Resumen
El presente trabajo tiene por objeto el estudio de tres conjuntos eremíticos, de naturaleza rupestre, ubicados
en el cuenca del río Duratón. Llevan por nombre: San Juan Paniagua –en Sacramenia (Segovia)–, Nuestra Señora
del Olmar y Piedramediana –en Canalejas de Peñafiel (Valladolid)–. Pertenecen a la Alta Edad Media, siglos X-XI,
como se puede constatar por los restos arqueológicos que conservan: arcos ultra-semicirculares, de estilo “repo-
blación”, y tumbas excavadas en la roca. El estudio incluye un análisis individualizado de su emplazamiento y sus
estructuras: celdas, enterramientos, ermitas de fábrica, elementos decorativos; sin olvidar la consiguiente inter-
pretación. Todo ello inserto en el contexto histórico en el que se desenvuelven: repoblación del valle del Duero,
en torno a los castros de Peñafiel y Sacramenia; de sus aldeas, iglesias y monasterios partían los eremitas para
ocupar el yermo. De uno de ellos conocemos el nombre –Juan Paniagua–, sobre el resto lo desconocemos todo.
Palabras clave
:
San Juan Paniagua, Nuestra Señora del Olmar, Piedramediana, Peñafiel, Santa María de Sacra-
menia, repoblación valle del Duero, arco ultra-semicircular, tumba antropomorfa, Císter.
Three medieval rupestral eremitories
in
the
Duraton
valley
(Sacramenia
and
Canalejas
de
Peñafiel)
Abstract
The aim of this work is to study three hermitage complexes, of a cave nature, located in the Duraton river basin.
They are called: San Juan Paniagua –in Sacramenia (Segovia)–, Nuestra Señora del Olmar and Piedramediana –in
Canalejas de Peñafiel (Valladolid)–. They belong to the High Middle Ages, 10th-11th centuries, as can be seen
from the archaeological remains they preserve: ultra-semicircular arches, in the “repoblación” style, and tombs
dug into the rock. I will analyze, individually, their location and their material structures –cells, burials, hermit-
ages, decorative elements– without forgetting the respective interpretation. Finally, I will insert, at the end, the
historical context in which they develop: repopulation of the Duero valley, around the forts of Peñafiel and Sacra-
menia. The hermits set out from their villages, churches and monasteries to occupy the wilderness. We know the
name of one –Juan Paniagua–, but we don’t know anything about the rest.
Key
w
ords:
San Juan Paniagua, Nuestra Señora del Olmar, Piedramediana, Peñafiel, Santa María de Sacrame-
nia, Douro Valley repopulation, ultra-semicircular arch, anthropomorphic tomb, Cistercian.
Salvador Repiso Cobo
Historiador medievalista
Vaccea Anuario,
14 (2021), pp. 95-105 (ISSN: 2659-7179)
96
Introducción
Comenta el P. Ángel Manrique, en un pasaje de sus
Anales Cistercienses
, que el emperador Alfonso VII,
deseando extender la Orden del Císter por Castilla, se
dirige a Bertrand, abad del monasterio de
Scala Dei
,
en Francia, para que le envíe cierto número de mon-
jes, con el fin de explorar el terreno y escoger el más
propicio donde fundar la primera abadía. Bertrand
comisiona a Raimundo, uno de los religiosos más an-
tiguos y prestigiosos de la casa. Este, en compañía de
ciertos hermanos, viene a Castilla, elige un paraje re-
cóndito en el término de Sacramenia, y el rey le con-
cede el lugar. Añade también el historiador cistercien-
se que, mientras los comisionados inspeccionaban
la tierra, entraron en contacto con un ermitaño, de
nombre Juan, que habitaba en una cueva del entor-
no. Vivía recluido del mundo, llevaba una vida de ex-
trema penitencia, y como alimento sólo tomaba “pan
y agua”, razón por la cual los habitantes de la comarca
lo conocían con el nombre y apodo de Juan
Paniagua
.
Ignoremos, por ahora, el fondo de verdad o de
ficción que entraña esta piadosa leyenda. A mí me sir-
ve, en su conjunto, como preludio metodológico, para
acercar al lector, desde los comienzos, al objeto esen-
cial del presente trabajo: el análisis de tres complejos
rupestres eremíticos, no estudiados hasta el momen-
to. Se ubican estos en la cuenca del río Duratón, cerca
de los pueblos de Sacramenia (Segovia) y Canalejas
de Peñafiel (Valladolid). Al primero lo denominaré
San Juan Paniagua, al segundo Nuestra Señora del Ol-
mar y al tercero Piedramediana, en consonancia con
los topónimos de los parajes donde se asientan
1
.
Los tres pertenecen a los siglos X-XI (el prime-
ro perdura hasta casi la mitad del XII), época altome-
dieval, a la que se conoce con la expresión genérica
“de repoblación del valle del Duero”.
Este artículo es una continuación de otro que
publiqué en tiempos ya lejanos, en concreto en 1999,
en el cual estudiaba las ermitas rupestres, del periodo
visigodo, en la comarca de Peñafiel, sitas en los con-
tornos de la antigua ciudad de
Pintia.
