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Resumen
Se ofrece una revisión del asentamiento de Landecastro, en Torre de Peñafiel (Valladolid), a la luz de nuevos hallazgos de ca-
rácter cultual y de la interpretación del asentamiento habida cuenta las características de distribución y densidad de materia-
les en superficie. Asimismo, se establecen las relaciones con el asentamiento del cerro de Pajares, del que se ofrecen nuevos
testimonios materiales e interpretaciones, con el que comparte una comunicación directa por distancia e intervisibilidad.
Finalmente, se analiza la territorialidad de la ciudad de
Pintia
en relación a su potencialidad de terrazgo, para concluir que
asentamientos como Pajares y Landecastro son parte de dicho
oppidum
y exponentes de la expansión en baja época, siglos II-I
a. C., de la campiña vaccea a los valles del Duratón y Botijas. A la presencia de algunas viviendas campesinas que evitaran des-
plazamientos cotidianos a las tierras de cultivo, cabe plantear también la probable existencia en esos lugares, junto con otros
como el alto de Las Pinzas, de santuarios con una funcionalidad complementaria de agregación cultural, social y territorial.
Palabras clave
:
Edad del Hierro, vacceos,
oppidum
, territorio de explotación, agricultura, santuario, falo.
Abstract
In light of new findings concerning the cult and the interpretation of the settlement, given the characteristics of distribution
and density of materials, a review of Landecastro settlement, located in Torre de Peñafiel, is offered. Sharing a direct commu-
nication for distance and interviewing with the settlement of Cerro de Pajares ― from which new material testimonies and
interpretations are offered –, the relationships between one and the other are also established. Finally, the territoriality of the
city of
Pintia
is analyzed in relation with its potential of sown, to conclude that settlements such as Pajares and Landecastro
are part of this
oppidum
and exponents of low-term expansion, centuries II-I a. C., from the Vaccean countryside to the valleys
of Duratón and Botijas. In addition to the presence of some peasant homes that could avoid everyday displacements to the
crop fields, it is also possible to contemplate the probable existence in those places, along with others such as the High of the
Las Pinzas, of sanctuaries with a complementary functionality of cultural, social and territorial aggregation.
Key
words
:
Iron Age, vaccaean people, oppidum, farmland, agriculture, sanctuary, phallus.
Carlos Sanz Mínguez
Universidad de Valladolid
Centro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg
Vaccea Anuario,
14 (2021), pp. 19-43 (ISSN: 2659-7179)
20
Fig. 1. Situación y distancias entre los emplazamientos de Las Quintanas, Las Pinzas (Curiel de Duero), Pajares (Padilla de
Duero) y Landecastro (Torre de Peñafiel). A partir de imagen LIDAR del Instituto Geográfico Nacional de España.
21
Los vacceos mostraron un temprano desarrollo ur-
bano en el contexto de la Edad del Hierro del inte-
rior peninsular, desde al menos el siglo IV a. C. Ge-
neralización de la metalurgia del hierro aplicada a
la producción de aperos, campiñas más productivas
con mayor disponibilidad de alimentos y crecimien-
to demográfico, unido a otras transformaciones de
orden social y político más difíciles de aprehender
desde una perspectiva arqueológica o de las exiguas
fuentes escritas a ellos referidas (
v. gr.
Sánchez Mo-
reno, 2010), desembocaron en un nuevo horizonte
cultural que transformará el modelo de poblamiento
de aldeas pequeñas y dispersas de la primera Edad
del Hierro de la cultura del Soto de Medinilla, en otro
concentrado, configurado por grandes urbes, propia-
mente las primeras ciudades de nuestra historia, con
varios miles de habitantes.
Hablamos de un modelo de poblamiento de
verdaderas ciudades-estado, separadas entre sí por
una o dos jornadas de camino y con grandes «vacíos
vacceos» entre ellas (Sacristán, 1989), vacíos que no
son sino aparentes, ya que lejos de ser espacios yer-
mos, constituyen el extenso territorio de explotación
propiamente dicho, configurado por campos de cul-
tivo, pastos, monte, viales, canteras, santuarios, etc.,
sin el cual no sería posible el sostenimiento de estas
aglomeraciones nunca antes vistas. Faltan en este pa-
trón poblacional las aldeas satélites menores depen-
dientes del
oppidum
principal, pero esto no sucede en
términos absolutos. Para asentamientos tan impor-
tantes como la
Pallantia
del río Arlanza (Palenzuela) se
han propuesto núcleos menores adjuntos como Taba-
nera y Valdecañas (Sacristán, 2010: 155, y 2011: 214),
e incluso algunos más como Los Paredones (Villaviu-
das), El Rabanillo (Baltanás), La Huelga/El Pesquerón
(Herrera de Valdecañas), todos ellos al norte de Verta-
villo, entre Palenzuela y Tariego de Cerrato (Abarque-
ro y Palomino, 2006: 103). Si en el Cerrato palentino
se producen tales circunstancias, no es menos cierto
que también sucede en otros espacios como Tierra de
Campos, en lugares como los tres asentamientos con-
secutivos, en la margen derecha del río Sequillo, de
Villagarcía de Campos (menos de 5 ha), Tordehumos
(1,3 ha y a 6 km del anterior) y Medina de Rioseco (de
mayor entidad, a 12,6 km de Tordehumos) (Sacristán
et al
., 1995: 348; Justo, 2019: 79).
Pues bien, para el caso de
Pintia
creemos que,
además del asentamiento de Pajares, el de Landecas-
tro, en Torre de Peñafiel, debió de ser un centro de-
pendiente del bañado por el Duero. Previamente nos
parece conveniente hacer algunas puntualizaciones
sobre ciertas cuestiones referidas al
oppidum
vacceo,
como su extensión. En el caso de
Pintia
si pensamos
de manera exclusiva en su hábitat interior a la mu-
Fig. 2. Vista aérea de
Pintia
(Sanz
et al
., 2003: 51, fig. 3).
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
22
ralla, estaríamos hablando de unas veinte hectáreas,
pero si, por el contrario sumamos otras zonas extra-
muros, incluso alejadas, el tamaño aumenta conside-
rablemente.
Antes de valorar esta cuestión, en el caso de
Pintia
existe además otro factor complementario que
es necesario tener en cuenta: la dinámica erosiva
del meandro sobre el que se situó la ciudad. Sabe-
mos que el río Duero se ha podido encajar de cinco a
diez metros en su cauce en los dos mil últimos años
(Calonge, 1995: 531), pero a través de la fotografía
aérea observamos con claridad que la parte externa
del meandro, por su mayor velocidad y turbulencia, y
en consecuencia capacidad erosiva, fue mordiendo el
terreno hasta el punto de que las dos manzanas situa-
das al norte del
decumano
perdieron buena parte de
su superficie (fig. 2). En este sentido llama la atención
otra imagen aérea en la que podemos contemplar el
cierre septentrional de la muralla, de aspecto masi-
vo pero además configurado como una especie de
tajamar, precisamente en la zona más activa, como
decimos, del meandro (fig. 3). Un poco más abajo, la
combinación de este desmantelamiento con el delta
formado por los aportes del arroyo de Pajares o de la
Vega, acabarían configurando con el paso de los tiem-
pos la terraza de Las Huertas, inexistente en tiempos
vacceos. En consecuencia, pudieron perderse entre
dos y tres hectáreas del recinto intramuros como con-
secuencia de la acción erosiva del Duero.
El padre Alejandro Recio descubrió un nuevo
yacimiento vacceo a raíz de la plantación de viñedo
en Carralaceña, en término de Pesquera de Duero, en
la orilla derecha del río Duero, en la contraria por tan-
to a la ciudad de Las Quintanas; del mismo nadie es-
tableció un vínculo directo con
Pintia
, salvo de forma
implícita por la referencia a la existencia de un vado
natural que conectaría en su época ambas orillas, y
solo tras las excavaciones posteriores de los restos es-
tructurales de varios hornos alfareros se constituyó
como parte del
oppidum
(Escudero y Sanz, 1993: 471-
472); así pues, la separación entre ambos yacimientos
viene dada tan solo por el río Duero, una distancia
mínima que aunque hoy marca una separación por el
embalsado permanente del agua (tras la construcción
de la central hidroeléctrica de La Josefina en los años
cuarenta del siglo pasado), en su día dispuso de vado
natural que facilitaría el contacto de ambas orillas y,
en suma, permite entender que las 8 ha estimadas
del asentamiento de Carralaceña han de ser sumadas
al espacio de hábitat de la
Pintia
indígena
2
.
