79 Resumen Localizado en el valle medio del Eresma, el oppidum del cerro Tormejón cuenta con una importante ocupación durante la segunda Edad del Hierro. Las investigaciones llevadas a cabo en los dos últimos años revelan que fue habitado entre los siglos IV y II a. C. Su posición fronteriza en el límite entre vacceos y arévacos ha dificultado su adscripción cultural. Los datos extraídos de la vocación económica del territorio, de su cultura material y de dos rituales documentados en el interior de una vivienda, parece que pudieran indicar su pertenencia al pueblo vacceo. Palabras clave: Segunda Edad del Hierro, límite territorial, ritos funerarios, valle del Duero. Between vaccaei and arevaci: Cerro Tormejón (Armuña, Segovia) Abstract Located in the middle valley of Eresma river, Cerro Tormejón, has an important occupation during the Second Iron Age. Research carried out in the last two years have revealed that it was inhabited between the 4th and 2nd centuries B. C. Its border position on the limit between Vaccaei and Arevaci has made its cultural affiliation a hard labor. The data extracted from the economic vocation of the territory, from its material culture and two rituals that were documented inside a house, seems to indicate their belonging to the Vaccaean group. Key words: Second Iron Age, Territorial Limits, Funerary Rituals, Duero Valley. Raúl Martín Vela Proyecto Eresma Arqueológico Vaccea Anuario, 14 (2021), pp. 79-93 (ISSN: 2659-7179)
80 1. Marco geográfico El oppidum de Cerro Tormejón se localiza en el tér-mino municipal de Armuña, a poco más de veinte kilómetros al norte de Segovia capital (fig. 1). Iden-tifica un cerro amesetado de calizas y margas del Cretácico que se eleva 905 m por encima del nivel del mar. Sus acusados escarpes naturales, le confie-ren una estampa destacada en un paisaje de transi-ción entre el piedemonte serrano de Guadarrama, la campiña segoviana y las feraces vegas del valle del Eresma (fig. 2).La composición de los materiales geológicos del cerro ha permitido su karstificación, generando una pequeña red de canales subterráneos y cova-chas en su flanco meridional, entre las que destaca la cueva de la Mora, cuya ocupación durante la pre-historia reciente está atestiguada por la presencia en su interior de cerámicas a mano de formas lisas. Cuenta con la cercanía de varios recursos hídricos, como el arroyo Tormejón, de régimen pluvio-nival, que lo circunda por el SE hasta desembocar a unos setecientos metros en el río Eresma y por un manan-tial, actualmente cegado, que manaba al pie de la vertiente sur. Su ubicación estratégica viene avalada por las amplias cotas de visibilidad que obtiene de todo el entorno. Además de la cercanía con el eje que vertebra el valle del Eresma, su emplazamiento a medio camino entre Cauca y Segovia, reposiciona al Tormejón en el entramado de ciudades situadas donde confluyen vacceos y arévacos. 2. Antecedentes historiográficos Las primeras referencias a la ocupación en el cerro Tormejón durante la segunda Edad del Hierro, hay que situarlas a mediados del siglo pasado de la mano de A. Molinero, quien recoge algunas piezas cerá-micas en superficie con decoración pintada y otras de época visigoda (Molinero, 1971). Destacan las in-tervenciones arqueológicas realizadas a finales de la década de los años setenta por F. Gozalo Viejo. Los resultados se expondrán en su tesis de licenciatura, en la que se aprecia el importante volumen de frag-mentos cerámicos recuperados de la fase prerroma-na (1981). Posteriormente, J. Barrio incluye el yaci-miento en su tesis doctoral, en la que presenta sus principales características y un interesante estudio de los materiales arqueológicos (1989). Ya en el siglo XXI, un nuevo análisis del territorio segoviano duran-te la segunda Edad del Hierro vuelve a mencionar el enclave, recogiendo las aportaciones anteriormente descritas, así como nuevas perspectivas sobre el mo-delo de poblamiento (Gallego, 2001). Por su parte, J. F. Blanco, aportará una primera topografía del mis-mo, que ilustra su destacado aspecto en el entorno. Para este autor, el yacimiento tendría un carácter se-cundario situado entre los dos grandes centros urba-nos prerromanos enclavados en el Eresma: Segovia y Cauca (Blanco, 2006: 43-50, fig. 3). De nuevo, aunque muy de soslayo, el yacimiento aparece referenciado por Martínez Caballero, al proponer el corredor del Eresma como vía de penetración hacia la meseta Norte por parte de las tropas comandadas por el cónsul L. Licinio Lúculo en su camino hacia Cauca (2010: 47 y fig. 7). Su posición fronteriza entre vac-ceos y arévacos es recogida por López Ambite (2019: 365 y 480), sin aportar mucha más información a la ya conocida. Más recientes son las propuestas sobre la frontera sureste del territorio vacceo en los siglos II y I a. C., siendo el Tormejón uno de los asentamientos estudiados (Blanco, 2020a). 3. Una dilatada ocupación en el tiempo Algunos testimonios materiales nos informan de la ocupación del cerro durante el Calcolítico. Al menos, eso se desprende del examen de ciertas cerámicas lisas de formas globulares (Gozalo, 1981), junto con un par de piezas talladas en sílex recuperadas en lo alto del castro, que se acomodan a los primeros com-pases de la Edad del Cobre (Martín Vela, Gozalo Vie-jo y Fernández Díaz, 2021). Por otro lado, contamos con cuatro pequeños fragmentos de barros decora-dos con tipos marítimos, puntillados y geométricos pertenecientes a las gentes del vaso campaniforme, Fig. 1. Localización de Cerro Tormejón.
