Vaccea Anuario, 15 (2022), pp. 119-135 (ISSN: 2659-7179) Resumen El puente de piedra sobre el río Duero, objeto de este estudio, se ubica en el término municipal de Peñafiel, en la carretera que une esta población con la de Esguevillas. Posee dos estructuras claramente diferenciadas: una ro-mánica, de mediados del siglo XII, cuando se funda la villa; otra del renacimiento tardío (1624). Sobre la primera se efectuarán añadidos y reformas en periodos posteriores. A finales del XIX el puente es ya casi una reliquia. Se conciben planes de restauración y ensanche, que no se llegan a ejecutar. En 1945 se construyó un puente nuevo, paralelo al primitivo. Este se abandona; algunos de sus componentes se arruinan. En 2006 se restaura y es des-tinado para el ocio: tráfico de peatones y bicicletas. Efectuamos su estudio a partir de fuentes diplomáticas y del análisis de sus estructuras arquitectónicas procurando establecer cronologías. Lo arropamos en todo momento con su oportuno contexto histórico. Palabras clave: Duratón, arroyo Botijas, puente de Valdovar, Juan de la Verde, Bartolomé de Barreda, Juan de la Cuesta Miera, tajamar, espolón, villa y tierra. Abstract The stone bridge over the Duero river, which is the subject of this study, is located in the municipality of Peñafiel, on the road that links this town with Esguevillas. It has two clearly differentiated structures: one Romanesque, dating from the mid-12th century, when the town was founded; the other from the late Renaissance (1624), which is an extension of the previous building. Additions and alterations were made to the former in later pe-riods. By the end of the 19th century, the bridge was almost a relic. Restoration and widening plans were drawn up but were never carried out. In 1945, a new bridge was built parallel to the original one. The bridge was aban-doned; some of its components fell into ruin. In 2006, it was restored and used for leisure purposes: pedestrian and bicycle traffic. We carried out a study based on diplomatic sources and the analysis of its architectural struc-tures, always trying to establish chronologies. It is always wrapped up in its corresponding historical context. Key words: Duratón, arroyo Botijas, Valdovar bridge, Juan de la Verde, Bartolomé de Barreda, Juan de la Cuesta Miera, tajamar, spur, villa and land. Salvador Repiso Cobo Historiador medievalista
120 El día veinticuatro de julio, del año pasado, se levan-tó tal tempestad en la jurisdicción de esta villa de Peñafiel ―en concreto en los lugares de Castrillo, Ol-mos y Mélida― y cayó tal abundancia de agua, pie-dra y granizo que el caudal del arroyo Botijas creció de tal manera que, llegando hasta el río Duero, se llevó de paso el segundo ojo de su puente y trastocó gran parte de su fábrica. Así describe un diploma de 1650 en esencia, la gran tormenta acaecida en el va-lle del Botijas y algunos de los estragos que generó en el valle del Duero 1 . Esta avenida no sería la prime-ra ni la última, ni tampoco los daños ocasionados. Toda la historia de nuestros puentes está teñida de contratiempos producidos por lluvias torrenciales, nieves, deshielos a deshora, sobrepesos de carga so-bre su plataforma y, hasta en ocasiones, por la pro-pia acción del hombre. Los puentes de antaño, por lo general, no eran edificios tan duraderos como los de ahora. Y esto ha-blando sólo de los de piedra. Pues, los había también de madera y de pilas de piedra y plataforma de ma-dera. La madera era un remedio provisional, cuando la construcción en piedra se retrasaba, que era casi siempre. Un pueblo, que disponía de puente, no po-día permanecer por mucho tiempo aislado, pues su vida social y su economía se resentían. Hubo lugares que desaparecieron a causa del hundimiento y no re-paración de su puente.En resumen: con toda esta serie de avatares cli-máticos, deterioros, derrumbes, artilugios de made-ra, y sus posteriores rehabilitaciones, han tenido que convivir, a lo largo de su historia, nuestros puentes del Duero, del Duratón y del Botijas. Estos ―y casi todos― se asemejan, permítaseme el símil, a aquellos pantalones de pana que vestían, los días de trabajo, nuestros abuelos en el pueblo, tenían tantos añadidos, parches, cicatrices ―en rodi-llas, culeras, perneras―, y de tantos colores que ya era casi imposible distinguir, entre tanta variedad, la tela originaria de la supletoria. Bajo estos presupuestos voy a analizar el puen-te del río Duero, en Peñafiel. Dejaré para trabajos posteriores, si las circunstancias lo permiten, los del río Duratón ―Mercado y Valdovar―; incluso, las puentecillas de Roa y Carraovejas, sitas en el arroyo Botijas.Tomo como fuentes de estudio los datos ex-traídos de la documentación, así como del análi-sis minucioso de los restos arquitectónicos; vistos estos con perspectiva arqueológica. Es el método que nos permite superar apreciaciones subjetivas, de interés sentimental o demasiado localistas, para elevarnos a lo que, de verdad, se puede considerar como investigación científica. Los datos resultan-tes, a veces en exceso fríos, irán acompañados, en lo posible de un pequeño contexto histórico, para aportar razón de ser al mero testimonio arquitec-tónico. Sugiero al lector que en el conjunto del puente aprecie dos estructuras básicas: una de época romá-nica ―mediados del siglo XII―, compuesta, como se verá por cinco arcos y otra del renacimiento tardío (se finaliza en 1624), conformada por tres arcos, y aña-dida ex novo a la fábrica anterior. Los arcos 2º, 3º y 5º ―siempre teniendo como referencia el fluir de la corriente, mirando de izquierda a derecha–, incrusta-dos en la estructura románica, son de época posterior e imitan de alguna manera a los renacentistas.Se ha convertido en un tópico, incluso en ám-bitos cultos, aplicar a todo puente de piedra, con cierta apariencia de antigüedad, un origen romano. Y como puente romano se cataloga a menudo, por vía oral o escrita, a este de Peñafiel. Pero, sin ningún fundamento: no se aprecia en él estructura romana alguna. Debemos liberarnos cuanto antes de ese tó-pico 2 . El puente románico Las primeras menciones históricas de Peñafiel datan del siglo X 3 . Era este por entonces un castillo o castro de frontera, tal vez con una pequeña aldea cobijada junto a su falda. El marco histórico en el que se desen-vuelven ambos es el de la llamada “Repoblación del Valle del Duero”. Por repoblación entiendo la articu-lación del espacio; articulación política, dirigida tan-to a los pobladores que habían permanecido, desde siempre, en el lugar de sus antepasados ―y la topo-nimia da sobrada fe de ello― como a los que vinieron de fuera. El castillo, como otros de sus alrededores ―Castroverde, Curiel, Roa, Sacramenia, Cuéllar―, se convirtió en el centro de referencia de una serie de aldeas que conformaban su territorio o alfoz. Tanto la fortaleza como el alfoz eran regidos por un repre-sentante del conde ―de Monzón primero, luego de Castilla―, quien a su vez dependía del rey de León.Es posible que el castillo de Peñafiel o su aldea, al ocupar el punto neurálgico del territorio, acogiese algún tipo de mercado, extremadamente comarcal, donde los pueblos del alfoz y de los alfoces cercanos, intercambiaran sus escasos excedentes. Para acceder al castro desde la zona norte del Duero, por la que también se extendía su territorio, era preciso cruzar el cauce del río y, por ello, se necesitaba de un punto concreto de paso. Serviría este, a su vez, para comu-nicarse con los castillos cercanos, con la cabecera del condado y con la capital del reino. Desconocemos la naturaleza y asiento de dicho paso. Además de los va-dos ―en época de bajo caudal―, de los pasajes de barcas o barcazas, se requería un puente de madera. De ser así, este pudo ubicarse en el mismo lugar en el que hoy se asienta el de piedra. Todos los indicios alu-didos ―castillos, poblaciones, condado, reino, con su pertinente y necesaria comunicación―, nos permiten aceptar tal hipótesis.
121 El puente antiguo de Peñafiel sobre el río Duero. Estudio histórico y arquitectónico Desde el último tercio del siglo XI comienza a vis-lumbrase, con relación al periodo anterior, una evolu-ción de las estructuras sociales del reino. Evoluciona la monarquía, la nobleza, la iglesia y el pueblo llano. Gran parte de este pueblo, que vive en tierras de reta-guardia, integrado mayoritariamente por campesinos libres, contrae ahora lazos de dependencia con la no-bleza laica o eclesiástica, y se señorializa. En cambio, en la misma tierra de frontera, llamada a partir de ahora Extremadura ‘los extremos’, en la que se inclu-yen los alfoces de Peñafiel, Curiel, Roa, Cuéllar, crista-liza un nuevo tipo de gentes, que recibe de manos del rey un estatuto que les permite organizar sin grandes restricciones su vida social, política y administrativa. El proceso culmina hacia la mitad del siglo XII, dando lugar a las Comunidades de Villa y Tierra. Peñafiel es una de ellas.La villa es el centro y eje de la comunidad: nú-cleo de una población con aspiraciones urbanas, posesora de castillo y murallas, conformada por trece barrios, cuyos nombres asumen el de sus respectivas parroquias. Los vecinos se agrupan como concejo y reciben del monarca un amplio territorio ―la tierra, donde se asientan las al-deas― sobre el que ejercen todos los derechos de propiedad y organización. Por encima del concejo sólo se halla el rey. Como en el periodo precedente, Peñafiel tiene necesidad de comunicarse con la margen derecha del Duero. Allí posee aldeas, dehesas y montes. Por allí transcurren también tres calzadas que desbordan el ámbito local y comarcal: el camino Real de Aragón, el camino Real de Burgos y el camino Real de Palencia –que conecta la villa con la cabecera de la diócesis–. Esta comunicación necesita, en tiempos tan avan-zados, de un puente con garantía de estabilidad, es decir, un edificio de piedra. Hablamos ya del puente románico. a c b Fig. 1. a) Vista general del puente, con los arcos 4. o y 5. o aún sin derruir, 1957 (de la colección fotográfica de Juan José Moral Daza). b) Vista ge-neral del puente. Plano del proyecto de reparación y ensanche de 1906 (Eduardo Domingo Mambrilla). c) Calzada, 2022 (fotografía del autor).
