19
Resumen
Se ofrece una revisión del asentamiento de Landecastro, en Torre de Peñafiel (Valladolid), a la luz de nuevos hallazgos de ca-
rácter cultual y de la interpretación del asentamiento habida cuenta las características de distribución y densidad de materia-
les en superficie. Asimismo, se establecen las relaciones con el asentamiento del cerro de Pajares, del que se ofrecen nuevos
testimonios materiales e interpretaciones, con el que comparte una comunicación directa por distancia e intervisibilidad.
Finalmente, se analiza la territorialidad de la ciudad de
Pintia
en relación a su potencialidad de terrazgo, para concluir que
asentamientos como Pajares y Landecastro son parte de dicho
oppidum
y exponentes de la expansión en baja época, siglos II-I
a. C., de la campiña vaccea a los valles del Duratón y Botijas. A la presencia de algunas viviendas campesinas que evitaran des-
plazamientos cotidianos a las tierras de cultivo, cabe plantear también la probable existencia en esos lugares, junto con otros
como el alto de Las Pinzas, de santuarios con una funcionalidad complementaria de agregación cultural, social y territorial.
Palabras clave
:
Edad del Hierro, vacceos,
oppidum
, territorio de explotación, agricultura, santuario, falo.
Abstract
In light of new findings concerning the cult and the interpretation of the settlement, given the characteristics of distribution
and density of materials, a review of Landecastro settlement, located in Torre de Peñafiel, is offered. Sharing a direct commu-
nication for distance and interviewing with the settlement of Cerro de Pajares ― from which new material testimonies and
interpretations are offered –, the relationships between one and the other are also established. Finally, the territoriality of the
city of
Pintia
is analyzed in relation with its potential of sown, to conclude that settlements such as Pajares and Landecastro
are part of this
oppidum
and exponents of low-term expansion, centuries II-I a. C., from the Vaccean countryside to the valleys
of Duratón and Botijas. In addition to the presence of some peasant homes that could avoid everyday displacements to the
crop fields, it is also possible to contemplate the probable existence in those places, along with others such as the High of the
Las Pinzas, of sanctuaries with a complementary functionality of cultural, social and territorial aggregation.
Key
words
:
Iron Age, vaccaean people, oppidum, farmland, agriculture, sanctuary, phallus.
Carlos Sanz Mínguez
Universidad de Valladolid
Centro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg
Vaccea Anuario,
14 (2021), pp. 19-43 (ISSN: 2659-7179)
20
Fig. 1. Situación y distancias entre los emplazamientos de Las Quintanas, Las Pinzas (Curiel de Duero), Pajares (Padilla de
Duero) y Landecastro (Torre de Peñafiel). A partir de imagen LIDAR del Instituto Geográfico Nacional de España.
21
Los vacceos mostraron un temprano desarrollo ur-
bano en el contexto de la Edad del Hierro del inte-
rior peninsular, desde al menos el siglo IV a. C. Ge-
neralización de la metalurgia del hierro aplicada a
la producción de aperos, campiñas más productivas
con mayor disponibilidad de alimentos y crecimien-
to demográfico, unido a otras transformaciones de
orden social y político más difíciles de aprehender
desde una perspectiva arqueológica o de las exiguas
fuentes escritas a ellos referidas (
v. gr.
Sánchez Mo-
reno, 2010), desembocaron en un nuevo horizonte
cultural que transformará el modelo de poblamiento
de aldeas pequeñas y dispersas de la primera Edad
del Hierro de la cultura del Soto de Medinilla, en otro
concentrado, configurado por grandes urbes, propia-
mente las primeras ciudades de nuestra historia, con
varios miles de habitantes.