A poco más de tres kilómetros al noroeste
3
,
se encuentra el alto de las Pinzas, de Curiel de Due-
ro (fig. 4). Este espectacular farallón de piedra cali-
za, cuyas paredes alcanzan una verticalidad de unos
cincuenta metros de altura, debió de constituir una
peña sacra para los vacceos de
Pintia
y a buen seguro
la ciudad tomaría su nombre de esta referencia to-
pográfica (Repiso, 2017) con asentamientos desde el
Calcolítico (Delibes, 2003: 32-33). Su imagen al atar-
decer se ve realzada por la incidencia del sol ponien-
te, convirtiéndose en una referencia insoslayable de
presencia evocadora. A sus pies discurre, además,
una importante vía transversal al valle del Duero, el
Camino Real Aragonés y desde su cima se consigue
un gran dominio visual.
Lamentablemente, en las Pinzas no se cono-
cen evidencias directas de ocupación o uso durante la
segunda Edad del Hierro, tal vez como consecuencia
de la gran alteración que ha sufrido este enclave: a los
eremitorios visigodos que configuraron un complejo
de estancias, pasadizos y almacenes, deben sumarse
el atractivo permanente que este lugar ha ejercido
a lo largo de los tiempos (expresado en grabados y
grafitos de distintos momentos) y mantiene en el pre-
sente, pero también, y sobre todo, la fuerte erosión
natural a la que están sometidos estos cortados, con
desprendimientos de grandes bloques que todavía
pueden observarse en su base. Se han conservado
numerosos grabados asimilables al mundo eremítico
visigodo, pero no contamos con ningún tipo de ins-
cripción que, como en el caso de Peñalba de Villastar,
pudiera dar testimonio del culto allí desarrollado y de
su época (Marco Simón, 1986; Burillo Mozota, 1997),
si bien el carácter ágrafo de la sociedad vaccea parece
que haría difícil que sobre los paredones de este re-
lieve se hubiera plasmado epigrafía alguna, a no ser la
latina. Con todo, este lugar constituiría referencia de
pertenencia inequívoca para las gentes de
Pintia
, con
cierta omnipresencia cuando se levanta la vista sobre
el horizonte
4
.
En el cerro de Pajares, localizado unos dos
kilómetros al sur de Las Quintanas, sí encontramos
al menos restos vacceos y aquí podemos entender,
sin ambages, que este emplazamiento constituyó
Fig. 3. Detalle del cierre de la muralla en su sector septentrional.
23
parte del mismo
oppidum
. No parece, con todo,
que este asentamiento fuera relevante desde un
punto de vista demográfico o espacial, reduciéndo-
se probablemente a algunas escasas viviendas en
su ladera sur.
Si progresamos aguas arriba del Duratón, a
unos nueve kilómetros de Pajares localizamos el asen-
tamiento de Landecastro (Torre de Peñafiel), como
último bastión vacceo en este valle antes de aden-
trarnos en territorio arévaco y alcanzar el yacimiento
de Los Sampedros (San Miguel de Bernuy, Segovia)
(Blanco, 2020). ¿Landecastro, a trece kilómetros del
enclave del llano, constituiría parte de la ciudad de
Pintia
o, por el contrario, debería ser interpretado
como centro independiente? (fig. 1). Previamente a
manifestarnos al respecto, resulta procedente pro-
fundizar un poco más en la configuración y naturaleza
de este asentamiento y su relación con el de Pajares.
1.
Cerr
o
de
Pajares
(Padilla
de
Duero)
Se sitúa a poco más de dos kilómetros al sur de Padilla
de Duero y queda configurado como un cerro testigo,
que alcanza una cota máxima de 831 m s.n.m., desga-
jado de la línea de páramo del valle excavado desde
Langayo y Manzanillo por el arroyo de La Vega o Paja-
res. Ciñe este cauce por el sur y el este, formando un
ángulo recto, la base del promontorio.
Hemos conocido esta elevación muy erosiona-
da como consecuencia de su deforestación y, proba-
blemente también, de la eliminación de su cobertera
calcárea y exposición de los niveles margosos-yesí-
feros infrayacentes a los agentes erosivos. A finales
del siglo XX se procedió a abancalar sus laderas para
realizar plantación de pinos alepos o carrascos que,
ciertamente, han prosperado poco desde entonces.
En cualquier caso, no parece probable que
existiera caserío en la cima, por cuanto los vientos
dominantes la azotan con intensidad, aunque en la
ladera sur y dejando unos pocos metros la cota más
elevada, la protección que ahí se logra pudo permitir
fundar alguna estructura, como parece corresponder-
se con una mayor densidad de fragmentos cerámicos,
siempre escasos, y de cantos rodados de cuarcita su-
bidos con algún fin desconocido (fig. 5: 2b).
Hace tiempo defendimos que en su zona cul-
minante suroccidental debió de beneficiarse un relie-
ve calcáreo de más de dos metros de espesor, en la
que todavía hoy se identifica una especie de frente en
L como perfil de explotación antrópico (fig. 5: 2a; fig.
6: 1b y 3b), pudiendo suponerse que en el resto de la
cima ese estrato pétreo hubiese desaparecido en re-
lación con la extracción de estas calizas en época vac-
cea y, tal vez también, en un momento medieval. Por-
que precisamente en la falda sur y antes de alcanzar
la zona más baja del valle, entre las cotas 790 y 780
m s.n.m., se configura una pequeña meseta, actual-
mente plantada de viñedo, en cuyo borde meridio-
nal existen todavía hoy unos lienzos de mampostería
muy degradados (Mañanes, 1979: 105)
5
, correspon-
dientes a una ermita (fig. 6: 1c y 2c), con mención do-
cumental del 1360 (Martínez Díez, 1983: 391) y que
todavía parecía mantenerse en pie a finales del siglo
XVIII según se muestra en un croquis de Peñafiel y su
entorno debido a Tomás López (Moral Daza, 2014: 27
y 31) (fig. 7).
La dependencia de Pajares con respecto del
asentamiento principal de
Pintia
está fuera de toda
duda y ha sido señalada de forma reiterada (Sanz y
Escudero, 1995; Sanz 1997: 464; Calonge, 1995: 537;
Sacristán, 2010: 138), pero no en una idea de «jerar-
quización de hábitat, sino como partes físicamente
separadas de un mismo poblado» (Sacristán
et al
.,
1995: 362). Dadas las particulares condiciones del
asentamiento pintiano en llano, en una zona panta-
nosa, la atalaya de Pajares habría cumplido funciones
de cerro vigía, al tiempo que posible cantera extracti-
va de lajas calizas empleadas para señalizar las tum-
bas de la necrópolis de Las Ruedas, pero tal vez pudo
realizar otras más, según veremos.
Los primeros materiales publicados de este
asentamiento se deben a José David Sacristán (1986:
fig. 2), quien los interpreta como testigos de una cel-
tiberización temprana, a tenor de ciertos perfiles y
decoración bícroma con tonos vinosos que asimila a
los momento iniciales de la extensión del torno por la
meseta Norte. Idea recogida también por San Miguel
Maté (1993: 57) al incluir este asentamiento como ca-
racterístico del momento «vacceo inicial».
Fig. 4. Vista de la peña sacra de Las Pinzas
(Curiel de Duero) desde El Cujón.
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
24
Prácticamente al tiempo, con motivo de la ela-
boración primero de nuestra memoria de licenciatura
y luego de nuestra tesis doctoral, realizamos en los
años ochenta y noventa del siglo pasado varias pros-
pecciones y recogidas de materiales, a lo que debería-
mos sumar numerosas excursiones hasta el presente,
animados por su proximidad a Padilla de Duero y por
el mero placer de subir sus asequibles laderas y dis-
frutar de las vistas que desde allí se obtienen tanto
del valle del Duero como del Duratón (fig. 10).
Fig. 5. El cerro de Pajares. 1. Vista desde Landecastro, en primer plano Torre de Peñafiel. 2. Detalle del fotograma del vuelo americano
(IGNE) de Pajares: a. Frente de explotación de la cantera de calizas; b. Área más abrigada con concentración de evidencias arqueológicas.
1
2
a
b
25
Fig. 6. Diversas vistas del cerro de Pajares: desde el SE (1), restos de la ermita (2 y c), afloramiento calcáreo en la cima (3 y b), Padilla de Duero
(a) y castillo de Peñafiel (d).
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
1
2
3
c
b
b
a
a
d
c
26
Fruto de tales frecuentaciones es una colec-
ción de restos materiales vacceos que se combinan
con algunos romanos y medievales
6
. Valoraremos de
manera conjunta todos ellos (un poco menos de un
centenar de fragmentos cerámicos), independiente-
mente de su momento o responsabilidad de recogida.
