Vaccea Anuario, 15 (2022), pp. 99-118 (ISSN: 2659-7179) Resumen Una parte de los objetos singulares que revisamos ofrecen un importante escollo, la falta de contexto y crono-logía. Su iconografía revela que tras ellos se encuentra una compleja información. Sin tradición oral y sin que los escritores clásicos profundizasen a ese nivel de detalle, aproximar su contenido social o mitológico es casi impo-sible. Sin embargo, es posible avanzar atendiendo a los paralelos de contexto y a los rasgos iconográficos consi-derando el imaginario de la Hispania céltica, los estudios de mitología comparada y la historia de las religiones. Es posible detectar la zona de confluencia en la que se desarrolla una parte importante del día a día. El área donde las esferas de lo material y de lo inmaterial coexisten sin solución de continuidad. Estamos ante objetos que con-tienen datos particulares de la estructura social y de las creencias. Son objetos personales o de reputación o de autoridad que pueden sugerir funciones particulares en una sociedad urbana jerarquizada. Palabras clave: fíbula de caballito, fíbula de jabalí, cabezas humanas, signa equitum, enseña, númenes, avatar, rito, Edad del Hierro. Abstract Some of the singular artefacts we have reviewed present an important obstacle, the lack of context and chronolo-gy. Their iconography reveals that complex information lies behind them. With no oral tradition and without the classical writers going deeply into such detail, it is almost impossible to approximate their social or mythological content. Nonetheless, it is possible to make progress taking account of contextual parallels, iconographic featu-res considering the imaginary of Celtic Hispania, comparative mythology studies and the history of religions. It is possible to detect the confluence in which an important part of everyday life takes place, the area where the spheres of the material and the immaterial coexist without solution of continuity. We are dealing with artifacts that contain particular data on the social structure and beliefs. They are personal objects or objects of reputation or authority that may suggest special functions in a hierarchical urban society. Keywords: Horse fibulae, wild boar fibulae, human heads, signa equitum, ensign, numen, avatar, rite, Iron Age. Luis Valdés* e Isabel Arenal** *Real Academia de la Historia, correspondiente por Bilbao (Vizcaya)**Denboraren Argia
100 Dos representaciones mentales nos fascinan. La pri-mera, deriva de la expresión “la caza de cabezas o las cabezas cortadas” y las historias de los reductores de cabezas difundidas en cómics y películas. La otra es “el gran jabalí”, el animal de monstruosas dimen-siones motivo de uno de los trabajos de Hércules; también, cuando le une al calificativo “blanco” para formar el sobrenombre de los más sabios entre los druidas. Esos druidas que realizaban terribles rituales de sangre en bosques sagrados. Evidente contamina-ción de asuntos realmente trascendentes, históricos y culturales, banalizados y sustraídos a su contexto por la fantasía moderna en beneficio del éxito de la neo-construcción literaria. Ambas representaciones mentales forman parte de la realidad, pertenecen al área de los usos, creencias y costumbres que se alo-jan en el espacio común de las inseparables dos esfe-ras: la realidad o tangible y la intangible. La “caza de cabezas” es una práctica compartida por muchos pueblos, de culturas diferentes, en regio-nes de prácticamente todo el Mundo, de toda época y cultura, practicada (Sterckx, 2005: 53-54) desde el Paleolítico, llegando a estar documentada su práctica puntual en el siglo XX, anormalmente ejecutada por miembros del ejército de sociedades adelantadas; supuestamente. El Gran Jabalí, el terrible asolador de vastas regiones, castigo enviado por los dioses y muerto por el Héroe, es también como se designa al Druida más sabio. Un epíteto que permitía a los es-critores clásicos contar la historia que confronta la imagen del bárbaro a los cultos conquistadores, que lógicamente eran los “nosotros”, que en muchos ca-sos está documentado que eran tan bárbaros o más que los desacreditados por interés.Vamos a dedicar este artículo a estas dos figuras: la cabeza exenta o cortada y al jabalí como posible trofeo, dos potentes figuras que aportan significado a los objetos donde están presentes. Son figuras secun-darias en objetos de reconocida utilidad, las fíbulas, o, la menos concretada, el caso de los signa equitum o cetros o bastones de mando. La complejidad de la aparente sencillez iconográfica y el significado que tuvo en su época está relacionada con la estructura de la sociedad, su ideología, sus creencias y sus mitos. La lectura de la iconografía, considerando el imagina-rio de la Hispania céltica, los estudios de mitología comparada, la historia de las religiones, nos lleva a la zona de confluencia de las dos esferas en las que se encuadra el día a día: la material y la intangible.Lo que percibimos a través de nuestros sentidos es lo que conocemos como “la realidad o el mundo material”. Platón lo establece como “esencias”, que denomina “ideas” y es lo que percibimos como ver-dadero. Para Aristóteles, la realidad reside en la esen-cia misma de “la forma y la materia”. Pero más allá de la realidad, que ambos filósofos definen en para-lelo y sincronía, se encuentra la esfera de lo inmate-rial e intangible: las creencias, los conocimientos, la tradición, los sentimientos, los mitos y los númenes de toda época. La indisoluble relación entre ambos mundos o esferas es la constante en las sociedades humanas pasadas y lo será en las futuras. Ambas son característica esencial del ser humano, que es el crea-dor de objetos e inventor de ritos sociales y sacros, es el diseñador de liturgias y de la conducta orientada. Es el homo ritualis, en la línea de la investigación de Michaels (2015).A falta de textos que describan con largueza los detalles concretos de ambas esferas en la Hispania céltica, evaluamos los conocimientos acumulados y el grado de la relevancia intelectual de la sociedad a tra-vés de como percibimos la estructura de sus hábitats, sus necrópolis y los objetos que recuperamos, sean comunes o singulares. Interpretamos los componen-tes de los utensilios y elementos singulares: forma, materia y tecnología, yendo más allá, para aproximar-nos a la sociedad donde fueron útiles y encontrar el porqué. Este es un proceso no exento del riesgo de caer en anacronismos, al analizar el pasado partiendo de la realidad y mitología de nuestra sociedad, que en definitiva es la consecuencia del sumatorio de mu-chas evoluciones, avances y retrocesos sucesivos.El interés de la investigación por las particularida-des que atañen a lo intangible ha sido permanente, desde el nacimiento de nuestra disciplina. Pero no ha atraído a todos los científicos por igual, al considerar-lo un proceso indirecto y subjetivo. La combinación del esfuerzo hecho por distintas áreas de la Ciencia investigando interdisciplinarmente las sociedades del pasado, ha estimulado el progresivo abandono de viejos prejuicios. Así, se