45 Resumen De las creencias y prácticas religiosas de los vacceos no es mucho lo que conocemos en la actualidad, debido en parte a que los textos clásicos son escasos en referencias y a que las excavaciones arqueológicas, que son nues-tra principal fuente de conocimiento, no han sido especialmente fértiles en este tipo de información. La mayor parte de los aspectos religiosos de los vacceos (tales como sus deidades, santuarios urbanos y rurales, rituales, prácticas mágicas, etc.) son desconocidos. Sí tenemos la certeza, no obstante, de su proclividad a la realización de cultos estrechamente vinculados con la naturaleza, en sintonía con los de las religiones célticas en general, donde las propias deidades estaban asociadas al mundo natural: a la luna, a las estrellas, al sol simbolizado en esvásticas o en las denominadas “barcas solares”, a animales simbólicos como el caballo, el lobo, el jabalí, el toro, la serpiente, los ánades o el buitre. Palabras clave: Creencias y prácticas religiosas, cultura vaccea, Edad del Hierro, valle medio del Duero, España. About the religious beliefs and practices of the V accaean peoples Abstract About the religious beliefs and practices of the Vaccaean peoples our information is not extensive because the texts of the classical authors are very shorts and, by the other hand, the archaeological excavations at cities and cemeteries also have their limitations. Many aspects of the Vaccaean religion (such their deities, the urban and rural sanctuaries, the rituals, the magical practices, and so on) are terra incognita for us. But almost we know the emphasis on nature cults that they had, conform to Celtic religion, characterized by pluralism, in which the deities are frequently associated with the word of nature: moon, stars, solar symbols as swastikas or the “solar barques”, symbolic animals as horse, wolf, boar, bull, snake, aquatic birds, vulture. Key words: Religious Beliefs and Practices, Vaccaean Culture, Iron Age, Mid-Duero Valley, Spain. Juan Francisco Blanco García Universidad Autónoma de MadridDepartamento de Prehistoria y Arqueología Vaccea Anuario, 14 (2021), pp. 45-58 (ISSN: 2659-7179)
46 Queremos empezar este trabajo señalando algunos aspectos preliminares que nos parecen importantes para enfocar adecuadamente tan complejo tema de estudio como es el de la religiosidad de un pueblo de la Antigüedad. En primer lugar, es necesario decir que uno de los campos de conocimiento menos accesible de las culturas del pasado es el de la religión, enten-dida ésta como un conjunto de creencias y prácticas, más o menos sistematizadas, que permiten al ser humano interpretar el mundo que le rodea y la posi-ción que ocupa en el mismo. Tan cierto es esto como que no todas las culturas están en la misma situación de cara a su conocimiento por parte del estudioso, de manera que se pueden establecer varios niveles. En un extremo, la religiosidad de las sociedades del Mundo Antiguo mejor conocidas, como son las me-sopotámicas, la egipcia, la griega o la romana, nos es accesible en virtud de la abundante documentación escrita que ellas mismas nos han legado (panteones divinos, cosmogonías, mitos, leyendas, prácticas ri-tuales y mágicas, calendario de fiestas religiosas, disposiciones económicas y jurídicas de contenido religioso …), así como de su rica producción artísti-ca (esculturas, relieves, pinturas murales, toréutica, exvotos y figurillas de cerámica, pinturas vasculares, marfiles …), sin olvidar tanto la arquitectura religiosa (templos, santuarios …) como la funeraria (mauso-leos, hipogeos …). Incluso con tan extenso legado, ge-neralmente recuperado a través de las excavaciones arqueológicas, en todas ellas siempre existen lagunas de conocimiento debido a la enorme complejidad que encierra el tema religioso, pues a veces las cosas no son como