122 La primera noticia que se posee de él –suponien-do que la mención haga referencia, efectivamente, a los restos arquitectónicos conservados– data del 22 de enero de 1217, y la extraigo de un diploma de la catedral de Palencia. En este se nos dice que un tal Domingo Ferrero y su mujer venden, al obispo don Tello, unas aceñas en Peñafiel, «que son en el Duero, sobre la puent, quantra Coriel» 4 . Pero, como es de sospechar, este puente no se eri-ge en la fecha mencionada. Podemos suponer que el edificio ya contaba con varios años, incluso decenios, de existencia. Es muy probable que su construcción se remonte al periodo en el que se consolida la vi-lla, es decir, a la primera mitad del siglo XII. Un caso similar al de Ávila, cuyo puente románico, conserva-do, parece que es coetáneo al de sus murallas 5 . Tam-bién, junto al Duero, en 1153, se asienta un pueblo con el nombre de Sancto Iohannes de la Ponte ‘San Juan del Puente’, hoy Sardón de Duero; en 1200 se cita el puente de Rubiales (en San Martín de Rubia-les); en 1231: «por camio de la piedra de la puente de Sentinos», un despoblado de Tudela de Duero; y es muy posible que, por esta época, existiera también el puente de Peñalba de Duero –un castro importan-te– aunque documentado, por primera vez, en 1441 6 . El puente de Peñafiel ―lo sabemos por cartas posteriores y por los vestigios materiales que subsis-ten― contaba con cinco arcos, de medio punto; tal vez, con doble rasante. Como el de Ávila y el resto de los puentes románicos, dispondría de pequeños taja-mares, en ángulo, pero no de espolones. Aunque el edificio no es romano, mantiene la tradición clásica: sigue los mismos esquemas que los puentes romanos. Pero, a diferencia de estos, su téc-nica constructiva es más endeble, sus materiales más pobres, la labra de sus piedras más descuidada, y la mezcla de sus morteros de inferior calidad 7 . De este primitivo puente románico se conservan los siguientes elementos: el estribo de la izquierda, construido en mampostería; el arco 1º, con sus pila-res ―el de la derecha parece que se halla incrustado en el que se levantó con posterioridad–; el arco 4º, con sus pilares, tanto aguas arriba como aguas abajo, con anexos ulteriores; el pilar 5º, casi absorbido por el a b Fig. 2. a) Vista general después de la restauración de 2006 (fotografía de Carlos Infante). b) Vista cenital del puente, 2021 (fotografía de Juan José Moral Daza).
123 El puente antiguo de Peñafiel sobre el río Duero. Estudio histórico y arquitectónico a bde época renacentista, pero que muestra aún restos de su fábrica. La tipología de sus piedras, la configura-ción de sus dovelas ―alargadas y estrechas―, la pro-nunciada erosión de sus sillares, incluso el color, de-notan en esta estructura una mayor antigüedad que en las del resto del edificio. Sobre el arco 1º, aguas arriba, la calzada cabalga, hacia el exterior, sobre una serie de canes que, por el tipo de piedra y por su la-bra, son ajenos al románico. Es un suplemento tardío, acoplado con el fin de ensanchar la calzada. El tajamar y el espolón también son de un periodo posterior. El arco 4º está desriñonado y da la falsa apariencia de rematar en punta. Las reparaciones de época gótica Una fecha significativa para Peñafiel es el 5 de abril de 1283. En ella el infante don Sancho que posee ya el poder efectivo del reino, concede a su tío don Ma-nuel, en señorío, la comunidad de villa y tierra. Este año sirve de hito cronológico inicial de un nuevo pe-riodo, que, en puridad, se extiende hasta el primer tercio del siglo XIX 8 .La señorialización trae consigo, no sólo el traspaso de competencias de la Corona a manos del señor, sino la sustracción por parte de este de otras prerrogativas que hasta entonces habían pertenecido en exclusiva al concejo y convierte a los nuevos dueños en los árbi-tros indiscutibles de la antigua comunidad. Pero el traspaso de poder, aunque de importan-cia, no es el único fenómeno relevante que afecta a Peñafiel durante los siglos XIV y XV. Se dan tam-bién movimientos sociales de consideración, como la lucha feroz entre caballeros y pecheros, en la primera mitad del XV, por el control de los oficios del concejo que sale debilitado. Se erigen dos mo-nasterios masculinos, el de los franciscanos y el de los dominicos, con el consabido grado de influencia sobre el conjunto municipal. Crece el vecindario: en 1463 posee la villa unos 2056 habitantes, gracias sin duda a la política proteccionista de los Téllez Girón, señores del concejo, que mandan repoblar tanto la villa como las aldeas. Este crecimiento demográfico se hace patente en el estamento judío: en la fecha indicada se contabilizan 123 familias ―más de 1/4 de la población―. Se generan también cambios eco-nómicos, institucionales, de transformación del pai-saje urbano y rural.Todos estos acontecimientos suscitan un mayor trasiego de gente entre la villa y el exterior facilitan-do una relación más fluida y, sobre todo, promueven el comercio. Peñafiel dispone de un mercado franco, todos los jueves, de ámbito comarcal y de una feria anual concedida en 1268 por privilegio de Alfonso X que dura un mes ―quince días antes y quince des-pués de San Juan―. Recordemos, por último, el papel tan importante que para el comercio y las transaccio-nes monetarias ejerce la abundante comunidad judía, lo que haría de la villa un lugar muy concurrido. Resu-miendo: Peñafiel consigue un despegue, en todos los órdenes, a partir de mediados del siglo XV, despegue que se prolonga hasta casi finales del XVI, aunque siga inmersa en la llamada sociedad tradicional, propia de la Edad Media.Por lo que respecta al puente del Duero, objeto central de nuestro estudio, no conozco desde 1214 una nueva referencia hasta el 5 de septiembre de 1351. En esa fecha Juan Sánchez Manuel, sobrino de don Juan Manuel, dona a los frailes de San Juan y San Pablo una huerta situada «cerca de la puente de Duero» 9 . La noti-cia que le sigue es ya de 1432. A principios de este año, o tal vez en el que le precede, un tal Ruy Sánchez, can-tero, efectúa ciertas obras en el puente, por una can-tidad de 8000 maravedís 10 . Ese mismo año otro maes-tro, de nombre Alfonso Pérez, realiza nuevos trabajos, aunque desconocemos de qué naturaleza. Para sufra-gar los gastos, que ascienden a 44 500 mrs., el concejo acude al tan socorrido remedio de la derrama entre los vecinos de villa y tierra 11 . Fig. 3. a) Arco 1. o , románico. Antes de la restauración de 2004 (fotografía del autor). b) Arco 4. o , románico. Antes de la restauración de 2004 (fotografía del autor).