1.
El
eremitorio
de
San
Juan
Paniagua
(Sacr
amenia)
El emplazamiento
Consta este conjunto de tres estructuras: una
amplia caverna, de origen natural; una covacha artifi-
cial, que sirvió de necrópolis; y los restos de cimenta-
ción de una ermita de fábrica.
El eremitorio se ubica en la finca Coto de San
Bernardo, a 880 m, en dirección este, del monasterio
de Santa María. Tanto la cueva como la necrópolis es-
tán situadas en un farallón rocoso que remata la plata-
forma del páramo: la primera, en el estrato de cales del
Pontiense; la segunda, en la capa de margas y yesos del
Vindoboniense Superior. La iglesia de fábrica se halla-
ba, en su momento, en la meseta del cerro. Dicha ele-
vación, con una altitud de 930 m y una altura de unos
50 m, forma parte de un espigón de páramo encajado
entre dos valles. Por el de mayor recorrido fluye un re-
gato, el Recorvo, de aguas discontinuas, que nace en la
famosa
Fuente Aderata
, término de Torreadrada, con
cita en un diploma del año 943. Sus aguas se unen a
las del arroyo que baja de Fuentesoto, para formar el
llamado
río Sacramenia
, tributario del Duratón.
«El sitio es monachal y solitario»
―se dice en el
Me-
morial
de 1617―
, «muy a propósito de nuestro ins-
tituto, y, aunque rodeado de cuestas, no dexa de ser
muy apacible por las muchas arboledas y fuentes de
agua excellentíssimas que hazen vezindad y compañía
al monasterio
2
».
La
celda
y
oratorio
del
eremita
La
gruta tiene una orientación oeste-este. Está
bien conservada. El suelo, cuando yo lo conocí, estaba
cubierto de impurezas, pues servía de aprisco al gana-
do vacuno que vagaba por el monte. Pudiera encubrir
restos arqueológicos figs. 1 y 2.
Es una caverna grande, de unos 70 m
2
, de
planta irregular; mide 22 x 3 x 3 m, de larga, ancha y
alta. Tanto el techo como las paredes presentan una
fisonomía poco uniforme.
Su única puerta se halla a poniente. Posee
jambas y dintel de piedras de sillería, bien escuadra-
dos; su luz: 1,80 x 0,97 m. En el lado opuesto existe
otro vano, de origen natural, clausurado en su tiempo
por un rústico muro de mampostería en seco. En él,
tal vez, se abría un ventanuco que proporcionaba luz
y ventilación a la estancia.
A cinco metros del fondo de la cueva, exento de
sus paredes, se halla un altar de piedra, de mampos-
tería, recogida con mortero de barro. Conserva la losa,
labrada con esmero, donde se encastraba el ara de las
reliquias, necesaria, según los cánones, para celebrar la
misa. Detrás de esta se yergue un muro pequeño de pie-
dra y en él hay una hornacina, que cobijó la imagen de
San Juan Paniagua. El altar se debió de construir en épo-
ca moderna, en fecha posterior al derrumbe de la cer-
cana iglesia de fábrica. El autor del
Memorial
, expresa:
«Consérvase hasta oy, cerca del monasterio, una cue-
ba, debaxo de unas peñas, donde se tiene tradición
hacía penitencia» [San Juan Paniagua].
Y, más adelan-
te:
«Oy día persevera la cueva en un alto cerro, en que
ay antiquíssima tradición se recogió a hacer particular
penitencia: atraviésase de parte a parte, la una boca
corresponde al oriente, la otra al occidente, y algo a
medio día, por estar al sesgo
3
».
La necrópolis
A unos cincuenta metros al sur de la gruta, en
el borde del farallón rocoso, se encuentra una cova-
97
1
3
4
2
Fig. 1. San Juan Paniagua: planta y secciones de la celda y oratorio del ermitaño.
Fig. 2. San Juan Paniagua: 1. Ubicación de la necrópolis. 2. Puerta de la celda y oratorio. 3. Interior de la celda y oratorio. 4. Altar.
Tres eremitorios rupestres medievales en el valle del Duratón (Sacramenia y Canalejas de Peñafiel)
98
cha, de 5 x 5 x 1 m de larga, ancha y alta. La descubri-
mos en el verano de 1999 (fig. 3).
En el suelo se abren seis tumbas, de figura trape-
zoidal, todas con la misma tipología, sin restos funera-
rios. Orientadas ―salvo una― en dirección SO-NE (ca-
beza-pies). La núm. 4 lo hace en sentido inverso, para
aprovechar mejor el espacio disponible. Ese apuro por
el espacio parece que más tarde se vio truncado, pues
la zona más externa de la plataforma, donde hubieran
cabido otros cinco o seis cuerpos, se dejó sin utilizar. La
fosa núm. 5 conserva signos de la ranura sobre la que se
apoyaba la tapa del túmulo. Entre las hoyas núms. 3, 4
y 5 existe un amplio y profundo hueco, de forma redon-
deada, que sirvió de almacén de huesos ―algunos aún
presentes en el momento de la limpieza―. Esta circuns-
tancia me hace pensar en un reaprovechamiento de
sepulturas con el fin de efectuar nuevos sepelios, y en
el depósito de su material óseo en la aludida oquedad.