reconoce que los pueblos antiguos no son sociedades bárbaras en sí, sino que responden a otras circunstancias, por tanto, tienen otras habilidades, capacitaciones y credos, que difie-ren de los actuales. La tendencia es comprender su organización básica antes de proceder a estudiarlos comparándolos con otros sincrónicos. Grecia o Roma, como sociedades desarrolladas antecesoras, han sido estimadas y admiradas, en detrimento de las indí-genas peninsulares, conquistadas, aculturadas y te-nidas por más bárbaras. El incremento de datos y la creciente diversidad de los aspectos investigados les proporcionan, hoy, una justa medida llevándolas a ser loadas, a veces en exceso. Es un proceso de identifi-cación cultural idealizada, de enculturación forzosa y normalización de los nacionalismos, aunque tengan que remodelar o reescribir partes de su propia histo-ria (Valdés et al., 2022: 96).Como resultado del desarrollo de la investigación interdisciplinar hay un incremento de noticias sobre las facetas más corrientes del día a día. En conse-cuencia, se ha hecho indiscutible la compleja realidad conceptual, intelectual y/o técnica alcanzada, que va más allá de los aspectos estrictamente formales. Aquellos románticos bárbaros primitivos del siglo XIX han pasado a gozar de una descripción más amable
101 Objetos singulares de la hispánia céltica, de su realidad material al contenido inmaterial por ser más exacta. Es reconocida su realidad, con co-nocimientos, capacitaciones a veces sorprendentes y criterios particulares para la resolución de sus necesi-dades. La información recuperada muestra una reali-dad compleja donde los resultados transitan entre el éxito y el fracaso; tal y como sucede en la imperfecta actualidad que vivimos. 1. Objetos singulares Las sociedades protohistóricas de la Hispania céltica cuentan con la certificación científica de un notable nivel de conocimientos empíricos, que si bien un día fueron producto de la casualidad en algún lugar, se comprendió el resultado obtenido y sus ventajas, convirtiéndolos en una innovación de gran valor. Un hecho patente por la constatación de la calidad téc-nica descubierta y la percepción de la capacidad or-ganizativa necesaria para conseguir tanto los elemen-tos singulares como los más comunes (Valdés et al., 2009: 223 y ss.). En este artículo nos vamos a centrar en objetos singulares en su forma y escasos por su número. El grupo de estudio lo forman las fíbulas zoomorfas del grupo équidos y suidos y los signa equitum. Entre ellos, los más singulares, los que incorporan como fi-guras secundarias la cabeza humana exenta o un sui-do. Está en nuestra reflexión el propósito de descifrar la singularidad de esas manufacturas relevantes, el significado que tuvieron en su tiempo, más allá del proceso y de su función común. A priori sabemos que sirve para sujetar una prenda la fíbula de tipo caballi-to y jinete, tenga o no una figura secundaria, p.ej. un pequeño jabalí o una cabeza exenta en su diseño, más ¿eso es todo? (fig. 1). Directamente intuimos que no, que su iconografía va más allá, por dos motivos. El pri-mero, es el reducido número de las que así se han di-señado en relación con el número total de las fíbulas coetáneas. El segundo, parte de la forma general, la estética, la composición iconográfica y el presumible valor económico, que se desprende de la originalidad del objeto. Tal singularidad nos lleva a otra pregunta: ¿cuál es su significado? Es en las dos esferas donde podemos encontrar respuesta. La primera, la distin-ción al juzgarla como un signo de posición social. La segunda, es considerar que puede haber otro valor difícil de extraer relacionado con la esfera de lo in-material (Almagro-Gorbea y Torres, 1999; Cerdeño y Cabanes, 1994). Cuantas acciones físicas y partes distintas concurren en la voluntad de crear una de-terminada pieza, forman un “patrón mental” con el que se materializa un “ideograma” común o de ma-yor contenido informativo. De los tipos seleccionados no van a ser objeto de atención los que carecen de figura secundaria. Serán utilizados como elemento de contraste. En los singulares su forma, su iconografía y el modo y motivo de exhibición pueden ser la expre-sión-narración sintética de un hecho notable o heroi-co o una fábula mítica. En cualquier caso cumplen con el fundamento de la distinción del portador. Con el examen de estas producciones artesanales aspiramos a comprender el binomio: lo material-lo intangible. Buscamos recuperar el nodo que permita progresar en el imaginario de la sociedad. La dificul-tad del proceso estriba en cómo reconstruir toda o parte de la clave que permite la lectura de la icono-grafía y la forma para acceder a su contenido. Busca-mos una posible evidencia del contenido que el tras-curso del tiempo ha difuminado o ha perdido con la mutación de las culturas, el cambio de creencias y de sus paradigmas. Con los avances en las técnicas de análisis, la ma-teria, en tanto que substancia, es paulatinamente más accesible al conocimiento del arqueólogo. Por el contrario, la representación social o el imaginario mítico contenidos permanecen inasequibles de for-ma directa. El motivo personal de exhibición social que se ha propuesto para los elementos singulares es una hipótesis sostenible, asequible, formulada en base al valor, las características y el conocimiento de la sociedad. Un objeto singular, en forma y belleza, denota que quien lo posee debe tener un estatus que le permite su adquisición. Cuando además confluyen elementos del imaginario y de las creencias, tales que la combinación de signos o figuras animales tenidas por avatares, el interés de la búsqueda se amplía al incorporar parte de la esfera de lo intangible. Un in-cremento del valor que no podemos estimar en la actualidad. a b Fig. 1. a) Fíbula de caballito de Numancia (6191 n.º-cat. 325), web del Museo Numantino. b) Fíbula procedente de la provin-cia de Palencia (MAN 1913/59 n.º-invt. 22925).
102 El procedimiento de encuesta es más complejo y requiere incluir los textos clásicos, interpretar los es-casos restos ancestrales conservados en las tradicio-nes y en el folclore y en los datos de las excavaciones arqueológicas. La deculturación que ha llevado a la total pérdida de la memoria colectiva o muerte cultu-ral en áreas significativas hace irrealizable el proceso, en ocasiones. 