Cabe señalar en primer lugar que entre los
materiales recuperados (figs. 8 y 9) destacan las ce-
rámicas torneadas finas anaranjadas, con pintura
precocción en óxidos de manganeso (tonos oscuros)
o de hierro (tonos vinosos) y también con color blan-
co, que afecta no solo al exterior del recipiente sino
también a la parte interna del labio o del borde. Entre
los motivos decorativos documentamos semicírculos
concéntricos, rombos reticulados, grupos de líneas
horizontales rectas o sinuosas, también rectas verti-
cales que separan metopas de doble hacha
o labrys
y bandas anchas de tonos vinosos. Las pastas son de
color anaranjado, pero no faltan otras de un barro
blanco e incluso rosado, sobre todo entre los reci-
pientes exvasados-caliciformes.
Hemos querido representar gráficamente la
casi totalidad de la muestra para intentar desentra-
ñar qué tipos de recipientes (formas y tamaños) y en
qué proporciones comparecen en este asentamiento.
Con las debidas cautelas, por cuanto algunos bordes
pueden resolver de manera diversa el desarrollo de
los perfiles de sus cuerpos, hemos creído poder iden-
tificar al menos unas doce formas distintas (para fa-
cilitar la comprensión de las mismas a partir de los
fragmentos, en ambas figuras hemos incluido en la
base, cuando ha sido posible, las formas completas
documentadas en el yacimiento del llano, en
Pintia
).
No entraremos al detalle de cada una de ellas, pero sí
nos interesa destacar la abundante presencia de re-
cipientes exvasados de tipo caliciforme (fig. 8: 9-35,
grupo 4) y en segundo lugar de las copas o escudillas,
según el desarrollo de su pie, con cuerpo bajo y tendi-
do resuelto en borde vertical ligeramente engrosado
(fig. 9: 48-59, grupo 8). Además, ambos grupos resul-
tan de una gran estandarización en cuanto al tamaño
(utilizamos el diámetro en boca): por lo que respecta
al grupo 4, la mayoría (17) oscila entre 16 y 18 cm (fig.
8: 9-25), con algunos ejemplares minoritarios (3) que
alcanzan entre 19 y 22 cm (fig. 8: 26-28); por lo que
atañe al grupo 8, ocho ejemplares miden de 20 a 22
cm (8) (fig. 9: 49-57) y uno 18 cm (fig. 9: 48).
Ya con menor presencia constatamos también
cuencos de borde ligeramente reentrante con el labio
engrosado y vuelto (fig. 8: 40 a 44, grupo 6), jarros de
pico (fig. 8: 45-47, grupo 7), vasos con asa diametral
de tipo cesta (fig. 8: 3, grupo 3), botellas de cuello
poco desarrollado (fig. 8: 7, grupo 2), pequeñas bote-
llas de perfil lenticular de boca de seta (fig. 9: 62, gru-
po 9), vasitos de perfil lenticular con borde reentrante
y labio engrosado (fig. 9: 65, grupo 10), vasos de perfil
bitroncocónico y borde vuelto (fig. 9: 63, grupo 11)
y también recipientes de perfil bitroncocónico de ca-
rena alta y borde muy reentrante, de gran capacidad
(fig. 9: 65-71, grupo 12) para el almacenaje (de 25 cm
de diámetro en boca para fig. 9: 71), además de al-
gunos fragmentos de más difícil reconstrucción (fig.
8: grupo 5).
Si las anteriores categorías formales hacían
referencia a la cerámica fina anaranjada, en el gru-
po 13 quedan englobadas las denominadas cerámi-
Fig. 7. Esquema gráfico de Tomás López (siglo XVIII) en el que se refleja la ermita de Pajares (según Moral Daza, 2014: 31).
27
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
1
23
45*
6
7
9
1011
12
14
15
161719
20
22
23
24
2526
27
28
29
31
32
40
41
46
47424344*
44**
33
34
35
36**
37**
38*
39*
30**
21*
18**
13*
8**
Fig. 8. Materiales recuperados en el cerro de Pajares (Padilla de Duero) y su relación con grupos formales del asentamiento del valle
(* publicados en Sacristán, 1986; ** publicados en Sanz, 1997).
28
48495051
5354555657
58
65
66
67
68
69
70
71
7475
78
798081
82
72**
76*77*
83*
84**
73**
60
61
62**63**64**
59**
52**
Fig. 9. Materiales recuperados en el cerro de Pajares (Padilla de Duero) y su relación con grupos formales del asentamiento del valle
(* publicados en Sacristán, 1986; ** publicados en Sanz, 1997).
29
cas grises céreas de imitación metálica (fig. 9: 60-61)
con dos fragmentos que, aunque correspondientes a
la base y por tanto carentes de la típica decoración
del tercio superior a base de hendiduras o estampa-
dos que recuerdan la técnica del repujado de la plata,
muestran sus inconfundibles pastas grises claras con
acabados superficiales bruñidos, casi jabonosos.
También se registra una canica de barro deco-
rada, conservada la mitad de la esfera (fig. 9: 72), y
tres fichas recortadas en cerámica de pasta blanque-
cina (fig. 9: 73-75).
En el capítulo de las cerámicas comunes o tos-
cas incluimos algunos fragmentos (fig. 9: 76-83) cuya
filiación vaccea resulta más que discutible (salvo, tal
vez, en el caso de fig. 9: 81), por más que algunos de
ellos fueran publicados como tales (Sacristán, 1986:
fig. 2: 6 y 9; Sanz, 1997: fig. 7: 6 y 7). Aunque los per-
files recuerdan a esta producción, la constitución de
la pasta con desgrasantes muy bastos y el excesivo
tamaño, dificultan la adscripción. Algunas piezas (fig.
9: 80 y 82) no descartamos que pudieran ser roma-
nas, ya que también constatamos la presencia de un
fragmento de borde de TSHT (
terra sigillata
hispánica
tardía) (fig. 9: 84).
Cuestiones
de
índole
cr
onológica.
Una
vez presenta-
dos los materiales recuperados en el cerro de Pajares,
se hace necesario en primer lugar intentar acotar su
cronología. No creemos que en la actualidad pueda
seguir manteniendose la idea de que el asentamien-
to corresponda a un momento vacceo temprano.
La ausencia total de cerámica elaborada a mano, la
abundante presencia de torneadas finas anaranjadas
bícromas (negro y rojo) o polícromas (blanco, rojo y
negro), además de dos fragmentos de cerámica tor-
neada gris cérea de imitación argéntea, nos centran
en una horquilla cronológica del último cuarto del si-
glo II a. C. al final del I a. C. (Sanz, Gómez y Arranz,
1990: 142-143, y 1997: 305-306, 309-312; Blanco,
1993: 133, y 2001: 25). En suma, no encontramos
elementos suficientes para mantener una cronología
antigua para la ocupación de este lugar, no más atrás
del siglo II a. C.
P
or lo que respecta a su perduración en épo-
ca altoimperial romana no existen testimonios claros,
más allá de la posibilidad de que algunas cerámicas
comunes pudieran corresponderse con esta etapa. La
TSHT nos permite al menos plantear que la memoria
del lugar de alguna manera se mantenía.
Funciones
del
asen
tamiento.
La interpretación ofre-
cida como cantera ha venido dada sobre todo como
consecuencia de la presencia en el extremo surocci-
dental de una plataforma en forma de L junto al aflo-
ramiento calcáreo que, en inspección cursada con el
profesor Guillermo Calonge, entendimos resultante
de la acción antrópica a partir del vaciado de dicho
afloramiento (fig. 5: 2a y fig. 6: 1b y 3b). Además,
la distancia, de apenas algo más de dos kilómetros,
constituye la más corta con respecto del llano a un
alto para aprovisionarse del material calizo, con lo
que utilizando el principio del “menor coste” sería el
enclave adecuado. Asimismo, la cronología propuesta
a través de los materiales cerámicos parece coincidir,
como ya destacamos en su día, con la mayor presen-
cia de estelas pétreas en el cementerio de Las Ruedas
durante los siglos II y I a. C. (Sanz y Escudero, 1994:
171). No debe obviarse, pues, el hecho de que el ob-
jetivo principal de esta cantera pudo ser abastecer de
estelas funerarias a la necrópolis de Las Ruedas, es
decir, unos elementos de acusado carácter simbólico
que sirvieron para articular dos mundos: el ctónico y
el aéreo. Tal circunstancia pudo marcar también en
alguna medida la función cultual de este lugar.
Es patente además que la elevación debió de
constituir un punto estratégico de control territorial,
como atalaya que mediante una simple señal visual
de humo pudiera advertir de potenciales peligros al
poblado del llano de Las Quintanas, pero también en
relación al asentamiento de Landecastro, aguas arri-
ba del río Duratón.
Tras el análisis más detenido de los escasos
restos materiales recuperados en este lugar, la pre-
valencia de vasos caliciformes y escudillas, junto a va-
rios jarros, e incluso un ungüentario (botella boca de
seta), creemos que introduce una variable importan-
te para plantear que el lugar además hubiera estado
revestido de cierto carácter cultual, como peña sacra.
