Vaccea Anuario, 17 (2024)ISSN: edición impresa: 2659-7179; edición en línea: 2659-7187 h ttps://pintiavaccea.es/seccion/vaccea-anuario Vaccea Editorial, CEVFWUniversidad de Valladolid Cómo citar: Matesanz Gascón, R. (2024) "El pomo de puñal de tipo Monte Bernorio de la tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas (Padilla de Duero/Peñafiel, Valladolid, España) y las representaciones iconográficas del ciclo calendárico anual en la Europa protohistórica”, Vaccea Anuario, 17, pp. 33-51.https://doi.org/10.69531/AYRZ-2774-PNTVRecibido: 30 de febrero de 2024 / Aceptado: 30 de marzo de 2024 Resumen: Por la complejidad y riqueza de su programa figurativo, el pomo de puñal recuperado en la tumba 32 de la necrópolis vaccea de Las Ruedas es el documento iconográfico protohistórico que nos ofrece una información más detallada sobre la concepción del ciclo calendárico anual existente en Europa occidental durante la Segunda Edad del Hierro. Su contenido permite aprehender o comprender mejor la iconografía de otros objetos arqueológicos cuya signi-ficación sería más oscura si no fuera por numerosos detalles presentes en la iconografía del pomo. Tomando esta como base, en este trabajo se analizan algunos de esos objetos y se concluye que el pomo constituye una fuente documental por ahora irremplazable para analizar las representaciones del ciclo calendárico anual en la Europa protohistórica. Palabras clave: iconografía vaccea, calendario prehistórico, pátera de Tivissa, necrópolis de Miraveche, jabalí céltico, cinturón de Radolinek, losange áureo de Bush Barrow, newgrange (Kerbstone 67). Abstract: Due to the complexity and richness of its figurative program, the dagger pommel recovered in tomb 32 of the Vaccaean necropolis of Las Ruedas is the protohistoric iconographic document that offers us more detailed information on the conception of the annual calendrical cycle existing in Western Europe during the Late Iron Age. Its content allows us to apprehend or improve our understand of the images significance in other archaeological objects whose meaning would be more obscure if it were not for the numerous details present in the iconography of the pom-mel. On this basis, this paper analyzes some of these objects and concludes that the pommel constitutes an irrepla-ceable documentary source for analyzing the representations of the annual calendrical cycle in protohistoric Europe. Keywords: vaccaean iconography, prehistoric calendar, patera of Tivissa, Miraveche necropolis,celtic boar,Radolinek belt, Bush Barrow gold lozenge, Newgrange (Kerbstone 67). Roberto Matesanz Gascón* * Centro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg de la Universidad de Valladolid (España). roberto.matesanz@uva.es, ORCID: 0000-0001-8032-7115.
34 Introducción: un pomo de puñal de valor incalculable Aquellas personas interesadas en la cultura vaccea difícilmente ignoran la existencia del singular pomo de puñal de tipo Monte Bernorio conservado actual-mente en el Museo de Valladolid que, tras ser exhu-mado en la tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas (Padilla de Duero, Peñafiel, Valladolid), fue descrito minuciosamente por Carlos Sanz Mínguez (1997: 439-448) y, con posterioridad, ha sido mencionado y analizado por otros investigadores. Hecho en hierro, muestra imágenes grabadas y damasquinadas en pla-ta, algunas de las cuales se han convertido en iconos idiosincrásicos de la cultura vaccea. Sin duda, diver-sas razones permiten otorgar a esta pieza datable con verosimilitud en el siglo III a. C. el estatus de objeto de estudio de inapreciable valor. Razones a las cuales cabe añadir ahora que su programa iconográfico está organizado de acuerdo con claros patrones calendári-cos (Matesanz, 2022 y 2023). Más aún, casi con total seguridad, dicho pomo es el más importante docu-mento iconográfico de que disponemos, al menos por el momento, para estudiar la naturaleza del ciclo ca-lendárico anual en el ámbito de la Europa céltica du-rante la época protohistórica. Se puede aseverar que, ni en la Céltica insular, ni en la Céltica continental, ni, por supuesto, en el resto de la Céltica peninsular, hay constancia de que exista un documento iconográfico que albergue una relevancia similar. Esta naturaleza privilegiada de la que disfruta el pomo se deriva de varios hechos. En primer lugar, del elevado número de elementos que integran su programa figurativo. Pero también de que los men-cionados elementos han sido plasmados con un ele-vado nivel de detalle, lejos de la ambigüedad o de la tosquedad que caracteriza a las imágenes figuradas sobre otros documentos iconográficos. Además, su particular importancia se deriva también de que sus componentes forman parte de un campo iconográfico cerrado y fuertemente estructurado, a diferencia de lo que ocurre con otros testimonios de tipo iconográ-fico, en los que sus elementos se disponen de manera más o menos caótica y sin que podamos determinar dónde acaba un campo figurativo y dónde empieza otro. Esto último suele suceder, por ejemplo, en el caso del arte parietal al aire libre, donde a menudo se encuentran motivos figurados o geométricos forman-do auténticos palimpsestos de difícil deslinde. No te-nemos este problema con las imágenes del pomo. Por ello, a pesar de que las afecten algunos desperfectos, la precisión con la que han sido ejecutadas y su ca-rácter estructurado y finito permiten establecer unas relaciones entre ellas que son difícilmente aprehensi-bles sobre otros soportes. Asimismo, la importancia primordial que tiene el programa iconográfico de esta producción metálica para poder analizar la naturale-za del ciclo calendárico anual en las sociedades pro-tohistóricas de Europa occidental se deriva de otras dos circunstancias. En primer lugar, de que aparente-mente sus elementos figurados reflejan importantes conceptos que estaban asociados a dicho ciclo. En segundo lugar y de manera muy especial, de que, en conjunto, su programa iconográfico incluye también todas las subdivisiones básicas del ciclo anual. Las divisiones del año céltico y la iconografía del pomo de puñal de la tumba 32 de Las Ruedas Profundizando en este último aspecto, la evidencia disponible indica que cuando menos algunos de los pueblos denominados “célticos” empleaban en época Fig. 1. Las divisiones del ciclo anual en el reverso del pomo de puñal tipo Monte Bernorio de la tumba número 32 de la necrópolis de Las Ruedas (Padilla de Duero, Peñafiel/Valladolid).
