Vaccea Anuario,
15 (2022), pp. 71-83 (ISSN: 2659-7179)
Resumen
El objetivo de este trabajo es esclarecer si los suidos representados sobre el equipo metálico recuperado en la
tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas (Padilla de Duero, Peñafiel, Valladolid) pueden incorporar algún tipo de
significación temporal. A tal fin, se coteja su disposición y número sobre el referido equipo metálico, con las prin-
cipales características del antiguo calendario céltico. Tras efectuar esta comparación, se concluye que la disposi-
ción de los suidos sobre el equipo metálico es coincidente con las grandes divisiones temporales del año céltico.
Esta posible correspondencia ha de ser refutada o comprobada analizando otros documentos arqueológicos de
la Céltica peninsular.
Palabras clave:
iconografía vaccea, jabalí céltico (simbolismo), calendario céltico, calendario vacceo, zoomor-
fos en perspectiva cenital.
Abstract
The aim of this paper is to clarify if the Suids representations at the metal equipment from the tomb 32 of Las
Ruedas necropolis (Padilla de Duero, Peñafiel, Valladolid) could incorporate some kind of temporal significance.
To this end, their arrangement and number on the aforementioned metallic equipment are compared with the
main characteristics of the ancient Celtic calendar. After making this comparison, it is concluded that the dispo-
sition of the Suids on the metallic equipment coincides with the great temporal divisions of the Celtic year. This
possible correspondence has to be refuted or verified by analyzing other Celtic archaeological documents from
the Iberian Peninsula.
Keywords:
Vaccaean iconography, celtic boar (symbolism), celtic calendar, vaccaean calendar, zoomorphs in
zenithal perspective.
Roberto Matesanz Gascón
Centro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg
Universidad de Valladolid
72
Uno de los elementos más emblemáticos de aque-
lla cultura material vaccea que nos es conocida es el
pomo del puñal de tipo Monte Bernorio hallado en
la tumba número 32 de la necrópolis de Las Ruedas
(Padilla de Duero, Peñafiel, Valladolid). La destreza
técnica con la que fue elaborado, hasta conseguir
plasmar un rico programa iconográfico mediante la
combinación de técnicas diversas, lo han convertido
desde su mismo descubrimiento en un privilegiado
objeto de estudio. En especial, su editor hizo un deta-
llado análisis del posible significado de sus imágenes
(Sanz, 1997: 439-448), que en lo referente a su ex-
tensión no ha tenido paralelo hasta fechas recientes
(De Pablo, 2021). Además, en el ínterin se han publi-
cado valiosos trabajos sobre la naturaleza de los zoo-
morfos que, desde una perspectiva cenital, aparecen
representados en su reverso de manera prominente
(por citar los más notorios: Blanco, 1997; Abarquero,
2006-2007; Romero, 2010; o Almagro-Gorbea, Balles-
ter y Turiel, 2017). Aquí, mi propósito es precisar al-
gunos aspectos de naturaleza temporal que parecen
subyacer en la iconografía del equipo metálico de la
tumba 32 y sólo aludiré a los mencionados estudios
en la medida en que sean relevantes para este pro-
blema específico. Disponer de un conocimiento más
aquilatado del significado, en todas sus facetas, de la
fascinante iconografía que ornamenta estas piezas
vacceas, constituye un ineludible paso previo a todo
cotejado de mayor extensión.
Por otro lado, han surgido algunas incertidumbres
en torno a la datación que debe atribuirse a las dis-
tintas imágenes plasmadas sobre este equipamien-
to. El debate gira en torno a la posibilidad de que la
decoración se ejecutara en tiempos distintos, en un
lapso temporal comprendido entre los siglos III y I a.
C. (Sanz, 1997: 439-440; Romero, 2010: 486-488; De
Pablo, 2021: 13-14); y se vincula con la existencia de
los denominados como “objetos de memoria”, pro-
ductos de especial valor que parecen haber estado
funcionando durante siglos como reliquias antes de
ser inhumados (Sanz, 2008). Sólo de manera tangen-
cial aludiré a estas cuestiones, que, siendo importan-
tes, en cierto sentido son irrelevantes para compren-
der la iconografía que nos ocupa, pues incluso si los
elementos decorativos fueran diacrónicos, ello no im-
plicaría que se hubieran plasmado programas icono-
gráficos inconexos y, de hecho, es probable que una
decoración inicial hubiera determinado, en tal caso,
el significado introducido mediante ornamentaciones
posteriores.
El contexto arqueológico: la tumba
32 de la necrópolis de Las Ruedas
El equipo metálico formaba parte del ajuar de una
tumba que, en el momento de su descubrimiento,
fue designada como número 32 (fig. 1). La misma
se localizó en el sector II-Y de la necrópolis de Las
Ruedas. Resumiendo la descripción proporcionada
por su excavador, cuando se halló el conjunto fune-
rario había sufrido alteraciones postdeposicionales
que afectaban sobre todo a su parte más oriental. En
su lado más occidental, la urna cineraria (A), estaba
protegida por una laja en su flanco este y sobre ella
había una abrazadera de hierro (F), un tahalí (D) y la
pieza naviforme de 265 mm de ancho del pomo de
un puñal (E). Unos 15 cm hacia el este, había una bo-
tella fina hecha a torno (B) y cuatro pequeñas bolitas
de aspecto carbonoso (G). Más al este y ligeramente
a mayor profundidad, una cajita volcada (C). El resto
de los materiales (H a T) aparecían repartidos y en
estado fragmentario. Los objetos de la parte oeste
parecían hallarse en su posición original, estando in-
discutiblemente asociados en el depósito los desig-
nados como A, B, C, D, E y F. El resto eran fragmen-
tos de más dudosa adscripción. La urna cineraria (A),
constituida por un cuenco hecho a mano y decorado
a peine, contenía 171 g de restos óseos. De su análi-
sis se obtuvo la incierta conclusión de que pudieron
pertenecer a un individuo femenino de entre 30 y 40
años. Además, junto a los elementos designados con
la letra G, se recogieron restos de
Sus domesticus
y
Capra hircus
, esto es, de cerdo y de cabra (Sanz,
1997: 85-86 y 494).
El conjunto metálico: el tahalí
y el pomo de la tumba 32
Situados sobre la urna cineraria, los elementos metá-
licos incluidos en la tumba, todos los cuales formaron
parte con claridad de la inhumación primaria, eran
la abrazadera de hierro (F), los restos del pomo (E) y
los del tahalí (D), ambos de tipo Monte Bernorio. El
pomo, de tipo naviforme y con 265 mm de anchura,
Fig. 1. Tumba número 32 de la necrópolis de Las Ruedas (Padilla de
Duero, Peñafiel, Valladolid).