El tipo de piezas aludido guarda una relación direc-
ta con prácticas de libaciones, y está tipificado en el
mundo ibérico en asociación a santuarios rupestres
(Gil Mascarell, 1975, citado en: Burillo, 1997: 236). En
este sentido, el cerro de Pajares pudo cumplir tam-
bién cierto papel de atalaya desde la que se procura-
ra, con los adecuados ritos y sacrificios, la protección
del extenso territorio que se abre en el curso bajo-fi-
nal del Duratón y que debió de constituir el terrazgo
por excelencia del asentamiento pintiano. Casi diez
kilómetros al sur, en contacto visual directo, el alto
de Landecastro vendría a realizar una función similar,
como veremos a continuación.
Por último, la existencia al pie de Pajares, en
su ladera sur, de un despoblado medieval, del que se
mantuvo la memoria como lugar de culto hasta mo-
mentos muy recientes, podría llevarnos a pensar en
un lugar de sacralidad ancestral asimilado por el cris-
tianismo.
2.
Landec
astro
(Torre
de
Peñafiel)
Uno de los aspectos más llamativos de este asenta-
miento en altura ―localizado sobre un espigón con-
formado por el río Duratón y el arroyo de la Salaica en
su flanco oeste― es la visibilidad que se alcanza des-
de su plataforma, pudiéndose divisar con claridad ha-
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
30
cia el norte en línea recta el cerro de Pajares, la propia
Padilla de Duero e incluso, en el horizonte, las cuestas
de Valdemadero encima de Pesquera de Duero que
delimitan la línea de páramo de la orilla derecha del
curso del Duero (fig. 5: 1). Las vistas hacia el sur no
son tan diáfanas, en primer lugar por la subida de cota
Fig. 10. Vista de Landecastro desde Pajares.
31
de los páramos aguas arriba, unos cincuenta metros
en apenas ocho kilómetros (a la altura de la laguna de
Contreras), y en segundo lugar por su alineamiento
visual con el valle del subsidiario arroyo del Monte y
el pico del Cuerno, quedando casi fuera de la pers-
pectiva el cauce del Duratón propiamente dicho; no
obstante, la cadena montañosa de Somosierra desta-
ca en el horizonte con personalidad propia (fig. 10).
La amplia superficie de este cerro (fig. 11), que
comprende unas cuarenta hectáreas, oscila entre co-
tas de 860-870 m s.n.m., con un punto central que
alcanza los 882 m s.n.m. Un camino, inexistente con
anterioridad a la concentración parcelaria, disecciona
por la mitad en dirección NO-SE el cerro, conectando
con la senda que desciende por su morro norte hacia el
cementerio del pueblo. Las laderas han sido objeto de
abancalamiento para la reforestación, y consecuente-
mente se han visto alterados los relieves primigenios.
No encontramos referencias a este asenta-
miento anteriores a la de San Miguel Maté (1993:
56-57), de la que se hacen eco también Sacristán y
otros (1995: 347), quienes le otorgan una adscripción
vaccea y una extensión de 5 ha. Por el contrario, en
el valle, apenas a un kilómetro de distancia de Lan-
decastro, se localiza el pago de La Cañadilla o Los Ga-
rrones, del que Mañanes (1979: 116) publica cerámi-
cas romanas tempranas y tardías, así como cerámica
pintada de tradición indígena. Por su parte, las exca-
vaciones arqueológicas de Pérez Rodríguez y Martín
Montes (1989) en este asentamiento del valle propor-
cionaron un nivel neolítico sobre el que se superpuso
una villa altoimperial, seguido de otra edificación ba-
jomperial con musivaria de teselas blancas y negras,
y, finalmente a partir del siglo V d. C., una necrópolis
de inhumación que alcanza la época visigoda y tiene
su fin en la primera mitad del siglo VIII d. C.
Recurrimos a la fuente del Inventario Arqueo-
lógico Provincial de Valladolid (IAPV) para saber es-
pecíficamente del asentamiento en altura de Lan-
decastro. En la ficha correspondiente se documenta
una ocupación prehistórica indeterminada en la zona
nororiental (apenas seis fragmentos de cerámicas
hechas a mano e industria lítica de desbastado, con
algunas lascas simples de sílex sin retocar) y otra co-
rrespondiente al Hierro II, propiamente vaccea que es
la que más nos interesa, diseminada en tres zonas.
Esta prospección vinculada al IAPV, realizada
en 1997, brinda la imagen de un hábitat poco concen-
trado, con «pequeños corros que ofrecen fragmentos
cerámicos con no mucha densidad y entre los cuales»
solo se distinguen «algunos hallazgos sueltos […] co-
rros que se concentran en tres zonas de la platafor-
ma, dejando libre un amplio espacio central». La idea
de una débil ocupación del asentamiento adquiere
refrendo en el corte que ofrece la cuneta norte del
camino de Landecastro a la altura de La Loma, donde
en unos cien metros de longitud se señala un nivel
arqueológico, con restos óseos y cerámicos, de no
más de veinticinco centímetros de espesor; la super-
posición de un potente nivel estéril de arada, de unos
sesenta centímetros, sirve para justificar la escasez
de materiales visibles en superficie. Finalmente se re-
fiere que los hallazgos de la ladera sur bien podrían
ser arrastres venidos de la parte superior (Delibes
et
al
., 1997). No obstante, se concluye que este asen-
tamiento vacceo, dado a conocer escuetamente (San
Miguel, 1993 y Sacristán
et al
., 1995) y para el que
se suponían unas cinco hectáreas, ha de ser conside-
rado, por sus 30 ha de extensión, un asentamiento
vacceo de cierta entidad.
En las visitas realizadas por nosotros en oc-
tubre de 2018 y febrero de 2021 hemos obtenido la
impresión de un asentamiento de naturaleza muy re-
ducida, de manera que en la superficie de la meseta
apenas se localizan materiales. También reconocimos
la aludida presencia de un estrato gris, de apenas
veinte centímetros de espesor y coloración oscura
uniforme, en el corte del camino de concentración,
que rinde escasísimos fragmentos óseos y cerámicos
vacceos. No pudimos encontrar apenas vestigios, sin
embargo, en la denominada zona 3 del IAPV. La la-
Fig. 11. Vista aérea de Landecastro (IGNE) con
indicación de las zonas reseñadas en el IAPV y algunos
de los yacimientos arqueológicos próximos.
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
32
dera sur es con diferencia el área donde, sin ser exa-
gerada la presencia de materiales, puede señalarse
el punto de mayor densidad relativa de hallazgos: en
concreto, ahora que esta zona está abancalada, en el
quinto de los escalones o bancales, próximo al aflo-
ramiento de un estrato calcáreo y a algunas peñas
exentas (fig. 12).
Los
ma
teriales
hallados.
Con
tamos con distintos lo-
tes de materiales arqueológicos recogidos en diferen-
tes momentos en la zona de Landecastro. Una parte
de ellos, la correspondiente a las prospecciones rea-
lizadas desde el IAPV, está depositada en el Museo
de Valladolid; otras se localizan en el CEVFW: las de
las dos colecciones privadas
7
y las recuperadas por
nosotros mismos. Todos ellos, como en el caso de Pa-
jares, ofrecen un alto índice de fragmentación y no es
infrecuente que muestren su superficie invadida por
los líquenes.
Entre los hallazgos señalados en el IAPV están
los cerámicos, que cubren el repertorio característico
del mundo vacceo, con especies torneadas finas ana-
ranjadas y otras toscas. Entre aquellas se reconocen
perfiles de bordes cefálicos, cuencos, páteras, copas,
etc., con líneas horizontales pintadas rectas u ondu-
ladas, otras con semicírculos, etc.; merece la pena
destacar la presencia de tres piezas de pastas claras,
dos de ellas con bandas de tono vinoso. Asimismo se
consigna el hallazgo de una fusayola y una canica lisa.
A dichos materiales cabe sumar los existentes
en el CEVFW. De estos hemos seleccionado un poco
más de una treintena de fragmentos de cerámica tor-
neada fina anaranjada que proporcionan referencia
a los modelos formales a los que correspondieron.
