaso de los Lobos
de Roa de Duero se ajusten
con claridad a estas secuencias de base duodecimal,
sugiere que ello no es debido a la casualidad; y ade-
más hace más verosímil la posibilidad de que en otros
casos, como el del zoomorfo con doce círculos en su
espinazo que da forma a la fíbula de Saldaña, este-
mos ante la representación simplificada de similares
patrones calendáricos. En este sentido, hemos de
tener en cuenta, además, que de todos aquellos ob-
jetos caracterizados por la presencia de los zoomor-
fos cuadrúpedos en perspectiva cenital típicos de las
culturas prerromanas meseteñas de la Segunda Edad
del Hierro, el pomo y el recipiente son los únicos que
por ahora permiten realizar análisis complejos, gra-
cias a que portan ricos programas iconográficos que
incluyen muy diferentes motivos articulados armóni-
camente entre sí. En sí mismos, ambos ejemplifican
lo que debió ser una costumbre común dentro de una
sociedad prácticamente ágrafa como era la vaccea: la
de emplear los elementos componentes de su cultu-
ra material como medio para registrar y transmitir un
conocimiento de tipo intelectual que era relevante
para la comunidad.
Resulta significativo a este respecto el caso del
Vaso de los Lobos
raudense. Si sus elementos icono-
gráficos fueran una mera representación simbólica
de ciclos calendáricos que regían la sociedad vaccea,
probablemente su artífice no se hubiera tomado la
molestia, por ejemplo, de marcar exactamente 360
puntos en el conjunto compuesto por baquetón su-
perior y asas; ni tampoco la de marcar con un número
concreto de puntos impresos las extremidades de los
zoomorfos del hombro o el baquetón inferior (Ma-
tesanz, 2023). Un número elevado pero aleatorio de
puntos impresos, ya fueran 382, 400 o 323, hubiera
sido suficiente para transmitir a quien contemplara
el vaso y conociera su simbolismo, la noción de que
su decoración representaba, por ejemplo, un ciclo de
360 días. Que sobre los baquetones y los zoomorfos
del recipiente los puntos impresos totalicen cantida-
des muy concretas vinculables con ciclos calendári-
cos, sugiere que el recipiente no es sólo “símbolo”
de estos, sino que de hecho es un “registro” de los
mismos; es decir, una herramienta que era empleada
para conservar y transmitir un determinado tipo de
conocimiento.
El jabalí y su significación temporal
En la iconografía prerromana de la península
ibérica, los jabalíes también aparecen vinculados de
manera reiterada a los patrones duodecimales carac-
terísticos del ciclo anual, así como a otros periodos
temporales. Incluso, a los que no son tanto ciclos ca-
lendáricos como ciclos vitales o episódicos. Esto se
puede percibir con especial claridad en la famosa pá-
tera de Tivissa (fig. 7), cuya enigmática iconografía se
vuelve menos oscura gracias al pomo de la necrópolis
de Las Ruedas. Dada la importancia que es atribuible
a sus imágenes, parece conveniente hacer algunas
reflexiones sobre estas, aunque a primera vista su sig-
nificado parezca rebasar el marco de un ciclo anual.
Datada en los siglos III-II a. C., la pátera (Museu
d’Arqueologia de Catalunya, Barcelona, n.º inv. MAC-
BCN-19449) es una
phiale
de plata sobredorada de
tipo
mesomphalos
de unos 17 cm de diámetro. Forma
Fig. 6. Vista superior del
Vaso de los Lobos
(Roa de Duero, Burgos).
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El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico
parte de un tesoro que fue hallado casualmente en
1927 en el poblado ibérico del Castellet de Banyoles
(Tivissa, Tarragona). El mismo fue publicado por Se-
rra (1941) y más tarde por García y Bellido (1953).
La
ic
onografía de la
phiale
ha sido interpretada durante
el pasado siglo en numerosas ocasiones. Entre otros
investigadores, después del propio Serra (1941), por
García y Bellido (1945: 256-257; 1950), Fernández
(1955), Blázquez (1955-1956 y 1957-1958), Gonza-
lo (1980), Almagro-Gorbea y Rubio (1980), Marín
(1983 y 2000-2001), Pallarés (1991) y Olmos (1997),
quienes, en sus interpretaciones, han asumido como
graves problemas la imposibilidad de establecer con
seguridad el sentido dextrógiro o levógiro (es decir,
horario o antihorario) en el que se sucede el orden
de las escenas; la dificultad para discernir en qué for-
ma estas están separadas entre sí; y dónde empieza y
dónde acaba la narración en su conjunto. Esto último
es debido a la estructura circular y continua del friso
figurado. En cuanto al sentido de la lectura, como la
escritura ibérica se ejecuta de derecha a izquierda y
como la mayor parte de las figuras sobre la pátera tie-
nen una orientación levógira, las interpretaciones de
la composición que han valorado su secuencia la han
analizado con ese sentido antihorario; asimismo, este
ha sido habitualmente el orden seguido para descri-
bir sus imágenes. En cuanto a la segmentación de sus
escenas, el principal problema se deriva de la forma
en la que se estructura el conjunto figurado, sin so-
lución de continuidad entre unas escenas y otras y a
menudo de manera apelmazada. Serra (1941: 25-29)
dividió el campo iconográfico en cuatro secciones:
la primera constituida por el personaje entronizado
y la figura enfrente de él; la segunda, integrada por
el jinete y el animal que es mordido en su lomo por
un león; la tercera, que sería una escena de sacrificio,
compuesta por los seres alados y la víctima sacrificial;
y una cuarta ocupada de manera preeminente por el
centauro. Según Serra, el personaje representado de
frente y como acurrucado a la izquierda de la primera
sección, no tendría relación con las otras escenas. Por
su parte, Antonio García y Bellido (1950: 150-151) in-
cluyó en su Grupo A al personaje entronizado y al que
se halla enfrentado a él, mencionando al jabalí que se
halla encima de este, el cual sin embargo se decanta-
ba por pensar que pertenecía al Grupo B, integrado
por el personaje acurrucado y los otros dos suidos
de esta parte de la representación, expresando que
probablemente los tres jabalíes formaban una unidad
con el personaje acurrucado; en lo referente al cuar-
to suido, lo describía en un Grupo G final, debajo del
centauro.