La
ermita
de
fábrica
Erigida sobre la meseta del cerro, aún se apre-
cian las improntas de sus cimientos. Un cúmulo de
teja curva se esparce por el terreno circundante. El
paraje ―según consta en el
Memorial
― «tuvo hermi-
ta edificada encima de la misma cueva, aunque agora
ya está caída»
.
El autor da por supuesto que en ella se
dio culto a San Juan Paniagua
4
.
San
Juan
Paniagua:
historia
y
leyenda
Conocemos la vida de este insólito personaje a
través de dos tipos de fuentes: oral y escrita. La oral ha
persistido, sin interrupción, desde la fundación del mo-
nasterio hasta nuestros días, y se fijó en letra, a partir
del siglo XVII, por una serie de preclaros miembros del
Císter, informados por los propios monjes de la abadía
5
.
Nada sabemos de cierto de la existencia de
Juan con anterioridad a la construcción del cenobio.
Pero todos los escritores coinciden en afirmar que era
este un anacoreta, que vivía en una cueva, practicaba
una áspera penitencia para contener sus pasiones y
merecer un puesto digno en el cielo, hacía muchos
milagros y las gentes de la comarca se acercaban a él
con la esperanza de recibir un buen consejo o de po-
ner remedio a sus enfermedades. Como su alimento
consistía tan sólo en pan y agua, era conocido con el
apelativo de Juan
Paniagua
.
Cuando los monjes de
Scala Dei
recorren las
tierras de Sacramenia, buscando el lugar propicio
donde fundar un monasterio, se topan con un san-
to varón, encorvado por el peso de los años, con los
cabellos intonsos, de flaco aspecto a causa de la ma-
ceración de su carne, cubierto de harapos y que, por
faltarle las fuerzas, se movía con dificultad. Los emi-
sarios interpretan este encuentro como un signo de la
providencia divina para reafirmarles en su elección: el
espacio escogido, además de reunir todas las cualida-
des de soledad requeridas por la regla, se halla sacra-
lizado por la vida de tan venerable ermitaño.
El anciano anacoreta se incorpora a la orden
del Císter en calidad de monje converso ―lego―.
Juan no sólo ayuda a sus nuevos hermanos en el te-
rreno espiritual sino que también lo hace en el mate-
rial: les sirve de intérprete, pues estos desconocen la
lengua castellana; les instruye en las costumbres de
la tierra, y les señala el lugar exacto donde construir
la abadía, incluso, colabora personalmente en la erec-
ción de sus cimientos.
Juan Paniagua muere pronto, un año después
de entrar en religión, cuando le faltaban todavía me-
ses para terminar su noviciado. Y la muerte le llega ―
dicen sus comentaristas― a causa de su ancianidad,
pero también por el debilitamiento de su cuerpo, al
no resistir ya tantas penitencias. Insisten en que Juan
salió de este mundo lleno de méritos espirituales y
con olor de santidad
. Fue sepultado en el templo mo-
nástico, en un nicho junto al sagrario, donde aún en el
siglo XVII ―según el autor del
Memorial
― se conser-
vaba su
cuerpo entero
.
Realizó muchos milagros tanto en vida como
después de muerto. De ahí que sus reliquias fueran
muy veneradas. Tan asombrosos llegaron a ser los
prodigios que se mostraban ante su tumba que el
monasterio, titulado en un principio
Santa María
―
como todos los del Císter―, al cabo de dos años, es
conocido, también, con el nombre de
Santa María
y
San Juan de Sacramenia
e incluso únicamente con el
de
San Juan de Sacramenia
6
.
Fig. 3. San Juan Paniagua: planta y secciones de la necrópolis.
99
Los pueblos del entorno ―Sacramenia, Pecha-
rromán, Valtiendas y Cuevas de Provanco―, cuando
les faltaba el agua, acudían en procesión al monaste-
rio para que, por intercesión del santo, Dios les conce-
diera la lluvia. Lo practicaban, en concreto, la última
jornada de las letanías menores, es decir, la víspera
de la Ascensión
7
.
Interpretación de los datos
Paso a comentar los datos, tanto los que pro-
ceden del análisis arqueológico como los que se deri-
van de la vida del santo. No pretendo llegar a conclu-
siones irrebatibles, pues nos falta más información.
Me conformo con plantear una buena teoría que
aúne las distintas fuentes y que sea, al mismo tiempo,
sólida. He aquí las conclusiones:
Las tres estructuras ―caverna, necrópolis e
iglesia― se relacionan entre sí: conforman un eremi-
torio. No están asociadas a ningún hábitat laico. La
gruta pudo servir, en un principio, de celda y oratorio
a varios anacoretas, no necesariamente coetáneos.
