Vaccea Anuario, 15 (2022), pp. 43-70 (ISSN: 2659-7179) Resumen El conjunto de fíbulas recuperado en la Zona Arqueológica Pintia, situada entre los términos municipales de Padilla y Pesquera de Duero (Valladolid), supera los tres centenares y medio de ejemplares. De esta abultada colección, cincuenta y ocho piezas se pueden adscribir al modelo que E. Cuadrado denominó anular hispánica. El estudio del conjunto de anulares a través de una nueva propuesta tipológica, adaptada a este registro, nos pue-de servir de muestra extrapolable al mundo vacceo. Veremos, además, con mayor detenimiento, una particular variante, identificada por uno de nosotros como tipo 19 o de cabecera remachada, muy relacionada con piezas de orfebrería vaccea. La cifra de ejemplares del tipo 19 documentados en Pintia se ha visto duplicada en los últimos años, alcan-zándose un total de nueve piezas, una de las cuales proporciona contexto preciso al haber sido recuperada en una tumba bien conservada; las posibles derivaciones que pudo tomar, basándonos en su peculiar sistema de montaje, puede situarla como el prototipo de otro modelo muy habitual en la meseta Norte: el 4g o de anillo grueso con cartela. Palabras clave: metalurgia, vacceos, Protohistoria, orfebrería. Abstract The set of fibulae recovered from the Pintia Archaeological Zone, located in the municipalities of Padilla and Pesquera de Duero (Valladolid), includes more than three hundred and fifty pieces. From this large collection, fifty-eight pieces belong to the model called Hispanic annular by E. Cuadrado. The study of this set of annular pieces through a new typological approach adapted to this archaeological record, which could be extrapolated to the vaccean word. Moreover, we deeply investigate a singular variant identified as “type 19” or “riveted head”, which is closely related to pieces of vaccean goldsmith. The number of type 19 fibulae documented at Pintia has doubled in recent years, reaching an amount of nine pieces, being one of them recovered precise archaeological context, a well-preserved tomb. The features of this model regarding its peculiar assembly system allow to interpret it as a prototype of another common design in the Northern Plateau of the Iberian Peninsula: 4g or thick ring with gusset. Keywords: metallurgy, vacceans, Protohistory, goldsmith. Elvira Rodríguez GutiérrezCarlos Sanz Mínguez Centro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg Universidad de Valladolid
44 Para realizar este trabajo sobre las fíbulas anulares hispánicas (FAH en adelante) del ámbito vacceo, he-mos tomado como muestra la colección recuperada en la Zona Arqueológica Pintia, por ser el yacimiento más y mejor estudiado de esta etnia prerromana. Localizada entre los términos municipales de Padilla y Pesquera de Duero, en el extremo oriental de la provincia de Valladolid y del territorio vacceo (fig. 1), Pintia cuenta con una abultada colección de im-perdibles que alcanza los trescientos setenta ejem-plares, cifra poco habitual para un solo yacimiento. Pese a que un importante porcentaje se halla en es-tado fragmentario, hemos podido identificar tipoló-gicamente 239 ejemplares, de los cuales al menos 58 se corresponden con este modelo, constituyen-do el 24 % de la muestra. Mientras otros tipos de fíbulas encuentran representación en las diversas áreas funcionales del yacimiento, la totalidad de las anulares pintianas proceden de su necrópolis de Las Ruedas. Antes de entrar en materia, conviene recordar brevemente cómo se estructura este imperdible: el componente que lo singulariza es el anillo, con-siderado la prolongación del eje en torno al cual se articula el resorte que en el ámbito meseteño generalmente es de muelle. La presencia del aro no solo facilita la sustentación del puente por ambos extremos ―cabeza y pie―, sino que además otorga estabilidad a la fíbula cuando está prendida. Este rasgo resultó crucial en el éxito de este modelo y desde sus orígenes (siglo VI a. C.) surgirán un gran número de subtipos y diversas variantes en talle-res de gran parte del solar peninsular, lo que pro-piciará que su producción alcance los momentos finales del Hierro II. En virtud del aro aparece la sujeción caudal, otro de los elementos exclusivos de la anular hispánica, si bien no todos los subtipos la incluyen. Surge cuando el pie, una vez superada la mortaja, remata en una lámina o lengüeta que se abraza al anillo para fijarse a él y evitar, en los modelos forjados, que este se abra. Para reforzar la abrazadera y mantenerla en su sitio se añade un fino alambre, a ambos lados de esta, que arrolla un número variable de espiras. En ocasiones, esta sujeción caudal se prolonga por todo el anillo con carácter meramente ornamental. Fig. 1. Ubicación de Pintia en la región vaccea.
45 Fíbulas anuales hispánicas vacceas a través del registro de Pintia En la colección pintiana contamos con 17 anula-res en estado óptimo y el resto (41 piezas), pese a su conservación fragmentaria, son o contienen elemen-tos inequívocos de este modelo. Con todo, y aunque gran parte de este conjunto se puede identificar con alguna de las tipologías establecidas, conviene tener presente que toda clasificación no deja de ser un constructo contemporáneo artificial que trata de dis-criminar lo principal de lo accesorio. Así sucede con la pionera de E. Cuadrado (1957), un amplio trabajo basado en criterios morfológicos y funcionales que ha servido de referente en posteriores estudios (Na-varro, 1970; Iniesta, 1983; Martín Montes, 1984a y 1984b; Ruiz, 1989; Argente, 1994; etc.).Para agrupar las anulares de la colección pintiana nosotros aplicaremos una clasificación elaborada ad hoc, basada fundamentalmente en dos criterios: el modo de fabricación y la estructura. Aunque todos los autores mencionados tienen en cuenta, entre otros, tales razonamientos, en un principio pretendíamos seguir la de Argente (1994: 66-68), pues su campo de estudio presenta paralelismos étnicos-culturales con el nuestro, propios del ámbito meseteño. Sin embar-go, la clasificación planteada por este autor no resuel-ve determinados problemas, ni la propia terminología empleada nos parece la más adecuada al denominar a sus tipos 6C y 6D, como fíbulas semifundidas y fundidas. Aun admitiendo que tales vocablos están muy extendidos en la bibliografía especializada (Ruiz, 1989; Sanz, 1997; González, 1999; etc.), no somos partidarios de utilizar esta clasificación ahora pues entendemos que sensu stricto todas ellas son piezas fundidas al ser productos broncíneos. Por ello prefe-rimos hablar de tres tipos de fíbulas: forjadas, mixtas y fabricadas a molde 1 . En el primer grupo entrarían aquellos imperdibles en los que aun contando con partes que pudieron ser elaboradas a molde, para su montaje hubieron de ser forjadas, esto es, trabajadas mediante martilleado hasta alcanzar la forma desea-da pudiendo afectar tanto al puente y a sus distintas partes (mortaja, pie, resorte) como al anillo. Conside-ramos mixtas a las que cuentan con un puente he-cho a molde, cuyo ensamblaje no requiere de forja para su montaje debido a la propia mecánica de estas piezas. Finalmente, el tercer grupo alude a aquellos ejemplares en los que el grueso de la pieza es un solo elemento pues puente y anillo son solidarios al haber compartido el mismo molde. 1. Propuesta tipo-cronológica para las F AH pintianas Tras lo dicho veamos qué estructuras y formas de ela-boración tienen las anulares pintianas. Seguiremos algunas de las abreviaturas ya empleadas por uno de nosotros, por las que P= puente; An= anillo; R= resor-te (muelle); Ag= aguja y S= sujeción caudal, aunque esta se incorpore como elemento decorativo (Sanz, 1997: 360), y Ch= resorte de tipo charnela (bien sea de bisagra o de tope osculador) (Cuadrado, 1957: 12). La unión de piezas se expresa con un guion (-) y la independencia con una barra (/).1.1. TipologíaDe nuestro conjunto, formado por 58 ejemplares (figs. 2, 3 a 5 y 7), hemos conseguido ordenar 53 de ellos, teniendo en cuenta que 4 fragmentos de anillo no se han podido encajar en ninguna categoría (780, 788, 792 y 5554) 2 y que la fíbula 3665 (fig. 12: 2)es de cerámica por lo que no se rige por los mismos pará-metros mecánicos que el resto. Tipo 1. Fíbulas hechas a mano o forjadas. Contamos con 22 ejemplares asimilables a este grupo, aunque 3 de ellos (4157, 4121 y 4123) están incompletos por lo que desconocemos cuántos elementos los compo-nían. En cuanto al resto, hemos tratado de situarlos en uno u otro apartado, en función del número de piezas de su estructura, estableciendo primero las distintas posibilidades: 1.1. Configuradas por dos piezas: el puente gene-ra el resorte de muelle y el anillo es independiente (P-R-Ag/An): 0 ejemplares.1.2. Configuradas por tres piezas: dos variantes.1.2a. Puente, anillo y resorte de muelle son in-dependientes (P/An/R-Ag): 0 ejemplares.1.2b. El puente genera el resorte de muelle, el anillo es independiente y presenta suje-ción caudal (P-R-Ag/An/S): 13 ejemplares, 9 seguros (4139, 4141, 4142, 4144, 4146, 4167, 4150, 4161 y 719) y 4 probables (4152, 4156, 745 y 746). 1.3. Configuradas por cuatro piezas: puente, ani-llo, resorte de muelle y sujeción caudal (P/An/R-Ag/S): 6 ejemplares (4158, 718, 790, 778 y 3552) y probablemente 4163.Tipo 2. Fíbulas mixtas. Contamos con 17 ejemplares identificables con esta categoría establecida en fun-ción del tipo de puente moldeado y del sistema de montaje. En relación con el primero planteamos dos grupos:2.1. Puente con cabeza perforada para el paso del anillo. De los 8 ejemplares contabilizados, 4 de ellos (2984, 2919, 4149 y 4164) carecen de re-sorte. A partir de las diferencias en el sistema de cierre establecemos dos variantes, ambas se con-figuran con tres elementos.2.1a. Resorte de muelle (P/An/R-Ag): 2 ejem-plares (4145 y 753). 2.1b. Resorte de charnela, de bisagra o tope de gancho (P/An/Ch): 2 ejemplares (4143 y 4148).2.2. Puente con cabeza rematada en un eje para su remachado en el anillo perforado. Frecuente-
