Vaccea Anuario
, 16 (2023)
ISSN:
edición impresa: 2659-7179; edición en línea: 2659-7187
https://pintiavaccea.es/seccion/vaccea-anuario
Vaccea Editorial, CEVFW
Universidad de Valladolid
Cómo citar:
Martín Viso, I., Trigo García, A., Fuentes
Melgar, P. y San Vicente Vicente, F. J. (2023): “El Picacho
(Olmos de Peñafiel): una necrópolis de la Alta Edad Me-
dia”.
Vaccea Anuario
, 16, pp. 109-121.
Recibido: 15 de mayo de 2023 / Aceptado: 6 de octubre de 2023
* Universidad de Salamanca (España), viso@usal.es, ORCID: 0000-0002-1720-0821.
** Investigador independiente, Grupo RedCultural (España).
*** Investigadora independiente, Grupo RedCultural (España).
**** Investigador independiente, Grupo RedCultural (España). ORCID: 0000-0003-0938-1930.
Resumen:
Este artículo se centra en el análisis de los resultados provisionales de la excavación de la necrópolis
de El Picacho (Olmos de Peñafiel, Valladolid). Se trata de un espacio funerario con un dilatado periodo de uso,
entre los siglos VI y X, emplazado en un cerro que se alza sobre la localidad, en una posición prominente. El sitio
arqueológico revela la resiliencia de las sociedades locales a lo largo de la Alta Edad Media, frente a la idea de
despoblación. Se muestran también las dinámicas de un espacio de enterramiento reducido, pero con un alto
valor social, lo que explica su perduración. Asimismo, se valora la ausencia de iglesias o centros de culto, aunque
se analiza la presencia de una pequeña edificación, posiblemente con una función funeraria. Finalmente, se plan-
tea una comparación con otros ejemplos de necrópolis altomedievales situadas en cerros, que pudieron ser un
importante factor en la construcción de los paisajes rurales durante este periodo.
Palabras clave:
Alta Edad Media, necrópolis, espacios rurales, meseta del Duero, paisajes, sociedades locales.
Abstract:
This paper focuses on the analysis of the results provisional of the archaeological excavation of the
cemmetery of El Picacho (Olmos de Peñafiel, Valladolid). It is a burial area with a long period of use, between the
6th and 10th centuries, located on the top of a hill that rises above the village. The archaeological site reveals the
resilience of local societies throughout the Early Middle Ages in the face of the idea of depopulation. It also shows
the dynamics of a small burial area, but with a high social significance, which explains its durability. The absence
of churches or places of worship is also assessed, although the presence of a small building, possibly with a fune-
rary function, is analysed. Finally, a comparison is made with other examples of early medieval cemmeteries loca-
ted on hills, which may have been an important factor in the construction of rural landscapes during this period.
Keywords:
Early Middle Ages, cemetery, rural areas, Duero’s Plateau, landscapes, local societies.
Iñaki Martín Viso*, Antonio Trigo García**, Patricia Fuentes Melgar***
y Francisco Javier San Vicente Vicente****
110
La meseta del Duero en los siglos VIII-IX
La meseta del Duero en el periodo altomedieval, en
especial entre los siglos VIII y IX, es una región llena
de vacíos de información. Las interpretaciones del
periodo se han basado sobre todo en la ausencia de
documentación escrita a lo largo de ese periodo y en
la reconstrucción de los procesos sociales y políticos
a partir de una lectura retrospectiva de los textos
que, desde finales del siglo IX, se han conservado con
desigual fortuna. Este panorama explica la relevancia
que ha tenido la idea del desierto del Duero, sinte-
tizada por Sánchez-Albornoz (1966) y convertida en
una suerte de paradigma interpretativo en la histo-
riografía de mediados del siglo XX. A finales de esa
centuria, una corriente de investigadores renovó la
imagen de esos siglos y rechazó en mayor o menor
medida la despoblación, sustituyendo esa idea por
la de colonización: la población autóctona se habría
mantenido, aunque en niveles demográficos bajos y
con un escaso dinamismo social. La llegada de pobla-
dores desde el norte habría provocado la roturación
de espacios y un impulso social, a través de pequeñas
comunidades locales, que habría desembocado en la
integración política (Martínez Sopena, 1985; García
de Cortázar, 1985; Mínguez, 1995 y 2000). Estos tra-
bajos crearon un nuevo marco de reflexión que favo-
reció el desarrollo de interpretaciones innovadoras.
