19 Resumen Se ofrece una revisión del asentamiento de Landecastro, en Torre de Peñafiel (Valladolid), a la luz de nuevos hallazgos de ca-rácter cultual y de la interpretación del asentamiento habida cuenta las características de distribución y densidad de materia-les en superficie. Asimismo, se establecen las relaciones con el asentamiento del cerro de Pajares, del que se ofrecen nuevos testimonios materiales e interpretaciones, con el que comparte una comunicación directa por distancia e intervisibilidad. Finalmente, se analiza la territorialidad de la ciudad de Pintia en relación a su potencialidad de terrazgo, para concluir que asentamientos como Pajares y Landecastro son parte de dicho oppidum y exponentes de la expansión en baja época, siglos II-I a. C., de la campiña vaccea a los valles del Duratón y Botijas. A la presencia de algunas viviendas campesinas que evitaran des-plazamientos cotidianos a las tierras de cultivo, cabe plantear también la probable existencia en esos lugares, junto con otros como el alto de Las Pinzas, de santuarios con una funcionalidad complementaria de agregación cultural, social y territorial. Palabras clave: Edad del Hierro, vacceos, oppidum, territorio de explotación, agricultura, santuario, falo. Abstract In light of new findings concerning the cult and the interpretation of the settlement, given the characteristics of distribution and density of materials, a review of Landecastro settlement, located in Torre de Peñafiel, is offered. Sharing a direct commu-nication for distance and interviewing with the settlement of Cerro de Pajares ― from which new material testimonies and interpretations are offered –, the relationships between one and the other are also established. Finally, the territoriality of the city of Pintia is analyzed in relation with its potential of sown, to conclude that settlements such as Pajares and Landecastro are part of this oppidum and exponents of low-term expansion, centuries II-I a. C., from the Vaccean countryside to the valleys of Duratón and Botijas. In addition to the presence of some peasant homes that could avoid everyday displacements to the crop fields, it is also possible to contemplate the probable existence in those places, along with others such as the High of the Las Pinzas, of sanctuaries with a complementary functionality of cultural, social and territorial aggregation. Key words: Iron Age, vaccaean people, oppidum, farmland, agriculture, sanctuary, phallus. Carlos Sanz Mínguez Universidad de ValladolidCentro de Estudios Vacceos Federico Wattenberg Vaccea Anuario, 14 (2021), pp. 19-43 (ISSN: 2659-7179)
20 Fig. 1. Situación y distancias entre los emplazamientos de Las Quintanas, Las Pinzas (Curiel de Duero), Pajares (Padilla de Duero) y Landecastro (Torre de Peñafiel). A partir de imagen LIDAR del Instituto Geográfico Nacional de España.
21 Los vacceos mostraron un temprano desarrollo ur-bano en el contexto de la Edad del Hierro del inte-rior peninsular, desde al menos el siglo IV a. C. Ge-neralización de la metalurgia del hierro aplicada a la producción de aperos, campiñas más productivas con mayor disponibilidad de alimentos y crecimien-to demográfico, unido a otras transformaciones de orden social y político más difíciles de aprehender desde una perspectiva arqueológica o de las exiguas fuentes escritas a ellos referidas (v. gr. Sánchez Mo-reno, 2010), desembocaron en un nuevo horizonte cultural que transformará el modelo de poblamiento de aldeas pequeñas y dispersas de la primera Edad del Hierro de la cultura del Soto de Medinilla, en otro concentrado, configurado por grandes urbes, propia-mente las primeras ciudades de nuestra historia, con varios miles de habitantes.Hablamos de un modelo de poblamiento de verdaderas ciudades-estado, separadas entre sí por una o dos jornadas de camino y con grandes «vacíos vacceos» entre ellas (Sacristán, 1989), vacíos que no son sino aparentes, ya que lejos de ser espacios yer-mos, constituyen el extenso territorio de explotación propiamente dicho, configurado por campos de cul-tivo, pastos, monte, viales, canteras, santuarios, etc., sin el cual no sería posible el sostenimiento de estas aglomeraciones nunca antes vistas. Faltan en este pa-trón poblacional las aldeas satélites menores depen-dientes del oppidum principal, pero esto no sucede en términos absolutos. Para asentamientos tan impor-tantes como la Pallantia del río Arlanza (Palenzuela) se han propuesto núcleos menores adjuntos como Taba-nera y Valdecañas (Sacristán, 2010: 155, y 2011: 214), e incluso algunos más como Los Paredones (Villaviu-das), El Rabanillo (Baltanás), La Huelga/El Pesquerón (Herrera de Valdecañas), todos ellos al norte de Verta-villo, entre Palenzuela y Tariego de Cerrato (Abarque-ro y Palomino, 2006: 103). Si en el Cerrato palentino se producen tales circunstancias, no es menos cierto que también sucede en otros espacios como Tierra de Campos, en lugares como los tres asentamientos con-secutivos, en la margen derecha del río Sequillo, de Villagarcía de Campos (menos de 5 ha), Tordehumos (1,3 ha y a 6 km del anterior) y Medina de Rioseco (de mayor entidad, a 12,6 km de Tordehumos) (Sacristán et al., 1995: 348; Justo, 2019: 79).Pues bien, para el caso de Pintia creemos que, además del asentamiento de Pajares, el de Landecas-tro, en Torre de Peñafiel, debió de ser un centro de-pendiente del bañado por el Duero. Previamente nos parece conveniente hacer algunas puntualizaciones sobre ciertas cuestiones referidas al oppidum vacceo, como su extensión. En el caso de Pintia si pensamos de manera exclusiva en su hábitat interior a la mu- Fig. 2. Vista aérea de Pintia (Sanz et al., 2003: 51, fig. 3). Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la Pintia vaccea