parecen y fruto de ello surgen sensibles diferencias entre los investigadores ante unas mismas evidencias.En el extremo opuesto se encuentran aquellas culturas que, como la vaccea, no nos han dejado documentación escrita por su condición de ágrafas, tampoco los escritores clásicos han sido prolíficos en datos sobre este aspecto de la vida de los ocupan-tes del centro del Duero, su producción artística es, además de escasa, críptica y polisémica, de muy baja intensidad ―e incluso más que esto cabría hablar de lo que se conoce como arte menor de carácter arte-sanal―, a lo que debemos sumar que poco o nada sabemos sobre sus posibles espacios dedicados a los cultos comunitarios y menos aún sobre cómo era vi-vida la religiosidad por cada estrato social, pues entre las élites ciudadanas y las clases inferiores debieron de existir ciertas diferencias. Además, hemos de con-templar la posibilidad de que existiera cierto grado de heterogeneidad, que pudieron existir variaciones de unas comarcas a otras y entre unas ciudades y otras, de considerar que el territorio vacceo abarca unos 50.000 km 2 y son varias decenas de ciudades las que englobaba.Al hilo de todo esto, y en segundo lugar, tan distinta situación entre ambos extremos tiene im-portantes consecuencias en un aspecto fundamen-tal para conocer la religiosidad de un pueblo con un sentido dinámico, como algo vivo que está en continuo proceso de cambio: el cronológico. Mien-tras en aquellas religiones que cuentan con abun-dantes fuentes de información es posible trazar una aproximación de cómo evolucionaron a lo lar-go del tiempo, que influencias recibieron o sobre qué otras influyeron, en las escasas en datos al in-vestigador no le queda más remedio que presentar un panorama general en el que se ve empujado a englobar varios siglos, a construir una especie de “foto fija”, además muy borrosa, en la que queda oculta, por impenetrable, una realidad histórica que se adivina compleja y rica en matices y singu-laridades. A esta segunda situación responde nues-tro caso vacceo.En tercer lugar, hemos de suponer que en la so-ciedad vaccea, como en todas las de la Antigüedad y aquellas otras que la Antropología denomina “de pequeña escala”, “primitivas actuales” o “de tecno-logía simple”, no debió de existir distinción alguna entre lo natural y lo sobrenatural, entre los actos se-culares de la vida cotidiana y los orientados a pedir la ayuda de entes y fuerzas que están fuera de la ex-periencia de esa vida cotidiana. Es decir, en estas so-ciedades precientíficas lo natural y lo sobrenatural, lo cotidiano y lo extraordinario están tan inextrica-blemente entrelazados, a diferencia de cómo se ven estos asuntos en nuestras sociedades actuales, que Fig. 1. Lobo en perspectiva cenital aplicado en el hombro de una tinaja de Rauda (fotografía de C. Sanz).
47 resulta imposible para cualquier estudioso deslindar con nitidez ambas esferas.Un aspecto más a tener en cuenta se refiere al hecho de que en la investigación de la religiosidad de las poblaciones de la Hispania céltica, y ante la falta en muchas ocasiones de datos propios, tradicional-mente se ha venido haciendo uso del método com-parativo. Esto es, se ha echado mano de informacio-nes y evidencias constatadas en la Céltica europea e insular como recurso científicamente admisible, pero esto es un arma de doble filo, ya que, por un lado, cierto es que nos da un marco general de re-ferencia que nos permite construir hipótesis que el tiempo se encargará de verificar arqueológicamente o derribar a medida que la investigación vaya avan-zando, pero, por otro, corremos un alto riesgo de es-tar importando ideas y prácticas que fueron ajenas a la religiosidad de esas poblaciones. Además, es un método que podría restarnos la capacidad de estar atentos a las peculiaridades locales y regionales, que