A
mi juicio, fue José María Blázquez (1955-
1956: 113-114) quien captó mejor la organización es-
pacial de las imágenes de esta parte del friso, al seña-
lar que el jabalí situado bajo el centauro es simétrico
del que se haya debajo de la figura acurrucada y que
ambos acompañan al ser entronizado, mientras que
el personaje acurrucado «está igualmente entre dos
jabalíes». En su estela, también Morena (1999: 52)
indicaba que los suidos flanquean el trono y al perso-
naje acurrucado. Pero Pallarés (1991: 592) interpreta
que este último ha sido figurado rodeado por jabalíes.
Este tipo de indefinición alcanza también al signi-
ficado que se ha atribuido a los propios jabalíes. Serra
interpretó que estos no tenían nada que ver con el
resto de las escenas, siendo su inclusión mera con-
secuencia de un sentimiento de
horror vacui
. Como
ya hemos indicado, describía uno de ellos, en una
primera escena, como situado encima del personaje
que se enfrenta a la figura entronizada; a un segundo
y a un tercero como debajo y a la izquierda de la per-
sona acurrucada, la cual de por sí consideraba tam-
bién que no tenía relación con las demás escenas; y a
un cuarto jabalí, con una función “de relleno”, en su
descripción de la cuarta escena (centauro), tras ha-
ber descrito la segunda con el jinete y los animales en
pugna y la tercera con la escena de sacrificio (Serra,
1941: 27-29). Pero debido precisamente a esta abun-
dancia de jabalíes, Marín (1983) asociaba el conjunto
iconográfico con el culto de la Artemisa efesia o de
alguna divinidad local de la caza asimilada con aquella
y, en definitiva, interpretaba que los suidos aparecían
como representación de lo que era una codiciada pre-
sa cinegética. En otras interpretaciones, basadas en el
sentido “funerario” de los jabalíes, estos son asocia-
dos al personaje entronizado, el cual sería a su vez un
personaje del inframundo. Este último constituye, en
buena medida, un argumento circular.
Aunque el pomo de la tumba 32 de la necrópolis
de Las Ruedas no aclara el sentido global del conjun-
to iconográfico, la identificación de los jabalíes como
marcadores temporales que el pomo permite realizar
clarifica su estructura narrativa. El contenido general
Fig. 7. Pátera de Tivissa (García y Bellido, 1953). Línea azul separa-
dora del inicio y el final de la narración iconográfica añadida por
el autor.
40
de la narración, como expresaban Almagro-Gorbea
y Rubio (1980: 354-356) se relaciona probablemente
con un mismo héroe que aparece representado en va-
rios episodios míticos sucesivos, tras los cuales tendría
lugar, como colofón, su reconocimiento en un mundo
divino. Frente a la unidireccionalidad en sentido levógi-
ro que caracteriza a la mayoría de las figuras, los cuatro
jabalíes parecen poseer un cierto valor heráldico que
no se adapta a esa secuencia narrativa. En el pomo, así
como en otros documentos iconográficos prerromanos
(Matesanz, 2023) los animales parecen disponerse de
manera que los adscritos a la primera parte de un ci-
clo temporal se orientan hacia arriba mientras que los
adscritos a su segunda parte se orientan hacia abajo.
En la pátera percibimos una variante de esta dinámi-
ca temporal. Dentro de una dialéctica compuesta por
las dos mitades de un mismo ciclo, el primero definido
como superior o ascendente y el segundo como infe-
rior o descendente, cada pareja de jabalíes tiene signi-
ficación como marca respectiva del inicio y del fin de la
narración. Los dos que se hallan en el campo superior
del friso deberían indicar su inicio. Y, significativamen-
te, flanquean a un personaje representado desde una
perspectiva frontal cuya postura es una de las que ca-
racteriza a la parturienta (fig. 8). Su representación tie-
ne un carácter prácticamente universal, constatándose
aún hoy en el arte y la artesanía de sociedades tradicio-
nales africanas, asiáticas y amerindias. Más próxima al
ámbito de la cultura ibérica, aparece asimismo durante
la Antigüedad en el arte egipcio, en el griego, en el ro-
mano y en el etrusco.
