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Resumen
Localizado en el valle medio del Eresma, el
oppidum
del cerro Tormejón cuenta con una importante ocupación
durante la segunda Edad del Hierro. Las investigaciones llevadas a cabo en los dos últimos años revelan que fue
habitado entre los siglos IV y II a. C. Su posición fronteriza en el límite entre vacceos y arévacos ha dificultado
su adscripción cultural. Los datos extraídos de la vocación económica del territorio, de su cultura material y de
dos rituales documentados en el interior de una vivienda, parece que pudieran indicar su pertenencia al pueblo
vacceo.
Palabras clave
:
Segunda Edad del Hierro, límite territorial, ritos funerarios, valle del Duero.
Between
vaccaei
and
arevaci:
Cerro
Tormejón
(Armuña,
Segovia)
Abstract
Located in the middle valley of Eresma river, Cerro Tormejón, has an important occupation during the Second
Iron Age. Research carried out in the last two years have revealed that it was inhabited between the 4th and 2nd
centuries B. C. Its border position on the limit between Vaccaei and Arevaci has made its cultural affiliation a hard
labor. The data extracted from the economic vocation of the territory, from its material culture and two rituals
that were documented inside a house, seems to indicate their belonging to the Vaccaean group.
Key
words
:
Second Iron Age, Territorial Limits, Funerary Rituals, Duero Valley.
Raúl Martín Vela
Proyecto Eresma Arqueológico
Vaccea Anuario,
14 (2021), pp. 79-93 (ISSN: 2659-7179)
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1.
Marco
geográfico
El
oppidum
de Cerro Tormejón se localiza en el tér-
mino municipal de Armuña, a poco más de veinte
kilómetros al norte de Segovia capital (fig. 1). Iden-
tifica un cerro amesetado de calizas y margas del
Cretácico que se eleva 905 m por encima del nivel
del mar. Sus acusados escarpes naturales, le confie-
ren una estampa destacada en un paisaje de transi-
ción entre el piedemonte serrano de Guadarrama, la
campiña segoviana y las feraces vegas del valle del
Eresma (fig. 2).
La composición de los materiales geológicos
del cerro ha permitido su karstificación, generando
una pequeña red de canales subterráneos y cova-
chas en su flanco meridional, entre las que destaca
la cueva de la Mora, cuya ocupación durante la pre-
historia reciente está atestiguada por la presencia
en su interior de cerámicas a mano de formas lisas.
Cuenta con la cercanía de varios recursos hídricos,
como el arroyo Tormejón, de régimen pluvio-nival,
que lo circunda por el SE hasta desembocar a unos
setecientos metros en el río Eresma y por un manan-
tial, actualmente cegado, que manaba al pie de la
vertiente sur. Su ubicación estratégica viene avalada
por las amplias cotas de visibilidad que obtiene de
todo el entorno. Además de la cercanía con el eje
que vertebra el valle del Eresma, su emplazamiento
a medio camino entre
Cauca
y Segovia, reposiciona
al Tormejón en el entramado de ciudades situadas
donde confluyen vacceos y arévacos.
2.
Antecedentes
historiográficos
Las primeras referencias a la ocupación en el cerro
Tormejón durante la segunda Edad del Hierro, hay
que situarlas a mediados del siglo pasado de la mano
de A. Molinero, quien recoge algunas piezas cerá-
micas en superficie con decoración pintada y otras
de época visigoda (Molinero, 1971). Destacan las in-
tervenciones arqueológicas realizadas a finales de la
década de los años setenta por F. Gozalo Viejo. Los
resultados se expondrán en su tesis de licenciatura,
en la que se aprecia el importante volumen de frag-
mentos cerámicos recuperados de la fase prerroma-
na (1981). Posteriormente, J. Barrio incluye el yaci-
miento en su tesis doctoral, en la que presenta sus
principales características y un interesante estudio
de los materiales arqueológicos (1989). Ya en el siglo
XXI, un nuevo análisis del territorio segoviano duran-
te la segunda Edad del Hierro vuelve a mencionar el
enclave, recogiendo las aportaciones anteriormente
descritas, así como nuevas perspectivas sobre el mo-
delo de poblamiento (Gallego, 2001). Por su parte, J.