Hablamos de un modelo de poblamiento de
verdaderas ciudades-estado, separadas entre sí por
una o dos jornadas de camino y con grandes «vacíos
vacceos» entre ellas (Sacristán, 1989), vacíos que no
son sino aparentes, ya que lejos de ser espacios yer-
mos, constituyen el extenso territorio de explotación
propiamente dicho, configurado por campos de cul-
tivo, pastos, monte, viales, canteras, santuarios, etc.,
sin el cual no sería posible el sostenimiento de estas
aglomeraciones nunca antes vistas. Faltan en este pa-
trón poblacional las aldeas satélites menores depen-
dientes del
oppidum
principal, pero esto no sucede en
términos absolutos. Para asentamientos tan impor-
tantes como la
Pallantia
del río Arlanza (Palenzuela) se
han propuesto núcleos menores adjuntos como Taba-
nera y Valdecañas (Sacristán, 2010: 155, y 2011: 214),
e incluso algunos más como Los Paredones (Villaviu-
das), El Rabanillo (Baltanás), La Huelga/El Pesquerón
(Herrera de Valdecañas), todos ellos al norte de Verta-
villo, entre Palenzuela y Tariego de Cerrato (Abarque-
ro y Palomino, 2006: 103). Si en el Cerrato palentino
se producen tales circunstancias, no es menos cierto
que también sucede en otros espacios como Tierra de
Campos, en lugares como los tres asentamientos con-
secutivos, en la margen derecha del río Sequillo, de
Villagarcía de Campos (menos de 5 ha), Tordehumos
(1,3 ha y a 6 km del anterior) y Medina de Rioseco (de
mayor entidad, a 12,6 km de Tordehumos) (Sacristán
et al
., 1995: 348; Justo, 2019: 79).
Pues bien, para el caso de
Pintia
creemos que,
además del asentamiento de Pajares, el de Landecas-
tro, en Torre de Peñafiel, debió de ser un centro de-
pendiente del bañado por el Duero. Previamente nos
parece conveniente hacer algunas puntualizaciones
sobre ciertas cuestiones referidas al
oppidum
vacceo,
como su extensión. En el caso de
Pintia
si pensamos
de manera exclusiva en su hábitat interior a la mu-
Fig. 2. Vista aérea de
Pintia
(Sanz
et al
., 2003: 51, fig. 3).
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
22
ralla, estaríamos hablando de unas veinte hectáreas,
pero si, por el contrario sumamos otras zonas extra-
muros, incluso alejadas, el tamaño aumenta conside-
rablemente.
Antes de valorar esta cuestión, en el caso de
Pintia
existe además otro factor complementario que
es necesario tener en cuenta: la dinámica erosiva
del meandro sobre el que se situó la ciudad. Sabe-
mos que el río Duero se ha podido encajar de cinco a
diez metros en su cauce en los dos mil últimos años
(Calonge, 1995: 531), pero a través de la fotografía
aérea observamos con claridad que la parte externa
del meandro, por su mayor velocidad y turbulencia, y
en consecuencia capacidad erosiva, fue mordiendo el
terreno hasta el punto de que las dos manzanas situa-
das al norte del
decumano
perdieron buena parte de
su superficie (fig. 2). En este sentido llama la atención
otra imagen aérea en la que podemos contemplar el
cierre septentrional de la muralla, de aspecto masi-
vo pero además configurado como una especie de
tajamar, precisamente en la zona más activa, como
decimos, del meandro (fig. 3). Un poco más abajo, la
combinación de este desmantelamiento con el delta
formado por los aportes del arroyo de Pajares o de la
Vega, acabarían configurando con el paso de los tiem-
pos la terraza de Las Huertas, inexistente en tiempos
vacceos. En consecuencia, pudieron perderse entre
dos y tres hectáreas del recinto intramuros como con-
secuencia de la acción erosiva del Duero.
El padre Alejandro Recio descubrió un nuevo
yacimiento vacceo a raíz de la plantación de viñedo
en Carralaceña, en término de Pesquera de Duero, en
la orilla derecha del río Duero, en la contraria por tan-
to a la ciudad de Las Quintanas; del mismo nadie es-
tableció un vínculo directo con
Pintia
, salvo de forma
implícita por la referencia a la existencia de un vado
natural que conectaría en su época ambas orillas, y
solo tras las excavaciones posteriores de los restos es-
tructurales de varios hornos alfareros se constituyó
como parte del
oppidum
(Escudero y Sanz, 1993: 471-
472); así pues, la separación entre ambos yacimientos
viene dada tan solo por el río Duero, una distancia
mínima que aunque hoy marca una separación por el
embalsado permanente del agua (tras la construcción
de la central hidroeléctrica de La Josefina en los años
cuarenta del siglo pasado), en su día dispuso de vado
natural que facilitaría el contacto de ambas orillas y,
en suma, permite entender que las 8 ha estimadas
del asentamiento de Carralaceña han de ser sumadas
al espacio de hábitat de la
Pintia
indígena
2
.