2. Forma, materia e iconografia En esta línea, el incremento de los estudios ar-queométricos minuciosos contribuye a visibilizar la actividad artesanal, al artesano y sus técnicas, sus necesidades, conocimientos y las actividades preci-sas que visualizan una mayor complejidad en la so-ciedad de cómo había sido imaginada hace un siglo. Aunque se ha considerado que la existencia de una clase aristocrática naciente consume los elementos más bellos, complejos y de mayor valor, carecemos de pruebas suficientes en los oppida. ¿Cuál es la po-sición de un artesano y cómo desarrolla su actividad en la sociedad? ¿Cómo es un alfar o un taller metalúr-gico? ¿Existe una estratificación del trabajo por com-petencia: maestro, oficial y aprendiz? ¿Cómo se apro-visiona de materias primas, de combustible? Y aún podemos formular más preguntas. Aunque se trabaja en casi todos estos frentes aún estamos alejados de dar respuestas concluyentes a los pasos de la cadena productiva hasta el objeto final, sea singular o no. Se admite, en hipótesis, que habría distintas categorías de artesanos y que los objetos de mayor calidad no serían realizados por manos inexpertas. Es especial-mente evidente al examinar el arte de los abridores de cuños de estampación de moneda. Visto el tama-ño de un denario y los motivos diseñados, el abridor de cuños es un artesano de gran pericia y calidad. Es cierto que la casualidad no es un factor con el que se pueda justificar el proceso productivo ni la calidad de la iconografía. Consideración que estimula a valorar el conocimiento, la evolución de la tecnología y, por supuesto, la evolución estética y su transmisión. La creciente complejidad que se percibe en la so-ciedad de la segunda Edad del Hierro y los avances técnicos que se van conociendo, incrementa el inte-rés por los propietarios de determinados objetos sin-gulares, suntuosos y escasos. Objetos en los que se presume se encuentran los relevantes indicios sobre las creencias, el género, el estatus, la clase, e incluso la procedencia étnica, etc. La iconografía lleva a pre-guntarse por el significado, el motivo y el valor distin-tivo en lo social, área de la esfera de lo inmaterial. Las influencias bidireccionales de media y larga distancia detectadas ratifican el viaje de las ideas y con ellas las nuevas formas y gustos estéticos, la adquisición o re-novación de ritos y liturgias, de nuevas creencias, no-ticias y relatos mítico-heroicos que son descubiertos y apetecidos, ya que sabemos sirven para justificar la genealogía de quien detenta o ansía el poder ante el resto de la comunidad. Datos que se conservan en los cuentos y fantasías mitológicas del norte de Europa.La investigación arqueológica admite en una parte de los objetos singulares la existencia de un vínculo entre la forma y la materia con la esfera de lo inmaterial, ya que así cobran mayor sentido que el de ser solo un simple útil, aunque resulte complicado entender esa utilidad. Esta hipótesis considera que se establece una relación de distinción/beneficio en el orden de lo inmaterial, ya sean objetos de uso colectivo o individual. La prueba la encontramos en casos bien documentados entre los ve-cinos galos. Las enseñas y estandartes de la comunidad se guardan en los santuarios saliendo para procesiones o para ir a la guerra, como dice Polibio (Hist., 2.32.5). De la Galia citaremos las enseñas y carnyx de Neuvy-en-Su-llias o Tintignac, representados en monedas junto con el portador a caballo o a pie. La iconografía de la Hispania céltica comparte imaginario y repite combinación de motivos naturales y geométricos con el resto de la Keltiké. Aunque en la elección de las figuras principales se detectan algunas diferencias en los estilos regionales y en la cronología, son compartidos: el caballo, el jabalí, el toro, el lobo, las aves, peces y vegetales, las figuras fantásticas mix-tas, los símbolos geométricos y las astrales. Admitido el valor básico funcional del objeto, ¿qué valor aporta y cuál es el significado de los motivos: las figuras ani-males, humanas o los signos esquemáticos? ¿Es solo una cuestión de estética de la búsqueda de la belleza por ella misma? Hemos de contar que haya existido la voluntad de enriquecer/embellecer una producción, bien por encargo, bien por voluntad del artesano. De la variada lista de motivos de la Hispania céltica centramos el interés en dos: la cabeza humana exenta o cabeza cortada y el jabalí, cuando estas aparecen como figuras secundarias en objetos metálicos. Esta elección nos lleva a los tipos funcionales ya citados. Estas figuras tienen una gran relevancia iconográfica y social en las culturas de sustrato indoeuropeo. La re-presentación humana es tardía entre los celtas, con-siderándose su arte anicónico hasta La Tène, cuando recibe la influencia de las culturas mediterráneas, en torno al siglo I a. C. La representación naturalista al estilo de los escitas no desaparece con la aparición de las figuras antropomorfas. En los objetos que estu-diamos la abstracción, el esquematismo o reducción a volúmenes geométricos convive con el naturalismo. Blanco (2003: 93), al analizar la iconografía del caballo basándose en la pintura sobre cerámica propone esa convivencia, lo que le lleva a concluir que el estilo no es baremo adecuado con el que establecer cronolo-gía. Es un recurso a tomar con precaución sin un pre-ciso contexto arqueológico. Podemos preguntarnos por el sentido y la función que cumplen los motivos compositivos propuestos. Entendemos que la preferencia en la elección de los
103 Objetos singulares de la hispánia céltica, de su realidad material al contenido inmaterial motivos principales en estos objetos es un tema rele-vante. Está vinculada en primer lugar, con el territorio y el medio natural en el que se ubica (fig. 2). En segun-do lugar, con el imaginario de la etnia, sus númenes y la importancia que se confiere a determinada figura como símbolo de una función. Pero, ¿qué puede apor-tar una determinada composición o una forma poco habitual para atraer el interés de la investigación más allá de la realidad tangible y funcional? Los conjuntos cerrados de las tumbas ofrecen, por los objetos que acompañan al muerto, la visualización de un periodo. La ordenación del mundo de los vivos en estratos por medio de la población recuperada de un cementerio, siendo interesante y oportuno, presenta bastantes complicaciones y restricciones. Por lo que nuestra cer-teza no puede ir más allá de poder considerar grupos de poseedores de objetos por: el valor / la originalidad /la utilidad. No se puede valorar la voluntad y criterio de los allegados en cuanto a lo que se deposita den-tro de la tradición de cada periodo y/o creencia. No se espera encontrar los objetos más destacados en los ajuares de los aparentemente menos afortunados de un cementerio. Es esperable encontrar en las tumbas más ricas o más surtidas los objetos más distinguidos. A idéntico tipo la diferencia estará en la estética, la ico-nografía y la destreza del artesano ejecutor. Fig. 2. Área de distribución de las fíbulas y signa considerados en este artículo. Procedencia LV (más identificación de los sitios). Sin proceden-cia (s.p.): 3, 5, 10 y 15; Álava: La Hoya 38, 43 y 44; Ávila: Las Cogotas 24 y La Osera 26; Burgos: Roa de Duero 7, Clunia 25 y 28, Lara 27 y 46, Silos 29, Villanueva de Teba 34, Miraveche 35, 59 y 60, Miranda de Ebro 36, y Quintanaélez 37; Castilla y León (s.p.): 11; Navarra: La Custodia 12 y 42; Soria: Numancia 4, 19, 22, 61, 62 y 63, Monteagudo de las Vicarias 13, Requijada de Gormaz 18, Almaluez 23 y Ucero 64; Guadalajara: Luzaga 17; León: provincia (s.p.) 14 y Tierras de León 20; Palencia: provincia (s.p.) 1, 2, 9, 31, 32, 33 y 45, Paredes de Nava 40 y Palenzuela 47; Salamanca: El Berrueco 39; Teruel: Griegos 6; Zaragoza: Herrera de los Navarros 21 y Arcóbriga 41; Valladolid: Padilla de Duero 16 y 30.