F. Blanco, aportará una primera topografía del mis-
mo, que ilustra su destacado aspecto en el entorno.
Para este autor, el yacimiento tendría un carácter se-
cundario situado entre los dos grandes centros urba-
nos prerromanos enclavados en el Eresma: Segovia y
Cauca
(Blanco, 2006: 43-50, fig. 3). De nuevo, aunque
muy de soslayo, el yacimiento aparece referenciado
por Martínez Caballero, al proponer el corredor del
Eresma como vía de penetración hacia la meseta
Norte por parte de las tropas comandadas por el
cónsul L. Licinio Lúculo en su camino hacia
Cauca
(2010: 47 y fig. 7). Su posición fronteriza entre vac-
ceos y arévacos es recogida por López Ambite (2019:
365 y 480), sin aportar mucha más información a la
ya conocida. Más recientes son las propuestas sobre
la frontera sureste del territorio vacceo en los siglos II
y I a. C., siendo el Tormejón uno de los asentamientos
estudiados (Blanco, 2020a).
3.
Una
dilatada
ocupación
en
el
tiempo
Algunos testimonios materiales nos informan de la
ocupación del cerro durante el Calcolítico. Al menos,
eso se desprende del examen de ciertas cerámicas
lisas de formas globulares (Gozalo, 1981), junto con
un par de piezas talladas en sílex recuperadas en lo
alto del castro, que se acomodan a los primeros com-
pases de la Edad del Cobre (Martín Vela
,
Gozalo Vie-
jo y Fernández Díaz, 2021). Por otro lado, contamos
con cuatro pequeños fragmentos de barros decora-
dos con tipos marítimos, puntillados y geométricos
pertenecientes a las gentes del vaso campaniforme,
Fig. 1. Localización de Cerro Tormejón.
81
aunque sin un contexto claro, ya que se encontraron
entremezclados con materiales procedentes de silos
de cronología celtibérica y visigoda.
Posteriormente, el Tormejón debió de erigirse
como un emplazamiento encastillado durante la Edad
del Bronce ―así parecen evidenciarlo algunas cerá-
micas ornadas con los típicos motivos del mundo co-
goteño―, en la línea de otros enclaves dispuestos a lo
largo del valle del Eresma, entre los que sobresalen el
cercano castro de la Peña del Moro en Navas de Oro
(Martín Vela, 2012 y 2016; Martín Vela, Pérez Díaz y
López Sáez, 2019) o Los Azafranales en Coca (Blanco,
2005 y 2018)
Por su parte, en el paraje conocido como Vega
del Nogal y a menos de 500 m al oeste del Torme-
jón, cabe señalar la presencia de una aldea soteña. Se
trata de un pequeño promontorio seccionado por la
antigua vía del ferrocarril, en cuyos cortes son visibles
los restos de fondos de cabaña que arrojan materiales
cerámicos asociados a las fases formativa y plena de
la primera Edad del Hierro.
Finalmente, durante los siglos V y VI d. C., el
Tormejón experimenta una profunda transformación
de su espacio, desplazando su hábitat hacia el sector
más occidental, delimitado al este por una muralla de
pizarra que cierra un área de 4,5 ha. La fase final de
esta ocupación visigoda es a día de hoy una incógnita,
ya que desde el siglo VII al XII el asentamiento vive
una etapa oscura difícil de interpretar. La documen-
tación medieval refiere que hasta 1476 estuvo ocu-
pado bajo el nombre de Aldea de Tormejón (Gozalo,
1981; Herreras, 2011). Ese año deja de habitarse y se
convierte en el despoblado de Tormejón dentro del
término de Armuña.
4.