22 ralla, estaríamos hablando de unas veinte hectáreas, pero si, por el contrario sumamos otras zonas extra-muros, incluso alejadas, el tamaño aumenta conside-rablemente. Antes de valorar esta cuestión, en el caso de Pintia existe además otro factor complementario que es necesario tener en cuenta: la dinámica erosiva del meandro sobre el que se situó la ciudad. Sabe-mos que el río Duero se ha podido encajar de cinco a diez metros en su cauce en los dos mil últimos años (Calonge, 1995: 531), pero a través de la fotografía aérea observamos con claridad que la parte externa del meandro, por su mayor velocidad y turbulencia, y en consecuencia capacidad erosiva, fue mordiendo el terreno hasta el punto de que las dos manzanas situa-das al norte del decumano perdieron buena parte de su superficie (fig. 2). En este sentido llama la atención otra imagen aérea en la que podemos contemplar el cierre septentrional de la muralla, de aspecto masi-vo pero además configurado como una especie de tajamar, precisamente en la zona más activa, como decimos, del meandro (fig. 3). Un poco más abajo, la combinación de este desmantelamiento con el delta formado por los aportes del arroyo de Pajares o de la Vega, acabarían configurando con el paso de los tiem-pos la terraza de Las Huertas, inexistente en tiempos vacceos. En consecuencia, pudieron perderse entre dos y tres hectáreas del recinto intramuros como con-secuencia de la acción erosiva del Duero.El padre Alejandro Recio descubrió un nuevo yacimiento vacceo a raíz de la plantación de viñedo en Carralaceña, en término de Pesquera de Duero, en la orilla derecha del río Duero, en la contraria por tan-to a la ciudad de Las Quintanas; del mismo nadie es-tableció un vínculo directo con Pintia, salvo de forma implícita por la referencia a la existencia de un vado natural que conectaría en su época ambas orillas, y solo tras las excavaciones posteriores de los restos es-tructurales de varios hornos alfareros se constituyó como parte del oppidum (Escudero y Sanz, 1993: 471-472); así pues, la separación entre ambos yacimientos viene dada tan solo por el río Duero, una distancia mínima que aunque hoy marca una separación por el embalsado permanente del agua (tras la construcción de la central hidroeléctrica de La Josefina en los años cuarenta del siglo pasado), en su día dispuso de vado natural que facilitaría el contacto de ambas orillas y, en suma, permite entender que las 8 ha estimadas del asentamiento de Carralaceña han de ser sumadas al espacio de hábitat de la Pintia indígena 2 . A poco más de tres kilómetros al noroeste 3 , se encuentra el alto de las Pinzas, de Curiel de Due-ro (fig. 4). Este espectacular farallón de piedra cali-za, cuyas paredes alcanzan una verticalidad de unos cincuenta metros de altura, debió de constituir una peña sacra para los vacceos de Pintia y a buen seguro la ciudad tomaría su nombre de esta referencia to-pográfica (Repiso, 2017) con asentamientos desde el Calcolítico (Delibes, 2003: 32-33). Su imagen al atar-decer se ve realzada por la incidencia del sol ponien-te, convirtiéndose en una referencia insoslayable de presencia evocadora. A sus pies discurre, además, una importante vía transversal al valle del Duero, el Camino Real Aragonés y desde su cima se consigue un gran dominio visual.Lamentablemente, en las Pinzas no se cono-cen evidencias directas de ocupación o uso durante la segunda Edad del Hierro, tal vez como consecuencia de la gran alteración que ha sufrido este enclave: a los eremitorios visigodos que configuraron un complejo de estancias, pasadizos y almacenes, deben sumarse el atractivo permanente que este lugar ha ejercido a lo largo de los tiempos (expresado en grabados y grafitos de distintos momentos) y mantiene en el pre-sente, pero también, y sobre todo, la fuerte erosión natural a la que están sometidos estos cortados, con desprendimientos de grandes bloques que todavía pueden observarse en su base. Se han conservado numerosos grabados asimilables al mundo eremítico visigodo, pero no contamos con ningún tipo de ins-cripción que, como en el caso de Peñalba de Villastar, pudiera dar testimonio del culto allí desarrollado y de su época (Marco Simón, 1986; Burillo Mozota, 1997), si bien el carácter ágrafo de la sociedad vaccea parece que haría difícil que sobre los paredones de este re-lieve se hubiera plasmado epigrafía alguna, a no ser la latina. Con todo, este lugar constituiría referencia de pertenencia inequívoca para las gentes de Pintia, con cierta omnipresencia cuando se levanta la vista sobre el horizonte 4 . En el cerro de Pajares, localizado unos dos kilómetros al sur de Las Quintanas, sí encontramos al menos restos vacceos y aquí podemos entender, sin ambages, que este emplazamiento constituyó Fig. 3. Detalle del cierre de la muralla en su sector septentrional.
23 parte del mismo oppidum. No parece, con todo, que este asentamiento fuera relevante desde un punto de vista demográfico o espacial, reduciéndo-se probablemente a algunas escasas viviendas en su ladera sur.Si progresamos aguas arriba del Duratón, a unos nueve kilómetros de Pajares localizamos el asen-tamiento de Landecastro (Torre de Peñafiel), como último bastión vacceo en este valle antes de aden-trarnos en territorio arévaco y alcanzar el yacimiento de Los Sampedros (San Miguel de Bernuy, Segovia) (Blanco, 2020). ¿Landecastro, a trece kilómetros del enclave del llano, constituiría parte de la ciudad de Pintia o, por el contrario, debería ser interpretado como centro independiente? (fig. 1). Previamente a manifestarnos al respecto, resulta procedente pro-fundizar un poco más en la configuración y naturaleza de este asentamiento y su relación con el de Pajares. 1. Cerr o de Pajares (Padilla de Duero) Se sitúa a poco más de dos kilómetros al sur de Padilla de Duero y queda configurado como un cerro testigo, que alcanza una cota máxima de 831 m s.n.m., desga-jado de la línea de páramo del valle excavado desde Langayo y Manzanillo por el arroyo de La Vega o Paja-res. Ciñe este cauce por el sur y el este, formando un ángulo recto, la base del promontorio.Hemos conocido esta elevación muy erosiona-da como consecuencia de su deforestación y, proba-blemente también, de la eliminación de su cobertera calcárea y exposición de los niveles margosos-yesí-feros infrayacentes a los agentes erosivos. A finales del siglo XX se procedió a abancalar sus laderas para realizar plantación de pinos alepos o carrascos que, ciertamente, han prosperado poco desde entonces. En cualquier caso, no parece probable que existiera caserío en la cima, por cuanto los vientos dominantes la azotan con intensidad, aunque en la ladera sur y dejando unos pocos metros la cota más elevada, la protección que ahí se logra pudo permitir fundar alguna estructura, como parece corresponder-se con una mayor densidad de fragmentos cerámicos, siempre escasos, y de cantos rodados de cuarcita su-bidos con algún fin desconocido (fig. 5: 2b).Hace tiempo defendimos que en su zona cul-minante suroccidental debió de beneficiarse un relie-ve calcáreo de más de dos metros de espesor, en la que todavía hoy se identifica una especie de frente en L como perfil de explotación antrópico (fig. 5: 2a; fig. 6: 1b y 3b), pudiendo suponerse que en el resto de la cima ese estrato pétreo hubiese desaparecido en re-lación con la extracción de estas calizas en época vac-cea y, tal vez también, en un momento medieval. Por-que precisamente en la falda sur y antes de alcanzar la zona más baja del valle, entre las cotas 790 y 780 m s.n.m., se configura una pequeña meseta, actual-mente plantada de viñedo, en cuyo borde meridio-nal existen todavía hoy unos lienzos de mampostería muy degradados (Mañanes, 1979: 105) 5 , correspon-dientes a una ermita (fig. 6: 1c y 2c), con