46 mente lleva sujeción caudal, en buena parte de las ocasiones ocupando prácticamente todo el anillo. Lo identificamos con el tipo 19 de Sanz (1992). Sin embargo, dado que el sistema de cierre puede va-riar, así como el número de elementos que confor-man cada ejemplar, distinguiremos tres variantes. Con todo, de los 9 ejemplares pintianos, 5 de ellos no pueden adscribirse a ninguna de ellas por estar incompletos (3683, 4159, 789, 721 y 4155). 2.2a. El resorte de muelle se genera a partir de la aguja y el anillo presenta sujeción caudal. Es el esquema clásico y se compone de cuatro piezas: P/An/R-Ag/S. Se observa de forma se-gura en 4 ejemplares: 739, 4246, 4154 y 4153.2.2b. La aguja está suelta, sin muelle. Obser-vable en piezas recargadas de orfebrería que también se componen de cuatro piezas: P/An/Ag/S: 0 ejemplares. 2.2c. La aguja suelta, sin muelle, y además ca-rece de sujeción caudal, por lo que cuenta con 3 elementos: P/An/Ag: 0 ejemplares.Tipo 3. Fíbulas a molde. Son 14 ejemplares en los que puente y anillo son una unidad moldeada, aunque en 6 de ellos desconocemos con exactitud si están con-figurados por dos o tres piezas (779, 795, 4162, 747, 4160 y 4151). El resto lo situamos en una de las dos variantes propuestas a partir del número de piezas que lo componen:3.1. Conformadas por dos piezas (P-An/R-Ag): Puente y anillo conforman una unidad, y el resorte de muelle otra; es una composición que cumplen 4 ejemplares (4140, 4147, 4165, y 821).3.2. Conformadas por tres piezas (P-An/R-Ag/S): Igual que la anterior, pero incluye a mayores la sujeción caudal ya decorativa; lo percibimos en 4 ejemplares (4138, 756 y 696) y probablemente en la pieza 4166.De todo ello observamos, grosso modo, que 22 fíbulas se pueden adscribir a nuestro tipo 1, lo que representa un 41,5 %, 17 al tipo 2 (32,1 %) y 14 al tipo 3 (26,4 %).Si entramos en un análisis pormenorizado, respec-to al primero de los tipos, que recordemos englobaría a aquellos ejemplares cuyo montaje requiere del for-jado de todos sus elementos, percibimos que la tota-lidad de las fíbulas en las que el puente se proyecta para generar el muelle del resorte también cuenta con sujeción caudal, por lo tanto, se compone de tres pie-zas (P-R-Ag/An/S). Algo natural si se tiene en cuenta que los anillos en los que se puede visualizar la zona caudal, al no estar cubierta por la abrazadera, no están cerrados (745 y 746). Otros anillos sí que lo están, al-guno de ellos, como el 4150, empleando un interesan-te sistema de enchufado o embutido de un extremo en el otro, sin que ello signifique que pueda prescindir de la abrazadera ni de la sujeción. Asimismo, los ejem-plares cuyo resorte se genera a partir de la aguja, con puente independiente al muelle el cual se sujeta al aro mediante una o varias espiras, también llevan sujeción caudal por lo que se componen de cuatro piezas (P/An/R-Ag/S). En este caso, basándonos en las fíbulas que han perdido la abrazadera o aparece desplazada (4158, 790, 3552), sabemos que los anillos tampoco están cerrados. Por otro lado, no contamos con fíbulas de dos únicas piezas, montadas bajo el esquema P-R-Ag/An, pues ello requeriría de un anillo cerrado que no necesitara el refuerzo de la sujeción. Finalmente, tampoco disponemos de fíbulas cuyo resorte se con-forme exclusivamente con la aguja, en las que el puen-te y el anillo sean independientes, y que carezcan de sujeción (P/An/R-Ag). Todo lo dicho indica que, en este sistema de mon-taje, en el que cada elemento se incorpora individual-mente mediante forjado, la sujeción caudal es un elemento estructural necesario y no un mero objeto ornamental. En el tipo 2 hemos englobado las piezas que con-sideramos mixtas porque portan un puente hecho a molde, a lo que se suma otra condición y es que en su montaje apenas requiere de forja. La primera varian-te (2.1) acoge a las fíbulas cuyo arco presenta cabeza y a veces pie perforados para dar paso al anillo. Este sistema está relacionado tradicionalmente con la apli-cación de resortes de tipo charnela, muy habituales en el Levante peninsular y otros territorios iberos del interior, así como en la Celtiberia, aunque en este ám-bito con menor profusión. Al margen de los 4 puentes perforados que no han conservado el resorte, conta-mos con dos piezas que incluyen el muelle (4145 y 753); estas, se podrían asimilar a los tipos de Cuadra-do 4j o navecilla con chaflanes laterales (4145) y al tipo 2a de timbal hemisférico (753), por lo que puede tratarse de reparaciones locales en piezas importadas (Iniesta, 1983: 113; González, 1999: 94), aunque no necesariamente. Respecto a las dos fíbulas que sí que han conservado la charnela, cabe mencionar que una es de tipo bisagra (4143) y la otra de tope de gancho (4148). La tecnología empleada en este sistema de cierre (agujas configuradas con plaquitas perforadas para la inserción del anillo u otras con topes o pesta-ñas concebidas para mantener la tensión del cierre) parecen proceder de talleres especializados por la delicadeza que conlleva la elaboración de este tipo de elementos. La presencia de estos puentes perforados en un oppidum vacceo en un elevado porcentaje (15,1 %) llama nuestra atención, si bien no todas tienen por qué ser elementos importados. Sabemos que, el po-tente mundo vetón, a priori mejor situado para la re-cepción de objetos meridionales a través del corredor extremeño, cuenta con 220 FAH de las cuales 22 po-seen resorte de charnela, es decir, un 10 % (Camacho, 2020: 34). Sobre ello podemos extraer varias conclu-siones: la primera es que los puentes perforados no
47 Fíbulas anuales hispánicas vacceas a través del registro de Pintia Fig. 2. Tipología establecida para las fíbulas anulares hispánicas de Pintia.
48 Fig. 3. Fíbulas anulares hispánicas de Pintia.
49 Fíbulas anuales hispánicas vacceas a través del registro de Pintia Fig. 4. Fíbulas anulares hispánicas de Pintia.
50 Fig. 5. Fíbulas anulares hispánicas de Pintia.
51 Fíbulas anuales hispánicas vacceas a través del registro de Pintia fueron concebidos exclusivamente, al menos en el ámbito meseteño, para alojar resortes de charnela; otra posibilidad es que algunos de estos puentes se produjeron localmente imitando ejemplares clara-mente foráneos (4143 y 4148), y de ahí que sus re-sortes sean de muelle; y una tercera opción es que este tipo de piezas llegaran desde estaciones celtibé-ricas, de mayor contacto con el mundo ibérico, como ocurrirá con las readaptaciones laténicas de cabecera perforada. Además, en este tipo 2 hemos incluido una subes-pecie exclusivamente vaccea/meseteña (tipo 2.2). Contiene un puente macizo, de mayor o menor gro-sor, que hubo de elaborarse a molde y su montaje conlleva el remachado de la cabecera con el anillo, por lo que ambas piezas se han configurado para ser ensambladas bajo esta mecánica. Sobre este tipo de fíbulas trataremos más adelante; ahora únicamente comentaremos que en el conjunto pintiano hay 9 ejemplares que representan el 16,9 % de la muestra. Por otro lado, cabe mencionar que, aunque general-mente este tipo de fíbulas parecen presentar resortes de muelle (subtipo 2.2a) se ha observado, en ejem-plares de orfebrería (fig. 8) y en un ejemplar broncí-neo de Paredes de Nava (fig. 7: 13), otro sistema de cierre en el que la aguja carece de resorte (subtipo 2.2b), pues su extremo proximal está aplanado y per-forado para el paso del anillo, por lo que esta queda suelta. Además, el ejemplar palentino mencionado tiene otra peculiaridad y es que carece de sujeción no por pérdida sino porque nunca la tuvo (subtipo 2.2c). Finalmente, del tipo 3, caracterizado porque puente y anillo se configuran en un único molde, he-mos documentado 14 ejemplares, de los cuales 6 es-tán incompletos por lo que no se puede concretar el número de piezas que los conformaban. En función de esto, hemos distinguido dos variantes: en la 3.1, los imperdibles están estructurados en dos elemen-tos (P-An/R-Ag) y son 4 ejemplares; tampoco faltan fíbulas de la variante 3.2, compuestas por tres ele-mentos (P-An/R-Ag/S), a mayores incluyen la sujeción caudal exclusivamente para su engalanado, dado que por el modo de fabricación este alambre ya no resulta utilitario. Las fíbulas del tipo 3 representan en el con-junto pintiano el 26,4 %.De modo que, recapitulando, observamos varias formas de fabricación de fíbulas anulares hispánicas en Pintia. El tipo 1 es el más habitual representado en un 41,5 %; de ellas buena parte repite el mismo esquema de montaje manual en el que el puente ge-nera al resorte de muelle (P-R-Ag/An/S) (tipo 1.2b), un 24,5 % del total. Si bien tampoco falta el otro sis-tema en el que el resorte-aguja es independiente del puente (tipo 1.3), aunque es menos frecuente (11,3 %). Ambos comparten el empleo de la sujeción cau-dal como elemento estructural, probablemente por-que los anillos no están cerrados. Las fíbulas mixtas, tipo 2, presentan dos variantes que cuentan con simi-lar porcentaje de piezas: del subtipo 2.1, de puente perforado, contamos con ejemplares foráneos proce-dentes de distintos ámbitos (meridional y meseteño oriental) y respecto al subtipo 2.2, puente con eje para el remachado, lo consideramos de creación local (16,9 %). Finalmente, sobre el 26 % de las fíbulas a molde, tipo 3, si bien algunas de ellas no cuentan con sujeción caudal (pues como hemos comentado ya no la necesitan), sí que hay ejemplares que la conservan, siguiendo quizá la tradición de las montadas a mano y de las de tipo 2.2 o cabecera remachada, las cuales incorporan el uso de este alambre con fines ornamen-tales como veremos. 1.2. Aspectos cronológicosPero, ¿cuándo se elaboraron tales producciones o en qué momentos llegaron esos elementos de im-portación al territorio vacceo? La secuencia evolutiva lineal, generalmente aceptada en el estudio de las fíbulas, está basada en los modos de fabricación e implica que las piezas forjadas son más antiguas que las mixtas y que las elaboradas a molde. Sin embargo, esta sucesión no siempre resulta tan nítida; además la fabricación a molde de piezas cuya estructura es relativamente sencilla no parece que supusiera un obstáculo para los broncistas meseteños desde los inicios de su producción (ss. V-IV a. C.). En estos pri-meros compases en Pintia ya se documentan tipos de imperdibles de grandes puentes cruciformes elabora-dos a molde y después rematados a forja, amén de otras manufacturas siderúrgicas tecnológicamente de mayor complejidad, como los puñales de tipo Monte Bernorio (Sanz, 1990, 1997, 2002, 2010 y 2016). Se-gún C. González (1999: 98), los puentes forjados tan habituales en los yacimientos de la submeseta Nor-te, «en una zona arévaca-vaccea», fueron producidos en talleres locales desde mediados del s. V a. C. Para Cabré y Morán (1977: 136-137) las piezas de nuestro tipo 3, con puente y anillo solidarios, se localizan en estaciones pre-celtibéricas (Valdenovillos, Hijes y Ca-rabias), desde principios del s. IV a. C., si bien pudie-ran situarse en un periodo anterior pues no aparecen asociadas a cerámica torneada (Cabré y Morán, 1977: 143). De hecho, los últimos estudios apuntan a que este fósil-guía está plenamente establecido en ám-bito celtibérico desde el s. V a. C. (Sánchez Climent, 2015: 521).Veamos qué información cronológica nos puede aportar el análisis de este conjunto en su propio con-texto (fig. 6). Tal y como ya advirtió uno de nosotros, a partir del conjunto de piezas disponibles en aquel momento (30 FAH, si bien 21 de ellas fueron recogi-das en superficie por un particular), la cronología es-timada para las anulares, con base en la estratigrafía horizontal establecida en la necrópolis de Las Ruedas (Sanz, 1990; 1997: 467-476; Sanz y Pedro, 2015: 8; Sanz y Rodríguez, 2019, 2020, 2021a y 2021b), es de entre los ss. V y III a. C. (Sanz, 1997: 359-390). La cues-