73
Simbolismo calendárico en la iconografía del equipo metálico de tipo Monte Bernorio de la tumba 32
permitía adscribir su factura a la fase de expansión
de estas producciones, datándose su fabricación ha-
cia mediados del siglo III a. C. (Sanz, 1997: 434-439).
La asociación de los elementos metálicos dentro del
depósito funerario en una parte inalterada del mismo
sugiere que en su día pomo y tahalí formaron parte
de un mismo conjunto metálico; o, lo que es lo mis-
mo, que fueron obra de un único artesano o de un
mismo taller. En principio, refuerza esta idea la evi-
dencia de que tanto en una pieza como en la otra se
han combinado diseños geométricos y elementos fi-
gurativos, característica poco habitual en las produc-
ciones de este tipo.
Del puñal al que perteneció el pomo faltan la
hoja y la guarda, así como su vaina. En consecuen-
cia, carecemos de elementos del equipo metálico que
también pudieron servir como soporte para plasmar
elementos iconográficos. No obstante, se ha conside-
rado que la mayor parte de la iconografía aplicada al
arma recaló en el pomo, pues la hoja no suele portar
decoración y la guarda, bastante más pequeña, hu-
biera proporcionado poco espacio como soporte de-
corativo (Sanz, 1997: 439). En cuanto a la vaina del
puñal, es una parte en la que suelen predominar los
motivos geométricos. En principio, su ausencia puede
suponer una pérdida irreparable para comprender la
iconografía presente en pomo y tahalí. Pero es posi-
ble, como se ha planteado, que la vaina y el resto del
puñal no falten en el depósito funerario por las vici-
situdes que han afectado a la preservación de este,
sino que tahalí y pomo fueran las piezas selecciona-
das del equipo metálico para acompañar al difunto
por constituir las mismas una reliquia en el momento
de ser inhumadas (De Pablo, 2021: 14); y cabe plan-
tear que tal vez ello fuera así, en parte, porque esas
piezas contuvieran un programa iconográfico comple-
to en sí mismo.
La atención prestada a la decoración presente
en los elementos metálicos conservados ha sido
muy desigual, lógicamente. De la abrazadera cabe
decir que tiene como única decoración una línea si-
nuosa central. En lo referente al tahalí (fig. 2), cuyo
tramo superior lo forma una chapa rectangular de
menor anchura que el resto, es de hierro chapado y
está damasquinado en plata, mostrando una exube-
rante decoración, predominantemente geométrica.
La misma incluye acanaladuras, círculos, triángulos,
“eses encadenadas”, elementos cuadrangulares y lí-
neas. Con estos elementos el artífice compuso dise-
ños muy complejos que merecieron una meticulosa
descripción por parte de su publicador (Sanz, 1997:
87), a la cual remitimos. Junto a esta decoración de
tipo geométrico, se incluyeron en la parte distal del
tahalí dos zoomorfos representados de perfil, con
larga cola, lo que parecen orejas puntiagudas y un
largo hocico vuelto hacia arriba, únicos elementos
figurativos detectados en la pieza metálica. Desde
la descripción inicial hecha por Sanz, la iconografía
del tahalí apenas ha merecido atención, salvo para
aludir expeditivamente a estos dos zoomorfos. Sanz
los consideró representación de sendos verracos
(1997: 440). Pero la ausencia de colmillos y testícu-
los en su figuración, así como sus orejas puntiagu-
das, hacen creer a De Pablo (2021: 3-4) que se trata
de lobos aullando. Dado su esquematismo, podría
pensarse incluso en otros animales, por ejemplo,
bovinos o equinos. Pero los testimonios arqueoló-
gicos de la Edad del Hierro meseteña sugieren de
manera clara su identificación con suidos por su
morro largo, abocinado y curvado hacia arriba, por
el rayado vertical que muestra su cuerpo y porque
en ocasiones los suidos se representan con esas
prominentes orejas; una iconografía general que no
es propia de las figuras de lobo conocidas; mientras
que en las fíbulas y otros objetos con imágenes de
suidos, los testículos y los colmillos de estos pueden
venir señalados o no (fig. 3).
En cuanto al pomo, fue descrito también en deta-
lle por Sanz (1997: 87-88). Mas parece conveniente
resumir aquí su descripción para tener una referen-
cia próxima y precisa de los conceptos que vamos a
manejar. Su cuerpo de hierro es de tipo naviforme y
porta en su anverso motivos geométricos damasqui-
nados en hilo de plata, conformando hileras de eses
encadenadas en diversos sentidos, predominantes
Fig. 2. Tahalí de tipo Monte Bernorio de la tumba 32 (Sanz y Blanco,
2015: 64, n.º 2.2.2).
74
en la composición; a las cuales sólo se suman los ele-
mentos que enmarcan las hileras de eses y algunos
pequeños trazos rectos realizados en sus escotaduras
centrales (fig. 4).
En el reverso y en el canto superior del pomo,
por el contrario, se ha grabado una variada decora-
ción figurativa. En cuanto a las representaciones que
decoran el canto superior de la pieza, conviene acla-
rar que la imagen que fue publicada inicialmente
de las mismas (Sanz, 1997: 86), en la cual aparecen
doce animales, no es pertinente. Posteriores revisio-
nes mostraron la aparición de un decimotercer ani-
mal de pequeño tamaño en su extremo izquierdo.
Además, en esa publicación inicial las imágenes del
canto superior no aparecen junto a la parte del re-
verso que las corresponde, sino invertidas. Esto hace
que la descripción contenida en esa publicación ini-
cial no se corresponda en cuanto a orientación con
los términos que emplearemos aquí. Asimismo, en
publicaciones posteriores se han insertado imáge-
nes invertidas del canto y del reverso del pomo (por
ejemplo, Romero, 2010: 485, fig. 12; o De Pablo,
2021: 5, fig. 5), las cuales lamentablemente pueden
inducir a confusión. La imagen correcta de reverso
y canto superior del pomo, que es la publicada por
Sanz (2010: 348, fig. 18), es la que se incluye aquí
(fig. 5). En ella se muestra la posición de las esce-
nas si, sosteniendo la pieza ante nosotros en sentido
horizontal, la rotamos en sentido vertical. Todas mis
explicaciones tendrán como único punto de referen-
cia esta imagen.
Tras estas aclaraciones indiquemos que en el can-
to del pomo se figuran de perfil trece animales, cuyo
contorno en la mayoría de los casos recuerda al de
un suido. Todos salvo uno muestran en su interior
conjuntos de trazos rectos. A cada lado de las esco-
taduras centrales, seis animales con el cuerpo raya-
do parecen dirigirse en sendas procesiones hacia el
respectivo extremo del canto. Al final del extremo
izquierdo se figura un decimotercer animal de espe-
cie indeterminada y con cuerpo liso, enfrentado a los
otros seis de esa mitad del canto. En el lado derecho,
el tercer animal figurado a partir de las escotaduras
centrales no muestra el contorno de suido que ca-
racteriza a los otros, sino una cabeza muy alargada,
orejas triangulares, una larga cola y un cuerpo con un
rombo relleno de trazos rectos. Sanz consideró (1997:
87-88) que podía tratarse de alguna especie de cáni-
do, opinión compartida por De Pablo (2021: 6), quien
lo considera un perro con orejas apuntadas y tal vez
en posición agresiva.