Cerro
Tormejón
durante
la
segunda
E
dad del Hierro
La zona ocupada durante la segunda Edad del Hierro
en el Tormejón abarca las 6 ha de toda su plataforma,
a la que se accede por el oeste a través del denomi-
nado “Camino Romano” o rampa de “Las Escalerillas”
(fig. 3). Una vez en lo alto, el
oppidum
cuenta con dos
áreas pobladas. Cada una de ellas con diferencias sus-
tanciales y sobre las que nos extenderemos a conti-
nuación.
Las evidencias materiales conocidas hasta la
fecha nos informaban de la presencia de cerámicas
modeladas a mano, de excelentes pastas depura-
das y cocciones reductoras. Sus acabados bruñidos
se acompañan de decoraciones realizadas a peine
que dibujan trazos geométricos y trenzados, ade-
más de algunos motivos solares impresos (Gozalo,
1981: 59-60). El techo cronológico lo aportan las
consabidas producciones torneadas de perfiles
zoomorfos y en palo de golf con decoración pinta-
da; en ellas destacan los semicírculos concéntricos
trazados a compás y las bandas paralelas en tonos
negros y rojos.
5.
Arquitectura
doméstica
de
adobe
y
madera
Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo hace
43 años se centraron en el sector occidental, sacan-
do a la luz un pequeño segmento de lienzo levantado
con adobes, que apoyaba sobre un lecho de lajas de
pizarra a modo de cimentación (Gozalo, 1981: 17-18).
Fig. 2. El peñasco del cerro Tormejón.
Entre vacceos y arévacos: Cerro Tormejón (Armuña, Segovia)
82
Las nuevas investigaciones nos han permitido am-
pliar la zona intervenida en dos campañas ―2019 y
2020―, que perseguían conocer en extensión las ca-
racterísticas arquitectónicas de esta morada. Hemos
de reconocer que el estado de conservación no es, ni
de lejos, el ideal, algo que se explica por la destruc-
ción que padeció en época visigoda. A pesar de este
inconveniente, contamos con elementos de juicio
suficientes para dar buena cuenta de su morfología
estructural.
Estamos pues, ante una vivienda de planta
rectangular que sigue un eje mayor NE-SO. Conserva
dos de sus lienzos levantados con adobes trabados
con barro. El más septentrional cuenta con los restos
carbonizados de un poste de madera que lo refuerza.
En el lado opuesto, emerge un pequeño segmento
de adobes cuyos extremos están cortados por dos
edificaciones de cronología visigoda. En principio, las
dimensiones aproximadas que obtenemos al proyec-
tar los muros indican que estamos ante una casa que
rondaría los cuarenta y siete metros cuadrados (fig.
4), cercana a la media de las registradas en los
oppida
de Montealegre de Campos (Blanco, 2016: 51), Pa-
dilla de Duero, Vertavillo o Roa de Duero (Sacristán,
2010: 136-137).
Curiosamente, el muro occidental funciona
como paño medianero que separa otra estancia, de
la que solo hemos documentado una gran placa de
solado de barro muy alterado por zanjas y silos de
cronología visigoda. Su adscripción a la segunda Edad
del Hierro viene avalada por los fragmentos cerámi-
cos de pastas anaranjadas insertos en su matriz y por
un fondo umbilical de una tosca tinajilla encontrada
in situ
. Por el momento, no podemos aventurar si esta
nueva habitación formaba parte de la misma casa, o
si se trata del solado de otra morada independiente,
en cuyo caso, el citado muro actuaría como elemento
divisor.
El arrasamiento de la casa del Tormejón obe-
dece a un potente incendio que provocó el colapso
de las paredes derrumbadas hacia el interior (fig. 5).
Estas cubren los restos de un endurecido solado de
tierra que pudo compactarse fortuitamente a conse-
cuencia del calor desprendido por la techumbre en
llamas. Aunque su homogénea coloración anaranja-
da en algunos puntos invita a plantear cierta preme-
Fig. 3. Geografía arqueológica de la Edad del Hierro en el cerro Tormejón.