sin duda debieron de existir. La propia convención, por ejemplo, de presentarnos al lobo en perspectiva cenital, tan ampliamente registrada en las ciudades vacceas, no tiene parangón en ninguna otra entidad céltica hispana y menos aún en las del otro lado de los Pirineos (fig. 1).En lo que la investigación sí está de acuerdo de manera generalizada es en que buena parte de las creencias y prácticas religiosas de todas estas poblaciones prerromanas giraría en torno a princi-pios vitales básicos como la fertilidad de personas, campos y ganados, la salud y la enfermedad, el na-cimiento, el parto, la protección del individuo, de la familia y de los bienes ante cualquier amenaza, sin olvidar que también estaría relacionada con los ci-clos agrarios, con el mantenimiento del orden social, los pactos de amistad, la guerra, el tránsito al Más Allá, el culto a los antepasados y, por supuesto, con fenómenos naturales de todo tipo: tormentas, eclip-ses, inundaciones, etc. Con este trasfondo, hemos de reconocer que para el caso vacceo, al igual que para el celtibérico, el vetón o el carpetano, nos resul-ta más fácil acercarnos a los aspectos externos de la religiosidad, a su materialidad, es decir, a las ofren-das funerarias, a los objetos cerámicos de posible uso en el ritual (kernoi, clepsidras, tintinnabula…), a las imágenes de posible contenido religioso o a los espacios en los que pudieron realizarse cultos, que a las creencias que los han dado origen y los envuelven.Ya para finalizar estos aspectos, un par de cues-tiones más. La primera de ellas afecta a nuestros métodos y técnicas de obtención de la información, y es que no se puede olvidar que hubo de existir en-tre los vacceos, como en las demás sociedades de la Antigüedad, todo un conjunto de elementos, que estando presentes en las ceremonias y rituales reli-giosos, cuya existencia nos resulta difícil de probar a través de la práctica arqueológica. Veamos unos ejemplos. Algunos de esos rituales muy posible-mente se acompañaron con instrumentos sonoros (música de flauta, agitación de sonajas, tintineo de En torno a las creencias y prácticas religiosas de los vacceos Fig. 2. Friso simbólico pintado en una jarra de Las Quintanas-Pintia, formado por aves, árbol de ramas rematadas en cabezas zoomorfas y discos solares (Centeno et al., 2003).
48 los tintinnabula, percusión…), con cantos y toda una parafernalia escénica, pero nada podemos asegurar. Cabe la posibilidad también de que se quemaran plantas aromáticas para crear mediante sensaciones olfativas un ambiente de alteridad psicológica que facilitara el contacto con las divinidades y las fuerzas sobrenaturales, lo mismo que ocurriría con el con-sumo de bebidas alcohólicas, hecho éste que sí está constatado en Pintia y que se remonta en el ámbito circunmediterráneo al menos al Neolítico, pero esta-mos en la misma situación. Y puede, en tercer lugar, que destacadas personas de la comunidad hicieran uso de atuendos especiales en las ceremonias que, por supuesto, no se han conservado ni sus restos físicos ni sus representaciones en la iconografía, al igual que los posibles objetos de madera, fibra ve-getal o animal que hubieran podido utilizar como instrumentos asociados a los actos rituales. En re-lación con estas carencias, y viendo cómo en otros ámbitos de la Europa céltica y del Mediterráneo se tienen constatados, hemos de pensar en la posible existencia de pinturas corporales e incluso de tatua-jes de carácter mágico-religioso con las que algunos individuos vacceos se engalanarían, de modo pun-tual con ocasión de algún acto litúrgico o de manera permanente en el caso de los tatuajes.La segunda ya no es de carácter técnico, sino más bien de interpretación histórica. Desde hace años venimos defendiendo que las gentes de las aldeas y granjas soteñas no son más que los