Vaccea Anuario, 15 (2022), pp. 71-83 (ISSN: 2659-7179) Resumen El objetivo de este trabajo es esclarecer si los suidos representados sobre el equipo metálico recuperado en la tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas (Padilla de Duero, Peñafiel, Valladolid) pueden incorporar algún tipo de significación temporal. A tal fin, se coteja su disposición y número sobre el referido equipo metálico, con las prin-cipales características del antiguo calendario céltico. Tras efectuar esta comparación, se concluye que la disposi-ción de los suidos sobre el equipo metálico es coincidente con las grandes divisiones temporales del año céltico. Esta posible correspondencia ha de ser refutada o comprobada analizando otros documentos arqueológicos de la Céltica peninsular. Palabras clave: iconografía vaccea, jabalí céltico (simbolismo), calendario céltico, calendario vacceo, zoomor-fos en perspectiva cenital. Abstract The aim of this paper is to clarify if the Suids representations at the metal equipment from the tomb 32 of Las Ruedas necropolis (Padilla de Duero, Peñafiel, Valladolid) could incorporate some kind of temporal significance. To this end, their arrangement and number on the aforementioned metallic equipment are compared with the main characteristics of the ancient Celtic calendar. After making this comparison, it is concluded that the dispo-sition of the Suids on the metallic equipment coincides with the great temporal divisions of the Celtic year. This possible correspondence has to be refuted or verified by analyzing other Celtic archaeological documents from the Iberian Peninsula. Keywords: Vaccaean iconography, celtic boar (symbolism), celtic calendar, vaccaean calendar, zoomorphs in zenithal perspective. Roberto Matesanz Gascón Centro de Estudios Vacceos Federico WattenbergUniversidad de Valladolid
72 Uno de los elementos más emblemáticos de aque-lla cultura material vaccea que nos es conocida es el pomo del puñal de tipo Monte Bernorio hallado en la tumba número 32 de la necrópolis de Las Ruedas (Padilla de Duero, Peñafiel, Valladolid). La destreza técnica con la que fue elaborado, hasta conseguir plasmar un rico programa iconográfico mediante la combinación de técnicas diversas, lo han convertido desde su mismo descubrimiento en un privilegiado objeto de estudio. En especial, su editor hizo un deta-llado análisis del posible significado de sus imágenes (Sanz, 1997: 439-448), que en lo referente a su ex-tensión no ha tenido paralelo hasta fechas recientes (De Pablo, 2021). Además, en el ínterin se han publi-cado valiosos trabajos sobre la naturaleza de los zoo-morfos que, desde una perspectiva cenital, aparecen representados en su reverso de manera prominente (por citar los más notorios: Blanco, 1997; Abarquero, 2006-2007; Romero, 2010; o Almagro-Gorbea, Balles-ter y Turiel, 2017). Aquí, mi propósito es precisar al-gunos aspectos de naturaleza temporal que parecen subyacer en la iconografía del equipo metálico de la tumba 32 y sólo aludiré a los mencionados estudios en la medida en que sean relevantes para este pro-blema específico. Disponer de un conocimiento más aquilatado del significado, en todas sus facetas, de la fascinante iconografía que ornamenta estas piezas vacceas, constituye un ineludible paso previo a todo cotejado de mayor extensión. Por otro lado, han surgido algunas incertidumbres en torno a la datación que debe atribuirse a las dis-tintas imágenes plasmadas sobre este equipamien-to. El debate gira en torno a la posibilidad de que la decoración se ejecutara en tiempos distintos, en un lapso temporal comprendido entre los siglos III y I a. C. (Sanz, 1997: 439-440; Romero, 2010: 486-488; De Pablo, 2021: 13-14); y se vincula con la existencia de los denominados como “objetos de memoria”, pro-ductos de especial valor que parecen haber estado funcionando durante siglos como reliquias antes de ser inhumados (Sanz, 2008). Sólo de manera tangen-cial aludiré a estas cuestiones, que, siendo importan-tes, en cierto sentido son irrelevantes para compren-der la iconografía que nos ocupa, pues incluso si los elementos decorativos fueran diacrónicos, ello no im-plicaría que se hubieran plasmado programas icono-gráficos inconexos y, de hecho, es probable que una decoración inicial hubiera determinado, en tal caso, el significado introducido mediante ornamentaciones posteriores. El contexto arqueológico: la tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas El equipo metálico formaba parte del ajuar de una tumba que, en el momento de su descubrimiento, fue designada como número 32 (fig. 1). La misma se localizó en el sector II-Y de la necrópolis de Las Ruedas. Resumiendo la descripción proporcionada por su excavador, cuando se halló el conjunto fune-rario había sufrido alteraciones postdeposicionales que afectaban sobre todo a su parte más oriental. En su lado más occidental, la urna cineraria (A), estaba protegida por una laja en su flanco este y sobre ella había una abrazadera de hierro (F), un tahalí (D) y la pieza naviforme de 265 mm de ancho del pomo de un puñal (E). Unos 15 cm hacia el este, había una bo-tella fina hecha a torno (B) y cuatro pequeñas bolitas de aspecto carbonoso (G). Más al este y ligeramente a mayor profundidad, una cajita volcada (C). El resto de los materiales (H a T) aparecían repartidos y en estado fragmentario. Los objetos de la parte oeste parecían hallarse en su posición original, estando in-discutiblemente asociados en el depósito los desig-nados como A, B, C, D, E y F. El resto eran fragmen-tos de más dudosa adscripción. La urna cineraria (A), constituida por un cuenco hecho a mano y decorado a peine, contenía 171 g de restos óseos. De su análi-sis se obtuvo la incierta conclusión de que pudieron pertenecer a un individuo femenino de entre 30 y 40 años. Además, junto a los elementos designados con la letra G, se recogieron restos de Sus domesticus y Capra hircus, esto es, de cerdo y de cabra (Sanz, 1997: 85-86 y 494). El conjunto metálico: el tahalí y el pomo de la tumba 32 Situados sobre la urna cineraria, los elementos metá-licos incluidos en la tumba, todos los cuales formaron parte con claridad de la inhumación primaria, eran la abrazadera de hierro (F), los restos del pomo (E) y los del tahalí (D), ambos de tipo Monte Bernorio. El pomo, de tipo naviforme y con 265 mm de anchura, Fig. 1. Tumba número 32 de la necrópolis de Las Ruedas (Padilla de Duero, Peñafiel, Valladolid).