104 3. Los mitos universales: avatares y númenes En el ancestral sustrato animista, los fenómenos na-turales, determinados animales o vegetales están dotados de vida, son “seres sobrenaturales” y com-parten características del ser humano, pero propias de un “plano inalcanzable y poderoso”. En los rela-tos adquieren semejanza con los mortales y poseen poderes mágicos, como nos han legado los textos gaélicos y bretones. La arquitectura que crean de su Mundo resulta magnificada pero coherente con la suya, adaptada a los actores divinos que la habitan, establecida por sus comportamientos y por la socie-dad que se cree que tienen, ya que los narradores carecen de referencias directas con las que imagi-nar un escenario distinto. Solo debemos recordar la descripción del lugar y la actividad que se desarrolla en el Monte Olimpo. Idea que ha sido expresada con el mismo convencimiento por Ovidio (Ars Amandi I, 637), Petronio (Fragmentos n. o 76) o Voltaire «Si dieux n’existait pas, il faudrait l’inventer» (Èpitre à l’auteur de trois imposteurs, 1771, v. 22). Más próximo a nues-tra idea y tiempo escribió Aldous Huxley «men make Gods at their own likeness» (Ensayos, 1929: 47), nota de opinión que establece que no es posible imaginar el mundo de los dioses si no es similar al de los hom-bres, ¿o acaso en el Olimpo soñaron con robots? Des-de la Antigüedad los humanos inventaron los dioses y les dejaron guiar sus vidas. Con los dioses aparecen soluciones para las que se usaron fantasías mitológi-cas asociadas al paisaje local, para crear los lugares sacros de comunicación con el más allá y explicación a cuanto les atemoriza. Pero también aporta benefi-cios: la esperanza de protección efectiva, la tutela es-pecífica a los humanos, a sus bienes y a sus dominios; y dones, mientras todo vaya bien.Por tanto, no es inconcebible que en las figuras animales se encuentren reflejados los atributos dis-tintivos de los númenes locales, tanto por su esencia como por sus acciones y actitudes. Son las cualida-des y rasgos que le sirven al humano para entender y/o explicar incomprensibles estados de la natura-leza: el trueno, el rayo, el sol y su ciclo, la luna y su ciclo, la lluvia, la sequía, etc. y que se imputan a la idiosincrasia y voluntad de las divinidades. Resultan adecuados para la expresión de conceptos abstrac-tos tales como: Vida o Regeneración por la Muerte. Pueden dar explicación al favor y al castigo hacia el humano y sus bienes. De la naturaleza, determina-dos animales son tenidos como los que interactúan con los seres superiores. Están dotados de poderes mágicos entre los que cuentan: la transformación en humano o que es la divinidad misma. En ese esta-do es el avatar que no es inmortal, en las Islas del Norte pueden ser muertos en una persecución o ser sacrificados para un festín para volver la vida y ser muertos al día siguiente, y nuevamente servidos, en un proceso sin fin. La muerte de los dioses está también contemplada, como sucede con la séptima muerte de Cián, el padre de Lug cuando se encuen-tra trasmutado voluntariamente en jabalí (Valdés et al., 2022: 222)Las transformaciones son una capacidad tratada por los mitos universales, tanto para los propios fi-nes de la divinidad, como para sus devaneos: Zeus se transforma en toro para raptar a Europa, Loki se tras-muta en foca y otros animales con el fin de sembrar el caos entre los dioses, Varaja es la transformación en jabalí de Visnú. Algunos de estos animales aparecen en la mitología como los enviados de una divinidad para cobrar venganza. De Grecia y del arte decorativo de Roma tenemos los casos de los jabalís de Eriman-to, Calidón y Clazomene. El aspecto y comportamiento de determinadas bestias feroces, impresionantes, raras y esquivas se toman para representar los atributos de los númenes: agresividad, bondad, ira, fecundidad, creatividad, etc. Mas los humanos, por otra parte, ven en algunas de esas características la descripción de actitudes, de modelos a seguir. Es el caso de la actitud de bravu-ra ciega y persistente que ofrece el jabalí cuando se le acosa, decayendo solo con la muerte; del oso y su fortaleza, al que se considera en el mundo nórdico próximo al Ser humano (Pastoureau, 2007: 110) o del caballo y su nobleza. Este espacio mitológico con tin-tes sacros debe ser considerado propio del imaginario colectivo de las creencias en la Edad del Hierro de la Hispania céltica. Perpetúa ancestrales tradiciones in-doeuropeas, posiblemente llegadas a la península al inicio del II milenio a. C.El panteón celta es complejo. De los ritos y litur-gias se conservan débiles rastros sobre la esperanza de contactar con las divinidades, con lo sobrenatural, con la esfera de lo intangible, de disfrutar de su poder, de su protección y recibir los posibles dones a través de sacrificios y ofrendas. Aún pervive en la península la memoria de algunos ritos asociados a lugares natu-rales: peñas, cuevas, fuentes y árboles, también en lu-gares precisos tales como saunas y santuarios (Alma-gro-Gorbea y Valdés, 2017; Almagro-Gorbea y Alonso, 2022). Lugares en los que una tradición establece que en determinadas fechas y con ofrendas, serás oído, tu ofrenda valorada y tus deseos, como siempre ha sucedido: ¡ya se verá! A lo largo del tiempo, de alguna manera, en ciclos difíciles de comprender y explicar, perduran, desaparecen y retornan creencias trans-formándose en el proceso, al igual que sucede con la iconografía con la que se mantiene la esencia de creencias dichas paganas en tiempos cristianos. 4. Las esferas del imaginario Para comprobar la certeza de la expresión del binomio esfera material - esfera inmaterial, sugerida por algunos objetos, hemos utilizado vectores de gran significado:
105 Objetos singulares de la hispánia céltica, de su realidad material al contenido inmaterial el jabalí y el caballo. Son dos motivos animales presen-tes como figuras principales junto a la cabeza humana exenta y el jabalí como figura secundaria. Salvo el jabalí ausente de la cerámica, los otros motivos se encuentran sobre objetos comunes y en la pequeña escultura. Sin embargo, en el estado actual de la investigación, sería muy poco realista esperar que cada uno de los objetos tipo que portan uno o varios de estos motivos contenga un nexo con la esfera de lo intangible. Quizá los objetos que expresan, a través de la ico-nografía, narraciones míticas o escenas distintivas es-tén socialmente limitados a un determinado estatus jerárquico, a una recompensa, a una dignidad y/o a una función, tanto si se trata de un individuo, como de un colectivo. El poder exhibir un determinado ob-jeto singular de especial composición y significado puede responder a: pasos de pubertad, combates singulares, jefaturas o dignidad sacra, etc. Es difícil establecer el porqué. Es posible que esta sea una hipótesis arriesgada, ya que faltan muchos datos ar-queológicos objetivos con los que sostener su enun-ciado, pero pudiera ser. La hipótesis de una divisa de pertenencia a un grupo o dignidad se ha desarrollado como una posible explicación de las fíbulas de caba-llito, con o sin jinete. El caballo, olvidando su valor de trabajo, se considera propio de un guerrero ecuestre o del estamento ecuestre aristocrático, la fíbula en consecuencia es una forma de identificación de esa clase. En cuyo caso es lícito preguntarse ¿debería ser más habitual en las necrópolis? Por el momento, la relación entre el número de tumbas de guerrero con ajuar de caballo y fíbulas de caballito es desfavorable, aunque hay una evolución de los objetos que se de-positan en el enterramiento.¿Qué buscamos en objetos de los que ya se ha es-tudiado su iconografía con continuidad y solvencia? Partimos de la premisa de que son objetos a cuya fi-gura principal se la reconoce un valor en el imaginario y que tiene atestada presencia en los textos clásicos y en los relatos míticos, por lo que la posibilidad de que represente más que lo que su forma evidencia, es posible. Esperamos hallar indicios de un mayor signi-ficado al leer la estructura y los elementos de la com-posición. Encontramos argumentos favorables a este planteamiento en el hecho de una descripción orde-nada y objetiva de la composición y, son más subjeti-vos, al tratar de establecer si existe o no una escena o relato mítico. Por el contrario, es desfavorable al ob-jetivo que nos proponemos, la gran cantidad de estos objetos que carecen de una exacta procedencia geo-gráfica y de un contexto arqueológico, en consecuen-cia, también de una cronología absoluta. Pero aún es más grave la situación al determinar su autenticidad indudable. Por desgracia, la procedencia de algunos objetos singulares del mercadillo de la falsificación es real, como se ha determinado con el estudio metalúr-gico de la colección de téseras del Marqués de Cerral-bo (Torija y Baquedano, 2007: 304). 5. Iconografía para las élites De los textos clásicos y distintas composiciones icono-gráficas obtenemos fragmentos de la imaginada rela-ción de esa fauna con las divinidades. Las élites ecues-tres prestarán interés a los animales cuya mitología y valor real sirva para dar forma y respaldar su imagina-rio fantástico. El auge que la imagen del caballo va a tener durante la segunda Edad del Hierro supera en protagonismo a las representaciones antropomorfas, incluyendo las cabezas exentas de los vasos cerámi-cos. Vamos a concentrar el interés en las dos figuras principales: caballo y jabalí y en las secundarias: la ca-beza humana y el jabalí cazado, inerte.No está en el interés de este texto establecer los porcentajes de unas figuras frente a otras, por varios motivos: la seguridad de que no todo lo que se en-cuentra en los fondos de los museos está catalogado, que parte de lo clasificado no atiende correctamente a la especie y porque, con estas reflexiones, enten-demos que los conteos son provisionales en el ya de por sí inseguro compendio del total de lo recuperado. De hacerlo, el resultado poco puede aportar, dado lo inseguro del conteo.5.1. El caballoLa autoconstrucción de su imagen por las éli-tes, los guerreros aristócratas ecuestres, no plantea duda. El caballo está profusamente representado en los complementos personales y en lo doméstico en las cerámicas de lujo (fig. 3). Si queremos extender la encuesta a si este animal representa al total de la sociedad, si es su emblema, la respuesta entraña gran dificultad ya que no podemos estimar la realidad sobre su representación en materiales perecederos: tejido, cestería, madera, etc. Por los escritos conser- Fig. 3. Cerámica de almacenamiento decorada con motivos pinta-dos de escenas con caballo, Ciadueña, Soria (web del Museo Nu-mantino).