124 En el transcurso del año siguiente las tareas con-tinúan. Ahora a cargo de los artífices Juan y Ruy Gu-tiérrez, posiblemente hermanos. Colaboran con ellos dos canteros de rango inferior y dos obreros. Sólo nos consta que se ejecutó el revestimiento del arco de hacia Curiel y el revestimiento del pilar, parece que del mismo arco. El coste se repartió, como siempre, entre todos los vecinos de villa y tierra: a la villa le co-rrespondieron 3/8 del total, a las aldeas, 5/8. En este tipo de obras, de acuerdo con un artículo de Las Siete Partidas, pagaban todos los estamentos ―caballeros, pecheros, clérigos y judíos―, pues no se consentían privilegios 12 . En 1434, prosigue la obra. Está a su cargo Fernan-do de Solórzano, tal vez trasmerano. Se compromete a hacer el arco viejo del puente del Duero, el reves-timiento de su pilar y el espolón de la puerta de San Miguel. Se le han de dar 15.000 mrs., más 300 carre-tadas de piedra 13 .En el apartado de gastos del concejo, del 1 de octubre 1444, se anota un dato curioso y no fácil de interpretar: se destina una pequeña cantidad, 527 mrs., para reparar la casa de la puente de Due-ro 14 . Desconozco cualquier otra referencia sobre esta “casa”. Me pregunto: ¿el puente del Duero dis-pondría, como el del Mercado, de una torre sobre uno de sus pilares? A la torre del Mercado ―Torre del Agua― se la denomina en muchas ocasiones con el término “casa”. Descarto que fuese un local relacionado con el pago del pontazgo, pues dicho tributo lo cobraban los dominicos de San Pablo, no el concejo. Otros datos señalan como, el 28 de agosto de 1463, el ayuntamiento ordena a su mayordomo re-parar «la puente de Duero», en particular el «arco de madera, con madera muy fuerte de pino» 15 . Tal vez, una avenida, u otro percance, había arruinado el arco de piedra y como medida provisional se mandó colo-car la tan socorrida estructura de madera. Para finalizar con la Edad Media, únicamente me resta por preguntar: ¿qué subsiste en la actualidad de aquellas obras del siglo XV? He de responder que, en apariencia, casi nada. Tal vez sólo el espolón, es-calonado, del tercer pilar; el del cuarto, del mismo estilo, se derrumbó a mediados de los sesenta de la pasada centuria. Parece ser que las construcciones o añadidos del XV desaparecieron, absorbidas por las nuevas reformas de periodos posteriores. Los arcos apuntados, 2º y 3º, con sobreanillos que podrían con-siderarse góticos, como hemos de ver más adelante, pertenecen al siglo XVII. La ampliación renacentista de 1624 Llega ya el turno de analizar la segunda gran estructu-ra que comentaba en la introducción: la renacentista. Desde el 1463 hasta el 1618, lapso de ciento cincuenta y cinco años, desconozco cualquier referencia sobre el puente, ya por la escasez de documentos ya por no ha-ber topado con los oportunos. Pero, incluso teniendo en cuenta estas carencias, sospecho que las obras, si es que se llegaron a ejecutar, no debieron de ser signifi-cativas, pues no han dejado huellas apreciables. Hasta 1618 la estructura románica, con los oportunos anexos góticos, se debió de conservar más o menos íntegra. La intervención de este momento sí ha de modificar, para siempre, el plano original del edificio.Poco antes de febrero de este año un procurador de Peñafiel presenta, ante el Consejo de Castilla ―órgano estatal encargado de gestionar las obras pú-blicas―, un memorial 16 . Comienza diciendo que en Peñafiel existe un «puente de piedra, de cinco ojos», en el camino real que viene de la ciudad de Burgos y pueblos de Laredo, Bilbao y Santander; y se dirige, en-tre otros lugares, a las ciudades de Segovia y Toledo. Declara que el puente resulta corto, por cuyo moti-vo, cuando el río viene muy crecido, deja la «madre» por un lado y el paso se interrumpe. Alega que, para remediar dicha contrariedad, era necesario añadir «otros dos ojos». Explica, también, que por ser el edi-ficio tan corto y no tener el río por donde expandirse tiene arruinados los estribos (tajamares) de los ojos principales, socavadas sus cepas y arrancadas muchas piedras del edificio. Adelanta que, si la obra no se aco-mete con urgencia, en vez de costar 8000 ducados ―estimación del momento ―, más tarde podría ascen-der a más de 50 000. Ya de paso, expone que Peñafiel tiene también «otras dos puentes», la de Valdovar y la del Mercado, «muy antiguas, con necesidad de re- Fig. 4. Espolón escalonado del tercer pilar, gótico (fotografía del autor).
125 El puente antiguo de Peñafiel sobre el río Duero. Estudio histórico y arquitectónico paros, por estar muy maltratadas por las crecidas». Y, como es propio de este tipo de escritos, se añade que la villa y su jurisdicción no disponen de propios ni rentas para la reparación, por lo que se precisa re-partir los costos entre los lugares de veinte leguas a la redonda. Por fin, se suplica a los señores del consejo que envíen a la villa su provisión en la que se recoja sus peticiones y se las mande dar cumplimiento. El 12 de febrero de 1618, el Consejo de Castilla, envía dicha provisión, y accede a la súplica. En ella nombra juez, para tramitar y ejecutar la obra, al co-rregidor de Aranda, el de realengo más cercano 17 . A partir de ese momento se pone en marcha toda la enmarañada burocracia que el momento y este tipo de trabajos requería. Pedro Díaz de Palacios, maestro cantero, vecino de San Miguel de Aras (Trasmiera), es el encargado de dar las condiciones y trazas del pro-yecto. La tarea para ejecutar sería la siguiente: El reparo de dos pilares viejos, sitos en la madre del río (tal vez el 3º y 4º). La apertura de dos pilares tajamares nuevos (el 6º y 7º), más medio pilar (el 5º), que se ha de reha-cer ―la otra mitad corresponde al puente románi-co―. Tanto los tajamares como los espolones de estos pilares se han de elevar hasta la calzada. De dichos pilares, a la altura que se indica, arrancarán sus tres arcos ―no solo dos como se pedía en el memorial―. Serán estos de medio punto, con sus anillos (dovelas, roscas) y sobrea-nillos (doble rosca). Se derruirá el estribo y manguardias viejos ―pues se quedan cortos― y se construirán otros nuevos, en la parte alta del terrero de la margen derecha. Se especifica que la nueva calzada ha de quedar al nivel de la antigua, con rasante única, para unir, en línea horizontal, las dos orillas. Esta se ha de empedrar e imitándola reparar la antigua, «para que las dos partes parezcan una». Se construirán los pretiles o antepechos, con sus pasamanos ochavados y aperpiñados, a imi-tación de los antiguos. Se abrirán los oportunos albellones, con sus respectivas gárgolas, con el fin de que expulsen el agua hacia el exterior y no se dañe la calzada. Si en el fondo del río, entre pilar y pilar, no sa-liere suelo firme, se debe hacer un zampeado, con piedra suelta de mampostería, para evitar que el agua al fluir arruine las bases de los pilares.El precio de la obra se fija en 10 300 ducados. Se remata, conforme a las condiciones expuestas, en los canteros Juan de La Verde (natural de Soano, Trasmie-ra) y Bartolomé de Barreda (natural de Aras, Trasmie-ra, pero con vecindad en Valladolid). Estos empiezan a trabajar a comienzos de 1619. Surgen contratiem-pos: cuando los rematantes ya tenían cortada parte de la piedra y excavados los cimientos de los pilares, otros dos canteros, Juan de Echevarría y Pedro Díaz de Palacios –el tracista―, presentan una nueva baja ante el Real Consejo, causando perturbación y pér-didas económicas a los contratantes, y malestar a las autoridades de Peñafiel 18 . El problema se resuelve y los rematantes prosiguen con su tarea. Esta se da por terminada en 1624 19 . El rasgo de estilo que une al tracista y a los cante-ros ejecutores es el clasicismo. Un clasicismo propio del periodo renacentista; de un renacimiento tardío, que hace hincapié en la depuración de formas. Pero, en el puente de Peñafiel no todo es clasicismo tardío, también existe, inserto en la misma estructura, un renacimiento temprano. A este tipo de renacimiento, el que sigue los cánones de Diego de Siloé ―el gran arquitecto de la primera mitad del siglo XVI―, perte-necen los tajamares y espolones de nuestro puente: tajamares en forma de huso ―el corte presenta un a b Fig. 5. a) Vista general, con el 6. o y 7. o arco renacentistas. Véase la uniformidad de la estructura y pureza de líneas (fotografía de Carlos Infante). b) Vista de los arcos 6. o y 7. o , con su tajamar, rena-centistas (fotografía del autor).
126 arco apuntado― y espolones con figura cúbica ―los de Peñafiel con forma de trapecio isósceles―. A los puentes de ese periodo se los denomina de estilo burgalés 20 . En resumen: al del Duero se le puede con-siderar como renacentista arcaizante, tradicional, en cuanto a tajamares y espolones. Pero, en cuanto a su estructura general, lo podemos catalogar como pu-ramente clasicista; encuadrado en el clasicismo que Aramburu-Zabala define como de depuración formal; reservándole el lapso que media entre 1575 y 1610, aunque con posibilidad de desbordar esta última fe-cha, como ocurre en nuestro caso. Es el clasicismo que ciertos autores bautizan también como de aire palladiano, que tendrá su reflejo más significativo en el puente de Herrera de Pisuerga. El autor aludido lo explica de esta manera: El resultado es que los tajamares y espolones se dispo-nen de manera simétrica, siempre en ángulo recto; y se proyectan hacia lo alto, hasta quebrar los pretiles de los apartaderos. Por el contrario, los arcos se desvalorizan, engarzándose sólidamente entre los tajamares, a quie-nes se subordinan. Los pilares han unificado el conjun-to, desapareciendo la división en dos pisos 21 . El puente más cercano, en estilo, al de Peñafiel es el de Olivares-Quintanilla (Valladolid). En cuanto a la doble rosca (dovelaje doble), ya la poseían algunos romanos como el de Alcántara, y la posee el de Ga- a b Fig. 6. a) Tajamar renacentista, entre los arcos 6. o y 7. o (Fotografía del autor). b) Espolón trapezoidal, renacentista, entre los arcos 6. o y 7. o (fotografía del autor). Fig. 7. Arco 7. o , renacentista, aguas abajo, 2006. Se puede apreciar la armonía de toda la estructura y una regla para marcar el nivel del agua (fotografía de Carlos Infante).