73 Simbolismo calendárico en la iconografía del equipo metálico de tipo Monte Bernorio de la tumba 32 permitía adscribir su factura a la fase de expansión de estas producciones, datándose su fabricación ha-cia mediados del siglo III a. C. (Sanz, 1997: 434-439). La asociación de los elementos metálicos dentro del depósito funerario en una parte inalterada del mismo sugiere que en su día pomo y tahalí formaron parte de un mismo conjunto metálico; o, lo que es lo mis-mo, que fueron obra de un único artesano o de un mismo taller. En principio, refuerza esta idea la evi-dencia de que tanto en una pieza como en la otra se han combinado diseños geométricos y elementos fi-gurativos, característica poco habitual en las produc-ciones de este tipo.Del puñal al que perteneció el pomo faltan la hoja y la guarda, así como su vaina. En consecuen-cia, carecemos de elementos del equipo metálico que también pudieron servir como soporte para plasmar elementos iconográficos. No obstante, se ha conside-rado que la mayor parte de la iconografía aplicada al arma recaló en el pomo, pues la hoja no suele portar decoración y la guarda, bastante más pequeña, hu-biera proporcionado poco espacio como soporte de-corativo (Sanz, 1997: 439). En cuanto a la vaina del puñal, es una parte en la que suelen predominar los motivos geométricos. En principio, su ausencia puede suponer una pérdida irreparable para comprender la iconografía presente en pomo y tahalí. Pero es posi-ble, como se ha planteado, que la vaina y el resto del puñal no falten en el depósito funerario por las vici-situdes que han afectado a la preservación de este, sino que tahalí y pomo fueran las piezas selecciona-das del equipo metálico para acompañar al difunto por constituir las mismas una reliquia en el momento de ser inhumadas (De Pablo, 2021: 14); y cabe plan-tear que tal vez ello fuera así, en parte, porque esas piezas contuvieran un programa iconográfico comple-to en sí mismo.La atención prestada a la decoración presente en los elementos metálicos conservados ha sido muy desigual, lógicamente. De la abrazadera cabe decir que tiene como única decoración una línea si-nuosa central. En lo referente al tahalí (fig. 2), cuyo tramo superior lo forma una chapa rectangular de menor anchura que el resto, es de hierro chapado y está damasquinado en plata, mostrando una exube-rante decoración, predominantemente geométrica. La misma incluye acanaladuras, círculos, triángulos, “eses encadenadas”, elementos cuadrangulares y lí-neas. Con estos elementos el artífice compuso dise-ños muy complejos que merecieron una meticulosa descripción por parte de su publicador (Sanz, 1997: 87), a la cual remitimos. Junto a esta decoración de tipo geométrico, se incluyeron en la parte distal del tahalí dos zoomorfos representados de perfil, con larga cola, lo que parecen orejas puntiagudas y un largo hocico vuelto hacia arriba, únicos elementos figurativos detectados en la pieza metálica. Desde la descripción inicial hecha por Sanz, la iconografía del tahalí apenas ha merecido atención, salvo para aludir expeditivamente a estos dos zoomorfos. Sanz los consideró representación de sendos verracos (1997: 440). Pero la ausencia de colmillos y testícu-los en su figuración, así como sus orejas puntiagu-das, hacen creer a De Pablo (2021: 3-4) que se trata de lobos aullando. Dado su esquematismo, podría pensarse incluso en otros animales, por ejemplo, bovinos o equinos. Pero los testimonios arqueoló-gicos de la Edad del Hierro meseteña sugieren de manera clara su identificación con suidos por su morro largo, abocinado y curvado hacia arriba, por el rayado vertical que muestra su cuerpo y porque en ocasiones los suidos se representan con esas prominentes orejas; una iconografía general que no es propia de las figuras de lobo conocidas; mientras que en las fíbulas y otros objetos con imágenes de suidos, los testículos y los colmillos de estos pueden venir señalados o no (fig. 3). En cuanto al pomo, fue descrito también en deta-lle por Sanz (1997: 87-88). Mas parece conveniente resumir aquí su descripción para tener una referen-cia próxima y precisa de los conceptos que vamos a manejar. Su cuerpo de hierro es de tipo naviforme y porta en su anverso motivos geométricos damasqui-nados en hilo de plata, conformando hileras de eses encadenadas en diversos sentidos, predominantes Fig. 2. Tahalí de tipo Monte Bernorio de la tumba 32 (Sanz y Blanco, 2015: 64, n.º 2.2.2).
74 en la composición; a las cuales sólo se suman los ele-mentos que enmarcan las hileras de eses y algunos pequeños trazos rectos realizados en sus escotaduras centrales (fig. 4). En el reverso y en el canto superior del pomo, por el contrario, se ha grabado una variada decora-ción figurativa. En cuanto a las representaciones que decoran el canto superior de la pieza, conviene acla-rar que la imagen que fue publicada inicialmente de las mismas (Sanz, 1997: 86), en la cual aparecen doce animales, no es pertinente. Posteriores revisio-nes mostraron la aparición de un decimotercer ani-mal de pequeño tamaño en su extremo izquierdo. Además, en esa publicación inicial las imágenes del canto superior no aparecen junto a la parte del re-verso que las corresponde, sino invertidas. Esto hace que la descripción contenida en esa publicación ini-cial no se corresponda en cuanto a orientación con los términos que emplearemos aquí. Asimismo, en publicaciones posteriores se han insertado imáge-nes invertidas del canto y del reverso del pomo (por ejemplo, Romero, 2010: 485, fig. 12; o De Pablo, 2021: 5, fig. 5), las cuales lamentablemente pueden inducir a confusión. La imagen correcta de reverso y canto superior del pomo, que es la publicada por Sanz (2010: 348, fig. 18), es la que se incluye aquí (fig. 5). En ella se muestra la posición de las esce-nas si, sosteniendo la pieza ante nosotros en sentido horizontal, la rotamos en sentido vertical. Todas mis explicaciones tendrán como único punto de referen-cia esta imagen. Tras estas aclaraciones indiquemos que en el can-to del pomo se figuran de perfil trece animales, cuyo contorno en la mayoría de los casos recuerda al de un suido. Todos salvo uno muestran en su interior conjuntos de trazos rectos. A cada lado de las esco-taduras centrales, seis animales con el cuerpo raya-do parecen dirigirse en sendas procesiones hacia el respectivo extremo del canto. Al final del extremo izquierdo se figura un decimotercer animal de espe-cie indeterminada y con cuerpo liso, enfrentado a los otros seis de esa mitad del canto. En el lado derecho, el tercer animal figurado a partir de las escotaduras centrales no muestra el contorno de suido que ca-racteriza a los otros, sino una cabeza muy alargada, orejas triangulares, una larga cola y un cuerpo con un rombo relleno de trazos rectos. Sanz consideró (1997: 87-88) que podía tratarse de alguna especie de cáni-do, opinión compartida por De Pablo (2021: 6), quien lo considera un perro con orejas apuntadas y tal vez en posición agresiva.En lo referente a la iconografía plasmada en el reverso del pomo, ocupan su sector medio tres zoo-morfos cuadrúpedos de largo cuello representados cenitalmente. El central, entre las escotaduras, es el de menor tamaño y el que se representa de manera más esquemática, marcándose sólo su contorno y apareciendo dispuesto de forma vertical con la ca-beza hacia abajo. A sus lados, los otros dos, en posi-ción horizontal y de mayor tamaño, tienen el cuerpo relleno de trazos y aparecen con sus cabezas orien-tadas en direcciones opuestas, hacia el exterior de la escena. De ellas surgen sendas cintas sinuosas, cada una finalizada en un círculo reticulado. En torno al círculo del lado izquierdo, aparecen dos animales cuadrúpedos representados de perfil, de morfología diferente entre sí, así como un ave. Uno de ellos es un suido, ya sea un verraco doméstico (Sanz, 1997) o un jabalí (De Pablo, 2021), mientras que el otro se ha indicado que puede ser una cabra (Sanz, 1997) o un caballo (De Pablo, 2021). Junto al círculo reticulado derecho, se figuraron otros dos animales cuadrúpe-dos similares, asimismo diferentes entre sí, pero la mayor corrosión que ha sufrido esta parte del pomo no permite discernir si también aquí se representó otro ave. Sanz (1997) no halló indicio alguno de que se hubiera grabado en ningún momento; pero De Pablo (2021) cree que se ven restos de una figura, que por razones de simetría, supone que debió de ser un ave. Fig. 3. Fíbulas meseteñas con puente en forma de suido (izquier-da, según Blanco, 2018: 175, fig. 3.104; derecha, según Lenerz-de, 1991: taf. 234, n.º 960). Fig. 4. Anverso del pomo de puñal de la tumba 32 (Sanz, 1997: 86, fig. 77).