52 tión ahora es si podemos afinar algo más con la in-formación disponible actualmente, aunque seguimos manejando fechas flotantes. Si observamos la distribución de las anulares hispánicas en dicha planimetría general (los recu-perados en tumbas, los de posición secundaria con probable desplazamiento por diversos agentes no-civos o los documentados en hoyos de furtivos) nos siguen proporcionado las mismas cronologías (ss. V-III a.C.), que hemos comparado con las fechas que proponen otros autores para tratar de acercarnos a los momentos en que fueron fabricadas y/o emplea-das en el registro funerario, al menos en algunas de ellas. Antes de comenzar, hemos de advertir que las 21 FAH de la colección T. Madrazo, fueron recogidas en superficie, tras la acción nociva del arado, en la zona meridional del cementerio, considerada la de mayor antigüedad (ss. V-IV a. C.), por lo que no han sido incluidas en nuestro mapa. De manera que el grueso del conjunto parece lo-calizarse en la franja cronológica mencionada, aun-que hay algunas excepciones e importantes matices que trataremos de explicar y que atañen a los ejem-plares 756, 778, 4167 y 3552.Si comenzamos por las de nuestro tipo 1 o forja-das, consideradas por la tradición como más antiguas por su forma de montaje, vemos que contamos con 5 ejemplares completos recuperados con metodolo-gía arqueológica —3 (719, 778 y 4167) pertenecen al subtipo 1.2, compuestos por tres elementos, y los 2 restantes (718 y 3552) al subtipo 1.3, formados por cuatro piezas—; todos ellos asimilables al tipo 4a de Cuadrado, quien situaba estas producciones desde el s. V a. C., y de forma similar Argente (ss. V-III a. C.). Sin embargo, surge cierta discordancia respecto a las piezas pintianas 778 y 3552: el ejemplar 778, ha sido localizado en el sector G1c9, con fechas que lo sitúan entre los ss. II al I a. C. Con todo, posee característi-cas que a priori denotan arcaísmo como la sujeción caudal compuesta por un excesivo número de espiras para engalanar la pieza (Martín Montes, 1984a: 38). La otra fíbula, 3552, pertenecía a la tumba infantil (127b), bien conservada y fechada entre los ss. II y I a. C.; pese a su cronología fue depositada en la zona meridional o “vieja” del cementerio. El desajuste que supone la presencia de una sepultura tardía en un área antigua podría responder a un ordenamiento del espacio cementerial de carácter familiar y/o clientelar (Sanz y Rodríguez, 2019: 12). El hecho de que una pie-za arcaica, como la 3552, se haya recuperado en un conjunto como el 127b (fig. 11), de cronología moder-na, indujo a considerarla una reliquia heredada por la joven protagonista de esta sepultura (Sanz y Romero, 2008: 9; Romero y Sanz, 2009: 79 y 96; 2010: 458). En cuanto al ejemplar 4167 se trata de una mi-niatura tipo 4b de Cuadrado que se recuperó en po-sición secundaria (sector II-AY), una zona moderna de la necrópolis, de plena romanización, cuando ya, con carácter general, no se producían anulares hispánicas. Finalmente, la fíbula 756, ya de nuestro tipo 3, se ha localizado en un área considerada del II a. C. e in-cluso del I a. C., concretamente en el sector G2h2, si bien en posición secundaria.Las que sí que parecen mantener la concordancia entre su datación y la zona de localización en Las Rue-das son las de nuestro subtipo 2.2 (tipo 19, de cabe-cera remachada), que situamos entre los ss. V-IV a. C. Además, uno de estos ejemplares (3683) formaba parte de la tumba 247a (Sanz, 2012: 8), localizada en buen estado de conservación por lo que proporciona un contexto preciso de estos momentos iniciales. Por otro lado, la pieza de nuestro tipo 3, 696 presenta una posición en Las Ruedas, sector VI-AE, correspondiente al s. III a. C., seguramente de me-diados, lo que resultaría concordante con su posible momento de fabricación, teniendo en cuenta la evo-lución que propondremos para el modelo 19 de ca-becera remachada hasta dar lugar a la estructura de cartela fundida (4g, de Cuadrado).Similares cronologías ofrecen los ejemplares recu-perados con metodología arqueológica en el área sur de Las Ruedas, de nuestro subtipo 2.1 (de cabeza per-forada), (4164, 2919, 2984, 753), lo que encaja con las dataciones propuestas por otros autores (Cuadrado, 1957: 61; Argente, 1994: 71; González, 1999, etc.). Otra pieza sobre la que cabe llamar la atención es la 4166, una peculiar fíbula con un puente de timbal ―a medio camino entre las variantes 2e con montan-tes y 2g de cúpula (Cuadrado, 1957 y 1960)―, elabo-rada a molde con el anillo, nuestro tipo 3. El resorte (perdido) probablemente era de muelle a juzgar por el importante número de arrollamientos que recu-bren la mayor parte del aro, tomado quizá de la tra-dición local de cabecera remachada o de las forjadas. Se recuperó en el sector II-AH cuya cronología estima-da es de finales del III a. C. Podría estar bien situada cronológicamente pues las propuestas de otros au-tores las colocan entre el s. IV-III (tipo 2e) (González, 1999: 81-82) y s. II a. C. (tipo 2g) (Cuadrado, 1960: 93) y Argente para sus tipos 6D o fundidos, entre el III y el I a. C. (1994: 77).De todo ello se puede extraer que las distintas formas de fabricación de anulares hispánicas se reali-zaron en talleres pintianos probablemente desde sus primeros compases (ss. V-IV a. C.), de forma práctica-mente sincrónica, llegándose a gestar en ese proceso de elaboración algún subtipo nuevo, como el de cabe-cera remachada (subtipo 2.2 o tipo 19). Por otro lado, y aun siendo conscientes de que en términos gene-rales las fíbulas anulares extendieron su producción durante toda la segunda Edad del Hierro, alcanzando en algunos enclaves el cambio de era, la fabricación del modelo anular en Pintia no debió de superar el s. III a.C. Si bien contamos con escasas piezas que no siguen este planteamiento como la 778 que se loca-
53 Fíbulas anuales hispánicas vacceas a través del registro de Pintia Fig. 6. Distribución de las fíbulas anulares hispánicas en la estratigrafía horizontal de la necrópolis de Las Ruedas de Pintia.
54 lizó en una zona del cementerio que se corresponde con los siglos II-I a. C.; o la 4167, en un contexto ce-menterial del siglo I d. C. Sobre estas pensamos que deben ser pervivencias, trasmitidas de generación en generación, como la reliquia 3552 de la tumba 127b, quizá con un valor añadido relacionado con el tránsi-to favorable al más allá, como veremos en el análisis contextual.No debemos olvidar que al tiempo que se fabrica-ban las distintas anulares descritas en Pintia también se producían otros modelos de fíbulas, como el de doble resorte de puente en cruz o el de pie alzado. Asimismo, la incorporación de nuevos tipos llegados tempranamente del mundo centroeuropeo dará lu-gar a readaptaciones locales laténicas, muchas de ellas en hierro. El hecho de que las anulares hispánicas de Pintia restrinjan su producción a los siglos V-III a. C., al tiem-po que se alterna la fabricación de otros modelos, podría deberse al peso de las modas imperantes que comparecen al calor de un dinámico comercio a me-dia y a larga distancia, lo cual ha quedado patente en diversos objetos de cultura material recuperados en este yacimiento, originarios de otros territorios, así como en otras producciones de inspiración foránea, pero de sabor vacceo. 2. FAH de tipo 19 (subtipo 2.2 en este trabajo) o cabecera remachada Ya hemos dicho que este subtipo se caracteriza por-que posee un sistema de montaje arcaico que con-siste en el remachado de la cabeza del puente en el orificio abierto en el anillo a tal fin. Esta acción propicia que, en la base de la pieza, bajo el anillo, se aprecie la protuberancia o remache cuya función es la fijación de ambos elementos. Tanto puente como anillo decrecen progresivamente en su grosor; el primero más levemente, de forma más marcada el segundo. Ambos elementos son macizos con ten-dencia o de sección plenamente circular. Algunos ejemplares conservan un alambre arrollado en tor-no al anillo en buena parte de su superficie con fines ornamentales.La nomenclatura, tipo 19, dada por uno de nosotros (Sanz, 1992), está relacionada con la propuesta por Cuadrado (1957 y 1960) y amplia-da por Martín Montes (1984a y 1984b) hasta el tipo 18. 2.1. InventarioActualmente el registro general de anulares re-machadas se compone de 17 ejemplares, todos ellos localizados en la meseta Norte. Pintia atesora el 53 % de la muestra, pero veamos en qué número y dónde se localiza cada una de las piezas documentadas (figs. 7 y 8):Necrópolis de Las Ruedas de Pintia (Padilla de Duero, Valladolid): 9 fíbulas fragmentarias, 4 de ellas ya pu-blicadas (4153, 4154, 4155 y 4159) (Sanz, 1992 y 1997) y otras 5 aún inéditas, de las cuales 4 se hallaron en posición secundaria (4246, 739, 789 y 721) y la quin-ta (3683) en contexto preciso dentro de la tumba 247 (fig. 10) (Sanz, 2012: 8). Ninguna se encuentra com-pleta, 6 corresponden a anillos (4153-4155, 739, 721 y 4246) y 3 a puentes (4159, 789 y 3683) (fig. 7: 1 a 9). Necrópolis de Miraveche (Burgos): 1 ejemplar com-pleto, a excepción de la aguja, procedente de la tum-ba 31 (Schüle, 1969: taf. 139: 21; Sanz, 1992: fig. 1: 1). Sin duda es la pieza mejor conservada de todo el conjunto y la que muestra detalles desconocidos en otros ejemplares como los taladros en disposición diametralmente opuesta al eje de la pieza, para an-clar el extremo de las sujeciones (fig. 7: 10).Necrópolis de Villamorón (Burgos): 2 hallazgos in-completos y descontextualizados, correspondientes a un puente y a un anillo (Martínez Burgos, 1924: 223, citado en: Sanz, 1992: fig. 1: 2 y 3; Sanz y Carrascal, 2016: 34) (fig. 7: 11 y 12).Yacimiento de La Ciudad (Paredes de Nava, Palen-cia) 3 : 1 pieza miniatura de bronce, en perfecto estado de conservación (Cuadrado, 1960: fig. 7: 8), de anillo perforado en la cabecera, en cuyo orificio queda an-clado y remachado el puente. Carece de sujeción cau-dal y muestra una llamativa aguja libre, sin muelle, como en los ejemplares áureos.Tesorillo de San Martín de Torres (León): 1 ejemplar completo en plata forrado con lámina de oro (Delibes y Esparza, 1989; Delibes, 2002; Sanz y Carrascal, 2016: 32-33). La pieza muestra un magnífico estado de con-servación y la zona basal de la cabecera permite ver que se trata de una pieza fabricada en plata, de cabe-cera remachada y toda ella forrada en oro (fig. 8: 1).Tesoro 1 de Arrabalde (Zamora): 2 ejemplares áureos (Delibes y Martín Valls, 1982; Delibes, Martín Valls y Esparza, 1996). El ejemplar publicado habitualmente es el más completo y la zona de remachado queda oculta por una placa circular áurea (fig. 8: 3). Por el contrario, la pieza menor carece de la chapa en esa zona, lo que permite identificar sin duda el sistema de remachado característico de estas piezas (fig. 8: 2) 4 .El Bierzo (León): Esta pieza, a decir de G. Delibes (1994-1995: 68), es «muy voluminosa, en oro, del tipo documentado en Arrabalde 1 o San Martín de To-rres. Se conoce exclusivamente a través de una escue-ta descripción y de una fotografía de Luengo», que afortunadamente para nuestro estudio recoge la cara inferior de la fíbula (fig. 8: 4) y permite comprobar el sistema de remachado también aquí.