106 vados, podemos estimar que el número de cabezas es importante, que es una estampa social y personal inequívocamente ligada como compañero en la gue-rra y en el trabajo, en la vida y en la muerte. Que es moneda para el pago de impuestos. En la iconografía es la figura más representada, aun sin contar cada de-nario acuñado con un jinete.El caballo posee un halo mítico y sobrenatural, siendo tenido por psicopompo tanto en el mundo celta como en el ibérico y mediterráneo. En la mitolo-gía, aun siendo de nacimiento divino ocupa un papel secundario de servicio como montura de los dioses. Pegaso nace de la sangre de Medusa decapitada, es la montura de Zeus, o Arión, nacido de Deméter tras ser violentada por su hermano Poseidón. En la mito-logía nórdica tenemos a Sleipnir, el veloz caballo de ocho patas de Odín. No hay un culto a ninguno de ellos, ni encontramos posible referencia a pesar de las numerosas representaciones que hay en santua-rios como Roquepertuse, en Villalba de Villastar, en Gastiburu, o con sacrificios en el s. V a. C., la singu-lar hecatombe de Casas del Turuñuelo o en Cancho Roano, ambos tartésicos (Celestino, 2002: 24-26 y 32; Celestino y Rodríguez, 2019: 357 y ss.). Se considera asociado y protegido por divinidades como Poseidón que dio el primer ejemplar a los humanos o la arcaica Epona. Como mensajero es sacrificado en ritos muy precisos y de muy alto valor sin recurrir al sacrificio humano. Son relatos de ciertos pueblos indoeuro-peos, por ejemplo, en referencia a la instauración de un rey, tras una relación sexual real o ficticia con una yegua que será después sacrificada (Dowden, 2002: 172) o en Roma con el sacrifico del caballo de octubre a Marte, con el que se purifican las armas y se cierra la campaña de guerra.En Hispania céltica es una de las fíbulas más in-teresantes, con o sin jinete. Es la figura del cuño del reverso en la estampación de miles de monedas, apa-rece en anillos sello de chatón en actitud que se verá en la heráldica, en la decoración del mango de sítulas, en empuñaduras de puñales y adornos personales, entre otros objetos. Los grabados de caballos son re-veladores de la heroización de los jinetes, de su alto valor simbólico y de información en su uso en tácticas militares (Royo, 2005: 190).5.2. El jabalíEs una de las figuras más representadas. Para interpretar su trascendencia en el imaginario de la Hispania céltica, no podemos dejar de referirnos brevemente a la atención que se le dispensa con la escultura de tamaño natural de la que está ausente el caballo. En total se han catalogado 200 ejemplares de suido, que por diferentes circunstancias hay que reducir a 146 conservados. La expresión corporal de la mayoría es la actitud agresiva/defensiva (fig. 4). De los que conservan la cabeza completa, el detalle de sus defensas ha sido tallado en el 36 % . En los pueblos de sustrato indoeuropeo el jabalí ocupa una posición substancial como mensajero de los humanos hacia las divinidades, por detrás del ca-ballo y el toro. En estas esculturas es posible que se represente al jabalí del sacrificio, como proponen Lo-rrio y Olivares (2004: 80 y ss.). Por las investigaciones de Lissner (1961: 223) podemos avanzar aún más en esa hipótesis. En esas esculturas se puede haber ma-terializado el espíritu del animal sacrificado, cuando abandona el mundo real y transita al mundo inmate-rial llevando la petición de los humanos a la divinidad expresada con el sacrificio. Los Gilyaks, de la isla de Sajalín, Rusia, tienden un puente entre el mundo real y el de la divinidad, creen: «The bear is not, therefore, sacrificed, as he was in the days of Neanderthal man, but dispatched on a mission. He is only the conveyor of sacrifice, not its victim». En esa función apreciamos dos sentidos de dirección contrapuestos. El primero va del humano hacia las divinidades, iniciado con la liturgia que envuelve al sacrificio ritual. El segundo, como emisario de los dioses para aportar beneficios o castigos. Parece posible considerar un pensamiento similar en las tribus célticas de Hispania, dada la base animista que subyace en sus creencias. Los animales sacrificados serían poseedores de un espíritu y este sería el mensajero. Esta consideración de difícil prue-ba arqueológica, confiere una mayor sentido al acto del sacrificio, por establecer una conexión entre am-bos mundos y no limitarla al acto de sangre. Dando por hecho que el sacrificio es recibido, está estableci-do el límite de los estudios de los rituales de sacrificio, no se traspasa la puerta de comunicación con la esfe-ra en la que se encuentra el espacio de las divinida-des. Pero en la forma de pensar del que afronta el he-cho, considerar el final en el mismo acto de la muerte es dejar en un punto de ambigüedad el acto ritual del sacrificio, cuando hay referencias en textos que posi-bilitan plantear que creen en la comunicación directa Fig. 4. Suido de Yecla de Yeltes (Salamanca); fotografía cedida por Dña. Lara Fraile Agudo, alcaldesa de la localidad.