75 Simbolismo calendárico en la iconografía del equipo metálico de tipo Monte Bernorio de la tumba 32 Las partes más exteriores de la escena, en los extremos del pomo, parecen haber sido ocupadas por sendos combates singulares protagonizados por guerreros a pie, armados con lanza o jabalina y con un pequeño escudo circular tipo caetra. Sólo se per-cibe íntegra la monomaquia del lado izquierdo, pues en el derecho la corrosión parece haber difuminado por completo la línea incisa que figurara el contorno de uno de los contendientes. La imponente simetría, aunque no total, que caracteriza a la representación en su conjunto, así como el espacio vacío que queda sin ocupar delante del guerrero del lado derecho, su-giere de manera contundente que este es el único ri-val conservado de una inicial monomaquia. Finalmen-te, en la parte central e inferior del pomo, ocupando la zona de la embocadura bajo los zoomorfos repre-sentados cenitalmente, aparecen otros cuatro suidos, representados de perfil, orientados en procesión ha-cia la parte izquierda de la escena (Sanz, 1997: 87-88). Calendarios y suidos Pese a que constituyen con diferencia los seres más representados en el pomo, los dieciocho suidos que comparecen en él no han merecido demasiada aten-ción, si los comparamos con los enigmáticos seres representados cenitalmente extendiendo su lengua hacia un no menos enigmático círculo reticulado y con los guerreros que hacen gala del ethos agonís-tico vacceo. Sanz (1997: 446-447) los valoró en sus diferentes facetas, incluyendo la cinegética y la fune-raria, pero acabó considerando que su aparición en el pomo tiene ante todo una significación económica o productiva, denotada por sus grandes testículos, propios de los cerdos domésticos sementales. Por su parte, De Pablo (2021: 9) critica la anterior perspecti-va por considerar que los animales representados son específicamente jabalíes y atribuye su prominente fi-guración a ser símbolo de coraje y ferocidad para la sociedad vaccea. Lógicas en sí mismas, ninguna de ambas explica-ciones parece poder dar cuenta por entero de la pro-liferación de suidos ni de la manera en la que prolife-ran. En la explicación de Sanz, sorprende que a todos esos sementales domésticos se añadieran, como sím-bolo de riqueza ganadera y, por ende, productiva, un solitario aviforme y, tal vez, algún ovicáprido, faltando por completo las especies equinas y bovinas que tan importantes parecen haber sido económicamente para los vacceos. Pero al mismo tiempo, no se perci-be ninguna ferocidad en unos jabalíes que transitan tranquilamente sin abatir a nadie o ser abatidos ellos mismos, procesionando ordenadamente en grupo por las más diversas partes del pomo. No se enfren-tan a hombres, a animales o entre sí, con la única sal-vedad de uno de los dieciocho especímenes (veinte, si incluimos los dos del tahalí), el cual aparece de cara a un pequeño animal sin que ello implique enfrenta-miento violento. Fig. 5. Decoración figurativa grabada sobre reverso y canto superior del pomo de la tumba 32 (Sanz, 2010: 348, fig. 18).