La necrópolis fue el lugar de descanso final para esos
ermitaños, más de seis, o, en su caso, el espacio ele-
gido por ciertos fieles que quisieron enterrarse jun-
to al lugar sacralizado por los anacoretas. Y la iglesia
de fábrica, de acuerdo con los datos del
Memorial
,
se destinaba al culto del último de ellos, de San Juan
Paniagua. Si fue erigida con anterioridad a su existen-
cia, lo desconocemos. Una excavación arqueológica
nos sacaría de dudas. Arruinada la iglesia, antes del
siglo XVII, el culto se trasladó a la cueva, donde hoy,
todavía, se conserva el altar de piedra y la hornacina
del santo.
En cuanto a la cronología del eremitorio: ba-
sándome sólo en la tipología de las tumbas, puedo
afirmar que perteneció a los siglos X-XI, por tanto, a la
Alta Edad Media. Profundizaré en esta circunstancia
más adelante, cuando estudie los enterramientos del
Olmar y Piedramediana.
Respecto a la figura de Juan
Paniagua he de
concretar que el relato de su vida, transmitido por la
tradición oral ―luego por escrito―, encierra un fon-
do histórico y otro legendario. El lector perspicaz sa-
brá diferenciar entre ambos. A la historia
correspon-
den los hechos que, al menos, se pueden interpretar
con la máxima objetividad posible; a la leyenda ―o a
la teología―, aquellos otros que narran hechos reales
o fabulosos, adornados con elementos fantásticos o
extraordinarios. Yo me arriesgo a presuponer como
históricos los siguientes: la existencia del personaje,
su nombre y apodo, la fecha en la que vivió, el lugar
de retiro, su condición de eremita, de asceta consu-
mado, de hombre con don de gentes. También podría
aceptar como verídica ―en líneas generales― su re-
lación con el Císter: que profesa en esta orden; que
bajo su obediencia muere; se le entierra en el templo
del monasterio; se le canoniza ―por aclamación― a
los tres años de su muerte; que por sus méritos se
le nombra cotitular de la abadía ―Santa María y San
Juan de Sacramenia― y que, en la posteridad, se le
venera con gran devoción tanto por los monjes como
por los habitantes de los pueblos del entorno.
2.
El
eremitorio
de
Nuestra
Señora
del
Olmar
(Canalejas
de
Peñafiel)
El emplazamiento
Al menos ocho pequeñas ermitas conforma-
ron, en sus orígenes, el conjunto rupestre de
Nuestra
Señora del Olmar
, más la iglesia de fábrica. Se ubica
este en el término municipal de Canalejas de Peñafiel,
a un kilómetro del pueblo, hacia levante. Las grutas,
todas artificiales, están excavadas en un afloramiento
de toba caliza, a media falda del cerro, a 800 de altitud
y a unos 20 m de altura sobre el fondo del valle, muy
por debajo del nivel de margas y calizas que rematan
el borde del páramo. Se orientan hacia el sureste,
como el estrato tobizo donde se asientan. Se llega al
eremitorio, desde la terraza superior, a través de dieci-
séis amplios escalones, tallados en la propia roca.
Por el valle corre un regato que desemboca en
el Duratón, a solo 7 km de distancia del punto donde
lo hacía el
río
de Sacramenia. El del Olmar ―y Piedra-
mediana― es un paraje apartado, silencioso, ameno
por sus fuentes de agua y su vegetación: uno de los
más bellos de la comarca de Peñafiel.
Estudio de las celdas
Hoy solo persisten tres cámaras en mediano
estado de conservación. Del resto, únicamente se
Fig. 4. Nuestra Señora del Olmar: vista general y distribución de
las celdas.
Tres eremitorios rupestres medievales en el valle del Duratón (Sacramenia y Canalejas de Peñafiel)
100
conservan las plantas ―casi soterradas― y algunos
jirones de sus paredes. Paso a analizarlas.
Núm. 1. Ha perdido, por desprendimiento, toda la pa-
red derecha, incluida la puerta; dimensiones: 7,50 x
2,85 x 2,12 m, de larga, ancha y alta. De planta ten-
dente al rectángulo, muestra una cubierta en forma
de bóveda. En la cabecera, orientada al noreste, exis-
te un arco rehundido, ultra-semicircular, que en su
tiempo debió de acoger una cruz. En el suelo se abren
dos tumbas, en la actualidad vacías. Una es rectangu-
lar, y de ángulos redondeados, de 1,90 x 0,55 m. La
otra, antropomorfa, de 1,76 x 0,45 m, con cabecera
en herradura. Las dos presentan vestigios del rebaje
donde apoyaba la losa que las cubría. La orientación
es de SO-NE (cabeza/pies), siguiendo la dirección del
eje mayor de la estancia (fig. 5).
Núm. 2. Se halla en un estrato superior a la prece-
dente, con su misma orientación; dimensiones: 5,90 x
2,10 m (conservado) x 2,18 m, de larga, ancha y alta.
