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En los orígenes de la arqueología  
vaccea: el impacto de la  
"minería de huesos"  
Roberto Matesanz Gascón  
Universidad de Valladolid  
Centro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg  
Resumen  
A mediados del siglo XIX numerosos yacimientos vacceos fueron excavados por vez primera con el fin de obtener  
un beneficio económico a través de la obtención de restos óseos con los que fabricar fosfatos o, subsidiariamen-  
te, mediante la venta de los objetos arqueológicos descubiertos. En este trabajo se ofrece una visión de conjunto  
de dichas actividades, mediante la recopilación de informes oficiales y otras publicaciones coetáneas. Sus con-  
clusiones, de carácter provisional, indican que la minería de huesos provocó importantes alteraciones deposicio-  
nales en los yacimientos afectados. Los objetos arqueológicos de más valor acabaron en manos de coleccionistas  
particulares; y los que ingresaron en museos lo hicieron de manera descontextualizada. Pese al esfuerzo de  
académicos y arqueólogos, los hallazgos no bastaron para promover una política de estudio científico continuado  
de los yacimientos localizados, los cuales, tras unos pocos años, cayeron nuevamente en un olvido casi absoluto.  
Palabras clave: Historiografía, Melgar de Abajo y Padilla de Duero (Valladolid), hallazgos arqueológicos, Pa-  
redes de Nava (Palencia) y Palencia, hallazgos arqueológicos, segunda Edad del Hierro, valle medio del Duero.  
At the origins of Vaccaean archaeology:  
the impact of bones mining  
Abstract  
In the middle of the 19th century, many Vaccaean sites were excavated for the first time in order to obtain an  
economic benefit through the obtaining of bones remains with which to manufacture phosphates or, alternati-  
vely, through the sale of the archaeological objects discovered. This paper offers an overview of these activities,  
through the compilation of official reports and other contemporary publications. Their provisional conclusions  
indicate that bones mining caused significant depositional alterations in the affected deposits. The most valuable  
archaeological objects ended up in the hands of private collectors; and those who entered museums did so in  
a decontextualized way. Despite the efforts of academics and archaeologists, the findings were not enough to  
promote a policy of continuous scientific study of the localized sites, which, after a few years, fell back into almost  
complete oblivion.  
Key words: Historiography, Melgar de Abajo and Padilla de Duero (Valladolid), archaeological findings, Paredes  
de Nava (Palencia) and Palencia, archaeological findings, Late Iron Age, Middle Duero valley (Iberian Peninsula).  
Vaccea Anuario, 14 (2021), pp. 59-78 (ISSN: 2659-7179)  
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roBerto Matesanz gasCón  
geólogos e historiadores, sobre todo desde la particu-  
Introducción  
lar perspectiva de la que cada una de esas disciplinas  
dotaba al respectivo autor. Con posterioridad, Agapi-  
to y Revilla (1927: 8-11) y Anastasio Rojo Vega (1989),  
analizaron el fenómeno de manera retrospectiva;  
Sanz Mínguez (1997: 23-26) examinó su repercusión  
en el ámbito vallisoletano, centrando su atención en  
los yacimientos vallisoletanos de Melgar de Abajo y  
de Padilla de Duero; y Barril Vicente y Pérez Rodrí-  
guez (2012) estudiaron el desarrollo que tuvo en la  
provincia de Palencia, poniendo también de relieve  
el papel jugado por la construcción de infraestructu-  
ras (especialmente, el tendido de vías férreas) en el  
descubrimiento de importantes yacimientos arqueo-  
lógicos. Asimismo, se han ido proporcionando notas  
puntuales sobre su desarrollo al describir fondos  
museográficos, actividades, colecciones particulares  
o yacimientos arqueológicos relacionados de una u  
otra manera con esa singular explotación. Es el caso  
de la necrópolis de Eras del Bosque en Palencia y de  
los materiales procedentes de ella (López Rodríguez,  
1978: 189-192; Del Amo, 1992; Coria-Noguera, 2015:  
150-152); del yacimiento de La Ciudad en Paredes  
de Nava (Abarquero Moras y Pérez Rodríguez, 2010:  
166-167); del pago de Las Quintanas en Padilla de  
Duero (Hernández y Alejandro, 1906; Sanz Mínguez  
y Escudero Navarro, 1995: 271; Matesanz Gascón,  
2019: 107-117); o de la Pallantia de los ríos Arlanza y  
Arlanzón, en el término municipal de Palenzuela (La-  
moca Rebollo, 2020: 12-13).  
Varias causas propiciaron que la arqueología vaccea  
diera sus primeros balbuceos de una manera muy pe-  
culiar. Algunas de ellas se vinculan con la naturaleza  
intrínseca de la cultura material vaccea, continente  
de unas expresiones de religiosidad poco monumen-  
talizadas, que en lo material se plasmaron casi exclu-  
sivamente en objetos muebles de dimensiones por lo  
general reducidas, en cementerios discretamente se-  
ñalizados y, probablemente, en santuarios naturales  
o en recintos cultuales de gran tamaño, pero caren-  
tes de una aparatosa ornamentación. En cuanto a sus  
hábitats, aunque caracterizados por un desarrollado  
urbanismo, se basaron en la construcción con un ma-  
terial tan consustancial al medio duriense durante si-  
glos, el adobe, que su eventual identificación debió  
resultar en cualquier caso poco llamativa. Asimismo,  
el carácter casi ágrafo de la sociedad vaccea y que  
esta no acuñara moneda, aunque sí empleara acuña-  
ciones exógenas, debió influir en su escasa visibilidad  
posterior, dado que le imposibilitó recabar la atención  
de aquellos historiadores y numismáticos que, sobre  
todo desde el siglo XVI, se interesaron por la lectura,  
discusión y coleccionismo de epígrafes y series mone-  
tales. En parte como resultado de esta idiosincrasia  
de la cultura material vaccea, durante siglos el trabajo  
que desarrollaron aquellos eruditos que se interesa-  
ron por ella y que hoy incluiríamos netamente en el  
ámbito de las investigaciones arqueológicas, rara vez  
rebasó un doble propósito: identificar los núcleos de  
población mencionados en las fuentes literarias clá-  
sicas y discernir por qué lugares del valle medio del  
Duero transcurrieron los itinerarios que los unían.  
Junto a estos factores intrínsecos a la propia  
cultura material vaccea, el tardío desarrollo de los  
estudios arqueológicos en España, junto con la ino-  
perancia por falta de recursos económicos de los ór-  
ganos oficiales creados desde inicios del siglo xix para  
velar por el patrimonio histórico nacional, fueron  
factores externos que también redundaron en que  
el primer conocimiento directo de grandes oppida  
vacceos se adquiriera gracias a una concatenación de  
circunstancias ajenas a los intereses de la investiga-  
ción puramente histórica. En extravagante concurren-  
cia, el nacimiento de la química orgánica y su aplica-  
ción a la agricultura, así como el despliegue de la red  
ferroviaria por el norte peninsular, unidos a una grave  
crisis financiera y a una acentuada y prolongada se-  
quía, conducirán al breve pero espectacular desarro-  
llo en la submeseta Norte durante el tercer cuarto del  
siglo XIX de una actividad económica que eventual-  
mente será denominada “minería de huesos” y que,  
por vez primera, desvelará de manera generalizada la  
extensión y riqueza de los restos arqueológicos proto-  
históricos del valle medio del Duero.  
Toda esta información dibuja un vívido pa-  
norama de una época que, por diversas razones (no  
todas ellas deseables), resultó crucial para el deve-  
nir de nuestro conocimiento del mundo vacceo. Sin  
embargo, todavía estamos lejos de poder tener un  
estudio de conjunto que pueda considerarse prácti-  
camente definitivo, el cual, por otro lado, tampoco  
corresponde realizar aquí. La “minería de huesos,  
cuyo desarrollo afectó de manera especial a los há-  
bitats vacceos, alcanzó también a yacimientos me-  
seteños y bienes arqueológicos de otras culturas  
históricas y prehistóricas, e incluso a yacimientos pa-  
leontológicos. Y, asimismo, el estudio de los aspectos  
institucionales, sociales y económicos que rodearon  
a la actividad cae más bien dentro del ámbito de es-  
tudio de la historia contemporánea. Por otro lado,  
no hay duda de que existe una importante cantidad  
de documentación, en especial de tipo archivístico,  
que aún debe salir a la luz, siendo de esperar que  
ello ocurra antes de que eventualmente pueda des-  
aparecer de manera definitiva. No obstante, dada  
su relevancia para la historia de las investigaciones  
sobre la cultura vaccea, creemos importante poder  
proporcionar en un medio de divulgación como Vac-  
cea Anuario, el cual rebasa el restringido ámbito de  
difusión de otras publicaciones científicas, una visión  
en cierto modo global de lo que supuso el fenómeno  
de la “minería de huesos.  
Coetáneamente a su período de actividad, la  
“minería de huesos” ya fue descrita por ingenieros,  
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En los orígenes de la arqueología vaccea: el impacto de la "minería de huesos"  
pañola” (tratada en diferente manera) y el guano, era  
El aprovechamiento agrícola  
testado científicamente en diversas condiciones y cir-  
cunstancias ya desde la primera mitad del siglo XIX.  
Asimismo, la calcinación de huesos tenía otras aplica-  
ciones industriales y desde la década de los años 20  
del siglo XIX en la ciudad francesa de Nantes se había  
venido consolidando una industria que producía dos  
sustancias: el “negro animal” y el “negro de refine-  
ría. La primera era el producto de la calcinación de  
los huesos en un ambiente reductor y se empleaba  
para decolorar los azúcares en bruto procedentes de  
las plantaciones antillanas. La segunda era un sub-  
producto de esta operación y, tras notarse que era un  
magnífico fertilizante, se destinaba de manera masiva  
a abonar terrenos agrícolas.  
de los restos óseos  
En ocasiones se ha dado a entender que fue hacia  
1862 cuando se descubrió que los restos óseos apor-  
tan al suelo agrícola, en gran cantidad, una sustancia  
tan beneficiosa como los fosfatos. Pero en realidad,  
su uso con fines agrarios se remonta a un impreciso  
momento muy anterior y ya en el siglo XVIII es he-  
cho notar por algunos científicos ilustrados (Boulaine,  
1995: 205-207). A mediados del siglo siguiente, Jus-  
tus Liebig apreciará que el inicio de la importación de  
huesos en Inglaterra con fines agrícolas se inició du-  
rante el último cuarto del siglo XVIII; y el ingeniero de  
minas Casiano de Prado refiere que en 1823 partían  
de La Coruña barcos cargados de huesos con destino  
a Inglaterra, donde, una vez molidos, eran empleados  
para fertilizar terrenos agrícolas e incluso zonas de  
pasto (De Prado, 1857: 12). En Inglaterra, el óptimo  
de productividad agraria de los diferentes abonos,  
incluidos el hueso (calcinado o no), la fosforita “es-  
Probablemente, la mayor transformación tuvo  
lugar en un plano teórico. Es en 1840, con la publica-  
ción por Justus Liebig del tratado Die organische Che-  
mie in ihrer Anwendung auf Agricultur und Physiologie  
(La Química orgánica y su aplicación en la agricultura  
y la fisiología), obra que pone las bases de la química  
orgánica y de su aplicación agrícola, cuando la prác-  
tica obtuvo su marchamo de credibilidad científica.  