55 Fíbulas anuales hispánicas vacceas a través del registro de Pintia Fig. 7. Fíbulas anulares hispánicas de cabecera remachada (tipo 2.2 o tipo 19). 1 a 9. Necrópolis de Las Ruedas de Pintia (Valladolid). 10. Tum-ba 31 de Miraveche (Burgos). 11 y 12. Villamorón (Burgos). 13. Palencia (quizá Paredes de Nava).
56 Un último ejemplar debe ser mencionado, aun-que casi con seguridad no corresponda ya a este tipo de montaje con remachado. Es una fíbula de plata que pese a mostrar arrollamientos áureos en el anillo, puente y aro parecen haber sido moldeados en una sola pieza. Pudo formar parte del tesoro 1 de Palencia (aunque no es seguro) (fig. 9: 8) 5 , (Del Álamo, 2009: 336-355; Pérez y Delibes, 2012: 65). Pasaremos a continuación revista a las diferentes partes de este grupo tan peculiar de FAH, con la in-tención de poder analizar su caracterización y trans-formación. Unos de los rasgos más llamativos de este tipo es la profusión de arrollamientos que cubren por com-pleto o en gran medida, la superficie de los anillos. Algunos de los aros pintianos han conservado una serie abultada de espiras generadas a partir de la su-jeción caudal, del resorte o en algunos casos, parecen ser tramos de hilo independiente. El ejemplar 739, lo conserva íntegramente en la práctica totalidad de su superficie, mientras que los anillos 4153, 4154 y 4246 están libres de dicho hilo en la zona diametral-mente opuesta al eje del puente, más engrosada. Tal engrosamiento del aro quizá pudiera servir de tope para evitar el deslizamiento de esta sujeción, lo que se complementa en la pieza de Miraveche con unos pequeños orificios cónicos en la base de esta zona del anillo para anclar dicha sujeción (fig. 7: 10).El ejemplar 4246 muestra que los arrollamientos no siempre se desarrollan a partir de la sujeción o del resorte, pues en este caso el muelle conservado (dos espiras) presenta una sección claramente superior a la del alambre situado bajo él y por tanto de disposición posterior. De hecho, en esta pieza el hilo se asió al ani-llo, al menos en la zona de la cabecera, antes que el re-sorte pues este aparece sobrepuesto y lo mismo pare-ce ocurrir en el ejemplar miravechano. Lo que induce a pensar que posiblemente al aro, una vez moldeado y dado su característica forma, pero antes de su rema-chado, se le arrollaba el alambre para su engalanado, lo que explicaría que la abrazadera caudal recogiera, además de la parte abierta del anillo, la cuerda de la sujeción. Para conseguir un aspecto de homogenei-dad, dicha abrazadera incluiría una decoración incisa de líneas paralelas que simulan las propias espiras tan-to en las piezas más antiguas como la 739 de Pintia o la de la tumba 31 de Miraveche (fig. 7: 4 y 10), así como en otras que consideramos más evolucionadas. Nos referimos a una fíbula de Paredes de Nava (fig. 9: 6) a cuya ancha abrazadera se le practicaron sendas incisiones pese a que en apariencia no tuvo sujeción alguna, y a un ejemplar de Monte Bernorio (fig. 9: 4) con la práctica totalidad del anillo cubierto por tales líneas incisas, salvo en las zonas medias (eje diame-tralmente opuesto al del puente), libres de decoración como en los ejemplares más antiguos. Por otro lado, los distintos anillos de este tipo con-servados en Pintia muestran diferencias morfológicas que atañen a la zona perforada donde se remachará la pieza. Ello parece denotar cierto grado evolutivo pues contamos con algunos de gran sencillez al com-ponerse de una pequeña superficie circular aplana-da y horadada, como el de la pieza 4153, levemente distinto al de la fíbula 4155 cuya área ya no es tan laminar. La FAH 721, por su parte, presenta ya una pe-queña zona cúbica, y un paso más serían los dados o pequeñas cartelas plenamente configuradas de los imperdibles 739 y 4246. Tal sería el caso de los anillos de Villamorón y de Miraveche (fig. 7: 12 y 10). En cuanto a los tres puentes pintianos del subtipo 2.2 cabe mencionar que son macizos y amorcillados y que su diferencia de grosor no es tan marcada como en otros modelos posteriores elaborados a molde, como el de tipo 4g de cartela, si bien sí que se observa cierto decrecimiento desde la cimera a los extremos, lo cual también es apreciable en el villamorico y en el palentino (fig. 7: 11 y 13).Pero, ¿de dónde parte este sistema de montaje, sigue un prototipo o resulta de la creatividad espon-tánea?2.2. Fíbula de pivote ¿antecedente o mera analogía?Como es bien sabido, en la península Ibérica, des-de al menos el s. X a. C. se documenta cierta variedad de imperdibles procedentes del entorno mediterrá-neo, tanto oriental (ámbito egeo/cretense), como central o itálico. Estos primeros modelos se caracteri-zan porque están estructurados en una sola pieza, sal-vo alguna excepción como las fíbulas de pivote y sus variantes. Estas se componen de un puente acodado con uno de sus extremos rematado en un vástago o eje cuya función es la de ser insertado en la aguja, la cual contiene a su vez una cabeza o pivote para ser enchufada, por lo que este tipo de imperdibles carece de resorte.Los orígenes y el desarrollo del grupo de fíbulas que Cuadrado (1963) denominó «de pivote» y Alma-gro Basch (1966) «de dos piezas», son imprecisos, entre otros motivos por su gran antigüedad, carencia de asociaciones directas y un registro relativamente escaso. En los primeros trabajos publicados eran con-sideradas elementos extrapeninsulares y su existencia se enmarcaba entre los ss. X y VI a. C. En la actualidad se acepta que son piezas ibéricas y las cronologías ba-rajadas las sitúan igualmente entre el Bronce Final y la primera Edad del Hierro (s. XI a.C. al VI a. C.)A juzgar por el registro conservado el sistema de pivote, basado en un mecanismo de dos piezas, no debió de tener mucho éxito. Baste comparar su número y distribución por la Península con otros modelos primigenios ibéricos, como los de doble resorte. Además, se ha planteado que su uso pudo verse limitado a determinados actos de carácter funerario o diplomático, sin descartar otros mera-mente ornamentales (Carrasco, Pachón y Gámiz, 2016: 135).