Pero seguía anclado en un modelo que presentaba a
las poblaciones autóctonas como meros sujetos pasi-
vos de procesos que estaban fuera de su control. Sin
embargo, en los últimos años se han ido modificando
estos postulados y se han establecido nuevas inter-
pretaciones que abogan por dar un mayor protago-
nismo a los grupos locales (Escalona, 2020; Escalona y
Reyes, 2011). Una explicación factible es entender los
cambios que se produjeron en los siglos VIII y IX como
un colapso del sistema sociopolítico, que no impidió
el mantenimiento de una población que se organiza-
ba con prácticas que eran ajenas al poder estatal y
aristocrático. Estas sociedades locales, de pequeña
escala, disfrutaron de una fuerte autonomía y arti-
cularon sus propias formas de organización del espa-
cio, generando paisajes adaptados a sus necesidades
(Martín Viso, 2016).
Los datos arqueológicos han sido esenciales en
los cambios en la interpretación del periodo. Una
particularidad es que la mayor parte del registro
material se ha elaborado de la mano de una ar-
queología de gestión que ha proporcionado una rica
evidencia (Quirós, 2013). A partir de esos datos, se
ha podido construir una síntesis muy relevante para
Fig. 1. Estructuras de los siglos VII-X del poblado de La Huesa (Cañizal, Zamora) (De Nuño, 1997-98).
111
El Picaho (Olmos de Peñafiel): una necrópolis de la Alta Edad Media
conocer los paisajes rurales durienses en la primera
Alta Edad Media (siglos V-VII), que incluye reflexio-
nes sobre el siglo VIII (Tejerizo, 2017). En cualquier
caso, la materialidad de las sociedades locales, ale-
jada de la monumentalidad, resulta esquiva: estruc-
turas semiexcavadas, fosos y silos son evidencias
frecuentes, aunque en determinadas zonas, como
los espacios de penillanura, ofrecen evidencias de
construcciones con zócalos de piedra. Las cerámi-
cas, sobre las que conviene profundizar, muestran
una acusada tendencia a las producciones locales,
técnicamente no demasiado complejas, con funcio-
nes de cocina, es decir una tipología que responde
a esas sociedades locales que, a lo sumo, disponían
de pequeñas redes comerciales de tipo comarcal y
con objetos destinados al uso doméstico. En la ac-
tualidad, disponemos de informaciones sobre algu-
nos asentamientos rurales que, originados en los
siglos VI-VII, se proyectaron hacia estos siglos alto-
medievales, como sucede con La Huesa, en Cañizal
(Zamora) (Nuño, 1997-98) (fig. 1) o Canto Blanco, en
Calzada de Coto (León) (Strato, 2013; Tejerizo, 2017:
Fig. 2. Planimetría del yacimiento de Santa María de la Aldea (Baltanás, Palencia). Cortesía de Pedro J. Cruz Sánchez.
112
237). Pero no siempre se detecta esa continuidad,
como sucede con los poblados de la dehesa de La
Genestosa, en Casillas de Flores (Martín
et al.,
2017;
Rubio, Martín y Centeno, 2022). Por tanto, es nece-
sario pensar la red de asentamientos rurales como
una realidad dinámica, en la que coexistieron evolu-
ciones muy diferentes que se han de explicar a partir
de desarrollos locales.
En este contexto, debe valorarse que uno de los
elementos más locuaces son los espacios funerarios,
caracterizados por una acusada diversidad, que im-
plicaba que no siempre se relacionasen con iglesias
o centros de culto. Estos espacios de enterramiento
plurales —que incluían tumbas aisladas o formando
pequeños grupos, pero también necrópolis de ma-
yor tamaño— crearon diferentes geografías funera-
rias que funcionaban como ejes de la construcción
del paisaje local, debido a su simbolismo y significa-
do. Además, los análisis antropológicos pueden per-
mitir acercarse a las formas de vida de esas gentes
y también a las desigualdades sociales, mediante el
estudio de la paleodieta. La información de algunos
lugares, asociados a espacios funerarios, nos ofre-
cen testimonios sobre los siglos VIII y IX. Un ejemplo,
ya clásico, es El Castellar, en Villajimena (Palencia).
En este lugar, emplazado en un altozano sobre el
arroyo de Prado Moral, se documentó una pequeña
necrópolis, con siete tumbas, tanto de adultos como
de niños, datada en el siglo VII por un elemento de
ajuar. A partir del siglo VIII, este lugar parece haber-
se transformado en un pequeño poblado, al tiempo
que se amplió un posible pequeño templo, conver-
tido en una iglesia y a la que continuó asociada una
necrópolis (García, González y Madariaga, 1965),
aunque recientes análisis ponen de relieve que la
ocupación pudo haberse proyectado a momentos
plenomedievales (Bohigas y Gutiérrez, 2012). Otro
caso interesante es el de Santa María de la Aldea
(Baltanás, Palencia). En este lugar, se ha podido re-
conocer la existencia de una pequeña necrópolis
que se dataría en el siglo VII y que fue parcialmente
amortizada por la construcción de una iglesia que
debió modificar las estructuras del asentamiento
y que, debido a ciertos elementos arquitectónicos,
se dataría a partir de finales del siglo VIII o comien-
zos del IX. Al Oeste hay una zona con al menos seis
estructuras domésticas, que correspondería al es-
pacio aldeano (Cruz y Martín, 2012; Martín, 2015)
(fig. 2). Las semejanzas entre este caso y El Castellar
son notorias: un espacio funerario quizás anterior,
la construcción de una iglesia y la articulación de un
espacio doméstico, con una perduración posterior.