Hemos podido identificar unos once grupos formales
diferentes que reproducimos en sus perfiles comple-
tos a partir de recipientes recuperados en nuestras
excavaciones de la ciudad de
Pintia
(fig. 13, inf.). Así
podemos identificar grandes
dolia
de almacenamien-
to, representados a través de bordes, fragmentos de
galbos o de fondos (grupo 1, fig. 13: 1-4); embudos
(grupo 2, fig. 13: 5); tinajillas de cuerpos bitroncocó-
nicos con el borde vuelto (grupos 3 y 4, fig. 13: 7-14);
jarros de pico (grupo 5, fig: 13, 6); escudillas con pies
más o menos desarrollados (grupo 6, fig. 13: 15-17);
vasos acampanados (grupo 7, fig. 13: 18 y 19); cuen-
cos altos, ligeramente exvasados o invasados, de
borde desarrollado o atrofiado (grupo 8, fig. 13: 19-
30); ungüentarios (grupo 9, fig. 13: 31) y vasitos len-
ticulares de borde reentrante (grupo 10, fig. 13: 32).
La decoración pintada observada en este repertorio
cerámico incluye líneas horizontales helicoidales o
paralelas, también anchas bandas horizontales, am-
plio zigzag, cuartos de círculos concéntricos y círculos
concéntricos separados por línea vertical.
También resultan abundantes los hallazgos
de fragmentos de ollas de cerámica torneada tosca
o común vaccea, de perfiles bitroncocónicos y bordes
vueltos; uno de estos fragmentos muestra el carac-
terístico fondo umbilicado; predominan los tonos
anaranjados, siendo más excepcionales los grises o
negros (fig. 14: 1).
Una esfera, decorada con peine impreso for-
mando paralelos, y una fusayola constituyen otros
elementos asignables a esta etapa (fig. 15: 4 y 5) y
tal vez también las fichas realizadas sobre cerámica
fina anaranjada o tosca vacceas (fig. 15: 2 y 3), si bien
no cabe descartar que pudieran realizarse en época
romana, habida cuenta la detección de materiales
asimilables a esa etapa como veremos.
Por último, cabe referirse al hallazgo de una
sugestiva placa broncínea (fig. 16) en forma de U de
base recta, muy bien conservada, con una pátina ver-
de muy atractiva, que muestra ambos extremos de
los brazos perforados por troquel circular y la base
con una aparente decoración dentada (el frente de
pequeña sierra que determina no parece que fuera
funcional sino decorativo); en el anverso desarrolla
una decoración de triángulos alineados, tres a cada
lado y cinco en la base, rellenos de 15 perlitas dis-
puestas en cinco niveles que incluyen 5, 4, 3, 2 y 1
perlas inscritas. El recorte interior de la placa mues-
tra cierto descuadre en el lado interior de la base,
mide 28,4 x 23,7 x 0,9 mm. Podría tratarse de la pieza
hembra de un broche de cinturón, sujeta por dos re-
maches al cuero y con vuelo suficiente para permitir
el paso y anclaje de un garfio de una supuesta placa
macho. Sea como fuere, resulta interesante destacar
que se trata de una pieza reaprovechada de otra pla-
ca mayor que tuvo una función original tal vez no muy
distinta. Tal afirmación es posible porque lo que aho-
ra es reverso en su día fue anverso y estuvo dotado
Fig. 12. Uno de los afloramientos calcáreos del alto
de Landecastro en la ladera meridional, donde mayor
concentración de hallazgos cerámicos se observa.
33
1
2
5
3
4
6
7
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2324
2526
272829
303132
Fig. 13. Materiales cerámicos de Landecastro: fragmentos de cerámica torneada fina anaranjada vaccea y su correspondencia con formas
completas documentadas en
Pintia
.
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
34
de una decoración longitudinal a ambos lados a base
de entorchado curvo o eses encadenadas enmarca-
das por series de cortos trazos rectos y oblicuos; la
misma ha sido pulida hasta prácticamente desapa-
recer, pero todavía se hace evidente cuando se juega
con la luz sobre su superficie. La pieza original pudo
tratarse de una placa de broche alargado, similar al
broncíneo que decora el ejemplar de la tumba 122
de la necrópolis de Las Ruedas (Sanz y Romero, 2010:
405, fig.1), o a otros broches de puñales de hierro
con revestimiento de placa broncínea como el de la
tumba 30 de la misma necrópolis (Sanz, 1997: 81, fig.
72); en ambos casos las anchuras de las piezas re-
sultan muy próximas a la del ejemplar de Landecas-
tro. La decoración estampada de triángulos rellenos
de 15 perlas es muy excepcional y en algunos tipos
como los broches Bureba, donde se prodigan este
tipo de decoraciones de triángulos rellenos, solo un
ejemplar de Almaluez la incluye (Sanz, 1991: 110, fig.
8: 14VII). No nos resistimos a reseñar otra placa más,
en este caso del cementerio pintiano, sin duda pieza
reutilizada para lañar otra rota (Sanz, 1997: 193, fig.
182: 724): la plaquita en cuestión muestra dos ori-
ficios de remachado y decoración de un animal en
perspectiva cenital muy esquemático, con claro valor
profiláctico, y posee el mismo tratamiento dentado
de los bordes superior e inferior que observamos en
esta. En suma, piezas reutilizadas que nos hablan del
intenso reciclado de los materiales metálicos cuyos
veneros no resultan abundantes en estas tierras sedi-
mentarias del centro de la cuenca del Duero.
Resulta de gran interés consignar la presencia
también de algunos otros elementos de tipología ro-
mana que no habían sido documentados con anterio-
ridad y se suponían exclusivos del asentamiento en
llano de La Cañadilla. Hablamos en concreto de una
jarra en cerámica común romana con arranque de asa
(fig. 14: 4) (Aguarod, 2017: 60, fig. 24: 7-10), de un
borde de un lebrillo o barreño amplio con pigmenta-
ción rojiza en el labio y al interior (fig. 14: 5) (Aguarod,
2017: 55, fig. 20: 1), tal vez de otro borde pigmentado
(fig. 14: 3) y de dos fragmentos de
terra sigillata
(fig.
14: 2), uno correspondiente a una Drag. 37 de bor-
de almendrado. Entre los elementos singulares cabe
mencionar una gran ficha circular recortada a partir
de una teja (fig. 15: 1), y (creemos que a este momen-
to habría que asimilarlos) dos pequeños falos o penes
cerámicos (fig. 15: 6 y 7) a los que nos referiremos
más en detalle a continuación.
Uno de ellos está casi completo, a excepción
de un alargado desconchón lateral que no impide
comprender su configuración al completo. El otro res-
ponde sin duda a la misma tipología, pero lamenta-
blemente está roto por la base y, en apariencia, tam-
bién en parte del glande. Son de cerámica decantada
anaranjada; su forma cilíndrica muestra un progresi-
vo afinamiento hacia el extremo distal, donde se ha
modelado la cabeza y la hendidura central caracterís-
ticas del miembro viril; en el fuste se marcan una se-
1
2
5
34
Fig. 14. Materiales cerámicos de Landecastro: torneadas toscas vacceas (1) y romanas:
terra sigillata
(2), cerámica pigmentada (3), botella (4)
y lebrillo (5) en cerámica común.
35
rie de anillos, hasta siete en el ejemplar completo; en
la base de este, finalmente, se incluyen unas hendidu-
ras practicadas mediante un corte curvo profundo de
tosca excisión diédrica, configurando una especie de
R o de brazos curvos en giro. La pieza completa mide
60,6 mm de longitud por 26,5 mm de anchura en la
base y unos 25 mm en el glande.
Resulta de algún interés señalar que la mayor
parte de los materiales se han recogido en la deno-
minada zona 1 de Landecastro, es decir, en su ladera
sur, en particular los dos falos, el fragmento de jarro,
la bola o la fusayola y las fichas y los materiales roma-
nos. Además, en la inspección que de esta zona hici-
mos nosotros mismos, hallamos dos pequeños pero
pesados fragmentos de escoria de hierro.
Valoración
cr
onológica,
cultur
al
y
funcional
de
los
hallaz
gos.
De
los materiales presentados se dedu-
ce una evidente ocupación vacceo-romana del en-
clave de Landecastro. En efecto, existen materiales
sin duda de adscripción vaccea, cerámicos (vasijas
de fina anaranjada, torneada tosca, canica y fusayo-
la) y metálicos (plaquita broncínea), mientras que
otros apuntan a momentos altoimperiales y tal vez
tardorromanos (cerámicas comunes y alguna
terra
sigillata
).