57 Fíbulas anuales hispánicas vacceas a través del registro de Pintia Fig. 8. Fíbulas anulares hispánicas de oro y plata. 1. San Martín de Torres (León). 2 y 3. Arrabalde 1 (Zamora). 4. El Bierzo (León). 5. Palencia. (Fotografías: 1. Museo de León; 2 y 3. CEVFW-UVa; 4, Luengo (1990: 161). 5. Hispanic Society of America; dibujos: 1 y 2: según Ángel Rodrí-guez-Germán Delibes/UVa). 13245
58 El trabajo citado recoge buena parte de las fíbu-las de pivote de la península Ibérica cuya cifra ronda las cuatro decenas. En su distribución cartográfica es-tos autores distinguen varios focos relacionados con tradiciones étnico-culturales, y perciben uno en la meseta Norte, con un total de 8 ejemplares descon-textualizados (incluyendo las estaciones celtíberas de Numancia y Valdenarros, Soria); otro en la Celtiberia, refiriéndose a Teruel y Guadalajara, con unas siete piezas; el foco albaceteño cuenta con dos ejemplares; el del NE (Cataluña) y Levante, sería el más potente con más de una veintena de piezas (Graells, 2014: Tab. 2), y, finalmente, el andaluz cuenta con 2 fíbulas de pivote, una en Sevilla (Coria del Río) y otra en Gra-nada (cerro de la Mora). Su origen y desarrollo lo si-túan, con carácter general, desde finales del s. XI has-ta no más allá del IX a. C. (Carrasco, Pachón y Gámiz, 2016: 140). Además, crean una clasificación tipológi-ca englobando a todos los ejemplares documentados. A partir de ella y de hallazgos que consideran proce-dentes de contextos claros y revisando otras propues-tas establecen una franja cronológica que las sitúa ex-clusivamente en el Bronce Final. Tal valoración entra en contradicción con otros hallazgos bien fechados, como ocurre con algunos del NE en contextos fiables de entre finales del s. VIII a. C. hasta inicios del VI a. C. (Graells, 2014: 250) o en el yacimiento alicantino de La Fonteta donde un ejemplar prácticamente comple-to fue recuperado en un nivel del s. VI a. C. (Camacho et al., 2022: 183), así como los dos celtibéricos de El Ceremeño (Herrería, Guadalajara), uno de necrópolis (tumba 115) y otro de hábitat (vivienda c), situados en el Hierro I, ss. VIII-VI a.C. (Cerdeño y de Miguel, 2022). Respecto al ámbito meseteño, los 8 ejemplares de pivote localizados en estas latitudes no cuentan con contextos precisos y en la mayoría de los casos ni si-quiera se conoce su procedencia segura, más allá de viejas referencias generales tales como Meseta caste-llana, Castilla y León o meseta Norte. Únicamente la de la colección P. Saturio se asocia a Burgos y dos piezas a Sanchorreja (Ávila). Por otro lado, hay otros dos ejem-plares de gran antigüedad, elaborados en una sola pie-za, que se consideran «modelos transicionales entre los tipos arcaicos de codo y los modernos de pivote» (Carrasco, Pachón y Gámiz, 2016: 126). Se trata de dos hallazgos burgaleses, uno de contexto funerario, locali-zado en un dolmen en Las Loras (Las Arnillas, Moradillo de Sedano) (Delibes, Rojo y Sanz, 1986: fig. 14) y otro en Villamorón, sin contexto preciso, documentado tempranamente por varios autores. Recordemos que en este enclave turmogo se recuperaron, con posterio-ridad, fíbulas anulares del esquivo tipo 19. En la provincia de Valladolid, en el entorno de Pin-tia, existen otros ejemplares situados cronológicamen-te en el Bronce Final III: en La Requejada de San Román de Hornilla, en el relleno de un enterramiento triple, se localizó una fíbula de codo hispánica, de tipo Huelva, datada entre los ss. XI y IX a. C, con preferencia por este último (Delibes, 1978). De Soto de Tovilla (Tudela de Duero) es otra fíbula de codo ad occio, quizá de entre los ss. X y IX a.C.; ejemplares que se han considerado elementos de prestigio procedentes del mundo meri-dional (Quintana y Cruz, 1996: 54, 201). De manera que en el núcleo central duriense de lo que andando el tiempo será el territorio vacceo con-tamos con imperdibles desde el Bronce Final, de codo (simple o ad occio), de los que pudieron derivar las fíbulas de pivote.Sanz (1992) ya percibió analogías entre el sistema de cierre del modelo de pivote y la anular hispánica de tipo 19. La distancia cronocultural y la falta de datos arqueológicos siguen constituyendo formidables obs-táculos para establecer alguna asociación coherente, aunque lo más probable es que no existiera ningún tipo de conexión y la fíbula de pivote transitara por una vía muerta, sin recorrido. La aparición de otro modelo con un sistema tremendamente eficaz, como fue el doble resorte, debió de favorecer su sustitución que pudo in-ciarse en torno al s. VIII a.C. Sin embargo, como hemos visto, no faltan ejemplares de pivote en las postrime-rías del Primer Hierro, si bien no resultan abundantes (como tampoco lo fueron en momentos anteriores). El más próximo a nuestra zona de estudio se localizó en Sanchorreja (Ávila), en excavaciones de la década de los treinta del siglo pasado, en un nivel donde además se recuperaron dos fíbulas de doble resorte, un fragmento de cerámica torneada y una plaquita de hierro. Malu-quer (1958: 64) situó a este nivel d en un momento precedente a la llegada de la cerámica torneada ibérica, concretamente en el s. VI a.C. No resultaría extraño que desde el castro vetón, alguno celtibérico o directamen-te del mundo levantino, alguna fíbula de pivote alcan-zara, en forma de bien importado, en primera instancia a alguna de las estaciones soteñas distribuidas al sur del Duero, tal y como debió de ocurrir previamente con las fíbulas ad occio, aunque hasta el momento carecemos de datos que lo confirmen.2.3. Proceso evolutivo de la FAH tipo 19, subtipo 2.2 en este trabajo, o cabecera remachadaYa hemos visto cómo el registro de este modelo, por más exiguo que sea, denota cierta evolución mor-fológica rastreable a partir de varios ejemplares que estimamos de fechas altas. Su limitado número y su quebradizo sistema de cierre parecen indicar que el modelo tuvo poca repercusión y terminó por extin-guirse como le debió de suceder a la fíbula de pivote. Su reducida producción manifiesta su fallida operati-vidad y se ha pensado que pudo ser un «simple ensa-yo tipológico» (Sanz, 1992: 41). En efecto, la fragilidad de este sistema parece cla-ro a tenor de la escasez de hallazgos, sin embargo, 6 ejemplares se han conservado completos (fig. 7: 10 y 13; fig. 8: 1 a 4), si bien cabe recordar que al menos 3 de ellos formaban parte de tesoros, por lo que sus
59 Fíbulas anuales hispánicas vacceas a través del registro de Pintia últimos lugares de deposición fueron escondrijos, lo que facilitó su conservación. Por otro lado, la trasformación que debió de expe-rimentar este modelo desde sus inicios, ya puesta de manifiesto, hubo de extenderse en el tiempo y tomar varios caminos, tal y como sucedería con las piezas de orfebrería como tendremos ocasión de analizar más adelante. 123456 Fig. 9. Fíbulas anulares hispánicas de bronce: 1. Tumba 31 de Miraveche (Burgos). 2. Necrópolis de Las Ruedas, Pintia (696). 3. Miraveche (Museo de Burgos). 4. Monte Bernorio (Museo de Santander). 5. Colección Aragón Nieto (n.º inventario 7847? MAN). 6. Palencia (quizá Pa-redes de Nava, n.º inventario 1051. Museo de Palencia). 9. Necrópolis de Fuentesanz (Monasterio de Rodilla, Burgos. Museo de Burgos). 10. Villanueva de Teba (Museo de Burgos). 11. Carabias (Fotografía: Fototeca Cabré). Fíbulas anulares hispánicas de plata y oro: 7. San Martín de Torres (León). 8. Palencia (Museo de Palencia e Hispanic Society of America, n.º inventario R3175.). 7891011
60 La FAH miniatura procedente probablemente de Paredes de Nava (fig. 7: 13) fue recogida por Cuadra-do (1960) en su estudio sobre las anulares del norte de la Meseta, referidas a los tipos 2g de cúpula, 4g o anillo grueso con cartela y 7 o de puente ancho. Para este autor existen una serie de fíbulas que imitan a los prototipos de anillo grueso con cartela, que bajo nuestra opinión son las distintas variantes de nues-tro subtipo 2.2 o de cabecera remachada. Tales imi-taciones presentan ciertas similitudes con aquellas objeto de su estudio; se refiere a dos ejemplares de Numancia, uno de Miraveche (Cuadrado, 1960: fig. 7: 7) y el de Palencia mencionado (Cuadrado, 1960: fig. 7: 8). Dejando a un lado los ejemplares sorianos, por alejarse demasiado de la morfología que nos intere-sa, la pieza miravechana (fig. 9: 3) presenta puente y anillo engrosados y lisos, como en el tipo 19, aun-que a diferencia de este aquella fue elaborada en el mismo molde, como la 4g de cartela. Sin embargo, el ejemplar palentino es claramente de cabecera rema-chada, aunque con peculiaridades, tal y como hemos comentado. Cuadrado (1960: 87-88, fig. 7: 8) intuyó que algunos rasgos de esta pieza, como las incisiones simulando espiras en la abrazadera, provenían de ejemplares más antiguos, al tiempo que percibía la independencia de puente y de anillo, aunque no llegó a mencionar el sistema de remachado.En este grupo de imitaciones (fig. 9) cabría incor-porar la anular pintiana 696, sobre la que cabe recor-dar que es maciza y lisa, con un puente de grosor va-riable, aunque no tan adelgazado en el pie como las 4g de cartela lisa. Pero veamos qué rasgos característicos presenta el modelo 4g o de anillo grueso con cartela establecido por Cuadrado. Este se define porque puente y anillo son macizos, de grosor notable y desigual, y están ela-borados conjuntamente en un molde. El puente pre-senta una zona caudal extremadamente adelgazada, la cabecera consiste en una cartela cuadrangular, y ge-neralmente la pieza presenta decoración incisa. Pero, ¿cómo surgió la idea de conformar esa cabecera maci-za de forma cúbica? Para Cuadrado (1960: 67) la carte-la es «sin duda, una reminiscencia de la robusta pieza cúbica de otras fíbulas, que se perforaba para el paso del anillo». No se quedó lejos, pero erró al considerar al puente como la parte perforada; de haber tenido co-nocimiento de las piezas inéditas de las excavaciones de 1923 en Villamorón probablemente habría identifi-cado correctamente la filogenia del modelo. No obstante, la intuición y el buen hacer preside su trabajo sobre las anulares del norte de la Meseta. En función del número de hallazgos, de sus localiza-ciones y cronologías, Cuadrado (1960: 96) plantea que los tres grupos de fíbulas, objeto de su estudio, surgieron en un amplio espacio que interpreta como turmogo, siguiendo a Sánchez Albornoz, desde don-de se exportarían a otras áreas vecinas, entre media-dos de los ss. III y II a. C. Pero, buena parte de los hallazgos que documenta (aunque advierte que son una muestra representativa) son palentinos, sobre todo los 4g de cartela en su variante a, de puente liso.Además, este autor pone en relación la distribu-ción y origen de estos imperdibles con el puñal de tipo Monte Bernorio al que considera propio de la cultura Miraveche-Monte Bernorio. Todos los esta-dios tecnológicos de este arma (fases: formativa, de desarrollo 1 y 2, y de expansión) se han documenta-do en el yacimiento pintiano, que cuenta además con el mayor número de ejemplares de su primera fase, por lo que estos puñales se consideran originarios del mundo vacceo (Sanz, 1990; 1997; 2002; 2010; 2016); desde el territorio duriense alcanzaría otras áreas del ámbito meseteño (autrigona, turmoga, berona, veto-na y en menor medida celtibérica), donde en algunos de estos talleres se reproducirían dando lugar a una producción local.Respecto a las fíbulas sabemos que el núcleo burebano conocía las anulares de tipo 19 temprana-mente pues el guerrero de la tumba 31 de Mirave-che, datada en la primera mitad del s. IV a.C. (Sanz, 1990; 1992; 1997, etc.), contaba entre su importan-te ajuar, además de con la panoplia militar —espada de tipo Miraveche, puñal Monte Bernorio, caetra, arreos de caballo, puntas de lanza y de jabalina—, con otros elementos relacionados con el atuendo personal como cuatro fíbulas: la anular hispánica de tipo 19, muy probablemente importada, una de do-ble resorte de puente en cruz y dos de pie alzado. Asimismo, el yacimiento turmogo de Villamorón ha proporcionado dos FAH de este tipo que pudieron estar asociadas a placas de cinturón de tipo Bureba y a puñales bernorianos de tipología antigua (Sanz, 1992: 41). El mundo burebano recibiría diversos objetos procedentes de otros territorios en forma de regalos diplomáticos, dotes o mercaderías. Algunos de ellos, los que contaran con mayor aceptación, serían reela-borados en talleres locales, como debió de suceder con los puñales bernorianos, dando lugar a nuevos productos de gran vistosidad acorde al nivel de ri-queza de estas comunidades. Asimismo, cabe tener en cuenta que, en la zona palentina, se desarrollaban importantes oppida vacceos, tales como Pallantia o Intercatia donde igualmente pudieron surgir este tipo de anulares tipo 4g, tal y como parece atestiguar el registro arqueológico, si bien tales hallazgos carecen de contextos precisos. Desde estos centros de poder este tipo de fíbulas podrían haber alcanzado otros en-claves de su entorno tales como Villamorón, Monte Bernorio o Miraveche. 2.4. Fíbulas anulares hispánicas de cabecera rema-chada en la orfebrería vacceaUn aspecto verdaderamente sorprendente del tipo de montaje analizado es su presencia también