35 El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico protohistórica un calendario cuyo ciclo anual se divi-día en dos semestres, cuatro estaciones, doce/trece meses, dos quincenas por mes y, por supuesto, los nic-témeros o conjuntos de 24 horas, dividido cada uno a su vez en día y noche (Matesanz, 2022). Estas son exactamente, ni más ni menos, las divisiones percep-tibles en el programa iconográfico del pomo (fig. 1). En su reverso, las dos grandes escenas especulares de sus extremos, que incluyen sendas monomaquias y animales en torno a un elemento reticulado, repli-can las dos partes del ciclo anual. En su base, cuatro jabalíes en procesión de una parte a la otra replican el número de estaciones, cuatro, que parecen haber sido propias del calendario céltico. En el canto del pomo, seis animales similares pero de menor tamaño que los anteriores, dispuestos sobre cada una de las escenas especulares del reverso, replican a su vez el número de meses de cada semestre; mientras que un decimotercer animal en el extremo del canto, diferen-te y opuesto a los de su lado, es equiparable al deci-motercer mes que era intercalado en algunos años. Finalmente, en la parte central del reverso del pomo un zoomorfo en perspectiva cenital es flanqueado por sendos conjuntos rectangulares cada uno de los cuales replica una de las dos quincenas del mes. Cada conjunto rectangular, a su vez, está integrado por una serie alterna de quince molduras y quince acanaladu-ras, cada una de las cuales equivale a los quince días y las quince noches de la respectiva quincena. En el dibujo del pomo más preciso publicado hasta ahora (Sanz, 2010), se percibe un número desigual de mol-duras a cada lado del zoomorfo en perspectiva cenital que ocupa el centro del campo figurativo. El dibujo es correcto, pero no transmite de manera fidedigna lo que era el estado original del grupo del lado derecho, sino cómo se percibe actualmente este debido a la gran corrosión de su moldura horizontal superior. En su forma inicial, ambos grupos mostraban con igual nitidez el mismo número de molduras y acanaladuras (fig. 2).Como ya hemos indicado, la circunstancia de que todas estas imágenes se dispongan sobre un soporte cerrado y de una manera fuertemente estructura-da, permite establecer diversas asociaciones entre determinadas fases temporales y algunos conceptos que son representados a través de rasgos iconográfi-cos muy específicos. Esta es una de las características que proporcionan al pomo de puñal de la tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas su inapreciable valor. Así, por ejemplo, de su análisis puede deducirse que el primer semestre de un ciclo anual está asociado a la orientación superior o ascendente de algunos de sus individuos, como los jabalíes o los zoomorfos en perspectiva cenital, respecto de la orientación inferior o descendente de los mismos especímenes que apare-cen representados en el segundo semestre (fig. 3), un detalle presente también en otras producciones rela-cionadas (Matesanz, 2023). Esta diferente orientación muestra la misma divergencia que caracteriza al curso solar durante el transcurso del año, cuando es observa-do desde el hemisferio terrestre septentrional: entre el solsticio de invierno y el de verano, dicho curso mues-tra a ojos del observador una orientación ascendente; entre el solsticio de verano y el de invierno, dicho cur-so es descendente. Asimismo, el carácter estructurado de las imágenes del pomo nos permite ver que a esa primera parte del ciclo anual se asocian objetos o ani-males caracterizados por un doble contorno, mientras Fig. 2. El mayor grado de corrosión en las molduras del lado derecho del pomo se plasma en el dibujo más preciso del mismo existente (Sanz, 2010), pero como muestra la fotografía, cada grupo está compuesto por el mismo número de molduras: quince.
36 que la segunda parte del ciclo anual contiene animales u objetos similares definidos por un contorno sencillo, si es que no se trata de los mismos especímenes repre-sentados de dos maneras diversas que significan cada parte del ciclo temporal. Esta representación diferen-cial, caracterizada por la dicotomía entre contorno sim-ple y contorno sencillo, se constata en los dos grandes jabalíes representados en el reverso del pomo y en los dos círculos reticulados junto a los cuales estos mismos animales aparecen.El propio uso de seres animales para representar conceptos calendáricos es otro importante detalle que podemos extraer del análisis del pomo y que nos permite aproximarnos un poco más a la mentalidad vaccea en particular y a la céltica e indoeuropea en general. A mediados del siglo XX, el antropólogo Clau-de Lévi-Strauss escribió que algunos animales son bon à manger… bon à penser, es decir, que no sólo son buenos para comer, sino que también son “bue-nos para pensar”, aludiendo a cómo diversas especies animales han sido empleadas de manera reiterada por las sociedades tradicionales como herramientas clasificatorias y organizadoras de su conocimiento, a partir de la observación de sus características físicas y de sus hábitos. En el caso del pomo de la tumba 32, esto resulta de plena aplicación a la proliferación de jabalíes como símbolos aparentes de semestres, estaciones y meses. Los pueblos célticos contaban el paso del tiempo por noches, no por días, una costum-bre por lo demás común a muchos pueblos y que aún rige, por ejemplo, en el judaísmo. Esto se vincula con el hecho de que, más allá de la fácilmente aprehen-sible división del nictémero (recordemos que esta es la denominación técnica del período de 24 horas que comprende un día y una noche), la forma más sencilla de calcular el paso del tiempo es mediante el cómpu-to del número de nictémeros que han de pasar para que la Luna retorne a la misma fase en la que la ob-servamos en un momento inicial. Este período dura aproximadamente 29,53 nictémeros y es el origen del mes, la suma de doce de los cuales sirvió en tiempos arcaicos para definir una de las aproximaciones po-sibles al concepto de año (y la de seis, para definir la de medio año), así como la suma de tres meses sirvió para definir cada una de las estaciones.En consecuencia, el calendario se definió original-mente y en sus estratos inferiores recurriendo a la observación de la Luna, objeto celeste visible duran-te la noche. Y es asimismo durante la noche cuando hace su aparición el jabalí, animal de hábitos noctur-nos que duerme escondido durante el día. Poca duda puede haber de que es por esta razón por la que en numerosos mitos antiguos el jabalí aparece íntima-mente asociado a una divinidad lunar. En el ámbito helénico, baste recordar la frecuente asociación que se establece entre el jabalí y Artemisa. La asociación del jabalí con la Luna conlleva a su vez que el primero pudiera ser eventualmente asociado con facetas pro-pias de la personalidad simbólica de la segunda. Y lo que muestra con claridad el pomo de puñal de la tum-ba 32 de Las Ruedas es que en el caso vacceo el jabalí estaba asociado al valor atribuido al satélite terrestre como mecanismo de cómputo calendárico, o, dicho en otros términos, que por extensión la mencionada especie animal incorporaba dentro de la cultura vac-cea dicho valor calendárico.Estos y otros conceptos susceptibles de ser aso-ciados a una división del tiempo y que son deducibles del análisis del pomo de la necrópolis de Las Ruedas, son aplicables a otros documentos arqueológicos en los que parecen estar contenidos diversos ciclos ca-lendáricos. Pero aquí emplearemos la riquísima infor-mación que proporciona el pomo sobre todo con el fin de analizar algunos objetos cuya iconografía pu-diera contener una significación de naturaleza clara-mente anual. Hemos venido remarcando de manera insistente el incalculable valor que tiene esta produc-ción metálica para alcanzar un conocimiento más pre-ciso de los ciclos calendáricos que regían en Europa occidental durante la etapa protohistórica. Veremos a continuación cómo la detallada información que el mismo proporciona, nos posibilita analizar otros documentos iconográficos cuyo significado nos sería mucho más ambiguo o incluso insospechado, si no dispusiéramos de las claves interpretativas que son extraíbles del pomo. El zoomorfo cuadrúpedo en perspectiva cenital y el ciclo anual Uno de los motivos que aparece en el pomo de la tumba 32 de Las Ruedas es el zoomorfo cuadrúpe-do representado en perspectiva cenital, motivo que parece haber desempeñado un papel simbólico pri-mordial entre las comunidades vacceas y las de otras Fig. 3. Tomando como referencia todos los parámetros de horizontalidad que pueden establecerse, el zoomorfo en perspectiva cenital de la parte inicial del ciclo, plasmado en la parte derecha del reverso del pomo, se orienta hacia arriba; el del lado izquierdo, en la parte final del ciclo temporal, se orienta hacia abajo (Matesanz, 2023).