Su figuración en el punto que aparentemente
constituye el inicio del friso sugiere que en este caso
estamos ante un personaje femenino, divino o huma-
no, dando a luz; probablemente, ante la madre del
héroe cuyo nacimiento se expresa así y que, tras una
serie de episodios y metamorfosis, acaba siendo en-
tronizado o, alternativamente, consigue acceder a la
presencia del personaje, humano o divino, sentado
en el trono, lo cual constituye en todo caso el final de
la historia. Este episodio postrero aparece enmarcado
por la otra pareja de jabalíes: la que ocupa el campo
inferior que correspondería a la representación de la
parte final de ese ciclo vital. La historia se desarrolla-
ría, como tradicionalmente han supuesto los investi-
gadores, mediante una secuencia narrativa orientada
en sentido antihorario.
Centrándonos en el caso de la vinculación del jabalí
con el ciclo anual, como sabemos los especímenes re-
presentados sobre el canto del pomo, organizados en
sendas procesiones séxtuples, replican numéricamen-
te los meses incluidos en cada semestre del año, con
el añadido de un singular animal que se opone a una
de las procesiones y que parece representar al decimo-
tercer mes propio de los años intercalares (Matesanz,
2022). Ya hemos expuesto por qué razones el jabalí y
el tiempo podrían ser dos conceptos que en la menta-
lidad vaccea estarían íntimamente asociados, a través
de su vínculo mutuo con la noche y con la Luna, regu-
ladoras ambas del calendario. A su vez, ello relaciona
íntimamente al jabalí con los doce meses lunares del
año regular y con los trece meses lunares del año inter-
calado. La rica iconografía del pomo es la que nos per-
mite vislumbrar la posible presencia de esta relación
cuando aparece sobre otros objetos arqueológicos de
una manera mucho más discreta. Por ejemplo, sobre
los singulares instrumentos procedentes de la necró-
polis burgalesa de Miraveche que a menudo han sido
considerados como conteras de vainas para espadas
(Martínez, 1942: 53; Blanco, 1988: 76, fig. 5; Cerdeño
y Cabanes, 1994:
109),
aunque más recientemente Al-
magro-Gorbea y Torres los equipararon con los
signa
equitum
celtibéricos (1999:
97).
En un inicio, Cabré
(1916) consideró que un objeto similar a estos era un
cetro y lo dató a inicios del siglo IV a. C. Con posterio-
ridad, Llanos (1990: 145) ha fechado el yacimiento de
Miraveche en los siglos IV-III a. C. y Ruiz (2001: 82-84)
también ha situado los materiales de la necrópolis en
el transcurso del siglo IV, tal vez con una pequeña inclu-
sión en el siglo III a. C.
Fig. 8. Personajes femeninos dando a luz en producciones materiales etruscas (según Perkins, 2012: figs. 2 y 5).
41
El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico
Es interesante que, al igual que existen estrechas
afinidades culturales entre el pomo de la tumba 32 de
la necrópolis de Las Ruedas y el
Vaso de los Lobos
de
la
Casa del Sótano
raudense, se pueden establecer es-
trechas afinidades contextuales entre el pomo de Las
Ruedas y las producciones características de la necró-
polis de Miraveche. De hecho, ya han sido estableci-
das. En la necrópolis padillense, cerca de la tumba 32
se localizó la tumba 28, sepultura de un sexagenario
que contaba con un riquísimo ajuar, el cual incluía una
espada tipo Miraveche que fue fechada a finales del
siglo VI a. C. o durante la primera mitad del siglo si-
guiente, mientras que el fallecimiento del difunto se
dató a finales del siglo IV a. C. (Sanz, 1993: 379-386;
1997: 73-77). Ello indicaría que la espada ya se había
convertido en el momento de su inhumación funeraria
en una reliquia o, por utilizar un término más adecua-
do, en un «objeto de memoria» (Sanz, 2008:
187).
Este
particular carácter del enterramiento es extensible al
caso de la cercana tumba 32. Debemos recordar que
diversas evidencias han servido para remarcar el carác-
ter singular del personaje cuyos restos fueron inhuma-
dos en ella, probablemente a finales del siglo III o a ini-
cios del siglo II a. C. A saber: que el difunto poseyera un
arma tan especial como el puñal tipo Monte Bernorio
al cual pertenece el pomo del cual nos venimos ocu-
pando; que sus restos fueran guardados en un cuenco
fabricado a mano y decorado a peine; y que su tumba
se excavara, rompiendo la estratigrafía horizontal del
cementerio, para ubicarla junto a otras dos diacrónicas
de miembros aparentemente también importantes de
la comunidad, con los que posiblemente le ligaban la-
zos de parentesco: el de la tumba 27 y el de la propia
tumba 28 cuyos restos fueron inhumados junto con la
para entonces ya arcaica espada tipo Miraveche (Sanz,
1997: 492 y 498). Un hecho este último que ha lleva-
do a valorar la posibilidad de que existieran áreas en
el cementerio reservadas a ciertos grupos socialmente
jerarquizados (Sanz, 1990: 169-170; 1993: 374; 1997:
446 y 498). Pero, además, es probable que el persona-
je cuyos restos fueron enterrados en la tumba 32 con-
trajera matrimonio con la mujer a la cual pertenecía
la inmediata tumba 31 (Sanz, 1997: 83-85), también
de alto rango social y que posiblemente fuera de ori-
gen autrigón, pues en su ajuar se incluía un broche de
cinturón tipo Bureba (Sanz, 1997: 498-501; Romero y
Sanz, 2009: 82-84).
Estas estrechas relaciones dan mayor relieve al
hecho de que, en dos de las conteras de vaina de es-
pada, estandartes o
signa equitum
procedentes de la
necrópolis de Miraveche, podamos encontrar, al igual
que en el reverso del pomo de la tumba 32 de Las
Ruedas, una división especular, en la que a cada lado
de la pieza, encontramos un jabalí y un ave (fig.