Liebig mostraba cómo las plantas se nutrían de ele-  
mentos simples, como el nitrógeno, el carbono o el  
potasio, los cuales, aportados en suficiente cantidad,  
servían para mejorar su crecimiento. La obra de Lie-  
big, auténticamente seminal, allanó el camino a toda  
una pléyade de estudios en torno al uso agrícola de  
las sustancias minerales. En 1842, John Bennet Lawes  
daba inicio a la industria de la fabricación de abonos  
artificiales, basada en los superfosfatos, al patentar  
uno conseguido tras experimentar con la aplicación  
de ácido sulfúrico a diversos fosfatos naturales. Y a  
mediados del siglo XIX ya se había difundido amplia-  
mente por Europa la certera idea de que el abonado  
del suelo con los llamados superfosfatos mejoraba de  
manera notoria su rendimiento agrícola. A extender  
la popularidad del sistema contribuyeron estudios  
como el publicado por Charles de Molon bajo el título  
de Agriculture: fertilisation du sol par le phosphate de  
chaux fossile (1860).  
A la sazón, los fosfatos no sólo podían obtener-  
se en abundancia y de manera relativamente fácil de  
los restos óseos, sino también de la fosforita, una roca  
sedimentaria no detrítica que contiene minerales fos-  
fatados en un porcentaje mucho mayor que otras ro-  
cas sedimentarias. Precisamente en España existían  
importantes cantidades de fosforita, en especial en  
Logrosán (Cáceres), cuyos recursos, descritos ya des-  
de mediados del siglo xviii, atrajeron la atención de  
los ingenieros y agrónomos británicos. Pero la explo-  
tación de la “fosforita española” se vio rodeada de  
rocambolescas circunstancias. Estas últimas incluyen  
el fallido intento por parte del gobierno de Narváez  
de nacionalizar todas las minas existentes, tras haber  
recibido en 1857 una Memoria sobre la importancia  
agrícola de la fosforita de Logrosán (Pastor Valle et  
Fig. 1. Esquema del experimento realizado por Harry Verney para  
comprobar el valor como abono de la fosforita española: campo  
de remolacha con abonado diferencial en distintas parcelas,  
incluyendo el uso de huesos calcinados y no calcinados, fosforita  
tratada en diferente manera y guanos (Verney, 1845: 332).  
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roBerto Matesanz gasCón  
al., 2015). Con posterioridad, tuvieron lugar impor-  
tantes litigios sobre la propiedad de las explotaciones  
y la práctica totalidad de la fosforita española que se  
logró extraer de los filones cacereños a lo largo del  
siglo XIX, lo fue en una cantidad relativamente poco  
abundante (Boixereu, 2015).  
En esta tesitura, alcanzada la segunda mitad  
del siglo XIX la principal y casi única materia prima  
existente en Europa para obtener fosfatos de manera  
fácil y abundante eran los restos óseos, demostrando  
los experimentos realizados que mejor que emplear-  
los en bruto, o más sencillo que tratarlos con ácido  
sulfúrico (pues este proceso requería de instalacio-  
nes más complejas), era calcinarlos en un ambiente  
reductor una vez descarnados. El mayor importador  
de restos óseos era Gran Bretaña, que basó parte de  
su “Revolución Verde” en su empleo como abono, lo  
cual condujo a Liebig a publicar en la Gaceta de Bavie-  
ra un escrito titulado “La agricultura vampiro, que a  
inicios de 1863 aparecería traducido a otras lenguas  
europeas. En él, tras calcular que Inglaterra había im-  
portado por este medio el equivalente a 4 millones  
de toneladas de fosfatos entre los años 1810 y 1860,  
denunciaba que había contribuido así a empobrecer  
durante generaciones los campos de los demás paí-  
ses europeos, con el beneplácito de estos. Según afir-  
maba Liebig en su artículo, lo que denominaba como  
“vampirismo” inglés había llegado para entonces al  
macabro extremo de extraer e importar las osamen-  
tas de los campos de batalla de Leipzig, Waterloo y  
Crimea, e incluso las de las catacumbas sicilianas,  
para fertilizar con ellas los campos británicos.  
La “minería de huesos” en Castilla la Vieja  
Fig. 2. Horno para la calcinación de huesos. Grabado de Navellier  
sobre dibujo de Broux (Figuier, 1873-1877: III, p. 537, fig. 232).  
El precio pagado por los restos óseos era relativamen-  
te bajo. En una región como Castilla la Vieja, esto im-  
posibilitaba su comercialización a gran escala. Unas  
deficientes infraestructuras viarias no permitían su  
exportación y aunque los agrónomos españoles pro-  
clamaron con insistencia, haciéndose así eco de los  
avances científicos europeos, lo perjudicial que sería  
desaprovechar sus propiedades fertilizantes, la agri-  
cultura nacional hizo caso omiso de estas admonicio-  
nes. Lo que a inicios de la década de los años 60 del  
siglo XIX fomentó de manera inmediata el desarrollo  
de la “minería de huesos” en la región no fue la certi-  
dumbre de que los restos óseos podían tener un uso  
agrícola como fuente de fosfatos, sino la llegada del  
ferrocarril, que permitió por vez primera exportarlos  
con unos costes de transporte lo suficientemente re-  
ducidos como para obtener de ellos un beneficio eco-  
nómico. Como ya hacía notar Vilanova y Piera (1872b:  
428, y 1880: 596), los restos óseos en bruto de Cas-  
tilla la Vieja se exportaron principalmente a Francia,  
lo cual suscitó el clamor unánime de los químicos y  
agrónomos españoles. En este sentido, es incorrec-  
to decir que se vendieron a fábricas productoras de  
fosfatos tricálcicos situadas en la propia región (Abar-  
quero Moras y Pérez Rodríguez, 2010: 165-166). Fran-  
cia dispuso, gracias al ferrocarril, de un nuevo venero  
que explotar, al cual no había accedido aún la indus-  
tria británica, que solo se beneficiará de él, en menor  
medida, a través de los barcos con cargas de hueso  
que zarpaban del puerto de Santander en dirección  
al de Newcastle.  
La llegada del ferrocarril a Palencia tuvo lugar  
en el año 1860, convirtiendo a la capital provincial en  
el centro de la actividad exportadora del hueso pro-  
ducido por los mataderos del territorio. Según la nota  
estadística minera del año 1870 redactada por Amalio  
Gil Maestre, hasta 1865 el hueso explotado fue exclu-  
sivamente “hueso granado” procedente de Palencia o  
de sus alrededores (Estadística minera, 1870: 72). Por  
“hueso granado” se entendían los restos óseos fres-  
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En los orígenes de la arqueología vaccea: el impacto de la "minería de huesos"  
cos que generaba como subproducto la actividad de  
los mataderos. Sin embargo, parece ser que ya entre  
1860 y 1862 algunos obreros pobres se dedicaban a  
sacar huesos de las tierras situadas al norte de Pa-  
lencia e inmediatas a la estación del ferrocarril, ven-  
diendo los que recogían hasta por un real o un real  
y medio la arroba, cantidad apreciable que provocó  
que ya para 1862 se empezara a constituir una ver-  
dadera explotación en esa zona de la capital, la cual  
proporcionaba recursos a algunas familias (Becerro  
de Bengoa, 1888: 33-34).  
En todo caso, en esos años iniciales la mayor  
cantidad del hueso exportado procedía directamente  
de los mataderos. Pero en 1866 este panorama sufrió  
Fig. 3. Primera tésera de hospitalidad de Paredes de Nava, según  
un cambio drástico, cuyo detonante, de nuevo, hay  
dibujo de Ramón Ortiz de la Torre (1902).  
que relacionar con el ferrocarril. El hundimiento del  
precio de las acciones de las compañías que se ha-  
bían constituido en España para construir y explotar  
las diferentes vías ferroviarias hizo quebrar a bancos  
detalles que sean referidos a estos primeros años. En  
y sociedades de crédito, causando una grave crisis  
general, los más antiguos conocidos remiten a 1868.  
financiera, a lo cual se sumó el inicio de una grave  
A este año se atribuyen diversos acontecimientos,  
y persistente sequía que duró varios años. Todo ello  
como el inicio de las rebuscas de hueso en el pago de  
Las Quintanas, en Padilla de Duero (Hernández y Ale-  
empobreció dramáticamente a las clases trabajado-  
ras en el ámbito rural de la submeseta Norte. Como  
jandro, 1906: 510), o el hallazgo de la primera tésera  
índice de la carestía que se sufrió por aquellos años  
de Paredes de Nava (Ortiz de la Torre, 1902).  
en Castilla la Vieja, cabe señalar que en una provincia  
Sin embargo, es probable que en algún caso  
tales atribuciones se basen tan sólo en el hondo y  
cerealista como Palencia el precio del hectolitro de  
trigo casi llegó a triplicar su valor en el transcurso de  
lamentable recuerdo que 1868 dejó en la memoria  
dos años, pasando de valer 13,51 pesetas en junio de  
castellana durante décadas. Si los malos resulta-  
1866 a 34,73 pesetas en el mismo mes del año 1868  
dos agrícolas se iniciaron en 1866 y continuaron en  
(Merinero Martín, 1985: 128-129).  
