Vaccea Anuario, 15 (2022), pp. 5-21 (ISSN: 2659-7179) Resumen En este trabajo se presentan los resultados de las últimas investigaciones llevadas a cabo en el alfar vacceo de Tordehumos (Valladolid). El estudio del sitio ha sido realizado utilizando diversas técnicas de documentación. En primer lugar, se efectuó una prospección electromagnética, a través de la cual obtuvimos una serie de mapas tomográficos en los que se muestra la resistividad de los elementos del terreno a distintas profundidades. En segundo lugar, desarrollamos una campaña de excavación arqueológica, en la que se hallaron diversos materiales (cerámicas, algunas de ellas pasadas de cocción, revocos de paredes vitrificadas, masas de barro con digitaciones, etc.) que confirmaron la actividad alfarera en el asentamiento. Igualmente se pudo identificar una hoya, cuya dis-cusión presenta distintas posibilidades en relación con su funcionalidad. En este sentido, aunque no se pudieron documentar elementos estructurales in situ a ella vinculados, la presencia en su fondo de una capa de arcilla con carbones y un potente paquete de cenizas remiten a actividades pirotecnológicas. Los resultados obtenidos nos permiten asociar Tordehumos con seguridad a como un centro de producción cerámica durante la segunda Edad del Hierro meseteño, sumando así un punto más a los pocos y mal conocidos alfares vacceos. Palabras clave: segunda Edad del Hierro, meseta Norte, alfares vacceos, cerámica protohistórica, hornos pre-rromanos. Abstract This paper presents the initial results of the latest research of the vaccean pottery workshop of Tordehumos (Valladolid). The investigation of the site used diverse documentation techniques. Firstly, a electromagnetic pros-pection were conducted, through which we obtained a series of tomographic maps showing the resistivity of the ground elements at different depths. Secondly, an archaeological excavation was carried out, in which various materials were found (ceramics, some of them with cooking failures, vitrified revokes of pottery kilns, mud lumps with fingering, etc.) that confirmed the pottery activity in the settlement. In addition, we documented a pit, whose discussion presents different possibilities in relation to its functionality. In spite of the absence of in situ structural elements in this pit, the presence in its bottom of a clay level with charcoal and another with ashes su-ggest the development of activities related to fire. The results obtained permit to securely associate Tordehumos with the pottery activity during the Second Iron Age of the Northem Plateau, adding another site to the few and poorly known vaccean pottery workshops. Keywords: Late Iron Age, Northem Plateau, vaccean pottery workshops, protohistoric ceramic, pre-roman kilns. Rubén Justo Álvarez*, Alfonso Muñoz Martín**, Carlos Sanz Mínguez*, José Carlos Coria Noguera* ***Inés de la Peña Fernández-Cañadas**** y Elvira Rodríguez Gutiérrez* * Centro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg, Universidad de Valladolid** Departamento de Geodinámica, Estratigrafía y Paleontología, Universidad Complutense de Madrid*** Departamento de Prehistoria y Arqueología, Universidad de Granada**** Museo de América (Madrid)
6 Tordehumos es un municipio localizado en la provin-cia de Valladolid, justo en la transición entre las co-marcas naturales de los Montes Torozos y la Tierra de Campos, en la vega del río Sequillo. El núcleo po-blacional actual fue fundado en la Edad Media como parte del programa de repoblación y fortificación de la frontera de los reinos de Castilla y de León a los pies de un pequeño cerro testigo sobre el que se edificó una fortaleza de la que hoy en día se conserva tan solo la muralla perimetral. Pese a esta fundación más tardía, la posibilidad de que Tordehumos hubiera tenido un pasado vacceo fue planteada por primera vez por Federico Watten-berg en su obra La región vaccea, hace ya más de se-senta años. Allí se apuntaba que, sobre la corona del cerro donde posteriormente se levantó la fortaleza medieval, debió de existir en cronologías prerroma-nas «un viejo castro o fortaleza importante indígena» (Wattenberg, 1959: 10), aunque en aquel momento no se realizó ningún tipo de intervención arqueoló-gica sobre el lugar. Tampoco las prospecciones reali-zadas en los años ochenta del siglo pasado desde el Inventario Arqueológico Provincial o por L.C. San Mi-guel (1990 y 1993) extendieron las evidencias vacceas en Tordehumos más allá de la mencionada corona del castillo, y habrá que esperar a 1992 para que nue-vas prospecciones, realizadas por J. Santiago Pardo, proporcionaran las primeras referencias del área que ahora nos interesa. En una tierra de cultivo situada en la vega del río Sequillo, distanciada un kilómetro al suroeste del cerro testigo, señalaba este autor que junto a un conjunto de cerámicas muy fragmentadas de factura vaccea que pudo recoger en superficie, recuperó también una serie de masas de barro con improntas digitales y vegetales que sugerían la exis-tencia de un entorno de producción alfarera, noticia que fue recogida por Sacristán en fechas más recien-tes (2010 y 2011).En todo caso, los centros de producción alfarera del mundo vacceo no están suficientemente docu-mentados, de manera que, en la actualidad, aparte del caso de Tordehumos (fig. 1), solo se tienen evi-dencias en cuatro centros más: Roa de Duero (Sa-cristán, 1986: 155-156), Palenzuela (Sacristán, 1993: 496), Padilla de Duero (Escudero y Sanz, 1993) y, con ciertas prevenciones como habremos de señalar, Coca (Blanco, 1990; 1992). La prospección geofísica En el año 2019 dos de nosotros (R.J.A. y C.S.M.) pu-dimos constatar de nuevo la presencia de material vacceo en el entorno del castillo y el Tejar Viejo, que es el nombre que recibe en las fichas del Inventario Arqueológico Provincial de Valladolid (IAPV) el área en el que pudo estar instalado el alfar, junto con cerámicas pasadas de cocción, masas de barro con huellas digitales y barros con evidente exposición al fuego (Justo, 2019). Fig. 1. Localización del alfar vacceo de Tordehumos (a partir de visor Iberpix del IGN y d-maps.com)