37 El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico etnias prerromanas peninsulares (Romero y Sanz, 1992; Blanco, 1997; Romero, 2010). Su vinculación con los ciclos calendáricos es clara en el pomo, donde aparece representado por partida triple: y ello permi-te suponer que dicha vinculación esté presente asi-mismo en algunas de las ocasiones en las que estos singulares zoomorfos aparecen figurados sobre otros objetos, si es que implícitamente no está presente siempre. Por desgracia, muchos especímenes no se prestan a este análisis, a menudo por su estado de conservación extremadamente fragmentario. Esto sucede, por ejemplo, con una placa cerámica con de-coración excisa que aparentemente sirvió como orna-mento arquitectónico, la cual procede del yacimiento riojano de El Villar (Bobadilla) y se conserva en el Mu-seo Najerillense (Romero y De Pablo, 2019). Apenas se conserva sobre ella una pastilla reticulada similar a las que aparecen sobre el pomo de Las Ruedas y pequeñas partes de dos especímenes en perspectiva cenital que tocan con su lengua la pastilla. Tampoco tenemos más datos sobre su contexto arquitectónico o sobre su relación espacial con otras posibles piezas decoradas que la pudieran acompañar. En otros ca-sos podemos vislumbrar elementos asociados a los zoomorfos en perspectiva cenital que pudieran tener un valor temporal, pero la evidencia se presenta de una manera incierta. Esto ocurre con una estela pro-cedente del castro burgalés de Ubierna publicada por Abásolo y Ruiz (1979), quienes consideraron que la imagen esculpida en una de sus caras es una repre-sentación antropomorfa (fig. 4). Pero más tarde Alfaro (2008) ha reinterpretado la figura como un zoomorfo en perspectiva cenital. La estela muestra sobre su su-perficie un piqueteado irregular que se prolonga, de manera singular y limitada, por uno de sus laterales. Si no es debido a que la estela quedó inacabada, este piqueteado pudiera denotar que de manera periódica se hacían marcas sobre ella que servían para registrar algún tipo de cómputo. Pero en el estado actual de nuestros conocimientos, esto constituye una mera suposición.En cuanto al caso de los pequeños objetos mue-bles (como las fíbulas o las téseras) o el de otros ob-jetos de mayor tamaño, como las placas de cinturón, que muestran zoomorfos cenitales, a menudo estos muestran combinaciones sencillas de puntos, líneas y elementos aspados que pudieran tener asimismo una significación temporal. Pero las correlaciones que podemos obtener sólo nos ofrecen resultados suma-mente ambiguos. Del corpus de cenitales de pequeño formato que conocemos hasta ahora, lo más relevan-te que podemos decir en lo referente a su posible re-lación con un ciclo anual es que una fíbula de bronce procedente del término municipal de Pedrosa de la Vega (Palencia) y conservada en el Museo Monográ-fico de la Villa de La Olmeda en Saldaña (Romero y Sanz, 2012: 193-196), la cual es la única pieza de este tipo que muestra una serie numérica clara y comple-ta, muestra precisamente en su espinazo una línea formada por doce círculos rehundidos, los cuales pu-dieran ser significativos del número de meses de un año regular (fig. 5). Ruiz, García y Francés (2023: 96) datan la fíbula en los siglos III-II a. C. y precisan que su sigla (V-P-8-2) indica que procede del patio de la vivienda de la villa romana de La Olmeda, donde ha-bría sido hallada en una pared formando parte de un tesorillo, de manera que cuando este fue ocultado la fíbula era ya un objeto de apreciable antigüedad.Profundizar en la posibilidad de que las marcas presentes en estos zoomorfos cenitales que han sido representados de manera prácticamente aislada in-corporen algún tipo de significación temporal exige esperar por el momento a la eventual aparición de otros especímenes que nos permitan trabajar a partir de corpora de mayor tamaño y que, en consecuencia, sean más consistentes desde un punto de vista esta-dístico. Distinta es la situación con el conocido Vaso de los Lobos de Roa de Duero (fig. 6). Una producción vaccea que por motivos geográficos, cronológicos y conceptuales es muy afín al pomo de puñal de la tum-ba 32 de Las Ruedas y que al ofrecer una combinación de elementos diversos permite extraer conclusiones más firmes. Descubierto en estado fragmentario en la que fue denominada por sus excavadores como Casa del Sótano, edificación construida en un paraje que en época prerromana formaba parte de la población vaccea de Rauda, se trata de un recipiente torneado Fig. 4. Estela del castro de Ubierna (Burgos), según Abásolo y Ruiz (1979: 180, fig. 4). Fig. 5. Fíbula de Pedrosa de la Vega, Palencia (Romero y Sanz, 2012: 194, fig. 1).
38 de cerámica fina hecho con cocción oxidante, en cuya parte superior aparece una compleja decoración co-roplástica, excisa, incisa, impresa y pintada, dentro de la cual destacan dos zoomorfos en perspectiva cenital representados con su lengua tocando sendas pastillas reticuladas, de una de las cuales sólo resta su huella negativa (Abarquero, 2006-2007; Abarquero y Palomino, 2012: 95-96 y 100-103). Pese al estado fragmentario del recipiente, todavía es posible com-probar cómo los zoomorfos en perspectiva cenital pa-recen estar asociados de nuevo no sólo a conceptos numéricos característicos del ciclo anual, sino tam-bién a los de otros ciclos temporales. En lo referente a los primeros, baste como muestra aquí que los cam-pos pintados sobre el hombro del recipiente, entre los zoomorfos cenitales, totalizan doce; así como que la decoración que en una especie de continuo se dis-pone sobre el baquetón perimetral superior del vaso y sus asas, puede fijarse en 360 puntos impresos, que tal vez denoten el número de días que era propio del año solar vacceo, aun cuando tampoco puedan des-cartarse otras posibilidades (un análisis exhaustivo del posible valor calendárico de todos los elemen-tos presentes en el Vaso de los Lobos, en Matesanz, 2023).El hecho de que dos objetos tan significativos cul-turalmente dentro del mundo vacceo como el pomo de puñal de la tumba 32 de la necrópolis de Las Rue-das y el Vaso de los Lobos de Roa de Duero se ajusten con claridad a estas secuencias de base duodecimal, sugiere que ello no es debido a la casualidad; y ade-más hace más verosímil la posibilidad de que en otros casos, como el del zoomorfo con doce círculos en su espinazo que da forma a la fíbula de Saldaña, este-mos ante la representación simplificada de similares patrones calendáricos. En este sentido, hemos de tener en cuenta, además, que de todos aquellos ob-jetos caracterizados por la presencia de los zoomor-fos cuadrúpedos en perspectiva cenital típicos de las culturas prerromanas meseteñas de la Segunda Edad del Hierro, el pomo y el recipiente son los únicos que por ahora permiten realizar análisis complejos, gra-cias a que portan ricos programas iconográficos que incluyen muy diferentes motivos articulados armóni-camente entre sí. En sí mismos, ambos ejemplifican lo que debió ser una costumbre común dentro de una sociedad prácticamente ágrafa como era la vaccea: la de emplear los elementos componentes de su cultu-ra material como medio para registrar y transmitir un conocimiento de tipo intelectual que era relevante para la comunidad. Resulta significativo a este respecto el caso del Vaso de los Lobos raudense. Si sus elementos icono-gráficos fueran una mera representación simbólica de ciclos calendáricos que regían la sociedad vaccea, probablemente su artífice no se hubiera tomado la molestia, por ejemplo, de marcar exactamente 360 puntos en el conjunto compuesto por baquetón su-perior y asas; ni tampoco la de marcar con un número concreto de puntos impresos las extremidades de los zoomorfos del hombro o el baquetón inferior (Ma-tesanz, 2023). Un número elevado pero aleatorio de puntos impresos, ya fueran 382, 400 o 323, hubiera sido suficiente para transmitir a quien contemplara el vaso y conociera su simbolismo, la noción de que su decoración representaba, por ejemplo, un ciclo de 360 días. Que sobre los baquetones y los zoomorfos del recipiente los puntos impresos totalicen cantida-des muy concretas vinculables con ciclos calendári-cos, sugiere que el recipiente no es sólo “símbolo” de estos, sino que de hecho es un “registro” de los mismos; es decir, una herramienta que era empleada para conservar y transmitir un determinado tipo de conocimiento. El jabalí y su significación temporal En la iconografía prerromana de la península ibérica, los jabalíes también aparecen vinculados de manera reiterada a los patrones duodecimales carac-terísticos del ciclo anual, así como a otros periodos temporales. Incluso, a los que no son tanto ciclos ca-lendáricos como ciclos vitales o episódicos. Esto se puede percibir con especial claridad en la famosa pá-tera de Tivissa (fig. 7), cuya enigmática iconografía se vuelve menos oscura gracias al pomo de la necrópolis de Las Ruedas. Dada la importancia que es atribuible a sus imágenes, parece conveniente hacer algunas reflexiones sobre estas, aunque a primera vista su sig-nificado parezca rebasar el marco de un ciclo anual. Datada en los siglos III-II a. C., la pátera (Museu d’Arqueologia de Catalunya, Barcelona, n.º inv. MAC-BCN-19449) es una phiale de plata sobredorada de tipo mesomphalos de unos 17 cm de diámetro. Forma Fig. 6. Vista superior del Vaso de los Lobos (Roa de Duero, Burgos).