76 Se pueden atribuir significaciones simbólicas muy diversas a este abundante conjunto de animales. Mu-chas de ellas ya han sido formuladas. Pero es posible que el magnífico conjunto iconográfico constituido por el tahalí y el pomo de la tumba 32 de la necrópo-lis padillense, sea la clave para poder atribuir a estos suidos un valor simbólico dentro del mundo céltico peninsular hasta ahora descuidado. En concreto, una significación vinculada con el cómputo del tiempo y con su expresión calendárica. Un ámbito que en la sociedad céltica, al igual que en otras sociedades an-tiguas, se expresó a través de una serie de manifesta-ciones sociales de tal riqueza, que da pie a sospechar que su mejor delimitación nos abriría una importan-te puerta de acceso a la mentalidad vaccea. Pues los usos y costumbres vinculados al calendario son muy resistentes al cambio y, en el campo del folklore, son los que proporcionan la imagen más amplia de una comunidad (Danaher, 1972: 11), en especial cuando esta es de naturaleza preindustrial. Por desgracia, disponemos de pocas certidumbres sobre el calendario céltico y, además, a lo largo de los siglos los diferentes pueblos que lo emplearon debie-ron introducir en él adaptaciones y variaciones moti-vadas por diferentes causas. Es probable que los vac-ceos, sobre cuyo calendario sólo hay investigaciones iniciales aún en curso (Sanz y Blanco, 2015: 52-54), hicieran lo propio. En este caso, sólo podríamos dis-poner de datos limitados pero, también, únicamente próximos a la realidad vaccea, en ningún caso idénti-cos a los de esta. El propio concepto de “calendario céltico” es susceptible de análisis desde perspectivas muy diferentes. En principio, una exposición concisa, pero clara y exhaustiva, de las diversas facetas del problema, así como su adecuada extensión al regis-tro arqueológico de los pueblos célticos peninsulares, puede verse en González-García, García y Belmonte (2016), en García y González-García (2017), o en Este-ban, Romeo y Fatás (2019).Como, gracias a los escasos testimonios antiguos conservados y a diversas tradiciones gaélicas, sólo po-demos tener por ciertas algunas características gené-ricas de los calendarios célticos, en nuestra exposición emplearemos unas fechas convencionales, evitando precisar, por ejemplo, si el Imbolc celta se celebraba el 31 de enero, el 1 de febrero o durante una parte de ambos días. Asimismo, términos como Beltaine o Sa-main se emplearán como forma de simplificar la expo-sición, pero el nombre de estas festividades pudo ser distinto entre los vacceos y su naturaleza, en parte di-ferente. Como ocurre en prácticamente todos los cam-pos de estudio sobre la cultura vaccea, en el actual es-tado de nuestros conocimientos las conclusiones que alcancemos sólo podrán ser provisionales. La principal característica de las hipótesis que formulemos debe-rá ser su contrastabilidad, de manera que puedan ser comprobadas o refutadas según avancemos más en nuestra comprensión de la referida cultura.Unas pocas referencias literarias antiguas, el calen-dario galorromano de Coligny (datado en el siglo II d. C.) y una abundante, pero tardía, información gaélica, son la base sobre la que han de sustentarse los estu-dios sobre el calendario céltico. Aparentemente, el año celta tenía doce meses, cuatro estaciones y dos partes principales, una de luz y otra de oscuridad; y cada una de sus divisiones se empezaba a computar por su par-te oscura o “nocturna”, la cual precedía a la “diurna” o luminosa (Julio César, Guerra de las Galias, VI 18). Plinio (Historia Natural, XVI 95) aporta algunas preci-siones más sobre el calendario galo, incluida la noticia de que sus eras (saecula) eran de treinta años. La tra-dición gaélica sugiere que el inicio del calendario celta se situaba en Samain (1 de noviembre), momento en el que el verano llegaba a su fin y se iniciaba la par-te “nocturna” del año. Por otro lado, parece que los pueblos celtas en la época prerromana empleaban ya un calendario de tipo lunisolar, cuyos meses luna-res intentaron sincronizar con el año sideral mediante intercalaciones periódicas de días o de meses, realiza-das posiblemente de distinta manera. En el caso del calendario galorromano de Coligny, la sincronización parece haberse efectuado mediante la inserción de un decimotercer mes adicional cada dos años y medio, el cual se dividía, como todo el tiempo celta, en una parte “nocturna” y otra “diurna”. Además, los pueblos gaéli-cos de Irlanda, Escocia y la isla de Man han perpetuado la celebración de cuatro grandes festividades: Samhain o Samain (1 de noviembre), Imbolc (1 de febrero), Bel-tane o Beltaine (1 de mayo) y Lughnasadh o Lughnasa (1 de agosto), las cuales se celebraban al inicio de cada respectiva estación. Como punto de partida, solo contamos con una coincidencia numérica. La estructura calendárica céltica consistente en un año dividido en dos partes principales, cuatro estaciones y doce meses, se co-rresponde con el número de suidos figurados sobre el pomo, los cuales aparecen agrupados en idéntica manera: dos en los lados y cuatro junto a su embo-cadura, en el reverso; y doce en su canto superior. De manera provisional, incluiremos entre estos últimos al “cánido” que en el lado derecho participa de la respectiva procesión y excluiremos al decimotercer animal del extremo izquierdo del canto. No tenemos conocimiento fehaciente de que los celtas (y mucho menos los vacceos) asimilaran en ninguna forma cer-dos o jabalíes con períodos de tiempo (véase, por ejemplo: Green, 1992; y para el simbolismo del jabalí en el mundo céltico peninsular: Cerdeño y Cabanes, 1994; así como, en este volumen, la contribución de Luis Valdés García). En principio, la coincidencia numérica que indicamos pudiera ser casual. Pero es indudable que existe y, en consecuencia, podemos comprobar cuáles son sus implicaciones, adoptando provisionalmente una escéptica postura de epojé, esto es, de suspensión del juicio antes de afirmar o negar ninguna posibilidad.
77 Simbolismo calendárico en la iconografía del equipo metálico de tipo Monte Bernorio de la tumba 32 Empezando por los suidos de mayor tamaño, los cuales aparecen junto a sendos círculos reticulados, cada uno forma parte de una escena que es similar a su opuesta, pero no igual. Aunque lo más probable es que existieran monomaquias semejantes en ambos lados del pomo y la aparición de un único ave en el lado izquierdo se haya discutido, no hay duda de que entre ambas partes existen diferencias que no son adventicias. Los propios suidos no son iguales, pues el derecho se ha trazado con un doble contorno que falta en el izquierdo. Además, en la derecha, el círcu-lo reticulado tiene como orla un círculo ligeramente mayor, del cual carece el círculo del lado izquierdo. Asimismo, el zoomorfo en perspectiva cenital del lado izquierdo muestra dos incisiones en la parte delante-ra de su cabeza que Sanz interpretó como colmillos de jabalí, aunque De Pablo apunta (2021: 4-5) que pudieran ser orejas o cuernos. Lo sustancial ahora es que dichas incisiones no aparecen en su congénere del lado derecho. Además, la cabeza de ambos zoo-morfos en perspectiva cenital se asemeja a un círcu-lo, pero el espécimen de la derecha muestra a modo de boca un rebaje de unos cuarenta y cinco grados ausente en el espécimen izquierdo, aunque los dos extienden igualmente su lengua. Estas diferencias pueden interpretarse como indicativas de que los dos zoomorfos mayores, así como los dos círculos reticu-lados, son individuos diferentes, aunque pertenecien-tes a una misma especie. Sin embargo, también pue-den interpretarse como indicativas de que se trata de los mismos individuos (círculo reticulado y zoomorfo) que aparecen representados en cada una de las dos partes del año celta: la clara y la oscura.Si así fuera, hemos de reparar en que