Por lo que específicamente se refiere a los
falos cerámicos, sin descartar una filiación vaccea o
prerromana,
a priori
parecería más sensato asimilar
estas peculiares producciones a la ocupación roma-
na, contexto en el que evidencias priápicas en bronce,
piedra, hueso o barro no son infrecuentes. Sin duda,
la primera referencia que se nos viene a la cabeza es
el lugar de culto de la cueva de San Román de Clunia
(Burgos). Así, los penes de Landecastro, pese a la falta
de contexto preciso, habría que entenderlos en rela-
ción a «la fertilidad, la vida y el bienestar», habiendo
sido considerada su presencia en los santuarios del
mundo antiguo como una «práctica cultual destina-
da a obtener/agradecer la curación de enfermedades
vinculadas con los genitales masculinos […] o como
una forma ritual de prevenir esos problemas»; en
cualquier caso, no es descartable que su presencia
respondiera también a una petición o a un agradeci-
miento por «la fertilidad individual o de bienestar ob-
tenido para toda la comunidad» (Alfayé, 2006: 374),
o, añadiríamos nosotros, de fertilidad para los cam-
pos de cultivo extendidos a los pies del cerro. Algún
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
1
2
3
4
5
6
7
Fig. 15. Materiales cerámicos singulares de Landecastro: fichas recortadas (1-3), esfera con decoración de paralelos impresos (4), fusayola o
contrapeso del uso de hilar (5) y falos (6 y 7).
36
comentario permitiría aún la presencia en la base de
esa especie de “R”, que podría ser interpretada como
la inicial del donante-oferente (¿
Rufinus
, por ejemplo,
pensando en la inscripción de aquel jarro visigótico
del pico del Castro de Quintanilla de Arriba?).
En relación con estos falos cerámicos, aun ca-
bría la posibilidad de pensar que su presencia estuvie-
ra delatando posibles espacios de culto en la ladera
sur del propio cerro de Landecastro o en las proximi-
dades del mismo.
Con respecto a la primera posibilidad, nada
impediría que esas evidencias hubieran quedado
enmascaradas como consecuencia de la profunda
alteración que ese espigón ha sufrido en los años
ochenta del siglo pasado, primero de la mano de la
concentración parcelaria
8
y, a continuación, como
consecuencia del abancalamiento de sus laderas para
la replantación forestal. Si se consultan los fotogra-
mas del vuelo americano para este sector (fig. 17: 1),
previos a dichas intervenciones, puede comprobarse
la existencia de algún sendero en la ladera sur que no
llega a alcanzar la cima y que podría pararse en algún
tipo de abrigo o afloramiento calcáreo que sirviera
para localizar esa zona de culto, a imagen de otros
abrigos-santuario del mundo ibérico o de la Célti-
ca hispana (Alfaye, 2006: 35 y ss.). Desde luego, de
haber existido alguno de estos abrigos en el pico de
Landecastro, no cabe duda de que fuera este sector
sur, protegido de los vientos dominantes del oeste y
del norte, el idóneo para buscar acomodo, tal y como
se constata sucede en los numerosos “eremitorios”
de la comarca.
Y precisamente de eremitorios y de peñas sa-
gradas se hace necesario hablar, por cuanto desde la
cima meridional de Landecastro se visualizan, a me-
nos de kilómetro y medio de distancia aguas arriba
del arroyo de la Salaica, la ermita de la Virgen de El
Olmar (fig. 17: 2), patrona de Canalejas de Peñafiel,
y Piedramediana (fig. 17: 3) y, ambos lugares asimi-
lables, según S. Repiso (1999: 411) a los siglos X-XI,
y de gran singularidad por tener excavados en sus
peñas calcáreas eremitorios y varias tumbas antropo-
morfas. Tal vez por pura conveniencia encaje apelar
al concepto de “larga duración” histórica, y aunque
no tenemos argumentos de peso inapelables para
mantener que estas “peñas sagradas” lo fueron con
anterioridad al medievo, recientemente algunos au-
tores han reivindicado algunos de estos elementos
y tradiciones con hondas raíces en la España céltica
(Alfayé, 2009; Almagro Gorbea, 2009; Moya-Maleno,
2020; Almagro Gorbea, Ruiz y Palacios, 2018).
Independientemente de que estos lugares
singulares fueran poco más que roquedos o abrigos
carentes de las cavernas o habitáculos excavados en
época visigoda o posterior, no debe cuestionarse que
constituyeron referencias topográficas importantes
en la construcción de un paisaje simbólico cuyos reta-
zos actuales, según los citados estudios etnoarqueo-
lógicos más recientes, serían testimonio de un pasado
de mayor profundidad temporal. En este sentido, la
romería practicada por las gentes de Canalejas de Pe-
ñafiel al roquedo de la ermita de la Virgen de El Olmar
habría podido recoger el testigo cristianizado de cos-
tumbres ancestrales de un pretérito tardoantiguo y
este a su vez de otro prerromano como, por ejemplo,
se ha sugerido para la cueva del Robusto, de Aguilar
de Anguita (Guadalajara), donde de un pequeño abri-
go se pasaría posteriormente a una galería de exca-
vación eremítica (Arenas, 2010: 89). No es baladí asi-
mismo que El Olmar cuente con una fuerte surgencia
o manantial; incluye también el peñasco eremítico
una escalera en su lado norte de dieciséis peldaños
entallados en la roca que parecen de factura moderna
por su anchura y regularidad y permiten el acceso a
las grutas abiertas en el nivel inferior.
De igual manera, Piedramediana pudo ser ele-
gida para fundar un eremitorio como consecuencia
de una tradición previa, por constituir aquel lugar ya
un espacio sacro. Este afloramiento calcáreo en la la-
dera del vallecico crea una referencia topográfica de
cierta magnitud, en un bosque primigenio de robles,
quejigos y encinas, preservado milagrosamente y de
una gran belleza, por cierto, en el que no faltan ejem-
plares singulares (fig. 18) que pudieron haber dado el
relevo a otros más antiguos objeto de culto. En la roca
se observan a la perfección varios habitáculos excava-
dos y algunos encastres para sujetar estructuras de
madera, así como tumbas antropomorfas y varios es-
calones tallados en la roca. Siendo como se trata de
un relieve singular, un roquedo en el camino del valle
hacia el páramo de Campaspero, podríamos imaginar
un papel similar al del “Canto de los Responsos” de
Villaviciosa (Ávila) con respecto del castro vetón de
Ulaca (Almagro, 2006); o de bolos similares señalados
en Balisa (Segovia) al sur de
Cauca
(Blanco, 2021); o
aun las peñas sacras de Gete (Pinilla de los Barruecos,
Burgos) (Almagro Gorbea, Ruiz y Palacios, 2018).
Probablemente este sea el momento de echar
el freno y dejar aquí el discurrir al que nos han lle-
vado las reflexiones sobre los dos pequeños falos del
asentamiento de Landecastro. Su presencia evoca un
posible santuario localizado en la vertiente sur de la
ladera, hoy desvirtuado por los trabajos de abanca-
Fig. 16. Placa broncínea decorada de Landecastro.
37
Fig. 17. Ubicación de Landecastro con respecto
de los eremitorios medievales de El Olmar
y Piedramediana (Canalejas de Peñafiel). 1.
Ladera sur de Landecastro, con sendero en
oblicuo (flechas rojas) que se detiene en una
de las cornisas calcáreas (detalle de fotograma
del vuelo americano, IGNE). 2. Eremitorio de
El Olmar con dos tumbas antropomorfas en
primer plano. 3. Eremitorios de Piedramediana.
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
2
1
3
38
lamiento, pero tal vez próximo a los roquedos donde
localizamos la máxima concentración de materiales
vacceos y romanos.
En cuanto a la cronología, frente a lo manteni-
do hasta el presente: un yacimiento de cronología an-
tigua (¿?) que no se romaniza (Sacristán
et al
., 1995:
347; Sacristán, 2010: 129)
9
, plantearíamos casi lo con-
trario: una cronología avanzada, similar a Pajares, que
alcanza la romanización. Los materiales, sobre todo
los de tonos vinosos recuperados en el desarrollo del
IAPV y algunos perfiles de las citadas colecciones, pa-
recen sugerirnos cronologías bajas de los siglos II-I a.
C., a cuya idea contribuye también la presencia de la
plaquita broncínea reutilizada. Una datación que, por
tanto, podría coincidir con el asentamiento de Paja-
res, con el que guarda visibilidad directa como ya he-
mos indicado, y que, en gran medida, se explicarían
el uno al otro, desde un punto de vista funcional. Por
otro lado, frente a las 5 ha de extensión planteadas,
apenas le daríamos entidad, sin que nos atrevamos a
concretar una cifra.