9).
Fig. 9. Izquierda: conteras de vainas, estandartes o
signa equitum
de la necrópolis de Miraveche (según Schüle, 1969); al igual que en el caso
del pomo de la tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas, se organizan de manera especular, de manera que un ave, un jabalí y seis grandes
círculos de su remate semicircular quedan a cada lado del elemento tubular, como posible representación de cada una de las dos partes del
año (elementos de color añadidos por el autor). Derecha: significación calendárica de las piezas según Ruiz (2022: 309, fig. 9).
42
Aunque su publicador (Sanz, 1997), sólo encontró ini-
cialmente restos de un aviforme en el lado izquierdo,
según la revisión hecha recientemente por De Pablo
(2021) a cada lado del reverso del pomo pudo haber-
se grabado un ave, habiendo desaparecido uno de
ellos casi por completo debido a la mayor corrosión
sufrida por el lado derecho del reverso. Junto a la
pareja de suidos y aves, en las piezas de Miraveche
aparece también por doquier una decoración consis-
tente en círculos concéntricos rodeando un pequeño
agujero central. Estos motivos, de diferente tamaño,
se disponen sobre la pieza con configuraciones y a
distancias también diferentes. Pudieran constituir un
mero aditamento decorativo. Pero es indudable que
doce de mayor tamaño, seis a cada lado del eje cen-
tral del objeto, se disponen sobre la parte de la pieza
con forma de media luna, replicando la división es-
pecular que existe sobre el pomo y que es asociable
a los doce meses lunares del año y a los seis meses
de cada parte del ciclo anual. De hecho, frente a la
tradicional pero hipotética orientación de estos ob-
jetos, en virtud de la cual su elemento tubular suele
disponerse en posición vertical, parece más probable
que este estuviera en posición horizontal, de manera
que el jabalí y el ave de un lado quedarían invertidos
respecto de los del otro, en una variante de la dife-
rente orientación que muestran los especímenes del
pomo, la cual, como veremos, tiene su correlato en
otros documentos extrapeninsulares. Todo este posi-
ble significado difícilmente sería apreciable sin el con-
curso de la rica iconografía del pomo padillense. No
obstante, hay que señalar que Ruiz ha desarrollado
recientemente (2022: 307-310) una sofisticada hipó-
tesis según la cual estos y otros elementos de estos
mismos objetos miravechianos se corresponderían
con fechas importantes del calendario céltico en una
manera en ciertos aspectos distinta a la que aquí su-
gerimos (fig.
9).
En todo caso, Ruiz también vincula
su iconografía con el ciclo calendárico anual. Casi con
total seguridad, este se halla en la base del significa-
do que cabe atribuir a estos singulares objetos y es
de esperar que eventualmente nuevos hallazgos nos
permitan delimitar con mayor precisión en qué ma-
nera el mismo se halla expresado.
El mismo ciclo anual parece estar representado
sobre otro objeto, el cual apareció integrado en el
ajuar de la tumba 60 de la propia necrópolis de Mi-
raveche durante las excavaciones realizadas en 1935
por Monteverde y Martínez Burgos. Junto a un puñal
similar al descubierto en la tumba 1359 de la necró-
polis de Las Cogotas, dos puntas de lanza, un regatón
y un umbo de escudo, todo ello en hierro; dos fíbu-
las de bronce del tipo derivado del de La Certosa; y
trozos de la urna cineraria, de barro tosco negruzco,
hecha a mano y decorada con grandes triángulos inci-
sos, apareció también un singular broche de cinturón
(Cabré, 1937: 115-116, fig. 53 y lám. XXI), actualmen-
te conservado en el Museo de Burgos. Tanto la placa
activa como la pasiva están decoradas mediante téc-
nicas de troquelado y repujado. La altura de ambas
está en torno a los 85 mm. La pasiva tiene una an-
chura de 110 mm y la activa de 120 mm. En la placa
pasiva, un verraco con morro curvado hacia arriba
aparece bajo una sucesión de arcos de circunferen-
cia encadenados. En la placa activa, un tetrasquel con
botón central se sitúa bajo una sucesión de arcos de
circunferencia similar. La pieza fue adscrita por Cabré
al período final de su Cultura de Las Cogotas-Mirave-
che-Monte Bernorio y, en lo referente a su técnica
decorativa, la hermanó con otra pieza de la misma
necrópolis incluida en su serie 6.
a
(Cabré, 1937: 116).
Es necesario señalar que, aparentemente, debería
conservarse en el mismo Museo de Burgos otra placa
de cinturón hembra muy similar, por lo cual debería
incluirse también en la Serie 8.
a
de Cabré y datarse
entre los siglos III y I a. C. La misma procedería de
prospecciones superficiales realizadas en Busto de
Bureba (Burgos) estando rota y reparada y faltando
parte considerable de la pieza (Rovira y Sanz, 1982:
44-45, «Placa de cinturón hembra PLA-B2»). Por ello,
recientemente Almagro-Gorbea y Ballester (2019:
169-170, fig. 4C-D) mencionan la existencia de dos
placas similares en la institución burgalesa. Sin em-
bargo, en el Museo de Burgos no consta actualmente
la existencia de la segunda entre sus fondos.