A poco más de tres kilómetros al noroeste
3
,
se encuentra el alto de las Pinzas, de Curiel de Due-
ro (fig. 4). Este espectacular farallón de piedra cali-
za, cuyas paredes alcanzan una verticalidad de unos
cincuenta metros de altura, debió de constituir una
peña sacra para los vacceos de
Pintia
y a buen seguro
la ciudad tomaría su nombre de esta referencia to-
pográfica (Repiso, 2017) con asentamientos desde el
Calcolítico (Delibes, 2003: 32-33). Su imagen al atar-
decer se ve realzada por la incidencia del sol ponien-
te, convirtiéndose en una referencia insoslayable de
presencia evocadora. A sus pies discurre, además,
una importante vía transversal al valle del Duero, el
Camino Real Aragonés y desde su cima se consigue
un gran dominio visual.
Lamentablemente, en las Pinzas no se cono-
cen evidencias directas de ocupación o uso durante la
segunda Edad del Hierro, tal vez como consecuencia
de la gran alteración que ha sufrido este enclave: a los
eremitorios visigodos que configuraron un complejo
de estancias, pasadizos y almacenes, deben sumarse
el atractivo permanente que este lugar ha ejercido
a lo largo de los tiempos (expresado en grabados y
grafitos de distintos momentos) y mantiene en el pre-
sente, pero también, y sobre todo, la fuerte erosión
natural a la que están sometidos estos cortados, con
desprendimientos de grandes bloques que todavía
pueden observarse en su base. Se han conservado
numerosos grabados asimilables al mundo eremítico
visigodo, pero no contamos con ningún tipo de ins-
cripción que, como en el caso de Peñalba de Villastar,
pudiera dar testimonio del culto allí desarrollado y de
su época (Marco Simón, 1986; Burillo Mozota, 1997),
si bien el carácter ágrafo de la sociedad vaccea parece
que haría difícil que sobre los paredones de este re-
lieve se hubiera plasmado epigrafía alguna, a no ser la
latina. Con todo, este lugar constituiría referencia de
pertenencia inequívoca para las gentes de
Pintia
, con
cierta omnipresencia cuando se levanta la vista sobre
el horizonte
4
.
En el cerro de Pajares, localizado unos dos
kilómetros al sur de Las Quintanas, sí encontramos
al menos restos vacceos y aquí podemos entender,
sin ambages, que este emplazamiento constituyó
Fig. 3. Detalle del cierre de la muralla en su sector septentrional.
23
parte del mismo
oppidum
. No parece, con todo,
que este asentamiento fuera relevante desde un
punto de vista demográfico o espacial, reduciéndo-
se probablemente a algunas escasas viviendas en
su ladera sur.
Si progresamos aguas arriba del Duratón, a
unos nueve kilómetros de Pajares localizamos el asen-
tamiento de Landecastro (Torre de Peñafiel), como
último bastión vacceo en este valle antes de aden-
trarnos en territorio arévaco y alcanzar el yacimiento
de Los Sampedros (San Miguel de Bernuy, Segovia)
(Blanco, 2020). ¿Landecastro, a trece kilómetros del
enclave del llano, constituiría parte de la ciudad de
Pintia
o, por el contrario, debería ser interpretado
como centro independiente? (fig. 1). Previamente a
manifestarnos al respecto, resulta procedente pro-
fundizar un poco más en la configuración y naturaleza
de este asentamiento y su relación con el de Pajares.
1.
Cerr
o
de
Pajares
(Padilla
de
Duero)
Se sitúa a poco más de dos kilómetros al sur de Padilla
de Duero y queda configurado como un cerro testigo,
que alcanza una cota máxima de 831 m s.n.m., desga-
jado de la línea de páramo del valle excavado desde
Langayo y Manzanillo por el arroyo de La Vega o Paja-
res. Ciñe este cauce por el sur y el este, formando un
ángulo recto, la base del promontorio.