Tiene derruida casi toda la cubierta ―con bóveda― el
muro derecho ―con su puerta― y un fragmento de la
planta. Mantiene también, en la cabecera, un arco in-
ciso de herradura. Posee, como aquella, dos tumbas,
de figura trapezoidal. La que está junto a la cabecera
mide 1,95 x 0,47/0,28 m, de larga y ancha; la otra,
sita a los pies de la estancia, mide 2,10 x 0,65/0,55 m.
Están vacías y sin tapas (fig. 7).
Núm. 3. Sólo presenta fragmentos, mal conservados,
de la pared izquierda y de la cabecera, en los que se
aprecian bien las muescas de la herramienta del can-
tero. Su planta es similar a las ya descritas. Parece la
tumba de un joven.
Núms. 4 y 5. Se ubican delante de las celdas núms.
1 y 2. Hoy apenas son reconocibles, a no ser por las
huellas que restan de sus plantas, imprecisas y cu-
biertas de tierra; de características semejantes a las
anteriores.
Fig. 5. Nuestra Señora del Olmar: planta y secciones de la celda n.o 1.
Fig. 6. Nuestra Señora del Olmar: celda n.o 1.
101
Núm. 6. Pudiera encontrarse en un estado de conser-
vación aceptable, pero en la actualidad está rellena,
casi en su totalidad, por varios niveles de sedimentos.
Núm. 7. Con mucho deterioro y apenas perceptible.
Subsiste un fragmento de bóveda, aunque anegado
por un veta de toba, que lo desfigura.
Núm. 8. Sita a unos sesenta metros del resto del com-
plejo, en dirección suroeste. Ha desaparecido la puer-
ta. Se halla semi-inundada por fangos pero, en gene-
ral, conserva gran parte de su estructura originaria. Se
aprecia la bóveda de cañón y, en la cabecera, íntegro,
el arco inciso de herradura. Urge desenterrar cuanto
antes esta cámara, de lo contrario pronto se verá, en
su totalidad, cubierta de limos.
La
ermita
de
fábrica
Emplazada sobre las celdas se erigió, quizás,
poco después de que el eremitorio perdiese su fun-
cionalidad, como en San Juan Paniagua; sin duda,
también, en recuerdo de los venerables residentes
de las cuevas. Poco a poco, se iría desdibujando el
nexo espiritual, el primigenio, que unía a los fieles del
templo del Olmar con la memoria de los viejos ana-
coretas. Y llega el día en el que ese lazo se rompe por
completo. Desde entonces ―cosas del tiempo― los
devotos que concurren a Nuestra Señora del Olmar
ignoran la razón de ser de aquellos edículos en piedra
y de quienes los habitaron. La fábrica de la ermita ac-
tual es del siglo XVIII.
Fig. 7. Nuestra Señora del Olmar: planta y secciones de la celda n.o 2.
Fig. 8. Nuestra Señora del Olmar: tumbas en la celda n.o 1.
Tres eremitorios rupestres medievales en el valle del Duratón (Sacramenia y Canalejas de Peñafiel)
102
Interpretación
Como en el caso de Sacramenia, los restos ar-
queológicos conservados requieren de su oportuno
comentario. Este tiene una doble propósito: conocer
la funcionalidad originaria del conjunto rupestre y dar
cuenta de su cronología.
La naturaleza eremítica de este espacio sacro
no puede ponerse en duda. Existen los oportunos
signos materiales como para apoyarla: celdas/ora-
torios, arcos en las cabeceras ―que debieron portar
cruces―, sepulturas dentro de las grutas, ermita de
fábrica; así como la idoneidad del asentamiento: va-
lle recóndito, solitario, con aguas abundantes, rico en
vegetación y apartado de caminos con mucho trán-
sito. En fin, un espacio propicio para el recogimiento
del cuerpo y el cultivo del espíritu.
Podemos puntualizar, además, que en El Ol-
mar sus moradores, más que una vida de
eremitismo
puro ―la del solitario―, practicaron un estilo de exis-
tencia semi-eremítica. De lo contrario no se podría
explicar por qué las diferentes ermitillas se hallaban
tan juntas. Podríamos catalogar al Olmar como una
laura
: colonia de celdas o cuevas particulares de ana-
coretas, con una iglesia y un refectorio comunes ―a
pesar de que estas dos últimas estructuras no hayan
aparecido―. En cuanto a los ocupantes de las tum-
bas, remito al lector a lo ya expuesto en el eremitorio
de San Juan Paniagua: bien pertenecieron a los pro-
pios ermitaños bien a fieles, casi coetáneos a estos,
que consideraban el lugar como sagrado, por haber
permanecido en contacto con los cuerpos y el queha-
cer cotidiano de aquellos santos varones.
Determinar la cronología de estos edificios, no
resulta difícil. Disponemos de dos elementos clave
que nos facilitan la tarea: los arcos de herradura en
los frontispicios de las celdas y las tumbas excavadas
en su interior.