127 El puente antiguo de Peñafiel sobre el río Duero. Estudio histórico y arquitectónico lapagar (Madrid) de Juan de Herrera, así como algu-nos arcos de los de Reinoso (Palencia) y Roa de Duero (Burgos).Y, como siempre, para acabar con el capítulo, me pregunto: ¿qué permanece hoy de esa estructura renacentista? He de responder que prácticamente todo. No existen añadidos, ni rupturas, ni hiladas con quiebros: destaca la uniformidad. Ello denota el buen diseño del tracista, los buenos materiales empleados y la buena técnica constructiva de los maestros que lo ejecutaron. La gran riada del arroyo Botijas y sus consecuencias A pesar de que el puente se remodela en 1624, su estabilidad no queda asegurada. El hombre lo alarga, pero el cielo no se deja controlar. En efecto, entre los años 1646 y 1649, Castilla y León sufrió una situación ciclónica fuera de lo normal, que trajo consigo la des-trucción o deterioro de un sinfín de puentes y calza-das. El del Duero no escapó a tal desastre. El 27 de julio de 1649, una gran tempestad de agua, granizo y piedra se expandió por el valle del Botijas, llevándose consigo todo estorbo que encontró a su paso: panes, ajos, garbanzales, ganados; hasta peligraron las per-sonas que faenaban en los campos 22 . Al desaguar el arroyo a menos de un km, aguas arriba, del puente del Duero, de inmediato, el turbión se espetó contra su fábrica e hizo que el arco segundo se derrumbara; desencajó, también, toda la estructu-ra antigua. El desplome del arco trajo consigo, una vez más, la incomunicación entre las dos riberas. Perso-nas de a pie, labradores con sus bestias, trajineros, recuas, carros con bastimentos se vieron con el paso interceptado. Como en otras ocasiones, las autorida-des de la villa, sin dilación, colocaron una estructura de madera y restablecieron el tránsito.La tarea posterior consistía en emprender el largo y engorroso proceso de reconstruir el arco en piedra. Las diligencias para seguir ya las conocemos por las obras de 1624. La solicitud al Consejo de Castilla, con el detalle de los hechos y la súplica, se acuerda, en concejo abierto, el 20 de febrero de 1650. Como la vez anterior, piden también que se reparen los puen-tes de Valdovar y del Mercado, pues se encontraban con mucho deterioro. Se destinan 1.000 rs. para los gastos de la gestión en Madrid, cantidad que, aunque no muy elevada, para Peñafiel, en ese momento, era un dispendio. Debemos tener en cuenta la situación por la que atraviesa la villa: la institución asfixiada por las deudas y los vecinos empobrecidos 23 . El 20 de septiembre se recibe la real provisión del Consejo autorizando el reparo, acordando la derrama como en otras ocasiones y nombrando juez de comi-sión al corregidor de Aranda 24 . Pero, durante los seis años siguientes, Peñafiel no hace uso de la licencia real ni pide al corregidor que la ejecute. Y ello por problemas económicos acuciantes, no porque las autoridades se desentendieran del asunto. Todos los años, tanto en los concejos abiertos como en las re-uniones de ayuntamiento, sale a relucir el tema: «las puentes amenazan gran ruina y, en particular, la del Duero». En el acta del ayuntamiento, que se celebra el 14 de junio de 1655, se especifica: [Que tiene] la de Duero undidos dos ojos, y que se pasa por enzima de unos maderos y que con las mu-chas aguas siempre están amenazando ruina, por estar los puntales dentro de las aguas del mismo río; y de faltarle se seguirían muchos daños y pérdidas, además de que las zepas y arcos que an quedado en dicha puente están atormentados y en gran peligro de llevárselos la creciente, si con toda brevedad no se ha-cen dichos ojos y reparos necesarios 25 . La construcción del 2º y 3º arco. Juan de la Cuesta MieraEn el concejo abierto del 10 de agosto de 1654, ante la carencia de recursos, los congregados piden que se busque un maestro cantero para que efectúe las diligencias por su cuenta, aunque se le haya de prestar un adelanto 26 . El cantero elegido es Juan de la Cuesta Miera, natural de Liérganes (Trasmiera), residente en ese momento en la villa de Guzmán (Burgos). El 14 de junio de 1655, el ayuntamiento le da poder para que, con las provisiones reales, se presente ante el juez de comisión y le pida que inicie las gestiones y las prosi-ga hasta que la obra se dé por terminada. El concejo presta al cantero, para gastos, 2000 rs., los cuales ha de devolver íntegros, si gana el remate; de lo contrario, solo ha de reintegrar 1000 27 . Por otra acta del consisto-rio, del 6 de junio de 1656, sabemos que la obra ya se había rematado en Juan de la Cuesta 28 .No dispongo de más noticias sobre el reparo hasta pasados tres años. Durante ese lapso se gestionarían los trámites burocráticos. El 5 de mayo de 1659, Juan de la Cuesta, esta vez ante un escribano de Curiel, se conviene con tres carreteros de la zona pinariega de Burgos para que le acarreen desde la cantera que tie-ne abierta en Curiel hasta el puente del Duero, «que actualmente está fabricando», toda la piedra, canto y cal «que hubiere menester». El transporte debía fi-nalizar el día 30 de noviembre. Supongo que, sin más contratiempos, el maestro acabaría la obra 29 .Contrastando los datos diplomáticos con los res-tos arquitectónicos conservados parece lógico dedu-cir que en 1659 Juan de la Cuesta levantaba el arco 2º del puente ―el de la riada del Botijas―, más el 3º que, según el documento de 1655, se arruinó des-pués. Los pilares 1º y 2º y el aderezo del 3º tienen el mismo estilo arquitectónico que los renacentistas de La Verde-Barreda, es decir, clasicista. Valga para ellos los mismos comentarios que expuse en su mo-mento. Pero, dichos arcos son apuntados. No por eso
128 debemos inferir que sean de época gótica, resultaría una incongruencia. ¿Por qué, entonces, el cantero, los construyó con ese estilo? Lo desconozco. Tal vez, porque los destruidos por la corriente eran góticos, herederos a su vez de los primigenios románicos; y se exigió al artífice que mantuviese su forma. Si esta lectura es correcta, los nuevos arcos son manifies-tamente un arcaismo. También pudo ocurrir que el tracista dio prioridad a la estabilidad arquitectónica sobre la manifestación estética: uso de arcos apunta-dos, aunque no góticos. Por otro lado: presentan, en su dovelaje, doble rosca, imitación clara de los de La Verde-Barreda. El tajamar 1º tiene forma de huso: tal vez, una copia más. Los dos espolones presentan fi-gura cúbica. Tanto estos como los tajamares se elevan hasta la calzada, otra modernidad del renacimiento tardío. La estructura general de esta nueva obra es, por tanto, clasicista. Existe unidad orgánica entre pi-lares, arcos, espolones y tajamares. Esta unidad se aprecia, con más detalle, en la organización de las pri-meras y últimas hiladas, donde no se muestran quie-bros ni ensamblajes abruptos. El desmonte y reconstrucción del 5º arco. Francisco de Araviñas y José Ruiz de la CoteraLa riada del Botijas debió de provocar también la inestabilidad del 5º arco. Se necesitaba una nueva in-tervención. Esta, en principio, se remató, poco antes del 26 de agosto de 1675, en Antonio Gutiérrez, por 14 000 ducados. El nuevo cantero subcontrató a Francisco de Araviñas ―natural de Curiel― como carpintero. Por la escritura de la subcontrata conocemos la obra a realizar: «la toma del agua de dicha puente (ataguía), quitándo-la en el arco que se a de demoler y bolver a redificar». También se habían de ejecutar las ataguías «en las tres zepas de dicha puente, que están azia la villa de Peñafiel, todas tres consiguientes»; y montar la oportuna cimbra para llevar a cabo la operación 30 . Pero, pasados casi ochos meses sin que la obra se iniciara, el ayuntamiento recusa al cantero: por no tener prevenidos los materia-les a pie de obra, ni la madera oportuna para facilitar el paso una vez que el arco se hubiera desmontado. La interrupción del tráfico causaría graves perjuicios tanto al viandante como al comercio 31 . A continuación, otro maestro de cantería, José Ruiz de la Cotera, junto con el propio Francisco de Araviñas ―que ahora figura también como cantero― presentan, ante el Real Consejo, una baja de 3500 du-cados, sobre la cantidad rematada en Gutiérrez, y con las mismas condiciones. Se admite la propuesta, y les piden fianzas. Sabemos que la mujer de Araviñas, Ma-ría Arribas, firma la suya el día 10 de mayo de 1676. El Consejo las recibe y acepta, pero exige su ratificación. El 14 de junio, los canteros firman una nueva obliga-ción 32 . Aquí finalizan, por ahora, los informes que co-nozco sobre el tema. Por otros documentos indirectos y por el propio silencio de los diplomas de fecha pos-terior, doy por hecho que Ruiz de la Cotera y Araviñas ejecutaron el trabajo del puente. Relacionando esta documentación con la obra de fábrica que subsiste, concluyo que dichos maestros canteros desmontaron y reedificaron el quinto arco. Y lo digo por vía de exclusión: los arcos 1º y 4º son románicos; el 2º y 3º se los he atribuido a Juan de a b Fig. 8. a) Arco 2. o , aguas abajo, 2006 (fotografía de Carlos Infante). b) Arco 3. o , aguas abajo, de 1981 (fotografía de Juan José Moral Daza).Fig. 9. Arco n. o 5, aguas arriba, de 1981 (fotografía de Juan José Moral Daza).