83
ditación de su cocción mediante fuego controlado,
como se constata en ciertas viviendas del
oppidum
de Vertavillo (Abarquero y Palomino, 2006: 43), en
Cauca
(Blanco, 2016) o en una de las estancias de la
Casa del Sótano de
Rauda
(Abarquero y Palomino,
2012: 65).
La disposición de algunos agujeros de poste de
unos 15 cm de diámetro por 7-8 cm de fondo, pare-
cen informar de una dependencia interna. Dos de es-
tos hoyitos van encajonados dentro de una pequeña
zanja alargada que discurre en paralelo al muro norte,
delimitando lo que pudo haber sido una estructura
auxiliar.
La primera campaña de excavaciones docu-
mentó parte de un silo taponado a la altura del pa-
vimento por grandes lajas de pizarra (Gozalo, 1981:
17). A pesar del deterioro sufrido tras más de cuatro
décadas de abandono, pudimos refrescar su estruc-
tura y documentar la otra mitad oculta bajo el perfil
de la cata de 1977, constatando su coexistencia con la
vivienda descrita, ya que buena parte de la boca es-
taba cubierta por el derrumbe de adobes calcinados.
Las paredes del silo seccionan un potente estrato de
adobes quemados de unos cincuenta centímetros de
Fig. 4. Plano de la vivienda de adobe, campaña de 2020. Nótese la
destrucción que presenta debido a las construcciones posteriores
de época visigoda.
Entre vacceos y arévacos: Cerro Tormejón (Armuña, Segovia)
Fig. 5. Campaña de 2019. En el centro se aprecia parte del
derrumbe de adobes de la vivienda.
84
espesor, que nos avisa de la compleja secuencia es-
tratigráfica en este sector del Tormejón.
6.
Talladas
en
la
piedra:
las
viviendas
rupes
tres
del
Tormejón
En el lado SE del
oppidum
se da una circunstancia
bien diferente a la descrita con anterioridad, que
nos ofrece una nueva perspectiva sobre el tipo de
técnica constructiva elegida. Se trata de una zona
muy erosionada, dispuesta en pendiente en direc-
ción SE hacia un pequeño escarpe que preside el
discurrir del arroyo Tormejón. La superficie se en-
cuentra horadada por hoyos de poste y plantas
rectangulares pertenecientes a un conjunto de vi-
viendas rupestres dispuestas en bancales. En algu-
nos casos, aparecen fosas y canales alargados en el
perímetro de las casas que sugieren un uso como
conductos de drenaje del agua de lluvia. Otros, sin
embargo, debieron de funcionar como zanjas de
cimentación donde se alojaron los muros de barro
hoy desaparecidos. Al menos, su anchura coincide
con las dimensiones de algunos adobes constatados
en el yacimiento (fig. 6).
Las características de estas viviendas plantean
una organización urbana estática que dificultaría pos-
teriores reestructuraciones del solar. La desnudez
de la roca no nos permite inferir si existieron modi-
ficaciones posteriores mediante aportes de tierra y
regularizaciones del terreno, pues la erosión se ha
encargado de hacer desaparecer cualquier rastro de
sedimento arqueológico. Los pocos y rodados mate-
riales cerámicos recobrados en superficie muestran
las icónicas representaciones pintadas en tonalidades
rojas y negras de semicírculos concéntricos colgados
de líneas y bandas horizontales.
Aparte de Cerro Tormejón, este carácter ru-
pestre se observa en los enclaves arévacos segovia-
nos del cerro de la Sota (Zamora, 1977; Barrio, 1989:
50), en el cerro del Castillo de Ayllón (Gallego, 2001:
189) y posiblemente en Sepúlveda (Blanco, 1998b:
143) y Segovia (Blanco, 1999: 85).
7.