1
En todo
caso, de la fotografía proporcionada por Rovira y Ná-
jera (1982), que por desgracia no es de buena calidad,
se deduce que sería casi idéntica a la que aquí nos
interesa, lo que, de hecho, ha llevado a afirmar que
ambas serían del mismo taller y muy probablemente
obra de un mismo artesano (Almagro-Gorbea y Ba-
llester, 2019: 169).
En lo referente al broche de cinturón que se con-
serva en el museo burgalés, su publicador interpre-
tó la figura del verraco representado sobre la placa
pasiva como muestra de un culto totémico o mágico
ofrecido al animal por las gentes que se enterraron en
la necrópolis miravechiana (Cabré, 1937: 115). Más
tarde, Morán (1975) confirió a los motivos represen-
tados sobre este tipo de broches un valor apotropaico
que rebasaría una supuesta función meramente or-
namental. Por su parte, Ruiz (2022: 294-297) vincu-
la la escena con el mito de la caza divina. Pero, de
nuevo, el análisis de la rica iconografía del pomo de
la necrópolis de Las Ruedas nos permite deducir su
probable simbolismo calendárico.
Como hemos indicado, en la placa pasiva un verra-
co con morro curvado hacia arriba aparece bajo una
sucesión de arcos encadenados, al igual que sucede
en la placa activa con el tetrasquel con botón central.
En el dibujo de Schüle (1969), que es el reproducido
por Almagro-Gorbea y Ballester (2019), así como por
Ruiz (2022), ambos encadenados tienen un total de
trece arcos con su correspondiente epicentro bien
marcado. Pero el dibujo es erróneo y, de hecho, re-
sulta más correcto el que en su día proporcionó Le-
43
El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico
nerz-de Wilde. Es decir, que el tetrasquel se sitúa bajo
una sucesión de trece arcos, pero el jabalí aparece
bajo una sucesión compuesta sólo por doce (fig. 10).
Lo que parece subyacer en el hecho de que el sui-
do y el tetrasquel aparezcan junto con sendas series
compuestas por doce y trece arcos de circunferencia,
es que ello no se debe a la casualidad, sino al valor
calendárico de dichos motivos, denotadores de que
cada serie representa respectivamente el número de
meses de un año regular y de un año intercalado. Lo
que es coherente con el hecho de que una hipótesis
tan extendida como difícil de comprobar indique que
dentro del ámbito céltico el significado de trisqueles
y tetrasqueles se relaciona a menudo con una noción
de movimiento temporal, representando el tetras-
quel las cuatro estaciones del año y el trisquel los tres
meses propios de cada estación. Resulta más signifi-
cativo, no obstante, que el suido, salvaje o doméstico,
fuera el animal sacrificial por excelencia de
Samain
,
el día inicial del año celta (Le Roux, 1961: 494-495).
No en vano, Patterson (1994: 124) ha subrayado el
carácter central que el cerdo o el jabalí tiene en la mi-
tografía céltica del primer día del ciclo anual. Por ello,
parece bastante verosímil que el rayado en la parte
central del animal representado en la placa de Mira-
veche pueda interpretarse como un equivalente del
dorsuale
, la faja o guirnalda con la que en el ámbito
romano se engalanaba al animal que iba a ser sacrifi-
cado. En este caso, el animal sacrificial sería probable-
mente el del primer día del año.
El animal representado en la placa parece co-
rresponder, como ya notaba Cabré, al mismo tipo
de jabalí que aparece en otro broche procedente de
un lugar indeterminado de la provincia de Toledo
(Cabré, 1937: 117, fig. 57 y lám. XXIV). En este caso,
se trata de una placa pasiva rectangular, de bronce,
con tres huecos rectangulares paralelos en los que
se podría insertar el gancho (fig. 11). Antes de ingre-
sar en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid,
donde actualmente se conserva, perteneció a la co-
lección de la viuda del anticuario madrileño Rafael
García Palencia. La placa presenta damasquinados
en oro y plata (siendo la única placa de cinturón de
este tipo hallada en España que, hasta donde sabía
Cabré, mostraba esa peculiaridad). Su decoración
damasquinada, en plata y plata sobredorada, es si-
métrica. En la parte superior y central de la escena,
hay un círculo con doce escotaduras en su circunfe-
rencia y en cuyo interior se ha calado un trisquel;
a cada lado del mismo hay un elemento de forma
acorazonada (hojas, según Cabré), bajo los cuales
Fig. 10. Placa de cinturón de la tumba 60 de la necrópolis de Miraveche. A la izquierda, dibujo de Schüle (1969); en el centro, dibujo de Le-
nerz-de Wilde (1991) (coloreado añadido por el autor); a la derecha, las placas en su estado de conservación actual.
Fig. 11. Placa de cinturón procedente de la provincia de Toledo
(Museo Arqueológico Nacional, Madrid, n.º inv. 39.572); fotografía
de Gonzalo Cases Ortega (© Ministerio de Cultura | v48.1 | NIPO:
551-09-050-6).