81 aunque sin un contexto claro, ya que se encontraron entremezclados con materiales procedentes de silos de cronología celtibérica y visigoda. Posteriormente, el Tormejón debió de erigirse como un emplazamiento encastillado durante la Edad del Bronce ―así parecen evidenciarlo algunas cerá-micas ornadas con los típicos motivos del mundo co-goteño―, en la línea de otros enclaves dispuestos a lo largo del valle del Eresma, entre los que sobresalen el cercano castro de la Peña del Moro en Navas de Oro (Martín Vela, 2012 y 2016; Martín Vela, Pérez Díaz y López Sáez, 2019) o Los Azafranales en Coca (Blanco, 2005 y 2018)Por su parte, en el paraje conocido como Vega del Nogal y a menos de 500 m al oeste del Torme-jón, cabe señalar la presencia de una aldea soteña. Se trata de un pequeño promontorio seccionado por la antigua vía del ferrocarril, en cuyos cortes son visibles los restos de fondos de cabaña que arrojan materiales cerámicos asociados a las fases formativa y plena de la primera Edad del Hierro. Finalmente, durante los siglos V y VI d. C., el Tormejón experimenta una profunda transformación de su espacio, desplazando su hábitat hacia el sector más occidental, delimitado al este por una muralla de pizarra que cierra un área de 4,5 ha. La fase final de esta ocupación visigoda es a día de hoy una incógnita, ya que desde el siglo VII al XII el asentamiento vive una etapa oscura difícil de interpretar. La documen-tación medieval refiere que hasta 1476 estuvo ocu-pado bajo el nombre de Aldea de Tormejón (Gozalo, 1981; Herreras, 2011). Ese año deja de habitarse y se convierte en el despoblado de Tormejón dentro del término de Armuña. 4. Cerro Tormejón durante la segunda E dad del Hierro La zona ocupada durante la segunda Edad del Hierro en el Tormejón abarca las 6 ha de toda su plataforma, a la que se accede por el oeste a través del denomi-nado “Camino Romano” o rampa de “Las Escalerillas” (fig. 3). Una vez en lo alto, el oppidum cuenta con dos áreas pobladas. Cada una de ellas con diferencias sus-tanciales y sobre las que nos extenderemos a conti-nuación.Las evidencias materiales conocidas hasta la fecha nos informaban de la presencia de cerámicas modeladas a mano, de excelentes pastas depura-das y cocciones reductoras. Sus acabados bruñidos se acompañan de decoraciones realizadas a peine que dibujan trazos geométricos y trenzados, ade-más de algunos motivos solares impresos (Gozalo, 1981: 59-60). El techo cronológico lo aportan las consabidas producciones torneadas de perfiles zoomorfos y en palo de golf con decoración pinta-da; en ellas destacan los semicírculos concéntricos trazados a compás y las bandas paralelas en tonos negros y rojos. 5. Arquitectura doméstica de adobe y madera Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo hace 43 años se centraron en el sector occidental, sacan-do a la luz un pequeño segmento de lienzo levantado con adobes, que apoyaba sobre un lecho de lajas de pizarra a modo de cimentación (Gozalo, 1981: 17-18). Fig. 2. El peñasco del cerro Tormejón. Entre vacceos y arévacos: Cerro Tormejón (Armuña, Segovia)