39 El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico parte de un tesoro que fue hallado casualmente en 1927 en el poblado ibérico del Castellet de Banyoles (Tivissa, Tarragona). El mismo fue publicado por Se-rra (1941) y más tarde por García y Bellido (1953). La ic onografía de la phiale ha sido interpretada durante el pasado siglo en numerosas ocasiones. Entre otros investigadores, después del propio Serra (1941), por García y Bellido (1945: 256-257; 1950), Fernández (1955), Blázquez (1955-1956 y 1957-1958), Gonza-lo (1980), Almagro-Gorbea y Rubio (1980), Marín (1983 y 2000-2001), Pallarés (1991) y Olmos (1997), quienes, en sus interpretaciones, han asumido como graves problemas la imposibilidad de establecer con seguridad el sentido dextrógiro o levógiro (es decir, horario o antihorario) en el que se sucede el orden de las escenas; la dificultad para discernir en qué for-ma estas están separadas entre sí; y dónde empieza y dónde acaba la narración en su conjunto. Esto último es debido a la estructura circular y continua del friso figurado. En cuanto al sentido de la lectura, como la escritura ibérica se ejecuta de derecha a izquierda y como la mayor parte de las figuras sobre la pátera tie-nen una orientación levógira, las interpretaciones de la composición que han valorado su secuencia la han analizado con ese sentido antihorario; asimismo, este ha sido habitualmente el orden seguido para descri-bir sus imágenes. En cuanto a la segmentación de sus escenas, el principal problema se deriva de la forma en la que se estructura el conjunto figurado, sin so-lución de continuidad entre unas escenas y otras y a menudo de manera apelmazada. Serra (1941: 25-29) dividió el campo iconográfico en cuatro secciones: la primera constituida por el personaje entronizado y la figura enfrente de él; la segunda, integrada por el jinete y el animal que es mordido en su lomo por un león; la tercera, que sería una escena de sacrificio, compuesta por los seres alados y la víctima sacrificial; y una cuarta ocupada de manera preeminente por el centauro. Según Serra, el personaje representado de frente y como acurrucado a la izquierda de la primera sección, no tendría relación con las otras escenas. Por su parte, Antonio García y Bellido (1950: 150-151) in-cluyó en su Grupo A al personaje entronizado y al que se halla enfrentado a él, mencionando al jabalí que se halla encima de este, el cual sin embargo se decanta-ba por pensar que pertenecía al Grupo B, integrado por el personaje acurrucado y los otros dos suidos de esta parte de la representación, expresando que probablemente los tres jabalíes formaban una unidad con el personaje acurrucado; en lo referente al cuar-to suido, lo describía en un Grupo G final, debajo del centauro. A mi juicio, fue José María Blázquez (1955-1956: 113-114) quien captó mejor la organización es-pacial de las imágenes de esta parte del friso, al seña-lar que el jabalí situado bajo el centauro es simétrico del que se haya debajo de la figura acurrucada y que ambos acompañan al ser entronizado, mientras que el personaje acurrucado «está igualmente entre dos jabalíes». En su estela, también Morena (1999: 52) indicaba que los suidos flanquean el trono y al perso-naje acurrucado. Pero Pallarés (1991: 592) interpreta que este último ha sido figurado rodeado por jabalíes.Este tipo de indefinición alcanza también al signi-ficado que se ha atribuido a los propios jabalíes. Serra interpretó que estos no tenían nada que ver con el resto de las escenas, siendo su inclusión mera con-secuencia de un sentimiento de horror vacui. Como ya hemos indicado, describía uno de ellos, en una primera escena, como situado encima del personaje que se enfrenta a la figura entronizada; a un segundo y a un tercero como debajo y a la izquierda de la per-sona acurrucada, la cual de por sí consideraba tam-bién que no tenía relación con las demás escenas; y a un cuarto jabalí, con una función “de relleno”, en su descripción de la cuarta escena (centauro), tras ha-ber descrito la segunda con el jinete y los animales en pugna y la tercera con la escena de sacrificio (Serra, 1941: 27-29). Pero debido precisamente a esta abun-dancia de jabalíes, Marín (1983) asociaba el conjunto iconográfico con el culto de la Artemisa efesia o de alguna divinidad local de la caza asimilada con aquella y, en definitiva, interpretaba que los suidos aparecían como representación de lo que era una codiciada pre-sa cinegética. En otras interpretaciones, basadas en el sentido “funerario” de los jabalíes, estos son asocia-dos al personaje entronizado, el cual sería a su vez un personaje del inframundo. Este último constituye, en buena medida, un argumento circular. Aunque el pomo de la tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas no aclara el sentido global del conjun-to iconográfico, la identificación de los jabalíes como marcadores temporales que el pomo permite realizar clarifica su estructura narrativa. El contenido general Fig. 7. Pátera de Tivissa (García y Bellido, 1953). Línea azul separa-dora del inicio y el final de la narración iconográfica añadida por el autor.