44
hay a su vez sendos elementos con forma de cor-
namenta (ces horizontales, según las define Cabré)
y, bajo estos, sendos jabalíes con su cuerpo orien-
tado hacia la parte interior de la representación. El
sobredorado se ha aplicado al círculo con trisquel,
a las dos formas acorazonadas y a las dos “ces hori-
zontales” bajo estas. La parte de la placa por enci-
ma de los jabalíes muestra trece calados lineales y
triangulares de diverso tamaño dispuestos de ma-
nera caótica entre el círculo con trisquel y los otros
elementos principales. Por otro lado, bajo cada ja-
balí hay incisa una serie de tres cuadrados con un
aspa doble inscrita dentro de cada uno de ellos. Las
escotaduras del círculo superior (12) y el número
de calados dispuestos de manera irregular sobre el
cuerpo de la placa (13) se corresponden, de nuevo,
con el número de meses propio de un año regular
y de un año intercalado, respectivamente. Es difícil
valorar otros elementos decorativos presentes en el
broche. Pero
a priori
, los mismos también pudieran
vincularse con conceptos relacionados con la esta-
cionalidad, el paso del tiempo y su cómputo.
Cabré denominó al tipo de broches dentro del
cual hemos de incluir los ejemplares de Miraveche
y el de Toledo, como broches de «tipo andaluz»
(1928 y 1937). Su origen en el mundo ibérico se
viene aceptando de manera habitual y su presencia
en el interior meseteño se considera resultado de
la existencia de intercambios de objetos de lujo, o
bien de su imitación local, pues la mayoría de estos
broches proceden de necrópolis de incineración,
donde formaban parte de ajuares funerarios que a
menudo eran los más ricos del respectivo yacimien-
to, como en el caso de la placa de Miraveche. Pero
como el motivo del jabalí sólo aparece en las pla-
cas de esta necrópolis y en el broche procedente de
la provincia de Toledo, dicho motivo parece haber
sido una aportación típicamente local a las decora-
ciones originales de ese tipo de placas (Cerdeño y
Cabanes, 1994: 108-109). En consecuencia, los con-
ceptos que su representación entraña y a los cuales
aparece asociado, serían propios de las sociedades
protohistóricas de la Meseta.
Pero algunos elementos iconográficos del bro-
che de cinturón de Miraveche también pueden en-
contrarse sobre otro tipo de producciones. Así, por
ejemplo, ocurre en un pectoral de oro con forma
de lúnula procedente de Viseu (Beira Alta, Portugal)
y conservado en el Museu Nacional de Arqueolo-
gia de Lisboa, con n.º inv. 294 (Coelho, 1986: 253;
y 2020). Se trata de una joya que ha sido ubicada
cronológicamente en un momento incierto de la
Edad del Hierro y cuyo elemento iconográfico más
prominente consiste en conjuntos de círculos con-
céntricos (fig. 12). Pero en los extremos del pectoral
aparecen asimismo sendas series compuestas por
arcos encadenados, que al igual que en el caso de
las placas del broche de la tumba 60 de Miraveche,
se suceden en número de doce en un caso y de tre-
ce en el otro. Estas cifras sugieren que también en
este caso los encadenamientos de arcos de círculo
pueden ser elementos representativos de meses,
con cada serie representando el número propio
de un año intercalado y de otro sin intercalar. Esta
relación con el ciclo calendárico mensual pudiera
estar implícita también en el hecho de que, como
su propio nombre indica, la forma de los pectorales
en forma de lúnula se asemeje a la del astro lunar
cuando este se halla en sus puntos menguantes o
crecientes más extremos.
Los testimonios extrapeninsulares
Hemos aseverado que la capital importancia del
pomo de puñal de la necrópolis de Las Ruedas no
sólo se deriva de su utilidad para analizar otros do-
cumentos peninsulares, sino también de su valor
como instrumento para poder examinar de manera
más precisa objetos arqueológicos procedentes de
otros puntos del continente europeo. A este respec-
to, volviendo a la posible relación del jabalí con la
Luna y, por extensión, con el cómputo del tiempo,
un interesante testimonio extrapeninsular aparecía
no hace mucho tiempo en el mercado de antigüe-
dades: la estatua exenta de un jabalí, con 10 cm de
Fig. 12. Lúnula de Viseu (Museu Nacional de Arqueología, Lisboa,
n.º inv. 294) y detalle de sus terminaciones.
45
El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico
largo y 8 cm de alto, un peso de 430 g y una función
que parece haber sido votiva (fig. 13). Lamentable-
mente, apenas existen datos sobre las circunstan-
cias de su hallazgo. Supuestamente fue hallada en
Francia a finales del siglo XIX. Sus características
permiten datarla con claridad en el período La Tène,
entre los siglos II y I a. C. (Ebay, 2023).
En el arranque de cada extremidad, el jabalí
que constituye esta estatua votiva muestra un tris-
quel. Como ya hemos señalado, se ha supuesto que
la noción de movimiento temporal que transmite
este símbolo puede ser al menos en ciertas ocasio-
nes una representación de los tres meses que for-
man parte de cada estación céltica. En este caso,
ello armoniza con el hecho de que sean cuatro los
trisqueles que muestra el animal, denotadores po-
siblemente de las cuatro estaciones célticas:
Sa-
main
,
Imbolc
,
Beltaine
y
Lughnasad
. Por otro lado,
su cresta dorsal muestra una sucesión de doce ar-
gollas insertadas en otros tantos agujeros, más un
último orificio en la parte trasera de la cresta del
cual no pende ninguna argolla. Es posible que una
decimotercera argolla, ahora perdida, estuviera in-
sertada originalmente en este último agujero. Pero
es difícil que esta pérdida tuviera lugar si tenemos
en cuenta que la cresta no sufre ningún deterioro
y, en especial, que su orificio postrero está intacto.