En lo referente a la iconografía plasmada en el
reverso del pomo, ocupan su sector medio tres zoo-
morfos cuadrúpedos de largo cuello representados
cenitalmente. El central, entre las escotaduras, es el
de menor tamaño y el que se representa de manera
más esquemática, marcándose sólo su contorno y
apareciendo dispuesto de forma vertical con la ca-
beza hacia abajo. A sus lados, los otros dos, en posi-
ción horizontal y de mayor tamaño, tienen el cuerpo
relleno de trazos y aparecen con sus cabezas orien-
tadas en direcciones opuestas, hacia el exterior de la
escena. De ellas surgen sendas cintas sinuosas, cada
una finalizada en un círculo reticulado. En torno al
círculo del lado izquierdo, aparecen dos animales
cuadrúpedos representados de perfil, de morfología
diferente entre sí, así como un ave. Uno de ellos es
un suido, ya sea un verraco doméstico (Sanz, 1997) o
un jabalí (De Pablo, 2021), mientras que el otro se ha
indicado que puede ser una cabra (Sanz, 1997) o un
caballo (De Pablo, 2021). Junto al círculo reticulado
derecho, se figuraron otros dos animales cuadrúpe-
dos similares, asimismo diferentes entre sí, pero la
mayor corrosión que ha sufrido esta parte del pomo
no permite discernir si también aquí se representó
otro ave. Sanz (1997) no halló indicio alguno de que
se hubiera grabado en ningún momento; pero De
Pablo (2021) cree que se ven restos de una figura,
que por razones de simetría, supone que debió de
ser un ave.
Fig. 3. Fíbulas meseteñas con puente en forma de suido (izquier-
da, según Blanco, 2018: 175, fig. 3.104; derecha, según Lenerz-de,
1991: taf. 234, n.º 960).
Fig. 4. Anverso del pomo de puñal de la tumba 32 (Sanz, 1997: 86, fig. 77).
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Simbolismo calendárico en la iconografía del equipo metálico de tipo Monte Bernorio de la tumba 32
Las partes más exteriores de la escena, en los
extremos del pomo, parecen haber sido ocupadas
por sendos combates singulares protagonizados por
guerreros a pie, armados con lanza o jabalina y con
un pequeño escudo circular tipo
caetra
. Sólo se per-
cibe íntegra la monomaquia del lado izquierdo, pues
en el derecho la corrosión parece haber difuminado
por completo la línea incisa que figurara el contorno
de uno de los contendientes. La imponente simetría,
aunque no total, que caracteriza a la representación
en su conjunto, así como el espacio vacío que queda
sin ocupar delante del guerrero del lado derecho, su-
giere de manera contundente que este es el único ri-
val conservado de una inicial monomaquia. Finalmen-
te, en la parte central e inferior del pomo, ocupando
la zona de la embocadura bajo los zoomorfos repre-
sentados cenitalmente, aparecen otros cuatro suidos,
representados de perfil, orientados en procesión ha-
cia la parte izquierda de la escena (Sanz, 1997: 87-88).
Calendarios y suidos
Pese a que constituyen con diferencia los seres más
representados en el pomo, los dieciocho suidos que
comparecen en él no han merecido demasiada aten-
ción, si los comparamos con los enigmáticos seres
representados cenitalmente extendiendo su lengua
hacia un no menos enigmático círculo reticulado y
con los guerreros que hacen gala del
ethos
agonís-
tico vacceo. Sanz (1997: 446-447) los valoró en sus
diferentes facetas, incluyendo la cinegética y la fune-
raria, pero acabó considerando que su aparición en
el pomo tiene ante todo una significación económica
o productiva, denotada por sus grandes testículos,
propios de los cerdos domésticos sementales. Por su
parte, De Pablo (2021: 9) critica la anterior perspecti-
va por considerar que los animales representados son
específicamente jabalíes y atribuye su prominente fi-
guración a ser símbolo de coraje y ferocidad para la
sociedad vaccea.
Lógicas en sí mismas, ninguna de ambas explica-
ciones parece poder dar cuenta por entero de la pro-
liferación de suidos ni de la manera en la que prolife-
ran. En la explicación de Sanz, sorprende que a todos
esos sementales domésticos se añadieran, como sím-
bolo de riqueza ganadera y, por ende, productiva, un
solitario aviforme y, tal vez, algún ovicáprido, faltando
por completo las especies equinas y bovinas que tan
importantes parecen haber sido económicamente
para los vacceos. Pero al mismo tiempo, no se perci-
be ninguna ferocidad en unos jabalíes que transitan
tranquilamente sin abatir a nadie o ser abatidos ellos
mismos, procesionando ordenadamente en grupo
por las más diversas partes del pomo. No se enfren-
tan a hombres, a animales o entre sí, con la única sal-
vedad de uno de los dieciocho especímenes (veinte,
si incluimos los dos del tahalí), el cual aparece de cara
a un pequeño animal sin que ello implique enfrenta-
miento violento.
Fig. 5. Decoración figurativa grabada sobre reverso y canto superior del pomo de la tumba 32 (Sanz, 2010: 348, fig. 18).
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Se pueden atribuir significaciones simbólicas muy
diversas a este abundante conjunto de animales. Mu-
chas de ellas ya han sido formuladas. Pero es posible
que el magnífico conjunto iconográfico constituido
por el tahalí y el pomo de la tumba 32 de la necrópo-
lis padillense, sea la clave para poder atribuir a estos
suidos un valor simbólico dentro del mundo céltico
peninsular hasta ahora descuidado. En concreto, una
significación vinculada con el cómputo del tiempo y
con su expresión calendárica. Un ámbito que en la
sociedad céltica, al igual que en otras sociedades an-
tiguas, se expresó a través de una serie de manifesta-
ciones sociales de tal riqueza, que da pie a sospechar
que su mejor delimitación nos abriría una importan-
te puerta de acceso a la mentalidad vaccea. Pues los
usos y costumbres vinculados al calendario son muy
resistentes al cambio y, en el campo del folklore, son
los que proporcionan la imagen más amplia de una
comunidad (Danaher, 1972: 11), en especial cuando
esta es de naturaleza preindustrial.