40 de la narración, como expresaban Almagro-Gorbea y Rubio (1980: 354-356) se relaciona probablemente con un mismo héroe que aparece representado en va-rios episodios míticos sucesivos, tras los cuales tendría lugar, como colofón, su reconocimiento en un mundo divino. Frente a la unidireccionalidad en sentido levógi-ro que caracteriza a la mayoría de las figuras, los cuatro jabalíes parecen poseer un cierto valor heráldico que no se adapta a esa secuencia narrativa. En el pomo, así como en otros documentos iconográficos prerromanos (Matesanz, 2023) los animales parecen disponerse de manera que los adscritos a la primera parte de un ci-clo temporal se orientan hacia arriba mientras que los adscritos a su segunda parte se orientan hacia abajo. En la pátera percibimos una variante de esta dinámi-ca temporal. Dentro de una dialéctica compuesta por las dos mitades de un mismo ciclo, el primero definido como superior o ascendente y el segundo como infe-rior o descendente, cada pareja de jabalíes tiene signi-ficación como marca respectiva del inicio y del fin de la narración. Los dos que se hallan en el campo superior del friso deberían indicar su inicio. Y, significativamen-te, flanquean a un personaje representado desde una perspectiva frontal cuya postura es una de las que ca-racteriza a la parturienta (fig. 8). Su representación tie-ne un carácter prácticamente universal, constatándose aún hoy en el arte y la artesanía de sociedades tradicio-nales africanas, asiáticas y amerindias. Más próxima al ámbito de la cultura ibérica, aparece asimismo durante la Antigüedad en el arte egipcio, en el griego, en el ro-mano y en el etrusco. Su figuración en el punto que aparentemente constituye el inicio del friso sugiere que en este caso estamos ante un personaje femenino, divino o huma-no, dando a luz; probablemente, ante la madre del héroe cuyo nacimiento se expresa así y que, tras una serie de episodios y metamorfosis, acaba siendo en-tronizado o, alternativamente, consigue acceder a la presencia del personaje, humano o divino, sentado en el trono, lo cual constituye en todo caso el final de la historia. Este episodio postrero aparece enmarcado por la otra pareja de jabalíes: la que ocupa el campo inferior que correspondería a la representación de la parte final de ese ciclo vital. La historia se desarrolla-ría, como tradicionalmente han supuesto los investi-gadores, mediante una secuencia narrativa orientada en sentido antihorario.Centrándonos en el caso de la vinculación del jabalí con el ciclo anual, como sabemos los especímenes re-presentados sobre el canto del pomo, organizados en sendas procesiones séxtuples, replican numéricamen-te los meses incluidos en cada semestre del año, con el añadido de un singular animal que se opone a una de las procesiones y que parece representar al decimo-tercer mes propio de los años intercalares (Matesanz, 2022). Ya hemos expuesto por qué razones el jabalí y el tiempo podrían ser dos conceptos que en la menta-lidad vaccea estarían íntimamente asociados, a través de su vínculo mutuo con la noche y con la Luna, regu-ladoras ambas del calendario. A su vez, ello relaciona íntimamente al jabalí con los doce meses lunares del año regular y con los trece meses lunares del año inter-calado. La rica iconografía del pomo es la que nos per-mite vislumbrar la posible presencia de esta relación cuando aparece sobre otros objetos arqueológicos de una manera mucho más discreta. Por ejemplo, sobre los singulares instrumentos procedentes de la necró-polis burgalesa de Miraveche que a menudo han sido considerados como conteras de vainas para espadas (Martínez, 1942: 53; Blanco, 1988: 76, fig. 5; Cerdeño y Cabanes, 1994: 109), aunque más recientemente Al-magro-Gorbea y Torres los equipararon con los signa equitum celtibéricos (1999: 97). En un inicio, Cabré (1916) consideró que un objeto similar a estos era un cetro y lo dató a inicios del siglo IV a. C. Con posterio-ridad, Llanos (1990: 145) ha fechado el yacimiento de Miraveche en los siglos IV-III a. C. y Ruiz (2001: 82-84) también ha situado los materiales de la necrópolis en el transcurso del siglo IV, tal vez con una pequeña inclu-sión en el siglo III a. C. Fig. 8. Personajes femeninos dando a luz en producciones materiales etruscas (según Perkins, 2012: figs. 2 y 5).
41 El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico Es interesante que, al igual que existen estrechas afinidades culturales entre el pomo de la tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas y el Vaso de los Lobos de la Casa del Sótano raudense, se pueden establecer es-trechas afinidades contextuales entre el pomo de Las Ruedas y las producciones características de la necró-polis de Miraveche. De hecho, ya han sido estableci-das. En la necrópolis padillense, cerca de la tumba 32 se localizó la tumba 28, sepultura de un sexagenario que contaba con un riquísimo ajuar, el cual incluía una espada tipo Miraveche que fue fechada a finales del siglo VI a. C. o durante la primera mitad del siglo si-guiente, mientras que el fallecimiento del difunto se dató a finales del siglo IV a. C. (Sanz, 1993: 379-386; 1997: 73-77). Ello indicaría que la espada ya se había convertido en el momento de su inhumación funeraria en una reliquia o, por utilizar un término más adecua-do, en un «objeto de memoria» (Sanz, 2008: 187). Este particular carácter del enterramiento es extensible al caso de la cercana tumba 32. Debemos recordar que diversas evidencias han servido para remarcar el carác-ter singular del personaje cuyos restos fueron inhuma-dos en ella, probablemente a finales del siglo III o a ini-cios del siglo II a. C. A saber: que el difunto poseyera un arma tan especial como el puñal tipo Monte Bernorio al cual pertenece el pomo del cual nos venimos ocu-pando; que sus restos fueran guardados en un cuenco fabricado a mano y decorado a peine; y que su tumba se excavara, rompiendo la estratigrafía horizontal del cementerio, para ubicarla junto a otras dos diacrónicas de miembros aparentemente también importantes de la comunidad, con los que posiblemente le ligaban la-zos de parentesco: el de la tumba 27 y el de la propia tumba 28 cuyos restos fueron inhumados junto con la para entonces ya arcaica espada tipo Miraveche (Sanz, 1997: 492 y 498). Un hecho este último que ha lleva-do a valorar la posibilidad de que existieran áreas en el cementerio reservadas a ciertos grupos socialmente jerarquizados (Sanz, 1990: 169-170; 1993: 374; 1997: 446 y 498). Pero, además, es probable que el persona-je cuyos restos fueron enterrados en la tumba 32 con-trajera matrimonio con la mujer a la cual pertenecía la inmediata tumba 31 (Sanz, 1997: 83-85), también de alto rango social y que posiblemente fuera de ori-gen autrigón, pues en su ajuar se incluía un broche de cinturón tipo Bureba (Sanz, 1997: 498-501; Romero y Sanz, 2009: 82-84).Estas estrechas relaciones dan mayor relieve al hecho de que, en dos de las conteras de vaina de es-pada, estandartes o signa equitum procedentes de la necrópolis de Miraveche, podamos encontrar, al igual que en el reverso del pomo de la tumba 32 de Las Ruedas, una división especular, en la que a cada lado de la pieza, encontramos un jabalí y un ave (fig. 9). Fig. 9. Izquierda: conteras de vainas, estandartes o signa equitum de la necrópolis de Miraveche (según Schüle, 1969); al igual que en el caso del pomo de la tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas, se organizan de manera especular, de manera que un ave, un jabalí y seis grandes círculos de su remate semicircular quedan a cada lado del elemento tubular, como posible representación de cada una de las dos partes del año (elementos de color añadidos por el autor). Derecha: significación calendárica de las piezas según Ruiz (2022: 309, fig. 9).