Como ya comenté en su momento, las cáma-
ras núms. 1, 2 y 8 portan en sus cabeceras arcos ul-
tra-semicirculares, típicos del estilo repoblación ―co-
nocido también como mozárabe―. Esta clase de arco
se diferencia bien del visigodo, con el que se pudiera
confundir
8
. Conozco tres eremitorios que lo poseen,
incluso en semejante disposición: el de Cueva An-
drés, en Quintanar de la Sierra (Burgos), el de Cueva
de Siete Altares, cerca de Sepúlveda (Segovia) y el de
Casuar, en Montejo de la Vega de la Serrezuela (Sego-
via). El primero bien estudiado; no tanto el segundo
―hay quienes, sin fundamento, lo consideran visigo-
do― y nada el tercero (creo que sale a la luz, por pri-
mera vez, en el presente artículo)
9
. Arcos del mismo
tipo encontramos en los muros de muchos templos
prerrománicos del norte y centro peninsular: monas-
terio de Suso, en San Millán de la Cogolla (La Rioja);
San Miguel, en Duruelo de la Sierra (Soria); ermita de
San Miguel, en Gormaz (Soria); ermita de la Virgen
de las Eras, en Hérmedes de Cerrato (Palencia); Santa
María, en Villanueva de los Infantes (Valladolid). To-
dos fechados entre los ss. X y XI. Esa misma cronolo-
gía debemos atribuir a los arcos ultra-semicirculares
de Nuestra Señora del Olmar.
El otro elemento que mencioné, las tumbas
excavadas en las cámaras, nos lleva a idénticas con-
clusiones cronológicas. Desde los años sesenta, del
siglo XX, han aparecido por casi toda la península, y
han sido estudiados, multitud de enterramientos de
este tipo, con data en la Alta Edad Media. Creo por
ello que no necesito entrar en detalles
10
. Sepulturas
semejantes a las del Olmar, Piedramediana y San Juan
Paniagua, centrándome sólo en las más cercanas, en-
contramos en San Miguel de Sacramenia, en San Mar-
tín de Fuentidueña y en San Frutos de Duratón
11
.
3.
El
eremitorio
de
Piedramediana
(Canalejas
de
Peñafiel)
El emplazamiento
Sito en el mismo valle del Olmar, a ochocientos
metros aguas arriba del anterior. Con unas característi-
cas geográficas y geológicas semejantes a las de aquel.
Por ubicarse en un farallón rocoso, a media falda del ce-
rro, recibe el nombre de Piedramediana. Lo conforman
cuatro cuevas y un par de tumbas. Se halla en mal es-
tado de conservación. No dispuso de ermita de fábrica.
Análisis
de
las
celdas
Núm. 1. Le falta, por desprendimiento, la pared de-
lantera, donde se hallaba la puerta. La gruta está casi
cubierta de escombros; con pátina de humo en techo
y paredes, signo de que ha sido reaprovechada a lo
largo del tiempo. Sus medidas son: 3,80 x 2,80 x 1,40
m, de larga, ancha y alta, con bóveda de medio cañón
y remate del fondo con figura de horno. Como deco-
Fig. 9. Piedramediana: vista general y distribución de las celdas
(Fotografía de Juan José Moral).
103
ración muestra una pequeña cruz grabada en una de
sus paredes.
Núm. 2. Hipotética: habría que excavar el orificio para
confirmar, con exactitud, su carácter natural o artifi-
cial y su funcionalidad. En la embocadura, cara al ex-
terior, hallamos una cruz incisa en la roca.
Núm. 3. Sobrepuesta a la n.o 1. Solo permanece la ca-
becera, el resto se perdió a causa de un derrumbe. Se
aprecian bien los paramentos laterales y el del fondo,
que están trabajados con cierto esmero. Fue una cel-
da, como la n.o 1, de proporciones considerables: 1,40
x 2 x 1,50 m de larga, ancha y alta ―lo que resta―.
Núm. 4. Dispuesta en el mismo estrato que la prece-
dente, de reducidas dimensiones. Se conserva casi en
su integridad. El vano de entrada es rectangular: de
1,30 m de alto por 0,95 m de ancho. Cara al exterior, se
aprecian ciertos mechinales tallados en la roca, que tu-
vieron como finalidad encastrar una estructura de ma-
dera, tal vez para facilitar el acceso. En la parte superior
de la jamba derecha persiste otra pequeña abertura
donde, quizás, se encajaba una tranca (fig. 10).
Las tumbas
En medio del crestón rocoso, en un nivel su-
perior al de los habitáculos, se hallan dos tumbas, de
figura antropomorfa, excavadas en la roca, con orien-
tación oeste-este (cabeza/pies), de acuerdo al canon
de la época. La n.
o
1, con hueco cuadrangular para in-
sertar la cabeza del difunto; la n.
o
2, con él en forma
de herradura; miden, aproximadamente, 1,75 m de
largo por 0,40 m de ancho. En su momento, las dos
tuvieron cubierta, pues se aprecian restos de los en-
talles de asiento (fig. 12).