ancestros de los vacceos históricos. Vacceos en un nivel de desarro-llo económico, político y social menos evoluciona-do, pero vacceos a fin de cuentas. En este sentido, el caso de la Cauca del Hierro II, desarrollada a partir de una pequeña aldea del Hierro I, es bastante ilustra-tivo, como también lo son, por ejemplo, los de Cué-llar, Rauda o Las Quintanas de Valoria la Buena. Pues bien, y por lo que al tema aquí tratado se refiere, es de sentido común pensar que parte de la mentalidad religiosa de los vacceos del Hierro II hunde sus raíces en la de esos ancestros. La misma presencia en nu-merosos enclaves soteños de materiales de prestigio orientalizantes (La Mota, Cauca, Cuéllar…), parte de los cuales eran portadores de contenidos de carácter religioso, puede que modificara en algunos aspectos sus prácticas religiosas y esto, a su vez, pudo haber dejado algún poso en la religiosidad de sus descen-dientes. En relación con este asunto, pero situándo-nos ahora en el extremo cronológico opuesto, hemos de pensar que la religiosidad vaccea debió de conser-var mucha fuerza durante el siglo I d. C. y parte del siguiente. Indicios arqueológicos no faltan. Pero éste, el de la pervivencia y el proceso de sincretización que experimentó con la religiosidad romana, es otro de los aspectos más desconocidos de su religiosidad, concretamente de la religiosidad de los vacceos que ya viven en el marco de la administración y la ideolo-gía romanas. Las fuentes de información Al ser la vaccea, como ha quedado dicho, una sociedad ágrafa, en la que la transmisión de los conocimientos de unas generaciones a otras se realizaba por vía oral, carecemos por completo de información escrita ge-nerada por ella misma, desde dentro, situación que no se ve compensada por los escritores clásicos, cu-yas referencias, además de muy escasas, presentan dos problemas: están escritas por autores que se ex-presan con categorías mentales muy diferentes a las que operaban entre los vacceos y, en segundo lugar, a veces los textos que manejamos han sido escritos si-glos después de los momentos en los que ocurrieron los hechos que narran, aunque estén basados en es-critores precedentes, lo cual es un problema añadido. De época romana también, en algunas inscripciones y grafitos hallados, más que en territorio vacceo pro-piamente dicho, en poblaciones fronterizas, sí que se pueden rastrear datos que quizá tuviesen proyección en la mentalidad religiosa de los vacceos, dentro de ese contexto de pervivencia de elementos culturales indígenas en el Alto Imperio (Blanco, 2016). En este caso se encontrarían, por ejemplo, los posibles teóni-mos Eburianus de una inscripción de Sepúlveda o el Nemedo Augusto escrito en una de las paredes de la Cueva de La Griega en Pedraza (Blanco y Barrio, 2010: 37). Igualmente, las Matres que aparecen en cierta inscripción de Duratón, aunque no hay unanimidad en cómo debería ser leída, podría remitir en la región a la tríada de deidades femeninas de honda tradición en la Edad del Hierro céltica. La segunda fuente de información es la arqueo-lógica, en su doble vertiente de evidencias iconográ-ficas, por un lado, y espacios sacros (lugares al aire libre especialmente significativos, santuarios domés-ticos, necrópolis), por otro. La iconografía que en diversos soportes (cerámico, metálico, óseo, pétreo) hemos ido obteniendo en las excavaciones constitu-ye una documentación de primera mano, generada por los mismos vacceos, pero muy difícil de manejar debido a que por sí misma no es lo explícita que de-searíamos, ya que parte de ella puede ser puro deco-rativismo y, cuando sospechamos que detrás hay un mensaje, nos faltan herramientas para descodificar el Fig. 3. Cuchillo de hoja curva miniaturizado con extremo proximal anular, posible amuleto, hallado en Cauca (fotografía de J. F. Blanco).