42 Aunque su publicador (Sanz, 1997), sólo encontró ini-cialmente restos de un aviforme en el lado izquierdo, según la revisión hecha recientemente por De Pablo (2021) a cada lado del reverso del pomo pudo haber-se grabado un ave, habiendo desaparecido uno de ellos casi por completo debido a la mayor corrosión sufrida por el lado derecho del reverso. Junto a la pareja de suidos y aves, en las piezas de Miraveche aparece también por doquier una decoración consis-tente en círculos concéntricos rodeando un pequeño agujero central. Estos motivos, de diferente tamaño, se disponen sobre la pieza con configuraciones y a distancias también diferentes. Pudieran constituir un mero aditamento decorativo. Pero es indudable que doce de mayor tamaño, seis a cada lado del eje cen-tral del objeto, se disponen sobre la parte de la pieza con forma de media luna, replicando la división es-pecular que existe sobre el pomo y que es asociable a los doce meses lunares del año y a los seis meses de cada parte del ciclo anual. De hecho, frente a la tradicional pero hipotética orientación de estos ob-jetos, en virtud de la cual su elemento tubular suele disponerse en posición vertical, parece más probable que este estuviera en posición horizontal, de manera que el jabalí y el ave de un lado quedarían invertidos respecto de los del otro, en una variante de la dife-rente orientación que muestran los especímenes del pomo, la cual, como veremos, tiene su correlato en otros documentos extrapeninsulares. Todo este posi-ble significado difícilmente sería apreciable sin el con-curso de la rica iconografía del pomo padillense. No obstante, hay que señalar que Ruiz ha desarrollado recientemente (2022: 307-310) una sofisticada hipó-tesis según la cual estos y otros elementos de estos mismos objetos miravechianos se corresponderían con fechas importantes del calendario céltico en una manera en ciertos aspectos distinta a la que aquí su-gerimos (fig. 9). En todo caso, Ruiz también vincula su iconografía con el ciclo calendárico anual. Casi con total seguridad, este se halla en la base del significa-do que cabe atribuir a estos singulares objetos y es de esperar que eventualmente nuevos hallazgos nos permitan delimitar con mayor precisión en qué ma-nera el mismo se halla expresado.El mismo ciclo anual parece estar representado sobre otro objeto, el cual apareció integrado en el ajuar de la tumba 60 de la propia necrópolis de Mi-raveche durante las excavaciones realizadas en 1935 por Monteverde y Martínez Burgos. Junto a un puñal similar al descubierto en la tumba 1359 de la necró-polis de Las Cogotas, dos puntas de lanza, un regatón y un umbo de escudo, todo ello en hierro; dos fíbu-las de bronce del tipo derivado del de La Certosa; y trozos de la urna cineraria, de barro tosco negruzco, hecha a mano y decorada con grandes triángulos inci-sos, apareció también un singular broche de cinturón (Cabré, 1937: 115-116, fig. 53 y lám. XXI), actualmen-te conservado en el Museo de Burgos. Tanto la placa activa como la pasiva están decoradas mediante téc-nicas de troquelado y repujado. La altura de ambas está en torno a los 85 mm. La pasiva tiene una an-chura de 110 mm y la activa de 120 mm. En la placa pasiva, un verraco con morro curvado hacia arriba aparece bajo una sucesión de arcos de circunferen-cia encadenados. En la placa activa, un tetrasquel con botón central se sitúa bajo una sucesión de arcos de circunferencia similar. La pieza fue adscrita por Cabré al período final de su Cultura de Las Cogotas-Mirave-che-Monte Bernorio y, en lo referente a su técnica decorativa, la hermanó con otra pieza de la misma necrópolis incluida en su serie 6. a (Cabré, 1937: 116).Es necesario señalar que, aparentemente, debería conservarse en el mismo Museo de Burgos otra placa de cinturón hembra muy similar, por lo cual debería incluirse también en la Serie 8. a de Cabré y datarse entre los siglos III y I a. C. La misma procedería de prospecciones superficiales realizadas en Busto de Bureba (Burgos) estando rota y reparada y faltando parte considerable de la pieza (Rovira y Sanz, 1982: 44-45, «Placa de cinturón hembra PLA-B2»). Por ello, recientemente Almagro-Gorbea y Ballester (2019: 169-170, fig. 4C-D) mencionan la existencia de dos placas similares en la institución burgalesa. Sin em-bargo, en el Museo de Burgos no consta actualmente la existencia de la segunda entre sus fondos. 1 En todo caso, de la fotografía proporcionada por Rovira y Ná-jera (1982), que por desgracia no es de buena calidad, se deduce que sería casi idéntica a la que aquí nos interesa, lo que, de hecho, ha llevado a afirmar que ambas serían del mismo taller y muy probablemente obra de un mismo artesano (Almagro-Gorbea y Ba-llester, 2019: 169).En lo referente al broche de cinturón que se con-serva en el museo burgalés, su publicador interpre-tó la figura del verraco representado sobre la placa pasiva como muestra de un culto totémico o mágico ofrecido al animal por las gentes que se enterraron en la necrópolis miravechiana (Cabré, 1937: 115). Más tarde, Morán (1975) confirió a los motivos represen-tados sobre este tipo de broches un valor apotropaico que rebasaría una supuesta función meramente or-namental. Por su parte, Ruiz (2022: 294-297) vincu-la la escena con el mito de la caza divina. Pero, de nuevo, el análisis de la rica iconografía del pomo de la necrópolis de Las Ruedas nos permite deducir su probable simbolismo calendárico.Como hemos indicado, en la placa pasiva un verra-co con morro curvado hacia arriba aparece bajo una sucesión de arcos encadenados, al igual que sucede en la placa activa con el tetrasquel con botón central. En el dibujo de Schüle (1969), que es el reproducido por Almagro-Gorbea y Ballester (2019), así como por Ruiz (2022), ambos encadenados tienen un total de trece arcos con su correspondiente epicentro bien marcado. Pero el dibujo es erróneo y, de hecho, re-sulta más correcto el que en su día proporcionó Le-
43 El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico nerz-de Wilde. Es decir, que el tetrasquel se sitúa bajo una sucesión de trece arcos, pero el jabalí aparece bajo una sucesión compuesta sólo por doce (fig. 10).Lo que parece subyacer en el hecho de que el sui-do y el tetrasquel aparezcan junto con sendas series compuestas por doce y trece arcos de circunferencia, es que ello no se debe a la casualidad, sino al valor calendárico de dichos motivos, denotadores de que cada serie representa respectivamente el número de meses de un año regular y de un año intercalado. Lo que es coherente con el hecho de que una hipótesis tan extendida como difícil de comprobar indique que dentro del ámbito céltico el significado de trisqueles y tetrasqueles se relaciona a menudo con una noción de movimiento temporal, representando el tetras-quel las cuatro estaciones del año y el trisquel los tres meses propios de cada estación. Resulta más signifi-cativo, no obstante, que el suido, salvaje o doméstico, fuera el animal sacrificial por excelencia de Samain, el día inicial del año celta (Le Roux, 1961: 494-495). No en vano, Patterson (1994: 124) ha subrayado el carácter central que el cerdo o el jabalí tiene en la mi-tografía céltica del primer día del ciclo anual. Por ello, parece bastante verosímil que el rayado en la parte central del animal representado en la placa de Mira-veche pueda interpretarse como un equivalente del dorsuale, la faja o guirnalda con la que en el ámbito romano se engalanaba al animal que iba a ser sacrifi-cado. En este caso, el animal sacrificial sería probable-mente el del primer día del año.El animal representado en la placa parece co-rresponder, como ya notaba Cabré, al mismo tipo de jabalí que aparece en otro broche procedente de un lugar indeterminado de la provincia de Toledo (Cabré, 1937: 117, fig. 57 y lám. XXIV). En este caso, se trata de una placa pasiva rectangular, de bronce, con tres huecos rectangulares paralelos en los que se podría insertar el gancho (fig. 11). Antes de ingre-sar en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, donde actualmente se conserva, perteneció a la co-lección de la viuda del anticuario madrileño Rafael García Palencia. La placa presenta damasquinados en oro y plata (siendo la única placa de cinturón de este tipo hallada en España que, hasta donde sabía Cabré, mostraba esa peculiaridad). Su decoración damasquinada, en plata y plata sobredorada, es si-métrica. En la parte superior y central de la escena, hay un círculo con doce escotaduras en su circunfe-rencia y en cuyo interior se ha calado un trisquel; a cada lado del mismo hay un elemento de forma acorazonada (hojas, según Cabré), bajo los cuales Fig. 10. Placa de cinturón de la tumba 60 de la necrópolis de Miraveche. A la izquierda, dibujo de Schüle (1969); en el centro, dibujo de Le-nerz-de Wilde (1991) (coloreado añadido por el autor); a la derecha, las placas en su estado de conservación actual. Fig. 11. Placa de cinturón procedente de la provincia de Toledo (Museo Arqueológico Nacional, Madrid, n.º inv. 39.572); fotografía de Gonzalo Cases Ortega (© Ministerio de Cultura | v48.1 | NIPO: 551-09-050-6).