Por desgracia, disponemos de pocas certidumbres
sobre el calendario céltico y, además, a lo largo de los
siglos los diferentes pueblos que lo emplearon debie-
ron introducir en él adaptaciones y variaciones moti-
vadas por diferentes causas. Es probable que los vac-
ceos, sobre cuyo calendario sólo hay investigaciones
iniciales aún en curso (Sanz y Blanco, 2015: 52-54),
hicieran lo propio. En este caso, sólo podríamos dis-
poner de datos limitados pero, también, únicamente
próximos a la realidad vaccea, en ningún caso idénti-
cos a los de esta. El propio concepto de “calendario
céltico” es susceptible de análisis desde perspectivas
muy diferentes. En principio, una exposición concisa,
pero clara y exhaustiva, de las diversas facetas del
problema, así como su adecuada extensión al regis-
tro arqueológico de los pueblos célticos peninsulares,
puede verse en González-García, García y Belmonte
(2016), en García y González-García (2017), o en Este-
ban, Romeo y Fatás (2019).
Como, gracias a los escasos testimonios antiguos
conservados y a diversas tradiciones gaélicas, sólo po-
demos tener por ciertas algunas características gené-
ricas de los calendarios célticos, en nuestra exposición
emplearemos unas fechas convencionales, evitando
precisar, por ejemplo, si el
Imbolc
celta se celebraba
el 31 de enero, el 1 de febrero o durante una parte de
ambos días. Asimismo, términos como
Beltaine
o
Sa-
main
se emplearán como forma de simplificar la expo-
sición, pero el nombre de estas festividades pudo ser
distinto entre los vacceos y su naturaleza, en parte di-
ferente. Como ocurre en prácticamente todos los cam-
pos de estudio sobre la cultura vaccea, en el actual es-
tado de nuestros conocimientos las conclusiones que
alcancemos sólo podrán ser provisionales. La principal
característica de las hipótesis que formulemos debe-
rá ser su contrastabilidad, de manera que puedan ser
comprobadas o refutadas según avancemos más en
nuestra comprensión de la referida cultura.
Unas pocas referencias literarias antiguas, el calen-
dario galorromano de Coligny (datado en el siglo II d.
C.) y una abundante, pero tardía, información gaélica,
son la base sobre la que han de sustentarse los estu-
dios sobre el calendario céltico. Aparentemente, el año
celta tenía doce meses, cuatro estaciones y dos partes
principales, una de luz y otra de oscuridad; y cada una
de sus divisiones se empezaba a computar por su par-
te oscura o “nocturna”, la cual precedía a la “diurna”
o luminosa (Julio César,
Guerra de las Galias
, VI 18).
Plinio (
Historia Natural
, XVI 95) aporta algunas preci-
siones más sobre el calendario galo, incluida la noticia
de que sus eras (
saecula
) eran de treinta años. La tra-
dición gaélica sugiere que el inicio del calendario celta
se situaba en
Samain
(1 de noviembre), momento en
el que el verano llegaba a su fin y se iniciaba la par-
te “nocturna” del año. Por otro lado, parece que los
pueblos celtas en la época prerromana empleaban
ya un calendario de tipo lunisolar, cuyos meses luna-
res intentaron sincronizar con el año sideral mediante
intercalaciones periódicas de días o de meses, realiza-
das posiblemente de distinta manera. En el caso del
calendario galorromano de Coligny, la sincronización
parece haberse efectuado mediante la inserción de un
decimotercer mes adicional cada dos años y medio, el
cual se dividía, como todo el tiempo celta, en una parte
“nocturna” y otra “diurna”. Además, los pueblos gaéli-
cos de Irlanda, Escocia y la isla de Man han perpetuado
la celebración de cuatro grandes festividades:
Samhain
o
Samain
(1 de noviembre),
Imbolc
(1 de febrero),
Bel-
tane
o
Beltaine
(1 de mayo) y
Lughnasadh
o
Lughnasa
(1 de agosto), las cuales se celebraban al inicio de cada
respectiva estación.
Como punto de partida, solo contamos con una
coincidencia numérica. La estructura calendárica
céltica consistente en un año dividido en dos partes
principales, cuatro estaciones y doce meses, se co-
rresponde con el número de suidos figurados sobre
el pomo, los cuales aparecen agrupados en idéntica
manera: dos en los lados y cuatro junto a su embo-
cadura, en el reverso; y doce en su canto superior. De
manera provisional, incluiremos entre estos últimos
al “cánido” que en el lado derecho participa de la
respectiva procesión y excluiremos al decimotercer
animal del extremo izquierdo del canto. No tenemos
conocimiento fehaciente de que los celtas (y mucho
menos los vacceos) asimilaran en ninguna forma cer-
dos o jabalíes con períodos de tiempo (véase, por
ejemplo: Green, 1992; y para el simbolismo del jabalí
en el mundo céltico peninsular: Cerdeño y Cabanes,
1994; así como, en este volumen, la contribución
de Luis Valdés García). En principio, la coincidencia
numérica que indicamos pudiera ser casual. Pero es
indudable que existe y, en consecuencia, podemos
comprobar cuáles son sus implicaciones, adoptando
provisionalmente una escéptica postura de
epojé
,
esto es, de suspensión del juicio antes de afirmar o
negar ninguna posibilidad.
77
Simbolismo calendárico en la iconografía del equipo metálico de tipo Monte Bernorio de la tumba 32
Empezando por los suidos de mayor tamaño, los
cuales aparecen junto a sendos círculos reticulados,
cada uno forma parte de una escena que es similar a
su opuesta, pero no igual. Aunque lo más probable es
que existieran monomaquias semejantes en ambos
lados del pomo y la aparición de un único ave en el
lado izquierdo se haya discutido, no hay duda de que
entre ambas partes existen diferencias que no son
adventicias. Los propios suidos no son iguales, pues
el derecho se ha trazado con un doble contorno que
falta en el izquierdo. Además, en la derecha, el círcu-
lo reticulado tiene como orla un círculo ligeramente
mayor, del cual carece el círculo del lado izquierdo.
Asimismo, el zoomorfo en perspectiva cenital del lado
izquierdo muestra dos incisiones en la parte delante-
ra de su cabeza que Sanz interpretó como colmillos
de jabalí, aunque De Pablo apunta (2021: 4-5) que
pudieran ser orejas o cuernos. Lo sustancial ahora es
que dichas incisiones no aparecen en su congénere
del lado derecho. Además, la cabeza de ambos zoo-
morfos en perspectiva cenital se asemeja a un círcu-
lo, pero el espécimen de la derecha muestra a modo
de boca un rebaje de unos cuarenta y cinco grados
ausente en el espécimen izquierdo, aunque los dos
extienden igualmente su lengua. Estas diferencias
pueden interpretarse como indicativas de que los dos
zoomorfos mayores, así como los dos círculos reticu-
lados, son individuos diferentes, aunque pertenecien-
tes a una misma especie. Sin embargo, también pue-
den interpretarse como indicativas de que se trata de
los mismos individuos (círculo reticulado y zoomorfo)
que aparecen representados en cada una de las dos
partes del año celta: la clara y la oscura.