49 lenguaje simbólico utilizado, ante lo cual, para no ce-rrar ninguna opción, se admite el carácter polivalente de muchas imágenes (fig. 2). Todo esto desemboca en el hecho de que cada elemento iconográfico, esté contextualizado o no, requiere ser interpretado por el investigador, y ahí está el problema: nunca tendre-mos la seguridad de que estamos haciendo las inter-pretaciones correctas porque el hilo conductor entre los vacceos y nosotros se rompió hace dos mil años y ningún texto viene en nuestro auxilio. Incluso la ico-nografía de época romana que se halla presente en los monumentos epigráficos (ruedas solares, esvásti-cas, crecientes, etc.), en la que se pueden reconocer claras raíces indígenas, no está exenta de dificultades interpretativas porque los fenómenos de convergen-cia cultural fueron una realidad.Los espacios cultuales en los que se expresaba una parte de la religiosidad de los vacceos, como son las necrópolis, además de escasos en número, tam-poco nos resultan más accesibles que la iconografía. Son realidades tangibles (una tumba, unas estructu-ras arquitectónicas…) que en virtud de determinadas características físicas y de los materiales con ellas aso-ciados nos indican que allí se llevaron a cabo activida-des de carácter religioso. Y de nuevo a partir de aquí entran en juego las interpretaciones, más o menos acertadas, del estudioso. Magia y religión En todas las sociedades las prácticas mágicas siem-pre han estado muy ligadas a la religión, incluso en las religiones más desarrolladas. Un cristiano que, por ejemplo, se protege del mal haciendo la señal de la cruz está invocando a la divinidad mediante un acto de protección mágica de carácter individual. Porque, como decían E. B. Taylor y E. Durkheim a comienzos del siglo pasado, la magia la practican los individuos para alcanzar fines privados, bien para ellos mismos o para otros individuos, a diferencia de la religión, que es una fuerza social, colectiva, enfocada a la obten-ción de logros comunitarios mediante la puesta en marcha de ritos establecidos y aceptados por el con-junto de la sociedad.Reconocer indicios de prácticas mágicas en el seno de la sociedad vaccea a través de las fuentes escritas o de los materiales arqueológicos es una tarea difícil, subjetiva y, por ello, siempre cuestionable. Dejando al margen cuanto de invocación mágica pudieran tener las posibles danzas que en las puertas de sus casas rea-lizaran en las noches de plenilunio en honor a un dios innominado, dato este que refiere Estrabón (III, 4, 16) para los celtíberos y sus vecinos del norte pero que tal vez practicaran también los vacceos, por ahora sólo nos atrevemos a sospechar que determinados materiales arqueológicos exhumados en sus poblados y necrópo-lis podrían tener una función profiláctica. Empezando por los objetos de adorno personal, muy posiblemente tuvieron función mágica de protección individual al-gunos colgantes, como cierto cuchillito miniaturizado de hoja curva hallado en Cauca (fig. 3) ―aunque no sabemos con exactitud si procede de Los Azafranales, el casco urbano o el barrio de Cuesta del Mercado―, Fig. 4. Zoomorfo en perspectiva cenital de hueso, procedente de Cauca (fotografía del autor). Fig. 5. Tapadera de horno culinario de Las Quintanas-Pintia, fabricada en cerámica, con decoración de lobo en perspectiva cenital (fotografía de C. Sanz). En torno a las creencias y prácticas religiosas de los vacceos