Parece más bien que la pieza contenía originalmen-
te trece agujeros, pero sólo doce argollas. Lo que
de nuevo nos situaría ante la dialéctica propia de
un calendario en el que se alternan años con doce
y trece meses y en el que el jabalí desempeña un
importante papel simbólico. El propio jabalí íntima-
mente vinculado al primer día del año, los cuatro
trisqueles representativos probablemente de cada
una de las cuatro estaciones con sus tres meses res-
pectivos y la serie de trece orificios y doce argollas,
sintetizarían así algunas de las grandes divisiones
del ciclo anual céltico.
Un simbolismo también calendárico podría en-
contrarse en algunas acuñaciones de los ambianos,
pueblo galo que moraba en el valle del río Som-
me, en la Galia Bélgica, en el año 57 a. C., cuando
las legiones de Julio César irrumpieron en la zona.
Algunas de sus unidades de bronce muestran dos
jabalíes dispuestos espalda contra espalda y orien-
tados en direcciones contrapuestas. Este patrón
iconográfico puede venir acompañado de elemen-
tos diversos, representados en número dispar. Pero
un caso especialmente notable es el de una unidad
de plata hallada en febrero de 2023 en Ogbourne St
George (Wiltshire, Inglaterra), que probablemente
fuera acuñada hacia 55-40 a. C. por una tribu de la
zona que ha sido denominada como “grupo Berks-
hire”, cuyas monedas muestran las características
figuras animales belgas. De manera específica, los
dos jabalíes sobre la pieza argéntea se derivan di-
rectamente de los que aparecen en las monedas de
bronce acuñadas por los ambianos hacia 60-40 a. C.
Se ha considerado que el gobernante que la man-
dó emitir pudo ser un jefe de esa tribu belga que
durante las guerras de las Galias buscó refugio en
las islas británicas y que, incluso, pudo llevar con-
sigo un troquelador de monedas. Con 16 mm de
diámetro y 1,13 g, la moneda de plata constituye
por ahora una pieza única (fig. 14). En su anverso
muestra los dos jabalíes contrapuestos, cada uno
con lo que parece ser una pequeña criatura similar
a una anátida tras de él, la cual se orienta en direc-
ción contraria a la del respectivo jabalí. En los es-
pacios libres, aparecen elementos circulares. Se ha
indicado que como los druidas contaban el tiempo
por noches y no por días, los jabalíes rodeados por
soles y lunas en la moneda pudieran representar el
Fig. 13. Estatua de jabalí de tipo La Tène, siglos II-I a. C. (Ebay, 2023).
46
ciclo nocturno-diurno y que, al girar la moneda, la
noche (jabalí) se convertiría en día (pato nadando a
la luz del sol), mientras que la noche anterior (jabalí
al revés) se convertiría al mismo tiempo en noche
(jabalí erguido) y así sucesivamente (Rudd, 2023).
Pero la imagen no sólo replica las mismas espe-
cies animales que vemos en las conteras de vaina
de espada, estandartes o
signa equitum
tipo Mi-
raveche, así como algunas de las que figuran en
el pomo de la necrópolis de Las Ruedas; sino que,
aparentemente, al igual que en estos casos inclu-
ye un conjunto duodecimal, esta vez consistente en
elementos circulares de diversa morfología. Diez
de ellos son claramente visibles y otros dos, muy
difuminados, parecen percibirse en el final de la
corta cola y bajo la mandíbula inferior de uno de
los jabalíes. Ello sugeriría que en la moneda recupe-
rada en Ogbourne St George estos jabalíes contra-
puestos y las aves que los acompañan no denotan
el transcurso del nictémero, sino más bien las dos
partes, ascendente y descendente, oscura y clara,
del ciclo anual céltico. Además, la anátida detrás
de cada jabalí se dispone en el mismo sentido que
este, aunque orientada en dirección contraria. Es
decir, las parejas formadas por jabalí y anátida es-
tán invertidas entre sí. Esto constituye un indicio
de que la orientación correcta de los “estandartes”
miravechianos se logra disponiendo en horizontal
su elemento tubular, forma en la cual, asimismo, la
anátida y el jabalí se muestran de una manera más
claramente invertida entre sí.
Una inversión del mismo tipo se constata tam-
bién sobre otro objeto muy anterior: la placa de
cinturón de bronce de Floth (hoy Radolinek, Woj.
Piła, Polonia) conservada en el Museum für Vor-
und Frühgeschichte de Berlín (fig. 15). En este caso,
además, no existe ninguna incertidumbre sobre el
número de elementos circulares que originalmen-
te había sobre él. Perteneciente a la Cultura de los
Campos de Urnas y datada en los siglos IX-VIII a. C.,
en la superficie de la placa se representa el viaje del
Sol en una barcaza, surcando el cielo diurno y su-
puestamente rodeado por discos solares y anátidas
(Hänsel, 1997: 11-22; Menghin, 2000: 98-99). Pero
ese viaje solar parece constar de dos etapas, pues
son dos las barcas contrapuestas sobre la superfi-
cie, junto a doce discos solares (o tal vez lunares)
y estilizados elementos aviformes que recuerdan a
los de la moneda del grupo Berkshire. Un detalle
presente en el pomo de la necrópolis de Las Ruedas
vuelve a aparecer aquí: frente a la dicotomía entre
círculo reticulado con contorno doble y círculo re-
ticulado sin contorno doble que se percibe en este
último, el extraño ser representado sobre la barca
solar, tal vez una representación antropomorfa del
propio astro, ha sido figurado ora con una cabeza de
contorno sencillo, ora con una cabeza de contorno
doble. De nuevo, un detalle inexplicable si no fue-
ra porque el pomo padillense procura una posible
clave interpretativa gracias a la profusión y riqueza
de sus imágenes. Estas sugieren que, probablemen-
te, el ser antropomorfo cuya cabeza tiene un doble
contorno corresponde a la mitad del periodo anual
caracterizada por el curso ascendente del Sol, fren-
te a la figura antropomorfa similar caracterizada por
una cabeza con contorno sencillo, la cual se corres-
pondería con la segunda parte del ciclo anual.