mención do-cumental del 1360 (Martínez Díez, 1983: 391) y que todavía parecía mantenerse en pie a finales del siglo XVIII según se muestra en un croquis de Peñafiel y su entorno debido a Tomás López (Moral Daza, 2014: 27 y 31) (fig. 7).La dependencia de Pajares con respecto del asentamiento principal de Pintia está fuera de toda duda y ha sido señalada de forma reiterada (Sanz y Escudero, 1995; Sanz 1997: 464; Calonge, 1995: 537; Sacristán, 2010: 138), pero no en una idea de «jerar-quización de hábitat, sino como partes físicamente separadas de un mismo poblado» (Sacristán et al., 1995: 362). Dadas las particulares condiciones del asentamiento pintiano en llano, en una zona panta-nosa, la atalaya de Pajares habría cumplido funciones de cerro vigía, al tiempo que posible cantera extracti-va de lajas calizas empleadas para señalizar las tum-bas de la necrópolis de Las Ruedas, pero tal vez pudo realizar otras más, según veremos.Los primeros materiales publicados de este asentamiento se deben a José David Sacristán (1986: fig. 2), quien los interpreta como testigos de una cel-tiberización temprana, a tenor de ciertos perfiles y decoración bícroma con tonos vinosos que asimila a los momento iniciales de la extensión del torno por la meseta Norte. Idea recogida también por San Miguel Maté (1993: 57) al incluir este asentamiento como ca-racterístico del momento «vacceo inicial». Fig. 4. Vista de la peña sacra de Las Pinzas (Curiel de Duero) desde El Cujón. Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la Pintia vaccea
24 Prácticamente al tiempo, con motivo de la ela-boración primero de nuestra memoria de licenciatura y luego de nuestra tesis doctoral, realizamos en los años ochenta y noventa del siglo pasado varias pros-pecciones y recogidas de materiales, a lo que debería-mos sumar numerosas excursiones hasta el presente, animados por su proximidad a Padilla de Duero y por el mero placer de subir sus asequibles laderas y dis-frutar de las vistas que desde allí se obtienen tanto del valle del Duero como del Duratón (fig. 10). Fig. 5. El cerro de Pajares. 1. Vista desde Landecastro, en primer plano Torre de Peñafiel. 2. Detalle del fotograma del vuelo americano (IGNE) de Pajares: a. Frente de explotación de la cantera de calizas; b. Área más abrigada con concentración de evidencias arqueológicas. 1 2 a b
25 Fig. 6. Diversas vistas del cerro de Pajares: desde el SE (1), restos de la ermita (2 y c), afloramiento calcáreo en la cima (3 y b), Padilla de Duero (a) y castillo de Peñafiel (d). Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la Pintia vaccea 1 2 3cbbaadc
26 Fruto de tales frecuentaciones es una colec-ción de restos materiales vacceos que se combinan con algunos romanos y medievales 6 . Valoraremos de manera conjunta todos ellos (un poco menos de un centenar de fragmentos cerámicos), independiente-mente de su momento o responsabilidad de recogida. Cabe señalar en primer lugar que entre los materiales recuperados (figs. 8 y 9) destacan las ce-rámicas torneadas finas anaranjadas, con pintura precocción en óxidos de manganeso (tonos oscuros) o de hierro (tonos vinosos) y también con color blan-co, que afecta no solo al exterior del recipiente sino también a la parte interna del labio o del borde. Entre los motivos decorativos documentamos semicírculos concéntricos, rombos reticulados, grupos de líneas horizontales rectas o sinuosas, también rectas verti-cales que separan metopas de doble hacha o labrys y bandas anchas de tonos vinosos. Las pastas son de color anaranjado, pero no faltan otras de un barro blanco e incluso rosado, sobre todo entre los reci-pientes exvasados-caliciformes. Hemos querido representar gráficamente la casi totalidad de la muestra para intentar desentra-ñar qué tipos de recipientes (formas y tamaños) y en qué proporciones comparecen en este asentamiento. Con las debidas cautelas, por cuanto algunos bordes pueden resolver de manera diversa el desarrollo de los perfiles de sus cuerpos, hemos creído poder iden-tificar al menos unas doce formas distintas (para fa-cilitar la comprensión de las mismas a partir de los fragmentos, en ambas figuras hemos incluido en la base, cuando ha sido posible, las formas completas documentadas en el yacimiento del llano, en Pintia). No entraremos al detalle de cada una de ellas, pero sí nos interesa destacar la abundante presencia de re-cipientes exvasados de tipo caliciforme (fig. 8: 9-35, grupo 4) y en segundo lugar de las copas o escudillas, según el desarrollo de su pie, con cuerpo bajo y tendi-do resuelto en borde vertical ligeramente engrosado (fig. 9: 48-59, grupo 8). Además, ambos grupos resul-tan de una gran estandarización en cuanto al tamaño (utilizamos el diámetro en boca): por lo que respecta al grupo 4, la mayoría (17) oscila entre 16 y 18 cm (fig. 8: 9-25), con algunos ejemplares minoritarios (3) que alcanzan entre 19 y 22 cm (fig. 8: 26-28); por lo que atañe al grupo 8, ocho ejemplares miden de 20 a 22 cm (8) (fig. 9: 49-57) y uno 18 cm (fig. 9: 48).Ya con menor presencia constatamos también cuencos de borde ligeramente reentrante con el labio engrosado y vuelto (fig. 8: 40 a 44, grupo 6), jarros de pico (fig. 8: 45-47, grupo 7), vasos con asa diametral de tipo cesta (fig. 8: 3, grupo 3), botellas de cuello poco desarrollado (fig. 8: 7, grupo 2), pequeñas bote-llas de perfil lenticular de boca de seta (fig. 9: 62, gru-po 9), vasitos de perfil lenticular con borde reentrante y labio engrosado (fig. 9: 65, grupo 10), vasos de perfil bitroncocónico y borde vuelto (fig. 9: 63, grupo 11) y también recipientes de perfil bitroncocónico de ca-rena alta y borde muy reentrante, de gran capacidad (fig. 9: 65-71, grupo 12) para el almacenaje (de 25 cm de diámetro en boca para fig. 9: 71), además de al-gunos fragmentos de más difícil reconstrucción (fig. 8: grupo 5). Si las anteriores categorías formales hacían referencia a la cerámica fina anaranjada, en el gru-po 13 quedan englobadas las denominadas cerámi- Fig. 7. Esquema gráfico de Tomás López (siglo XVIII) en el que se refleja la ermita de Pajares (según Moral Daza, 2014: 31).
27 Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la Pintia vaccea 12345*6791011121415161719202223242526272829313240414647424344*44**33343536**37**38*39*30**21*18**13*8** Fig. 8. Materiales recuperados en el cerro de Pajares (Padilla de Duero) y su relación con grupos formales del asentamiento del valle(* publicados en Sacristán, 1986; ** publicados en Sanz, 1997).
28 48495051535455565758656667686970717475787980818272**76*77*83*84**73**606162**63**64**59**52** Fig. 9. Materiales recuperados en el cerro de Pajares (Padilla de Duero) y su relación con grupos formales del asentamiento del valle(* publicados en Sacristán, 1986; ** publicados en Sanz, 1997).