1867, en 1868 llegaron a su culmen coincidiendo con  
La crisis provocó que muchos jornaleros y  
la más asoladora falta de lluvias del período. Veinte  
sus familias, para poder subsistir con lo que pudie-  
años más tarde Becerro de Bengoa lo describirá como  
«inolvidable para Castilla por la sequía y la miseria»;  
y Hernández y Alejandro rememorará el hallazgo del  
venero óseo en el pago padillense de Las Quintanas  
diciendo: «Paréceme que era por el año de 68, el de  
aciaga y triste recordación para el labrador castella-  
no» por la «horrorosa sequía» que en él acaeció. A  
veces, da la impresión de que a esa emblemática fe-  
ran obtener de su venta, se dedicaran a buscar por  
los campos “huesos secos, restos óseos llamados  
así por carecer ya de su parte gelatinosa. Pero si en  
un inicio se recogieron las osamentas animales que  
se podían encontrar a flor de tierra, pronto su ago-  
tamiento condujo a la realización de zanjas y gale-  
rías subterráneas, con el objetivo de encontrarlas a  
mayor profundidad. Estos “huesos secos, por haber  
cha se le han atribuido a posteriori algunos hechos  
concretos que no necesariamente tuvieron lugar en  
él, por concentrarse en sus doce meses eventos que  
sido encontrados bajo tierra tras excavar en su bús-  
queda, fueron llamados también “huesos de mina.  
Y en el transcurso de estas excavaciones fue cuan-  
se desarrollaron a lo largo de más tiempo. En especial,  
esto parece afectar a la fecha de hallazgo de la prime-  
ra tésera de Paredes de Nava, hoy lamentablemente  
en paradero desconocido. Ramón Ortiz de la Torre,  
en un manuscrito inédito fechado en 1902 en el que,  
haciendo uso de abundantes dibujos y tablas propor-  
ciona valiosas noticias sobre los objetos descubiertos  
en el término de Paredes de Nava durante las décadas  
anteriores, afirma que la pieza, propiedad por enton-  
ces de «el ilustradísimo farmacéutico de esta villa D.  
Lorenzo González Arenillas», apareció «durante las  
excavaciones que los jornaleros, buscando huesos,  
hicieron el año de infausta recordación, por la es-  
pantosa sequía que durante él tubo lugar, =1868=.»  
do salieron a la luz numerosos yacimientos arqueo-  
lógicos y se hallaron innumerables “antigüedades.  
De hecho, aun cuando los “buscadores de huesos”  
probablemente lo desconocieran, muchos de los de-  
pósitos identificados y literalmente saqueados por  
esa singular minería fueron antiguos asentamientos  
vacceos o vacceo-romanos, consecuencia de que a  
lo largo de la historia estos fueron los primeros luga-  
res de hábitat en la cuenca media del Duero con una  
considerable potencia estratigráfica y, por ende, con  
una muy voluminosa acumulación de residuos orgá-  
nicos (Sanz Mínguez, 1997: 24).  
En lo que afecta a su impacto sobre el patri-  
monio arqueológico de la región, se conocen pocos  
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roBerto Matesanz gasCón  
(Ortiz de la Torre, 1902). Pero aunque recientemente  
detalle en la Memoria estadística minera de la pro-  
vincia correspondiente a ese año (1870: 71-73), no  
podemos otorgar a este informe la repercusión, so-  
bre todo inmediata, que Rojo Vega le atribuyó. Cabe  
suponer que la estadística fuera redactada como muy  
pronto a inicios de 1871 y, en todo caso, no se publicó  
hasta 1873. Aunque por su riqueza de datos es un do-  
cumento primordial, antes de estas fechas la “minería  
de huesos” y sus consecuencias ya habían alcanzado  
notoriedad a través de otras publicaciones e informes  
oficiales.  
esta aseveración ha llevado a varios investigadores a  
indicar que la tessera hospitalis fue hallada en dicho  
año (Abarquero Moras y Pérez Rodríguez, 2010: 166;  
Barril Vicente y Pérez Rodríguez, 2012: 204 y 224), se  
trata del único testimonio en este sentido. Emil Hüb-  
ner (1871: 371, y 1872: 45, n.o 141) indica claramente  
que la tésera fue hallada en el año 1870 y, más tarde,  
tanto el padre Fita (1888: 329) como Aureliano Fer-  
nández-Guerra (1888: 376-377) abundarán en la mis-  
ma fecha; en el caso del segundo, haciendo hincapié  
en que fue él: «quien primero la vió, leyó y calcó, tan  
luego como se vino á descubrir, en 1870, entre Pare-  
des de Nava y Frechilla». Además, el dato aportado  
por el investigador alemán concuerda con el hecho  
de que el hallazgo es mencionado por el corresponsal  
de El Norte de Castilla en Paredes de Nava, Agustín  
P. Cantalapiedra, en julio de 1870, el mismo mes en  
el cual lo da a conocer, a través de la prensa madri-  
leña, José Amador de los Ríos (1870: 10). Más aún,  
el primer propietario de la tésera, el farmacéutico  
Lorenzo González Arenillas, publicará años más tarde  
una obra histórica sobre la villa palentina de Castro-  
mocho, en la cual afirma que aún la tiene en su poder  
y que la misma: «pareció el año de 1870» (1896: 15).  
Ante esta serie de testimonios coincidentes, parece  
más apropiado suponer que Ortiz de la Torre erró al  
indicar que la pieza fue hallada en 1868. El equívo-  
co parece derivar y ser ejemplo de cómo al año más  
recordado con diferencia por infausto, se le atribuye-  
ron eventos que se sucedieron durante un período de  
tiempo más extenso.  
En la prensa periódica, la carta de Vicente Pas-  
cual aparecía publicada el día 8 de junio de 1870 en  
El Norte de Castilla, describiendo cómo se extraían  
en Melgar huesos de jabalíes, bueyes, ciervos y es-  
pecies menores, en excavaciones de gran extensión,  
que habían proporcionado por entonces 5000 o 6000  
arrobas. Junto a ellos, habían aparecido restos óseos  
labrados, “medallas” romanas y otros objetos metáli-  
cos, así como un silo con ocho o diez fanegas de tri-  
go carbonizado. Según declara el médico de Vega de  
Ruiponce, considerándose incompetente para anali-  
zar esos hallazgos arqueológicos en el momento de  
enviar su misiva ya había remitido a Juan Vilanova y  
Piera “huesos y metales. Sin duda, se trata del envío  
mencionado algún tiempo más tarde por Vilanova,  
consistente en «un saco lleno de huesos, labrados  
unos, toscos y sin labrar otros, juntamente con ob-  
jetos de bronce y algun fragmento de cerámica ordi-  
naria y al parecer de fecha remota» (Vilanova y Piera,  
1872b: 430). La inserción de la misiva del médico se  
acompañaba de un llamamiento para que el Gober-  
nador Civil de la provincia tomara cartas en el asunto.  
De hecho, enterado del tráfico de huesos y  
Por ahora, entre los posibles descubrimientos  
arqueológicos que con cierta certidumbre fueron re-  
sultado de actividades de “minería de huesos” y que  
son remontables a estas fechas, cabe apenas mencio-  
nar los objetos cerámicos procedentes de Paredes de  
Nava que ingresaron en el Museo Arqueológico Na-  
cional en esas fechas o poco después, como los que  
Sabas María de Castro, capellán del convento de las  
monjas Brígidas de esa localidad, decía haber lleva-  
do en 1868 o 1869 (Barril Vicente y Pérez Rodríguez,  
2012: 213-214). En 1869, las excavaciones en busca  
de huesos condujeron en Carrión de los Condes al  
hallazgo de objetos medievales cuya descripción omi-  
timos aquí. Y a finales de este último año es cuando  
parecen haberse iniciado excavaciones semejantes en  
la población vallisoletana de Melgar de Abajo, pues  
en una carta enviada con fecha 4 de junio de 1870  
al periódico El Norte de Castilla, en el cual aparece-  
rá publicada unos días más tarde, Vicente Pascual,  
médico cirujano de Vega de Ruiponce, indica que por  
entonces hacía «más de seis meses» que se estaban  
extrayendo en Melgar restos de grandes mamíferos.  
Es en este año de 1870 cuando las noticias so-  
bienes arqueológicos que se estaba produciendo, el  
24 de mayo de 1870 el Gobernador ya había ordena-  
do al alcalde de Melgar de Abajo que no permitiera  
a los vecinos extraer ningún objeto más de los de-  
pósitos; y el mismo día 8 de junio en el que la carta  
de Vicente Pascual aparecía publicada en El Norte de  
Castilla, notificaba los hechos a la Comisión de Monu-  
bre la actividad se multiplican. Hay que indicar que,  
aun cuando el Ingeniero Jefe de Minas de Palencia,  
Amalio Gil Maestre, describió su desarrollo con cierto  
Fig. 4. Hacha de jade de Paredes de Nava (n.o 14) y mogote  
labrado de ciervo de Melgar de Abajo (n.o 17) de la colección  
arqueológica de Juan Vilanova (Vilanova y Piera, 1872: lám. VII).  
65  
En los orígenes de la arqueología vaccea: el impacto de la "minería de huesos"  
mentos Históricos y Artísticos de la provincia para que  
esta nombrara unos comisionados que viajaran hasta  
Melgar y valoraran el interés histórico de los descu-  
brimientos. Las actuaciones oficiales, caracterizadas  
por la improvisación y la falta de recursos económi-  
cos, se prolongarían hasta finales de año y muestran  
de manera expresiva cuál fue, en términos genera-  
les, la respuesta institucional a los acontecimientos,  
protagonizada por unas comisiones provinciales de  
monumentos voluntariosas, pero carentes de los más  
elementales recursos para poder desarrollar su tarea.  
Aunque la documentación de la Comisión Provincial  
de Monumentos Históricos de Palencia de aquellos  
años, que debió incorporar datos importantes sobre  
los eventos acaecidos por entonces, está en parade-  
ro desconocido, si es que no ha perecido ya (quienes  
han intentado reconstruirla sólo han podido acceder  
a información dispersa), la documentación de su ho-  
móloga vallisoletana, publicada por Sanz Mínguez  
(1997: 531-532), permite hacerse una idea muy apro-  
ximada de cuál debió ser su tenor.  
532, documentos n.o 18-23). Aparentemente, aquí  
terminó la intervención de los comisionados en los  
acontecimientos que tuvieron lugar en Melgar. Con  
posterioridad, Daniel de Cortázar aludirá, sin precisar  
fechas, a las excavaciones hechas en el pueblo, indi-  
cando que los huesos aparecían desde flor de tierra  
hasta una profundidad de cinco metros, habiendo  
salido con ellos carbones, escorias, barros romanos,  
fíbulas broncíneas y hasta un hogar con dos ollas de  
barro, siendo opinión generalizada en el lugar que los  
puntos de extracción correspondían a los vaciaderos  
de una antigua ciudad denominada Cuesta (De Cortá-  
zar, 1877: 131; Rojo Vega, 1989: 196).  