los suidos que aparecen junto a los círculos reticulados se han representado de manera diferente y cabe plantearse si uno representa o es propio del lado luminoso del año céltico y el otro de su lado oscuro. Esto pudiera ser relevante, en especial, a la hora de valorar otras representaciones de cerdos o jabalíes sobre fíbulas, cinturones y otros documentos arqueológicos de la Céltica peninsular. En el caso de que pudieran ser adscritas con mayor certidumbre a una u otra mor-fología, su disposición en el pomo padillense pudiera constituir una variable analítica más para contrastar sus respectivos caracteres.El elemento más próximo susceptible de coteja-do son los dos zoomorfos representados en la parte distal del tahalí de la propia tumba 32. Como hemos indicado, según Sanz (1997) se trata de verracos, entendiendo por tales cerdos sementales; mientras que De Pablo (2021) los considera lobos aullando. En principio, la documentación iconográfica de la segun-da Edad del Hierro peninsular y, en especial la de la submeseta septentrional, obliga a identificarlos con suidos. En este caso, es difícil definir en el broche la existencia de un “lado” derecho o izquierdo. Además, hasta donde los daños producidos por la corrosión dejan ver, ambos animales parecen similares, no mos-trando más que muy ligeras diferencias morfológicas entre sí, atribuibles al azar de su ejecución. No obs-tante, sobre el lomo de uno de ellos, se ha damasqui-nado una corta secuencia de eses encadenadas (fig. 6). Se considera que en algunos casos estas eses pue-den representar ánades (Alfayé, 2010: 558-559; Blan-co, 2013: 174-175), un particular que aquí no pode-mos desvelar. Pero, en todo caso, esa breve secuencia parece introducir una diferencia simbólica clara, indi-cadora de que ambos animales no son dos individuos indiferenciados de una misma especie, sino que uno posee unas características de las que carece el otro, o bien, que se trata de un mismo espécimen represen-tado en dos momentos o situaciones diferentes. A tenor de la documentación irlandesa antigua, el año celta parece haber tenido, asimismo, cuatro es-taciones. El número de los suidos que se hallan en la embocadura del pomo, conectando la escena de un lado con la del lado contrario, se corresponde con el de ellas. Si suponemos que el sentido de su marcha es acorde con la sucesión de estaciones del calendario celta, la consecuencia es que la parte “nocturna” del año es la del lado derecho del pomo, siendo la del lado izquierdo su parte “diurna”. En este conjunto de animales, hallamos además otro elemento discrimi-nador: el tamaño o desarrollo de sus crestas. El prin-cipal inconveniente contra este criterio se deriva de la posibilidad de que la configuración de la cresta esté condicionada por el espacio disponible en el soporte, factor que parece haber influido en el tamaño relati-vo de los animales, siendo mayores los dos del centro y menores los de los extremos. Aun así, la diferencia morfológica perceptible es clara: el primer animal por la derecha carece por completo de protuberancia su-perior e incluso la parte anterior de su lomo muestra perfil cóncavo, mientras que en la del siguiente apa-rece ya una ligera curvatura hacia arriba; en el ter- Fig. 6. Zoomorfos sobre el tahalí de la tumba 32 (De Pablo, 2021: fig. 3).
78 cero se percibe un pequeño abultamiento y, ya en el cuarto, una eminente prolongación picuda. Esta evo-lución morfológica es independiente del tamaño de los cuatro suidos representados y parece denotar una evolución temporal representativa de su ciclo de cre-cimiento, que se desarrolla, al igual que el sentido de su marcha, de derecha a izquierda. Esta evidencia nos pone además ante una disyuntiva: ¿se trata de cuatro animales diferentes, o de un mismo animal represen-tado en cuatro etapas evolutivas distintas?La pregunta es especialmente pertinente porque, en todo caso, esta secuencia evolutiva es coherente con las diferencias morfológicas perceptibles entre los tres zoomorfos representados desde una perspec-tiva cenital. El que ocupa la posición central parece hallarse fuera del calendario, pues no se incluye en ninguna de las dos partes del año, sino que más bien las separa. Su cuerpo no muestra las incisiones rectas que caracterizan a los otros dos, no tiene cola ni ga-rras, no extiende su lengua y no se asocia a un círculo reticulado. Sin embargo, su cabeza circular rebajada por una escotadura en V es similar a la del zoomor-fo del lado derecho. Este, aunque mantiene aún ese rebaje angular a modo de boca, tiene cola y cuerpo relleno de trazos y extiende su lengua hacia un círcu-lo reticulado, mismos rasgos que caracterizan al ce-nital izquierdo, el de la parte “luminosa” del año, la segunda y última. Pero la lengua de este último toca un círculo sin orla, su cabeza se ha completado des-apareciendo el rebaje angular que marcaba su boca y de ella surgen ahora dos protuberancias marcadas mediante sendas incisiones (fig. 7). Más que de tres seres distintos, parece tratarse de un mismo ente mitológico del cual se muestra su evolución tempo-ral a lo largo del año, una evolución orientada por los conceptos de crecimiento, desarrollo y totalidad, de manera parecida a como ocurre en el caso de los suidos de la embocadura. Una faceta temporal que podemos vincular con el concepto de triplicidad que ya Sanz (1997: 441) creyera ver presente en la escena. Podemos plantearnos, aunque ello sea impro-bable, que la dirección plasmada por el artífice que grabó las imágenes fuera la inversa, es decir, que partiendo del zoomorfo cenital izquierdo, su proce-so evolutivo acabe en el espécimen central; pero la secuencia que lleva del uno al otro parece la única posible, quedando en todo caso el zoomorfo del lado derecho en mitad del proceso. Desde un punto de vista iconográfico, esta evolución formal no resulta evidente porque no se plasma en una secuencia uni-direccional; y esto parece ser así porque en tal caso el artífice no podría haber reflejado en la doble escena principal su carácter especular, el cual parece haber sido un concepto primordial en el diseño de la com-posición. En lo referente al círculo reticulado, tan sólo cabe decir que el cambio que se percibe es que pierde su orla, algo a lo que pudiera buscarse una significación asimismo temporal, pero que no es fácil de esclare-cer. También el gran verraco junto al círculo reticulado pierde su doble contorno, si es que no se trata de dos suidos diferentes. Esta transformación, que bien pue-de simbolizar la pérdida de su doble contorno para un mismo verraco y círculo reticulado, es ambivalente. Podemos interpretarla, si atribuimos a las imágenes del reverso un sentido de izquierda a derecha, como una señal de que el año vacceo se va completando; pero con la misma propiedad podemos suponer, si las atribuimos un sentido de derecha a izquierda, que di-cha mutación es indicadora de que el correspondien-te año vacceo se va acabando y debilitando. Nuestro conocimiento de los patrones y códigos iconográficos vacceos es aún demasiado limitado como para poder profundizar más en el posible sentido de ese sutil cambio.Quedan, finalmente, doce suidos en el canto su-perior que, en sendos sextetos, se disponen en pro-cesión desde las escotaduras centrales hasta cada ex-tremo del pomo, acompañados de un decimotercer animal que no participa de su doble comitiva. Otra vez encontramos una correspondencia numérica con el calendario celta, en este caso con sus meses. Su na-turaleza simbólica puede venir indicada por el hecho de que sus cuerpos muestran incisiones paralelas. Estas aparecen en suidos representados en fíbulas y broches de cinturón de la Meseta, donde pueden re- Fig. 7. Desarrollo morfológico, sin tener en cuenta su escala, de los tres zoomorfos en perspectiva cenital grabados sobre el pomo de puñal de la tumba 32.