29 cas grises céreas de imitación metálica (fig. 9: 60-61) con dos fragmentos que, aunque correspondientes a la base y por tanto carentes de la típica decoración del tercio superior a base de hendiduras o estampa-dos que recuerdan la técnica del repujado de la plata, muestran sus inconfundibles pastas grises claras con acabados superficiales bruñidos, casi jabonosos.También se registra una canica de barro deco-rada, conservada la mitad de la esfera (fig. 9: 72), y tres fichas recortadas en cerámica de pasta blanque-cina (fig. 9: 73-75).En el capítulo de las cerámicas comunes o tos-cas incluimos algunos fragmentos (fig. 9: 76-83) cuya filiación vaccea resulta más que discutible (salvo, tal vez, en el caso de fig. 9: 81), por más que algunos de ellos fueran publicados como tales (Sacristán, 1986: fig. 2: 6 y 9; Sanz, 1997: fig. 7: 6 y 7). Aunque los per-files recuerdan a esta producción, la constitución de la pasta con desgrasantes muy bastos y el excesivo tamaño, dificultan la adscripción. Algunas piezas (fig. 9: 80 y 82) no descartamos que pudieran ser roma-nas, ya que también constatamos la presencia de un fragmento de borde de TSHT (terra sigillata hispánica tardía) (fig. 9: 84).Cuestiones de índole cr onológica. Una vez presenta-dos los materiales recuperados en el cerro de Pajares, se hace necesario en primer lugar intentar acotar su cronología. No creemos que en la actualidad pueda seguir manteniendose la idea de que el asentamien-to corresponda a un momento vacceo temprano. La ausencia total de cerámica elaborada a mano, la abundante presencia de torneadas finas anaranjadas bícromas (negro y rojo) o polícromas (blanco, rojo y negro), además de dos fragmentos de cerámica tor-neada gris cérea de imitación argéntea, nos centran en una horquilla cronológica del último cuarto del si-glo II a. C. al final del I a. C. (Sanz, Gómez y Arranz, 1990: 142-143, y 1997: 305-306, 309-312; Blanco, 1993: 133, y 2001: 25). En suma, no encontramos elementos suficientes para mantener una cronología antigua para la ocupación de este lugar, no más atrás del siglo II a. C. P or lo que respecta a su perduración en épo-ca altoimperial romana no existen testimonios claros, más allá de la posibilidad de que algunas cerámicas comunes pudieran corresponderse con esta etapa. La TSHT nos permite al menos plantear que la memoria del lugar de alguna manera se mantenía.Funciones del asen tamiento. La interpretación ofre-cida como cantera ha venido dada sobre todo como consecuencia de la presencia en el extremo surocci-dental de una plataforma en forma de L junto al aflo-ramiento calcáreo que, en inspección cursada con el profesor Guillermo Calonge, entendimos resultante de la acción antrópica a partir del vaciado de dicho afloramiento (fig. 5: 2a y fig. 6: 1b y 3b). Además, la distancia, de apenas algo más de dos kilómetros, constituye la más corta con respecto del llano a un alto para aprovisionarse del material calizo, con lo que utilizando el principio del “menor coste” sería el enclave adecuado. Asimismo, la cronología propuesta a través de los materiales cerámicos parece coincidir, como ya destacamos en su día, con la mayor presen-cia de estelas pétreas en el cementerio de Las Ruedas durante los siglos II y I a. C. (Sanz y Escudero, 1994: 171). No debe obviarse, pues, el hecho de que el ob-jetivo principal de esta cantera pudo ser abastecer de estelas funerarias a la necrópolis de Las Ruedas, es decir, unos elementos de acusado carácter simbólico que sirvieron para articular dos mundos: el ctónico y el aéreo. Tal circunstancia pudo marcar también en alguna medida la función cultual de este lugar.Es patente además que la elevación debió de constituir un punto estratégico de control territorial, como atalaya que mediante una simple señal visual de humo pudiera advertir de potenciales peligros al poblado del llano de Las Quintanas, pero también en relación al asentamiento de Landecastro, aguas arri-ba del río Duratón.Tras el análisis más detenido de los escasos restos materiales recuperados en este lugar, la pre-valencia de vasos caliciformes y escudillas, junto a va-rios jarros, e incluso un ungüentario (botella boca de seta), creemos que introduce una variable importan-te para plantear que el lugar además hubiera estado revestido de cierto carácter cultual, como peña sacra. El tipo de piezas aludido guarda una relación direc-ta con prácticas de libaciones, y está tipificado en el mundo ibérico en asociación a santuarios rupestres (Gil Mascarell, 1975, citado en: Burillo, 1997: 236). En este sentido, el cerro de Pajares pudo cumplir tam-bién cierto papel de atalaya desde la que se procura-ra, con los adecuados ritos y sacrificios, la protección del extenso territorio que se abre en el curso bajo-fi-nal del Duratón y que debió de constituir el terrazgo por excelencia del asentamiento pintiano. Casi diez kilómetros al sur, en contacto visual directo, el alto de Landecastro vendría a realizar una función similar, como veremos a continuación. Por último, la existencia al pie de Pajares, en su ladera sur, de un despoblado medieval, del que se mantuvo la memoria como lugar de culto hasta mo-mentos muy recientes, podría llevarnos a pensar en un lugar de sacralidad ancestral asimilado por el cris-tianismo. 2. Landec astro (Torre de Peñafiel) Uno de los aspectos más llamativos de este asenta-miento en altura ―localizado sobre un espigón con-formado por el río Duratón y el arroyo de la Salaica en su flanco oeste― es la visibilidad que se alcanza des-de su plataforma, pudiéndose divisar con claridad ha- Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la Pintia vaccea
30 cia el norte en línea recta el cerro de Pajares, la propia Padilla de Duero e incluso, en el horizonte, las cuestas de Valdemadero encima de Pesquera de Duero que delimitan la línea de páramo de la orilla derecha del curso del Duero (fig. 5: 1). Las vistas hacia el sur no son tan diáfanas, en primer lugar por la subida de cota Fig. 10. Vista de Landecastro desde Pajares.
31 de los páramos aguas arriba, unos cincuenta metros en apenas ocho kilómetros (a la altura de la laguna de Contreras), y en segundo lugar por su alineamiento visual con el valle del subsidiario arroyo del Monte y el pico del Cuerno, quedando casi fuera de la pers-pectiva el cauce del Duratón propiamente dicho; no obstante, la cadena montañosa de Somosierra desta-ca en el horizonte con personalidad propia (fig. 10).La amplia superficie de este cerro (fig. 11), que comprende unas cuarenta hectáreas, oscila entre co-tas de 860-870 m s.n.m., con un punto central que alcanza los 882 m s.n.m. Un camino, inexistente con anterioridad a la concentración parcelaria, disecciona por la mitad en dirección NO-SE el cerro, conectando con la senda que desciende por su morro norte hacia el cementerio del pueblo. Las laderas han sido objeto de abancalamiento para la reforestación, y consecuente-mente se han visto alterados los relieves primigenios.No encontramos referencias a este asenta-miento anteriores a la de San Miguel Maté (1993: 56-57), de la que se hacen eco también Sacristán y otros (1995: 347), quienes le otorgan una adscripción vaccea y una extensión de 5 ha. Por el contrario, en el valle, apenas a un kilómetro de distancia de Lan-decastro, se localiza el pago de La Cañadilla o Los Ga-rrones, del que Mañanes (1979: 116) publica cerámi-cas romanas tempranas y tardías, así como cerámica pintada de tradición indígena. Por su parte, las exca-vaciones arqueológicas de Pérez Rodríguez y Martín Montes (1989) en este asentamiento del valle