Si así fuera, hemos de reparar en que los suidos
que aparecen junto a los círculos reticulados se han
representado de manera diferente y cabe plantearse
si uno representa o es propio del lado luminoso del
año céltico y el otro de su lado oscuro. Esto pudiera
ser relevante, en especial, a la hora de valorar otras
representaciones de cerdos o jabalíes sobre fíbulas,
cinturones y otros documentos arqueológicos de la
Céltica peninsular. En el caso de que pudieran ser
adscritas con mayor certidumbre a una u otra mor-
fología, su disposición en el pomo padillense pudiera
constituir una variable analítica más para contrastar
sus respectivos caracteres.
El elemento más próximo susceptible de coteja-
do son los dos zoomorfos representados en la parte
distal del tahalí de la propia tumba 32. Como hemos
indicado, según Sanz (1997) se trata de verracos,
entendiendo por tales cerdos sementales; mientras
que De Pablo (2021) los considera lobos aullando. En
principio, la documentación iconográfica de la segun-
da Edad del Hierro peninsular y, en especial la de la
submeseta septentrional, obliga a identificarlos con
suidos. En este caso, es difícil definir en el broche la
existencia de un “lado” derecho o izquierdo. Además,
hasta donde los daños producidos por la corrosión
dejan ver, ambos animales parecen similares, no mos-
trando más que muy ligeras diferencias morfológicas
entre sí, atribuibles al azar de su ejecución. No obs-
tante, sobre el lomo de uno de ellos, se ha damasqui-
nado una corta secuencia de eses encadenadas (fig.
6). Se considera que en algunos casos estas eses pue-
den representar ánades (Alfayé, 2010: 558-559; Blan-
co, 2013: 174-175), un particular que aquí no pode-
mos desvelar. Pero, en todo caso, esa breve secuencia
parece introducir una diferencia simbólica clara, indi-
cadora de que ambos animales no son dos individuos
indiferenciados de una misma especie, sino que uno
posee unas características de las que carece el otro, o
bien, que se trata de un mismo espécimen represen-
tado en dos momentos o situaciones diferentes.
A tenor de la documentación irlandesa antigua, el
año celta parece haber tenido, asimismo, cuatro es-
taciones. El número de los suidos que se hallan en la
embocadura del pomo, conectando la escena de un
lado con la del lado contrario, se corresponde con el
de ellas. Si suponemos que el sentido de su marcha es
acorde con la sucesión de estaciones del calendario
celta, la consecuencia es que la parte “nocturna” del
año es la del lado derecho del pomo, siendo la del
lado izquierdo su parte “diurna”. En este conjunto de
animales, hallamos además otro elemento discrimi-
nador: el tamaño o desarrollo de sus crestas. El prin-
cipal inconveniente contra este criterio se deriva de la
posibilidad de que la configuración de la cresta esté
condicionada por el espacio disponible en el soporte,
factor que parece haber influido en el tamaño relati-
vo de los animales, siendo mayores los dos del centro
y menores los de los extremos. Aun así, la diferencia
morfológica perceptible es clara: el primer animal por
la derecha carece por completo de protuberancia su-
perior e incluso la parte anterior de su lomo muestra
perfil cóncavo, mientras que en la del siguiente apa-
rece ya una ligera curvatura hacia arriba; en el ter-
Fig. 6. Zoomorfos sobre el tahalí de la tumba 32 (De Pablo, 2021:
fig. 3).
78
cero se percibe un pequeño abultamiento y, ya en el
cuarto, una eminente prolongación picuda. Esta evo-
lución morfológica es independiente del tamaño de
los cuatro suidos representados y parece denotar una
evolución temporal representativa de su ciclo de cre-
cimiento, que se desarrolla, al igual que el sentido de
su marcha, de derecha a izquierda. Esta evidencia nos
pone además ante una disyuntiva: ¿se trata de cuatro
animales diferentes, o de un mismo animal represen-
tado en cuatro etapas evolutivas distintas?
La pregunta es especialmente pertinente porque,
en todo caso, esta secuencia evolutiva es coherente
con las diferencias morfológicas perceptibles entre
los tres zoomorfos representados desde una perspec-
tiva cenital. El que ocupa la posición central parece
hallarse fuera del calendario, pues no se incluye en
ninguna de las dos partes del año, sino que más bien
las separa. Su cuerpo no muestra las incisiones rectas
que caracterizan a los otros dos, no tiene cola ni ga-
rras, no extiende su lengua y no se asocia a un círculo
reticulado. Sin embargo, su cabeza circular rebajada
por una escotadura en V es similar a la del zoomor-
fo del lado derecho. Este, aunque mantiene aún ese
rebaje angular a modo de boca, tiene cola y cuerpo
relleno de trazos y extiende su lengua hacia un círcu-
lo reticulado, mismos rasgos que caracterizan al ce-
nital izquierdo, el de la parte “luminosa” del año, la
segunda y última. Pero la lengua de este último toca
un círculo sin orla, su cabeza se ha completado des-
apareciendo el rebaje angular que marcaba su boca
y de ella surgen ahora dos protuberancias marcadas
mediante sendas incisiones (fig. 7). Más que de tres
seres distintos, parece tratarse de un mismo ente
mitológico del cual se muestra su evolución tempo-
ral a lo largo del año, una evolución orientada por
los conceptos de crecimiento, desarrollo y totalidad,
de manera parecida a como ocurre en el caso de los
suidos de la embocadura. Una faceta temporal que
podemos vincular con el concepto de triplicidad que
ya Sanz (1997: 441) creyera ver presente en la escena.
Podemos plantearnos, aunque ello sea impro-
bable, que la dirección plasmada por el artífice que
grabó las imágenes fuera la inversa, es decir, que
partiendo del zoomorfo cenital izquierdo, su proce-
so evolutivo acabe en el espécimen central; pero la
secuencia que lleva del uno al otro parece la única
posible, quedando en todo caso el zoomorfo del lado
derecho en mitad del proceso. Desde un punto de
vista iconográfico, esta evolución formal no resulta
evidente porque no se plasma en una secuencia uni-
direccional; y esto parece ser así porque en tal caso el
artífice no podría haber reflejado en la doble escena
principal su carácter especular, el cual parece haber
sido un concepto primordial en el diseño de la com-
posición.
En lo referente al círculo reticulado, tan sólo cabe
decir que el cambio que se percibe es que pierde su
orla, algo a lo que pudiera buscarse una significación
asimismo temporal, pero que no es fácil de esclare-
cer. También el gran verraco junto al círculo reticulado
pierde su doble contorno, si es que no se trata de dos
suidos diferentes. Esta transformación, que bien pue-
de simbolizar la pérdida de su doble contorno para un
mismo verraco y círculo reticulado, es ambivalente.