7 El alfar vacceo de Tordehumos (Valladolid). Primeros resultados Con estos datos preliminares se planteó la reali-zación de una excavación, pues el mero sondeo en superficie no parecía suficiente como para sacar al-guna conclusión firme tanto por la imposibilidad de afirmar que aquellas cerámicas vacceas se encon-traban in situ, como por la dificultad de identificar cronológicamente algunas de las piezas recogidas, como barros cocidos y escorias, que podían prove-nir también de un tejar de época contemporánea que estuvo ubicado muy próximo a este espacio. Sin embargo, antes de llevar a cabo la excavación arqueológica, y dada la gran extensión por la que se distribuían las evidencias, pareció más aconse-jable plantear con carácter previo una prospección geofísica a partir de la cual pudiéramos delimitar unas áreas de especial interés donde intervenir posteriormente. La prospección fue íntegramente realizada por el profesor Á. Muñoz Martín, de la Universidad Complutense de Madrid, utilizando una técnica que consiste en un sistema electromagnético (EM) en dominio de frecuencias (FDEM) denominado Sistema CMD-Explorer. Estos sistemas FDEM indu-cen, mediante antenas sin contacto con el suelo, un campo electromagnético primario que penetra en el subsuelo e induce en los materiales conductores un campo electromagnético secundario. A partir de la medida de ambos campos electromagnéticos en antenas receptoras, el equipo permite medir de ma-nera rápida y automática valores de resistividad apa-rente y componente en fase a tres profundidades de manera simultánea.Dado que la resistividad aparente depende de la composición del suelo, el agua que contiene y la componente en fase de la presencia de metales, es-tos parámetros permiten la caracterización y mapeo del subsuelo. Además, debido a la rapidez de toma de datos (un segundo por medida simultánea a tres profundidades) esta técnica resultaba especialmente útil para cubrir grandes espacios y recuperar una gran densidad de información en muy poco tiempo, de for-ma que con la prospección quedó estudiada un área de 12 945 m 2 . Las mediciones dieron como resultado diversos mapas 1 y perfiles tomográficos, en los que se muestra la resistividad de los elementos del terreno a distintas profundidades (fig. 2). Tal y como se puede apreciar, la resistividad aparente se reduce a medida que pro-fundizamos en el suelo, lo cual indica que nos aden-tramos en terrenos de arcillas o limos más puros o con una mayor humedad, aunque, en términos gene-rales, los resultados ofrecieron los datos propios de un entorno principalmente arcilloso, con resistivida-des aproximadas a los 100 Ω·m. No obstante, como se puede apreciar, se detectaron ciertas anomalías y picos de resistividad que resultaban de interés, de los que debemos destacar un área ovalada de alta resistividad a 1,1 m y 12-14 m de longitud máxima. Los valores de resistividad que devuelve el terreno en esta área, de más de 160 Ω·m, desde luego no se corresponden con los valores propios de las arcillas o limos, sino más bien con un área de gravas o are-nas, o tal vez con arcillas mezcladas con cal, o some-tidas a algún tipo de proceso que alterara su resisti-vidad natural, como por ejemplo su transformación en adobes. En todo caso, lo concreta que resulta la alteración tanto en extensión como en profundidad, formando una auténtica “bolsa”, nos indujo a pensar que era resultado de la acción antrópica y no de un proceso natural. Estos datos resultaron decisivos para la planificación de la campaña arqueológica que se realizó en agosto de 2021. Fig. 2. Mapa y perfiles tomográficos obtenidos en la prospección geomagnética.
8 Resultados preliminares de la excavación arqueológica El desarrollo de los trabajos arqueológicos tuvo lugar sobre el área en la que los resultados de la prospec-ción mostraban una mayor resistividad. De esta ma-nera, se proyectó un cuadro de 24 m de longitud por 18 m de anchura, dividido a su vez en 12 cuadrados de 6 m de lado que fueron numerados con una forma alfanumérica (fig. 3). No obstante, dada la enorme extensión del área acotada (72 m 2 ) se concentraron esfuerzos en los sectores B2 y C2, ambos subdivididos a su vez en 9 cuadros de 2 m de lado.En ambos sectores se pudo documentar una estra-tigrafía inicial consistente en dos niveles que buzaban hacia el río Sequillo (fig. 4: A): uno, el más superficial, compuesto esencialmente de arcillas limpias y fuerte-mente compactadas (UE 100), y otro, bajo el primer estrato y a 50 cm de profundidad, compuesto por tie-rra de tonalidad negruzca o grisácea menos compac-tada que la capa suprayacente (UE 200). Resulta de interés la presencia de una fina capa de cantos (UE 201) en el punto de contacto entre ambas unidades estratigráficas, hecho que se confirmó también a tra-vés de una zanja realizada en el sector C2. En cuanto al material arqueológico recuperado de esta secuencia, destaca la riqueza del hallado en la UE 200, donde se obtuvieron cerámicas vacceas y medievales junto a fragmentos de teja medieval y romana (estas últimas sobre todo en las posiciones más superficiales del nivel). A estos materiales hemos de sumar la presencia de restos de fauna, amén de abundantes residuos de barro y adobes que presen-tan diferentes grados de exposición al fuego, desde la simple cocción hasta la vitrificación. La apertura de un sondeo a máquina en el sub-sector B2.3 nos permitió documentar en sección una hoya que cortaba el nivel geológico de arcillas (UE 300) Fig. 3. Mapa de resistividad y localización del sondeo arqueológico.
9 El alfar vacceo de Tordehumos (Valladolid). Primeros resultados A C E G B D F H Fig. 4. A. Perfil con las UUEE 100, 200 y 201. B. Perfil sur de la hoya al inicio de su excavación. C. Delimitación en planta de la hoya. D. Barro escorificado en el margen norte de la hoya. E-F. Bloques de arcilla recuperados del interior de la hoya. G. Final de excavación de la hoya. H. Sondeo realizado en B2.8.