50 que tienen su correlato en las falcatas miniaturizadas halladas en sepulturas y santuarios ibéricos. Similar función de amuleto pudo haber tenido un pequeño zoomorfo representado en perspectiva cenital y fabri-cado en hueso, que se halló en 1971 en esta misma ciudad (Blanco, 2018: 186-187, fig. 3, 116) (fig. 4); y al-gunas fíbulas zoomorfas, como las de lobo halladas en Pintia y Cauca, quizá marcadoras al mismo tiempo de pertenencia a un grupo social destacado.En un ámbito diferente al del adorno personal, carácter mágico debieron de tener igualmente, por ci-tar otros tres ejemplos, la tapadera de barro pintiana con la que se cerraba la boca de un horno doméstico en cuya superficie externa se modeló un esquemático zoomorfo en perspectiva cenital, si bien la protección debió de ir enfocada a los alimentos que en ese horno eran cocinados (Centeno et al., 2003: 80, figs. 5 y 10) (fig. 5); los zoomorfos, unos modelados y pegados en el hombro de la vasija y otros cumpliendo la función de asas, que vemos en el llamado “vaso de los Lobos” de Rauda, que protegerían el contenido (quizá trigo, harina, pan …) del recipiente (Abarquero, 2006-2007); o los tintinnabula de barro, en este caso a través del tintineo producido por las anillas, con el que quizá se trataba de ahuyentar a los malos espíritus (Sanz et al., 2018) (fig. 6).Sin duda, las prácticas mágicas en el mundo vacceo debieron de ser mucho más ricas y diversas que lo que simplemente atisbamos a través de los pocos obje-tos referidos en los dos párrafos anteriores. Debió de existir, por ejemplo, una magia curativa de la que no nos han llegado evidencias arqueológicas; una magia relacionada con el clima, del que tanto dependería una buena cosecha, etc. Las divinidades Si hay un aspecto de la religiosidad de los vacceos más falto de información, lo cual nos empuja a mirar a nuestro alrededor, próximo y no tan próximo, ése es el relativo a los seres divinos a los que se rendía culto y en cuyos poderes se confiaba para obtener protec-ción individual, familiar y comunitaria. Para empezar, ni siquiera sabemos si contaron con un “panteón” en el que cada divinidad (guerrera, acuática, funeraria, relacionada con el mundo productivo…) tenía una función propia, o bien existió un gran dios plurifuncio-nal, aunque adoptara un nombre diferente para cada función. Por otro lado, no se han conservado nom-bres indígenas de divinidades en territorio vacceo, ni siquiera en epígrafes de época romana salvo, quizá, las Duillae citadas en dos inscripciones de Palencia (fig. 7) y puede que representadas en otro monumen-to funerario en altorrelieve, según interpretación de L. Curchin (2004: 177). En opinión de F. Beltrán y B. Díaz (2007: 34), como las Duillae sólo están constata-das en territorio vacceo, se trataría de la advocación propiamente vaccea de las Matres, y con su mismo carácter triple.A pesar de tan desesperante situación, algo sí podemos arañar en la documentación escrita. Cuan- Fig. 7. Ara dedicada a las Duillae (fotografía del Museo de Palencia). Fig. 6. Tintinnabula de Las Ruedas-Pintia (Sanz et al., 2018).
51 do en el año 151 a. C. el senado de Cauca acepta y da cumplimiento a las duras condiciones impuestas por Lúculo para evitar ser atacados pero acto seguido éste masacra a la población, los caucenses invocan a la fides y a los dioses testigos de los pactos (Appiano, Iber., 52), lo cual quiere decir que debieron de exis-tir otros dioses con otras funciones. Puede que esos dioses caucenses de los pactos que Appiano silen-cia fueran los que aparecen citados en los bronces I y IV de Botorrita (Zaragoza): los Tokoitei, teónimo relacionado con Togoti, Togae, Tongo, todos ellos derivados del radical céltico *tong- “jurar”, aunque no sabemos si en el centro del Duero su nombre fue parecido a estos, que seguramente sí ―pues se trata de un teónimo que se fue trasladando desde el valle del Ebro hacia Extremadura, pasando por la mese-ta (Arenas Esteban y López Romero, 2010: 162)―, o diferente. Como tampoco nos han transmitido las fuentes con qué nombre los vacceos designaban a la luna, tan