Podemos interpretarla, si atribuimos a las imágenes
del reverso un sentido de izquierda a derecha, como
una señal de que el año vacceo se va completando;
pero con la misma propiedad podemos suponer, si las
atribuimos un sentido de derecha a izquierda, que di-
cha mutación es indicadora de que el correspondien-
te año vacceo se va acabando y debilitando. Nuestro
conocimiento de los patrones y códigos iconográficos
vacceos es aún demasiado limitado como para poder
profundizar más en el posible sentido de ese sutil
cambio.
Quedan, finalmente, doce suidos en el canto su-
perior que, en sendos sextetos, se disponen en pro-
cesión desde las escotaduras centrales hasta cada ex-
tremo del pomo, acompañados de un decimotercer
animal que no participa de su doble comitiva. Otra
vez encontramos una correspondencia numérica con
el calendario celta, en este caso con sus meses. Su na-
turaleza simbólica puede venir indicada por el hecho
de que sus cuerpos muestran incisiones paralelas.
Estas aparecen en suidos representados en fíbulas y
broches de cinturón de la Meseta, donde pueden re-
Fig. 7. Desarrollo morfológico, sin tener en cuenta su escala, de los
tres zoomorfos en perspectiva cenital grabados sobre el pomo de
puñal de la tumba 32.
79
Simbolismo calendárico en la iconografía del equipo metálico de tipo Monte Bernorio de la tumba 32
presentar algún tipo de correaje o constituir la esque-
matización de rasgos morfológicos del animal real.
A diferencia de lo que ocurre con los cuatro suidos
ubicados en la embocadura del pomo, no todos los
del canto se orientan en la misma dirección, sino que
cada sexteto mira en direcciones opuestas. Reflejan
conceptos distintos a los del reverso del pomo, don-
de los cuatro suidos parecen representar la transición
de una parte del año a la otra y, de hecho, ocupan
un sector en la parte central del pomo que no pare-
ce formar parte ni del lado izquierdo ni del derecho.
Mientras que, por el contrario, cada uno de los dos
sextetos del canto está incluido en la prolongación
de uno u otro lado de la escena del reverso, es decir,
de esa parte respectivamente “oscura” o “luminosa”
del año celta, como posible indicación de que son los
meses que pertenecen a cada una de ellas. Además,
pese a que la variación de su tamaño impuesta por el
espacio disponible en el canto no permite hacer apre-
ciaciones incuestionables, en ambas procesiones los
especímenes parecen tener una protuberancia dorsal
cada vez más prominente y puntiaguda según ocupan
una posición más retrasada en la procesión. Una evo-
lución inversa a la que experimentan sus cuatro con-
géneres situados en la embocadura.
Pero, como sabemos, dos hechos rompen clara-
mente esta simetría: la aparición en el extremo iz-
quierdo del canto, orientado en dirección opuesta a
la de los seis suidos que van hacia él, de un pequeño
animal sin forma de suido y con cuerpo liso; y la inclu-
sión en el sexteto opuesto del canto, en tercer lugar a
partir de las escotaduras centrales, de un animal que,
aun participando de la procesión con ellos, no parece
ni un cerdo ni un jabalí, pues claramente posee fisio-
nomía y atributos singulares. Se trata de diferencias
sustanciales que no se pueden achacar, como en el
caso de la diversidad de tamaño, a la necesidad de
adecuar las imágenes al espacio disponible en el so-
porte.
El animal que, participando de la procesión con
los suidos, no se asemeja a los mismos, se sitúa se-
gún nuestra hipótesis en la parte “oscura” del año.
Su similitud con un cánido no es evidente. En mi opi-
nión, su contorno se asemeja sobre todo al de algu-
nos mustélidos, en especial (por su morro alargado
y por su cuerpo rechoncho y abombado en su parte
posterior) al de un tejón, aunque también muestra
más vagas similitudes con la silueta de la marta co-
mún o con la de una comadreja. En cuanto al diseño
sobre su lomo, no se corresponde con la librea de un
tejón ni, en general, con la de ningún otro mustélido o
animal, luego su carácter simbólico es probable. Pero,
¿por qué podría haber sido incluido en la comitiva un
ejemplar de esta especie o algún otro mustélido?
Recurriendo a documentos muy posteriores a la
época celta, sabemos que el tejón común (
Meles me-
les
) ha estado asociado en Europa a un día concreto,
el 2 de febrero, por ser una de las especies hiberna-
doras, junto con otros mustélidos, osos y serpientes,
cuya conducta en esas fechas supuestamente permi-
te pronosticar el fin del invierno o su prolongación
durante algún tiempo más. En Alemania el 2 de fe-
brero era denominado popularmente el Día del Tejón
(
Dachstag
), celebración que fue importada en Norte-
américa por inmigrantes alemanes mutando, por ser
el tejón una especie exclusivamente euroasiática, en
el
Groundhog Day
o Día de la Marmota (Ivey, 1964:
210-211, n.º 6.045). Pero en las zonas pirenaicas así
como en las alpinas, a menudo ese papel predictor
le era otorgado al oso (Agus, 2015: 27-29), en Irlanda
también se recurría al erizo y, en un viejo proverbio
escocés en lengua gaélica, se indica como el día 1 de
febrero la serpiente saldrá de su agujero (
Carmina
Gadelica,
ed. Carmichael, 1900, p. 169), permitiendo
así pronosticar el tiempo invernal que queda.
Contando desde el inicio del año en
Samain
(1 de
noviembre), estas fechas, 1-2 de febrero, se corres-
ponden en el calendario irlandés antiguo con el ini-
cio de la estación primaveral marcada por la fiesta de
Imbolc
, así como con el inicio del cuarto mes del ca-
lendario celta. El animal que pudiera caracterizarlo en
el lado derecho del canto superior del pomo, ocupa
el tercer lugar desde sus escotaduras centrales y el
cuarto si lo contamos desde el extremo de la pieza. En
consecuencia, si consideramos que desde el inicio del
año celta (1 de noviembre) se trata del cuarto inicio
de mes (1 de febrero), hemos de concluir, de acuerdo
con nuestra hipótesis, que la sucesión de animales/
meses del año vacceo empieza por el animal más cer-
cano al extremo derecho del pomo y que el mismo es
representativo de un mes equivalente a
Samain
.
Ahora bien, si
Samain
se sitúa en el extremo de-
recho del pomo, al inicio de los seis meses de la parte
oscura del año vacceo, con el inicio de
Imbolc
en el
cuarto lugar; y al otro lado del pomo hay otro sexte-
to de animales semejantes en procesión, que pueden
simbolizar a su vez los seis meses propios de la parte
“clara” del año vacceo, ¿qué explicación cabe dar a
la aparición de un decimotercer animal en el extre-
mo opuesto del pomo? Su menor tamaño no parece
un criterio diferencial útil. Pero sí lo son su contorno
distinto al de los demás animales del canto, su cuer-
po liso y su oposición frontal al sexteto que compone
la procesión de ese lado del pomo. Parece indudable
que su naturaleza es en cierto modo diferente, aun-
que comparte con ellos el mismo espacio. Además,
respecto del conjunto de doce animales que lo acom-
paña, se halla en el punto más alejado posible del
que, en el otro extremo, suponemos representativo
del primer mes del año, del cual lo separan todos los
demás.