Una situación que tal vez se pueda dibujar también
en Revenga (Burgos), donde las investigaciones más
recientes postulan la creación de un paisaje funera-
rio combinado con la presencia de pequeños asen-
tamientos caracterizados a partir de los restos cerá-
micos (Álvaro y Travé, 2020).
Los espacios funerarios visibilizan a unos poblacio-
nes para las que estos sitios eran lugares simbólicos
que las anclaban a un territorio. En los ejemplos con
mayor información, se puede observar cómo se trata
de focos de importantes transformaciones. Pero igual-
mente es necesario destacar que sirvieron como esce-
narios de esos cambios precisamente por su especial
significado desde tiempo atrás. Una circunstancia que
lleva a la necesidad de prestar atención a esos espa-
cios, a su configuración y posibles evoluciones, como
una vía para conocer mejor a las poblaciones de los
siglos VIII y IX, y también a las gentes del mundo rural
posromano, sin olvidar la pluralidad de situaciones. Es
en ese punto donde cobran un especial significado los
datos proporcionados por las intervenciones en el lu-
gar de El Picacho (Olmos de Peñafiel).
El yacimiento de El Picacho (Olmos
de Peñafiel, Valladolid)
El yacimiento de El Picacho (Olmos de Peñafiel, Valla-
dolid)
se localiza en el páramo de Campaspero, una al-
tiplanicie calcárea de carácter masivo, poco recortada
por la erosión fluvial —a cargo, fundamentalmente,
del río Duratón y los arroyos Valcorba, Botijas y Carra-
monte—, que se alza en el extremo suroriental de la
provincia, superando en algunos casos los 900 m. de
altitud (fig. 3). La unidad limita por el norte con la Ri-
bera del Duero y por el oeste con el páramo de Mon-
temayor, con el cual mantiene una estricta continuidad
fisiográfica; en los sectores sur y oriental se prolonga
por la provincia de Segovia. Frente al vecino páramo de
Montemayor, con el que comparte numerosos rasgos,
se caracteriza por limitar su vegetación a las repobla-
ciones pinariegas de las cuestas y por el dominio del
secano, en el que, a pesar de la importancia relativa del
roquedo, se ha conseguido una cierta especialización.
Es reseñable también la extensión que en torno a Cam-
paspero alcanza el regadío, alimentado por pozos que
peñeran la caliza para explotar el freático subyacente.
Dentro de este marco geográfico, el lugar ocupado por
el yacimiento destaca por su posición destacada ya que
aprovecha en concreto la superficie de un pequeño
espigón de páramo que domina la confluencia de los
valles de los arroyos Botijas y Carramonte, este último
subsidiario del primero (fig. 4). El yacimiento ocupa un
sector que abarca la estrecha y alargada plataforma
superior del espigón y parte de sus laderas. Se trata
de una posición claramente dominante sobre la actual
población de Olmos de Peñafiel, sita precisamente a
los pies del cerro.
La tradición oral de los vecinos de Olmos de Pe-
ñafiel recoge la existencia de una antigua edificación
con su necrópolis aneja. Los escasos especialistas que
se han interesado por el lugar han recogido esa idea,
aunque han aportado además algunas evidencias ar-
queológicas que ratificarían la imagen propuesta por
113
El Picaho (Olmos de Peñafiel): una necrópolis de la Alta Edad Media
la memoria local (Reyes, 1991: 559-561; Mañanes,
1979: 108-110)
1
. Así, se había señalado cómo en toda
esta zona se detectaba una rala dispersión de mate-
riales cerámicos, restos óseos humanos y algunas te-
jas curvas. En el mismo borde del espigón, ejerciendo
un perfecto dominio sobre la posición que ocupa la
localidad de Olmos de Peñafiel, se documentaban
abundantes restos estructurales correspondientes a
una posible edificación y a una serie de enterramien-
tos (fig. 5). La información parecía revelar algún tipo
de espacio funerario medieval, una idea reforzada
por la intuición de Salvador Repiso Cobo (1999), me-
dievalista y buen conocedor de los restos arqueoló-
gicos de época medieval en este sector provincial,
quien sugirió que la propia tipología de las tumbas
no parece poder llevarse más allá del siglo XI. Seña-
ló asimismo que este pago era mencionado en unos
amillaramientos
del siglo XIX conservados en el Ar-
chivo Histórico Provincial de Valladolid —Hacienda
11, legajo 50011— con el nombre de El Picacho de
San Cristóbal —topónimo este del que ya no queda
recuerdo alguno entre las gentes de Olmos de Peña-
fiel—, lo que a su juicio ratificaría la antigüedad del
establecimiento, al ser esta una de las advocaciones
más antiguas en esta zona.