129 El puente antiguo de Peñafiel sobre el río Duero. Estudio histórico y arquitectónico la Cuesta; el 6º, 7º y 8º son los renacentistas de La Verde-Barreda. Sólo nos queda, pues, el 5º sin due-ño. Se apoya este sobre el 4º pilar románico y sobre el 5º rehecho con la obra renacentista. El nuevo arco es réplica, a mi entender, de los erigidos por La Ver-de-Barreda: de medio punto, con doble fila de dove-las, con unidad estructural; aunque con peor técnica constructiva y peores materiales. El puente del Duero en el siglo XVIII: necesidad y pic aresca En la primera década del siglo XVIII, una vez más, los tres puentes de Peñafiel necesitan reparos: las condi-ciones climáticas los deterioran; los maestros no siem-pre eran eficaces; los materiales, los mejores; y la vejez tampoco se podía corregir. Y, para no variar, Peñafiel carece de recursos para acometer las obras. Pero, lo que ocurre en Peñafiel acaece en toda la península. No hemos salido todavía de la gran depresión del XVII. Así que cada ciudad, cada villa o cada lugar, en lo que a obras públicas se refiere, busca siempre las mejores estrategias para que estas salgan adelante, aun a costa de utilizar artimañas no siempre del todo ortodoxas. Recordemos que, en la Edad Media, cada población se encargaba de gestionar y sufragar sus obras. Desde el siglo XVI, es el Estado quien las gestiona, pero no el que las paga. A Peñafiel, en 1696 y en 1704, le lle-gan los cupos para el reparo de los puentes de Lerma y Villahoz, que asume sin problemas 33 . Pero, a partir de entonces, sus autoridades cambian de estrategia: tal vez piensan que les resulta más rentable hacerse cargo de los dos cometidos ―que podían controlar mejor y soslayar, si viniera al caso― que embarcarse en el pago, por derrama, del arreglo de puentes ajenos. Se torna al sistema medieval. Así, en 1711, cuando el corregidor de Valladolid les envía la cuota para la re-forma de la calzada de La Cistérniga (Valladolid), con mucha sutilidad, alegan que no les compete, pues no transitan por dicho camino; añaden, además, que, a su costa, reparan sus tres puentes, más los dos pontones del Botijas. Lo mismo invocan, en 1715, cuando se les hace entrega de la derrama del de Saldaña; en 1617, de las de Reinoso, San Esteban de Gormaz y Roa; y, en 1723, de la del puente Mayor de Valladolid. Siempre responden lo mismo: estamos arreglando, por nuestra cuenta, sin pedir facultad real, nuestros puentes, que son pasos generales del reino. En ellos llevamos gasta-dos mucha cantidad de maravedís y los que están aún por gastar. Señalan, a su vez ―y aquí está el fondo de la cuestión―, que la villa se halla con cortos medios, pues el hielo, la piedra y otros agentes adversos les dejaron sin frutos de pan y de vino y, a sus vecinos, empobrecidos 34 . Pero, la estrategia ―sincera o con ribetes de pica-resca― no les dura por siempre. En 1725, el puente de Barbadillo del Mercado (Burgos) requiere de re-paración. El corregidor de Burgos les cursa la cuota de derrama. Peñafiel se resiste por dos veces al pago, alegando las citadas razones. El corregidor, mediante un auto del 6 de febrero de 1726, les exige que abo-nen el cupo o de lo contrario que firmen una carta de obligación comprometiéndose a concluir, de una vez y a su costa, las obras de sus puentes; y, además, con aprobación del Consejo de Castilla. Les concede tres meses de demora. El 28 de marzo, los miembros del ayuntamiento y los diputados de la villa firman la obligación, accediendo a las demandas del corregi-dor, con tal de que les libere de la derrama del puente de Barbadillo 35 . Tal exención pecuniaria persiste hasta el 24 de abril de 1735.En esta fecha, tal vez porque la ruina de los edi-ficios era ya alarmante y no bastaba sólo con los pequeños remiendos ejecutados por el concejo, sus autoridades elevan una petición al Consejo Real su-plicando licencia y facultad para el reparo de dichas fábricas. Se insiste, cambiando de estrategia, que el repartimiento se efectúe entre los lugares de veinte leguas al contorno. Pero se incluye en la súplica una nueva demanda ―y he aquí la novedad―, que se re-partan, también, «todos los gastos y reparos que esta villa y sus vecinos han hecho de muchos años a esta parte, sin haber contribuido en ellos persona algu-na», y esos gastos que se les descuente de su cupo 36 .Antes del 1 de octubre de dicho año, el Consejo ya había extendido la real facultad por la que accedía, a todas las peticiones de Peñafiel, menos a una: la villa debería pagar un sexto del repartimiento de las obras, como había hecho siempre, sin descuento 37 . El ayunta-miento insiste en su demanda anterior. El Consejo, el 28 de enero de 1737, firma un decreto nombrando al cantero Diego de la Riva, natural de Heras (Trasmiera), ejecutor de las obras; y se reafirma en cuanto al cupo a entregar por la villa 38 . Nueva carta del ayuntamiento pidiendo, una vez más, la inclusión de lo gastado desde antiguo. Desconozco, por ahora, el desenlace del con-tencioso. Sospecho que a Peñafiel le tocaría pagar la cantidad asignada. Según Cadiñanos Bardecí, en 1739, «Andrés Mazón y Juan de los Cuetos reconocían los materiales acopiados y proponían nuevas obras» 39 . En 1740, según este autor, «Juan A. Ortiz y Francisco M. del Cueto lo dieron todo por correctamente ejecutado, a falta de algún detalle» 40 .No sé el tipo de reparos que De la Riva acometió en el puente del Duero. Sólo me consta, por el diplo-ma del 2 de agosto de 1717, que a este le faltaba una nariz (un tajamar); y que, cuando los tres puentes fueron reconocidos por los maestros Jerónimo Ruiz y Francisco Pinedo, el del Duero «tenía muchas ruinas y necesitaba de manguardias» 41 .Antes de finalizar con el siglo XVIII, quiero plantear y dar respuesta, a dos interrogantes que tengo en sus-pense desde 1624 ―cuando el puente se alarga―. Son estos: 1º, ¿por qué el concejo de Peñafiel, como insti-tución, desde el último tercio del siglo XVI, hasta casi la
130 mitad del XVIII, se encuentra casi imposibilitado para reparar sus puentes?; 2º, ¿cuál fue la causa de que la villa, en general, se encontrara tan empobrecida?Respondo a la primera cuestión con un fragmento literal de un poder del concejo, que ya se ha visto visto (1650.2.20): por no tener esta villa bienes algunos de donde lo po-der sacar, por estar sus propios tomados posesión por sus acreedores, como se constará del pleito de concur-so que está y pasa ante los señores de la Real Audiencia y Chancillería de la ciudad de Valladolid 42 . ¿Por qué carece Peñafiel de bienes concejiles y comunales, cuando, hasta finales del XVI, estos eran tan copiosos? Simplemente, porque los ha perdido. Y los ha perdido por diversas incidencias negativas. Para superar estos percances, había solicitado créditos con intereses, «censos», que llevaban consigo la hipoteca de sus bienes. Al no poder pagar el principal e intereses de muchos de esos créditos, se embargaron sus bienes y, por fin, le fueron expropiados.De 1571 a 1598, se contabiliza la toma de veintio-cho censos. La razón es varia: para comprar trigo para la alhóndiga ―sobre todo en 1584―; para redimir censos o réditos anteriores; para pagar unas tierras concejiles compradas al Rey; para costear la derrama de un puente ajeno; para sufragar los gastos de unos soldados que se aposentaron en la villa; para ayudar al duque de Osuna, su señor, que estaba empeñado… Pero, como el valor de los créditos e intereses supera al de los bienes de hipoteca, se produce una lucha feroz entre los acreedores por ver quién cobra con anteriori-dad, qué cuantía y de qué tipo de bienes se extrae. La situación llegó hasta tal punto que, en 1621, por peti-ción del Cabildo de Valladolid ―un acreedor―, la Real Chancillería mandó secuestrar todos los propios de Pe-ñafiel, y nombró un administrador, con vara de justicia, para que los rigiese 43 . Se establece concurso de acree-dores y se ordena pagar a cada uno según su gradua-ción. Mas, el pleito no finaliza con el concurso: todavía, en 1668, coleaba el proceso. Luego, bien por renuncia bien por agotamiento de los litigantes, el pleito se da por “olvidado” 44 . Peñafiel, a causa de estos censos y de las querellas