La forma seudoromboidal de este tipo de cintu-
rones de la época de los Campos de Urnas permite
plantear si su morfología no tendrá una vinculación
Fig. 14.
Berkshire boars
: moneda de plata, ca. 50 a. C. (Rudd, 2023).
Fig. 15. Cinturón de Radolinek (Polonia), siglos IX-VIII a. C. (fotogra-
fía: https://en.wikipedia.org/wiki/File:Museum_f%C3%BCr_Vor_
und_Fr%C3%BChgeschichte_Berlin_022.jpg) (dibujo: Menghin,
2000: 99, Abb. 50).
47
El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico
simbólica mediada por su valor calendárico con los
losanges áureos, un milenio anteriores, de la Cul-
tura de Wessex (ca. 1900-1300 a. C.), a los cuales
algunos investigadores han atribuido una función
astronómica que otros les niegan. Estos losanges
han sido hallados en túmulos funerarios formando
parte de ajuares de excepcional riqueza. Se trata de
placas de oro decoradas con motivos rectos incisos.
Las formas y motivos lineales (incluyendo losanges
y formas en chevron) que las decoran aparecen ya
durante la etapa megalítica, perviviendo durante la
Edad del Bronce en la cerámica campaniforme de
las islas británicas y en las lúnulas de oro de Irlan-
da. Por ello esos motivos se han considerado como
un indicio de que tradiciones, creencias y prácticas
cultuales megalíticas que estaban asociadas a ente-
rramientos, rituales y elites, pervivieron en las islas
británicas, al menos durante la Edad del Bronce An-
tigua, en el contexto de la Cultura de Wessex (Ger-
loff, 2007: 139-140).
El mayor de estos objetos es el gran losange áu-
reo de Bush Barrow (fig. 16), hallado a principios del
siglo XIX sobre el pecho del difunto inhumado en el
túmulo homónimo (Woodward y Hunter, 2015: 236)
y conservado en el Wiltshire Museum (Devizes, In-
glaterra). Su eje mayor tiene 185 mm y el menor
157 mm. Sendas perforaciones en los extremos de
su eje mayor indican que la placa estaba fijada o pen-
día de algún soporte. Y sus ángulos agudos marcan
81.
o
, ajustándose al ángulo existente entre las sali-
das y puestas solsticiales del Sol hace 4000 años en
la latitud de Stonehenge, a cuyo complejo el túmulo
de Bush Barrow pertenece. Se ha supuesto por ello
que el losange tenía una función astronómica y que
cuando sus lados eran alineados con los solsticios,
su eje mayor apuntaba a la salida equinoccial del
Sol (Mackie, 2009: 31-32). Prudentemente, otros in-
vestigadores califican el hecho de «
intriguing coinci-
dence
» (Woodward y Hunter, 2015: 238) y aun otros
rechazan que el losange desempeñara una función
semejante, dado que otros objetos similares mues-
tran ángulos diferentes, si bien, como es lógico, ello
pudiera ser mera consecuencia de que unos y otros
estuvieran destinados a registrar alineamientos as-
tronómicos de distinta naturaleza.
Se trata, sin duda, de otro apartado del debate
sobre la posible función astronómica y calendárica
que albergan determinados objetos y elementos ar-
quitectónicos prehistóricos, cuya resolución no es
sencilla, pero que tiene un curioso precedente en el
complejo megalítico de Newgrange, tampoco de fá-
cil interpretación. Recientemente, Türler (2020) ha
propuesto que algunos elementos espirales carac-
terísticos de la cultura megalítica de Irlanda deben
relacionarse conceptualmente con las variaciones
anuales que se perciben en el curso solar aparente
sobre la bóveda celeste en el hemisferio septentrio-
nal. Las habituales espirales encadenadas represen-
tarían, al menos en algunas ocasiones, ese doble
sentido, ascendente durante un periodo intersolsti-
cial, descendente durante el otro. Este sería el caso,
por ejemplo, de la Kerbstone 67 de Newgrange, un
enorme bloque pétreo con una espiral doble graba-
da que aproximadamente forma en total una doce-
na de círculos concéntricos (fig. 17).
Lo notable es que por encima y por debajo del
punto en el que las dos espirales se conectan entre
sí, la Kerbstone 67 muestra dos elementos rom-
Fig. 16. Izquierda: gran losange áureo de Bush Barrow (https://www.wessexmuseums.org.uk/collections-showcase/bush-barrow-lozenge-2/).
Derecha: alineaciones astronómicas del losange (según MacKie, 2009): el ángulo que forma el eje menor, 81.
o
, coincide con el de los puntos
solsticiales extremos del curso solar en la latitud de Stonehenge.