El interés por el yacimiento se produjo a raíz de
que, en 2018, la Asociación para la Recuperación
de la Memoria Histórica de Valladolid informó de
que se habían encontrado restos humanos, según
algunos vecinos del lugar, asociados a una fosa de
la Guerra Civil, en el pago de El Picacho en Olmos
de Peñafiel. Como ya existían evidencias de restos
arqueológicos, el Servicio Territorial de Cultura y Tu-
rismo de Valladolid realizó una visita, donde se pudo
apreciar la existencia de un número mayor de tum-
bas de las que figuraban en el
Inventario Arqueológi-
co de la Provincia de Valladolid
. Al mismo tiempo, se
advirtió la existencia de deterioros provocados por
Fig. 3. Vista del cerro amesetado donde se localiza el yacimiento
de El Picacho.
Fig. 5. Perspectiva del yacimiento de El Picacho.Fig. 6. Área intervenida en El Picacho en la campaña de 2020.
Figura 4. Localización de El Picacho dentro del término municipal.
Fig 7. Sondeos ejecutados en El Picacho en la campaña de 2021.
114
remociones incontroladas, pero también por la me-
teorización y la pérdida de sedimento que estaban
afectando negativamente a los restos arqueológicos.
Finalmente, se diseñó una intervención a ejecutar
en 2020 y que tenía un objetivo más ambicioso. La
ampliación de la superficie a intervenir ha permiti-
do descubrir una necrópolis mucho más extensa y
compleja de lo que parecía en un primer momento
(fig. 6). La excavación corrió a cargo de Red Cultural
y contó con el apoyo científico de la Universidad de
Salamanca. El espacio intervenido en 2020 se exten-
dió 115 m
2
. De esta forma, se actuó en toda el área
norte del teso, excavando completamente el espacio
físico existente en este punto.
Dados los interesantes datos obtenidos en esa pri-
mera campaña, se emprendió una nueva en 2021. En
esta, con el fin de descubrir la estructura completa de
la edificación, se realizó un sondeo de 12,5 x 3 m al
este de la excavación de 2020 (sondeo 1) y otro de 11
x 3 m realizado al norte, para completar así el lateral
que no fue excavado en la campaña previa. En total se
excavaron 70,5 m
2
(fig. 7). Los datos obtenidos en am-
bas campañas se centran en dos elementos: la exis-
tencia de un amplio y variado conjunto de tumbas y la
Fig. 8. Detalle de las tumbas de El Picacho (campañas 2020 y 2021) sobre plano topográfico de PGO Topografías.
115
El Picaho (Olmos de Peñafiel): una necrópolis de la Alta Edad Media
de un posible edificio. Como puede comprobarse, se
trata de evidencias ya conocidas, pero que ahora se
han podido documentar con mucha mayor precisión.
En la primera campaña, se pudieron documentar
un total de 24 tumbas que pueden agruparse tipoló-
gicamente en diferentes conjuntos. Podría tratarse
de fases diferentes dentro del uso de este espacio
funerario, aunque no es descartable que simplemen-
te estemos ante la presencia de modelos y prácticas
de inhumación muy dispares que coexistieron a lo
largo del tiempo en la misma necrópolis. El conjun-
to I podría representar la fase más antigua de la que
tenemos constancia. Se trata de una serie de inhu-
maciones orientadas al suroeste, pero que difieren en
cuanto a los grados de otras que también se situa-
rían con una orientación parecida. Tipológicamente
son tumbas de pequeñas dimensiones y de escasa
profundidad, con un relieve más irregular y tosco en
cuanto a su ejecución. Por desgracia, no contaban con
ningún tipo de depósito. No se han podido excavar
dado que no contaban con ningún depósito en su in-
terior. Este conjunto estaría formado por las tumbas
5, 6, 11 y 24 (fig. 8). Las tumbas 11 y 24 han sido cor-
tadas por las tumbas 10 —para la que se dispone de
una datación radiocarbónica— y 14 respectivamente.
Esta situación permite afirmar que las tumbas del
conjunto I deben datarse antes de estas dos tumbas.
Otra característica de este grupo es que se encontra-
rían fuera del espacio central de la planta de la cons-
trucción anteriormente descrita, por lo que podría
tratarse de elementos coetáneos.