61 Fíbulas anuales hispánicas vacceas a través del registro de Pintia en la joyería prerromana. El problema fundamental radica en explicar la cronología normalmente baja otorgada a estas joyas (ss. II-I a. C.) y el mantenimien-to en ellas de un sistema de remachado que en los ejemplares broncíneos parece no rebasar el s. IV a. C. P ero vayamos por partes y presentemos primero el registro al que nos referimos y partamos de la asun-ción de una idea principal: son las piezas de plata y oro llevadas por las elites de estas sociedades prerro-manas las que servirían de modelo de inspiración a otras más humildes realizadas en bronce y, en buena lógica cabría pensar que los diversos pasos evolutivos deberían mostrar su reflejo en unas y otras de forma paralela. Aquí, sin embargo, nos toparemos con un in-conveniente insalvable: con no ser muchos los ejem-plares broncíneos que nos permitan trazar la evolu-ción del tipo 19 hasta llegar a los tipos 4g, en el caso de las fíbulas de oro y plata todavía son menos; inten-tar establecer una seriación tipológica con los apenas cinco ejemplares existentes estaría abocado al fraca-so. Pero, por suerte, tenemos el espejo broncíneo en el que las clases elevadas, pero más humildes que los equites, se miraban y desde el fondo del mismo po-demos intuir cómo evolucionaron esas preseas desde un momento antiguo (y más austero) a otro moderno (y más barroco) que a su vez influiría en la gestación de un nuevo tipo broncíneo: el 7 de Cuadrado.Los ejemplares a los que nos referimos (fig. 8) constituyen parte de la orfebrería vaccea (Sanz y Ro-mero, 2009b; Romero y Sanz, 2010; Sanz y Carrascal, 2016; Sanz, 2021) o «celtibérica» para otros (Cuesta, Delibes y Esparza, 2010: 397-436). Elaborados en oro y plata y con decoración barroca, su apariencia sería inspiradora (Delibes y Esparza, 1989: 119) para los modelos meseteños estudiados por Cuadrado (1960), entre los que se encuentra el tipo 4g de anillo grueso con cartela y el tipo 7 de puente ancho.Las piezas de joyería formaban parte de tesorillos localizados en San Martín de Torres (León) (Delibes y Esparza, 1989; Delibes, 2002) y en Arrabalde (Zamo-ra), así como otros ejemplares de El Bierzo (Delibes y Martín Valls, 1982; Delibes, Esparza y Martín Valls, 1996) y posiblemente de Palencia (Delibes, 2002; Del Álamo, 2009; Pérez y Delibes, 2012). Martín Montes (1984a: 42) categorizó estas joyas con el tipo 8a de navecilla con decoración y apéndices laterales, maciza y lisa (variante a), para diferenciarlas de las de tipo 4g, con las que parecían compartir el mismo esquema estructural a partir de la elaboración a molde de puente y anillo. Sin embargo, en la fíbula de San Mar-tín de Torres (León) (Delibes, 2002: 214 y ss., figs. 1, 2 y 4) se pudo constatar que el sistema de montaje de este imperdible era el de cabecera remachada, observable en la base donde había perdido el chapado áureo, lo que puso además de manifiesto que originalmente esta fíbu-la se elaboró en plata y fue recubierta posteriormente con un laminado de oro (Sanz y Romero, 2008: 54; 2010: 443, fig. 7; Sanz y Carrascal, 2016: 31).En cuanto a las dos piezas zamoranas, similares a esta, en la mejor conservada, que además es la de mayor tamaño, el sistema de remachado solamente se intuye a partir de la forma circular de la chapita de oro que le remeda y cubre externamente. Por fortu-na, en el otro ejemplar puede observarse con clari-dad, como consecuencia de lo que parece la pérdida del chapado en esa zona, que compartía este sistema de montaje entre anillo y puente, y asimismo que su interior era de plata. Tanto en el ejemplar de San Martín de Torres, como en el de menor tamaño de Arrabalde y tam-bién en el de El Bierzo observamos que la forma en que puente y anillo entran en unión es la más sencilla posible, es decir, una simple perforación en el anillo sin apenas engrosamiento o refuerzo de esta zona debilitada, contrariamente a como ocurre en ejem-plares más evolucionados que incorporan un prisma cúbico o cartela. Comparten también, con respecto al tipo 19 broncíneo, unos puentes anchos, macizos, un tanto amorcillados, y lisos que, sin embargo, serán engalanados con láminas áureas a base de gránulos y filigrana en ambos extremos de contacto con el aro. Este conserva el típico arrollamiento filiforme en toda la superficie del anillo, salvo en la zona media donde se incorporan sendos apéndices circulares que sobre-salen a modo de orejetas o asas. Una aguja libre, sin resorte de ningún tipo, queda anclada en el anillo a la izquierda de la cabecera del puente.La analogía entre estas fíbulas de plata y oro, ha-lladas en sendos tesoros, y las de tipo 4g de cartela ya fue observada al estudiar las llamadas «joyas de barro», como la FAH cerámica 3665 recuperada en la tumba 153 de Las Ruedas (Sanz y Romero, 2009b). La presencia de estas imitaciones cerámicas de joyas en tumbas infantiles como la 127b y, en especial para el caso que nos interesa, la 153, configura un gesto simbólico de gran interés ya que pudiera expresar el carácter hereditario de las preseas originales y la ex-clusión de este tipo de ítems del registro funerario, en la línea de lo descrito por Chapa y Pereira (1991:32) para el mundo ibérico.Ahondando en esa idea de las joyas como he-rencia que permanece en el ámbito cotidiano y no se traslada al simbólico de la muerte, podríamos preguntarnos si la fíbula anular de la tumba 31 de Miraveche, correspondiente a un verdadero caba-llero de la más alta jerarquía social autrigona, ha-bría constituido, a semejanza de la pieza cerámica de la tumba 153 pintiana, una réplica, en este caso broncínea, con destino al registro funerario, y que otra similar en plata quedara en la familia, que iría pasando de generación en generación. Tal razona-miento nos llevaría a pensar en algunas piezas de rasgos atávicos perdurando en el tiempo, y paulati-namente enriquecidas en momentos más avanzados (chapados áureos con filigrana y granulado, anillas laterales, etc.).
62 También pudiera haber ocurrido un trasvase en sentido contrario si en el s. IV a. C. los tesoros vacceos aún no tuvieran carta de naturaleza, lo que llevaría a pensar en las piezas broncíneas como inspiradoras de esas primeras joyas en plata. Sea como fuere la dirección del préstamo en ese primer momento, en las posteriores imitaciones de bronce veríamos al menos dos tiempos: uno en el que el sistema de anclaje remachado del puente en el anillo sería visible, evolucionando desde anillos simplemente perforados hasta los reforzados por un cubo cada vez más sólido, que habría dado lugar a las fíbulas anulares hispánicas de cartela o 4g, con puen-tes gruesos y lisos. El segundo tiempo sería aquel en el que las fíbulas anulares de plata habrían sido em-bellecidas con los chapados de oro, gránulos y filigra-nas, ocultando ya el peculiar sistema de embutido; de esta forma nacerían las imitaciones de los ejemplares broncíneos de puente y anillo solidario realizados a molde, del tipo 7a y 7b, que enfatizan la decoración característica de fíbulas como las de Arrabalde o San Martín de Torres, mediante el empleo de botones e incisiones que remedan aquellos gránulos y filigranas, en las que los puentes se acintan y ensanchan para po-der desarrollar el barroquismo característico (fig. 9).Esto nos lleva a plantear que, efectivamente, las fíbulas anulares de San Martín de Torres o las de Arra-balde serían piezas de cierta antigüedad antes de ser tuneadas, de un momento tal vez de final del IV a. C. o inicios del III a. C. como muy tarde, lo que pro-porcionaría margen suficiente para que este tipo de montaje estuviera vigente y pudiera ser observado e imitado. Por su parte la pieza de plata y oro de Palencia, aunque no podemos comprobar con exactitud cómo se construyó, parece responder a un modelo de puen-te y anillo fundido, por lo que representaría un hito técnica y tipológicamente más avanzado en el tiempo (carente del atavismo de los ejemplares remachados), que igualmente encontraría su equivalente broncíneo en ejemplares como el de Carabias (fig. 9: 11).Así pues, en relación con estas piezas de orfebrería parece necesario insistir en la imagen de pastiche que transmiten, resultado probablemente de diversas re-modelaciones y «puestas al día». De esta forma cabría entender el desconcertante y heterogéneo resultado analítico de composición de las piezas de Arrabalde en cada una de sus partes (Perea y Rovira, 1995, citado en: Delibes, 2002: 214, nota 3), la diferente factura de los arrollamientos filiformes o acintados de ambas (fig. 8: 2 y 3), la presencia de una orejeta macizada en el anverso de la pieza arrabaldina menor (fig. 8: 2) –estos apéndices poseen un rehundido central en el que se insertan placas con filigrana que aquí no se-ría posible incluir, creando una disimetría anómala–, o, finalmente también la inclusión de agujas sueltas, carentes de resorte, más acordes con los broches en omega que con las FAH. Además, en relación con este último aspecto, la aguja de San Martín de Torres fue construida mediante su plegado en torno al anillo, lo que permite ver las dos mitades yuxtapuestas fun-didas en el extremo aguzado; tal proceder incide en la idea de que puente y anillo ya estarían montados cuando se incorporó la nueva aguja. En suma, joyas cuyo prolongado uso habría exigido actualizaciones, añadidos y reparaciones hechas con mejor o peor fortuna, que traducen una biografía lar-ga y una probable transmisión de generación en gene-ración. Por su parte, la pieza cerámica 3665 muestra el barroquismo característico de estas joyas que, en un momento de mediados del s. II a. C. en que pode-mos datar la tumba 153 en la que apareció, vemos que ya habrían incorporado las asas u orejetas. Aunque lo verdaderamente importante de esta pieza es que nos permite comprender, de un lado, la restricción de es-tas preseas al mundo de los vivos, y de otro, su carác-ter hereditario, de manera que la muerte prematura del destinario de la misma llevara a representarla sim-bólicamente en su tumba, a fin de simular la recepción de la fortuna y legado familiar. 3. Análisis contextual y social de las FAH de Pintia El alto grado de deterioro padecido por el registro fu-nerario de Pintia ha imposibilitado que la totalidad de las piezas aquí tratadas se hayan podido recuperar en sus contextos precisos, esto es, en sepulturas. Tanto es así que de las 58 FAH que conforman esta colección únicamente 5 de ellas se asocian a conjuntos funera-rios. El resto de las piezas cabe pensar que también formarían parte de tumbas, pero por diversos moti-vos (arada, expolio en combinación con desidia ins-titucional, etc.), lamentablemente, no se han podido documentar en sus posiciones originales. Con todo, aquellas localizadas con metodología arqueológica guardan cierta proximidad con su lugar de origen lo que nos ha permitido realizar estimaciones cronoló-gicas, a partir de la estratigrafía horizontal establecida en Las Ruedas.El análisis de contextos cerrados de naturaleza mortuoria puede ofrecer datos de interés sobre la condición social de los fallecidos cuyos ajuares con-taban con fíbulas anulares, además de otros objetos. Disponemos además de modernos estudios antropo-lógicos realizados sobre las cremaciones, aunque el mayor grado de exigencia diagnóstico incide negati-vamente en el número de determinaciones de sexo alcanzadas. A ello se suman otros condicionantes re-lacionados con la recogida de los restos y su inclusión en la urna, una vez apagada la pira teniendo en cuen-ta que probablemente esta se realizaba en una zona de cremación comunitaria, sin olvidar la propia alte-ración del registro arqueológico. Con todo, podemos conocer la edad de algunos de los finados y en oca-
63 Fíbulas anuales hispánicas vacceas a través del registro de Pintia siones incluso el sexo; en este aspecto, en aquellos en los que no ha sido posible determinar su condición se han aplicado otro tipo de valoraciones relacionadas con sus ajuares personales que, si bien son de carác-ter apriorístico, pueden resultar de utilidad, aunque con las prevenciones necesarias. Dicho lo cual, sabemos que las FAH se localizaron en sepulturas individuales (153), dobles (11 y 127b) y triples (20 y 247). Veamos a quiénes pertenecieron y qué tipos de ajuares poseían.La tumba 11 contenía los restos de dos individuos, uno adulto (de entre 17 y 60 años) y otro infantil (de 0 a 6 años), cuyo sexo no se ha podido determinar an-tropológicamente en ninguno de los dos casos (Gar-cía Alcalá, 2021), aunque el primero quizá pudiera tratarse de una mujer. Pese a la alteración del depósi- Fig. 10. Tumba 247a de la necrópolis de Las Ruedas, Pintia.