107 Objetos singulares de la hispánia céltica, de su realidad material al contenido inmaterial con la divinidad mediante el viaje del espíritu del sa-crificado como portador de las peticiones.En la Hispania céltica el interés por su figura e idio-sincrasia es más evidente que en el área ibérica, don-de forma parte de escenas cinegéticas dobles, que in-cluyen otros temas formando una narración, como en el kalathos de Cabezo de la Guardia, Alcorisa, Teruel (fig. 5).Se ha supuesto que su captura está reservada a ritos de iniciación, de pubertad, a caza ritual o heroi-ca, al menos los grandes ejemplares de Sus scrofa Lin-naeus y del castillanus. Es un animal de sacrificio de sangre, ofrecido en pactos y consumido en banquetes tras los rituales. Su carácter esquivo, fuerte, feroz e indómito que iniciada la lucha no abandona hasta la muerte, veloz y peligroso en ataque, armado de col-millos afilados que pueden causar heridas mortales ha servido a Homero para describir en la Ilíada a los héroes, a Odiseo (IX, 414-419), a Héctor (XII, 41-49) o a Idomeneo (XIII, 471-477). En el acoso y el ataque, eriza las cerdas de su dorso, detalle que es motivo destacado en las monedas y figuras de bronce celtas (fig. 6). El jabalí solía ser el animal sacrificado según ritos ancestrales para sellar un pacto, como describe Homero (Il. IX, 205) cuando Áyax y Odiseo van a llevar a Aquiles el ofrecimiento de paz de Agamenón. La es-cultura de los suidos está tallada en granito, material que no reúne las condiciones para esculpir la crinera, de ahí que se destaque la línea dorsal. La tensión pre-via a la acometida furibunda la consiguen mediante la posición de las patas. Ya hemos citado a los jabalís enviados por los dioses, el destructor y maligno. La tardía y peculiar cristianización del norte de Europa, de las islas, per-mitió que muchos mitos y leyendas gaélicas y ger-manas pasasen en los scriptoria de los monasterios a b c d a b Fig. 5. a) Friso del kalathos de Alcorisa, Teruel. Origen: J. Cabré. b) Friso con tres escenas, la central es la caza del jabalí. Kalathos procedente de Archena, Murcia. Origen: J. Cabré.Fig. 6. a) Figurita de jabalí macho. Museo de Valencia de Don Juan (León). b) Figura de un jabalí procedente del área del Duero, de la colec-ción Salamanca MAN 3082; fotografía de Arantxa Boyero Lirón. c) Figura de un jabalí procedente de la colección G. Ligabue. d) Moneda de bronce gala de los aulerques eburovices con enseña de jabalí (50-40 a. C.; en Wikimedia. Licencia CC).
108 a narraciones que fosilizaron interesantes vestigios precristianos. Un importante testimonio que refuerza el reconocimiento de la figura mítica del jabalí, como avatar o representación de la divinidad. Es el animal asociado a Endovélico, divinidad ctónica en Lusitania, a la divinidad solar Teutates, o a la arcaica Lug entre los celtas (Hatt, 1989: 124). En el territorio de los ca-rietes de la costa cantábrica, un disco que representa el binomio Sol-Luna está bajo el vientre de un jabalí que lo protege (fig. 7) (Valdés et al., 2022: 247), es una compleja alegoría que expone el ideario mítico de quienes lo crean. Entre los germanos el dios Freyr cabalga a Gullinbursti, el jabalí rojo de cerdas de oro, como dios del sol, de la lluvia y de la fertilidad. Su hermana Freyja, lo hace sobre Hildsvin, bestia de oro macizo. En la literatura hispana hallamos la leyenda sobre la fundación del monasterio de Aguilar de Cam-poo, Palencia, en la que intervienen dos jabalís que llevan a los cazadores hasta una iglesia consagrada abandonada junto a una gran piedra y un sauco, árbol sagrado en la tradición céltica. Es en ese lugar desco-nocido donde será construido el monasterio.La atención y culto se irá perdiendo bajo el eve-merismo de la Iglesia. El mensajero ha mutado en la fórmula cristiana entre un ser infernal y un benefi-cioso guía, este es el que puede ser habitado por el Cristo Jesús, según San Paulino de Nola (Charbon-neau-Lassay, 1996: 174). En Hispania el sacrificio de sangre ha sido borrado ya que choca con los princi-pios de la religión. Los jabalís de nuestras leyendas abandonan la escena quedando en una anécdota su papel de emisario de la divinidad, que un día fue pa-gana. Aunque mutado en cerdito rosa hace cuatro siglos, se le ha convertido en el acompañante de San Antonio o San Vicente Mártir, a los que también se asocia el cuervo, figura protectora en el relato de la vida de ambos santos. A pesar del menoscabo de su mito y función, la tradición popular no olvida su pa-sado ni las acciones favorables que emprende, como la de guiar los espíritus al más allá, llevarles hacia beneficios materiales o conducir al humano elegido por la divinidad, evidentemente pagana, hacia ella y sus designios. En la literatura céltica gaélica e irlan-desa el jabalí es cazado, muere, renace, es el mismo dios, es un ser infernal o es el conductor de los espí-ritus hacia el más allá.Con todo conservará su simbólica figura, aunque desterrado a un papel secundario, casi irrelevante, pero no se prescinde de él. En cualquiera de las oca-siones que está presente su caza cobra tintes heroi-cos y es presentado como una gran pieza, propia de un gran personaje. Varios poemas épicos le incluyen como necesario. En el de Fernán González, el gran jabalí le conduce a un encuentro con el monje Pe-layo del que recibe un augurio de victoria frente a Almanzor. El maléfico, pero de dudosa maldad, salvo para los censores integristas, en la leyenda del barón de Artal de Mur y la misa por la conversión del dia-blo, es el genio que le trae beneficio a él y a su hijo. También lo usa para un encuentro decisivo en la ge-nealogía de Lope de Haro con la Dama de Amboto, divinidad ctónica vasca con un pie de cabra. El conde de Barcelos, en su obra Livro dos linhagens, de 1340, narra este episodio. En el relato se deja a la com-prensión del lector el origen semidivino de los des-cendientes de Lope de Haro, por la hierogamia con la divinidad Mari o Dama de Amboto. Podemos citar la excepción del gran jabalí muerto por ese Lope de Haro, sin cometido salvo el de ser muerto y comido. Sin embargo, su función simbólica es benéfica en el marco del cristianismo, ya que sirve para reconducir a Lope y a su hijo a la senda de la cristiandad, rom-piendo la relación marital y filial que tienen con la divinidad ctónica Mari. Fig. 7. Comparativa de dos esculturas de suido, de Durango (Vizcaya) y de Yecla de Yeltes (Salamanca) (Valdés et al. 2022: 120, fig.52).