propor-cionaron un nivel neolítico sobre el que se superpuso una villa altoimperial, seguido de otra edificación ba-jomperial con musivaria de teselas blancas y negras, y, finalmente a partir del siglo V d. C., una necrópolis de inhumación que alcanza la época visigoda y tiene su fin en la primera mitad del siglo VIII d. C.Recurrimos a la fuente del Inventario Arqueo-lógico Provincial de Valladolid (IAPV) para saber es-pecíficamente del asentamiento en altura de Lan-decastro. En la ficha correspondiente se documenta una ocupación prehistórica indeterminada en la zona nororiental (apenas seis fragmentos de cerámicas hechas a mano e industria lítica de desbastado, con algunas lascas simples de sílex sin retocar) y otra co-rrespondiente al Hierro II, propiamente vaccea que es la que más nos interesa, diseminada en tres zonas.Esta prospección vinculada al IAPV, realizada en 1997, brinda la imagen de un hábitat poco concen-trado, con «pequeños corros que ofrecen fragmentos cerámicos con no mucha densidad y entre los cuales» solo se distinguen «algunos hallazgos sueltos […] co-rros que se concentran en tres zonas de la platafor-ma, dejando libre un amplio espacio central». La idea de una débil ocupación del asentamiento adquiere refrendo en el corte que ofrece la cuneta norte del camino de Landecastro a la altura de La Loma, donde en unos cien metros de longitud se señala un nivel arqueológico, con restos óseos y cerámicos, de no más de veinticinco centímetros de espesor; la super-posición de un potente nivel estéril de arada, de unos sesenta centímetros, sirve para justificar la escasez de materiales visibles en superficie. Finalmente se re-fiere que los hallazgos de la ladera sur bien podrían ser arrastres venidos de la parte superior (Delibes et al., 1997). No obstante, se concluye que este asen-tamiento vacceo, dado a conocer escuetamente (San Miguel, 1993 y Sacristán et al., 1995) y para el que se suponían unas cinco hectáreas, ha de ser conside-rado, por sus 30 ha de extensión, un asentamiento vacceo de cierta entidad. En las visitas realizadas por nosotros en oc-tubre de 2018 y febrero de 2021 hemos obtenido la impresión de un asentamiento de naturaleza muy re-ducida, de manera que en la superficie de la meseta apenas se localizan materiales. También reconocimos la aludida presencia de un estrato gris, de apenas veinte centímetros de espesor y coloración oscura uniforme, en el corte del camino de concentración, que rinde escasísimos fragmentos óseos y cerámicos vacceos. No pudimos encontrar apenas vestigios, sin embargo, en la denominada zona 3 del IAPV. La la- Fig. 11. Vista aérea de Landecastro (IGNE) con indicación de las zonas reseñadas en el IAPV y algunos de los yacimientos arqueológicos próximos. Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la Pintia vaccea
32 dera sur es con diferencia el área donde, sin ser exa-gerada la presencia de materiales, puede señalarse el punto de mayor densidad relativa de hallazgos: en concreto, ahora que esta zona está abancalada, en el quinto de los escalones o bancales, próximo al aflo-ramiento de un estrato calcáreo y a algunas peñas exentas (fig. 12).Los ma teriales hallados. Con tamos con distintos lo-tes de materiales arqueológicos recogidos en diferen-tes momentos en la zona de Landecastro. Una parte de ellos, la correspondiente a las prospecciones rea-lizadas desde el IAPV, está depositada en el Museo de Valladolid; otras se localizan en el CEVFW: las de las dos colecciones privadas 7 y las recuperadas por nosotros mismos. Todos ellos, como en el caso de Pa-jares, ofrecen un alto índice de fragmentación y no es infrecuente que muestren su superficie invadida por los líquenes.Entre los hallazgos señalados en el IAPV están los cerámicos, que cubren el repertorio característico del mundo vacceo, con especies torneadas finas ana-ranjadas y otras toscas. Entre aquellas se reconocen perfiles de bordes cefálicos, cuencos, páteras, copas, etc., con líneas horizontales pintadas rectas u ondu-ladas, otras con semicírculos, etc.; merece la pena destacar la presencia de tres piezas de pastas claras, dos de ellas con bandas de tono vinoso. Asimismo se consigna el hallazgo de una fusayola y una canica lisa. A dichos materiales cabe sumar los existentes en el CEVFW. De estos hemos seleccionado un poco más de una treintena de fragmentos de cerámica tor-neada fina anaranjada que proporcionan referencia a los modelos formales a los que correspondieron. Hemos podido identificar unos once grupos formales diferentes que reproducimos en sus perfiles comple-tos a partir de recipientes recuperados en nuestras excavaciones de la ciudad de Pintia (fig. 13, inf.). Así podemos identificar grandes dolia de almacenamien-to, representados a través de bordes, fragmentos de galbos o de fondos (grupo 1, fig. 13: 1-4); embudos (grupo 2, fig. 13: 5); tinajillas de cuerpos bitroncocó-nicos con el borde vuelto (grupos 3 y 4, fig. 13: 7-14); jarros de pico (grupo 5, fig: 13, 6); escudillas con pies más o menos desarrollados (grupo 6, fig. 13: 15-17); vasos acampanados (grupo 7, fig. 13: 18 y 19); cuen-cos altos, ligeramente exvasados o invasados, de borde desarrollado o atrofiado (grupo 8, fig. 13: 19-30); ungüentarios (grupo 9, fig. 13: 31) y vasitos len-ticulares de borde reentrante (grupo 10, fig. 13: 32). La decoración pintada observada en este repertorio cerámico incluye líneas horizontales helicoidales o paralelas, también anchas bandas horizontales, am-plio zigzag, cuartos de círculos concéntricos y círculos concéntricos separados por línea vertical.También resultan abundantes los hallazgos de fragmentos de ollas de cerámica torneada tosca o común vaccea, de perfiles bitroncocónicos y bordes vueltos; uno de estos fragmentos muestra el carac-terístico fondo umbilicado; predominan los tonos anaranjados, siendo más excepcionales los grises o negros (fig. 14: 1). Una esfera, decorada con peine impreso for-mando paralelos, y una fusayola constituyen otros elementos asignables a esta etapa (fig. 15: 4 y 5) y tal vez también las fichas realizadas sobre cerámica fina anaranjada o tosca vacceas (fig. 15: 2 y 3), si bien no cabe descartar que pudieran realizarse en época romana, habida cuenta la detección de materiales asimilables a esa etapa como veremos.Por último, cabe referirse al hallazgo de una sugestiva placa broncínea (fig. 16) en forma de U de base recta, muy bien conservada, con una pátina ver-de muy atractiva, que muestra ambos extremos de los brazos perforados por troquel circular y la base con una aparente decoración dentada (el frente de pequeña sierra que determina no parece que fuera funcional sino decorativo); en el anverso desarrolla una decoración de triángulos alineados, tres a cada lado y cinco en la base, rellenos de 15 perlitas dis-puestas en cinco niveles que incluyen 5, 4, 3, 2 y 1 perlas inscritas. El recorte interior de la placa mues-tra cierto descuadre en el lado interior de la base, mide 28,4 x 23,7 x 0,9 mm. Podría tratarse de la pieza hembra de un broche de cinturón, sujeta por dos re-maches al cuero y con vuelo suficiente para permitir el paso y anclaje de un garfio de una supuesta placa macho. Sea como fuere, resulta interesante destacar que se trata de una pieza reaprovechada de otra pla-ca mayor que tuvo una función original tal vez no muy distinta. Tal afirmación es posible porque lo que aho-ra es reverso en su día fue anverso y estuvo dotado Fig. 12. Uno de los afloramientos calcáreos del alto de Landecastro en la ladera meridional, donde mayor concentración de hallazgos cerámicos se observa.