Las fases lunares son un método muy efectivo de
computar el tiempo. Pero se suceden con una caden-
cia aproximada de 29,53 días, por lo que un año con
doce meses sinódicos (o lunaciones) totaliza poco
más de 354 días. El desfase temporal de este año lu-
80
nar respecto del año solar sideral se traduce al cabo
de algún tiempo en que las fechas del calendario no se
corresponden con la época del año que inicialmente
designaban. Los calendarios lunisolares compensan
este desfase intercalando cada cierto tiempo un nú-
mero determinado de días. En el calendario galorro-
mano de Coligny (fig. 8), la solución adoptada parece
haber sido intercalar un mes adicional cada dos años
y medio. Pero a lo largo de la historia los mecanismos
empleados para sincronizar el cómputo lunar y el so-
lar han sido diferentes, incluyendo la intercalación de
algunos días durante todos los años. Se trata de un
problema que también afectó, en este caso por em-
plear cómputos iniciales inexactos, a los calendarios
solares y para resolver el cual los egipcios añadían
a sus períodos regulares de tiempo, que totalizaban
360 días, otros cinco días que los griegos denomina-
ban
epagómenos
. También en el caso romano, hasta
que Julio César introdujera su reforma calendárica en
el año 46 a. C., existía un
mensis intercalaris
o mes
intercalado que era denominado
Mercedonius
y que
se introducía con cierto grado de aleatoriedad.
En el caso de los calendarios lunisolares, estos
períodos intercalares han sido en cierto modo anó-
malos para quienes han debido valerse de ellos para
adecuar el ritmo de su vida cotidiana a la natural y
armónica sucesión de lunaciones, teniendo que aña-
dirlos de manera irregular cada uno o varios años, en
forma de días o de meses y, a menudo, tras la duodé-
cima lunación, al final del año calendárico lunar. Es
posible que su carácter extraño y contradictorio con
la sucesión de doce meses lunares se represente en
el decimotercer animal del canto superior del pomo,
situado en el lado contrario a
Samain
(el inicio del
año) y enfrentado a los seis verracos de la segunda
parte del año vacceo que se dirigen hacia él. Aparen-
temente, es el único animal representado en el canto
superior con un cuerpo liso. Es cierto que los suidos
que aparecen en el reverso también carecen de trazos
en su interior. Aunque, si, como hemos visto, los dos
animales representados en el tahalí con su cuerpo
relleno de trazos también son cerdos o jabalíes, pu-
dieran constituir otra forma de representar esa duali-
dad “oscura” y “clara” del año, siendo indicio de que
estamos ante conceptos que podían ser representa-
dos mediante procedimientos distintos. En el caso del
tahalí, la clara diferencia entre uno y otro animal se
establece no mediante diferencias morfológicas en-
tre ambos, pues ninguna de relieve puede indicarse,
sino mediante la inserción de una pequeña sucesión
de eses encadenadas sobre el lomo de uno de ellos.
Unas diferencias iconográficas que podrían alimentar
el debate en torno a la decoración sincrónica o no de
los diferentes elementos del equipo metálico de la
tumba 32. En todo caso, los animales figurados sobre
el canto, que son los que hipotéticamente podemos
etiquetar como “meses” y por lo tanto calificar como
de un género conceptual similar a nuestro decimoter-
cer animal, sí muestran trazos internos en su cuerpo
de los que aquel carece.
Fig. 8. Reconstrucción de la tabla de bronce con el calendario galoromano de Coligny, de finales del siglo II d. C. (según De Ricci, 1926).
81
Simbolismo calendárico en la iconografía del equipo metálico de tipo Monte Bernorio de la tumba 32
A través de esta reflexión, volvemos al reverso del
pomo, donde vemos también un conjunto de indivi-
duos de los cuales uno se muestra como especialmen-
te singular: el zoomorfo representado en perspectiva
cenital en el centro de la composición, entre las esco-
taduras laterales y, por ende, entre las dos supuestas
partes del año vacceo, como en un espacio que no
pertenece ni a un tiempo ni al otro, en una posible
representación de un período intercalar. Sus rasgos
morfológicos, su cuerpo orientado de acuerdo con un
eje diferente, la ausencia de una lengua extendida y
de un círculo reticulado en su extremo, lo diferencian
claramente de los dos congéneres que lo flanquean
(tal vez el mismo ente mitológico en sendos períodos
del calendario celta empleado por los vacceos) y pa-
recen ubicarlo en una especie de limbo temporal.
La estructura global del calendario de Coligny nos
posibilita hacer una aproximación final al panorama
general representado en el reverso del pomo (tabla
I). Descubierto en 1897 a unos 100 km de la antigua
Lugdunum
, este calendario galorromano estaba con-
tenido en una gran tabla de bronce, la cual se con-
serva sólo en estado fragmentario. Su texto, en len-
gua gala, está escrito con letras capitales romanas.
Su primera transcripción completa fue publicada por
Dottin (1920: 172-207, n.º 53) y la edición por aho-
ra definitiva del mismo es debida a Duval y Pinault
(1986). Las interpretaciones en torno a su contenido
son numerosas y a menudo divergentes. Sólo men-
cionaremos aquí algunas características generales del
mismo, las cuales no son objeto de discusión y tienen
como epicentro la naturaleza de sus intercalaciones
calendáricas.
En concreto, los fragmentos de la tabla broncínea
muestran un ciclo de cinco años solares en el cual se
insertan 62 meses lunares. Estos resultan de añadir a
los doce meses lunares de cinco años, dos meses in-
tercalares: uno antes del inicio del ciclo, es decir antes
del mes
Samonios
(posible equivalente del
Samain
ir-
landés) del primer año; y otro en la mitad del tercer
año (entre los meses de
Cutios
y
Giamonios
) y, por lo
tanto, hacia mediados del ciclo total de cinco años. Si
extrapolamos estos datos al reverso del pomo, todo
parece indicar que en conjunto sus imágenes repre-
sentan la estructura de un año intercalado, es decir,
con el zoomorfo cenital de su parte media represen-
tando o formando parte de un mes, mientras que los
laterales se vinculan con los respectivos semestres
del año.