Desde una perspectiva funcional parece ne-
cesario intentar comprender qué razón guió la fun-
dación de un asentamiento como este. Hemos se-
ñalado la distancia de Landecastro con respecto
de Pajares, no así con respecto del yacimiento más
próximo aguas arriba del Duratón. A 18 kilómetros se
encuentra el enclave arévaco de Los Sampedros, de
unas cuatro hectáreas de extensión, en San Miguel
de Bernuy (Segovia), justo donde comienzan las co-
nocidas hoces de este río. Cabe pensar que entre uno
y otro se establecería una franja de frontera (Blanco,
2020: 170-171); sin negar tal cuestión, ¿realmente
podríamos pensar que un asentamiento de la poca
entidad de Landecastro pudiera haber constituido un
baluarte defensivo en los extremos del territorio vac-
ceo? Nosotros pensamos que no, que Landecastro se
explica de manera mucho más natural en el contexto
de su pertenencia a
Pintia
, como ocurre con el cerro
de Pajares. De esta forma, su ubicación pudo cumplir
varias funciones: por un lado, como atalaya de comu-
nicación directa con Pajares y este a su vez con
Pintia
,
para tener una información rápida de la situación en
el bajo valle del Duratón de posibles peligros por esta
vía; por otro, como posible santuario en un lugar ex-
tremo del territorio y aquí conviene recordar, siguien-
do a Burillo (1997: 235), que todo lugar religioso sirve
para aglutinar a la comunidad a la que pertenece pero
también como elemento diferenciador frente a otros
grupos o como punto de confluencia entre comuni-
dades distintas; y, finalmente, como aldea campesina
que explotara las tierras de aluvión de este tramo del
Duratón, cuya anchura en ocasiones supera los dos
kilómetros, en beneficio de los habitantes de la ciu-
dad de
Pintia
. En relación con este último aspecto,
un elemento distintivo de los materiales recuperados
aquí con respecto de Pajares serían las abundantes
cerámicas toscas que allí no alcanzan tanta represen-
tación.
3.
La ciudad de
Pin
tia
,
análisis
de
un t
erritorio de sostenibilidad
En la última dirección apuntada, parece necesario
comprender cuál fue el territorio de explotación de
una urbe como
Pintia
. No es posible definir con exac-
titud el tamaño de esta ciudad en época vaccea, pero
podemos sugerir una horquilla de entre 5.000 y 7.000
habitantes. Las necesidades vitales de una población
como esa comportan un territorio de explotación am-
plio que permita su sostenimiento y estabilidad. En el
cálculo del espacio productivo requerido, seguiremos
los planteamientos de J. D. Sacristán (2011: 199-200)
para determinar el terrazgo. Este autor parte de una
productividad media para el trigo de 1:10
10
, de unos
130 kg de semillas/ha y de un consumo de medio ki-
logramo de pan diario por persona. Para que esto sea
Fig. 18. Ejemplar singular de r
oble en las proximidades
de Piedramediana (fotografía de Tomás Madrazo).
39
posible (con los espacios propios para cebada, reserva
de siembra, barbechos, pérdidas por ratones y otros
factores, etc.) se llega a una relación de unas 500 ha o
5 km
2
por cada 1000 habitantes, lo que nos llevaría a
comprobar si el asentamiento dispone de dicho terraz-
go para cubrir las necesidades de su población: 5000
o 7000 habitantes exigirían entre 25 y 35 km
2
solo de
terrenos feraces de cultivo. A este modelo planteado
por Sacristán le falta incorporar, sin embargo, el exce-
dente de grano comercializado, atestiguado por las
fuentes y que resultaría imprescindible para obtener
productos básicos, irrenunciables e inexistentes en el
territorio vacceo (metales, sal, granito, etc.) de los que
sin embargo hace gala el registro arqueológico pintia-
no con prolijidad. ¿Podríamos establecer en un tercio
de producción a mayores para la cantidad comerciali-
zada que permitiera ese fluir de mercancías necesa-
rias desde otros territorios aledaños? De hacerlo así,
tendríamos que sumar otros entre 8 o 15 km
2
, alcan-
zando un terrazgo de entre 33 y 50 km
2
, es decir, 3300
a 5000 ha. Veamos si esto es posible.
Partimos de la idea de que este territorio de
explotación de
Pintia
ha de estar sometido a los prin-
cipios de un coste de desplazamiento sostenible que,
siguiendo a Sacristán, hemos fijado en unos siete kiló-
metros alrededor del asentamiento, pero combinada
con la cota de 800 m s.n.m., a partir de la cual las
pendientes comenzarían a dificultar los trabajos ha-
ciendo poco rentables las tareas agrícolas, al tiempo
que el dominio del bosque se haría efectivo. Por su
parte, por debajo de la cota de 750 m s.n.m. (en al-
gunos lugares incluso diez o veinte metros antes) y
considerando que además hace dos mil años el Due-
ro estaría de cinco a diez metros menos encajado en
su cauce, se localizarían los pastizales, salpicados de
bodonales, charcas y lagunas. En este sentido resulta
muy significativo que los mismos se señalen en el en-
torno más inmediato del yacimiento, ya que la propia
Pintia
basó su defensa en su ubicación en esta zona
pantanosa delatada por la toponimia de Padilla o Pa-
jares, términos derivados del latino
palus
‘pantano,
cenagal’
11
. De hecho, en la llanada que se extiende al
norte de Pajares se encontraba hasta no hace mucho
la laguna de Villaescusa y tras la concentración parce-
laria ha sido necesaria la realización de toda una red
de canales para poder evacuar el agua que aquí se
acumula. Asimismo, la toponimia resulta muy expre-
siva de estas zonas endorreicas a un lado y otro del
Duero, y en Padilla y Pesquera de Duero encontramos
pagos designados como Las Navas.
Veamos, pues, qué superficie se perfila entre
las cotas 750 y 800 m s.n.m. y si constituye base de
terruño suficiente para el sustento de la población
pintiana. Para contabilizarlo de forma adecuada he-
mos generado un plano tomando como punto central
la ciudad de
Pintia
(fig. 19), indicando los valores 750,
800, 850 y 900 m s.n.m. de las curvas de nivel. Asi-
mismo se ha utilizado la aplicación de medición de
áreas de la página del Instituto Geográfico Nacional.
Por último, a efectos prácticos realizamos la medición
de superficies por partes y así se ha dividido este es-
pacio en dos zonas: orilla derecha o norte (zona 1) y
orilla izquierda o sur (zona 2). Los resultados, respec-
tivamente, son los siguientes: 2200 ha y 3300 ha, que
sumados proporcionan una superficie total de 5500
ha, es decir 55 km
2
, a la que sin embargo convendría
restar una importante extensión entre el cerro de
Pajares y Padilla de Duero por tratarse de terrenos
que representan cenagales o lagunas; asimismo, en
el trazado que sigue la cota de 800 o 750 m s.n.m.
hay un recorrido dentado que, sobre todo en las zo-
nas de cuesta, muy posiblemente no estuviera en ex-
plotación. Considerando ambos aspectos, podríamos
reducir la superficie a unos 50 km
2
, una extensión que
a priori
parece encajar en las necesidades planteadas
para la población potencial.
No obstante, debe considerarse que no he-
mos hecho ninguna distinción sobre la capacidad
agrológica de las tierras, con lo que se incluyen
tierras tanto buenas como regulares o malas, cuya
media de rendimiento parece complicado que pu-
diera alcanzar la proporción 1:10. Tal reflexión nos
lleva a plantear que se haría necesario contar con un
terrazgo aún mayor y para ello se abren varias op-
ciones: 1) aguas abajo o aguas arriba del valle prin-
cipal del río Duero; la distancia de una orilla a otra
en la cota de 800 m s.n.m. se reduce a no más de
tres kilómetros de anchura, de la que la mayor parte
correspondería a cotas inferiores a 750 m s.n.m. o
de pastos, con mayor amplitud además en la orilla
derecha o contraria al asentamiento principal de Las
Quintanas; por ello hemos desestimado la opción de
aguas abajo, poniendo aquí como límite el pico del
Castro de Quintanilla de Arriba, pero sí hemos esti-
mado una posible zona 3 aguas arriba, de 10 km
2
,
por su conexión con la que consideramos área de
expansión más probable hacia el SE; 2) la inusitada
amplitud que experimenta el valle del Duero en este
espacio suroriental es el afortunado resultado de la
confluencia de tres de sus emisarios (el arroyo Paja-
res, el río Duratón y el arroyo Botijas) con capacidad
de excavación suficiente para crear en su tramo final
una atractiva campiña.
De esta forma, hemos trazado un segundo
círculo secante al anterior que viene a extender en
dirección sureste el terrazgo. En él queda inserta la
zona 3, pero incorporamos también las zonas 4 y 5
correspondientes, respectivamente, a las vegas del
arroyo Botijas y del río Duratón, con extensiones que
suman 550 y 1370 ha, es decir, unos 18 km
2
más. No
es seguro que las zonas 3 y 4 fueran explotadas agrí-
colamente por los vacceos de
Pintia
, pero creemos
que la presencia de dos asentamientos menores en
la zona 2 y 5, vinculados al valle del Duratón, unido a
su intervisibilidad, avalan la idea de la expansión del
terrazgo en esta dirección.