33 1253467891011121314151617181920212223242526272829303132 Fig. 13. Materiales cerámicos de Landecastro: fragmentos de cerámica torneada fina anaranjada vaccea y su correspondencia con formas completas documentadas en Pintia. Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la Pintia vaccea
34 de una decoración longitudinal a ambos lados a base de entorchado curvo o eses encadenadas enmarca-das por series de cortos trazos rectos y oblicuos; la misma ha sido pulida hasta prácticamente desapa-recer, pero todavía se hace evidente cuando se juega con la luz sobre su superficie. La pieza original pudo tratarse de una placa de broche alargado, similar al broncíneo que decora el ejemplar de la tumba 122 de la necrópolis de Las Ruedas (Sanz y Romero, 2010: 405, fig.1), o a otros broches de puñales de hierro con revestimiento de placa broncínea como el de la tumba 30 de la misma necrópolis (Sanz, 1997: 81, fig. 72); en ambos casos las anchuras de las piezas re-sultan muy próximas a la del ejemplar de Landecas-tro. La decoración estampada de triángulos rellenos de 15 perlas es muy excepcional y en algunos tipos como los broches Bureba, donde se prodigan este tipo de decoraciones de triángulos rellenos, solo un ejemplar de Almaluez la incluye (Sanz, 1991: 110, fig. 8: 14VII). No nos resistimos a reseñar otra placa más, en este caso del cementerio pintiano, sin duda pieza reutilizada para lañar otra rota (Sanz, 1997: 193, fig. 182: 724): la plaquita en cuestión muestra dos ori-ficios de remachado y decoración de un animal en perspectiva cenital muy esquemático, con claro valor profiláctico, y posee el mismo tratamiento dentado de los bordes superior e inferior que observamos en esta. En suma, piezas reutilizadas que nos hablan del intenso reciclado de los materiales metálicos cuyos veneros no resultan abundantes en estas tierras sedi-mentarias del centro de la cuenca del Duero. Resulta de gran interés consignar la presencia también de algunos otros elementos de tipología ro-mana que no habían sido documentados con anterio-ridad y se suponían exclusivos del asentamiento en llano de La Cañadilla. Hablamos en concreto de una jarra en cerámica común romana con arranque de asa (fig. 14: 4) (Aguarod, 2017: 60, fig. 24: 7-10), de un borde de un lebrillo o barreño amplio con pigmenta-ción rojiza en el labio y al interior (fig. 14: 5) (Aguarod, 2017: 55, fig. 20: 1), tal vez de otro borde pigmentado (fig. 14: 3) y de dos fragmentos de terra sigillata (fig. 14: 2), uno correspondiente a una Drag. 37 de bor-de almendrado. Entre los elementos singulares cabe mencionar una gran ficha circular recortada a partir de una teja (fig. 15: 1), y (creemos que a este momen-to habría que asimilarlos) dos pequeños falos o penes cerámicos (fig. 15: 6 y 7) a los que nos referiremos más en detalle a continuación. Uno de ellos está casi completo, a excepción de un alargado desconchón lateral que no impide comprender su configuración al completo. El otro res-ponde sin duda a la misma tipología, pero lamenta-blemente está roto por la base y, en apariencia, tam-bién en parte del glande. Son de cerámica decantada anaranjada; su forma cilíndrica muestra un progresi-vo afinamiento hacia el extremo distal, donde se ha modelado la cabeza y la hendidura central caracterís-ticas del miembro viril; en el fuste se marcan una se- 12534 Fig. 14. Materiales cerámicos de Landecastro: torneadas toscas vacceas (1) y romanas: terra sigillata (2), cerámica pigmentada (3), botella (4) y lebrillo (5) en cerámica común.
35 rie de anillos, hasta siete en el ejemplar completo; en la base de este, finalmente, se incluyen unas hendidu-ras practicadas mediante un corte curvo profundo de tosca excisión diédrica, configurando una especie de R o de brazos curvos en giro. La pieza completa mide 60,6 mm de longitud por 26,5 mm de anchura en la base y unos 25 mm en el glande.Resulta de algún interés señalar que la mayor parte de los materiales se han recogido en la deno-minada zona 1 de Landecastro, es decir, en su ladera sur, en particular los dos falos, el fragmento de jarro, la bola o la fusayola y las fichas y los materiales roma-nos. Además, en la inspección que de esta zona hici-mos nosotros mismos, hallamos dos pequeños pero pesados fragmentos de escoria de hierro.Valoración cr onológica, cultur al y funcional de los hallaz gos. De los materiales presentados se dedu-ce una evidente ocupación vacceo-romana del en-clave de Landecastro. En efecto, existen materiales sin duda de adscripción vaccea, cerámicos (vasijas de fina anaranjada, torneada tosca, canica y fusayo-la) y metálicos (plaquita broncínea), mientras que otros apuntan a momentos altoimperiales y tal vez tardorromanos (cerámicas comunes y alguna terra sigillata). Por lo que específicamente se refiere a los falos cerámicos, sin descartar una filiación vaccea o prerromana, a priori parecería más sensato asimilar estas peculiares producciones a la ocupación roma-na, contexto en el que evidencias priápicas en bronce, piedra, hueso o barro no son infrecuentes. Sin duda, la primera referencia que se nos viene a la cabeza es el lugar de culto de la cueva de San Román de Clunia (Burgos). Así, los penes de Landecastro, pese a la falta de contexto preciso, habría que entenderlos en rela-ción a «la fertilidad, la vida y el bienestar», habiendo sido considerada su presencia en los santuarios del mundo antiguo como una «práctica cultual destina-da a obtener/agradecer la curación de enfermedades vinculadas con los genitales masculinos […] o como una forma ritual de prevenir esos problemas»; en cualquier caso, no es descartable que su presencia respondiera también a una petición o a un agradeci-miento por «la fertilidad individual o de bienestar ob-tenido para toda la comunidad» (Alfayé, 2006: 374), o, añadiríamos nosotros, de fertilidad para los cam-pos de cultivo extendidos a los pies del cerro. Algún Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la Pintia vaccea 1234567 Fig. 15. Materiales cerámicos singulares de Landecastro: fichas recortadas (1-3), esfera con decoración de paralelos impresos (4), fusayola o contrapeso del uso de hilar (5) y falos (6 y 7).