82 Las nuevas investigaciones nos han permitido am-pliar la zona intervenida en dos campañas ―2019 y 2020―, que perseguían conocer en extensión las ca-racterísticas arquitectónicas de esta morada. Hemos de reconocer que el estado de conservación no es, ni de lejos, el ideal, algo que se explica por la destruc-ción que padeció en época visigoda. A pesar de este inconveniente, contamos con elementos de juicio suficientes para dar buena cuenta de su morfología estructural. Estamos pues, ante una vivienda de planta rectangular que sigue un eje mayor NE-SO. Conserva dos de sus lienzos levantados con adobes trabados con barro. El más septentrional cuenta con los restos carbonizados de un poste de madera que lo refuerza. En el lado opuesto, emerge un pequeño segmento de adobes cuyos extremos están cortados por dos edificaciones de cronología visigoda. En principio, las dimensiones aproximadas que obtenemos al proyec-tar los muros indican que estamos ante una casa que rondaría los cuarenta y siete metros cuadrados (fig. 4), cercana a la media de las registradas en los oppida de Montealegre de Campos (Blanco, 2016: 51), Pa-dilla de Duero, Vertavillo o Roa de Duero (Sacristán, 2010: 136-137).Curiosamente, el muro occidental funciona como paño medianero que separa otra estancia, de la que solo hemos documentado una gran placa de solado de barro muy alterado por zanjas y silos de cronología visigoda. Su adscripción a la segunda Edad del Hierro viene avalada por los fragmentos cerámi-cos de pastas anaranjadas insertos en su matriz y por un fondo umbilical de una tosca tinajilla encontrada in situ. Por el momento, no podemos aventurar si esta nueva habitación formaba parte de la misma casa, o si se trata del solado de otra morada independiente, en cuyo caso, el citado muro actuaría como elemento divisor.El arrasamiento de la casa del Tormejón obe-dece a un potente incendio que provocó el colapso de las paredes derrumbadas hacia el interior (fig. 5). Estas cubren los restos de un endurecido solado de tierra que pudo compactarse fortuitamente a conse-cuencia del calor desprendido por la techumbre en llamas. Aunque su homogénea coloración anaranja-da en algunos puntos invita a plantear cierta preme- Fig. 3. Geografía arqueológica de la Edad del Hierro en el cerro Tormejón.
83 ditación de su cocción mediante fuego controlado, como se constata en ciertas viviendas del oppidum de Vertavillo (Abarquero y Palomino, 2006: 43), en Cauca (Blanco, 2016) o en una de las estancias de la Casa del Sótano de Rauda (Abarquero y Palomino, 2012: 65).La disposición de algunos agujeros de poste de unos 15 cm de diámetro por 7-8 cm de fondo, pare-cen informar de una dependencia interna. Dos de es-tos hoyitos van encajonados dentro de una pequeña zanja alargada que discurre en paralelo al muro norte, delimitando lo que pudo haber sido una estructura auxiliar. La primera campaña de excavaciones docu-mentó parte de un silo taponado a la altura del pa-vimento por grandes lajas de pizarra (Gozalo, 1981: 17). A pesar del deterioro sufrido tras más de cuatro décadas de abandono, pudimos refrescar su estruc-tura y documentar la otra mitad oculta bajo el perfil de la cata de 1977, constatando su coexistencia con la vivienda descrita, ya que buena parte de la boca es-taba cubierta por el derrumbe de adobes calcinados. Las paredes del silo seccionan un potente estrato de adobes quemados de unos cincuenta centímetros de Fig. 4. Plano de la vivienda de adobe, campaña de 2020. Nótese la destrucción que presenta debido a las construcciones posteriores de época visigoda. Entre vacceos y arévacos: Cerro Tormejón (Armuña, Segovia) Fig. 5. Campaña de 2019. En el centro se aprecia parte del derrumbe de adobes de la vivienda.