El grupo más numeroso está constituido por el
conjunto II. Se trataría de las tumbas 1, 2, 3, 20 y 10
(fig. 8). El conjunto se identifica por tratarse de se-
pulturas con eje noroeste-sureste, trapezoidales, con
talla regular, con los perfiles con cierta inclinación. En
todas ellas han aparecido restos óseos
in situ
, además
de un depósito que rellenaba la tumba, similar en
todo ellas, en el que destacaba la existencia de frag-
mentos de teja. Esta circunstancia parece indicar que
la estructura asociada al espacio funerario habría des-
aparecido y se estarían utilizando los escombros y la
tierra adyacente como relleno. El conjunto de estas,
salvo la tumba 20, está fuera de la planta central de la
construcción funeraria. Los restos en forma de osario
encontrados en el interior de la tumba 20 nos aportan
cierta información sobre el uso del lugar; dado que
los restos que se han registrado se encuentran per-
fectamente colocados. Por ello se podría establecer
la hipótesis de la existencia de una relación familiar
de los miembros enterrados en esta tumba, traídos
presumiblemente de otra u otras aledañas ante la
necesidad de su uso (fig. 9). A la hora de realizar la
tumba 3, se tiene que perfilar parte de la roca de la
estructura muraría que está más al oeste, sin llegar a
romperla, aunque en principio no parece haber esta-
do en pie en ese momento, debido a los datos indi-
cados. Contamos con tres dataciones radiocarbónicas
(tabla 1). La primera de ellas procede de la tumba 2,
que arroja una cronología 571-651 A. D., mientras
que la datación de la tumba 10 nos sitúa entre 771-
884 AD y la de la tumba 20 se sitúa entre 882-995 AD
(tabla 1). Se pueden inferir dos elementos relevantes
de esas dataciones. El primero de ellos se refiere al
hecho de que la edificación —sobre la que se volverá
más adelante— debía estar inutilizada en el siglo VII,
en el momento en que se data la tumba 2, la fecha
más antigua. El segundo de ellos supone una correc-
ción a los análisis basados en tipologías basadas en
los formatos de las tumbas: un mismo conjunto, de-
finido por sus características formales, corresponde
a inhumaciones que pueden situarse en un lapso de
tiempo extenso: entre los siglos VI y X. A pesar de que
la presencia del osario de la tumba 20 parece inclinar
la interpretación hacia una posible reutilización de se-
pulturas previas, queda claro que las tipologías basa-
das en aspectos formales no son una guía totalmente
segura para ofrecer cronologías.
En cuanto al conjunto III, se han integrado en él
las sepulturas más sorprendentes por su tamaño: las
tumbas 12, 13 y 14 (fig. 8). Su orientación mantiene el
eje noroeste-sureste, pero tipológicamente son total-
mente diferentes a todas las demás: están realizadas
con un corte rectilíneo y regular, que intenta definir
de manera precisa las esquinas y los rebordes sobre
Fig. 9. Tumba 20 con restos de varios individuos organizados en
forma de osario.
116
los que parece que se colocaba la cobertura de estas.
No podemos tener en cuenta los depósitos que las re-
llenaban dado que, como hemos precisado, estaban
expoliadas en su conjunto. En base a su orientación
y a la técnica de la talla que se utiliza, podrían per-
tenecer a la misma fase de uso que las del conjunto
II, aunque no podemos establecerlo con seguridad.
Nos ayuda a esgrimir esta interpretación lo que ya
habíamos apuntado anteriormente, que la tumba
14 rompe una tumba anterior, en este caso la 24,
correspondiente al conjunto I, que se corresponde
probablemente con las primeras fases de ocupación
del espacio funerario (fig. 10). En cualquier caso, no
disponemos de dataciones radiocarbónicas que per-
mitan afirmarlo con rotundidad y no sería descartable
una mayor conexión con el conjunto II.
Por otro lado, pueden separarse las tumbas 7 y 9,
que componen un grupo diferente debido a su orien-
tación, que en este caso es suroeste. La primera de
ellas cuenta además con una cabecera antropomorfa
excavada en la roca, la única en toda la necrópolis.
Ambas tienen un perfil bastante rectilíneo y regular y
tienen forma trapezoidal. La excavación realizada en
la tumba 9 rompe la estructura muraria preexistente
y parece que se realiza reutilizando el espacio de otra
anterior, por el reborde que queda en su cabecera. Es-
tas relaciones nos estarían indicando que se podrían
haber realizado
a priori
una vez que la construcción
está en desuso, un dato que no podemos contrastar
debido a la inexistencia de depósitos ni restos origi-
nales en ninguna de ellas. Finalmente, el conjunto V
estaría conformado por un variopinto conjunto de
sepulturas difícilmente agrupables por su tipología,
forma u orientación en el resto de los conjuntos. Se
trata de las tumbas 4, 15, 16 y 17 (fig. 8). La primera
de ellas se debería agrupar por su localización en el
conjunto II, dado que se encuentra al lado de estas,
aunque tanto su forma como su técnica difieren. Sin
embargo, la datación de los restos óseos recuperados
nos sitúa en el mismo horizonte cronológico que la
tumba 2, con una fecha de 576-654 A. D. (tabla 1).