109 Objetos singulares de la hispánia céltica, de su realidad material al contenido inmaterial El ara dedicada a Herauscorritse, el jabalí rojo (fig. 8) teónimo indígena encontrado en Tardets, Pi-rineos-Atlánticos, Francia, faculta a señalar que la imagen del jabalí fue venerada y usada para visibilizar la protección que como patrono confiere a la tribu. Como avatar de una divinidad se le considera próximo a Marte (Gorrochategui, 2020: 273 y ss.). En las fíbu-las encontramos posibles muestras que insinúan la vinculación con las divinidades. El jabalí como figura secundaria comparte espacio en las fíbulas de caballi-to. Está representado inerte, es un cadáver expuesto que cuelga de la quijada hasta el pie de la fíbula, ofre-ciendo el dorso a la línea de avance. Es un componen-te en una historia que no aparenta dificultad en ser interpretada, es la presa de una partida de caza. 5.3. La cabeza humana exenta o cabeza cortadaLas cabezas son figuras secundarias cuyo signifi-cado en asociación al caballo y al jabalí es impulsora de nuestras reflexiones. Entre los pueblos indoeu-ropeos, la cabeza es la parte del cuerpo donde con-sideran que reside la esencia propia del ser huma-no, sus cualidades y capacidades. Por ese motivo, la existencia de cráneos separados de sus cuerpos documentados arqueológicamente en posiciones diversas y los relatos de Diodoro (V, 29, 4); Polibio (II, 28) o Estrabón (IV, 4, 5); y Livio (XXIII 24, 11) han cristalizado en tesis que defienden un culto celta al cráneo. Como se constató en el santuario de Ribe-mont-sur-Ancre, Francia, hubo una exposición de ca-dáveres decapitados tras la muerte, respetando sus armas y joyas, sin que fuesen despojados o saquea-dos durante dos siglos (Brunaux, 2006: 248-249), sin que se hallasen los cráneos en el lugar. No es la intención aportar la larga serie de yacimientos euro-peos ni las evidencias de la Península que sostienen la práctica de la decapitación de enemigos y de sa-crificados. Están presentes desde la estatuaria a las monedas, por ejemplo la emitida por el jefe eduo Dummorix, mediados del siglo I a. C. (fig. 9a, b, c).El siglo XX ha mantenido esta tradicional interpre-tación: la captura de las cualidades del decapitado, el impedimento a pasar al más allá, y la deshonra, aun pudiendo encontrar otras explicaciones, sin que por ello sea necesario abandonar esta (Aguilera, 2014: 295-296). La cabeza cortada es un epíteto poderoso, un tópico de larga tradición que puede estar encubriendo otras funciones distintas al “ritual de decapitar y exhi-bir un cráneo”. Es evidentemente un trofeo valioso y un acto mágico. Los testimonios indican que la creen-cia de la decapitación de los enemigos unida a ciertos ritos específicos infringe una muerte superlativa que excluye represalias y por otra parte permite transferir el poderío vital del decapitado, bien al que le mata o al que para enriquecer a su comunidad. Cada comunidad es un microcosmo y la vida depende del rito: la cabeza es tenida por el receptáculo del potencial vital del in-dividuo, como esa cantidad es limitada deben cortarse cabezas para asegurar la renovación y la perpetuación de la cadena vital (Sterckx, 2005: 106). c b a Fig. 8. Ara del fanum de Tardets (Francia), dedicada por Valerius Valerianus a Herauscorritse o el Jabalí Rojo (CIL, XIII 395; J. Gorro-txategui, 2020: 21, fig. 14).Fig. 9. a) Moneda del jefe eduo Dumnorix (www.alchetron. c om). b) Denario de Sergi (MAN 54083). c) Monedas con cabeza humana cortada. Emisiones de Cunobelinus, jefe de los Catuvellauni (Allen, 1980: pl.22, 317, citado en: Heron, 2020) y web del British Museum.
110 La costumbre de cortar la cabeza del enemi-go muerto es más que un complejo ritual, conlleva creencias sobre cómo se trasmite el principio vital que da origen a un hijo, da base al culto al ancestro y permite comprender la proximidad de los celtas a la filosofía de los pitagóricos (Brunaux, 2006: 172 y ss.), compartiendo la teoría de la metempsicosis (Sterckx, 2005: 107). César recoge lo que considera más esen-cial de la enseñanza druídica: las almas no mueren nunca, después de la muerte pasan de un cuerpo a otro (Bell. Gall. VI, 4, 4). Pero aún hay mucho camino hasta poder sostener que el concepto principio vital y esperma existía entre los celtas (Sterckx, 2005: 109). De las prácticas de conservación del cráneo, sobre su exhibición y su uso como copa se ha escrito mucho, Reinach, Lambrechts, Bosch-Gimpera o más recientes Medrano (2017), Aguilera (2014), Gurruchaga (2019). Pero es un asunto que siendo muy interesante solo es una parte del objeto de este texto. Sea cual sea el so-porte, sea bulto redondo, alto o bajo relieve, grabado o pintado una cabeza humana exenta se ha converti-do en un filtro que asocia celta a la decapitación en cuantos pueblos muestren algún rastro que induzca a pensar en esa práctica. La cabeza humana exenta o cortada está presente solo en parte de los objetos de los tipos escogidos, un elemento de valor clasificatorio. Se trata de una figura secundaria, de reducido tamaño frente a la principal. En todos los casos ocupa la misma posición, llegando a estar estilizada hasta alcanzar formas geométricas, que no recuerdan al original. Esta abstracción es una particularidad achacada a la evolución estilística. Esos ejemplares hacen dudar sobre si la clasificación es la correcta. Sea cual sea la variante tipológica del tipo funcional, la repetida presencia en el diseño de una cabeza humana exenta, los distingue entre los ya ob-jetos singulares de su clasificación tipológica, fíbulas de caballito, de jabalí y signa equitum. Favorece la discriminación el corto número de ejemplares cono-cidos.Esta figura secundaria genera tres preguntas: la primera es ¿qué representa?, la segunda ¿cuál es su significado?, la tercera ¿qué valor social o “gremial” aporta su incorporación al objeto funcional? 6. Los objetos con carga de distinción En los objetos que centramos nuestra atención, las fíbulas zoomorfas, no conocemos ninguno que incor-pore juntas las dos figuras secundarias. A todos ellos la interpretación los vincula con un significado social de representación que parece estar destinado a la distinción de quienes ocupan la primera y segunda función de la sociedad indoeuropea propuesta por Dumézil, donde la singularidad, la procedencia y el reducido número de ejemplares conocidos cobra su máximo sentido. Trascendiendo a la imagen las carac-terísticas sugie,ren un significado más amplio. Parti-mos del convencimiento de que, en la época que se manufacturaron, la composición iconográfica de los objetos singulares es parte del imaginario colectivo, por lo que era comprendida. Podemos considerar que contengan un relato aún sin descifrar con un nexo en-tre el mundo real y la esfera de lo inmaterial, de los mitos; más allá de la estética y de la calidad de las figuras y símbolos.En la actualidad, ya no se puede leer en esos sím-bolos y figuraciones, porque, sencillamente, se han perdido las claves con las que interpretar el orden en que están dispuestos y lo que representan. La esfera de lo inmaterial se encuentra en desventaja frente a la formal-material. Sin embargo, la investigación asume que los objetos expresan trascendencia: social, jerár-quica y/o discriminadora. Sobre los que investigamos coexiste una doble finalidad: la evidente, su utilidad y la supuesta, que distingue y singulariza al propietario en su entorno, bien por su coste, bien por su signifi-cado. Con este escenario es difícil llegar a una explica-ción que resulte ajustada y a la vez satisfactoria. Los objetos, sean grandes o pequeños, pueden atesorar una narración ajena a la evidencia funcio-nal; pero no siempre. Al repasar los objetos de per-files zoomorfos y los signa equitum estimamos que algunos pueden contener un mitema. Ciertas imá-genes animales están reconocidas como el avatar de un numen. Una parte a partir de los textos o al par-ticipar en la narración contenida en algunos objetos de prestigio y sacros. Es el caso de la representación de Teutates en el vaso de plata de Lyon junto a los cuervos de Lug (fig. 10) o en el monumento de la Tour (fig. 11), donde Taranis en forma de águila sostiene un medallón con la representación de Esus, junto a ellos el jabalí y el carnero de Teutates-Mercurio (Hatt, Fig. 10. Detalle del vaso de plata de Lyon, escena que representa a Teutates y al cuervo de Lug (Hatt, 1989: 124, fig. 97).