84 espesor, que nos avisa de la compleja secuencia es-tratigráfica en este sector del Tormejón. 6. Talladas en la piedra: las viviendas rupes tres del Tormejón En el lado SE del oppidum se da una circunstancia bien diferente a la descrita con anterioridad, que nos ofrece una nueva perspectiva sobre el tipo de técnica constructiva elegida. Se trata de una zona muy erosionada, dispuesta en pendiente en direc-ción SE hacia un pequeño escarpe que preside el discurrir del arroyo Tormejón. La superficie se en-cuentra horadada por hoyos de poste y plantas rectangulares pertenecientes a un conjunto de vi-viendas rupestres dispuestas en bancales. En algu-nos casos, aparecen fosas y canales alargados en el perímetro de las casas que sugieren un uso como conductos de drenaje del agua de lluvia. Otros, sin embargo, debieron de funcionar como zanjas de cimentación donde se alojaron los muros de barro hoy desaparecidos. Al menos, su anchura coincide con las dimensiones de algunos adobes constatados en el yacimiento (fig. 6).Las características de estas viviendas plantean una organización urbana estática que dificultaría pos-teriores reestructuraciones del solar. La desnudez de la roca no nos permite inferir si existieron modi-ficaciones posteriores mediante aportes de tierra y regularizaciones del terreno, pues la erosión se ha encargado de hacer desaparecer cualquier rastro de sedimento arqueológico. Los pocos y rodados mate-riales cerámicos recobrados en superficie muestran las icónicas representaciones pintadas en tonalidades rojas y negras de semicírculos concéntricos colgados de líneas y bandas horizontales.Aparte de Cerro Tormejón, este carácter ru-pestre se observa en los enclaves arévacos segovia-nos del cerro de la Sota (Zamora, 1977; Barrio, 1989: 50), en el cerro del Castillo de Ayllón (Gallego, 2001: 189) y posiblemente en Sepúlveda (Blanco, 1998b: 143) y Segovia (Blanco, 1999: 85). 7. Un cenizal extramuros Situado a los pies del cerro, en una meseta poco ele-vada en dirección noreste, se da cita una importante colección de materiales en superficie, compuesta por fragmentos de cráteras, pies de copa, canicas, fusa-yolas y algún que otro galbo a mano con decoración a peine. Su proximidad con un majano de piedras cali-zas y cuarzos blancos amontonados en el centro de la parcela ―muy similares a las estelas mortuorias de la necrópolis de Las Ruedas (Sanz, 1997)―, nos llevó a plantear la posibilidad de encontrarnos ante el em-plazamiento de la necrópolis. Con esta información Fig. 6. Sector SE de Cerro Tormejón. En la imagen se aprecia la disposición abancalada de las viviendas excavadas en la roca.
85 preliminar, procedimos a realizar un pequeño son-deo de 6 m 2 con el afán de confirmar o desestimar estos indicios. La realidad soterrada fue bien distinta, al toparnos con una porción de un cenizal compuesto por dos estratos (fig. 7), que colmataban una depre-sión natural del terreno. Lo interesante de este depó-sito es el lote de cerámica obtenido ―acompañado de un importante conjunto de fauna― que certifica la ocupación del Tormejón al menos desde el siglo IV a. C.La UE 2002, identifica un nivel ceniciento de unos ochenta centímetros de espesor, de color ne-gruzco, con bolsadas de carbones y adobes muy dis-gregados. El conjunto vascular recuperado en su ma-triz rinde un generoso lote de cerámicas torneadas de pastas anaranjadas y amarillas, ornamentadas con motivos pintados de semicírculos concéntricos traza-dos a compás, colgados de bandas y líneas horizon-tales que alternan tonos rojizos y negros. Las formas muestran perfiles en palo de golf y en menor medi-da de sección zoomorfa. Se reconocen las clásicas tinajillas, cuencos, copas y el borde de una crátera. Los fondos recuperados son los clásicos umbilicados, cuyo tamaño nos remite a piezas de almacenaje. Ade-más, contamos con algunos elementos de carácter residual, como son dos bases realzadas a mano