subsiguientes, pierde la mayor parte de sus rentas y propios: la heredad del Cercado ―junto a San Francisco―, el Pinar Grande y el de La laguna, La Dehesa ―luego llamada de Los Canónigos―, parte de Vega Sicilia, la heredad del Carpio ―en Rábano―, la Grijera ―en Castrillo―, los predios de Valimón… Respondiendo al segundo interrogante: ¿cuáles fueron las causas del empobrecimiento del vecin-dario? He aquí algunas de ellas. En primer lugar: las consecuencias de la pérdida de rentas y propios con-cejiles. Si no había bienes comunales, los gastos del concejo tenían que ser asumidos por los vecinos, a través de derramas. Por otra parte, los impuestos de la época eran asfixiantes: había impuestos para el rey, para el duque de Osuna (señor de la villa), para el du-que de Béjar (señor de Curiel) ―las tercias―, para el clero ―los diezmos―, para el concejo. Un tercio de la producción de los campesinos se les iba en impues-tos. Con los otros dos tenían que hacer frente al pago de la renta ―si la había―, a la reserva para la siem-bra, al alimento del ganado y, lo restante, se destina-ba a la propia subsistencia. Y esto, sin contar con las condiciones climáticas, plagas y enfermedades perso-nales. Recordemos la riada del Botijas de 1649. Y las consecuencias generadas por las lluvias, en toda la comarca, los años subsiguientes. Bien lo expresan, en 1650, veinte labradores, presos en la Torre del Agua, por no devolver a tiempo el grano prestado por la al-hóndiga, para la siembra: que atento la grande esterilidad que, por la misericor-dia de Dios, a avido y ay en esta villa y otras partes de falta de cosecha de pan, por aver acudido a ella mucha cantidad de langosta, y por niebla y secura y piedra, que al presente no se halla el trigo necesario a comprar… 45 . Todos estos factores influyeron en la demografía: si Peñafiel, a finales del siglo XVI, contaba con unos 680 vecinos ―2720 habitantes―, en 1737, dice un documento ―quizá con exageración―, que sólo tie-ne 300 46 . No es de extrañar, pues, que el vecindario se sintiera casi impedido para sufragar el reparo de sus puentes. La situación mejora a partir de mediados del XVIII y se perpetúa durante el resto de la centuria. El puente de nunca acabar: siglos XIX-XXI Entre franceses y guerrilleros. El puente se rompeNos encontramos a comienzos del siglo XIX, en concreto en el 26 de agosto de 1811. Un documen-to del Archivo Histórico Provincial de Valladolid nos informa de que ese día «se hundió el puente» del río Duero de Peñafiel 47 . Dejo para más adelante las circunstancias relativas a este acontecimiento. Ahora sólo quiero apuntar que nos encontramos en plena Guerra de la Independencia y que en la villa se asienta una guarnición de tropas francesas. Es ya un tópico comentar que el 2 de mayo de 1808, surgió, en Madrid, la chispa del alzamiento con-tra los franceses; y que sucedió lo mismo, en la ciu-dad de Valladolid, el 31 de dicho mes. Pero, casi nadie conoce que, en Peñafiel, antes del 30 de septiembre, ya habían acaecido disturbios de la misma naturaleza. En efecto, sabemos que, en esta fecha, un escriba-no de la villa ―José Herizo― denuncia, ante la Real Chancillería, a dos personas por creerle afrancesado, lo que había provocado que una turba de gente se presentara ante su casa y le apedreara sus vidrieras. Esto sucedió, dice el documento, «cuando los albo-rotos que hubo en esta villa, con el motivo de que estaba alterada la Nación sobre los franceses» 48 .
131 El puente antiguo de Peñafiel sobre el río Duero. Estudio histórico y arquitectónico A principio de 1810, los apuros económicos del municipio, a causa de la guerra, son ya una reali-dad. Causa de ello ―valga para todo el periodo―: las muchas contribuciones, los empréstitos forzosos, las requisas, las multas, el suministro de víveres para los soldados y de forraje y grano para las caballerías, el mantenimiento de los hospitales…; y, en muchas ocasiones, también, por el auxilio que se presta a las partidas de guerrilleros. Para solventar, en parte, la difícil situación económica, el ayuntamiento vende, este año, 6 ha de terreno municipal –medida actual–, en el prado del arrabal de Mélida, sito en ambas már-genes del Botijas; 0,50 ha de un pradillo, en el arrabal de Aldeyuso, y 3 ha de sembradura, en los pagos de Las Navas y Pradillos, cerca del pinar de San Pablo. El resultado de la venta: 44 820 reales 49 . Antes del 14 de julio, la Junta de Criminalidades de Valladolid multa a la villa con 6600 rs., «con el pretexto de haber acogi-do en ella a unos hombres de guerrilla» 50 . Una nueva multa, le fue cursada, poco antes del 15 de noviem-bre, esta vez por el capitán general de la Alta Espa-ña, nada menos que de 200 000 rs., tal vez alegando la misma causa que la anterior. Se sufraga mediante derrama. Luego, el capitán, en parte, se la perdona 51 .A comienzos de 1811, una guarnición francesa se acantona en Peñafiel, acuartelándose en el que fue-ra convento de dominicos. Para guarecer a la tropa, el comandante levanta parapetos, estacadas, zanjas y corta la calle, incomunicando la Judería con el Ba-rriohondillo. Quienes salen más perjudicados son los arrendatarios del molino de San Pablo, que ven dismi-nuida su clientela y, por tanto, sus ingresos; también los comerciantes de la zona 52 .Ya entrado el año 1812, la situación económica se vuelve a hacer insostenible. Se le piden más de 80 000 rs. de contribución. Esta suma, manifiestan las autoridades, es imposible de satisfacer por el vecin-dario «sin que resulten unas fatales consecuencias». El 7 de abril, para hacer frente al pago, que urge, de-ciden enajenar un nuevo terreno concejil: esta vez, la heredad llamada Casa de la Reina. Es un predio de 60 ha; linda a poniente con el prado de Mélida. Aunque es tierra del concejo, desde la Edad Media disponían de ella ―en usufructo― el estamento noble y el es-tamento general de la villa. Al no salir postores en la subasta se vende, por imposición forzosa a varios ve-cinos acomodados, por la cantidad de 45 000 rs. 53 Desde el 1 de enero al 8 de marzo, de 1813, se vuelve a establecer una guarnición francesa en Pe-ñafiel, compuesta por 2600 hombres y 800 caballos. Tanto la villa como el partido pagan el suministro, en raciones para la tropa y en grano y forraje para los caballos 54 . Con el desalojo, momentáneo, de los fran-ceses no finalizan los infortunios para el concejo. Sa-bemos que el general en jefe de Valladolid, unos días antes del 7 de marzo, mandaba repartir a la villa un cupo diario de 216 raciones de comida, con el fin de abastecer a la guarnición gala acantonada en Tude-la. Como aquella se retrasara en el envío, le amenazó con un apremio militar, si no se cursaban los pedidos de inmediato. En el entretanto, tomó a nueve perso-nas como rehenes, a los que tenía presos en Tudela «a pan y agua». Para evitar el apremio, liberar a los re-henes y aliviar al vecindario –que se hallaba exhausto con tantos gastos–, el ayuntamiento decide vender otros cuatro pedazos de terreno y un huerto en el prado de Mélida (8 ha). Los compradores entregan 31 790 rs. Con todo el montante se paga la deuda en metálico y los rehenes salen de prisión 55 . Desde el 23 de marzo hasta el 3 de junio la corte de José I se instala en Valladolid: la presencia francesa se multiplica en el valle del Duero. Una nueva guarni-ción de 900 hombres ―400 de caballería y 500 infan-tes– se emplaza en Peñafiel 56 . El 14 de abril, el cura Merino hostigaba a los franceses por los alrededores de Roa. En esta fecha envía dos avanzadas de caba-llería a los puentes de San Martín de Rubiales y de Peñafiel para evitar la expansión gala 57 . La población de Peñafiel, durante las semanas de abril y mayo, vive una situación límite: el concejo carece de arbitrios; muchos vecinos se niegan al pago de contribuciones; los propietarios con más caudal se excusan de ade-lantar más crediticios al municipio; los más pobres se encuentran asfixiados económicamente; una nueva a b Fig. 10. a) Carta de recibo de provisiones del comisario francés. 6 de enero de 1813 (AHPV, fotografía del autor). b) Carta de recibo de provisio-nes del comisario francés. 20 de enero de 1813 (AHPV, fotografía del autor).