Los envíos del médico de Vega de Ruiponce,  
Vicente Pascual, surtieron diferentes efectos, sien-  
do probablemente el más notable que movieran al  
eminente geólogo y prehistoriador Juan Vilanova y  
Piera a viajar en el verano de 1870 hasta Tierra de  
Campos, donde visitó poblaciones como Melgar de  
Abajo, Paredes de Nava y Palencia. Los resultados de  
su viaje fueron descritos por el propio Vilanova en  
diversas partes de su obra escrita, en menor medi-  
da por amigos suyos como Amalio Gil Maestre y José  
Amador de los Ríos y, después, por investigadores  
contemporáneos (Rojo Vega, 1989; Barril Vicente y  
Pérez Rodríguez, 2012) a los cuales remitimos para  
mayores precisiones. Se trata probablemente del  
principal factor en muchos de los acontecimientos  
que se sucedieron, pues Vilanova, aparte de reunir  
objetos de las excavaciones en curso, ejerció como  
prestigiosa cadena de transmisión directa entre los  
descubrimientos que estaban teniendo lugar y los  
círculos eruditos de Madrid.  
En lo que respecta a los acontecimientos de  
Melgar de Abajo, como la Comisión no disponía de  
recursos para costear el viaje que se le había enco-  
mendado, el 24 de junio solicitaba al alcalde que en-  
viara información sobre los descubrimientos y, a ser  
posible, algunos objetos, para intentar discernir a qué  
época pertenecían. No existe certeza de que el envío  
se realizara, pero pudo ser así, pues en la sesión de  
la Comisión del día 28 de septiembre se daba cuenta  
de que estaba pendiente de resolución un informe,  
sobre los objetos hallados en Melgar de Abajo. Pero  
nada más parece constar sobre dicho informe y la si-  
guiente iniciativa en la que se ve envuelta la Comisión  
tiene un origen externo, probablemente fomentado  
por viajes como el realizado por Vilanova y Piera: el  
18 de octubre, el director general de Instrucción Pú-  
blica notificaba al Gobierno provincial tener conoci-  
miento de que «en alguna localidad de la provincia»  
se habían hallado objetos que «por su merito artistico  
y arqueologico deben figurar en el Arqueologico Na-  
cional»; y solicitaba a dicho Gobierno que excitara el  
celo de la Comisión de Monumentos Históricos y Ar-  
tísticos para que las excavaciones alcanzaran un ma-  
yor desarrollo, remitiendo a esa Dirección General los  
objetos que aparecieran y fueran dignos de figurar en  
el Museo Arqueológico Nacional o cuyo estudio fuera  
de interés. El traslado de la notificación a la Comisión  
de Monumentos, el día 4 de noviembre, incorporaba  
la petición de que cooperara con todos los medios a  
su alcance para satisfacer los deseos del Director Ge-  
neral, «siendo asi, que se han hecho escavaciones en  
el pueblo de Melgar de Abajo». Pero en la sesión del  
día 12 de noviembre, la Comisión de Monumentos  
acordó responder negativamente a los deseos de la  
Dirección General, dado que no podía comprome-  
terse ni en trabajos ni en compras debido a su falta  
de recursos económicos (Sanz Mínguez, 1997: 24 y  
Así, aparte de hacer ver en Palencia a Ama-  
lio Gil Maestre la importancia de lo que estaba su-  
cediendo, tras contemplar por sí mismo cómo en la  
Estación del Norte se amontonaban los huesos mez-  
clados con todo tipo de objetos prehistóricos, tam-  
bién parece haber influido en el cambio de actitud  
mostrado por Amador de los Ríos y, directa o indi-  
rectamente, pudo influir en los requerimientos que  
en octubre haría el Director General de Instrucción  
Pública para obtener objetos de las excavaciones de  
Melgar. Antes, el día 12 de julio, De los Ríos ya había  
publicado en el periódico La Ilustración de Madrid  
que la Academia de la Historia se afanaba por ave-  
riguar la naturaleza del yacimiento localizado en el  
pago de La Ciudad de Paredes de Nava, cuyos descu-  
brimientos, se decía, podían desvelar la existencia de  
Segontia o de Intercatia. De las inscripciones latinas  
de las que se hacía mención, destacaba la primera  
tésera de hospitalidad de Paredes de Nava, de la cual  
tenía copia gracias al académico Vicente Lafuente.  
Según el mismo autor:  
«La prensa aseguró, al dar la primera noticia de estas  
excavaciones aconsejadas tal vez por el hambre, que  
habían también aparecido monedas del Imperio, no-  
66  
roBerto Matesanz gasCón  
tables objetos de cerámica y gran número de huesos:  
«los brazaletes y armilas, las fibulas viriles y femeni-  
les, los anillos, los punzones y agujas crinarias y suto-  
rias, ya de hueso ya de bronce, los estilos asimismo  
de bronce y de hueso, las cucharillas, los amuletos  
de barro y cobre, los pendientes ó inaures de bronce  
ó sobredorados, las monedas del segundo al quinto  
siglo de la era del César, y finalmente los idolillos, la-  
res ó penates, entre los que han parecido de mayor  
precio algunos Cupidillos y Príapos. Ni han escaseado  
tampoco los objetos de la cerámica, pertenecientes  
á este último periodo histórico de los representados  
por las excavaciones iniciadas en Paredes de Nava:  
demas de muy curiosas lucernas, algunas de las cua-  
les llevan la marca de sus autores, nos ha sido posible  
examinar preciosos fragmentos de vasos saguntinos,  
embellecidos de multiplicadas labores, entre las que  
no dejan de interesar delicados relieves con bustos y  
representaciones simbólicas.» (De los Ríos y Serrano,  
1870b: 9).  
cartas posteriores nos confirman en que es cada día  
mayor la abundancia de éstos, habiéndose desente-  
rrado al fin, como á la profundidad de dos metros, un  
mosáico.» (De los Ríos y Serrano, 1870: 10).  
Por entonces, Amador de los Ríos refería las  
noticias con un cierto escepticismo e, incluso, ver-  
tía ciertas dudas sobre la autenticidad de la tésera  
de hospitalidad hallada. Pero en el mes de septiem-  
bre, publicaba nuevas informaciones, obtenidas  
del propio Vilanova y Piera y «de la diligencia de  
nuestro amigo el celebrado artista D. José Casado  
y Alisal». Cabe suponer que fuera él mismo quien  
requiriera a José Casado del Alisal para que le hicie-  
ra llegar toda aquella información que tuviera a su  
alcance, dado que el pintor era natural de Villada,  
población en la cual sólo en ese año se extrajeron  
60 toneladas de hueso de mina. Ahora, Amador de  
los Ríos comprendía ya que los descubrimientos  
que se estaban realizando tenían mayor importan-  
cia y trascendencia de las que les había atribuido  
inicialmente. Y no parece dudoso que influyera en  
su cambio de perspectiva la información que Vila-  
nova había obtenido de primera mano en su viaje  
por Tierra de Campos:  
Asimismo, Amador de los Ríos informaba de  
la aparición unas tres leguas al norte de Palencia de  
restos de grandes muros, mosaicos, frisos y cornisas,  
que algunos creían habían pertenecido a un templo  
de Diana, «…fundados en la fabulosa abundancia con  
que se han hallado los cuernos y huesos de ciervo por  
aquellos contornos», vinculación que, lógicamente,  
era desechada por el erudito como fantasía gratuita.  
Además, gracias a Juan Gurrea, al que calificaba de  
diligente anticuario palentino, se añadía un dibujo de  
la tésera de Paredes de Nava y, finalmente, se hacía  
un llamamiento al Gobierno de la Nación para que to-  
mara cartas en el asunto, pues ahora De los Ríos era  
ya consciente que no se trataba de:  
«Excitado el interés general por el cebo de la ganan-  
cia, en la busqueda y explotacion de huesos aptos  
para ciertas fabricaciones, hánse en efecto extendido  
desde Paredes de Nava á otros muchos pueblos co-  
marcanos los ensayos de exploracion, propagándose  
en breve, no ya sólo á la provincia de Valladolid, mas  
también á la de Salamanca. Cabezos y colinas enteras  
han sido en consecuencia excavados y desenvueltos  
con incansable ahinco, y por todas partes se han ex-  
humado tan copiosos restos de antigüedad, que han  
despertado al fin en todos la atencion de los hombres  
entendidos para quienes valen y significan algo los  
monumentos y reliquias de las pasadas generacio-  
nes.» (De los Ríos y Serrano, 1870b: 9).  
«un descubrimiento, fortuito, aislado, de difícil ó  
imposible clasificacion y que no alcance por tanto á  
derramar luz alguna sobre la historia pátria: las exca-  
vaciones que hoy se hacen en el centro de Castilla, la  
Vieja, y en un radio no menor de treinta leguas, aun-  
que no movidas de un interés científico, ni realizadas  
con otra mira que la de una modestísima ganancia,  
parecen evocar al propio tiempo la memoria de muy  
apartadas generaciones»,  
El erudito describía, al igual que otros autores,  
que los descubrimientos arqueológicos afectaban  
a muy distintas edades, así como que los excavado-  
res, carentes de método y conocimientos, habían  
formado «el más lastimoso pelle-melle con todos los  
objetos arrojados por la tierra removida», dificultan-  
do extraordinariamente su estudio. Aun así, había  
examinado los objetos en poder de Vilanova y Piera:  
hachas de piedra, objetos de hueso trabajados por  
el hombre, fragmentos cerámicos que consideraba  
de la Edad del Bronce y útiles de épocas posteriores,  
no sólo de la civilización romana, pues algunos, en  
su opinión, podían alcanzar hasta el siglo vi d. C. Y  
gracias a su examen y a la relación que le hacía Ca-  
sado del Alisal de las antigüedades que por entonces  
obraban en poder de particulares en el teatro de las  
excavaciones, daba cuenta de que entre los hallazgos  
abundaban:  
todo lo cual requería en su opinión de la atención de  
los arqueólogos, de los científicos y aún del Gobierno  
nacional.  