perte-necientes al final del mundo soteño. Bajo este nivel subyace la UE 2003, de menor espesor ―entre 30 y 35 cm― y coloración más grisá-cea. Los barros torneados vuelven a mostrar tonali-dades anaranjadas y amarillas, con decoraciones de semicírculos pintados en rojo. Los perfiles zoomorfos ―ahora más abundantes― y en palo de golf, remi-ten a las mismas formas descritas en la UE anterior. Sin embargo, hay un mayor índice de vasos a mano con decoración pectiniforme e impresa. Sobresale un cuenco de excelentes pastas y superficies bruñidas, con una abigarrada composición ornamental de frisos rellenos de líneas onduladas a peine y un triángulo colgado bordeado de estampillas y rosetas tetrapéta-las. Otros, más humildes, presentan líneas incisas rec-tas y oblicuas sobre baquetones. Por último, y dentro de esa alcallería heredera de tiempos pasados, conta-mos con un gran fondo realzado típicamente soteño.Para concluir este apartado, cabe decir que la localización del cementerio queda de momento sin resolver. No descartamos que pueda ubicarse en este mismo sector, pero quizás más próximo a la vega que baja al Eresma, donde en superficie continúan apa-reciendo fragmentos torneados de pastas anaranja-das y amarillas, junto con pequeños trozos de barros modelados a mano. Su esperado descubrimiento creemos que aportará un torrente de información en muchos sentidos sobre todo en lo relativo a aspectos sociales. 8. La cerámica de Cerro Tormejón El conjunto cerámico registrado en el cenizal muestra características propias de los tipos vacceos de pastas amarillas y anaranjadas, que se documentan desde los inicios del siglo IV a. C. hasta el siglo III a. C. (fig. 8). Los rasgos más antiguos están representados por el frag-mento a mano con un baquetón decorado con líneas impresas en diagonal (fig. 9: 3) y por el cuenco orna-do con peine inciso y estampillas impresas ―amén de los fondos realzados (fig. 9: 4)―. El primero cuenta con una amplia representación durante la Edad del Hierro, siendo abundantes entre el VIII y principios de IV a. C. Por su parte, el bol muestra un aspecto muy rozado que explica lo diluido de su decoración (fig. 9: 1). Pudiera inferirse un uso prolongado desde su fabricación ―siglo IV al III a. C.― hasta el momen-to en que termina formando parte de los desechos del cenizal. El resto de la vajilla torneada muestra una iconografía que redunda en trazos geométricos, ban-das, líneas horizontales y semicírculos realizados con compases de hasta ocho pinceles que, en Cauca, se dan en vasos antiguos (Blanco, 2021: 41). Por lo ge-neral, las composiciones se ejecutan bien en un solo Fig. 7. Secuencia estratigráfica del cenizal: las UUEE 2000 y 2001 designan la cobertera vegetal y el nivel de arada. Entre vacceos y arévacos: Cerro Tormejón (Armuña, Segovia)
86 color ―tonos vinosos y negros― o haciendo uso de la bicromía en bandas y líneas horizontales de las que cuelgan series de semicírculos dispuestos en uno o dos frisos superpuestos.Respecto a los barros contenidos en el interior de la vivienda, identifican una alcallería que rinde las típicas orzas y tinajillas con bordes en palo de golf y perfil zoomorfo, junto con otros fragmentos lisos de pastas anaranjadas. Vemos cómo se repite el mismo patrón pictórico, al que se incorporan las series de rombos rellenos de tinta, dispuestas de forma aisla-da o enmarcadas por bandas (fig. 10). Lo mismo po-demos decir de las composiciones plasmadas en los pocos y rodados galbos visibles en la zona donde se ubican las viviendas rupestres.Estas producciones tienen su reflejo en ejem-plares caucenses encontrados en el complejo alfare-ro de Los Azafranales (Blanco, 1998a: 121-141); en la secuencia estratigráfica recientemente publicada de la calle Azafranales n.o 5 (Blanco, 2021: 43-72); en las 1 23456789101112131415161718 Fig. 8. Cerámicas torneadas recuperadas en el cenizal. 1234 Fig. 9. Cerámicas a mano (UE 2003).