Si esto es así y si intentamos buscar sus posibles
similitudes con el calendario de tipo céltico de Colig-
ny, el año intercalado que se representa en el reverso
del pomo pudiera corresponderse con el año inicial
de un ciclo, o bien con el situado en la mitad de este,
es decir, su tercer año. En este último caso, caben
dos opciones: la primera es que la parte izquierda
del reverso sea representación del primer semestre
del año (su parte “oscura”), la parte central lo sea del
mes intercalado (entre
Cutios
y
Giamonios
) y la parte
derecha de la segunda parte del año (la “clara”); la
segunda opción es que el desarrollo temporal de la
escena sea el inverso, situándose a la derecha la parte
“oscura” e inicial del año y a la izquierda la segunda y
“luminosa”. Como vimos, la orientación de los suidos
situados en la embocadura y su desarrollo morfológi-
co, así como la posible situación del mes que se inicia
con la fiesta de
Imbolc
en la parte derecha del canto,
parecen sugerir más esta última posibilidad. Sin em-
bargo, el desarrollo morfológico del animal represen-
tado por triplicado en perspectiva cenital tampoco en
este caso parece seguir una sucesión lógica.
La otra posibilidad es que el artífice representara
un año intercalado antes de
Samain
o, lo que es lo
mismo, el primer año de un ciclo de 62 meses lunares
sinódicos, equivalentes de manera aproximada a cin-
co años solares. En este caso, el zoomorfo situado en
la parte central superior del reverso representaría ese
mes intercalado inicial mediante el cual se da comien-
zo al ciclo. A su derecha estaría entonces la primera
parte, “oscura”, del año, la cual conectaría, a través de
la parte central inferior del reverso, mediante la pro-
cesión de cuatro estaciones/suidos, con la segunda
parte del año, la “luminosa” del lado izquierdo. El de-
sarrollo morfológico de los zoomorfos en perspectiva
cenital y de los cuatro animales de la embocadura,
sería en tal caso coherente con esta sucesión tempo-
12345678910111213141516
Inter-
calar 1
Riur
os
Giamo-
nios
E
driniosRiuros
Giamo-
nios
E
driniosRiuros
Inter-
calar 2
E
quos
Samo-
nios
Ogr
on-
nios
E
quos
Samo-
nios
Ogr
on-
nios
E
quos
Ana-
gantios
Simivi-
sonnios
Can
tlos
Ana-
gantios
Simivi-
sonnios
Can
tlos
Ana-
gantios
Ele
m-
bivios
Du
man-
nios
Cutios
Ele
m-
bivios
Du
man-
nios
Cutios
Ele
m-
bivios
Samo-
nios
Ogr
on-
nios
E
quos
Samo-
nios
Ogr
on-
nios
E
quos
Samo-
nios
Ogr
on-
nios
Giamo-
nios
E
driniosRiuros
Giamo-
nios
E
driniosRiuros
Giamo-
nios
E
drinios
Duman-
nios
Cutios
Ele
m-
bivios
Duman-
nios
Cutios
Ele
m-
bivios
Duman-
nios
Cutios
Simivi-
sonnios
Can
tlos
Anagan-
tios
Simivi-
sonnios
Can
tlos
Anagan-
tios
Simivi-
sonnios
Can
tlos
Tabla 1. Esquema del calendario galorromano de Coligny. En 16 columnas, los 62 meses de un ciclo lunisolar de cinco años se disponen de
izquierda a derecha y en sentido vertical. Antes del primer año, se intercala un mes y otro a mediados del ciclo. El primer mes de cada año es
Samonios
, resaltado en rojo en la tabla.
82
ral. Y la imagen en conjunto del reverso mostraría, en
toda la extensión del término, un período temporal
expresado de manera cíclica, acorde con la mentali-
dad céltica. Es muy poco lo que conocemos aún de
los códigos iconográficos vacceos. Pero en ausencia
de otros criterios, los morfo-tipológicos de las propias
imágenes figuradas indican que es esta representa-
ción cíclica del primer año de un ciclo lunisolar céltico
de cinco años, similar al recogido sobre la tabla de
bronce de Coligny, lo que aparece representado en el
reverso y el canto superior del pomo (fig. 9).
Ahora bien, este ciclo temporal de cinco años de-
bía integrarse, a tenor del pasaje ya citado de Plinio
(
Historia Natural
, XVI 95), en una era de 30 años que,
según el autor romano, constituía el
saeculum
celta.
Dicho “siglo” debería, en consecuencia, estar consti-
tuido por seis de esos ciclos quinquenales mediante
los cuales pretendía sincronizarse el año lunar con el
sideral. En el equipo monte Bernorio de la tumba 32,
hay un símbolo muy prominente que se correspon-
de con dicha configuración temporal. En realidad, si
consideramos que la significación de esa era de 30
años constituida por seis ciclos penta-anuales simi-
lares al representado sobre el calendario de Coligny,
bien pudo ser de mayor relevancia que otros cóm-
putos temporales de menor duración, su posible re-
presentación en ese equipamiento metálico pudiera
ocupar el lugar privilegiado correspondiente: el bro-
che en el extremo distal del tahalí, donde la comple-
ja labor de lacería damasquinada junto a la cual se
figuran los dos zoomorfos representados en la pieza,
está compuesta por seis ciclos similares que se en-
trelazan entre sí (fig. 6). No obstante, la aparición
de otra composición similar en la parte opuesta del
broche metálico, deja abierta la posibilidad de que
ambas simbolicen otro tipo de sucesión temporal,
por ejemplo, el conjunto de seis meses de cada una
de las partes del año celta.
Conclusiones
Las imágenes representadas sobre el equipo metálico
de tipo Monte Bernorio de la tumba 32 de la necrópo-
lis de Las Ruedas pudieran estar figuradas de manera
acorde con una organización calendárica del tiempo,
simbolizada por los suidos. Esta vinculación ha de
ser cotejada con otros documentos arqueológicos y
literarios, en especial de la Céltica peninsular. Nues-
tro desconocimiento de los calendarios empleados
por los pueblos célticos es inmenso, lo cual aumen-
ta nuestra incertidumbre sobre toda reconstrucción
que se quiera hacer de aquellos. La hipótesis aquí de-
sarrollada constituye tan sólo un análisis previo que
requiere de ulteriores comprobaciones. Pero propor-
ciona una interpretación global y coherente del pro-
grama iconográfico que conocemos de ese equipa-
miento que, además, es susceptible de corroboración
o refutación mediante el eventual examen de otros
testimonios.
En lo referente a los tres zoomorfos en perspecti-
va cenital representados en la pieza, podemos plan-
tear que los tres congéneres representan tres fases
distintas de un mismo ser; o bien, en otros términos,
tres especímenes asociados, cada uno, a un mo-
mento específico del tiempo vacceo. Una naturaleza
subyacente en el concepto de triplicidad tan caro a
los pueblos célticos cuya presencia en la iconografía
del pomo ya subrayó con claridad Sanz desde un ini-
cio (1997: 441), siendo valorada positivamente por
Blanco (2011-2012: 185); y que creo que es erróneo
sustituir por episodios históricos
ad hoc
(De Pablo,
2021).
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Recibido: 16-09-2022
Aceptado: 30-10-2022