Un
cenizal
extramuros
Situado a los pies del cerro, en una meseta poco ele-
vada en dirección noreste, se da cita una importante
colección de materiales en superficie, compuesta por
fragmentos de cráteras, pies de copa, canicas, fusa-
yolas y algún que otro galbo a mano con decoración a
peine. Su proximidad con un majano de piedras cali-
zas y cuarzos blancos amontonados en el centro de la
parcela ―muy similares a las estelas mortuorias de
la necrópolis de Las Ruedas (Sanz, 1997)―, nos llevó
a plantear la posibilidad de encontrarnos ante el em-
plazamiento de la necrópolis. Con esta información
Fig. 6. Sector SE de Cerro Tormejón. En la imagen se aprecia la disposición abancalada de las viviendas excavadas en la roca.
85
preliminar, procedimos a realizar un pequeño son-
deo de 6 m
2
con el afán de confirmar o desestimar
estos indicios. La realidad soterrada fue bien distinta,
al toparnos con una porción de un cenizal compuesto
por dos estratos (fig. 7), que colmataban una depre-
sión natural del terreno. Lo interesante de este depó-
sito es el lote de cerámica obtenido ―acompañado
de un importante conjunto de fauna― que certifica
la ocupación del Tormejón al menos desde el siglo
IV a. C.
La UE 2002, identifica un nivel ceniciento de
unos ochenta centímetros de espesor, de color ne-
gruzco, con bolsadas de carbones y adobes muy dis-
gregados. El conjunto vascular recuperado en su ma-
triz rinde un generoso lote de cerámicas torneadas
de pastas anaranjadas y amarillas, ornamentadas con
motivos pintados de semicírculos concéntricos traza-
dos a compás, colgados de bandas y líneas horizon-
tales que alternan tonos rojizos y negros. Las formas
muestran perfiles en palo de golf y en menor medi-
da de sección zoomorfa. Se reconocen las clásicas
tinajillas, cuencos, copas y el borde de una crátera.
Los fondos recuperados son los clásicos umbilicados,
cuyo tamaño nos remite a piezas de almacenaje. Ade-
más, contamos con algunos elementos de carácter
residual, como son dos bases realzadas a mano perte-
necientes al final del mundo soteño.
Bajo este nivel subyace la UE 2003, de menor
espesor ―entre 30 y 35 cm― y coloración más grisá-
cea. Los barros torneados vuelven a mostrar tonali-
dades anaranjadas y amarillas, con decoraciones de
semicírculos pintados en rojo. Los perfiles zoomorfos
―ahora más abundantes― y en palo de golf, remi-
ten a las mismas formas descritas en la UE anterior.
Sin embargo, hay un mayor índice de vasos a mano
con decoración pectiniforme e impresa. Sobresale un
cuenco de excelentes pastas y superficies bruñidas,
con una abigarrada composición ornamental de frisos
rellenos de líneas onduladas a peine y un triángulo
colgado bordeado de estampillas y rosetas tetrapéta-
las. Otros, más humildes, presentan líneas incisas rec-
tas y oblicuas sobre baquetones. Por último, y dentro
de esa alcallería heredera de tiempos pasados, conta-
mos con un gran fondo realzado típicamente soteño.
Para concluir este apartado, cabe decir que la
localización del cementerio queda de momento sin
resolver. No descartamos que pueda ubicarse en este
mismo sector, pero quizás más próximo a la vega que
baja al Eresma, donde en superficie continúan apa-
reciendo fragmentos torneados de pastas anaranja-
das y amarillas, junto con pequeños trozos de barros
modelados a mano. Su esperado descubrimiento
creemos que aportará un torrente de información en
muchos sentidos sobre todo en lo relativo a aspectos
sociales.
8.