111 Objetos singulares de la hispánia céltica, de su realidad material al contenido inmaterial 1989: 123-124) o el enfrentamiento entre Taranis y Teutates representados por avatares, el primero bajo la forma de águila y el segundo por el jabalí androcé-falo del reverso de una moneda de los Osismii, cuyo anverso muestra la cabeza de Teutates rodeada por cabezas cortadas y coronada por una enseña de jabalí (fig. 12)(ALT, 1967: 69).6.1. Las fíbulas zoomorfas: perfil Equus – perfil Sus De la Hispania céltica, las series de fíbulas zoo-morfas de perfil de caballito, con o sin jinete (fig. 2), y las de perfil de jabalí son las más características. Aun-que hay otros animales representados en las fíbulas, de ninguno de ellos conocemos que lleve asociado el jabalí o la cabeza humana. La clasificación tipológica del conjunto de las de caballito, sus elementos y su significado ha sido sistematizada por Almagro-Gor-bea y Torres (1999), Argente Oliver las de la Celtibe-ria (1994) y las de Vettonia por Camacho Rodríguez (2020), tratadas en ambos casos con el resto de las fíbulas conocidas en la región. Cerdeño y Cabanes (1994), por su parte, han sistematizado las de jaba-lí. Por lo que no vamos a entrar a reconsiderar el as-pecto tipológico ni el cronológico. En general para las equinas se establece entre 250-220 al 100-50 a. C., para el motivo del jabalí, con menos datos de con-texto arqueológico, la propuesta de Cerdeño es de finales del siglo IV- III a. C. y la de Llanos del siglo V al II a. C. que resultan demasiado amplias, considerando más adecuada del siglo III-I a. C., más acorde por esti-lo y proximidad a las de caballito (Valdés et al., 2022).6.1.1. Las fíbulas de caballito. La serie de perfil equi-no es interpretada como distintivo social y de clase de la aristocracia ecuestre, de los guerreros para los que el caballo es una herramienta y un compañero que les da ventaja y les protege en el combate. Es por tanto, una posesión valiosa. Sus características, su idiosin-crasia y la mitología que envuelve al caballo, ya sean machos o yeguas, caso de las legendarias lusitanas, le procuran el rango más alto como mensajero ante los dioses, cuando es sacrificado. En este cometido solo es superado por el sacrificio de un humano. El espíri-tu del animal sacrificado, cuando abandona el mundo real y transita al mundo inmaterial del más allá, es el heraldo, no un sacrificio sin más, es portador de las súplicas, los deseos, las demandas y las necesidades como afirma Lissner (1961: 233) (vid. supra). El caballo no tiene un ritual de culto propio, aun cuando participa en las exequias fúnebres del guerrero. Sacrificado cumple la función de acompañante y guía del espíritu, motivo por el que se le encuentra enterrado en las infrecuentes tumbas de personajes aristocráticos, uncido al carro o libre como una montura de silla. Entre los ejemplos más llamativos se encuentran las tumbas de carro de Warcq, Ardenas, Francia, del final del siglo II – I a. C. (fig. 13 a y b), o en la tumba de Pocklington, York, Inglaterra del 320, al 174 a. C. (fig. 14). En Hispania céltica no se conocen tumbas similares. La importancia que la familia del muerto otorga a la posesión del caba-llo está en la entrega a la tumba de los arreos, atalajes y las reveladoras espuelas. El ritual de incineración impide saber si hubo otros cuerpos sacrificados en la pira y si hubo arreos en materiales perecederos, sin enganches de bronce o hierro. A la incineración no llegan restos que indiquen la cremación de un caballo en un rito de acom-pañamiento, como con las tumbas de carro citadas. En el holocausto de Viriato se mencionan sacrificios pero no se especifica si se trató de caballos. Aunque también se citan combates de gladiadores, tampoco se aclara cómo se desarrollaron ni cómo se trataron los cuerpos de los vencidos (Diodoro, Biblioth. Hist. II, 33, 21). Fig. 11. Monumento de la Tour, Saint-Maurice-lès-Châteauneuf, Saône-et-Loire, Francia. Disponible en: https://www.persee.fr/doc/racf_0035-0753_1966_num_5_4_3008. Fig. 12. Moneda de los Osismii. Procede de ALT.1967 (Hatt, 1989: 69, fig. 53a).
112 Las dos variantes de nuestro interés, con o sin jinete, tienen mayoritariamente el diseño del per-fil animal simple con estampaciones de símbolos solares, círculos concéntricos, anillas y calados en algunos casos. De las 126 sin jinete, en solo trece figura una cabeza humana exenta y en doce un jaba-lí. En las fíbulas de caballito que tienen una cabeza humana sobreelevada del pie hay una excepción; se encuentra en la zona 2, tumba 4 de la necrópolis de La Osera, Ávila (fig. 15a), en la que se une el barbo-quejo a la cabeza y al pie. La cabeza humana más naturalista procede de Clunia (Silos 1), tienen una discreta abstracción las restantes de Clunia, Qinta-naélez y Padilla de Duero. Muy esquemáticas, sien-do casi un volumen simple proceden de La Hoya, Álava (fig. 15b) y Almanuez, Soria, las únicas para las que el contexto arqueológico aporta una impre-cisa cronología relativa por ser demasiado amplia la horquilla temporal. Lamentablemente, el resto son hallazgos descontextualizados que fuerzan la seria-ción tipo-cronológica por estilos, método relativo no siempre certero. Entre las trece de la variante con ji-nete, solo cinco incluyen la figura de la cabeza exen-ta; proceden de Herrera de los Navarros, Zaragoza, necrópolis de Los Centenares, Guadalajara (fig. 16a, b y c), de la habitación 12 de Numancia y necrópo-lis de La Requijada, Gormaz, Soria y, sin precisión, de Palencia o León. Este conjunto es más naturalista que las de caballito. En las de Herrera de los Nava-rros, La Osera, Vega de Magaz y en una palentina sin procedencia, la conexión mediante incisiones para-lelas a los círculos concéntricos podría estar esque-matizando un interesante petral.En las trece fíbulas de caballito con figura se-cundaria de jabalí inerte, este une el extremo del pie con el barboquejo del caballo. Villanueva de Teba es la única en que el jabalí no sigue esta disposición. La más naturalista procedente de Nu-mancia, fue encontrada en una tumba del siglo II a. C. (fig. 17a). Las de jabalí sin estilizar proceden de Burgos: Villanueva de Teba, Lara, Miranda de Ebro y Palenzuela (fig. 17b), llevando todas anillas en crin y cola. Las otras seis tienen el posible jabalí esquematizado. Sea cual sea la figura secundaria, la estilización/abstracción de la cabeza humana y del jabalí hace que estas figuras sean más una deducción que una evidencia innegable, aceptando como prueba la si-militud de la posición. Las cabezas más detalladas presentan una interesante unidad en las que par-te de la cara no se detalla. La decoración básica de todas ellas son los círculos concéntricos con punto central a los que se considera representaciones sola-res, aunque en algunos casos coincide con la marca del ojo, casos de Numancia 11 y Paredes de Navas 86 y 88 o los nodos del posible petral. La estampación es el sistema más corriente para los punzones de cír-culos concéntricos con punto central, los punzones de “S”, puntos dobles o de pequeños cuadros. La a