44 hay a su vez sendos elementos con forma de cor-namenta (ces horizontales, según las define Cabré) y, bajo estos, sendos jabalíes con su cuerpo orien-tado hacia la parte interior de la representación. El sobredorado se ha aplicado al círculo con trisquel, a las dos formas acorazonadas y a las dos “ces hori-zontales” bajo estas. La parte de la placa por enci-ma de los jabalíes muestra trece calados lineales y triangulares de diverso tamaño dispuestos de ma-nera caótica entre el círculo con trisquel y los otros elementos principales. Por otro lado, bajo cada ja-balí hay incisa una serie de tres cuadrados con un aspa doble inscrita dentro de cada uno de ellos. Las escotaduras del círculo superior (12) y el número de calados dispuestos de manera irregular sobre el cuerpo de la placa (13) se corresponden, de nuevo, con el número de meses propio de un año regular y de un año intercalado, respectivamente. Es difícil valorar otros elementos decorativos presentes en el broche. Pero a priori, los mismos también pudieran vincularse con conceptos relacionados con la esta-cionalidad, el paso del tiempo y su cómputo.Cabré denominó al tipo de broches dentro del cual hemos de incluir los ejemplares de Miraveche y el de Toledo, como broches de «tipo andaluz» (1928 y 1937). Su origen en el mundo ibérico se viene aceptando de manera habitual y su presencia en el interior meseteño se considera resultado de la existencia de intercambios de objetos de lujo, o bien de su imitación local, pues la mayoría de estos broches proceden de necrópolis de incineración, donde formaban parte de ajuares funerarios que a menudo eran los más ricos del respectivo yacimien-to, como en el caso de la placa de Miraveche. Pero como el motivo del jabalí sólo aparece en las pla-cas de esta necrópolis y en el broche procedente de la provincia de Toledo, dicho motivo parece haber sido una aportación típicamente local a las decora-ciones originales de ese tipo de placas (Cerdeño y Cabanes, 1994: 108-109). En consecuencia, los con-ceptos que su representación entraña y a los cuales aparece asociado, serían propios de las sociedades protohistóricas de la Meseta.Pero algunos elementos iconográficos del bro-che de cinturón de Miraveche también pueden en-contrarse sobre otro tipo de producciones. Así, por ejemplo, ocurre en un pectoral de oro con forma de lúnula procedente de Viseu (Beira Alta, Portugal) y conservado en el Museu Nacional de Arqueolo-gia de Lisboa, con n.º inv. 294 (Coelho, 1986: 253; y 2020). Se trata de una joya que ha sido ubicada cronológicamente en un momento incierto de la Edad del Hierro y cuyo elemento iconográfico más prominente consiste en conjuntos de círculos con-céntricos (fig. 12). Pero en los extremos del pectoral aparecen asimismo sendas series compuestas por arcos encadenados, que al igual que en el caso de las placas del broche de la tumba 60 de Miraveche, se suceden en número de doce en un caso y de tre-ce en el otro. Estas cifras sugieren que también en este caso los encadenamientos de arcos de círculo pueden ser elementos representativos de meses, con cada serie representando el número propio de un año intercalado y de otro sin intercalar. Esta relación con el ciclo calendárico mensual pudiera estar implícita también en el hecho de que, como su propio nombre indica, la forma de los pectorales en forma de lúnula se asemeje a la del astro lunar cuando este se halla en sus puntos menguantes o crecientes más extremos. Los testimonios extrapeninsulares Hemos aseverado que la capital importancia del pomo de puñal de la necrópolis de Las Ruedas no sólo se deriva de su utilidad para analizar otros do-cumentos peninsulares, sino también de su valor como instrumento para poder examinar de manera más precisa objetos arqueológicos procedentes de otros puntos del continente europeo. A este respec-to, volviendo a la posible relación del jabalí con la Luna y, por extensión, con el cómputo del tiempo, un interesante testimonio extrapeninsular aparecía no hace mucho tiempo en el mercado de antigüe-dades: la estatua exenta de un jabalí, con 10 cm de Fig. 12. Lúnula de Viseu (Museu Nacional de Arqueología, Lisboa, n.º inv. 294) y detalle de sus terminaciones.
45 El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico largo y 8 cm de alto, un peso de 430 g y una función que parece haber sido votiva (fig. 13). Lamentable-mente, apenas existen datos sobre las circunstan-cias de su hallazgo. Supuestamente fue hallada en Francia a finales del siglo XIX. Sus características permiten datarla con claridad en el período La Tène, entre los siglos II y I a. C. (Ebay, 2023).En el arranque de cada extremidad, el jabalí que constituye esta estatua votiva muestra un tris-quel. Como ya hemos señalado, se ha supuesto que la noción de movimiento temporal que transmite este símbolo puede ser al menos en ciertas ocasio-nes una representación de los tres meses que for-man parte de cada estación céltica. En este caso, ello armoniza con el hecho de que sean cuatro los trisqueles que muestra el animal, denotadores po-siblemente de las cuatro estaciones célticas: Sa-main, Imbolc, Beltaine y Lughnasad. Por otro lado, su cresta dorsal muestra una sucesión de doce ar-gollas insertadas en otros tantos agujeros, más un último orificio en la parte trasera de la cresta del cual no pende ninguna argolla. Es posible que una decimotercera argolla, ahora perdida, estuviera in-sertada originalmente en este último agujero. Pero es difícil que esta pérdida tuviera lugar si tenemos en cuenta que la cresta no sufre ningún deterioro y, en especial, que su orificio postrero está intacto. Parece más bien que la pieza contenía originalmen-te trece agujeros, pero sólo doce argollas. Lo que de nuevo nos situaría ante la dialéctica propia de un calendario en el que se alternan años con doce y trece meses y en el que el jabalí desempeña un importante papel simbólico. El propio jabalí íntima-mente vinculado al primer día del año, los cuatro trisqueles representativos probablemente de cada una de las cuatro estaciones con sus tres meses res-pectivos y la serie de trece orificios y doce argollas, sintetizarían así algunas de las grandes divisiones del ciclo anual céltico.Un simbolismo también calendárico podría en-contrarse en algunas acuñaciones de los ambianos, pueblo galo que moraba en el valle del río Som-me, en la Galia Bélgica, en el año 57 a. C., cuando las legiones de Julio César irrumpieron en la zona. Algunas de sus unidades de bronce muestran dos jabalíes dispuestos espalda contra espalda y orien-tados en direcciones contrapuestas. Este patrón iconográfico puede venir acompañado de elemen-tos diversos, representados en número dispar. Pero un caso especialmente notable es el de una unidad de plata hallada en febrero de 2023 en Ogbourne St George (Wiltshire, Inglaterra), que probablemente fuera acuñada hacia 55-40 a. C. por una tribu de la zona que ha sido denominada como “grupo Berks-hire”, cuyas monedas muestran las características figuras animales belgas. De manera específica, los dos jabalíes sobre la pieza argéntea se derivan di-rectamente de los que aparecen en las monedas de bronce acuñadas por los ambianos hacia 60-40 a. C. Se ha considerado que el gobernante que la man-dó emitir pudo ser un jefe de esa tribu belga que durante las guerras de las Galias buscó refugio en las islas británicas y que, incluso, pudo llevar con-sigo un troquelador de monedas. Con 16 mm de diámetro y 1,13 g, la moneda de plata constituye por ahora una pieza única (fig. 14). En su anverso muestra los dos jabalíes contrapuestos, cada uno con lo que parece ser una pequeña criatura similar a una anátida tras de él, la cual se orienta en direc-ción contraria a la del respectivo jabalí. En los es-pacios libres, aparecen elementos circulares. Se ha indicado que como los druidas contaban el tiempo por noches y no por días, los jabalíes rodeados por soles y lunas en la moneda pudieran representar el Fig. 13. Estatua de jabalí de tipo La Tène, siglos II-I a. C. (Ebay, 2023).