La
cerámica
de
Cerro
Tormejón
El conjunto cerámico registrado en el cenizal muestra
características propias de los tipos vacceos de pastas
amarillas y anaranjadas, que se documentan desde los
inicios del siglo IV a. C. hasta el siglo III a. C. (fig. 8). Los
rasgos más antiguos están representados por el frag-
mento a mano con un baquetón decorado con líneas
impresas en diagonal (fig. 9: 3) y por el cuenco orna-
do con peine inciso y estampillas impresas ―amén de
los fondos realzados (fig. 9: 4)―. El primero cuenta
con una amplia representación durante la Edad del
Hierro, siendo abundantes entre el VIII y principios
de IV a. C. Por su parte, el bol muestra un aspecto
muy rozado que explica lo diluido de su decoración
(fig. 9: 1). Pudiera inferirse un uso prolongado desde
su fabricación ―siglo IV al III a. C.― hasta el momen-
to en que termina formando parte de los desechos
del cenizal. El resto de la vajilla torneada muestra una
iconografía que redunda en trazos geométricos, ban-
das, líneas horizontales y semicírculos realizados con
compases de hasta ocho pinceles que, en
Cauca
, se
dan en vasos antiguos (Blanco, 2021: 41). Por lo ge-
neral, las composiciones se ejecutan bien en un solo
Fig. 7. Secuencia estratigráfica del cenizal: las UUEE 2000 y 2001 designan la cobertera vegetal y el nivel de arada.
Entre vacceos y arévacos: Cerro Tormejón (Armuña, Segovia)
86
color ―tonos vinosos y negros― o haciendo uso de
la bicromía en bandas y líneas horizontales de las que
cuelgan series de semicírculos dispuestos en uno o
dos frisos superpuestos.
Respecto a los barros contenidos en el interior
de la vivienda, identifican una alcallería que rinde las
típicas orzas y tinajillas con bordes en palo de golf y
perfil zoomorfo, junto con otros fragmentos lisos de
pastas anaranjadas. Vemos cómo se repite el mismo
patrón pictórico, al que se incorporan las series de
rombos rellenos de tinta, dispuestas de forma aisla-
da o enmarcadas por bandas (fig. 10). Lo mismo po-
demos decir de las composiciones plasmadas en los
pocos y rodados galbos visibles en la zona donde se
ubican las viviendas rupestres.
Estas producciones tienen su reflejo en ejem-
plares caucenses encontrados en el complejo alfare-
ro de Los Azafranales (Blanco, 1998a: 121-141); en la
secuencia estratigráfica recientemente publicada de
la calle Azafranales n.o 5 (Blanco, 2021: 43-72); en las
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Fig. 8. Cerámicas torneadas recuperadas en el cenizal.
1
2
34
Fig. 9. Cerámicas a mano (UE 2003).
87
inmediaciones del cementerio municipal (Romero,
Romero y Marcos, 1993: 235) o en las excavaciones
de urgencia efectuadas en el IES Cauca Romana (Bala-
do, Centeno y Marcos, 2006). Piezas de factura similar
también comparecen en la necrópolis de las Erijuelas
de San Andrés, en Cuéllar (Barrio, 1989) y en
Pintia
(Sanz, 1997; Blanco, 2010). Por tratarse de tipos ce-
rámicos vacceos bien caracterizados en los referidos
yacimientos, no vamos a insistir en lo ya conocido.
En ninguno de los contextos descritos se han
detectado otros motivos ornamentales que permitan
afinar la cronología, como los de carácter fitomorfo,
zoomorfo o antropomorfo, que en general se fechan a
partir de finales del siglo II a. C. (Blanco, 2003: 104). La
ausencia de otras producciones como las grises bruñi-
das de imitación argéntea, para las que se ha estable-
cido un periodo de manufactura entre el 130/125 y
el 75/70 a. C. (Blanco, 2021: 71), estaría acotando, en
principio, el marco cronológico en el Cerro Tormejón.
Sin, de momento, otras evidencias materiales ―como
pudieran ser piezas metálicas―, que se vean apoya-
das por análisis radiocarbónicos, el segmento tempo-
ral es francamente amplio dado que algunos de estos
barros, concretamente los torneados, perviven hasta
el siglo II a. C.
9.
Ritualidad
en
contexto
doméstico:
¿ofr
endas
a
los
muertos
o
a
la
morada?
La campaña de 2020 deparó dos interesantes hallaz-
gos dentro de la esfera ritual intradoméstica. A pesar
de que actualmente se encuentran en fase de estu-
dio, no queríamos dejar pasar la oportunidad de dar
a conocer los datos extraídos hasta la fecha. Nos re-
ferimos a la presencia en el interior de la vivienda de
adobe de una inhumación infantil junto a la que se
documentó un depósito de fauna (fig. 11).