10 sobre el que descansaba directamente la UE 200 (fig. 4: B). La estructura pudo ser identificada también en superficie gracias a un anillo de tierra oscura que mar-caba sus límites (fig. 4: C). En conjunto, se trataba de una hoya elipsoidal de 146 cm de anchura conservada, 100 cm de longitud y 53 cm de profundidad. En su in-terior se documentaron distintos niveles (fig. 5: B), co-menzando con la parte superior de la hoya que estaba aún colmatada por la mencionada UE 200, aunque no penetraba más de 5 cm en la misma. Seguidamente se documentó un paquete de arcilla marrón (UE 401) que albergaba fragmentos de barro escorificados situados junto al límite de la hoya. Resulta de interés comprobar que tan solo el margen norte albergaba estos restos (fig. 4: D y fig: 5, A), siendo prácticamente inexistentes en el lado sur. Asimismo, se trata de un nivel que pro-porcionó varios ejemplares de tinajillas finas anaranja-das (fig. 6: 1, 4, 5-6, 8-9), un asa diametral de tipo cesta (fig. 6: 16), una masa de barro en la que se aprecian las huellas impresas de los dedos (fig. 9: D) y algunos adobes que apenas presentaban estrés térmico (fig. 9: A). Este paquete cubría dos niveles cenicientos, uno si-tuado hacia el centro de la hoya (UE 402) en el que se halló aplastada otra tinajilla de pasta fina anaranjada (fig. 6: 7) y otro que formaba una auténtica bolsa de cenizas mucho menos compactadas y que resultaba apreciable desde la sección de la estructura (UE 404). Junto a estas cenizas se documentaron tres bloques de arcilla (fig. 4: E-F), de entre los que destaca uno per-fectamente circular de 14 cm de diámetro y de casi 5 cm de altura situado sobre una de las bancadas, al que atribuimos un origen antrópico posiblemente asocia-do a labores de cocción. Los otros bloques, a pesar de tener una disposición alineada con este que acabamos de apuntar, creemos que son más fruto una acción de desprendimiento que elementos estructurales en posi-ción primaria de un horno. En estos niveles inferiores de la hoya debemos señalar que, además de cerámicas de almacenamiento, se halló una canica (fig. 8: 1). Finalmente, debajo de los paquetes cenicientos se pudo identificar una fina capa de arcilla mezclada con carbón (UE 403) que continuaría en profundidad hasta alcanzar el nivel geológico. Su completa excava-ción permitió conocer los límites originales de la hoya excavada por los vacceos directamente sobre el nivel natural de arcilla, sobre cuyo propósito y uso hablare-mos más adelante (fig. 4: G). Análisis de materiales La campaña de excavación en el alfar de Tordehumos ha proporcionado una buena cantidad de evidencias re-lacionadas con el trabajo artesanal de la cerámica. Un primer aspecto de interés del lote de materiales recu-perado es que su nivel de fragmentación, muy elevado en los niveles superiores, disminuye conforme se pro-fundiza en la estratigrafía, cuestión que se explica por la alteración y remoción de los paquetes más superficiales debido a la propia acción del laboreo agrícola. En segun-do lugar, destaca la heterogeneidad del registro de las unidades más modernas en contraste con la exclusiva cronología vaccea de los materiales identificados en la hoya, y en general en los niveles más profundos. Los fragmentos cerámicos recuperados en nive-les vacceos se corresponden con piezas finas ana-ranjadas, desconociéndose las producciones hechas a mano. El tipo predominante son las tinajillas de almacenamiento, en gran medida coincidentes con el material recogido en superficie (Justo, 2019: 80). Estas piezas se caracterizan por su perfil bitronco-cónico y se identifican formalmente con ejemplares documentados en necrópolis, como la de Las Rue-das de Pintia (forma XVI) (Sanz, 1997: 282, fig. 211), Fig. 5. Planta de la primera alzada de excavación (A) y perfil inicial (B) de la hoya del sector B2.3. A B
11 El alfar vacceo de Tordehumos (Valladolid). Primeros resultados y en áreas poblacionales, caso de la ciudad de Las Quintanas (forma XVI1A) (Coria, 2021: 155) (fig. 6: 1-11), del mismo asentamiento pintiano. También conocidas como tinajillas de sección en “palo de golf”, se detectan desde inicios del siglo IV a. C. en virtud del registro de Coca (Blanco, 2018: 140; 2021: 11) y perdurarán en las centurias posteriores hasta alcanzar el Alto Imperio. A este respecto, es sugesti-vo comprobar que, conforme se acentúa la romani-zación de los territorios vacceos, este tipo de piezas experimenta una reducción en su tamaño y cambios en sus bordes, además de presentar decoraciones más sencillas en las que predominan los círculos concéntricos de cinco o seis pinceles en vez de once (Blanco, 2021: 26). En el caso de las tinajillas de Tor-dehumos, algunas de ellas exhiben entre diez y once pinceles (p. ej. fig. 6: 8 y 10), lo que sugiere que esta-mos ante ejemplares antiguos, tal vez de la segunda mitad del siglo IV a. C., como los documentados en Cauca (Blanco, 2021: 11-13, fig. 3: 6). Estas decora-ciones en pintura negra se complementan con ban-das onduladas (fig. 6: 9 y 11), que están presentes en algunas tinajillas caucenses del siglo III a. C. (Ro-mero, Romero y Marcos, 1993: 251, fig. 12: D-562), aunque no constatamos otras composiciones deco-rativas típicamente vacceas como los triángulos re-llenos. Finalmente, cabe destacar que este tipo de cerámicas fueron realizadas con pellas arcillosas de granulometría fina, dando lugar a pastas de compa-cidad alta con muy poca frecuencia de inclusiones (> 3 %; fig. 7: A-B), mientras que otros ejemplares presentan un mayor número de impurezas (3-10 %, fig. 7: C-D); en ambos casos con tamaños de grano inferiores a 0,5 mm de grosor. En cuanto a los trata-mientos de superficie, se ha observado la aplicación de un bruñido suave en la cara externa (fig: 7, E), y espatulados en la interna, manifestados a través de estrías horizontales y verticales (fig. 7: F), los cuales son típicos de los recipientes de almacenamiento de Pintia (Coria, 2021: 198-199, fig. 94: F). Junto a las abundantes tinajillas se han documen-tado, de manera excepcional o unitaria, otras formas finas anaranjadas. Así, se registra un pie elevado de copa (fig. 6: 14), un galbo posiblemente asimilable a otra copa o a un mortero (fig. 6: 12) y un perfil caliciforme (fig. 6: 13). Se trata de formas de poco valor cronológico, ya que se rastrean desde el siglo IV a. C. hasta el cambio de era, e incluso alcanzan el Alto Imperio como les sucede a los cuencos-copa. A ello debemos sumar la presencia de un asa diame-tral de tipo cesta (fig. 6: 16) en uno de los niveles de la hoya. Este aplique se encuentra formando parte de tinajas globulares, tales como las identificadas en Palencia (Romero, Lión y Crespo, 2021: 697, fig. 5: 22) y Rauda (Sacristán, 1986: 393, lám. LXXX, 2), tinajillas bitroncocónicas (Wattenberg, 1978: 36-37 y 62, XII; Sanz, 1997: 292, forma XII2; Sanz y Pedro, 2014: 10, abajo derecha centro) o botellas de cuellos Fig. 6. Materiales cerámicos: 1-11. Tinajillas. 12. Mortero o copa. 13. Caliciforme. 14. Pie de copa. 15. Anilla de suspensión. 16. Asa diametral de tipo cesta.