Interpretación
De naturaleza eremítica. Habría que asociarlo
al complejo de Nuestra Señora del Olmar, del que se-
ría una prolongación. Ocupado, al menos, por dos er-
mitaños, no sé si coetáneos, a quienes pertenecerían
las sepulturas.
No requirió ermita de fábrica, pues al dispo-
ner de la del Olmar, esta hubiera sido redundante.
Cronología: la misma que para el complejo del
Olmar, es decir, siglos X-XI.
4.
Marco histórico
Estudiados los tres eremitorios, llega el mo-
mento de comentar el contexto general en el que es-
tos se originan y desarrollan.
El marco histórico en cuestión, como ya insinué
con anterioridad, es el de “la repoblación del valle del
Duero”, durante los siglos X y XI. Por repoblación entien-
do, también, organización del espacio, después de que el
orden visigodo se derrumbara. La organización requirió
de tres movimientos: control del territorio (en su aspecto
militar); repoblación (instalación o reinstalación de per-
sonas) y articulación de ese espacio (creación de un nue-
vo ordenamiento político-administrativo).
El control militar se lleva a cabo en la mese-
ta Norte mediante la simple ocupación de la tierra,
pues no había en ella enemigos significativos contra
los que luchar. Los protagonistas principales fueron
los monarcas leoneses o sus delegados regionales, los
condes. Su símbolo material es por antonomasia el
Fig. 10. Piedramediana: planta, sección y
puerta de la celda n.o 4.
Tres eremitorios rupestres medievales en el valle del Duratón (Sacramenia y Canalejas de Peñafiel)
104
castro o castillo: una fortificación muy sencilla, situa-
da en lugares estratégicos, normalmente en altura y
con buena visibilidad. Castros de este periodo son los
de Peñafiel y Sacramenia. La primera mención cono-
cida de ambas plazas nos la transmite un diploma de
San Pedro de Cardeña, con fecha del 26 de diciembre
del año 943. En él se especifica que Asur Fernández,
conde de Monzón, entrega a la abadía un lugar de
nombre
Fonte
Aderata
, a los pies de La Serrezuela,
por entonces bajo el control de los castillos de
Penna-
fidele
y
Sacramenia
12
.
El castro sirve pronto de aglutinante y centro
de referencia a una serie de pequeños hábitats, que se
asientan a su alrededor. Los documentos los citan con
nombres variados: villa, quintana, castrellum, turris,
monasterium, ecclesia, aldea. Estos hábitats o aldeas
tienen unos rasgos comunes: reducido tamaño ―una
familia, cinco, veinte―, muy numerosos, no jerarqui-
zados entre sí y muy inestables ―algunas desaparecen
pronto―. En este marco poblacional encuadramos las
aldeas que se extienden en torno a los castillos de Pe-
ñafiel y de Sacramenia, como Canalejas, Torre, Rábano,
Lagunillas, Valtiendas, Fuentesoto, cercanas a los ere-
mitorios que estudiamos en este trabajo.
Algunos castros, no todos, se convirtieron
pronto en cabeceras político-administrativas de un
territorio o alfoz. En el alfoz se incluyen las aldeas de-
pendientes del castillo. Él es la célula básica de organi-
zación territorial, por debajo del condado y del reino
dentro del cual se articula la sociedad altomedieval.
Los castillos de Curiel, Roa, Aza, Peñafiel, Sacramenia
y Cuéllar, son cabeza de alfoz.
La
ecclesia
‘iglesia’ y el
monasterium
‘monas-
terio’, además de ser, en muchas ocasiones, unidades
de poblamiento ―aldeas― fueron también, cómo no,
entidades religiosas. En líneas generales: la iglesia es
una institución regida por uno o varios clérigos (secu-
lares) y el monasterio, por un abad, encargado de una
comunidad de monjes (regulares). Las iglesias pueden
ser particulares ―propiedad, en lo material, de un
laico― y parroquiales o diocesanas ―sujetas en todo
al obispo―. Durante los siglos X y XI por todas partes
encontramos iglesias, incluso en aldeas, de escasa im-
portancia, existen dos o más. Los monasterios a me-
nudo son pequeños, con pocos monjes, muy frágiles y,
en muchos casos, efímeros. Entre estos podemos citar
el de San Andrés de Boada (junto a Roa), el de San
Salvador de Peñafiel (en Padilla), y el de Santa María
de Cárdaba, al lado de Sacramenia.
Muchas iglesias no eran sino minúsculas capi-
llas ―
ecclesiolae
‘iglesitas’ se las designa a veces―
que en ocasiones se confundían, aunque en otras no,
con las celdas o ermitas, donde algún varón piadoso
practicaba la vida ascética. Lo mismo puede decirse
de muchos monasterios que no pasaban, en un prin-
cipio de ser simples ermitas. La mayor parte de las
iglesias, de los monasterios y de las ermitas de fábri-
ca, fueron de factura muy modesta: de adobe, de can-
tos rodados, de tapial de piedras toscas, cogidas con
mortero de barro. Caso distinto, como bien sabemos,
era la estructura de los eremitorios rupestres.