Durante el año siguiente las noticias conti-  
nuaron menudeando. Más información, referente en  
este caso a Palencia, aparecerá en una nota firma-  
da A. R. V. incluida en la “Crónica arqueológica” del  
número perteneciente al 31 de marzo de 1871 de la  
Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, sobre la  
cual llamó la atención por vez primera José Ramón  
López Rodríguez (1978: 189). La nota relataba cómo  
pasaban de 1500 los objetos arqueológicos recupe-  
rados en la capital palentina debido a la “explotación  
del hueso, contándose entre ellos desde hachas de  
la edad de piedra hasta monedas medievales (Rodrí-  
guez Villa, 1871: 45). Poco después, otra nota en la  
67  
En los orígenes de la arqueología vaccea: el impacto de la "minería de huesos"  
misma publicación, igualmente firmada A. R. V. y en  
este caso recuperada por Abarquero Moras y Pérez  
Rodríguez (2010: 166), enumeraba los objetos in-  
gresados en el Museo Arqueológico Nacional prove-  
nientes del pago de La Ciudad en Paredes de Nava  
(sitio que era identificado con la antigua Intercatia),  
los cuales habían sido traídos por la comisión del año  
1870 realizada por Joaquín de Salas Dóriga y Juan  
Sala y Escalada:  
«diez y siete hachas de piedra, una lucerna de barro,  
varios pondus, agujas, estilos y cucharillas de hueso,  
más de cuarenta fíbulas de diversas formas, inaures  
ó pendientes, juegos compuestos de espinzas, lim-  
pia-oidos y monda-dientes de bronce, dos fallos, un  
medallon de asta de ciervo con otro fallo de relieve,  
fragmentos de vasijas de barro con lindos dibujos y  
labores, y uno con la marca SALVO (imperio) y otros  
objetos de la misma clase, todos romanos.» (Rodrí-  
guez Villa, 1871b: 250).  
Una importante novedad en este año fue que  
otro venero óseo, situado en el pago de Las Quintanas  
de la localidad vallisoletana de Padilla de Duero y que  
presuntamente venía siendo explotado desde 1868  
(Hernández y Alejandro, 1906: 510), vino a desvelarse  
también como un importante yacimiento arqueológi-  
co, que de nuevo requirió las casi impotentes aten-  
Fig. 5. Ricardo Becerro de Bengoa en 1896 (grabado inserto en  
La Ilustración Española y Americana, a partir de fotografía de  
Huertas).  
ciones de la Comisión de Monumentos Provincial. Ya  
en mayo de 1871, el alcalde y el secretario de Padi-  
lla de Duero pedían al gobernador civil que enviara  
producto de la “explotación del hueso, Becerro de  
a alguien que examinara las excavaciones realizadas  
Bengoa fue un adecuado cronista para los hallazgos  
arqueológicos que tuvieron lugar en Palencia du-  
rante los años 1872-1873, pues en diversas publi-  
caciones fue recopilándolos y dándolos a conocer  
con un detalle digno de mención. Sus minuciosas  
descripciones, ocasionalmente acompañadas de di-  
bujos de buena factura, incluían asimismo lecturas  
y los objetos recuperados (Orodea e Ibarra y Martí y  
Monsó, 1873: 5; Sanz Mínguez, 1997: 24). Pero ningu-  
na actividad oficial consta antes de que, a inicios de  
diciembre apareciera, primero en la prensa vallisole-  
tana y luego en la prensa madrileña y barcelonesa, la  
noticia del hallazgo de monedas de plata, así como de  
alhajas de oro y plata, en Padilla de Duero (Matesanz  
de epígrafes, descripciones de series monetales y el  
registro de las marcas de los alfareros productores  
de la terra sigillata recuperada. Así, el 8 de marzo de  
1872, remitía a Eduardo Gasset, director de La Ilus-  
tración de Madrid, una carta en la cual le detallaba  
los más recientes hallazgos producidos en la capital  
palentina a consecuencia de las tareas de búsqueda  
de huesos:  
Gascón, 2020). A inicios de 1872, el Gobierno Civil co-  
municaba lo que sucedía en Padilla a la Comisión de  
Monumentos Provincial, de cuya participación tene-  
mos un detallado relato gracias a sus libros de actas,  
publicados por Sanz Mínguez (1997: 24-26, 531-532).  
Así, sabemos que en su sesión del día 15 de enero la  
Comisión debatió sobre el tráfico de bienes arqueo-  
lógicos que hacían los vecinos de Padilla de Duero e,  
incapaz de viajar hasta el lugar para comprar algunos  
de los objetos descubiertos (de nuevo, por falta de  
recursos económicos), determinó pedir información  
al Ayuntamiento padillense, contactar en Valladolid  
con los presuntos compradores de algunos de ellos y  
solicitar fondos a la Diputación para poder intervenir.  
En el ínterin, en Palencia seguían teniendo  
«Muy distinguido amigo: Cada dia ofrece la antigua  
Palantia nuevos motivos de estudio para los aficio-  
nados á las investigaciones históricas. No se hacen  
exploraciones oficiales porque la comision de monu-  
mentos no tiene medios, pero se hacen escavaciones  
casuales, sin órden ni concierto, por los pobres que  
removiendo tierras buscan huesos para sacar, ven-  
diéndolos, un mísero jornal.  
En una zona determinada, que se extiende al E. de la  
ciudad, paralela a la vía férrea y entrambas estacio-  
nes del N. y del NO., se han practicado muy á menudo  
escavaciones de ese género y se han hecho hallazgos  
lugar importantes descubrimientos, de los cuales  
poseemos notables descripciones debidas al políti-  
co, erudito y académico Ricardo Becerro de Bengoa  
(1845-1902), cuya figura conviene resaltar. Además  
de aportar datos estadísticos de relevancia sobre el  
68  
roBerto Matesanz gasCón  
de los que La Ilustración ha dado cuenta ya. En las ve-  
«aparecieron en Palencia infinidad de sepulcros ro-  
manos, que, segun las inscripciones de algunas de  
las piedras que se hallan en poder del mencionado  
Sr. Aragon, pertenecen al siglo II y III de nuestra era.  
En estos sepulcros se han encontrado ánforas de pie-  
dra, de cristal y de barro, á la profundidad de 1m,75 y  
2m,65» (Estadística minera, 1873: 89).  
rificadas durante los últimos dias de enero y en todo  
el mes de febrero, los resultados obtenidos son suma-  
mente apreciables. Algunos entusiastas recolectores,  
entendidos unos, ignorantes otros, han aumentado  
sus colecciones con más de doscientos objetos, de los  
cuales una copia de los más curiosos remito á Vd. para  
su acreditada publicacion: en ella pueden verse: un  
precioso estilete de asta de ciervo terminado por un  
busto; dos pendientes de oro; dos falos bien caracte-  
rizados; una pulsera de hierro; un broche y una fíbula  
de bronce; unas tijeras, una punta de flecha, unas pin-  
zas, tres agujas de fabricar redes, varios estiletes de  
hueso; agujas de hierro; una cucharilla, un broche y  
un dijecito en forma de corazon con esmaltes.  
Aras pequeñas con labores rudas; vasos de barro  
saguntino con las marcas: GELII.- EX. OFI. CLO-P. COR;  
fragmentos de vidrio de muy diversas formas, se han  
hallado muchos.  
La coleccion de monedas recogidas sube á unas 200, y  
entre ellas 20 ó 30 admirablemente conservadas.  
En las halladas en enero y febrero, sólo hay ejemplares  
de los tres primeros siglos del imperio, y entre ellas un  
gran bronce de Nerva; algunos Claudios y Nerones y  
varias piezas coloniales de Cartagena y Zaragoza.  
En las escavaciones que se hicieron algun tiempo  
ántes delante de las oficinas del ferro-carril del No-  
roeste, casi todas las monedas encontradas eran del  
cuarto siglo; un grupo de 500, la mayor parte de los  
hijos de Constantino; alguna de Juliano y hermosos  
ejemplares de la emperatriz Helena.  
Hay ademas monedas de Magnencio, Decercio, Máxi-  
mo, Víctor, Graciano y otros emperadores. Sobresalen  
por su mérito un Vespasiano de plata, conmemorativo  
de la campaña judáica, en cuyo reverso se lee: Judea  
Capta; y otra de la hija de Tito, Julia, también de plata.  
Los hallazgos se multiplican siempre que se trabaja;  
Palencia va dando ya miles de objetos y de monedas, y  
sin embargo, la ciudad ni la provincia no tienen un po-  
bre museo que podia ser, sin ningun género de duda,  
uno de los primeros de España.  
Tal vez muy en breve se hará un hallazgo notabilísimo  
que está ya indicado y del cual daré cuenta á Vd. man-  
dándole dibujos y detalles.  
De Vd. afectísimo S. S.  
Ricardo Becerro.  
Mientras esto sucedía en Palencia, para el  
día 12 de marzo de 1872 la Comisión de Monumen-  
tos vallisoletana había reunido algunos fondos, pero  
aún no había recibido noticias del alcalde de Padilla  
de Duero, cuya carta, fechada al día siguiente, notifi-  
caría que, mientras se excavaba buscando huesos en  
el pago de Las Quintanas, habían sido halladas mo-  
nedas antiguas de cobre y plata, pendientes de oro,  
pulseras de plata y otros objetos, todo lo cual había  
sido vendido. Como el contenido del listado es muy  
similar al que aparecía en la prensa en diciembre del  
año anterior, es probable que se trate de los mismos  
objetos, que estos constituyeran un atesoramiento y  
que los compradores con los que pretendía contactar  
la Comisión de Monumentos en Valladolid fueran sus  
adquirentes. Asimismo, el Alcalde informaba de que  
en la propiedad de un vecino, José Cardenal, habían  
aparecido dos pilas, restos de un mosaico y dos esta-  
tuillas representando a un toro y a un carnero, ambos  
en cobre macizo.  
Por esas fechas la Comisión recibió algunos  
fondos que permitieron costear el viaje a Padilla de  
Duero de dos comisionados, José Martí y Monsó y  
Eduardo Orodea e Ibarra, el cual tuvo lugar el día 28  
de mayo y duró dos días. La finalidad expresa del viaje  
era inspeccionar el lugar donde habían tenido lugar  
los hallazgos, recabar toda la información disponible  
y comprar todos los objetos posibles, así como acep-  
tar aquellos que los vecinos quisieran donar, tras lo  
cual los comisionados redactarían un informe que  
sería elevado a las Reales Academias de la Historia y  
de San Fernando. Para facilitar sus gestiones, el go-  
bernador provincial había requerido al alcalde para  
que consiguiera que sus vecinos mostraran o incluso  
cedieran espontáneamente [sic] a los Museos Provin-  
ciales los objetos encontrados.  