12 más anchos que los ungüentarios, tales como las ha-lladas en Coca (Blanco, 2018: 136-137; 128, fig. 3.57: 13; 134, fig. 3.57: 2) o Tariego de Cerrato (Castro y Blanco, 1975: lám. VIII, 14 y lám. XXII, 14; Burgos, 2016: 19, abajo). Sin embargo, en virtud del reper-torio formal predominante, resulta más coherente que nuestro asa perteneciera a una tinajilla más que a una botella o tinaja de grandes dimensiones. Des-de un punto de vista cronológico, estas asas-cesta se documentan con seguridad en contextos de los siglos III-II a. C., tal y como muestra el registro cau-cense (Blanco, Pérez y Reyes, 2012-2013: 96-97, UE 133, 102, fig. 28; Blanco, 2017: 49, arriba) y algunas tumbas de la necrópolis de Las Ruedas como la 37 (Sanz, 1997: 96, fig. I; 293) o la 269 (Sanz y Pedro, 2014: 9-10), en las que vasijas con este aplique se encuentran asociadas a cerámicas hechas a mano. Sin embargo, estas piezas pudieron alcanzar el siglo I a. C., como manifiesta un recipiente documentado en la barriada excavada en Montealegre de Campos (Blanco et al., 2011: 84, arriba izquierda). Finalmen-te, entre los apliques plásticos tenemos un fragmen-to de anilla de suspensión (fig. 6: 15), elemento que aparece en tinajillas bitroncocónicas con asas dia-metrales tipo cesta como las halladas en la ya citada tumba 269 de Las Ruedas (Sanz y Pedro, 2014: 10, abajo derecha centro). Junto a este tipo de producciones se localizaron otras de carácter singular como dos canicas (fig. 8: 1-2) ―y una posible tercera muy deformada por las altas temperaturas (fig. 8: 3)― que en conjunto con-tribuyen a dibujar un claro horizonte vacceo sin la in-terferencia de otros ámbitos culturales. También destacan piezas malogradas por motivos diversos. Así, tenemos ejemplares sobreexpuestos al fuego que colapsaron durante la cocción, e incluso al-gunos que presentan superficies claramente vitrificadas (fig. 8: 4), mientras que otros muestran los bordes ondu-lados con las marcas de los dedos como consecuencia de ejercer una excesiva presión durante la manufactura. Otros materiales de interés son las masas de ba-rro con impresiones digitales (fig. 8: 5; fig. 9: D) y una serie de rollos de colombino sin cocer (fig. 8: 7), los cuales estarían disponibles para realizar algunas par-tes de las vasijas como las asas. Por otra parte, cabe mencionar la carencia de elementos metálicos, salvo una punta de hierro (fig. 8: 6). Esta campaña también ha proporcionado frag-mentos de adobes, los cuales debieron de formar parte de alguna estructura. A veces se localizan sin apenas signos de exposición al fuego (fig. 9: A), aun-que lo más frecuente es que muestren superficies vitrificadas y recocidas, es decir, que sean auténticas paredes o revocos escorificados de horno, en los que se puede apreciar el surco dejado por los dedos al ser aplicada en las piroestructuras (fig. 9: C). En relación con ello, resulta de interés la documentación de un fragmento que dispone de dos capas de barro distin-tas, una inicial prácticamente vitrificada, seguida de una segunda menos termoalterada y solo escorifica-da en sus puntos más externos, lo que nos habla del reacondicionamiento de estos hornos cocción tras cocción para prolongar su vida útil (fig. 9: B). Interpretación preliminar de las evidencias recuperadas En este apartado trataremos de presentar, a partir de las evidencias materiales y de otros datos de los que A D B E C F Fig. 7. Microfotografías de pastas (A-D) y tratamientos de superficie (E-F) de tinajillas finas anaranjadas.
13 El alfar vacceo de Tordehumos (Valladolid). Primeros resultados disponemos actualmente, una primera interpretación del yacimiento, una hipótesis de trabajo que deberá ser corroborada o rebatida en el desarrollo de nuevas intervenciones. En primer lugar, podemos afirmar que se ha lo-calizado un yacimiento de época vaccea, a pesar de la mezcolanza existente en los niveles superficiales, entre los materiales prerromanos con los de otras fa-ses históricas mucho más avanzadas. A este respecto, descartaremos los restos más modernos, ya que las fases romana y medieval están bien atestiguadas en el registro arqueológico de Tordehumos. Asimismo, el material recogido de estas cronologías es puramente anecdótico en comparación con el vacceo, dominan-te en los niveles superiores y exclusivo a medida que profundizamos en el terreno. Los trabajos de campo han permitido constatar que las UUEE 200 y 201 debieron ser las que devol-vieron en la prospección geofísica los datos que posi-bilitaron identificar la mancha de alta resistividad que se decidió excavar; es decir, hay una fuerte correla-ción, tanto en extensión como en profundidad, entre la anomalía localizada en la prospección geofísica y dichos niveles arqueológicos. Como se ha menciona-do anteriormente, la UE 200 resultó bastante rica en materiales arqueológicos, lo que delata su carácter antrópico, aunque con los datos disponibles nos re-sulta muy complicado ofrecer alguna hipótesis sobre su naturaleza, más allá de indicar que era un testar asociado a un área de producción alfarera. Esta hipó-tesis se apoyaría en la fragmentación del registro y en la comparación de las evidencias documentadas con otros testares. Así, paquetes de tierra negruzca con material cerámico como los que cubrían y rodeaban el horno ibérico de la Casa Grande (Alcalá de Júcar, Albacete) fueron interpretados como desechos pro-venientes de otra piroestructura (Broncano y Coll, 1988). Por su parte, el nivel de gravas que sella la UE 200 parece que se puede asemejar al documentado en un vertedero del siglo IV d. C. en Relea (Saldaña, Palencia) (Juan, Pérez y Fernández, 1995: 381). Más cerca aún, en territorio vacceo, en los alfares de Ca-rralaceña de Pintia, documentamos tales espacios de vertederos en una estratigrafía de un metro de poten-cia media, correspondientes al primero y tercero de los momentos documentados, con un relleno de ma-teriales cerámicos en estado sumamente fragmenta-rio y entre los que no faltan elementos deformados y escorificados (Escudero y Sanz, 1993: 473). Más interesante desde un punto de vista inter-pretativo es la hoya localizada en los sectores B2.2 y B2.3. Dicha estructura pudo ser parte de un horno de Fig. 8. Otros materiales. 1-2. Canicas. 3. Posible canica. 4. Cerámica vitrificada. 5. Masa de barro con digitaciones. 6. Punta de hierro. 7. Colombinos.