36 comentario permitiría aún la presencia en la base de esa especie de “R”, que podría ser interpretada como la inicial del donante-oferente (¿Rufinus, por ejemplo, pensando en la inscripción de aquel jarro visigótico del pico del Castro de Quintanilla de Arriba?). En relación con estos falos cerámicos, aun ca-bría la posibilidad de pensar que su presencia estuvie-ra delatando posibles espacios de culto en la ladera sur del propio cerro de Landecastro o en las proximi-dades del mismo.Con respecto a la primera posibilidad, nada impediría que esas evidencias hubieran quedado enmascaradas como consecuencia de la profunda alteración que ese espigón ha sufrido en los años ochenta del siglo pasado, primero de la mano de la concentración parcelaria 8 y, a continuación, como consecuencia del abancalamiento de sus laderas para la replantación forestal. Si se consultan los fotogra-mas del vuelo americano para este sector (fig. 17: 1), previos a dichas intervenciones, puede comprobarse la existencia de algún sendero en la ladera sur que no llega a alcanzar la cima y que podría pararse en algún tipo de abrigo o afloramiento calcáreo que sirviera para localizar esa zona de culto, a imagen de otros abrigos-santuario del mundo ibérico o de la Célti-ca hispana (Alfaye, 2006: 35 y ss.). Desde luego, de haber existido alguno de estos abrigos en el pico de Landecastro, no cabe duda de que fuera este sector sur, protegido de los vientos dominantes del oeste y del norte, el idóneo para buscar acomodo, tal y como se constata sucede en los numerosos “eremitorios” de la comarca.Y precisamente de eremitorios y de peñas sa-gradas se hace necesario hablar, por cuanto desde la cima meridional de Landecastro se visualizan, a me-nos de kilómetro y medio de distancia aguas arriba del arroyo de la Salaica, la ermita de la Virgen de El Olmar (fig. 17: 2), patrona de Canalejas de Peñafiel, y Piedramediana (fig. 17: 3) y, ambos lugares asimi-lables, según S. Repiso (1999: 411) a los siglos X-XI, y de gran singularidad por tener excavados en sus peñas calcáreas eremitorios y varias tumbas antropo-morfas. Tal vez por pura conveniencia encaje apelar al concepto de “larga duración” histórica, y aunque no tenemos argumentos de peso inapelables para mantener que estas “peñas sagradas” lo fueron con anterioridad al medievo, recientemente algunos au-tores han reivindicado algunos de estos elementos y tradiciones con hondas raíces en la España céltica (Alfayé, 2009; Almagro Gorbea, 2009; Moya-Maleno, 2020; Almagro Gorbea, Ruiz y Palacios, 2018).Independientemente de que estos lugares singulares fueran poco más que roquedos o abrigos carentes de las cavernas o habitáculos excavados en época visigoda o posterior, no debe cuestionarse que constituyeron referencias topográficas importantes en la construcción de un paisaje simbólico cuyos reta-zos actuales, según los citados estudios etnoarqueo-lógicos más recientes, serían testimonio de un pasado de mayor profundidad temporal. En este sentido, la romería practicada por las gentes de Canalejas de Pe-ñafiel al roquedo de la ermita de la Virgen de El Olmar habría podido recoger el testigo cristianizado de cos-tumbres ancestrales de un pretérito tardoantiguo y este a su vez de otro prerromano como, por ejemplo, se ha sugerido para la cueva del Robusto, de Aguilar de Anguita (Guadalajara), donde de un pequeño abri-go se pasaría posteriormente a una galería de exca-vación eremítica (Arenas, 2010: 89). No es baladí asi-mismo que El Olmar cuente con una fuerte surgencia o manantial; incluye también el peñasco eremítico una escalera en su lado norte de dieciséis peldaños entallados en la roca que parecen de factura moderna por su anchura y regularidad y permiten el acceso a las grutas abiertas en el nivel inferior.De igual manera, Piedramediana pudo ser ele-gida para fundar un eremitorio como consecuencia de una tradición previa, por constituir aquel lugar ya un espacio sacro. Este afloramiento calcáreo en la la-dera del vallecico crea una referencia topográfica de cierta magnitud, en un bosque primigenio de robles, quejigos y encinas, preservado milagrosamente y de una gran belleza, por cierto, en el que no faltan ejem-plares singulares (fig. 18) que pudieron haber dado el relevo a otros más antiguos objeto de culto. En la roca se observan a la perfección varios habitáculos excava-dos y algunos encastres para sujetar estructuras de madera, así como tumbas antropomorfas y varios es-calones tallados en la roca. Siendo como se trata de un relieve singular, un roquedo en el camino del valle hacia el páramo de Campaspero, podríamos imaginar un papel similar al del “Canto de los Responsos” de Villaviciosa (Ávila) con respecto del castro vetón de Ulaca (Almagro, 2006); o de bolos similares señalados en Balisa (Segovia) al sur de Cauca (Blanco, 2021); o aun las peñas sacras de Gete (Pinilla de los Barruecos, Burgos) (Almagro Gorbea, Ruiz y Palacios, 2018).Probablemente este sea el momento de echar el freno y dejar aquí el discurrir al que nos han lle-vado las reflexiones sobre los dos pequeños falos del asentamiento de Landecastro. Su presencia evoca un posible santuario localizado en la vertiente sur de la ladera, hoy desvirtuado por los trabajos de abanca- Fig. 16. Placa broncínea decorada de Landecastro.
37 Fig. 17. Ubicación de Landecastro con respecto de los eremitorios medievales de El Olmar y Piedramediana (Canalejas de Peñafiel). 1. Ladera sur de Landecastro, con sendero en oblicuo (flechas rojas) que se detiene en una de las cornisas calcáreas (detalle de fotograma del vuelo americano, IGNE). 2. Eremitorio de El Olmar con dos tumbas antropomorfas en primer plano. 3. Eremitorios de Piedramediana. Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la Pintia vaccea 2 1 3
38 lamiento, pero tal vez próximo a los roquedos donde localizamos la máxima concentración de materiales vacceos y romanos.En cuanto a la cronología, frente a lo manteni-do hasta el presente: un yacimiento de cronología an-tigua (¿?) que no se romaniza (Sacristán et al., 1995: 347; Sacristán, 2010: 129) 9 , plantearíamos casi lo con-trario: una cronología avanzada, similar a Pajares, que alcanza la romanización. Los materiales, sobre todo los de tonos vinosos recuperados en el desarrollo del IAPV y algunos perfiles de las citadas colecciones, pa-recen sugerirnos cronologías bajas de los siglos II-I a. C., a cuya idea contribuye también la presencia de la plaquita broncínea reutilizada. Una datación que, por tanto, podría coincidir con el asentamiento de Paja-res, con el que guarda visibilidad directa como ya he-mos indicado, y que, en gran medida, se explicarían el uno al otro, desde un punto de vista funcional. Por otro lado, frente a las 5 ha de extensión planteadas, apenas le daríamos entidad, sin que nos atrevamos a concretar una cifra.Desde una perspectiva funcional parece ne-cesario intentar comprender qué razón guió la fun-dación de un asentamiento como este. Hemos se-ñalado la distancia de Landecastro con respecto de Pajares, no así con respecto del yacimiento más próximo aguas arriba del Duratón. A 18 kilómetros se encuentra el enclave arévaco de Los Sampedros, de unas cuatro hectáreas de extensión, en San Miguel de Bernuy (Segovia), justo donde comienzan las co-nocidas hoces de este río. Cabe pensar que entre uno y otro se establecería una franja de frontera (Blanco, 2020: 170-171); sin negar tal cuestión, ¿realmente podríamos pensar que un asentamiento de la poca entidad de Landecastro pudiera haber constituido un baluarte defensivo en los extremos del territorio vac-ceo? Nosotros pensamos que no, que Landecastro se explica de manera mucho más natural en el contexto de su pertenencia a Pintia, como ocurre con el cerro de Pajares. De esta forma, su ubicación pudo cumplir varias funciones: por un lado, como atalaya de comu-nicación directa con Pajares y este a su vez con Pintia, para tener una información rápida de la situación en el bajo valle del Duratón de posibles peligros por esta vía; por otro, como posible santuario en un lugar ex-tremo del territorio y aquí conviene recordar, siguien-do a Burillo (1997: 235), que todo lugar religioso sirve para aglutinar a la comunidad a la que pertenece pero también como elemento diferenciador frente a otros grupos o como punto de confluencia entre comuni-dades distintas; y, finalmente, como aldea campesina que explotara las tierras de aluvión de este tramo del Duratón, cuya anchura en ocasiones supera los dos kilómetros, en beneficio de los habitantes de la ciu-dad de Pintia. En relación con este último aspecto, un elemento distintivo de los materiales recuperados aquí con respecto de Pajares serían las abundantes cerámicas toscas que allí no alcanzan tanta represen-tación. 3. La ciudad de Pin tia, análisis de un t erritorio de sostenibilidad En la última dirección apuntada, parece necesario comprender cuál fue el territorio de explotación de una urbe como Pintia. No es posible definir con exac-titud el tamaño de esta ciudad en época vaccea, pero podemos sugerir una horquilla de entre 5.000 y 7.000 habitantes. Las necesidades vitales de una población como esa comportan un territorio de explotación am-plio que permita su sostenimiento y estabilidad. En el cálculo del espacio productivo requerido, seguiremos los planteamientos de J. D. Sacristán (2011: 199-200) para determinar el terrazgo. Este autor parte de una productividad media para el trigo de 1:10 10 , de unos 130 kg de semillas/ha y de un consumo de medio ki-logramo de pan diario por persona. Para que esto sea Fig. 18. Ejemplar singular de r oble en las proximidades de Piedramediana (fotografía de Tomás Madrazo).