79 Simbolismo calendárico en la iconografía del equipo metálico de tipo Monte Bernorio de la tumba 32 presentar algún tipo de correaje o constituir la esque-matización de rasgos morfológicos del animal real. A diferencia de lo que ocurre con los cuatro suidos ubicados en la embocadura del pomo, no todos los del canto se orientan en la misma dirección, sino que cada sexteto mira en direcciones opuestas. Reflejan conceptos distintos a los del reverso del pomo, don-de los cuatro suidos parecen representar la transición de una parte del año a la otra y, de hecho, ocupan un sector en la parte central del pomo que no pare-ce formar parte ni del lado izquierdo ni del derecho. Mientras que, por el contrario, cada uno de los dos sextetos del canto está incluido en la prolongación de uno u otro lado de la escena del reverso, es decir, de esa parte respectivamente “oscura” o “luminosa” del año celta, como posible indicación de que son los meses que pertenecen a cada una de ellas. Además, pese a que la variación de su tamaño impuesta por el espacio disponible en el canto no permite hacer apre-ciaciones incuestionables, en ambas procesiones los especímenes parecen tener una protuberancia dorsal cada vez más prominente y puntiaguda según ocupan una posición más retrasada en la procesión. Una evo-lución inversa a la que experimentan sus cuatro con-géneres situados en la embocadura.Pero, como sabemos, dos hechos rompen clara-mente esta simetría: la aparición en el extremo iz-quierdo del canto, orientado en dirección opuesta a la de los seis suidos que van hacia él, de un pequeño animal sin forma de suido y con cuerpo liso; y la inclu-sión en el sexteto opuesto del canto, en tercer lugar a partir de las escotaduras centrales, de un animal que, aun participando de la procesión con ellos, no parece ni un cerdo ni un jabalí, pues claramente posee fisio-nomía y atributos singulares. Se trata de diferencias sustanciales que no se pueden achacar, como en el caso de la diversidad de tamaño, a la necesidad de adecuar las imágenes al espacio disponible en el so-porte.El animal que, participando de la procesión con los suidos, no se asemeja a los mismos, se sitúa se-gún nuestra hipótesis en la parte “oscura” del año. Su similitud con un cánido no es evidente. En mi opi-nión, su contorno se asemeja sobre todo al de algu-nos mustélidos, en especial (por su morro alargado y por su cuerpo rechoncho y abombado en su parte posterior) al de un tejón, aunque también muestra más vagas similitudes con la silueta de la marta co-mún o con la de una comadreja. En cuanto al diseño sobre su lomo, no se corresponde con la librea de un tejón ni, en general, con la de ningún otro mustélido o animal, luego su carácter simbólico es probable. Pero, ¿por qué podría haber sido incluido en la comitiva un ejemplar de esta especie o algún otro mustélido?Recurriendo a documentos muy posteriores a la época celta, sabemos que el tejón común (Meles me-les) ha estado asociado en Europa a un día concreto, el 2 de febrero, por ser una de las especies hiberna-doras, junto con otros mustélidos, osos y serpientes, cuya conducta en esas fechas supuestamente permi-te pronosticar el fin del invierno o su prolongación durante algún tiempo más. En Alemania el 2 de fe-brero era denominado popularmente el Día del Tejón (Dachstag), celebración que fue importada en Norte-américa por inmigrantes alemanes mutando, por ser el tejón una especie exclusivamente euroasiática, en el Groundhog Day o Día de la Marmota (Ivey, 1964: 210-211, n.º 6.045). Pero en las zonas pirenaicas así como en las alpinas, a menudo ese papel predictor le era otorgado al oso (Agus, 2015: 27-29), en Irlanda también se recurría al erizo y, en un viejo proverbio escocés en lengua gaélica, se indica como el día 1 de febrero la serpiente saldrá de su agujero (Carmina Gadelica, ed. Carmichael, 1900, p. 169), permitiendo así pronosticar el tiempo invernal que queda. Contando desde el inicio del año en Samain (1 de noviembre), estas fechas, 1-2 de febrero, se corres-ponden en el calendario irlandés antiguo con el ini-cio de la estación primaveral marcada por la fiesta de Imbolc, así como con el inicio del cuarto mes del ca-lendario celta. El animal que pudiera caracterizarlo en el lado derecho del canto superior del pomo, ocupa el tercer lugar desde sus escotaduras centrales y el cuarto si lo contamos desde el extremo de la pieza. En consecuencia, si consideramos que desde el inicio del año celta (1 de noviembre) se trata del cuarto inicio de mes (1 de febrero), hemos de concluir, de acuerdo con nuestra hipótesis, que la sucesión de animales/meses del año vacceo empieza por el animal más cer-cano al extremo derecho del pomo y que el mismo es representativo de un mes equivalente a Samain. Ahora bien, si Samain se sitúa en el extremo de-recho del pomo, al inicio de los seis meses de la parte oscura del año vacceo, con el inicio de Imbolc en el cuarto lugar; y al otro lado del pomo hay otro sexte-to de animales semejantes en procesión, que pueden simbolizar a su vez los seis meses propios de la parte “clara” del año vacceo, ¿qué explicación cabe dar a la aparición de un decimotercer animal en el extre-mo opuesto del pomo? Su menor tamaño no parece un criterio diferencial útil. Pero sí lo son su contorno distinto al de los demás animales del canto, su cuer-po liso y su oposición frontal al sexteto que compone la procesión de ese lado del pomo. Parece indudable que su naturaleza es en cierto modo diferente, aun-que comparte con ellos el mismo espacio. Además, respecto del conjunto de doce animales que lo acom-paña, se halla en el punto más alejado posible del que, en el otro extremo, suponemos representativo del primer mes del año, del cual lo separan todos los demás. Las fases lunares son un método muy efectivo de computar el tiempo. Pero se suceden con una caden-cia aproximada de 29,53 días, por lo que un año con doce meses sinódicos (o lunaciones) totaliza poco más de 354 días. El desfase temporal de este año lu-
80 nar respecto del año solar sideral se traduce al cabo de algún tiempo en que las fechas del calendario no se corresponden con la época del año que inicialmente designaban. Los calendarios lunisolares compensan este desfase intercalando cada cierto tiempo un nú-mero determinado de días. En el calendario galorro-mano de Coligny (fig. 8), la solución adoptada parece haber sido intercalar un mes adicional cada dos años y medio. Pero a lo largo de la historia los mecanismos empleados para sincronizar el cómputo lunar y el so-lar han sido diferentes, incluyendo la intercalación de algunos días durante todos los años. Se trata de un problema que también afectó, en este caso por em-plear cómputos iniciales inexactos, a los calendarios solares y para resolver el cual los egipcios añadían a sus períodos regulares de tiempo, que totalizaban 360 días, otros cinco días que los griegos denomina-ban epagómenos. También en el caso romano, hasta que Julio César introdujera su reforma calendárica en el año 46 a. C., existía un mensis intercalaris o mes intercalado que era denominado Mercedonius y que se introducía con cierto grado de aleatoriedad.En el caso de los calendarios lunisolares, estos períodos intercalares han sido en cierto modo anó-malos para quienes han debido valerse de ellos para adecuar el ritmo de su vida cotidiana a la natural y armónica