14 cocción (en concreto, su cámara de combustión) que fue colmatado una vez que perdió esa funcionalidad. En este sentido, descartamos que se trate de un hoyo abierto con el objetivo exclusivo de depositar desechos por dos razones. En primer lugar, porque sus reducidas dimensiones y la cantidad de material recuperado en su interior ―francamente escaso en comparación con el documentado en otros vertederos, pero entendible en caso de que fuera una cámara de combustión (Ji-ménez et al., 2013: 206)―, invitan a pensar que sería un espacio poco aprovechado para este menester si tenemos en cuenta el importante esfuerzo que debió suponer su excavación en un terreno tan compacto. En segundo lugar, porque el singular perfil de la hoya es compatible con el de hornos circulares utilizados du-rante la Antigüedad (figs. 10 y 11). Encontramos dos modelos de este tipo de piroes-tructura. El primero responde a hornos circulares cuya cámara de combustión se excavaba directamente sobre la tierra y en la que, bien durante la propia excavación, bien mediante una posterior construcción, se proyec-taba una bancada perimetral alrededor de las paredes de la cámara, dejando así un hogar central. Sobre la función de esta bancada hemos localizado dos posibles interpretaciones, que, a la postre, dan dos morfologías diferentes de horno. En primer lugar, encontramos la interpretación del horno como una estructura mono-cameral en la cual las cerámicas a cocer se colocarían en la bancada, alrededor de un fuego central. Esta pro-puesta fue planteada por primera vez por Davaras para los hornos minoicos de la Edad del Bronce (Davaras, 1980: 124, tipología A) (fig. 10: A, C), aunque se ha cuestionado en varias ocasiones que ese fuera su fun-cionamiento (Momigliano, 1986; Hasaki, 2002: 88) 2 . En segundo lugar, y siguiendo el estudio de Le Ny sobre los hornos galo-romanos de Francia (donde este tipo de estructuras se corresponden con la categoría Ic’, fig. 10: B), se interpreta la bancada como un soporte para la parrilla, por lo que se trataría de un horno bicameral de tiro vertical (Le Ny, 1988: 39). No obstante, ninguno de los hornos de esa categoría estudiados en su trabajo conservaba restos de la parrilla 3 .Respecto a la península Ibérica, cabe decir que esta tipología de horno fue identificada con la denominación B2 por Broncano y Coll Conesa (1988) para el mundo ibero e incluyeron en ella el horno número 3 de El Cam-pello (Alicante) y los tres de Riera de Sant Simó (Mata-ró, Barcelona). Sin embargo, a tenor de los perfiles de los hornos que hemos podido consultar, creemos que los recogidos por estos autores deben ser asignados al grupo B1 4 , vaciando por tanto de ejemplos el tipo B2 en la península para estas cronologías. Por otra parte, para momentos altoimperiales hemos localizado un único ejemplar asignable a esta categoría: el horno 3 de la For-naca de Vilassar de Dalt (Barcelona) (Roselló, Gironés y Gamarra, 2006-2007) (fig. 10: D). A C B D Fig. 9. A. Adobes sin termoalteración. B. Restos de capas de revoco de barro con distinto nivel de vitrificación. C. Revoco de barro con acana-laduras dejadas por los dedos. D. Masa de barro con surcos digitales.
15 El alfar vacceo de Tordehumos (Valladolid). Primeros resultados El segundo tipo de piroestructura es indudable-mente bicameral, e incluye una parrilla sustentada desde la cámara de combustión por unos pilares dis-puestos paralelamente a la boca de carga y remata-dos en forma de arcada (Coll, 2008: 115-116). Estos pilares podían descansar sobre una bancada o zócalo que vendría a proteger la estructura del horno al ale-jarla del foco de calor, para lo cual parece necesario excavar previamente un hoyo cuya sección resulta francamente similar a la documentada en Tordehu-mos. Algunos ejemplos próximos de este modelo de horno con bancada son el documentado en Relea (Saldaña, Palencia), datado en el siglo IV d. C. (Juan y Pérez, 1987) (fig. 10: D); o los ejemplares bajoimpe-riales de Camino de Santa Juana (Cubas de la Sagra, Madrid) (Juan et al., 2013: 428-430). Posteriormente, en la meseta Norte tenemos evidencias medievales de la utilización de este diseño, como se desprende del horno 3 de El Casetón de la Era (Crespo, 2014) (fig. 10: C). Otro ejemplar de ese mismo yacimiento, similar, aunque sin zócalo, supone un buen ejemplo del estado en que podría encontrarse una cámara de combustión con este tipo de estructura en el caso de una mala conservación de los pilares sustentantes (Crespo y Fonseca, 2018: 601). Desde un punto de vista cronológico los hornos bicamerales sustentados por pilares laterales están documentados ya en la antigua Mesopotamia (Del-croix y Hout, 1972: 91, fig. 5) y se encuentran reco-gidos en todas las clasificaciones clásicas de hornos prerromanos y romanos en Europa (Cuomo di Caprio, 1972; Duhamel, 1978-1979; Le Ny, 1988). En la penín-sula Ibérica, este diseño está planteado de forma teó-rica por Coll Conesa (2000) para el mundo ibero, pues a pesar de que lo recoge en su clasificación como el tipo B4, es en realidad un modelo extrapolado del A4, ya que del primero no ofrece el ejemplo de ninguna piroestructura.Mayor problema cronológico presenta la bancada en este tipo de hornos, ya que, además de no ser muy frecuente, en la Península solamente está documen-tada en hornos romanos a partir del siglo I d. C. (Juan et al. 2013: 429) 5 . El obstáculo deriva del hecho de que los materiales cerámicos documentados en el in-terior de la hoya de Tordehumos son de clara filiación vaccea y, además, de una cronología presumiblemen-te temprana. No obstante, dado que, por un lado, la tipología general de esta posible cámara de combus-tión está contemplada en la sistematización de Coll Conesa y, por otro lado, también está documentado A C B D Fig. 10. A. Tipología Ig para los hornos cerámicos griegos de la Antigüedad propuesta por E. Hasaki (2002: 158, 501, lám. III.4). B. Tipología Ic’ para los hornos galo-romanos propuesta por Le Ny (1988: 39-65; fig. 22a y 23). C. Horno cerámico de Palaikastro (Creta) (Davaras, 1980: lám. 7, C). D. Horno cerámico romano n.° 3 de la Fornaca (Vilassar de Dalt, Barcelona) (Roselló, Gironés y Gamarra, 2006-2007: 198, fig. 3).