De las aldeas ―unidad base del poblamiento―
procedían los ermitaños, tanto los que moraban en er-
mitas de fábrica como los que lo hacían en estancias de
roca. Había también religiosos, bien seculares bien regu-
lares ―de una iglesia o de un monasterio―, que, para
perfeccionar su vida espiritual, se retiraban del mundo,
de forma temporal o definitiva, y se iban a vivir al yermo.
Poco es lo que sabemos de estos personajes,
aparte del arquetipo, o modelo estándar, transmitido
por la tradición. De algunos, solo conocemos ciertos
retazos de sus vidas, como en el caso de San Juan Pa-
niagua y San Frutos de Duratón. De otros únicamente
el nombre conservado ―¡encanto de las palabras!―
en el topónimo “de su cueva”: Cueva Andrés, Casuar
o
Covasuar
―’cueva de
Suaro
o
Suero
’, patronímico
Suárez
―. Y de la mayoría ni siquiera eso, como ocu-
rre con los moradores del Olmar y de Piedramediana.
Vaya para estos eremitas anónimos, como colofón de
mi trabajo, nuestro último recuerdo.
Notas
1.
Agr
adezco a mis amigos Juan José Moral y Tomás Madrazo el
haberme informado, por primera vez, de la existencia de los eremi-
torios del Olmar y Piedramediana. También recuerdo, con afecto,
a don Eduardo Sánchez Junco y a su mujer, doña Carmen Pérez Vi-
llota, propietarios de la finca Coto San Bernardo, por las facilida-
des que me dieron para actuar en la ermita de San Juan Paniagua.
Igualmente a Ricardo y Sonsoles, antiguos guardeses del coto, con
los que me une, desde entonces, una profunda amistad. Y, cómo
no, a mi hijo Miguel, a mi sobrino Jaime y a Sergio ―hijo de los
guardeses― que, a pesar de su tierna edad, tanto me ayudaron
en la limpieza del conjunto rupestre de Sacramenia. Y de nuevo a
Miguel que, en este momento, me ha informatizado los planos de
los tres conjuntos rupestres.
Fig. 12. Piedramediana: tumbas rupestres.
105
2.
Me
morial
, p. 546. Redactado, en 1617, por un monje de Sacrame-
nia ―tal vez el archivero―, a petición de don Diego de Colmenares, que
por aquellas fechas escribía su
Historia de la insigne ciudad de Segovia
.
En él aparecen los primeros datos conocidos sobre Juan
Paniagua
.
3.
Memorial
, 1617: 537 y 546.
4.
Memorial, 1617:
546.
5.
Henríque
z, 1630: 417. En esta obra expone el autor, mes por
mes, un extracto de la vida de los santos del Císter y el día en que
se les rinde culto. La fiesta de San Juan Paniagua se celebra el 14 de
diciembre; Manrique, 1642: 413-415. Es la fuente más importante
para conocer la vida del santo; Bivar, 1661. Curiosa monografía, ex-
trae las noticias directamente de la tradición oral y de los escritos
de los autores citados con anterioridad.
6.
1144-II-29:
...ec
clesiae Sanctae Mariae et Sancti Ioannis de
Sagramenia [AHN,Tumbo del monasterio de Santa María de Sacra-
menia
, f. 1,]. 1147-III-21:
...concedimus locum illum Sancte Marie
Armidelle, domino Raimundo
[...]
qui et est abbas Sancte Marie
et Sancti Iohannis de Sacramenia
[AHN, Clero, Carp. 3.411, n.o
1]. 1179-V-19:
...abbati monasterio Sancti Ioannis de Sacramenia
[
Tumbo
, f. 172 v.]. 1219-II-12:
...facio cartam concessionis
[...]
Deo
et monasterio Sancti Ioannis de Sagramenna
[
Tumbo
, f. 12].
7.
Memorial
, 1617: 545-546.
8.
En
el arco visigodo se prolonga la curva del intradós 1/3 del
radio bajo la línea del diámetro (San Juan de Baños). En el arco
califal se prolonga aquella, al menos, 1/2 del radio bajo la línea del
diámetro (Martín González, 1974: 305, 328 y 361). En el de repo-
blación o mozárabe es mayor, incluso, la prolongación del arco: 2/3,
3/4 y hasta 4/5 en algunos casos.
9.
Cas
tillo, 1972: 28; Padilla, 2003 (ambos para Cueva Andrés);
Martín González, 1950: 173 (para Siete Altares).
10.
Cas
tillo, 1968: 835; Boüard y Riu, 1977: 451-457; Golvano,
1987: 276; De la Casa, 1992.
11.
Golv
ano, 1977a: 360-365 (para Fuentidueña), y 1977b: 1251-1260
(para San Frutos); Martínez-Monedero, 2013: 455-476 (para Sacramenia).
12.
Martíne
z Díez, 1998: n.
o
42.
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Recibido: 18-03-2021
Aceptado: 30-06-2021
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