Este hecho pone de relieve el hecho de que en una
misma fase se pudieron estar utilizando diferentes ti-
pologías, lo que conlleva un fuerte escepticismo ante
el mero análisis formal. Las tumbas 15, 16 y 17 tienen
unas dimensiones reducidas y se encuentran en el
centro de la planta de la presumible estructura. A pe-
sar de ello, y de la escasa profundidad de las tumbas,
no puede descartarse que se deban situar junto con
el conjunto II o quizás en el momento en el que pudo
dejar de estar en uso la estructura funeraria.
La intervención de 2021 proporcionó nuevos datos
sobre el espacio funerario. En esa campaña se consi-
guieron identificar 12 nuevas tumbas, elevando así a
36 el total de tumbas reconocidas en el sitio. De las
sepulturas reconocidas en esta intervención, siete es-
taban completas, mientras que otras seis solo se han
podido documentar parcialmente. Todas ellas se con-
textualizarían en las tipologías que se han señalado.
Estos resultados confirman que la plataforma en la
que se encuentra el área funeraria estaba densamen-
te ocupada. En efecto, las tumbas excavadas en esta
campaña, nos llevan a confirmar la existencia de una
densidad de individuos muy alta en la zona del cerro en
la que hemos intervenido. Parece probable que se pro-
dujesen fenómenos de reutilización de determinadas
sepulturas, como se observa en una de las tumbas del
sector 2, la tumba 27. Esta tumba (fig. 11) se encontra-
ba cubierta por una superficie de piedras de mediano
tamaño mezclada con una tierra blanquecina compac-
Fig. 10. Detalle de la tumba 14.
Fig. 11. Detalles de la tumba 17.
117
El Picaho (Olmos de Peñafiel): una necrópolis de la Alta Edad Media
ta. Tras su retirada se pudo comprobar que la tumba
había sido reutilizada y dividida por la mitad o acotada
con una gran losa vertical. Hacia el lado oeste habían
rellenado ese espacio con piedras y hacia el lado este
nos encontramos con un relleno de tierra suelta mez-
clado con algún fragmento de teja que cubría los restos
de un niño en bastante mal estado (UE.118). Además,
gracias a la intervención, se comprobó que en la lade-
ra norte del cerro existían más tumbas y que existe un
posible acceso a la necrópolis. Se detectaron huellas de
paso por encima de las rocas, que bordean las tumbas
en esta área.
Se han podido realizar algunas dataciones radio-
carbónicas sobre individuos que aparecen en estas
nuevas tumbas. Los datos han sido muy reveladores.
Por un lado, las dataciones de las tumbas 21 y 27 ofre-
cen cronologías que indican el uso de las sepulturas
en los siglos VII-VIII, con mayor probabilidad en ese
siglo VIII; se trata de dataciones que se mueven en
una horquilla de 659-774 A. D. y 662-674 A. D. res-
pectivamente. Por otro lado, la cronología de la tum-
ba 29 da como resultados 823-990 A. D. (tabla 1). La
consecuencia evidente es que disponemos de las evi-
dencias de un uso de la necrópolis en los siglos IX y X,
lo que proporciona una larga secuencia de ocupación
del espacio funerario. Si en la campaña de 2020 se
había podido comprobar un origen en los siglos VI-VII
(probablemente anterior en el caso de las tumbas del
conjunto I) y una continuidad hasta el IX, ahora se ha
podido cubrir el hueco de los siglos VII-VIII y proyec-
tar el uso del espacio funerario hasta el siglo X.
Junto con el espacio funerario, se ha podido iden-
tificar la presencia de una edificación. La tradición
oral recoge la presencia de una ermita o ermitaños en
este punto. Aunque este tipo de identificaciones debe
tomarse con sumo cuidado, puesto que responden en
muchas ocasiones a una reelaboración posterior sin
una conexión directa con la realidad histórica, en ge-
neral son un buen indicio de la existencia de lugares
con un especial significado. A ello se añade que los
trabajos previos ya habían señalado la existencia de
algunas estructuras que pudieran estar relacionadas
con una construcción. Se ha podido identificar la exis-
tencia de dos estructuras murarias excavadas en la
misma roca, que pudieron describir una planta rec-
tangular de una posible construcción. Las tumbas del
conjunto I parecen respetar el espacio de esa estruc-
tura. Aunque no es posible afirmar con seguridad,
ante la ausencia de datos que así lo corroboren, que
fueran elementos coetáneos, la explicación más sen-
cilla
a priori
parece ser esa, por lo que la necrópolis se
iniciaría con una pequeña edificación relacionada con
un puñado de tumbas. Sin embargo, esa construcción
se vio posteriormente modificada ya en los siglos VI-
VII, momento en el que se debe datar el conjunto II,
gracias a la cronología de C14; esas sepulturas ocupan
el espacio de la edificación. Una situación que tendría
su continuidad en el resto de las fases. Resulta evi-
dente que la estructura fue modificada intencional-
mente en distintas fases de su ocupación, con el fin
de realizar nuevos enterramientos. Esta circunstancia
permite pensar que en el momento de dichas altera-
ciones el edificio no estaría en pie, al menos no en su
totalidad. Por otro lado, han aparecido varios hoyos
de poste que serían la huella en negativo de esa edifi-
cación. Los trabajos efectuados en 2021 posibilitaron
definir en planta de una forma más clara los restos
estructurales que estaban previamente registrados
y, en concreto, parece identificarse la cabecera de la
estructura funeraria relacionada con la necrópolis.