importante en el mundo celta al contar el tiempo por noches en lugar de por días, a pesar de que Appiano (Iber., 82) pudo haber dejado cons-tancia escrita cuando comenta cómo los de Pallantia dejaron de guerrear con las tropas de Emilio Lépido en 137/136 a. C. al producirse un eclipse de luna que interpretaron como señal divina, pero lamentable-mente no lo hizo. Poco es, como se ve, lo que de los textos clási-cos se puede sacar, y no mucho más de la iconogra-fía vaccea, cuyo lenguaje es tan ambiguo y poliédrico como el del resto de pueblos célticos. Aunque en la mentalidad religiosa de las poblaciones celtas no se dio cabida a la representación de los dioses más que en época muy tardía y por influencia de la religión ro- Fig. 8. Pozo Airón (Navas de Oro, Segovia) (SIGPAC Castilla y León).Fig. 9. Cabeza de ánade con decoración incisa, procedente de Cuéllar (fotografía de J. Barrio). En torno a las creencias y prácticas religiosas de los vacceos
52 mana, generalmente se admite que a través de de-terminados animales como el caballo, el toro, el lobo, el jabalí o la serpiente, por ejemplo, se hace visible la divinidad y en ellos se manifiestan aspectos de su esencia como la bondad en unos casos, la agresivi-dad en otros, la fuerza viril, la potencia fecundadora, etc. (Green, 1989 y 1992). Las imágenes de caballos, lobos, ciervas o ánades, entre otras, son numerosas en la iconografía vaccea, y además, aparecen en todo tipo de objetos y representadas con todo tipo de téc-nicas, pero deslindar cuáles tienen significación reli-giosa por su posible asociación a una divinidad y cuá-les no, resulta muy difícil. Y lo mismo se puede aplicar a determinados símbolos habituales en la iconografía vaccea, como el sol o la esvástica, que en muchas ocasiones son vinculados con Lug, divinidad pancél-tica de carácter solar, puesta en relación también, por cierto, con el caballo, pero que en nuestro caso nada hay que lo demuestre. Como tampoco nada de-muestra que, al igual que ocurría en las ciudades del Mediterráneo oriental y central, cada ciudad vaccea tuviera su deidad protectora. Esto es algo de lo que ni siquiera tenemos constancia en las desarrolladas ciudades ibéricas, tan influidas culturalmente por el mundo urbano del Mediterráneo. Un último apunte: cabe la posibilidad de que, al igual que en la Celtiberia, entre los vacceos existiera el culto a Deo Aironi, divinidad acuática de carácter salutífero de origen celta que pervive en época ro-mana. Muchos son los pozos naturales, fuentes y la-gunas que en la actualidad tienen el topónimo Airón en ambas submesetas (Lorrio, 2007), y en el espacio vacceo encontramos un Pozo Airón en Navas de Oro (Segovia), situado en el territorio político-económico de Cauca, en dirección a Cuéllar. En su entorno inme-diato, sin embargo, no tenemos constancia de que existan restos materiales de la segunda Edad del Hie-rro (fig. 8). Los espacios sagrados y los ritos En el mundo vacceo no se conoce, por ahora, ningún espacio arquitectónico que, en virtud de los materia-les arqueológicos en él recuperados, podamos identi-ficar con un templo o santuario de carácter comunita-rio. Bien es cierto que las excavaciones efectuadas en las ciudades vacceas están lejos de que las podamos aplicar el calificativo de extensas e intensas y quizá aquello que decían César y Tácito sobre otras pobla-ciones celtas como galos y germanos de que no eran proclives a representar a sus divinidades y encerrarlas en templos se pueda aplicar también a los vacceos, aunque esto podría cambiar si se confirmara que cierto recinto cuadrangular detectado por fotografías aéreas extramuros de Pintia (fig. 10) fuese, como se Fig. 10. Vista aérea del posible santuario extramuros de Las Quintanas-Pintia (Sanz et al., 2003).