El
finado se encontraba en una pequeña
fosa de planta ovalada que secciona el pavimento
de la casa. En el fondo se localizaron los restos de
un individuo neonatal inhumado en orientación S-N
y dispuesto en posición decúbito semiprono, pues
presenta el cráneo ligeramente girado hacia el oes-
te sobre su lado izquierdo. El brazo derecho y ambas
extremidades inferiores también estaban flexionadas
hacia el oeste, aunque el tronco y el brazo izquierdo
sí se presentaban en posición decúbito prono flexio-
nado. Su disposición indica que la descomposición
cadavérica se produjo en espacio relleno. Afirmación
que viene avalada por el modo en que se conservaba
el volumen de la caja torácica, la posición anatómica
de la sínfisis mandibular, la articulación temporoman-
dibular y la inexistencia de huesos descolocados. Los
datos referidos a la estimación de la edad provienen
de un primer estudio de carácter macroscópico que
revela la fusión de la parte escamosa del temporal,
del hueso petroso y del anillo timpánico, así como la
unión de las alas menores con el cuerpo del esfenoi-
Entre vacceos y arévacos: Cerro Tormejón (Armuña, Segovia)
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Fig. 10. Alcallería recuperada
en la vivienda de adobe.
88
des, que se producen a partir del nacimiento hasta los
seis meses de vida (Fernández, 2020: 11-13).
A menos de 30 cm a su derecha, en dirección
este y de nuevo seccionando el pavimento, apareció
una nueva fosa de mayor tamaño, en cuyo interior
se alojaba un conjunto faunístico posiblemente per-
teneciente a un pequeño ovicáprido. La mayor parte
de los huesos se encontraban dispuestos de forma
desarticulada por las paredes del hoyito, excepto el
sacro, vértebras, varias costillas, ambas hemimandí-
bulas y las epífisis distales de algunos huesos largos,
que aún no se encontraban fusionadas por completo
al tratarse de un individuo joven. Por otro lado, no se
reconocieron repeticiones de partes anatómicas, lo
que nos indicaría que estamos ante los restos de un
solo individuo.
Acerca del carácter profiláctico o propiciatorio
obtenido mediante el sacrificio de animales domés-
ticos, contamos con ejemplos notables en los nive-
les inferiores de El Soto de Medinilla, interpretados
como parte de un rito fundacional del poblado (Deli-
bes, Romero y Ramírez, 1995a: 154; Morales y Liesau,
1995: 458, 470, 511; Alfayé, 2009: 323-324). También
se detectan en los poblados de La Mota (Morales y
Liesau, 1995) y en el Soto de la Bureba (Parzinger y
Sanz, 2000: 407; Alfayé, 2010: 228).
Durante la fase siguiente hay una clara conti-
nuidad observable en algunos depósitos encontrados
en los
oppida
vacceos de
Cauca
(Blanco, 2016) y en
Melgar de Abajo (Cuadrado y San Miguel, 1993: 316,
lám. III; San Miguel, 1995: 312, 315, n. 14, lám. IV). La
romanización del territorio no terminó con esta prác-
tica. Al menos, eso se desprende del estudio en
Pintia
de un número significativo de ofrendas de animales
domésticos en contextos habitacionales del siglo I d.
C. (Alberto y Velasco, 2003: 126-131).
Por su parte, durante la primera y segunda
Edad del Hierro meseteña, los enterramientos infan-
tiles en la esfera doméstica cuentan con una buena
representación. De manera que, en la actualidad,
se tienen acreditadas cerca de una docena (Blanco,
2020b: 70). Se pueden citar algunos ejemplos: en el
poblado de La Mota de Medina del Campo (García,
1986-1987; Seco y Treceño, 1993: 135); en Simancas
(Quintana, 1993; Gusi y Muriel, 2008); en El Soto de
Medinilla (Delibes, Romero y Ramírez, 1995a; Delibes