16 que los romanos heredaron las técnicas constructivas locales de hornos cerámicos (Coll, 2008: 114; García Fernández y García Vargas, 2012), bien podría ser que este zócalo no fuera tampoco una novedad romana, sino que fuera una técnica constructiva ya conocida por pueblos prerromanos como el vacceo, incluso ser un elemento constructivo de tradición local utilizado, por lo menos, hasta la Edad Media. No obstante, es justo apuntar también que este tipo de hornos se aso-cian con frecuencia a la producción de tejas y otros materiales constructivos. Pese a todo, la identificación definitiva de la hoya de Tordehumos con un horno no está exenta de pro-blemática, ya que su interior carece de elementos como pilares, parrillas o paredes escorificadas in situ. Para dar respuesta a esta cuestión cabe plantear va-rias explicaciones. En primer lugar, que se trate de una hoya proyectada como parte de un horno que tuvo poco uso o que ni siquiera fuera utilizado, razón por la cual no se documentan sus límites escorificados, pues estos empiezan a presentar este tipo de alteración a partir de unas quince cocciones de acuerdo con algu-nas experimentaciones 6 . En segundo lugar, que la hoya fuera concebida desde un inicio como barrero en las cercanías de un horno; lo que no explica el singular perfil de la cubeta, puesto que los barreros normal-mente presentan cortes de perfil convexo continuo, sin la presencia de irregularidades ni bancadas hacia el fi-nal de los mismos, como muestran los del alfar romano de La Vereda (Burguillos, Sevilla) (Bernal et al., 2014: 28, fig. 3: A y B), o los del ya citado alfar medieval de El Casetón de la Era III (Crespo, 2014: 411). Aun con estas dificultades interpretativas, hemos de destacar que la gran mayoría del material proceden-te del interior de la hoya está ligado a labores de pro-ducción cerámica. En este sentido, es destacable que sea justo en este punto –y particularmente en sus nive-les más centrales y profundos– donde se ha localizado la mayor cantidad de cenizas de toda el área excavada, y que sea también el único ámbito del yacimiento don-de se ha podido documentar carbón, tanto mezclado entre estas cenizas como formando una verdadera y finísima capa que señalaba el límite entre las arcillas geológicas y el relleno de la cubeta. De este relleno, debemos reseñar la aparición de algunas cerámicas en los niveles más profundos con exposiciones a altas temperaturas, más propias de las utilizadas de forma auxiliar en las labores de cocción que errores de este proceso, así como una importante cantidad de adobes termoalterados, muchos de ellos con claras evidencias de vitrificación y con abundantes huellas digitales. De todos modos, algunos de los elementos halla-dos en el interior de la hoya nos permiten defender la idea de que parte de su contenido fuera el resultado A C B D Fig. 11. A. Tipología de hornos ibéricos de Broncano y Coll (1988), con indicación de las tipologías B2 y B4. B. Perfil final de la hoya excavada en el alfar vacceo de Tordehumos. C. Perfil del horno medieval 1 de El Casetón de la Era (Crespo, 2014: 407, fig. 5). D. Perfil y reconstrucción del horno hispano-romano de Relea (Juan y Pérez, 1987: 666, fig. 3).
17 El alfar vacceo de Tordehumos (Valladolid). Primeros resultados de un fuego, posiblemente llevado a cabo en esta cu-beta. Así, la disposición ordenada, en hilera y paralela al borde noroeste de buena parte de los fragmentos de barro escorificado posiblemente esté relaciona-da con el colapso de alguna estructura suprayacente que fue afectada por las altas temperaturas 7 . Por otro lado, la anchura de esta hilera corresponde con bas-tante exactitud con la del anillo de tierra oscura que se evidenció al mojar el terreno con el fin de intentar localizar la extensión en superficie de la hoya. Esta diferenciación de coloración entre el perímetro de la hoya y su relleno cabría relacionarla con el efecto del calor producido en el interior de una cámara de com-bustión, capaz de penetrar varios centímetros en la arcilla en los casos en los que la cámara de combus-tión se encuentra excavada directamente en el sue-lo. En última instancia, cabe destacar que próximo al corte del sondeo, y bajo este barro termoalterado, se localizó una concentración de barro cocido no escori-ficado de color rosáceo, tal vez marcando el punto en que el calor de la cámara no era ya lo suficientemente intenso como para producir esa alteración, fenómeno bien documentado en distintos hornos cerámicos. Consideraciones finales y algunas precisiones en relación con la definición de los alfares en el área vaccea Los trabajos de prospección preliminares desarrolla-dos en El Tejar Viejo de Tordehumos y sobre todo los de excavación arqueológica ahora presentados, han venido a confirmar el carácter alfarero de este encla-ve vacceo sin ambages posibles. Es evidente que nos habría gustado poder presentar datos más contun-dentes que los hasta ahora alcanzados. Sin embargo, creemos que se trata de un avance exitoso en el es-tudio del yacimiento, puesto que se elimina la posibi-lidad de que los restos sean basuras trasladadas a la zona y, por otro lado, se fija la actividad en un contex-to inequívocamente vacceo.Contamos con evidencias estructurales in situ (la hoya) y con vertederos en los que se combinan ce-rámicas pasadas de cocción, fragmentos de paredes escorificadas y vitrificadas, masas de barro con hue-llas digitales, algunas para el cierre de la puerta en el momento de la cocción, lo que constituye una serie de restos materiales que parecen acreditar que nos encontramos en un barrio artesanal alfarero. Este cúmulo de elementos que se dan cita en El Te-jar Viejo, nos sirve también para llamar la atención so-bre la necesidad de plantear unos requisitos mínimos para hablar de alfares en general y en el mundo vacceo en particular. Al principio de este trabajo señalábamos cómo en una serie de asentamientos se ha propuesto la existencia de tales actividades, no sin incurrir en cier-tos riesgos de interpretación, tomando como base la presencia de “cerámicas pasadas de cocción”. En la excavación de urgencia desarrollada en Las Quintanas de Pintia para dar contexto al segun-do tesorillo, los niveles de incendio documentados nos permitieron observar cómo el conjunto vascular cerámico se hallaba frecuentemente alterado, con exfoliaciones, ampollas, deformaciones, variaciones de color en los mismos recipientes, etc. (Gómez y Sanz, 1993: 339). Los trabajos posteriores nos han ratificado dichas transformaciones en tales circuns-tancias (Coria, 2021: 29; 45-76) que corresponden a la recocción que algunos materiales cerámicos o constructivos, experimentaron en ambientes cerra-dos de combustión originados como consecuencia del desplome de paredes y techumbres en el trans-curso de dichos incendios, en los que se alcanzaron temperaturas muy elevadas, a menudo en