132 derrama no cubriría, además, todos los gastos que se deben. Como solución, las autoridades vuelven, de nuevo, sus ojos hacia el tan requerido prado de Mélida: venden el último fragmento que les queda-ba: algo más de 5 ha, por 20 200 rs. Con lo recauda-do pagan las primeras urgencias, ciertos débitos en Valladolid, algunos créditos y, ya acabada la guerra, sufragan deudas generadas por las partidas de guerri-lleros, sobre todo por la de Tomás Príncipe, pero tam-bién por las de Julián Sánchez y Benito Marquínez 58 .Retornando al puente del Duero. La primera cues-tión por plantear es si su ruptura o ruina, el día 26 de agosto de 1811, fue provocada por agentes naturales o más bien por alguno de los implicados en la gue-rra, con el fin de impedir el paso al adversario. Los diplomas manifiestan, con claridad, que se deterioró por causas naturales. Cuando el comisario de Bienes Nacionales, el 17 de marzo de 1812, vuelve a sacar a remate el portazgo, bien se cuida en dejar claro que «se arrendaba por un año y que no se había de rom-per el contrato aún quando acaezca la ruina de algún puente o puentes u otro caso fortuito raro, contingen-te e inopinado imprevisto» 59 . Con fórmula similar se expresa el propietario del molino de Palacio, cuando lo arrienda, en 1813. La segunda cuestión para tener en cuenta es el tipo de deterioro que sufrió. Los documentos lo califican como «ruptura», «ruina». Este desperfecto debió de ser significativo, pues de lo contrario no se hubiera clausu-rado el puente y no se habría tendido una estructura de madera, grande o pequeña. Pero, por ahora desconozco que tipo de ruina se generó ni su localización. Tal vez se derrumbó algún estribo, manguardia, pretil, parte de calzada o el extremo superior de algún tímpano, de los que no es fácil detectar su reforma. Respondo, ahora, a un tercer interrogante: ¿Peña-fiel, en medio del conflicto bélico, o a continuación, tuvo la capacidad suficiente para gestionar o hacerse cargo de la rehabilitación integral del edificio? No he de explayarme con la respuesta. El lector conoce las consecuencias generadas por la guerra. Ni Peñafiel, ni ningún pueblo de España, salieron bien parados del conflicto. Para ver nuestro puente reconstruido en piedra hemos de esperar al año 1830. Pero, antes de conectar con esta fecha, he de alu-dir a un acontecimiento en relación con la estructura de madera. El día 18 de febrero de 1814, unos desa-prensivos o, más bien, unos sujetos que pretendían ganancias económicas llevan a cabo un destrozo sin-gular «en el último tramo del puente provisional del Duero». El alcalde de Peñafiel abre causa y remite el testimonio a la Sala del Crimen de la Real Chancille-ría. Asegura haberse ejecutado el desperfecto «por mano violenta y con instrumentos de barra de hie-rro y palancas de madera». El reparo se sufraga por los arrendatarios de los molinos de Arenillas y de Palacios, muy perjudicados por el desperfecto. Pero, al poco tiempo, lo vuelven a desbaratar. Entre otros sospechosos, se encuentran Eusebio Antón y Fausti-no, su hijo, molineros de San Martín de Rubiales. Se conduce a estos al juzgado de Peñafiel con el fin de tomarles declaración. Ante lo infructuoso de los inte-rrogatorios, se da por libres a todos los sospechosos y la causa se deja en suspense 60 .En 1824 se inicia la gestión para reconstruir el puente en piedra. El día 4 de marzo de 1830, Ignacio Delgado, constructor, vecino de Peñafiel, dice haber conseguido el permiso necesario para reedificar el del Mercado, reparar el del Duero y ejecutar otras obras en la población, aprobadas por la Real Academia de San Fernando. La cantidad que se fija es de 619 950 mrs., que había de ser repartida entre los pueblos de treinta leguas al contorno. Las obras debían estar finalizadas en el término de dos años. El 8 de mayo, Ignacio Del-gado acuerda con Martín Monedo, Luciano Novo, Ma-nuel Novo y José Delgado, todos vecinos de Peñafiel, el reparto de tareas, gastos y beneficios en las obras, es decir, constituyen una compañía de construcción 61 .Un regalo de Navidad: 25 de diciembre de 1860El día 25 de diciembre de 1860, día de Navidad, el ingeniero jefe de obras públicas de la provincia, Car-los Campuzano, cursa una misiva al director general de obras públicas de Madrid, en la que se expresa con los siguientes términos: «Recibo en este momento, que son las nueve de la mañana, parte del administrador del portazgo de Peñafiel, que la crecida del río Duratón ha llevado dos ojos del puente de la carretera de esta ciu-dad a Soria» 62 . Las lluvias torrenciales caídas en torno al día de Navidad, y las avenidas que les siguieron, no sólo afectaron al puente del Mercado sino también a los de Valdovar y Duero. El que más sufrió, sin duda, fue el del Mercado, pues quedó casi destruido. En el del Duero se arruinaron gran parte de los pretiles, acumulándose sus sillares y mampuestos sobre la calzada; la cual sufrió también mucho deterioro. Además, las piedras despren-didas de la fábrica y la madera arrastrada por el río obsta-culizaron, en gran medida, el paso del agua por los arcos. Fig. 11. Fragmento de plano, del proyecto de reparación y ensan-che. 7. o y 8. o arco, con el estribo, 1906. (AHPV, fotografía del autor).
133 El puente antiguo de Peñafiel sobre el río Duero. Estudio histórico y arquitectónico A primeros de enero de 1861, el puente se abre al tráfico. Para ello se desembaraza el cauce de piedras y maderas, se compran vigas y machones para fabricar las barandillas, se despeja la calzada y se extiende so-bre ella una capa de cascajo. A este reparo provisional le sigue la reconstrucción en piedra. El ingeniero jefe de obras públicas, el 15 de abril, se hace cargo de la re-forma, que sufraga la Diputación Provincial. Se remata en Ezequiel Rojo, vecino de Peñafiel, por la cantidad de 8519 rs. Es condición que varios pueblos del partido contribuyan en el acarreo de la piedra necesaria desde las canteras de Valdelaíno (Peñafiel) hasta pie de obra. Se da por finalizada en noviembre de 1862. ¿Reparación? Abandono. Recuperación para el ocioDesde el año 1862 saltamos hasta el 1903, fecha en la que volvemos a disponer de datos significativos sobre el estado de conservación del puente. En el ínte-rin se ha construido la carretera de Peñafiel a Dueñas (proyecto, 1861) y se ha inaugura la línea férrea de Va-lladolid a Ariza (1895). Ya antes, merece la pena desta-carlo, se construyó la carretera nacional de Valladolid a Calatayud (comienzo de los cincuenta), que atraviesa la villa de Peñafiel. Y, después la carretera provincial de Peñafiel a Encinas de Esgueva, por el valle del Cuco (se está trabajando en 1906); ese mismo año, se hace el replanteo previo de la carretera de Fuentecén (Burgos) a Valdearcos de la Vega (Valladolid). Al puente del Duero, como no podía ser de otra manera, le afectan, positivamente, todos estos even-tos viarios. Aunque, padece de un mal intrínseco: se ha quedado anacrónico. Su fábrica se encuentra en un estado deplorable y su estrechez le hace poco menos que inservible. Valgan dos citas para ilustrar esta con-tradicción. La primera data del 11 de abril de 1903. El ella la Jefatura de Obras Públicas de Valladolid comuni-ca a la Dirección General de Obras Públicas de Madrid la situación ruinosa de este puente, hoy tan importan-te 63 . La segunda, de 1906. El ingeniero que proyecta la restauración y ensanche del edificio comenta: La importancia grandísima que el puente de que me estoy ocupando tiene, sobre todo desde la construc-ción de la línea férrea de Valladolid a Ariza, ha sido la causa de que se haya hecho al mismo tiempo que el proyecto de consolidación de esta obra, el del ensan-che de la misma (...) En efecto, la importancia que ha adquirido el mercado de Peñafiel es tan considerable que en los días que este se verifica (una vez por se-mana) la aglomeración de vehículos y ganados en el puente ya ha dado lugar a cuestiones entre los viaje-ros, y espantos en el ganado que han podido producir desgracias 64 . Por las causas aludidas se ve la necesidad de su re-paración y ensanche. Las gestiones comienzan en 1903. En 1905, el ingeniero, don Eduardo Domingo Mambri-lla, se encarga del proyecto. En ese año inspecciona el puente y toma nota de sus desperfectos: se debe reparar el tercer arco, reforzar los pilares, reformar el zampeado, efectuar obras en los tajamares de los pila-res 3º y 4º, construir manguardias nuevas en la ribera izquierd. Por otra parte, ve necesario su ensanche. Se proyecta una calzada de 8 m, con dos andenes de 1 m de ancho para el paso de peatones. Todo ello, reapro-vechando y reparando la obra de fábrica y añadiendo las oportunas estructuras metálicas. El presupuesto as-ciende a 163 795,76 ptas. El 20 de septiembre de 1906, el proyecto es aprobado por la «Superioridad», pero no se llega a ejecutar. Se redactan proyectos parciales en 1913 y 1924, proyectos totales en 1924 y 1927, pero ninguno se lleva a la práctica 65 .El 14 de julio de 1936, cuatro días antes de estallar la guerra civil, se aprueba un primer proyecto, he aquí la novedad, para la construcción de un nuevo puente, que habría de ubicarse junto al viejo edificio de origen a b c Fig. 12. a) Ruina de los arcos 4. o y 5. o , con su pilar, aguas abajo, 2005. b) Proceso de reparación de los arcos 4. o y 5. o , aguas abajo, 2006 (fotografía de Carlos Infante). c) Proceso de reparación de los arcos 4. o y 5. o , aguas abajo, 2006 (fotografía de Carlos Infante).