sucesión de lunaciones, teniendo que aña-dirlos de manera irregular cada uno o varios años, en forma de días o de meses y, a menudo, tras la duodé-cima lunación, al final del año calendárico lunar. Es posible que su carácter extraño y contradictorio con la sucesión de doce meses lunares se represente en el decimotercer animal del canto superior del pomo, situado en el lado contrario a Samain (el inicio del año) y enfrentado a los seis verracos de la segunda parte del año vacceo que se dirigen hacia él. Aparen-temente, es el único animal representado en el canto superior con un cuerpo liso. Es cierto que los suidos que aparecen en el reverso también carecen de trazos en su interior. Aunque, si, como hemos visto, los dos animales representados en el tahalí con su cuerpo relleno de trazos también son cerdos o jabalíes, pu-dieran constituir otra forma de representar esa duali-dad “oscura” y “clara” del año, siendo indicio de que estamos ante conceptos que podían ser representa-dos mediante procedimientos distintos. En el caso del tahalí, la clara diferencia entre uno y otro animal se establece no mediante diferencias morfológicas en-tre ambos, pues ninguna de relieve puede indicarse, sino mediante la inserción de una pequeña sucesión de eses encadenadas sobre el lomo de uno de ellos. Unas diferencias iconográficas que podrían alimentar el debate en torno a la decoración sincrónica o no de los diferentes elementos del equipo metálico de la tumba 32. En todo caso, los animales figurados sobre el canto, que son los que hipotéticamente podemos etiquetar como “meses” y por lo tanto calificar como de un género conceptual similar a nuestro decimoter-cer animal, sí muestran trazos internos en su cuerpo de los que aquel carece. Fig. 8. Reconstrucción de la tabla de bronce con el calendario galoromano de Coligny, de finales del siglo II d. C. (según De Ricci, 1926).
81 Simbolismo calendárico en la iconografía del equipo metálico de tipo Monte Bernorio de la tumba 32 A través de esta reflexión, volvemos al reverso del pomo, donde vemos también un conjunto de indivi-duos de los cuales uno se muestra como especialmen-te singular: el zoomorfo representado en perspectiva cenital en el centro de la composición, entre las esco-taduras laterales y, por ende, entre las dos supuestas partes del año vacceo, como en un espacio que no pertenece ni a un tiempo ni al otro, en una posible representación de un período intercalar. Sus rasgos morfológicos, su cuerpo orientado de acuerdo con un eje diferente, la ausencia de una lengua extendida y de un círculo reticulado en su extremo, lo diferencian claramente de los dos congéneres que lo flanquean (tal vez el mismo ente mitológico en sendos períodos del calendario celta empleado por los vacceos) y pa-recen ubicarlo en una especie de limbo temporal.La estructura global del calendario de Coligny nos posibilita hacer una aproximación final al panorama general representado en el reverso del pomo (tabla I). Descubierto en 1897 a unos 100 km de la antigua Lugdunum, este calendario galorromano estaba con-tenido en una gran tabla de bronce, la cual se con-serva sólo en estado fragmentario. Su texto, en len-gua gala, está escrito con letras capitales romanas. Su primera transcripción completa fue publicada por Dottin (1920: 172-207, n.º 53) y la edición por aho-ra definitiva del mismo es debida a Duval y Pinault (1986). Las interpretaciones en torno a su contenido son numerosas y a menudo divergentes. Sólo men-cionaremos aquí algunas características generales del mismo, las cuales no son objeto de discusión y tienen como epicentro la naturaleza de sus intercalaciones calendáricas. En concreto, los fragmentos de la tabla broncínea muestran un ciclo de cinco años solares en el cual se insertan 62 meses lunares. Estos resultan de añadir a los doce meses lunares de cinco años, dos meses in-tercalares: uno antes del inicio del ciclo, es decir antes del mes Samonios (posible equivalente del Samain ir-landés) del primer año; y otro en la mitad del tercer año (entre los meses de Cutios y Giamonios) y, por lo tanto, hacia mediados del ciclo total de cinco años. Si extrapolamos estos datos al reverso del pomo, todo parece indicar que en conjunto sus imágenes repre-sentan la estructura de un año intercalado, es decir, con el zoomorfo cenital de su parte media represen-tando o formando parte de un mes, mientras que los laterales se vinculan con los respectivos semestres del año.Si esto es así y si intentamos buscar sus posibles similitudes con el calendario de tipo céltico de Colig-ny, el año intercalado que se representa en el reverso del pomo pudiera corresponderse con el año inicial de un ciclo, o bien con el situado en la mitad de este, es decir, su tercer año. En este último caso, caben dos opciones: la primera es que la parte izquierda del reverso sea representación del primer semestre del año (su parte “oscura”), la parte central lo sea del mes intercalado (entre Cutios y Giamonios) y la parte derecha de la segunda parte del año (la “clara”); la segunda opción es que el desarrollo temporal de la escena sea el inverso, situándose a la derecha la parte “oscura” e inicial del año y a la izquierda la segunda y “luminosa”. Como vimos, la orientación de los suidos situados en la embocadura y su desarrollo morfológi-co, así como la posible situación del mes que se inicia con la fiesta de Imbolc en la parte derecha del canto, parecen sugerir más esta última posibilidad. Sin em-bargo, el desarrollo morfológico del animal represen-tado por triplicado en perspectiva cenital tampoco en este caso parece seguir una sucesión lógica.La otra posibilidad es que el artífice representara un año intercalado antes de Samain o, lo que es lo mismo, el primer año de un ciclo de 62 meses lunares sinódicos, equivalentes de manera aproximada a cin-co años solares. En este caso, el zoomorfo situado en la parte central superior del reverso representaría ese mes intercalado inicial mediante el cual se da comien-zo al ciclo. A su derecha estaría entonces la primera parte, “oscura”, del año, la cual conectaría, a través de la parte central inferior del reverso, mediante la pro-cesión de cuatro estaciones/suidos, con la segunda parte del año, la “luminosa” del lado izquierdo. El de-sarrollo morfológico de los zoomorfos en perspectiva cenital y de los cuatro animales de la embocadura, sería en tal caso coherente con esta sucesión tempo- 12345678910111213141516 Inter-calar 1Riur osGiamo-niosE driniosRiurosGiamo-niosE driniosRiurosInter-calar 2E quos Samo-nios Ogr on-niosE quos Samo-nios Ogr on-niosE quosAna-gantiosSimivi-sonniosCan tlosAna-gantiosSimivi-sonniosCan tlosAna-gantiosEle m-biviosDu man-niosCutiosEle m-biviosDu man-niosCutiosEle m-bivios Samo-nios Ogr on-niosE quos Samo-nios Ogr on-niosE quos Samo-nios Ogr on-niosGiamo-niosE driniosRiurosGiamo-niosE driniosRiurosGiamo-niosE drinios Duman-niosCutiosEle m-biviosDuman-niosCutiosEle m-biviosDuman-niosCutiosSimivi-sonniosCan tlosAnagan-tiosSimivi-sonniosCan tlosAnagan-tiosSimivi-sonniosCan tlos Tabla 1. Esquema del calendario galorromano de Coligny. En 16 columnas, los 62 meses de un ciclo lunisolar de cinco años se disponen de izquierda a derecha y en sentido vertical. Antes del primer año, se intercala un mes y otro a mediados del ciclo. El primer mes de cada año es Samonios, resaltado en rojo en la tabla.