Palencia 8 de marzo de 1872.» (Becerro de Bengoa,  
1872: 95).  
La inspección del lugar por Martí y Orodea les  
La carta se acompañaba efectivamente de un  
dibujo con objetos de diversas épocas (Becerro de  
Bengoa, 1872: 84), entre los cuales puede identifi-  
carse una fíbula de caballito. Como hemos indicado,  
es reseñable que Becerro se preocupara por identi-  
ficar las marcas gráficas estampilladas sobre la terra  
sigillata. En este caso, menciona tres ejemplos. De  
ellos, destaca la aparición en Palencia de los sellos  
GELII (probablemente, una mala lectura de Gelli[us])  
y P. COR, de otra forma desconocidos, pues del terce-  
ro, EX OFI. CLO, volverá a hacer mención más tarde  
(1874: 76). Por otro lado, la estadística oficial recoge  
de este mismo año de 1872 que durante el mismo:  
hizo concluir que estaban ante «descubrimientos de  
una elevadísima importancia». Asimismo, presenta-  
ron a la Comisión de Monumentos algunos restos que  
habían recogido que incluían fragmentos de cerámica  
romana, bolas de barro, monedas de cobre, cemento  
romano y trigo fosilizado por carbonización. Los re-  
sultados del viaje movieron a la Comisión a evacuar  
el preceptivo informe, así como a intentar reunir fon-  
dos para realizar excavaciones en Las Quintanas, las  
cuales debían ser autorizadas por la Real Academia  
de la Historia. Tras varias dilaciones, el informe fue  
aprobado en la sesión del 20 de diciembre y ratificado  
en una nueva sesión celebrada el 27 de abril de 1873.  
69  
En los orígenes de la arqueología vaccea: el impacto de la "minería de huesos"  
Fig. 6. Hallazgos en Palencia de enero-febrero de 1872 (Becerro de Bengoa, 1872: 84).  
Ejemplares impresos, algunos con láminas que repro-  
ducían las acuarelas realizadas por Martí y Monsó,  
fueron enviados a la Real Academia de Bellas Artes  
de San Fernando, a la Real Academia de la Historia, al  
resto de comisiones provinciales de monumentos y a  
otras corporaciones. Lo principal era la acogida que el  
escrito podía tener en las mencionadas Reales Acade-  
mias, la cual fue muy tibia, en parte por las delicadas  
circunstancias políticas y económicas que por enton-  
ces se vivían en el país, que habían hecho que en todo  
él las excavaciones arqueológicas estuvieran práctica-  
mente paralizadas. No consta en ningún caso que la  
Real Academia de la Historia autorizara la realización  
de las excavaciones proyectadas por la Comisión Pro-  
vincial. Y, tras haberse aprobado la presentación del  
informe, la cuestión de Padilla de Duero dejó de apa-  
recer en las sesiones de la Comisión provincial, tal vez  
en espera de una autorización que aparentemente  
nunca llegó. Cuando en agosto de 1875 vuelva a plan-  
tearse la idoneidad de excavar en Padilla, será como  
consecuencia de intereses ajenos a la necesidad de  
identificar los bienes que estaban siendo extraídos  
70  
roBerto Matesanz gasCón  
Fig. 7. Acuarelas de Martí y Monsó para el informe de la Comisión  
Provincial de Monumentos de Valladolid sobre los hallazgos  
acaecidos en Padilla de Duero (Real Academia de Bellas Artes de  
San Fernando (Madrid). Archivo, leg. sign. 2-54-7).  
(1997: 24-26) lo han resumido y analizado de ma-  
nera minuciosa. Comenzaban refiriendo la historia  
de los descubrimientos, motivados por la rebusca  
de huesos que hacían los trabajadores más pobres  
del lugar y cuya descripción se ajusta punto por  
punto con lo acaecido en otros ámbitos de Castilla  
la Vieja, incluyendo las graves alteraciones depo-  
sicionales que el cavado y acarreo indiscriminado  
de tierras había creado en el yacimiento. Los bus-  
cadores más afortunados se habían topado así con  
objetos de gran valor. Los padillenses les hablaron  
de la aparición de «fíbulas, zarcillos, pulseras, pen-  
dientes, etc., etc., que en otro lugar señalaremos»;  
y les mostraron «unas preciosas termas, un torito  
y una oveja de bronce, trozos de un pavimento de  
mosáicos, fragmentos de vasijas romanas, mone-  
das, etc.»; los propios comisionados recogieron mo-  
nedas de cobre, pedazos de cemento y de mosaico,  
vasijas romanas y varios trozos de asta de ciervo;  
después, inventariaban los objetos encontrados,  
valiéndose de un informe judicial en el cual se enu-  
meraban:  
y alterados por los “buscadores de huesos. De he-  
cho, la ausencia de toda referencia a esta actividad  
en las sesiones que se ocupan del intento de excavar  
en Las Quintanas entre 1875 y 1876, sugiere que, al  
igual que en otros lugares, ya para agosto de 1875 la  
“minería de huesos” había cesado o era insignificante  
en la zona.  
A consecuencia de todo ello, el propio in-  
forme, redactado por Orodea, es el documento de  
más valor sobre los acontecimientos que tuvieron  
lugar por entonces en Padilla de Duero, razón por la  
cual Agapito y Revilla (1928: 83-85) y Sanz Mínguez  
«Cimientos de construcción.  
Restos de edificios descubiertos.  
71  
En los orígenes de la arqueología vaccea: el impacto de la "minería de huesos"  
Tejas y ladrillos romanos.  
Pilas, pavimento de mosáico y conductos de desagüe  
que acreditan la existencia de termas.  
Cemento romano de cuya materia están hechas las  
pilas.  
Monedas de oro, plata y cobre celtíberas y romanas.  
Trigo carbonizado por fosilificacion.  
Objetos de uso, como fragmentos de vasijas romanas,  
pendientes y sortijas de oro con greca romana, zarci-  
llos de plata, fíbulas, una jarra y un calderillo de metal,  
pesas, stilos y priapos romanos, objetos de hueso per-  
fectamente labrados.  
Una figurita de bronce, que representa un toro echa-  
do y otra de un carnero, ambas sin gran carácter ori-  
ginario.  
Gran cantidad de bolas de barro cocido con greca  
romana.» (Orodea e Ibarra y Martí y Monsó, 1873:  
7-8).  
Fig. 8. Zoomorfo en perspectiva cenital procedente de  
excavaciones en Palencia, de la colección Aragón Nieto, en el  
Museo Arqueológico Nacional (fotografía del autor).  
Finalmente, los comisionados exponían sus  
conclusiones: los restos encontrados eran una mez-  
cla de elementos celtíberos y romanos pertenecien-  
tes a una población (cuya naturaleza exacta no se  
atrevían a expresar) que había perecido enterrada  
por algún movimiento geológico. La abundancia de  
astas de ciervo les hacía creer que las dos terceras  
partes del hueso extraído hasta entonces (unas cua-  
renta mil arrobas, se les dijo) pertenecían a esta es-  
pecie animal.  
Las repercusiones de la “minería de huesos”:  
ámbito geográfico, naturaleza de la  
actividad y volumen de la explotación  
El fenómeno de la rebusca de huesos que tuvo lugar  
en Castilla la Vieja durante esos años puede ser abor-  
dado desde numerosas perspectivas. En el caso de los  
historiadores de la ciencia, permite contemplar los  
planteamientos científicos que por entonces estaban  
en vigor, a través de las teorías que ingenieros de mi-  
nas y geólogos como Gil Maestre, Vilanova y Piera,  
López de Quintana o Daniel de Cortázar construyeron  
para explicar desde una perspectiva geológica los sin-  
gulares depósitos que salían a la luz, un aspecto al que  
ya se aproximó por vez primera Anastasio Rojo Vega  
(1989). Incluso, algunos de los autores mencionados  
incorporaron en sus textos proyectos de explotación,  
con fines agrícolas e industriales, de los grandes de-  
pósitos óseos de Castilla la Vieja.  
La publicación del informe coincidió con  
los momentos finales de la “minería de huesos.  
A inicios de 1873 se produjeron nuevos hallazgos  
en la capital palentina, que son referidos por las  
memorias oficiales (Estadística minera, 1873: 89)  
y por Ricardo Becerro de Bengoa (1874: 72-75).  
Pero se puede decir con casi total seguridad que  
el año 1873 debió ser el último en el que tuvieron  
lugar hallazgos arqueológicos de relieve debidos  
a la rebusca de restos óseos. Principalmente, por-  
que las series estadísticas muestran que duran-  
te los años 1874-1876 esa actividad disminuyó  
de manera drástica, un descenso ya anunciado  
por la falta en varias poblaciones palentinas de  
jornaleros dispuestos a dedicarse a ella durante  
los años de 1872 y 1873. Como si de su canto del  
cisne se tratara, una colección compuesta por va-  
rios centenares de objetos arqueológicos recupe-  
rados durante las rebuscas de huesos, pertene-  
ciente a Pablo Aragón Nieto, fue presentada en  
la Exposición Nacional de Bellas Artes celebrada  
en Madrid en octubre de 1873. Con posteriori-  
dad, la colección sería adquirida por el Museo  
Arqueológico Nacional, donde aún se conserva,  
si bien las deficiencias documentales con las que  
el conjunto fue reunido dificulta en grado sumo  
contextualizar arqueológicamente las piezas que  
lo componen.  