134 medieval. Pero como resulta comprensible, el plan se hace inviable. Sólo cuando acaba la contienda, las au-toridades del nuevo régimen retoman el proyecto y lo ejecutan. Su recepción definitiva tiene lugar el 10 de marzo de 1945 66 .El viejo puente se abandona «a su suerte». Su fá-brica se deteriora con el paso de los años. Los hielos, las avenidas, la maleza arbórea, la mano del hombre lo afectan negativamente. Hacia la mitad de los se-senta del siglo pasado, incluso la mitad del 4º y 5º arco –aguas abajo– se derrumban, llevándose consigo parte del pilar y el espolón que les servía de soporte. En esta penosa situación se encontraba a comienzos del mes de octubre de 2004. Las obras en la carretera VA 101, entre Peñafiel-Es-guevillas, y en concreto, en el tramo de Peñafiel a Pes-quera de Duero estaban incluidas en el Plan Regional de Carreteras 2002-2007 de la Consejería de Fomento de la Junta de Castilla y León. La sección de proyectos y obras del Servicio Territorial de Fomento (Valladolid) era la que se debía de encargar de su dirección. Estas tuvieron lu-gar en el periodo comprendido entre octubre de 2004 y diciembre de 2006. La empresa adjudicataria fue la Constructora Hispánica, S. A. En dicha actuación se llevó a cabo la rehabilitación de los dos puentes sobre el río Duero. La dirección de la obra estuvo a cargo de D. José Alberto Arroyo Pérez (ingeniero de caminos, canales y puertos) y de D. Carlos Infante Echevarría (ingeniero téc-nico de obras públicas) 67 .La rehabilitación del puente antiguo tenía como fi-nalidad, además de la recuperación de tan emblemá-tico monumento, el tránsito de peatones y bicicletas. Para ello se efectuaron diversas actuaciones: la tala de árboles y malezas que se hallaban en su entorno; la consolidación de las pilas y arcos con hormigón; el cubrimiento de las partes vistas con mampostería de piedra del lugar; el sellado de las juntas; la inyección de morteros fluidos con el fin de darle consistencia; la limpieza con chorro de arena y el reparo de pavi-mentos y desagües. En definitiva, se llevó a cabo la restauración integral que, desde hace tantos años, por no decir siglos, el puente estaba requiriendo. Hoy vuelve a lucir en todo su esplendor. Pero, cuidado, se dice que un edificio no se perpetúa con sólo su res-tauración; la labor más compleja viene después, la de su mantenimiento.Para acabar, únicamente me queda por decir: ¡Mantengamos nuestro puente! ¡Quitémosle las ma-lezas arbóreas que, aunque bellas, de nuevo le vuel-ven a asfixiar! ¡Que ninguna avenida del Duero o del Botijas nos lo arrebate! Notas 1. AGS. RGS, 1650.9.20.2 En cuanto a la nomenclatura de los diversos elementos de un puente remito al lector, para su comprensión, a las aclaraciones que adjunto. Tajamar: cara apuntada de un pilar de puente, aguas arriba, para romper la fuerza de la corriente; suele ser de planta semicircular, angular –aguda, recta, obtusa– y en forma de huso. Espolón: el machón de piedra, para proteger el pilar, en la parte opuesta al tajamar, es decir, aguas abajo del río; puede tener di-versas plantas geométricas. Estribo: construcción destinada a con-trarrestar el excesivo empuje de los pilares y arcos de un puente; se funda en los terreros o lados extremos de la obra. Manguar-dias: cualquiera de las dos paredes o murallones que refuerzan por los lados los estribos de un puente. Ver también, Internet: https:/www.caminoscastillayleon.es. Anejo II. Vocabulario de ingeniería de puentes, 34-54.3 Repiso, 2017: 64. 4 Abajo, 1986: nº 141.5 Aramburu-Zabala, 1992: 107.6 Antón, 1942: Serie 1ª, nº 9 (San Juan de la Puente); Serrano, 1933: 125 (Rubiales); Castro, 2010: n. o 125 (Sentinos); ARCHV, (D) Alonso Rodríguez, c. 355-1 (Peñalba). Agradezco a mi buen amigo Miguel Ángel de Benito su asesoramiento sobre el puente de Pe-ñalba, así como en otros temas.7 Aramburu-Zabala,1992: 13.8 AHN, Clero, c. 3435, nº 1.9 AHN, Cód. y Cart., l. 1264, Becerro de San Juan y San Pablo de Peñafiel, f. 211. 10 AGDV. PV, Cuaderno 1º, f. 6.11 Idem. f. 6.12 Idem, ff. 3, 3 vº, 4, 4 vº, 21, 21 vº, 22, 23, 25, 27, 27vº, 28, 28 vº. 13 Idem, ff. 34, 37, 37 vº.14 AGDV. PV, Cuaderno 2º, f. 11.15 AGDV. PV, Cuaderno 6º, f. 36.16 AHPV, Protocolos, 14 127, ff. 80-112 vº.17 Idem.18 AGS. RGS, 1620.12.10.19 AHPV, Protocolos, 14 128, f. 32.20 Aramburu-Zabala, 1992: 61.21 Idem, 73.22 AGS. RGS, 1650.9.20.23 AHPV, Protocolos, 14 176, f. 59.24 AGS. RGS, 1650.9.20.25 AHPV, Protocolos, 14 172, f. 202.26 Idem, 14 172, f. 174.27 Idem, 14 172, f. 202.28 Idem, 14 172, f. 265.29 Idem, 14 627, f. 63.30 Idem, 14 630, f. 35.31 Idem, 14 261, f. 86 (1676.4.22).32 Idem, 14 226, f. 190.33 Idem, 14 266, f. 28; 14 267, f. 165.34 Idem, 14 268, f. 44; 14269, f. 90; 14 269, f. 31; 14 325 (1726.3.28).35 Idem, 14 325 (1726.3.28).36 Idem, 14 320, f. 56.37 Idem, 14 320, f. 138.38 Idem, 14 344, f. 18 vº.39 Cadiñanos, 2007: 112.40 Idem, p. 112.41 AHPV, Protocolos, 14 269, f. 31; Cadiñanos, 2007: 112.42 AHPV, Protocolos, 14 176, f. 60 vº.
135 El puente antiguo de Peñafiel sobre el río Duero. Estudio histórico y arquitectónico 43 ARCHV, Masas (Olv.), c. 1622-1.44 ARCHV, Masas (Olv.), c. 1619-1; 1.625.45 AHPV, Protocolos, 14 156 (1650.8.24).46 Idem, 14 344, f. 18 vº.47 Idem, 14 403, f. 38 vº.48 Idem, 14 393, f. 95.49 Idem, 14 403, f.72; 14 403, f. 62; 14 403, f. 114.50 Idem, 14 394, f. 79. 51 Idem, 14 428, f. 78.52 Idem, 14 403, f. 82.53 Idem, 14 428, f. 79.54 Idem, 14 403, f. 96.55 Idem, 14 403, f. 21.56 Iglesias, 2015: 271.57 Idem, 272.58 AHPV, Protocolos, 14 403, f. 21.59 Idem, 14 403, f. 39.60 ARCHV, SC, 886,4; ADPV, c. 5580, Exp. 54 159, Libro de actas del 14 y 18 de marzo de 1814.61 AHPV, Protocolos 5747, f. 677; 11 950, f. 70; 14 408, f. 134.62 AHPV, Obras Públicas, 1340-8.63 Idem, 133,2.64 Idem, 133,2.65 Idem, 133,3.66 Idem, 245,1.67 Agradezco a Carlos Infante su generosidad por proporcionar-me copia de su trabajo y todas las fotografías que, sobre los puentes del río Duero de Peñafiel, tenía a su disposición. Igual-mente, recuerdo a Juan José Moral Daza, que ha colaborado en la selección e informatización de las fotografías que aparecen en el trabajo. Bibliografía AHPV: Archivo Histórico Provincial de Valladolid.AGS. RGS: Archivo General de Simancas. Registro General del Sello.AGDV. PV: Archivo General Diocesano de Valladolid. Peña-fiel, Villa.ADPV: Archivo Diputación Provincial de Valladolid. AHN: Archivo Histórico Nacional.ARCHV: Archivo Real Chancillería de Valladolid.Abajo Martín, T. (1986): Documentación de la Catedral de Palencia (1035-1247). Burgos: J. M. Garrido Garrido. Alonso Ruiz, B. (1992): El arte de la cantería. Los maestros trasmeranos de la Junta del Voto. Santander: Editorial Universidad de Cantabria.Alzola y Minondo, P. (1899): Las obras públicas en España. Es-tudio histórico. Bilbao: Imprenta de la Casa de Misericordia.Antón, F. (1942): Monasterios medievales de Valladolid. Va-lladolid: Librería Santarén.Aramburu-Zabala Higuera, M. A. 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