En este punto, han podido registrarse varias huellas
de poste (fig. 12), que nos estarían hablando de una
construcción techada. Uno de estos hoyos de grandes
dimensiones se sitúa en el centro de la cabecera y dos
más en ambas esquinas. Estos datos no hacen más
que confirmar la existencia de una estructura funera-
ria de pequeñas dimensiones y de una sola nave, de
aproximadamente 6 x 12 m, con una cabecera estre-
cha (fig. 13).
El Picacho y los paisajes funerarios en
la meseta del Duero altomedieval
Los análisis sobre El Picacho no han terminado, pero
contamos ya con una serie de resultados provisiona-
Fig. 12. Fotografía final del interior de la cabecera con los agujeros
de poste.
Fig. 13. Reconstrucción hipotética de la edificación del yacimiento
de El Picacho.
118
les que permiten dibujar algunos rasgos del lugar y
señalar algunas conclusiones. El lugar funcionó como
un espacio de enterramiento durante una larga se-
cuencia que podemos identificar entre los siglos VI
al X. En una primera fase, este lugar, situado en un
punto prominente del paisaje local, debió constituir-
se como una zona de enterramiento asociada a un
pequeño edificio. La naturaleza de esa construcción
nos es desconocida, pero la explicación más factible
es que nos hallemos ante una edificación con finali-
dad funeraria, sin que se pueda identificar con una
iglesia. Este tipo de edificaciones es relativamente
frecuente en los siglos posromanos (Chavarría, 2009:
180-182), mientras que el papel de las iglesias como
ejes de áreas funerarias es mucho más restringido en
ese periodo (Lauwers 2005; Zadora-Rio, 2003). Sin
embargo, en una segunda fase, que parece vincular-
se a los siglos VI-VII, la edificación desapareció y el
espacio fue ocupado por tumbas. Una situación que
implica la continuidad de la función de inhumación,
pero un cambio en la memoria de quienes pudieron
ejercer el control sobre este lugar. Resulta interesan-
te que pueda detectarse una continuidad en el uso
de la pequeña plataforma funeraria al menos hasta
el siglo X, lo que provocó una intensa ocupación del
sitio, incluyendo reutilizaciones. A su vez, se pone de
manifiesto la relevancia de este lugar como un espa-
cio de enterramiento y de memoria. Las dataciones
radiocarbónicas avalan la imagen de una considera-
ble continuidad.
MuestraLaboratorio
Datación 2
sigma
Probabilidad
UE71-T2Beta 585432571-65195,40%
UE83-T4Beta 585433576-65495,40%
UE70-T21Beta 629438659-77495,40%
UE209-T27Beta 629439662-77489,80%
UE84-T10Beta 585431771-88467,10%
UE215-T29Beta 629440823-99088,40%
UE75-T20Beta 629437882-99593,10%
Puede hablarse de la presencia de una pobla-
ción que enterró a sus difuntos —posiblemente a
una parte de ellos, tal vez individuos prestigiosos en
vida, aunque entramos en un terreno de pura con-
jetura— desde el periodo visigótico hasta el siglo X.
Una evidencia que va en contra de la arraigada, al
menos en la imagen popular, idea de despoblación.
Por el contrario, nos hallamos ante comunidades re-
silientes, que han permanecido en el territorio y que
han continuado usando un mismo espacio funerario.
La cronología absoluta indica un uso ininterrumpido
del área de enterramiento. El aparente final de la ocu-
pación de esta necrópolis se sitúa en el siglo X. Cabe
pensar que la progresiva implantación de nuevos mo-
delos sociales y culturales, entre los que destaca la
eclosión de la parroquia (Pérez, 2018; Guijarro y Díez,
2022), fueron claves en el abandono de El Picacho, en
beneficio de otros espacios de enterramiento. Pero
se mantuvo la memoria del lugar, incluyendo una
romería, si bien solo disponemos de informaciones
sobre su existencia en época contemporánea y por
fuentes orales. La conclusión es que se trataba de un
lugar especialmente significativo en el paisaje local,
una situación reforzada por la propia posición de El
Picacho: una elevación claramente dominante sobre
el entorno.