En lo referente a su ámbito geográfico, la  
práctica de la “minería de huesos” alcanzó a diversas  
provincias españolas, pero su epicentro estuvo en la  
Tierra de Campos, territorio nuclear de la antigua  
cultura vaccea. Sobre todo, tuvo un particular desa-  
rrollo en la provincia de Palencia, lugar donde más  
parece haber llamado la atención y del cual proce-  
den la mayoría de los datos conocidos. Después, hay  
una información relativamente abundante sobre la  
provincia de Valladolid. De otras circunscripciones  
sólo restan noticias muy difusas. Amalio Gil Maes-  
tre indica de manera parca su extensión a Aragón y  
Navarra (Estadística minera, 1870: 71). José Amador  
de los Ríos indica que ya en 1870 había alcanzado la  
provincia de Salamanca. Vilanova y Piera es uno de  
72  
roBerto Matesanz gasCón  
Fig. 9. Localidades en las que se indican actividades de “minería de huesos” (elaboración del autor).  
los autores que refiere el hallazgo de grandes depó-  
sitos de huesos en los alrededores de Ávila, aunque  
sin mencionar de manera explícita su explotación  
económica (1872: 221). Gil Maestre refiere el hallaz-  
go de hachas de piedra pulimentada en depósitos  
óseos de la sierra de Cervera, con total verosimilitud  
aludiendo al territorio burgalés, aunque sin aportar  
mayores precisiones. En lo referente a la provincia  
de León, se mencionan actividades en Sahagún y en  
Astorga. A su vez, la colección de Pablo Aragón Nieto  
adquirida por el Museo Arqueológico Nacional inclu-  
ye piezas etiquetadas como procedentes de Villama-  
ñán. Pero su adscripción a la provincia de Palencia y  
la presentación conjunta de dichas piezas con otras  
procedentes de Palenzuela, plantean la duda de si  
los objetos no procederán en realidad de la pobla-  
ción de Villahán, limítrofe con la anterior. En la mis-  
ma colección, la concisa alusión a una Quintanilla  
burgalesa no permite identificar en cuál de las di-  
ferentes poblaciones de la provincia de Burgos que  
portan este nombre, ni tampoco por qué medios, se  
hallaron los objetos así etiquetados. Por otro lado,  
tanto Becerro de Bengoa como la Estadística minera  
incluyen como punto principal de explotación la lo-  
calidad zamorana de Benavente.  
En conjunto, las anteriores constituyen men-  
ciones ambiguas a explotaciones de las que por ahora  
apenas sabemos algo más. La provincia de Palencia  
y, en menor medida, la de Valladolid, proporcionan  
la mayoría de los lugares de explotación conocidos.  
Pero incluso en estos casos, entraña a veces cierta  
dificultad identificar en qué localidades se desarrolló  
esa actividad económica de subsistencia. Así, Bece-  
rro de Bengoa alude a la existencia de una minería  
de huesos en la población palentina de Itero. Se trata  
probablemente de Itero de la Vega, próxima a Melgar  
de Yuso, pero no podemos descartar por completo  
que la actividad mencionada por Becerro tuviera lu-  
gar en Itero Seco, localidad perteneciente a la misma  
provincia.  
73  
En los orígenes de la arqueología vaccea: el impacto de la "minería de huesos"  
Fig. 10. Cantidad de hueso exportado en el año 1870 y lugares de origen (Estadística minera, 1870: 73).  
A veces, la consulta directa de los informes ofi-  
ciales sí permite clarificar ciertas referencias. Así, en  
la Estadística minera del año 1870 se menciona la ex-  
plotación de depósitos de huesos en «los Melgares».  
Y aunque Barril Vicente y Pérez Rodríguez (2012: 195,  
nota 7) creen que el término “Melgares” se puede es-  
tar aplicando a Melgar de Arriba, a Melgar de Abajo o  
a Melgar de Yuso, es evidente que en el caso de este  
informe oficial se está aludiendo tan sólo a las loca-  
lidades vallisoletanas de Melgar de Arriba y Melgar  
de Abajo, pues en la tabla estadística las localidades  
mencionadas se agrupan claramente por áreas geo-  
gráficas y esos “Melgares” se relacionan junto a Me-  
dina de Rioseco, Villarramiel y Villalón, lo cual excluye  
la posibilidad de que se esté aludiendo a Melgar de  
Yuso. Además, como veremos a continuación, la ex-  
plotación de hueso de mina en esta última población  
no parece que alcanzara un gran volumen, mientras  
que esos “Melgares” son incluidos entre los depósitos  
que mayor cantidad de materia ósea aportaron. Asi-  
mismo, su agrupación junto a Osorno y Alar del Rey  
permite descartar una presunta alusión a Herrera de  
Valdecañas o a Espinosa de Cerrato, por ejemplo, en  
favor de Herrera de Pisuerga y de Espinosa de Villa-  
gonzalo, respectivamente.  
de la rebusca de huesos, Ricardo Becerro de Bengoa  
(1888) enumerará las localidades en que se desarrolló  
la actividad en orden decreciente de material extraí-  
do y desagregando las diversas poblaciones, pero sin  
indicar los volúmenes de hueso de mina explotados  
en cada una de ellas. En la tabla incluye todas las po-  
blaciones palentinas en las que el propio Becerro de  
Bengoa registra actividad de minería de huesos, salvo  
Melgar de Yuso e Itero, de lo cual cabe deducir que,  
si no se trata de una omisión involuntaria, en estas  
dos localidades esa actividad debió de alcanzar una  
envergadura no demasiado grande. Lugares mencio-  
nados en otras fuentes (Olleros y Baltanás) no son in-  
cluidas por Becerro de Bengoa, luego también cabe  
presuponer en ellas una escasa actividad extractora.  
En cuanto a la naturaleza de la actividad, con  
carácter general la extracción de “hueso seco” pro-  
porcionó un escaso rendimiento a los individuos de-  
dicados a ella, a costa en ocasiones de graves riesgos  
físicos. Fueron las adversas circunstancias económi-  
cas del período que se inicia en el año 1866 las que  
hicieron que numerosos trabajadores y sus familias  
recurrieran a esa actividad como medio de subsisten-  
cia. Hasta entonces, la búsqueda de “hueso seco” era  
realizada tan sólo por algunos de los miembros más  
menesterosos de la sociedad, quienes, ya desde los  
inicios de la década, rebuscaban y vendían los restos  
óseos que ocasionalmente aparecían en abundancia  
como consecuencia de la ejecución de infraestructu-  
ras tales como la estación de ferrocarril en Palencia.  
Sólo desde 1866 y, en especial, a partir de 1868, la  
sequía y la crisis económica condujeron a muchos  
jornaleros desprovistos de trabajo a recoger el hue-  
so diseminado por los campos. Pero las excavaciones  
como aquellas que en 1870 se desarrollaban en el co-  
razón de la Tierra de Campos no tenían otro objeto  
que conseguir «una modestísima ganancia» (De los  
Ríos y Serrano, 1870b: 10) o, dicho más crudamente  
aún, «poder comer».  
En la provincia de Valladolid, junto a «los Mel-  
gares» la actividad de la minería de huesos se desa-  
rrolló también en Peñafiel, Medina de Rioseco, Villa-  
lón y Padilla de Duero. De hecho, aunque de manera  
hasta cierto punto anecdótica, alcanzó también a la  
capital provincial.  
El volumen de hueso de mina explotado hacia  
1870 en cada localidad es referido de manera equí-  
voca en el informe estadístico de ese año, pues al  
mismo tiempo que se indica que las localidades de  
Carrión de los Condes, Palenzuela, «Melgares» y Pa-  
lencia son las que mayor cantidad han dado, se in-  
cluye una tabla que desmiente ese aserto (Estadística  
minera, 1870: 72-73). Tras finalizar el período de auge  
74  
roBerto Matesanz gasCón  
Estadística minera (1870: 73)  
Becerro de Bengoa (1888: 34)  
Palencia  
Palencia y sus alrededores (654)  
Palenzuela (400)  
Palenzuela  
Benavente (350)  
Benavente  
Medina de Rioseco, Villarramiel, Villalón y los Melgares (350)  
Osorno, Alar, Espinosa y Herrera (200,4)  
Carrión de los Condes y sus cabeceras (200)  
Paredes de Nava (118)  
Carrión de los Condes  
Medina de Rioseco  
Villarramiel  
Villalón  
Villada (60)  
Paredes de Nava  
Osorno  
Cisneros (30)  
Espinosa  
Alar  
Cisneros  
Herrera  
Villada  
Tabla I. Volumen de explotación de hueso de mina por localidades en orden decreciente (entre paréntesis, toneladas de hueso extraído).  
La miseria padecida hizo que, cuando los hue-  
sos hallados a ras de tierra se agotaban o escasea-  
ban, se procediera a continuar su búsqueda practi-  
cando rudimentarias excavaciones. Los propietarios  
de los terrenos no parecen haber impedido que los  
más necesitados profundizasen en sus suelos bus-  
cando restos óseos, con la única condición de que  
después rellenasen las perforaciones y galerías rea-  
lizadas. Pero el evidente peligro que revestían estas  
actividades, en las que también participaban niños y  
mujeres, en ocasiones se materializó de forma dra-  
mática. En su carta de 4 de junio de 1870 publicada  
en El Norte de Castilla, Vicente Pascual denunciaba  
cómo en Melgar de Abajo cuatro mujeres, de las  
cuales la mayor apenas contaba 24 años de edad,  
buscando huesos para «poder comer» con el pro-  
ducto de su venta, perecieron sepultadas al hundir-  
se el terraplén de la excavación que habían hecho.  
Asimismo, el médico refería cómo habían acaecido  
otras desgracias menores en la localidad y cómo él  
mismo había conminado a otros buscadores a aban-  
donar y derribar las cuevas en las que se metían  
dado el riesgo que ello entrañaba. Por otro lado, el  
12 de julio de 1870 el corresponsal de El Norte de  
Castilla en Paredes de Nava, Agustín P. Cantalapie-  
dra, refería al periódico que debido a las búsquedas  
de hueso que se realizaban en el pago de La Ciudad,  
con las cuales algunos intentaban «cubrir las necesi-  
dades mas imperiosas de la vida», había que lamen-  
tar «las desgracias de tres jóvenes, ocasionadas por  
la imprevisión de su corta edad.».  
económica que, en esencia, se desarrolló al margen  
de algo equiparable a un mercado regulado. Incluso  
cuando el producto obtenido de su venta es mencio-  
nado en estadísticas oficiales, no es fácil extraer datos  
exactos, pues esos informes suelen ser ambiguos y,  
además, incorporan tanto inexactitudes como erra-  
tas, pudiendo obtenerse de ellos tan sólo tendencias  
genéricas susceptibles de ser articuladas en series  
temporales pero, aun así, de incierta precisión. Por  
ejemplo, citando cifras que le habían sido proporcio-  
nadas por el secretario de la Junta de Agricultura de  
Palencia, Juan Vilanova y Piera afirmaba que en total  
se comercializaron en esa provincia 30 millones de  
kilos de hueso viejo y reciente, por los cuales se paga-  
ron 100 000 pesetas (1880: 596, nota 1). Sin embargo,  
basándose en la estadística oficial Becerro de Bengoa  
(1888) indicaba que la cantidad de hueso explotado  
no había llegado en total a los 15 millones de kilos.  