64 to se recuperaron en asociación con los restos óseos, sendas cuentas de bronce y de vidrio azul, con sus respectivos colgantes, que pudieron corresponderse con uno o dos collares; todos con signos de termoal-teración por su paso por la pira con los cadáveres. No así la FAH 2919 (fig. 3), de nuestro subtipo 2.1 (cabe-za perforada) o 4c de Cuadrado, que, aunque incom-pleta, no presenta tales huellas. El conjunto también contenía una fusayola decorada y un botón de bronce (Sanz, 1997: 59-60). Por la localización de este con-junto funerario en Las Ruedas, sector II-J, se le sitúa en el s. IV a. C. Fig. 11. Tumba 127b de la necrópolis de Las Ruedas, Pintia. 2 1 4 3 Fig. 11. Tumba 127b de la necrópolis de Las Ruedas, Pintia.
65 Fíbulas anuales hispánicas vacceas a través del registro de Pintia La tumba 20, según el análisis antropológico de los restos, pudo pertenecer a tres personas. Uno de los paquetes óseos se halló agrupado, y se ha identi-ficado con un individuo adulto, de entre 30-40 años, y a uno infantil, de 0 a 12 años. Asimismo, otros res-tos dispersos, a cierta distancia, eran de un adulto, de 30 a 60 años; en ninguno de ellos se pudo deter-minar el sexo (García Alcalá, 2021). El conjunto alte-rado pudo pertenecer a un hombre y a una mujer, acompañados de un infante. Los ajuares se compo-nían ―además de la fíbula termoalterada 2984 (fig. 3), también del subtipo 2.1 (cabeza perforada) o 2e de Cuadrado―, de un vaso trípode hecho a mano y de vajilla torneada fina anaranjada relacionada con la ingesta de bebida y alimentos (siete copas de gran formato, tres cuencos y un vaso), así como de una canica decorada. Además, contaba con armas, tales como un puñal de tipo Monte Bernorio de fase de desarrollo-1 con su tahalí y un fragmento de punta de lanza. Se recogieron abundantes restos de ofren-das de fauna, si bien dispersas, de caprino, ovino y suido (Sanz, 1997: 65-67).Por su parte la tumba 247 se halló en buen esta-do de conservación, y perteneció a tres individuos. En la urna del conjunto 247a (fig. 10) se depositaron los restos de dos infantes, de sexo indeterminado, uno de aproximadamente un año y otro de entre 5 y 6. El grupo 247b se corresponde con un individuo adul-to, mayor de 20 años, de sexo indeterminado, según el análisis antropológico (Pastor et al., 2012), proba-blemente de un varón. La urna del primer conjunto, con los restos de dos infantes (uno de ellos quizá de una niña), es un vaso hecho a mano, el cual contenía además el fondo de otro vaso urdido, una fusayola, la FAH 3683 (subtipo 2.2 o cabecera remachada), ocho pulseras de bronce, un broche o un tahalí, y un cu-chillo afalcatado, ambos en hierro. A esto hay que sumar más de cien cuentas de collar de vidrio azul, entre ellas dos de mayor tamaño y una de aspecto nacarado que, junto con algunas conchas de denta-lium y berberecho, conformarían un aparente collar. Por su parte, la tumba 247b, contenía como urna un cuenco hecho a mano y pudo pertenecer a un varón cuyo ajuar se componía de elementos militares tales como una caetra y algunas piezas de un puñal Monte Bernorio, al que pudo pertenecer el tahalí depositado en la urna de la 247a, lo que ha llevado a plantear la existencia de un vínculo familiar entre los finados (Sanz, 2012: 6-8). El área de localización de esta se-pultura triple en Las Ruedas, sector E2e4, así como los propios elementos que componen su ajuar inducen a situarla en al menos el s. IV a. C. La sepultura 127b (fig. 11) perteneciente a un in-dividuo infantil de 6 o 7 años, según el análisis antro-pológico, conformaba una tumba doble con la 127a, perteneciente a una mujer, de entre 30 y 40 años (J. Velasco, citado en: Sanz, Carrascal y Rodríguez, 2019: 32). A escasos metros se localizó la tumba 128, sin-crónica e identificada con un individuo femenino de entre 20 y 40 años (Pastor et al., 2010: 133). Tres con-juntos femeninos, con probables vínculos familiares, de elevado estatus social, a juzgar por la riqueza de los ajuares y las ofrendas que acompañaron a sus res-tos óseos, entre los que destaca el de la pequeña con 69 piezas. Otro dato significativo por su excepciona-lidad en Las Ruedas es su asociación con un bustum vinculado a los ritos de cremación in situ de estas mujeres. Además, se documentó un silicernium que pone de manifiesto la celebración de un banquete de despedida a juzgar por los restos cerámicos y faunís-ticos, entre los que cabe destacar algunos de cánido con marcas de descarnación, práctica muy restringida en el cementerio de Las Ruedas. El ajuar de la pequeña, considerada una princesi-ta, ofrecía numerosa vajilla vascular compuesta por un gran recipiente, dos jarros de pico, una copa, una taza y tres cuencos. También en pasta fina anaran-jada comparecían más de una docena de botellitas o ungüentarios. Como urna cineraria se empleó una olla de pasta común y otra olla similar contenía las ofrendas de fauna (ovicaprino) (Pastor et al., 2011). En cerámica urdida había varias fuentes barquifor-mes, con decoración a peine, dos cyathus, dos bo-tellas bruñidas y vasos de borde reentrante; y las producciones singulares, de carácter profiláctico, están representadas por diecinueve canicas, una sonaja cilíndrica excisa y una cajita salero zoomorfa realizada con maestría. Llaman la atención las dos pequeñas piezas espiraliformes, quizá zarcillos para el pelo, «joyas de barro» —como la FAH de cerámi-ca 3665, de la tumba 153—. Por otro lado, el ajuar metálico lo componen dos grapas (quizá de un cin-turón), una pulserilla, una aguja de coser, abalorios y/o colgantes en bronce de un collar, sin olvidar va-rias cuentas de vidrio y una de ámbar procedente del Báltico, según análisis físico-químicos (Prieto y Sanz, 2015: 72-77). También cabe destacar el número de fíbulas que contenía esta sepultura, se trata de seis piezas de diversos modelos (una de tipo La Tène, una expresiva cabeza de lobo y tres resortes gigantes de piezas indeterminadas y la FAH, 3552, una miniatu-ra-reliquia). Por otro lado, contaba con utensilios mi-niaturizados en hierro, relacionados con la manipula-ción del fuego (parrillita y pinzas) y con un huevo de ánade muy bien conservado con decoración bicroma de tonos rojizos y negruzcos. Ya hemos comentado que pese a su localización en Las Ruedas en un área considerada antigua (sector E2f6), estos conjuntos se han situado en función de los materiales que confor-man sus ajuares, entre los ss. II y I a. C. (Romero y Sanz, 2009: 79 y 96, fig. 2; 2010: 458; Sanz y Romero, 2008: 9, fig. 6; Sanz y Carrascal, 2014: 37; Sanz, 2015: 262-281; Sanz, Carrascal y Rodríguez, 2014; 2017; 2019: 29-33). Finalmente, la tumba 153 (fig. 12) perteneció a un individuo joven, de entre 13 y 20 años, de sexo in-
66 determinado (Pastor et al., 2010: 47), probablemente una joven de la aristocracia vaccea. Junto a la urna cineraria se depositó un formidable ajuar conforma-do por 114 objetos de distinta naturaleza. El amplio repertorio cerámico, de pasta fina anaranjada, lo componen elementos vasculares de diversos tama-ños y utilidades tales como crateriformes, pequeños vasos, una fuente, una tacita y la base de un recipien-te utilizado como tapadera; además, cuenta con más de veinte ungüentarios (uno en cerámica negra bru-ñida), y varias botellas; también se hallaron ollas de pasta común, una empleada de urna y el resto para contener las ofrendas de fauna (ovicaprino y suido) (Pastor et al., 2011). Las producciones hechas a mano son vasitos, botellas bruñidas y un pequeño plato, elaboradas para los ritos de despedida. No faltan las producciones singulares con más de veinte canicas, dos tintinnabula, una sonaja en forma de bola, y ex- 1 2 Fig. 12. Tumba 153 de la necrópolis de Las Ruedas, Pintia.