82 ral. Y la imagen en conjunto del reverso mostraría, en toda la extensión del término, un período temporal expresado de manera cíclica, acorde con la mentali-dad céltica. Es muy poco lo que conocemos aún de los códigos iconográficos vacceos. Pero en ausencia de otros criterios, los morfo-tipológicos de las propias imágenes figuradas indican que es esta representa-ción cíclica del primer año de un ciclo lunisolar céltico de cinco años, similar al recogido sobre la tabla de bronce de Coligny, lo que aparece representado en el reverso y el canto superior del pomo (fig. 9).Ahora bien, este ciclo temporal de cinco años de-bía integrarse, a tenor del pasaje ya citado de Plinio (Historia Natural, XVI 95), en una era de 30 años que, según el autor romano, constituía el saeculum celta. Dicho “siglo” debería, en consecuencia, estar consti-tuido por seis de esos ciclos quinquenales mediante los cuales pretendía sincronizarse el año lunar con el sideral. En el equipo monte Bernorio de la tumba 32, hay un símbolo muy prominente que se correspon-de con dicha configuración temporal. En realidad, si consideramos que la significación de esa era de 30 años constituida por seis ciclos penta-anuales simi-lares al representado sobre el calendario de Coligny, bien pudo ser de mayor relevancia que otros cóm-putos temporales de menor duración, su posible re-presentación en ese equipamiento metálico pudiera ocupar el lugar privilegiado correspondiente: el bro-che en el extremo distal del tahalí, donde la comple-ja labor de lacería damasquinada junto a la cual se figuran los dos zoomorfos representados en la pieza, está compuesta por seis ciclos similares que se en-trelazan entre sí (fig. 6). No obstante, la aparición de otra composición similar en la parte opuesta del broche metálico, deja abierta la posibilidad de que ambas simbolicen otro tipo de sucesión temporal, por ejemplo, el conjunto de seis meses de cada una de las partes del año celta. Conclusiones Las imágenes representadas sobre el equipo metálico de tipo Monte Bernorio de la tumba 32 de la necrópo-lis de Las Ruedas pudieran estar figuradas de manera acorde con una organización calendárica del tiempo, simbolizada por los suidos. Esta vinculación ha de ser cotejada con otros documentos arqueológicos y literarios, en especial de la Céltica peninsular. Nues-tro desconocimiento de los calendarios empleados por los pueblos célticos es inmenso, lo cual aumen-ta nuestra incertidumbre sobre toda reconstrucción que se quiera hacer de aquellos. La hipótesis aquí de-sarrollada constituye tan sólo un análisis previo que requiere de ulteriores comprobaciones. Pero propor-ciona una interpretación global y coherente del pro-grama iconográfico que conocemos de ese equipa-miento que, además, es susceptible de corroboración o refutación mediante el eventual examen de otros testimonios. En lo referente a los tres zoomorfos en perspecti-va cenital representados en la pieza, podemos plan-tear que los tres congéneres representan tres fases distintas de un mismo ser; o bien, en otros términos, tres especímenes asociados, cada uno, a un mo-mento específico del tiempo vacceo. Una naturaleza subyacente en el concepto de triplicidad tan caro a los pueblos célticos cuya presencia en la iconografía del pomo ya subrayó con claridad Sanz desde un ini-cio (1997: 441), siendo valorada positivamente por Blanco (2011-2012: 185); y que creo que es erróneo sustituir por episodios históricos ad hoc (De Pablo, 2021). Bibliografía Abarquero Moras, F. J. (2006-2007): “Simbolismo cenital en el mundo vacceo a propósito de un recipiente de cerámica de Las Eras de San Blas (Roa, Burgos)”. BSAA arqueología, 72-73, pp. 183-209.Agus, C. A. (2015): “Il tempo dell’orso, l’orso nel tempo: l’exemplum dell’arco alpino occidentale”. En E. Comba y D. Ormezzano (eds.), Uomini e orsi: Morfologia del sel-vaggio. Torino: Accademia University Press, pp. 15-36. Collana di studi del Centro Interdipartimentale di Scien-ze Religiose, Università di Torino, 6. [DOI: https://doi.org/10.4000/books.aaccademia.1375]. Alf ayé Villa, S. (2010): “Iconografía vaccea: una aproxima-ción a las imágenes del territorio vacceo”. En F. Romero y C. Sanz (eds.), De la Región Vaccea a la Arqueología Vaccea. Valladolid: Centro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg, pp. 547-573. Vaccea Monografías, 4.Almagro-Gorbea, M., Ballester, X. y Turiel, M. (2017): “Tésera celtibérica con “lobo cenital” procedente de Fig. 9. Probable orientación temporal de tipo cíclico de las imágenes representadas en el reverso del pomo de la tumba 32.
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