Asimismo, la estadística minera del año 1871 indica  
que tan sólo en este año el hueso comercializado en  
Palencia representó un valor de 358 480 pesetas. Por  
otro lado, las cifras procedentes de la Junta de Agri-  
cultura de Palencia suponen un precio medio de 0,33  
pesetas por 100 kg de hueso. Sin embargo, las esta-  
dísticas mineras y los estudios de Becerro de Bengoa  
indican que desde 1860 hasta que la actividad prác-  
ticamente vino a desaparecer, el precio más bajo  
pagado por esa cantidad de hueso equivalió a 1,53  
pesetas. El propio Becerro de Bengoa indica como  
precio más elevado una cantidad equivalente a 7,82  
pesetas/100 kg. Para visibilizar el magro rendimiento  
proporcionado por esas rebuscas, cabe señalar que  
durante esos mismos años, el índice nacional del pre-  
cio del trigo en España, medido mensualmente, osciló  
entre 18,32 y 34,37 pesetas el hectolitro.  
Lógicamente, las noticias que conocemos so-  
bre el precio alcanzado por el “hueso de mina” son  
muy imprecisas y, en no pocas ocasiones, contradic-  
torias, dado el carácter adventicio de una actividad  
75  
En los orígenes de la arqueología vaccea: el impacto de la "minería de huesos"  
Fig. 11. En azul el índice nacional de precios del trigo en España, mes de junio, en pesetas/hl. (a partir de Barquín Gil, 1999: anexo 3.2) y en  
rojo el precio del hueso comercializado en Palencia, en pesetas/100 Kg (estimaciones aproximadas).  
El carácter paupérrimo de la rebusca de hue-  
sos fue la causa de que esta actividad pronto dejara  
de desarrollarse a gran escala. Anastasio Rojo atribuyó  
su decadencia en Castilla la Vieja a la importación de  
guano sudamericano (Rojo Vega, 1989: 197). Irónica-  
mente, de ser esto cierto el uso del guano como abo-  
no no sólo habría contribuido a mejorar la producti-  
vidad agraria en España, sino también a preservar su  
patrimonio arqueológico. Sin embargo, el abandono  
de la “minería de huesos” se debió en realidad a otros  
factores. Ya en 1872 el hueso seco sólo seguía sien-  
do explotado en función de la cantidad de braceros  
disponibles. Pese al interés mostrado por algún co-  
leccionista de antigüedades en que las excavaciones  
continuaran, estas ya habían disminuido mucho y se  
carecía de mano de obra para realizarlas en los Melga-  
res, Carrión de los Condes, Paredes de Nava y Palen-  
cia. Al año siguiente, la gran mayoría del hueso seco  
comercializado había sido recogido a ras de tierra, ha-  
biéndose abandonado para entonces las excavaciones  
hechas en años anteriores, las cuales, se indicaba de  
manera certera, no volverían a hacerse «hasta tanto  
que venga un año malo y falten á los trabajadores los  
jornales del campo.» (Estadística minera, 1873: 89).  
En definitiva, fue sobre todo la mejora de las condi-  
ciones laborales en el campo castellano, provocada  
por el fin de la sequía y de la crisis económica, la que  
finiquitó el amplio desarrollo del que gozó de manera  
efímera la así llamada “minería de huesos.  
extraída en España para su exportación durante el si-  
glo xix. No sólo gran parte del material recuperado  
quedó al margen de toda referencia escrita, sino que,  
cuando existen, tanto los informes oficiales como las  
referencias historiográficas suelen proporcionar da-  
tos muy ambiguos, agregando cifras de manera muy  
imprecisa. Por un lado, a menudo no especifican a  
qué territorio concreto se refieren las cifras aporta-  
das, o bien incluyen dentro del distrito de Palencia el  
resultado de explotaciones vallisoletanas o zamora-  
nas, aunque tampoco nos consta que todo el produc-  
to de estas engrosara las cifras palentinas. Por ejem-  
plo, no sabemos qué porcentaje de las 40 000 arrobas  
de hueso (casi medio millón de kg) que ya en 1872  
habían sido extraídas en Las Quintanas, según dijeron  
a José Martí y a Eduardo Orodea los vecinos de Padi-  
lla de Duero, fue computado alguna vez en términos  
estadísticos, ni tampoco cómo. Otro inconveniente  
es que los informes oficiales no suelen desglosar la  
respectiva cantidad de “hueso de mina” y de “hueso  
granado” que fue comercializada.  
Tan sólo contamos con datos aproximados  
que podemos considerar como sistemáticos para el  
territorio palentino. La serie más completa del volu-  
men de hueso exportado desde la provincia de Pa-  
lencia, abarcando los años 1862-1875, es proporcio-  
nada por Ricardo Becerro de Bengoa (1888: 34-35),  
pues los informes estadísticos mineros sólo propor-  
cionan datos numéricos para el período 1862-1873.  
Dejando al margen dos insignificantes divergencias  
que afectan a los años 1863 y 1872 y que bien pue-  
den atribuirse a sendas erratas, la única discrepancia  
En lo referente al volumen global de la explo-  
tación, por el momento no estamos en condiciones  
de precisar la cantidad de “hueso de mina” que fue  
76  
roBerto Matesanz gasCón  
Año  
1862  
1863  
1864  
1865  
1866  
1867  
1868  
1869  
1870  
1871  
1872  
1873  
1874  
1875  
TOTAL  
Becerro de Bengoa  
8,671  
Informes estadísticos mineros  
8,671  
5,175  
5,176  
18,400  
18,400  
56,959  
1089,671  
2857,750  
2518,500  
3369,500  
2583,440  
4400  
56,959  
1089,671  
2857,750  
2518,500  
3369,500  
2583,440  
1652,336  
354,372  
221,357  
10,650  
354,327  
221,357  
-
2
-
14748,782  
Fig. 12. Becerro de Bengoa (1888): toneladas de hueso extraídas por año.  
Tabla II. Toneladas de hueso extraídas (Palencia).  
en la serie afecta al año 1871: mientras que Becerro  
de Bengoa computa en este año una explotación de  
1 652 336 kg de hueso, la estadística minera señala  
que la misma se elevó en ese ejercicio a unos des-  
comunales 4 400 000 kg. Cuatro años más tarde, la  
explotación comercial de restos óseos había decaído  
hasta el punto de indicarse que: «La exportación de  
huesos ha sido casi nula en el referido año» (Estadís-  
tica Minera, 1875: 81). Asimismo, Becerro de Bengoa  
indica que a partir de 1876 no se verificó extracción  
alguna de hueso «que merezca consignarse.» (1888:  
35). El cómputo total de las cifras aportadas por Be-  
cerro de Bengoa para el período 1862-1875 se ele-  
va a 14 748 782 kg de hueso. Sin embargo, según el  
secretario de la Junta de Agricultura de Palencia por  
aquella época, sr. Palacio, durante estos años se co-  
mercializaron tan sólo en esta provincia 30 millones  
de kilos de hueso, entre viejo y reciente (Vilanova y  
Piera, 1880: 596, nota 1).  
En lo que afecta a su impacto patrimonial, con-  
secuencia inmediata de la “minería de huesos” fue  
que permitió acceder al conocimiento de numerosos  
yacimientos y bienes arqueológicos, los cuales pasa-  
ron así al acervo intelectual de arqueólogos, historia-  
dores y otros eruditos. Por desgracia, para el patrimo-  
nio arqueológico de la cuenca media del Duero supuso  
también el saqueo y la alteración estratigráfica, total o  
parcial, de numerosos yacimientos. En su inmensa ma-  
yoría, los objetos hallados desaparecieron en el mer-  
cado de antigüedades y, cuando, de forma mediata o  
inmediata, ingresaron en museos públicos, lo hicieron  
de manera descontextualizada, lo cual les ha privado  
de gran parte de su valor para todo análisis histórico  
actual. Sin embargo, los hallazgos realizados contribu-  
yeron a fomentar la conciencia de que era necesario  
implementar con fuerza los que por entonces eran  
proyectos museográficos oficiales apenas incipientes.  
Asimismo, que el desarrollo de esta singular actividad  
de subsistencia tuviera lugar en el momento en el que  
los museos arqueológicos empezaban a constituirse  
en España y que sus hallazgos acabaran recalando en  
coleccionistas privados, en museos públicos, o pri-  
mero en los unos y luego en los otros, ha permitido  
tejer, aunque a duras penas, algunas de las redes de  
intercambio por las cuales circularon esos bienes, las  
cuales han permitido hacer diversas aproximaciones  
al fenómeno del coleccionismo decimonónico (véase  
Wattenberg García, 2011 para el caso vallisoletano; o  
Barril Vicente y Pérez Rodríguez, 2012, para el palenti-  
no). Por otro lado, aunque el episodio sirvió para que  
diferentes instituciones (en especial, las Reales Acade-  
mias y las comisiones provinciales de monumentos)  
prestaran su atención a los yacimientos descubiertos,  
El impacto de la “minería de huesos”  
sobre el patrimonio arqueológico  
del valle medio del Duero  
Por desgracia, frente a la escasa, pero con todo exis-  
tente, documentación que alude al impacto sobre el  
patrimonio arqueológico que tuvieron las rebuscas  
de huesos en lugares como Melgar de Abajo, Paredes  
de Nava, Palencia o Padilla de Duero, de otros mu-  
chos lugares no resta en ese sentido la más mínima  
documentación, pudiéndose avanzar por el momento  
tan sólo algunas conclusiones de tipo genérico.  
77  
En los orígenes de la arqueología vaccea: el impacto de la "minería de huesos"  
de septiembre de 2014). Logrosán: Ayuntamiento de  
Logrosán y SEDPGYM, pp. 87-104.  
este atractivo fue pasajero. Su espectacularidad y ex-  
tensión no fue capaz de generar un clima de interés lo  
suficientemente fuerte como para que se implemen-  
taran programas de estudio consistentes, mucho me-  
nos para que se les dotara de los recursos económicos  
que aquellos hubieran precisado. En un breve lapso  
de tiempo, los hallazgos realizados por los “buscado-  
res de huesos” cayeron en el olvido de esas mismas  
instituciones, en cuyas actas y documentos sólo muy  
esporádicamente y de manera tangencial volverán a  
ser mencionados en lo sucesivo. En última instancia,  
el fin espontáneo de la actividad contribuyó a preser-  
var los yacimientos arqueológicos que aún no habían  
sido expoliados en mayor medida que un Estado que  
se mostró inerme para defender adecuadamente su  
patrimonio arqueológico.  
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Recibido: 15-02-2021  
Aceptado: 12-05-2021