ambiente reductor, que transformaron radicalmente los mate-riales. Estas circunstancias han dado pie a hablar de ladrillos cocidos en vez de adobes y a considerar a las cerámicas afectadas como indiciarias de la pre-sencia de hornos. A nuestro juicio, si queremos ser rigurosos, debemos establecer una serie de condi-ciones mínimas para poder mantener la existencia de hornos alfareros. Otra cuestión distinta es hablar de zonas de talleres asociados a la producción cerá-mica, como sucede en el complejo alfarero de Las Cogotas, donde pese a desconocerse los hornos, pa-rece poderse mantener la interpretación dada (Padi-lla, 2011 y 2018; Padilla, Ruiz y Álvarez, 2018).Por esta razón, pensamos que resultaría conve-niente establecer una serie de criterios básicos que permitieran definir de manera consensuada la pre-sencia de dicha actividad alfarera y en particular la existencia de hornos de cocción. Al margen de que consideremos que todas estas grandes ciudades vac-ceas debieron de contar con alfares propios de pro-ducción para abastecer localmente a la población, lo cierto es que son muy pocas en las que actualmente pueden considerarse documentados esos espacios artesanales: Rauda, Pintia y, ahora, Tordehumos.En Rauda contamos con la escombrera de un su-puesto taller (cerámicas pasadas de cocción), pero tam-bién con numerosas pellas cerámicas (Sacristán, 1986: 155-156), que dieron pie a una interesantísima y frustra-da investigación sobre dermatoglifos (Sacristán, 1993). La ubicación en la orilla contraria a la zona residencial parece apoyar la idea de segregación de estas activida-des pirotecnológicas que implican peligros con respecto de estructuras de habitación altamente combustibles. Algo similar ocurrió en Pintia, cuyo barrio artesa-nal de Carralaceña se localiza en la orilla derecha y contraria a la ciudad de Las Quintanas. Aquí se pu-dieron localizar varios hornos, de los cuales destaca por tamaño y conservación el número 2 (Escudero y Sanz, 1993). Junto a ellos se documentaron escom-breras con abundantes materiales cerámicos pasados de cocción, pellas de barro modeladas con digitacio-nes y diversos restos constructivos de los hornos es-
18 corificados y vitrificados (Escudero y Sanz, 1993: 490). Los sistemas de datación empleados en su momento para el horno núm. 2 se basaron en muestras paleo-magnéticas y de C-14. Estas últimas, a dos sigmas, ofrecen intervalos entre 400-180 a. C. y 380-40 a. C. (Escudero y Sanz, 1993: 486). En cuanto a las paleo-magnéticas, ofrecieron una cronología centrada en el cambio de la era, con una desviación de + 50 años, si bien tomas posteriores parecieron aconsejar enveje-cer ligeramente la misma, en cualquier caso, dentro del siglo I a. C. Finalmente, las estructuras excavadas en Los Aza-franales de Cauca (Blanco, 1990; 1992; 1998) merecen un comentario aparte. En su momento uno de noso-tros expresó su reserva con respecto de la interpreta-ción dada como hornos de cocción cerámica (Escudero y Sanz, 1993: 480). Casi treinta años después seguimos pensando parecido y, en la confianza que nos da la amistad con su investigador, F. Blanco, pero sobre todo en la existencia de argumentos en contra, nos permiti-mos la crítica. Porque, en efecto, estos supuestos hor-nos ―datados en los siglos IV-III a. C. por la convivencia de cerámicas torneadas y hechas a mano, algunas muy características con decoraciones peinadas o con patos y soles estampados―, presentan numerosos proble-mas para su aceptación como tales. En primer lugar, las estructuras no se correspon-den con ninguno de los tipos acreditados y conoci-dos en la península Ibérica en la Edad del Hierro, las supuestas parrillas “de quita y pon” (Blanco, 1992: 37-38) no pudieron ser documentadas y las paredes de las presuntas cámaras de combustión carecen de signos de vitrificación o deterioro (Blanco, 1992: 38) por el mantenimiento de altas temperaturas en su in-terior. Como ya hemos dicho, la presencia de cenizas, maderas quemadas o cerámicas termoalteradas no constituyen argumentos per se para defender la exis-tencia de hornos. En segundo lugar, la coincidencia de cerámicas hechas a mano y a torno en los “hornos” de Cau-ca introduce una curiosa circunstancia, que podría calificarse de anómala: la combinación de procesos técnicos poco complementarios como la cocción re-ductora y oxidante de unas y otras especies, respec-tivamente, lo que podría, no obstante, resolverse con cocciones alternativas, sin combinar ambos ele-mentos. Pero es más, en los alfares de Roa, Pintia y ahora Tordehumos, se constata la ausencia de cerá-mica elaborada a mano, lo que no debe explicarse en términos de baja cronología (con la desaparición de la cerámica urdida), sino antes bien por la dimensión de estas producciones de carácter pseudoindustrial, a cuyo concepto escaparían las tradicionales hechas a mano, seguramente de producción doméstica (Pa-dilla, 2018: 316-322), como atestigua su uso minori-tario pero existente prácticamente hasta el cambio de la era en contextos funerarios como el de Las Ruedas de Pintia.En tercer lugar, el patrón de distribución de las actividades pirotecnológicas peligrosas en el caso de Cauca no parece encajar con respecto del observado en Rauda o Pintia, o incluso en Tordehumos, con dis-tancia suficiente con respecto de la corona de El Cas-tillo habitado. La ubicación de Los Azafranales en el interior del asentamiento caucense parece contrave-nir las más elementales reglas de seguridad, además de alejarse del necesario recurso del agua que entre el Voltoya y el Eresma ofrece numerosas posiciones más propicias. Por su parte, el alfar de Tordehumos podría ofre-cer un registro más antiguo, en función del reperto-rio formal recogido en superficie, algunas decora-ciones detectadas y, tal vez, por la sencillez de sus estructuras (la hoya), lo que tendría un gran interés en relación al desarrollo de esta nueva tecnología en el solar vacceo, cuestión que redundaría en cuándo se comenzarían a producir localmente estas cerámi-cas torneadas, tradicionalmente llevadas a contextos muy tardíos (Martín y Esparza, 1992), pero que hoy sabemos, gracias a las asociaciones a ciertos elemen-tos metálicos de la necrópolis de Las Ruedas, que hay que trasladar al siglo IV a. C., cuando no a finales del previo 8 . Los ceramistas vacceos fueron acreditados artesa-nos, con un manejo del torno alfarero que nos atreve-ríamos a tildar de virtuoso, en el que diseños, comple-jidad técnica y originalidad iban de la mano (Blanco, 2003 y 2010; Sanz y Carrascal, 2012; Coria, 2021; Co-ria, Badreshany y Sanz, 2022), con una técnica de re-torneado que confiere una finura a los perfiles de las piezas sorprendente (Sanz, 2020). Si algunos centros productores como Tordehumos parecen acreditar un torno, aunque temprano ya bien experimentado, el floruit de la alfarería vaccea y su expansión a áreas limítrofes parece hacerse