53 viene proponiendo, un posible espacio de carácter ritual (Sanz et al., 2003: 62-63, fig. 12) similar a los existentes en el norte de Francia y Alemania (Cunli-ffe, 2018: 294-295, fig. 11.12), o si, con el tiempo, en alguna ciudad vaccea se descubrieran materiales ar-quitectónicos tan singulares como los recuperados en el lugar riojano de El Villar (Bobadilla) (Romero y De Pablo, 2019), quizá relacionados con un santuario por su singularidad. Mientras esto no ocurra, nos vemos abocados a contemplar la posibilidad de que, como en la Céltica europea, los espacios sagrados destina-dos a los cultos comunitarios fueran puntos singulares del medio natural cuya significación viniera marcada por la existencia de un claro en el bosque (nemeton), un árbol centenario (encina, roble, pino) (fig. 11), un peñasco, un promontorio rocoso, una cueva, una la-guna, un manantial, la confluencia de dos ríos …, todo lo cual sería propio de un “primitivismo naturalista” bien caracterizado por la antropología cultural. Asu-miendo la carencia absoluta de evidencias arqueoló-gicas a este respecto, pues, como se puede compren-der, de los posibles árboles significativos nada queda hoy día, sí disponemos de candidatos a haber tenido la condición de lugares sagrados en los alrededores de las ciudades vacceas porque en la actualidad pue-den ser identificados geográficamente: los cerros de Pajares y Las Pinzas junto a Pintia, el gran manantial de Los Cinco Caños o la confluencia del Eresma y el Voltoya al pie de Cauca, cualquiera de los cerros del entorno de Pallantia/Palencia, remansos del Pisuerga junto al Soto de Medinilla, algún pronunciado cantil del páramo cuellarano o la antigua laguna de la Nava en las proximidades de "La Ciudad" de Paredes de Nava. En puntos no tan próximos a las ciudades, can-didatos tampoco faltan, como el peñasco denomina-do El Botón (fig. 12), situado en el límite meridional del territorio de Cauca, en todo similar a los Cantos de los Responsos estudiados por M. Almagro-Gorbea (2006). Seguramente era en estos lugares sagrados o en instalaciones urbanas donde, entre otros, se cele-brarían los pactos de hospitalidad entre dos comuni-dades o entre una comunidad y un grupo de descen-dencia, las ceremonias y ritos habituales (de paso, de integración, expiatorios), las alianzas matrimoniales exógenas, etc. Si de los lugares en los que cabe la posibilidad de que se desarrollaran cultos comunitarios no podemos ir más allá de la pura especulación, algo sí se puede decir relacionado con los cultos domésticos. Vamos a referirnos brevemente a tres casos, por orden de importancia. En las excavaciones efectuadas por J. Barrio en la zona III de La Plaza del Castillo de Cuéllar salieron a la luz los restos de una habitación de unos 40 m 2 que tenía una plataforma elevada en el centro, a modo de hogar, y dos poyetes exentos (¿bancos, va-sares?) cuyos zócalos estuvieron pintados de rojo (Ba-rrio, 2002). Fechado en el siglo V a. C., pertenece por tanto al poblado II, a esos ancestros de los vacceos clásicos a los que al principio nos hemos referido. En su interior se recuperó un numeroso conjunto de ma-teriales, parte de los cuales avalan la consideración como espacio cultual, simbólico, de la estancia. Esos Fig. 12. El Botón (Balisa, Segovia). Bolo granítico cuya consideración sagrada quizá se remonte a época prerromana (fotografía de A. Carrera). Fig. 11. Árbol centenario (foto del Catálogo de Árboles Monumentales de Castilla y León). En torno a las creencias y prácticas religiosas de los vacceos
54 materiales son: una clepsidra de barro (fig. 13), varios cuencos con decoración a peine en cuyos interiores se conservaban restos de colorante rojo (óxido de hierro), vasos de cocina hechos a mano, otros a torno importados del área ibérica (tanto rojos como grises), soportes de barro, pesas de telar, molinos de piedra y diversos fragmentos de hierro.El segundo caso nos lleva a Montealegre (Valla-dolid), concretamente a la casa n.o 3 de las exhuma-das en las excavaciones de 2008-2010 realizadas por el equipo de M. Retuerce (Blanco et al., 2011). No se trata de un posible santuario como en Cuéllar, sino simplemente de una alacena, banco o poyete de ba-rro situado en la esquina de una habitación, entre dos muros, donde reposaban la urna cineraria de un gue-rrero ―huesos lavados, dos canicas, un regatón, un trozo de la empuñadura de un puñal o una espada de hierro y otros fragmentos del mismo metal― junto a otro vaso completo (Blanco, 2020: 87-90, figs. 12-16). Fechado hacia comienzos del I a. C., muy posiblemen-te éste era un rincón en el que se realizaban cultos de carácter doméstico para rememorar a un familiar vinculado con la guerra.Y en la misma tónica de culto doméstico a un guerrero apunta el numeroso conjunto de materiales funerarios ―27 piezas en total, entre vasos de cerá-mica a mano y a torno, armas de hierro y fusayolas,