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
40
En resumidas cuentas y con carácter general, la
ciudad de
Pintia,
con su territorio, tendría las si-
guientes características: campiña mayoritariamen-
te orientada hacia el SE, en la margen izquierda del
Duero y curso bajo-desembocadura del río Dura-
tón y arroyo Botijas, con alguna presencia también
en la margen derecha; área de pastos de invierno:
valle, cota por debajo de los 750 m s.n.m.; pas-
tos de verano: páramo, cota entre los 850-900 m
s.n.m; área de cultivo: entre 760 y 800 m s.n.m.,
ocupando zonas de valle y falda baja de los pára-
mos: a la extensión determinable es necesario res-
tar zonas lacustres (laguna de Villaescusa) y tal vez
incluso hasta la cota 780 m s.n.m.; área de explo-
Fig. 19. T
erritorio de
explotación del
oppidum
de
Pintia
y ubicación en
el mismo de Las Pinzas,
Pajares y Landecastro.
41
tación de bosques: territorio septentrional, orilla
derecha del Duero en el actual término de Pesque-
ra de Duero, en relación con el barrio artesanal de
Carralaceña y también en el resto de las zonas de
páramo.
En suma, no hacemos otra cosa que propo-
ner un modelo polinuclear y funcionalmente dife-
renciado, en el que junto al hábitat principal de
Las Quintanas existirían otra serie de áreas diver-
sas, cercanas o más lejanas, pero complementarias
que en su conjunto construirían el paisaje unitario
del
oppidum
de
Pintia
. En la arquitectura de ese
paisaje el simbolismo de algunos enclaves en altu-
ra parece probable que jugara un papel importan-
te: el Alto de Las Pinzas (Curiel de Duero), el pico
del Castro (Quintanilla de Arriba), Pajares (Padilla
de Duero), Landecastro (Torre de Peñafiel), entre
otros, pudieron combinar su papel de atalayas y
control visual del territorio con el de hitación del
paisaje y desarrollo cíclico de ritos comunales o
privados de carácter salutífero o prolífico ―y aquí
los falos cerámicos constituyen elementos de gran
expresividad―, sin descartar que algunos de ellos,
en particular Landecastro, constituyeran también
pequeños asentamientos campesinos que minimi-
zaran los costes de desplazamientos diarios a dis-
tancias ya de más de doce kilómetros del núcleo
principal.
En cualquier caso, resulta conveniente re-
cordar que la vocación agrícola de este tramo del
Duratón se muestra de forma temprana con colo-
nos neolíticos en el asentamiento de La Cañadi-
lla (Martín y Pérez, 1997), se mantiene viva con
posterioridad en el Calcolítico (Pico de la Mora,
v.
gr
.) (Villalobos y Rodríguez, 2018) y en la Edad del
Bronce, observándose una intensificación agrope-
cuaria, con deforestación, en el Bronce Medio-Fi-
nal, en lugares como El Castillo de Rábano (López
y Rodríguez, 2006-2007: 88)
12
, frente por frente
de Landecastro. Con ello queremos decir, que los
vacceos no fueron sino herederos de un territorio
de cultivos y pastos que ya estaba operativo desde
momentos previos y ancestrales, en los que tal vez
primaran los recursos ganaderos sobre los agríco-
las, pero en los que andando el tiempo acabaría
imponiéndose la necesidad de la producción ce-
realista. La nueva metalurgia del hierro, una vez
se produjo su generalización a mediados del pri-
mer milenio, obró el milagro de la multiplicación,
si no de los peces, sí de los panes, propiciando el
crecimiento demográfico y desencadenando nue-
vos modelos urbanos de organización. Fue en un
momento avanzado de ese proceso cuando
Pintia
hubo de fijar su expansión agrícola hacia el SE,
fundando en los siglos II-I a. C. asentamientos
como Pajares o Landecastro, a los que, después de
este estudio territorial y de algunos hallazgos ex-
cepcionales, creemos comenzar a comprender un
poco mejor.
Notas
1.
Utiliz
aremos la designación de Landecastro, como es conocido
en el lugar, frente a la introducida en la toponimia del MTNE de
Andecastro, ya que tal nombre constituye una síncopa de “llano
del castro”.
2.
T
al vez la zona habitada no comprometiera una extensión tan
amplia, aunque en este caso ceñimos la extensión a la dispersión
de evidencias materiales en superficie. No contabilizamos, al otro
lado del río, las aproximadamente tres hectáreas que restan en el
límite suroeste, entre la muralla de
Pintia
y el arroyo de Pajares,
que sabemos estuvo asimismo ocupado, aunque tal vez constituye-
ra una expansión de época romana, como hemos podido observar
sucedió también en la zona de Los Hoyos, al sureste.
3.
Si
consideramos la plataforma de La Loma, en la ubicación
de las bodegas tradicionales de Pesquera de Duero, como asenta-
miento primigenio de
Pintia
, con una secuencia del mundo soteño
que se interrumpe en un momento indeterminado del siglo V a. C.
(Sanz, 1997: 38-40), la distancia sería de poco más de un kilómetro.
Conviene destacar al respecto de la ocupación soteña de
Pintia
que
se documentan materiales cerámicos de ese momento en La Loma,
pero también en la propia Padilla de Duero que inequívocamente
hablan de continuidad poblacional a lo largo de toda la Edad de
los Metales.
4.
P
odría decirse que fue un relieve sin competencia hasta la
construcción del castillo de Peñafiel, emblema, como ningún otro
en la comarca, del poder señorial.
5.
Es
te autor identifica el cerro de Pajares en el término de Man-
zanillo, cuando corresponde a Padilla de Duero. Así, el asentamien-
to vacceo de Manzanillo que figura en San Miguel Maté (1993: 56-
57) debe ser vinculado a Padilla de Duero. Esta confusión explica
que el yacimiento fuera dado inicialmente como inédito por Sacris-
tán (1986: 208), aunque vinculado al gran yacimiento vacceo-ro-
mano del llano.
6.
Además,
hemos podido contar también con materiales proce-
dentes de algunas prospecciones realizadas en los años ochenta
por Tomás Madrazo y Juan José Moral, a quienes agradecemos su
disponibilidad y generosidad.
7.
Agr
adecemos a Tomás Madrazo, a Juan José Moral y a Ernesto
del Campo la disponibilidad que siempre nos han mostrado para
consultar los materiales por ellos recogidos en los años ochenta
del siglo pasado. En concreto, en una de las fichas que acompa-
ñan al material se puede leer: «cerámicas recogidas en superficie.
Andecastro. Torre de Peñafiel. 16 – octubre- 1983» y aún en otra
«Andecastro. Cara este (enfrente a Rábano)».
8.
La presencia en la zona 2 de la meseta de Landecastro, en la
cuneta del camino, de un nivel arqueológico de poco más de veinte
centímetros de espesor sedimentado por otros sesenta centíme-
tros de tierra probablemente tenga relación con estos movimientos
de tierra y remodelación de límites de la concentración parcelaria.
9.
El
periodo designado como “celtibérico pleno” se muestra
inoperante por englobar nada más y nada menos que dos siglos
y medio de historia. Decir que un yacimiento puede ser indistinta-
mente del siglo III a. C. o de inicios del I a. C. constituye un trazo
demasiado grueso para construir la historia de un territorio. Tal tér-
mino creemos que expresa de manera palmaria la construcción de
la secuencia a partir de la cerámica fina anaranjada, mientras otras
producciones cerámicas y sobre todo los elementos metálicos que-
dan al margen; tal situación es consecuencia, en última instancia,
de un vacío vacceo historiográfico: el escaso conocimiento de sus
necrópolis.
Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la
Pintia
vaccea
42
10.
Pr
oductividad ciertamente muy elevada considerando la de
2,5 en el siglo IX, incrementada al 4 en el siglo XIII y hasta el 5 a par-
tir de los siglos XV-XVI, que se mantendrá en España hasta los ini-
cios del siglo XIX, teniendo que esperar hasta el XX para llegar a un
6,7. En la Europa atlántica se alcanzará una productividad de 10 en
la segunda mitad del siglo XVIII (Bringas Gutiérrez, 1998). Sacristán
plantea esta misma productividad de 1:10 basándose en trigos pre-
históricos más resistentes a las plagas y en el aprovechamiento de
las mejores tierras, sin necesidad de roturar otras de peor calidad.
11.
Agr
adecemos a Salvador Repiso su generosidad al compartir
su conocimiento toponímico.
12.
Los
datos palinológicos obtenidos en las excavaciones de El
Castillo de Rábano sugieren el avance transformador sobre este
paisaje de la Ribera, con deforestación y aumento de las gramí-
neas, es decir, prácticas con inversión de trabajo y rendimiento
diferido dentro de ciclos largos agroforestales que modifican el
espacio y que habrían configurado pastizales apropiados para la
cabaña ganadera.
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