87 inmediaciones del cementerio municipal (Romero, Romero y Marcos, 1993: 235) o en las excavaciones de urgencia efectuadas en el IES Cauca Romana (Bala-do, Centeno y Marcos, 2006). Piezas de factura similar también comparecen en la necrópolis de las Erijuelas de San Andrés, en Cuéllar (Barrio, 1989) y en Pintia (Sanz, 1997; Blanco, 2010). Por tratarse de tipos ce-rámicos vacceos bien caracterizados en los referidos yacimientos, no vamos a insistir en lo ya conocido.En ninguno de los contextos descritos se han detectado otros motivos ornamentales que permitan afinar la cronología, como los de carácter fitomorfo, zoomorfo o antropomorfo, que en general se fechan a partir de finales del siglo II a. C. (Blanco, 2003: 104). La ausencia de otras producciones como las grises bruñi-das de imitación argéntea, para las que se ha estable-cido un periodo de manufactura entre el 130/125 y el 75/70 a. C. (Blanco, 2021: 71), estaría acotando, en principio, el marco cronológico en el Cerro Tormejón. Sin, de momento, otras evidencias materiales ―como pudieran ser piezas metálicas―, que se vean apoya-das por análisis radiocarbónicos, el segmento tempo-ral es francamente amplio dado que algunos de estos barros, concretamente los torneados, perviven hasta el siglo II a. C. 9. Ritualidad en contexto doméstico: ¿ofr endas a los muertos o a la morada? La campaña de 2020 deparó dos interesantes hallaz-gos dentro de la esfera ritual intradoméstica. A pesar de que actualmente se encuentran en fase de estu-dio, no queríamos dejar pasar la oportunidad de dar a conocer los datos extraídos hasta la fecha. Nos re-ferimos a la presencia en el interior de la vivienda de adobe de una inhumación infantil junto a la que se documentó un depósito de fauna (fig. 11). El finado se encontraba en una pequeña fosa de planta ovalada que secciona el pavimento de la casa. En el fondo se localizaron los restos de un individuo neonatal inhumado en orientación S-N y dispuesto en posición decúbito semiprono, pues presenta el cráneo ligeramente girado hacia el oes-te sobre su lado izquierdo. El brazo derecho y ambas extremidades inferiores también estaban flexionadas hacia el oeste, aunque el tronco y el brazo izquierdo sí se presentaban en posición decúbito prono flexio-nado. Su disposición indica que la descomposición cadavérica se produjo en espacio relleno. Afirmación que viene avalada por el modo en que se conservaba el volumen de la caja torácica, la posición anatómica de la sínfisis mandibular, la articulación temporoman-dibular y la inexistencia de huesos descolocados. Los datos referidos a la estimación de la edad provienen de un primer estudio de carácter macroscópico que revela la fusión de la parte escamosa del temporal, del hueso petroso y del anillo timpánico, así como la unión de las alas menores con el cuerpo del esfenoi- Entre vacceos y arévacos: Cerro Tormejón (Armuña, Segovia) 12345678910111213 Fig. 10. Alcallería recuperada en la vivienda de adobe.
88 des, que se producen a partir del nacimiento hasta los seis meses de vida (Fernández, 2020: 11-13).A menos de 30 cm a su derecha, en dirección este y de nuevo seccionando el pavimento, apareció una nueva fosa de mayor tamaño, en cuyo interior se alojaba un conjunto faunístico posiblemente per-teneciente a un pequeño ovicáprido. La mayor parte de los huesos se encontraban dispuestos de forma desarticulada por las paredes del hoyito, excepto el sacro, vértebras, varias costillas, ambas hemimandí-bulas y las epífisis distales de algunos huesos largos, que aún no se encontraban fusionadas por completo al tratarse de un individuo joven. Por otro lado, no se reconocieron repeticiones de partes anatómicas, lo que nos indicaría que estamos ante los restos de un solo individuo.Acerca del carácter profiláctico o propiciatorio obtenido mediante el sacrificio de animales domés-ticos, contamos con ejemplos notables en los nive-les inferiores de El Soto de Medinilla, interpretados como parte de un rito fundacional del poblado (Deli-bes, Romero y Ramírez, 1995a: 154; Morales y Liesau, 1995: 458, 470, 511; Alfayé, 2009: 323-324). También se detectan en los poblados de La Mota (Morales y Liesau, 1995) y en el Soto de la Bureba (Parzinger y Sanz, 2000: 407; Alfayé, 2010: 228). Durante la fase siguiente hay una clara conti-nuidad observable en algunos depósitos encontrados en los oppida vacceos de Cauca (Blanco, 2016) y en Melgar de Abajo (Cuadrado y San Miguel, 1993: 316, lám. III; San Miguel, 1995: 312, 315, n. 14, lám. IV). La romanización del territorio no terminó con esta prác-tica. Al menos, eso se desprende del estudio en Pintia de un número significativo de ofrendas de animales domésticos en contextos habitacionales del siglo I d. C. (Alberto y Velasco, 2003: 126-131). Por su parte, durante la primera y segunda Edad del Hierro meseteña, los enterramientos infan-tiles en la esfera doméstica cuentan con una buena representación. De manera que, en la actualidad, se tienen acreditadas cerca de una docena (Blanco, 2020b: 70). Se pueden citar algunos ejemplos: en el poblado de La Mota de Medina del Campo (García, 1986-1987; Seco y Treceño, 1993: 135); en Simancas (Quintana, 1993; Gusi y Muriel, 2008); en El Soto de Medinilla (Delibes, Romero y Ramírez, 1995a; Delibes