La relevancia de El Picacho no se limita a perci-
bir la presencia de una elusiva población local, a la
que las interpretaciones de los procesos del periodo
altomedieval no han prestado demasiada atención
(Mínguez, 2004). Es necesario tener presente que
los espacios funerarios funcionaban como lugares de
memoria en los que las comunidades que enterraban
construían un paisaje donde se representaba su pro-
pio pasado. Se trataba de poderosos puntos de an-
claje para esos grupos, recordando a sus antepasados
en el propio territorio, lo que servía para proclamar
su identidad y también para reclamar la pertenencia
de esos espacios (Devlin, 2007; Laneri, 2011: 69-70;
Semple y Brookes, 2020). Durante la Alta Edad Media,
la Iglesia no controló hegemónicamente la elección
y gestión de las áreas de enterramiento. Como con-
secuencia de ello, existió una fuerte diversidad, que
superaba la mera conexión entre lugares de culto
cristiano y sitios funerarios, dando lugar a complejas
«geografías funerarias» (Williams, 2006). El Picacho
nos ofrece una de esas posibles geografías funerarias.
Emplazado en lo alto de un cerro que destaca sobre el
área circundante, su localización no debió ser casual.
El dominio visual sobre el entorno le dotaba de una
especial significación. Ese emplazamiento destacado
pudo haberse elegido con la intención de crear un
lugar de memoria y de identidad dentro del paisaje.
El grupo que aquí enterraba pretendía mostrar así su
presencia dentro del territorio, pero también era una
fórmula para situarse tal vez bajo el amparo de los
ancestros. Ya se ha señalado cómo la edificación que
se puede vislumbrar a través de los datos de la ex-
cavación no debe entenderse necesariamente como
una iglesia y no parece haber estado en uso durante
la mayor parte de la ocupación, salvo en la fase más
inicial. Por consiguiente, no podemos pensar en un
espacio de enterramiento eclesiástico, una conexión
que se hace demasiado automáticamente.
El emplazamiento en un punto destacado del
paisaje, definido por su altitud, corresponde a una
tipología de la que hay otras evidencias para el mis-
mo periodo. Así sucede en El Castellar (Villajimeno,
Palencia), una pequeña necrópolis aparentemente de
esta misma época emplazada en lo alto de un cerro
que domina el espacio circundante, asociado a una
Tabla 1. Dataciones C14 procedentes de restos óseos humanos en
El Picacho. Las fechas calibradas proceden del laboratorio. Análisis
de colágeno por AMS.
119
El Picaho (Olmos de Peñafiel): una necrópolis de la Alta Edad Media
posible capilla y a algunas edificaciones domésticas
(García, González y Madariaga, 1965) (fig. 14). A pesar
de que, como ya se ha señalado, es necesario hacer
una relectura de esos datos, el caso presenta algunas
semejanzas (como el emplazamiento) y también cier-
tas diferencias. Tal vez la capilla pueda entenderse
como un edículo funerario, pero es posible que es-
temos ante un lugar que sufrió un cambio en algún
momento posterior al siglo VIII, por el que el espacio
funerario dio lugar a un pequeño asentamiento pos-
terior, un proceso que no se detecta en El Picacho.
Otro caso, con grandes semejanzas a El Picacho, es el
de Teso Santo (Gejo de los Reyes, Salamanca). Las in-
tervenciones que hemos realizado en este cerro que
domina la penillanura en la comarca de La Ramajería,
todavía inéditas, muestran la existencia de un espacio
funerario, asociado a algún tipo de estructura mal co-
nocida, y con una ocupación que se mueve entre los
siglos VIII al X, por dataciones radiocarbónicas de dos
individuos.
La presencia de esos casos —y posiblemente de
otros que deben revisarse— muestra la presencia de
un patrón relacionado con el uso de sitios topográ-
ficamente relevantes en su contexto como áreas de
enterramiento. Es atractivo pensar que, además de
como necrópolis, estos sitios pudieron haber fun-
cionado como lugares de encuentro o de asamblea,
como se ha planteado para la Inglaterra anglo-sajona
(Williams, 2004). Y no es posible descartar que tuvie-
ran un papel como puntos de anclaje de pequeños
territorios, al estilo de lo que se ha propuesto recien-
temente para algunas iglesias en la región de Madrid
(Vigil-Escalera, 2019). Pero lo cierto es que no tene-
mos evidencias. En cualquier caso, son argumentos
sobre lo que conviene profundizar para dar sentido
a El Picacho y a otros lugares con características se-
mejantes.
Este modelo de espacios funerarios coincidiría
parcialmente con la eclosión de iglesias en asenta-
mientos. Una realidad que se detecta en ejemplos
como los ya mencionados de Santa María de la Aldea
y El Castellar, pero también de La Pudia (Caleruega,
Burgos), aunque quizás en este caso deba situarse el
cambio en el siglo X (Palomino, Negredo y Gonzalo,
Fig. 14. Plano del yacimiento de El Castellar (Villajimena, Palencia) (García, González y Madariaga, 1965).
121
El Picaho (Olmos de Peñafiel): una necrópolis de la Alta Edad Media
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