Hemos conocido esta elevación muy erosiona-
da como consecuencia de su deforestación y, proba-
blemente también, de la eliminación de su cobertera
calcárea y exposición de los niveles margosos-yesí-
feros infrayacentes a los agentes erosivos. A finales
del siglo XX se procedió a abancalar sus laderas para
realizar plantación de pinos alepos o carrascos que,
ciertamente, han prosperado poco desde entonces.
En cualquier caso, no parece probable que
existiera caserío en la cima, por cuanto los vientos
dominantes la azotan con intensidad, aunque en la
ladera sur y dejando unos pocos metros la cota más
elevada, la protección que ahí se logra pudo permitir
fundar alguna estructura, como parece corresponder-
se con una mayor densidad de fragmentos cerámicos,
siempre escasos, y de cantos rodados de cuarcita su-
bidos con algún fin desconocido (fig. 5: 2b).
Hace tiempo defendimos que en su zona cul-
minante suroccidental debió de beneficiarse un relie-
ve calcáreo de más de dos metros de espesor, en la
que todavía hoy se identifica una especie de frente en
L como perfil de explotación antrópico (fig. 5: 2a; fig.
6: 1b y 3b), pudiendo suponerse que en el resto de la
cima ese estrato pétreo hubiese desaparecido en re-
lación con la extracción de estas calizas en época vac-
cea y, tal vez también, en un momento medieval. Por-
que precisamente en la falda sur y antes de alcanzar
la zona más baja del valle, entre las cotas 790 y 780
m s.n.m., se configura una pequeña meseta, actual-
mente plantada de viñedo, en cuyo borde meridio-
nal existen todavía hoy unos lienzos de mampostería
muy degradados (Mañanes, 1979: 105)
5
, correspon-
dientes a una ermita (fig. 6: 1c y 2c), con mención do-
cumental del 1360 (Martínez Díez, 1983: 391) y que
todavía parecía mantenerse en pie a finales del siglo
XVIII según se muestra en un croquis de Peñafiel y su
entorno debido a Tomás López (Moral Daza, 2014: 27
y 31) (fig. 7).
La dependencia de Pajares con respecto del
asentamiento principal de
Pintia
está fuera de toda
duda y ha sido señalada de forma reiterada (Sanz y
Escudero, 1995; Sanz 1997: 464; Calonge, 1995: 537;
Sacristán, 2010: 138), pero no en una idea de «jerar-
quización de hábitat, sino como partes físicamente
separadas de un mismo poblado» (Sacristán
et al
.,
1995: 362). Dadas las particulares condiciones del
asentamiento pintiano en llano, en una zona panta-
nosa, la atalaya de Pajares habría cumplido funciones
de cerro vigía, al tiempo que posible cantera extracti-
va de lajas calizas empleadas para señalizar las tum-
bas de la necrópolis de Las Ruedas, pero tal vez pudo
realizar otras más, según veremos.
Los primeros materiales publicados de este
asentamiento se deben a José David Sacristán (1986:
fig. 2), quien los interpreta como testigos de una cel-
tiberización temprana, a tenor de ciertos perfiles y
decoración bícroma con tonos vinosos que asimila a
los momento iniciales de la extensión del torno por la
meseta Norte. Idea recogida también por San Miguel
Maté (1993: 57) al incluir este asentamiento como ca-
racterístico del momento «vacceo inicial».
Fig. 4. Vista de la peña sacra de Las Pinzas
(Curiel de Duero) desde El Cujón.
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
24
Prácticamente al tiempo, con motivo de la ela-
boración primero de nuestra memoria de licenciatura
y luego de nuestra tesis doctoral, realizamos en los
años ochenta y noventa del siglo pasado varias pros-
pecciones y recogidas de materiales, a lo que debería-
mos sumar numerosas excursiones hasta el presente,
animados por su proximidad a Padilla de Duero y por
el mero placer de subir sus asequibles laderas y dis-
frutar de las vistas que desde allí se obtienen tanto
del valle del Duero como del Duratón (fig. 10).
Fig. 5. El cerro de Pajares. 1. Vista desde Landecastro, en primer plano Torre de Peñafiel. 2. Detalle del fotograma del vuelo americano
(IGNE) de Pajares: a. Frente de explotación de la cantera de calizas; b. Área más abrigada con concentración de evidencias arqueológicas.