67 Fíbulas anuales hispánicas vacceas a través del registro de Pintia cepcionalmente seis cajitas saleros zoomorfas. Por otro lado, las ocho pequeñas pellas de cerámica se han identificado con abalorios o colgantes, «joyas de barro». El conjunto metálico de hierro se compone de un pequeño asidero, quizá de un cajoncito de madera (algo deformado), y de una fíbula simétrica; en bron-ce hay dos agujas de coser, dos arillas y dos colgantes de tipo aguja, amén de una cuenta de ámbar del Bálti-co. El ajuar también contenía restos de una cáscara de huevo. Su disposición en el cementerio de Las Ruedas (sectores G2e1/G2e2) y la naturaleza y tipología de la mayor parte de los elementos de su ajuar la sitúan en el s. II a. C. (Romero y Sanz, 2009: 81; 2010: figs. 5, 6 y 21; Sanz y Romero, 2009a: 6-13; 55-5; Romero et al., 2013: 108-109, figs. 10 y 11; Sanz y Carrascal, 2012: 41, fig. 5; 2016: 24-35; Sanz, 2015: 267-268; Sanz, Ca-rrascal y Rodríguez, 2014; 2017; 2019: 34-36). Muy probablemente, los enterramientos dobles o triples se realizaban entre individuos del mismo grupo familiar, quizá entre mujer (madre)/infante, como en los conjuntos 11, 20 y con seguridad en el 127, y la de dos niños, ñas/varón tal vez en la tum-ba 247. En cualquier caso, tanto los pequeños como los adultos de estas sepulturas eran parte de la aris-tocracia local. Los ajuares de todos estos conjuntos estaban formados, entre otros, por objetos exóticos tales como collares de vidrio azul (tumbas 11, 127b y 247a) y cuentas de ámbar del Báltico (tumbas 127b y 153), y en algún caso (127b) por ambos elementos. Por otro lado, en prácticamente todas las sepulturas (20, 127b, 153 y 247) comparecen cerámicas urdidas o «de tradición», formas atávicas reproducidas con fines litúrgicos (Sanz, 2015: 272). Tampoco faltan elementos de vajilla vascular para la celebración del banquete, con recipientes adecuados para contener vino y otras sustancias costosas, como la sal, deposi-tada en cajitas zoomorfas, sin olvidar la presencia de numerosas ollas toscas con ofrendas de fauna y algún cuchillo de hierro para el trinchado de viandas. Nos hallamos, sin ninguna duda, ante conjuntos suntuosos, aunque entre ellos se observa cierta gra-dación. Tales diferencias bien pueden estar relaciona-das con las cronologías de estas sepulturas, ya que la sociedad pintiana, y con ella el grupo dirigente, fue experimentando un desarrollo exponencial iniciado en el momento de su fundación (s. V a. C.), hasta al-canzar su culmen en los momentos previos a la roma-nización (ss. II-I a. C.). Por otro lado, resulta llamativo que las FAH com-parezcan en tumbas en las que alguno de sus protago-nistas es un individuo infantil, además en asociación directa con los restos, si bien las sepulturas 11 y 20 padecían cierta alteración. A tenor de lo expuesto en determinadas ocasiones y/o para algunos individuos, las fíbulas anulares en Pintia debieron de contener ciertos valores profilácticos, adquiridos quizá desde su uso en vida y extensibles al mundo de ultratumba u otorgados exclusivamente para el ámbito ctónico. Asimismo, y en este sentido, cabe destacar el elevado e inusual número de imperdibles de variada tipología que fueron depositados en la tumba 127b por lo que quizá, con carácter general, los imperdibles poseían ciertas propiedades mágico-religiosas. Pero había otros elementos, en los ajuares objeto de estudio, que parecen poseer también este tipo de atributos, entre otras funcionalidades. La sepultura 127b, de la niña-princesa, poseía objetos asociados universalmente con la guarda mediante la produc-ción de sonido, tales como una bella sonaja con de-coración excisa y un collar con diversos abalorios. Asimismo, otros conjuntos poseen sendos collares (tumba 11, 247a y 153) y sonaja y tintinnabula, como la sepultura 153. Y al hilo de esto, también la aplica-ción de la técnica excisa pudo tener una connotación bienhechora, además de su sentido ornamental. Por último, la presencia en tumbas de determinadas sus-tancias como la costosísima sal, depositada en cajitas zoomorfas (tumbas 127b y 153), o los huevos de ave (tumbas 127b y 153) se relacionan con fines protec-tores y regeneradores, deseables en cualquier caso para un favorecer viaje al más allá. 4. Consideraciones finales A través de este estudio hemos tratado de realizar una aproximación al mundo de la FAH, cuyo registro peninsular es uno de los más abultado y complejo, entre los distintos modelos de imperdibles prerroma-nos, plagado de tipos, subtipos y variantes. Asimismo, y a pesar de contar con las distintas clasificaciones gestadas por varios especialistas (Cuadrado, 1957 y 1960; Martín Montes, 1984a y 1984b; Iniesta, 1983; Ruiz, 1989; Argente, 1994; González, 1999) hemos preferido elaborar una sencilla tipología, sin ánimo de aportar mayor confusión al estudio de este tipo de imperdibles, sino que se adecuara a la colección de anulares pintiana. Según lo que hemos observado, los modos de fabricación vacceos, al menos los docu-mentados en Las Ruedas, parecen ser más estandari-zados que otros conjuntos tales como el carpetano, vetón o celtibérico, probablemente porque estas so-ciedades se situaban en territorios mucho más per-meables a los influjos ibéricos. En cuanto a nuestra ti-pología, su consolidación requerirá de futuros análisis metalográficos en curso que nos permitan constatar la producción a molde de determinadas piezas como los puentes de cabecera remachada (subtipo 2.2 o tipo 19), sobre las que albergamos naturales dudas.Con todo, la estandarización de ciertas formas de fabricación parece bien constatada en las piezas de nuestro tipo 1 o forjadas, especialmente en el subtipo 1.2b, consistente en el montaje manual de la pieza formada por tres elementos, en el que invariable-mente el puente genera el resorte el cual remata en la aguja, al margen del número de espiras que confor-
68 man al muelle; el anillo es independiente y presenta sujeción caudal. Respecto al subtipo 2.2 o tipo 19, tras los nuevos ejemplares documentados, podría plantearse que su origen se encuentra en talleres vacceos, proba-blemente pintianos, desde donde alcanzaría otros enclaves. Este modelo pudo tomar varios caminos evolucionando tempranamente (finales del s. IV-ini-cios del III a.C.) hacia las piezas de plata y de oro, las cuales experimentaron a lo largo de distintas gene-raciones, numerosas remodelaciones y «puestas al día» lo que propició su recargada apariencia actual; otra senda llevó a sustituir en ejemplares broncí-neos la cabecera remachada del anillo por la cartela maciza, y en consecuencia su elaboración en molde, desembocando en las que Cuadrado denominó tipo 4g o de anillo grueso con cartela. A su vez, las pie-zas de orfebrería tuneadas con lámina de oro que incluyen filigrana y granulado constituyeron la inspi-ración de los modelos broncíneos tipo 7 de puente ancho, de Cuadrado.El paso consistente en la unión de puente/anillo a molde, imitando la cartela y el aspecto amorcillado, pudo surgir en alguno de los oppida vacceos, quizá en la Pallantia del Arlanza más próximo al mundo turmo-go y/o autrigón. Por lo que respecta a la configuración de la pieza miniatura paredana (fig. 9: 13), diremos que la misma resulta en cierta medida contradictoria, por cuanto puente de cabecera remachada y anillo perfo-rado sin cartela constituyen rasgos claramente atávi-cos, mientras que la ausencia de sujeción y sobre todo la aguja suelta (¿préstamo de las fíbulas o broches en omega?) 6 apuntan a momentos de cronología avanzada. En otro orden de cosas, resulta probable que la franja cronológica propuesta para el uso y producción de las FAH en la necrópolis pintiana (segunda mitad del s. V y el s. III a.C.), no sea extensible a otros oppi-da vacceos, ni quizá al propio contexto habitacional cuyos niveles indígenas en la ciudad de Las Quintanas aún nos son desconocidos, por lo que carecemos de análisis comparativos que muestren las costumbres de los vivos y las creencias aplicadas a los muertos, pudiendo variar notablemente nuestra percepción sobre este aspecto. Sin embargo, al menos en lo rela-tivo a lo que muestra actualmente el registro funera-rio todo induce a plantear que las anulares hispánicas se emplearon y produjeron en Pintia en el periodo mencionado, y los escasos ejemplares que se sitúan en fechas más bajas responden a pervivencias y/o a reliquias, como la 3552, de la tumba 127b.Por su parte, la FAH cerámica de la tumba 153, confeccionada para evitar la amortización de la ver-dadera joya en el ámbito funerario, creemos que proporciona un sólido argumento a favor de que ta-les preseas fueran parte de una orfebrería específi-camente vaccea. Pero al mismo tiempo nos habla del especial aprecio por una joya de gran belleza y sin-gularidad, dotada de un alto valor social y económi-co, reconocido y reconocible en el seno de estas co-munidades prerromanas. Encontrarse entre las más vistosas de las joyas vacceas, explicaría su interés y éxito de emulación a nivel más asequible mediante su abundante reproducción en bronce, dentro del grupo de fíbulas que Cuadrado caracterizó como de la Me-seta Norte, entre las que los tipos 4g y 7 destacarían por su fidelidad a los originales de plata y oro. Notas 1. Convendría ratificar mediante análisis metalográficos, de los que no disponemos, la estructura de los diversos elementos que cons-tituyen estas fíbulas, lo que podría introducir algunos cambios en nuestra propuesta.2. Los números hacen referencia a la identificación de los materia-les en la base de datos datapintia.3. Aunque no es seguro, probablemente esta pieza (Museo de Pa-lencia, n.º inv. 1051) proceda de este yacimiento según la informa-ción proporcionada por el director del Museo, a quien deseamos expresar nuestro agradecimiento por las facilidades prestadas para su estudio y documentación. 4. Deseamos expresar nuestro agradecimiento al personal del Mu-seo de Zamora por su amabilidad y diligencia a la hora de facilitar-nos la consulta de las FAH de Arrabalde.5. Las imágenes superior e inferior son cortesía del Museo de Pa-lencia y de la Hispanic Society of America, respectivamente, a quie-nes reiteramos nuestro agradecimiento.6. No descartamos, en cualquier caso, su relación con una aguja simple o libre de los broches anulares, considerados prototipos de las FAH por Almagro Basch (1966). Bibliografía Almagro Basch, M. (1966): “Sobre el origen posible de las más antiguas fíbulas anulares hispánicas”. Ampurias, 28, pp. 215-236. 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