sentir con intensidad en un momento pleno de los siglos II-I a. C. En esos tiempos asombra la gran variedad y personalidad de las pro-ducciones cerámicas que desarrollaron, entre las que, además de las finas anaranjadas (algunas bícromas y polícromas) y las toscas o comunes, no dejaremos de citar las torneadas negras bruñidas (Sanz, 1997: 312-314; Sanz et al., 2010; Romero et al., 2012), las grises céreas de imitación de vasos de plata (Blanco, 2001) o las variopintas producciones singulares (Sanz, Carras-cal y Rodríguez, 2019). Tecnológicamente asombra también la ejecución de un horno como el núm. 2 de Carralaceña, por su tamaño y complejidad, donde pu-dieron cocerse miles de piezas de una sola vez.Conocemos algunos de los centros alfareros que abastecieron a estas ciudades. Dejando a un lado otra serie de instalaciones relacionadas con el pro-cesado de las arcillas, el secado y almacenamien-to de las producciones, etc., decíamos líneas atrás que se hacía necesario proponer un consenso para hablar de hornos de cocción. Es por ello que con-cluimos enumerando algunas de las evidencias cuya
19 El alfar vacceo de Tordehumos (Valladolid). Primeros resultados acumulación sobre el terreno permitiría identificar con mayor propiedad la presencia de hornos de coc-ción cerámica y, por extensión, de alfares: 1) cerámi-cas pasadas de cocción (abizcochadas, con burbujas, deformadas, con colores alterados, etc.); 2) grandes testares o acumulaciones de cerámicas desechadas; 3) elementos estructurales desplazados, en forma de fragmentos desprendidos de las paredes internas de las cámaras de combustión con superficies clara-mente vitrificadas; 4) pellas de barro, con improntas de huellas digitales, que servirían para regular el ta-maño de las toberas que comunican la cámara de combustión con la de cocción o laboratorio, sellar las puertas para iniciar el proceso de cocción, sujetar y separar los recipientes apilados, etc.; 5) estructu-ras inequívocamente de cocción, con todos o partes de sus elementos característicos conservados (parri-lla, praefurnium, cámaras de combustión, etc.); y, 6) ubicación en zonas externas a las ciudades y próxi-mas a los cauces. Se hace evidente que el criterio 5 es válido por sí mismo, de igual forma que el 1 no sirve por sí solo. Los criterios 2, 3, 4 y 6 con resultar muy sugerentes individualmente, deberían comple-mentarse en alguna medida entre ellos.Según los criterios señalados Carralaceña de Pin-tia cumpliría los seis, el alfar de Rauda tres (1, 3 y 6), Tordehumos tres (1, 2 y 6; incluso cuatro en el caso de asumir el criterio 5) y Cauca solamente uno (1), lo que justificaría su recusación. Esto no quiere decir que Cauca no tuviera alfares propios para abastecer de cerámicas a esta importante ciudad, pero será ne-cesario seguir buscándolos en lugares más adecua-dos, alejados de la urbe, separados de ella por cursos fluviales y en sus proximidades.Para finalizar, creemos que las reflexiones plasma-das en estas líneas arrojan un poco más de luz sobre el presente y el futuro de la investigación de la alfa-rería vaccea, particularmente de sus centros de pro-ducción. En este sentido, pensamos firmemente que, una vez liberados del paradigma de la celtiberización (Sanz, 2021) y asumido el potencial de este sector ar-tesanal en el Duero medio, se abre ante nosotros un campo de estudio de amplia trayectoria para conocer el pasado prerromano de esta región. Su impulso tan solo será posible con la continuación de los traba-jos arqueológicos y su debida publicación, como las prospecciones y excavaciones de las que hemos dado cuenta en este trabajo, en El Tejar Viejo de Tordehu-mos, que confiamos puedan seguir aportando nuevos datos de interés en un futuro próximo. Notas 1. Todos los mapas tienen coordenadas UTM Huso 30N y el elipsoi-de es el WGS84.2. En su estudio sobre los hornos griegos de la Antigüedad, E. Ha-saki incluye estos hornos en su tipología Ig, aunque, dado que no concuerda con Davaras en cuanto al funcionamiento del mismo, plantea como alternativas que la bancada hubiera servido como descanso de unos brazos que emanaran de un pilar central y que serían el soporte de la parrilla, y también que la estructura se trata-se en realidad de un horno de cal (Hasaki, 2002: 158-159).3. En todo caso, cabe señalar que el número de hornos documen-tados para ambas categorías es francamente escaso: 7 para los hornos griegos de tipología Ig y 4 para los hornos galo-romanos franceses de tipología Ic’. 4. López Seguí ha incluido en artículos posteriores los hornos de Riera de Sant Simó en el grupo B1 (López Seguí, 1997 y 2000).5. Para el resto de Europa el zócalo está contemplado en las prin-cipales tipologías mencionadas más arriba, aunque es cierto que con frecuencia se trata de un elemento construido y no excavado.6. Comunicación oral del Dr. Juan Jesús Padilla Fernández. 7. Gracias al estudio arqueomagnético realizado en varios de los fragmentos de barro escorificado recuperados del interior de la hoya (Osete et al., 2022), hemos podido saber no solo que ningu-na de estos se encontraban in situ (entendiendo aquí este término como la misma posición en la que fueron sometidas por última vez a altas temperaturas), sino que además los submuestreos de algu-nos de ellos presentan incoherencias internas. Esto sugiere que se trate de barro expuesto varias veces a altas temperaturas, grabán-dose en su interior la orientación de diferentes polos magnéticos.8. Cabe señalar que el empleo de hornos bicamerales de tiro verti-cal (de manera genérica y sin entrar en tipologías) está documenta-do en el este de Europa desde el Calcolítico (Manea et al., 2022), y que, para el caso ibérico, las investigaciones más recientes apuntan a una posible introducción de esta tecnología de mano de los fe-nicios por el sur de la península ya en los siglos VII y VI a. C. para posteriormente alcanzar puntos del interior, como Extremadura, a lo largo de la primera Edad del Hierro (García y García, 2012; Ji-ménez et al., 2013). Estos datos tendrán que ser tenidos muy en cuenta más adelante en caso de que se confirme la antigüedad del yacimiento que nos ocupa, pues podría modificar, o al menos pro-porcionar otros nuevos sobre a la llegada del torno alfarero y los hornos de cocción bicameral al interior meseteño, hasta la fecha muy vinculados al mundo ibero (Escudero y Sanz, 1999). Bibliografía Bernal Casasola, D., García Vargas, E., Lavado Flori-do, M. L., Díaz Rodríguez, J. J., Luaces, M. y Pérez Aguilar, L. G. (2014): “M. Petrucidius y los hornos romanos y canteras de extracción de arcilla de La Ve-reda (Burguillos, Sevilla)”. Boletín Ex Officina Hispana, 5, pp. 26-31. Blanco García, J. F. (1990): “Un horno de cerámica vaccea en Coca”. Revista de Arqueología, 81, pp. 46-55. ―(1992): “El complejo alfarero vacceo de Coca (Segovia)”. 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