1
2
a
b
25
Fig. 6. Diversas vistas del cerro de Pajares: desde el SE (1), restos de la ermita (2 y c), afloramiento calcáreo en la cima (3 y b), Padilla de Duero
(a) y castillo de Peñafiel (d).
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
1
2
3
c
b
b
a
a
d
c
26
Fruto de tales frecuentaciones es una colec-
ción de restos materiales vacceos que se combinan
con algunos romanos y medievales
6
. Valoraremos de
manera conjunta todos ellos (un poco menos de un
centenar de fragmentos cerámicos), independiente-
mente de su momento o responsabilidad de recogida.
Cabe señalar en primer lugar que entre los
materiales recuperados (figs. 8 y 9) destacan las ce-
rámicas torneadas finas anaranjadas, con pintura
precocción en óxidos de manganeso (tonos oscuros)
o de hierro (tonos vinosos) y también con color blan-
co, que afecta no solo al exterior del recipiente sino
también a la parte interna del labio o del borde. Entre
los motivos decorativos documentamos semicírculos
concéntricos, rombos reticulados, grupos de líneas
horizontales rectas o sinuosas, también rectas verti-
cales que separan metopas de doble hacha
o labrys
y bandas anchas de tonos vinosos. Las pastas son de
color anaranjado, pero no faltan otras de un barro
blanco e incluso rosado, sobre todo entre los reci-
pientes exvasados-caliciformes.
Hemos querido representar gráficamente la
casi totalidad de la muestra para intentar desentra-
ñar qué tipos de recipientes (formas y tamaños) y en
qué proporciones comparecen en este asentamiento.
Con las debidas cautelas, por cuanto algunos bordes
pueden resolver de manera diversa el desarrollo de
los perfiles de sus cuerpos, hemos creído poder iden-
tificar al menos unas doce formas distintas (para fa-
cilitar la comprensión de las mismas a partir de los
fragmentos, en ambas figuras hemos incluido en la
base, cuando ha sido posible, las formas completas
documentadas en el yacimiento del llano, en
Pintia
).
No entraremos al detalle de cada una de ellas, pero sí
nos interesa destacar la abundante presencia de re-
cipientes exvasados de tipo caliciforme (fig. 8: 9-35,
grupo 4) y en segundo lugar de las copas o escudillas,
según el desarrollo de su pie, con cuerpo bajo y tendi-
do resuelto en borde vertical ligeramente engrosado
(fig. 9: 48-59, grupo 8). Además, ambos grupos resul-
tan de una gran estandarización en cuanto al tamaño
(utilizamos el diámetro en boca): por lo que respecta
al grupo 4, la mayoría (17) oscila entre 16 y 18 cm (fig.
8: 9-25), con algunos ejemplares minoritarios (3) que
alcanzan entre 19 y 22 cm (fig. 8: 26-28); por lo que
atañe al grupo 8, ocho ejemplares miden de 20 a 22
cm (8) (fig. 9: 49-57) y uno 18 cm (fig. 9: 48).
Ya con menor presencia constatamos también
cuencos de borde ligeramente reentrante con el labio
engrosado y vuelto (fig. 8: 40 a 44, grupo 6), jarros de
pico (fig. 8: 45-47, grupo 7), vasos con asa diametral
de tipo cesta (fig. 8: 3, grupo 3), botellas de cuello
poco desarrollado (fig. 8: 7, grupo 2), pequeñas bote-
llas de perfil lenticular de boca de seta (fig. 9: 62, gru-
po 9), vasitos de perfil lenticular con borde reentrante
y labio engrosado (fig. 9: 65, grupo 10), vasos de perfil
bitroncocónico y borde vuelto (fig. 9: 63, grupo 11)
y también recipientes de perfil bitroncocónico de ca-
rena alta y borde muy reentrante, de gran capacidad
(fig. 9: 65-71, grupo 12) para el almacenaje (de 25 cm
de diámetro en boca para fig. 9: 71), además de al-
gunos fragmentos de más difícil reconstrucción (fig.
8: grupo 5).
Si las anteriores categorías formales hacían
referencia a la cerámica fina anaranjada, en el gru-
po 13 quedan englobadas las denominadas cerámi-