46 ciclo nocturno-diurno y que, al girar la moneda, la noche (jabalí) se convertiría en día (pato nadando a la luz del sol), mientras que la noche anterior (jabalí al revés) se convertiría al mismo tiempo en noche (jabalí erguido) y así sucesivamente (Rudd, 2023).Pero la imagen no sólo replica las mismas espe-cies animales que vemos en las conteras de vaina de espada, estandartes o signa equitum tipo Mi-raveche, así como algunas de las que figuran en el pomo de la necrópolis de Las Ruedas; sino que, aparentemente, al igual que en estos casos inclu-ye un conjunto duodecimal, esta vez consistente en elementos circulares de diversa morfología. Diez de ellos son claramente visibles y otros dos, muy difuminados, parecen percibirse en el final de la corta cola y bajo la mandíbula inferior de uno de los jabalíes. Ello sugeriría que en la moneda recupe-rada en Ogbourne St George estos jabalíes contra-puestos y las aves que los acompañan no denotan el transcurso del nictémero, sino más bien las dos partes, ascendente y descendente, oscura y clara, del ciclo anual céltico. Además, la anátida detrás de cada jabalí se dispone en el mismo sentido que este, aunque orientada en dirección contraria. Es decir, las parejas formadas por jabalí y anátida es-tán invertidas entre sí. Esto constituye un indicio de que la orientación correcta de los “estandartes” miravechianos se logra disponiendo en horizontal su elemento tubular, forma en la cual, asimismo, la anátida y el jabalí se muestran de una manera más claramente invertida entre sí.Una inversión del mismo tipo se constata tam-bién sobre otro objeto muy anterior: la placa de cinturón de bronce de Floth (hoy Radolinek, Woj. Piła, Polonia) conservada en el Museum für Vor- und Frühgeschichte de Berlín (fig. 15). En este caso, además, no existe ninguna incertidumbre sobre el número de elementos circulares que originalmen-te había sobre él. Perteneciente a la Cultura de los Campos de Urnas y datada en los siglos IX-VIII a. C., en la superficie de la placa se representa el viaje del Sol en una barcaza, surcando el cielo diurno y su-puestamente rodeado por discos solares y anátidas (Hänsel, 1997: 11-22; Menghin, 2000: 98-99). Pero ese viaje solar parece constar de dos etapas, pues son dos las barcas contrapuestas sobre la superfi-cie, junto a doce discos solares (o tal vez lunares) y estilizados elementos aviformes que recuerdan a los de la moneda del grupo Berkshire. Un detalle presente en el pomo de la necrópolis de Las Ruedas vuelve a aparecer aquí: frente a la dicotomía entre círculo reticulado con contorno doble y círculo re-ticulado sin contorno doble que se percibe en este último, el extraño ser representado sobre la barca solar, tal vez una representación antropomorfa del propio astro, ha sido figurado ora con una cabeza de contorno sencillo, ora con una cabeza de contorno doble. De nuevo, un detalle inexplicable si no fue-ra porque el pomo padillense procura una posible clave interpretativa gracias a la profusión y riqueza de sus imágenes. Estas sugieren que, probablemen-te, el ser antropomorfo cuya cabeza tiene un doble contorno corresponde a la mitad del periodo anual caracterizada por el curso ascendente del Sol, fren-te a la figura antropomorfa similar caracterizada por una cabeza con contorno sencillo, la cual se corres-pondería con la segunda parte del ciclo anual.La forma seudoromboidal de este tipo de cintu-rones de la época de los Campos de Urnas permite plantear si su morfología no tendrá una vinculación Fig. 14. Berkshire boars: moneda de plata, ca. 50 a. C. (Rudd, 2023). Fig. 15. Cinturón de Radolinek (Polonia), siglos IX-VIII a. C. (fotogra-fía: https://en.wikipedia.org/wiki/File:Museum_f%C3%BCr_Vor_und_Fr%C3%BChgeschichte_Berlin_022.jpg) (dibujo: Menghin, 2000: 99, Abb. 50).
47 El pomo de puñal de la tumba 32... representaciones iconográficas del ciclo calendárico simbólica mediada por su valor calendárico con los losanges áureos, un milenio anteriores, de la Cul-tura de Wessex (ca. 1900-1300 a. C.), a los cuales algunos investigadores han atribuido una función astronómica que otros les niegan. Estos losanges han sido hallados en túmulos funerarios formando parte de ajuares de excepcional riqueza. Se trata de placas de oro decoradas con motivos rectos incisos. Las formas y motivos lineales (incluyendo losanges y formas en chevron) que las decoran aparecen ya durante la etapa megalítica, perviviendo durante la Edad del Bronce en la cerámica campaniforme de las islas británicas y en las lúnulas de oro de Irlan-da. Por ello esos motivos se han considerado como un indicio de que tradiciones, creencias y prácticas cultuales megalíticas que estaban asociadas a ente-rramientos, rituales y elites, pervivieron en las islas británicas, al menos durante la Edad del Bronce An-tigua, en el contexto de la Cultura de Wessex (Ger-loff, 2007: 139-140). El mayor de estos objetos es el gran losange áu-reo de Bush Barrow (fig. 16), hallado a principios del siglo XIX sobre el pecho del difunto inhumado en el túmulo homónimo (Woodward y Hunter, 2015: 236) y conservado en el Wiltshire Museum (Devizes, In-glaterra). Su eje mayor tiene 185 mm y el menor 157 mm. Sendas perforaciones en los extremos de su eje mayor indican que la placa estaba fijada o pen-día de algún soporte. Y sus ángulos agudos marcan 81. o , ajustándose al ángulo existente entre las sali-das y puestas solsticiales del Sol hace 4000 años en la latitud de Stonehenge, a cuyo complejo el túmulo de Bush Barrow pertenece. Se ha supuesto por ello que el losange tenía una función astronómica y que cuando sus lados eran alineados con los solsticios, su eje mayor apuntaba a la salida equinoccial del Sol (Mackie, 2009: 31-32). Prudentemente, otros in-vestigadores califican el hecho de «intriguing coinci-dence» (Woodward y Hunter, 2015: 238) y aun otros rechazan que el losange desempeñara una función semejante, dado que otros objetos similares mues-tran ángulos diferentes, si bien, como es lógico, ello pudiera ser mera consecuencia de que unos y otros estuvieran destinados a registrar alineamientos as-tronómicos de distinta naturaleza.Se trata, sin duda, de otro apartado del debate sobre la posible función astronómica y calendárica que albergan determinados objetos y elementos ar-quitectónicos prehistóricos, cuya resolución no es sencilla, pero que tiene un curioso precedente en el complejo megalítico de Newgrange, tampoco de fá-cil interpretación. Recientemente, Türler (2020) ha propuesto que algunos elementos espirales carac-terísticos de la cultura megalítica de Irlanda deben relacionarse conceptualmente con las variaciones anuales que se perciben en el curso solar aparente sobre la bóveda celeste en el hemisferio septentrio-nal. Las habituales espirales encadenadas represen-tarían, al menos en algunas ocasiones, ese doble sentido, ascendente durante un periodo intersolsti-cial, descendente durante el otro. Este sería el caso, por ejemplo, de la Kerbstone 67 de Newgrange, un enorme bloque pétreo con una espiral doble graba-da que aproximadamente forma en total una doce-na de círculos concéntricos (fig. 17).Lo notable es que por encima y por debajo del punto en el que las dos espirales se conectan entre sí, la Kerbstone 67 muestra dos elementos rom- Fig. 16. Izquierda: gran losange áureo de Bush Barrow (https://www.wessexmuseums.org.uk/collections-showcase/bush-barrow-lozenge-2/). Derecha: alineaciones astronómicas del losange (según MacKie, 2009): el ángulo que forma el eje menor, 81. o , coincide con el de los puntos solsticiales extremos del curso solar en la latitud de Stonehenge.