39 posible (con los espacios propios para cebada, reserva de siembra, barbechos, pérdidas por ratones y otros factores, etc.) se llega a una relación de unas 500 ha o 5 km 2 por cada 1000 habitantes, lo que nos llevaría a comprobar si el asentamiento dispone de dicho terraz-go para cubrir las necesidades de su población: 5000 o 7000 habitantes exigirían entre 25 y 35 km 2 solo de terrenos feraces de cultivo. A este modelo planteado por Sacristán le falta incorporar, sin embargo, el exce-dente de grano comercializado, atestiguado por las fuentes y que resultaría imprescindible para obtener productos básicos, irrenunciables e inexistentes en el territorio vacceo (metales, sal, granito, etc.) de los que sin embargo hace gala el registro arqueológico pintia-no con prolijidad. ¿Podríamos establecer en un tercio de producción a mayores para la cantidad comerciali-zada que permitiera ese fluir de mercancías necesa-rias desde otros territorios aledaños? De hacerlo así, tendríamos que sumar otros entre 8 o 15 km 2 , alcan-zando un terrazgo de entre 33 y 50 km 2 , es decir, 3300 a 5000 ha. Veamos si esto es posible.Partimos de la idea de que este territorio de explotación de Pintia ha de estar sometido a los prin-cipios de un coste de desplazamiento sostenible que, siguiendo a Sacristán, hemos fijado en unos siete kiló-metros alrededor del asentamiento, pero combinada con la cota de 800 m s.n.m., a partir de la cual las pendientes comenzarían a dificultar los trabajos ha-ciendo poco rentables las tareas agrícolas, al tiempo que el dominio del bosque se haría efectivo. Por su parte, por debajo de la cota de 750 m s.n.m. (en al-gunos lugares incluso diez o veinte metros antes) y considerando que además hace dos mil años el Due-ro estaría de cinco a diez metros menos encajado en su cauce, se localizarían los pastizales, salpicados de bodonales, charcas y lagunas. En este sentido resulta muy significativo que los mismos se señalen en el en-torno más inmediato del yacimiento, ya que la propia Pintia basó su defensa en su ubicación en esta zona pantanosa delatada por la toponimia de Padilla o Pa-jares, términos derivados del latino palus ‘pantano, cenagal’ 11 . De hecho, en la llanada que se extiende al norte de Pajares se encontraba hasta no hace mucho la laguna de Villaescusa y tras la concentración parce-laria ha sido necesaria la realización de toda una red de canales para poder evacuar el agua que aquí se acumula. Asimismo, la toponimia resulta muy expre-siva de estas zonas endorreicas a un lado y otro del Duero, y en Padilla y Pesquera de Duero encontramos pagos designados como Las Navas.Veamos, pues, qué superficie se perfila entre las cotas 750 y 800 m s.n.m. y si constituye base de terruño suficiente para el sustento de la población pintiana. Para contabilizarlo de forma adecuada he-mos generado un plano tomando como punto central la ciudad de Pintia (fig. 19), indicando los valores 750, 800, 850 y 900 m s.n.m. de las curvas de nivel. Asi-mismo se ha utilizado la aplicación de medición de áreas de la página del Instituto Geográfico Nacional. Por último, a efectos prácticos realizamos la medición de superficies por partes y así se ha dividido este es-pacio en dos zonas: orilla derecha o norte (zona 1) y orilla izquierda o sur (zona 2). Los resultados, respec-tivamente, son los siguientes: 2200 ha y 3300 ha, que sumados proporcionan una superficie total de 5500 ha, es decir 55 km 2 , a la que sin embargo convendría restar una importante extensión entre el cerro de Pajares y Padilla de Duero por tratarse de terrenos que representan cenagales o lagunas; asimismo, en el trazado que sigue la cota de 800 o 750 m s.n.m. hay un recorrido dentado que, sobre todo en las zo-nas de cuesta, muy posiblemente no estuviera en ex-plotación. Considerando ambos aspectos, podríamos reducir la superficie a unos 50 km 2 , una extensión que a priori parece encajar en las necesidades planteadas para la población potencial. No obstante, debe considerarse que no he-mos hecho ninguna distinción sobre la capacidad agrológica de las tierras, con lo que se incluyen tierras tanto buenas como regulares o malas, cuya media de rendimiento parece complicado que pu-diera alcanzar la proporción 1:10. Tal reflexión nos lleva a plantear que se haría necesario contar con un terrazgo aún mayor y para ello se abren varias op-ciones: 1) aguas abajo o aguas arriba del valle prin-cipal del río Duero; la distancia de una orilla a otra en la cota de 800 m s.n.m. se reduce a no más de tres kilómetros de anchura, de la que la mayor parte correspondería a cotas inferiores a 750 m s.n.m. o de pastos, con mayor amplitud además en la orilla derecha o contraria al asentamiento principal de Las Quintanas; por ello hemos desestimado la opción de aguas abajo, poniendo aquí como límite el pico del Castro de Quintanilla de Arriba, pero sí hemos esti-mado una posible zona 3 aguas arriba, de 10 km 2 , por su conexión con la que consideramos área de expansión más probable hacia el SE; 2) la inusitada amplitud que experimenta el valle del Duero en este espacio suroriental es el afortunado resultado de la confluencia de tres de sus emisarios (el arroyo Paja-res, el río Duratón y el arroyo Botijas) con capacidad de excavación suficiente para crear en su tramo final una atractiva campiña.De esta forma, hemos trazado un segundo círculo secante al anterior que viene a extender en dirección sureste el terrazgo. En él queda inserta la zona 3, pero incorporamos también las zonas 4 y 5 correspondientes, respectivamente, a las vegas del arroyo Botijas y del río Duratón, con extensiones que suman 550 y 1370 ha, es decir, unos 18 km 2 más. No es seguro que las zonas 3 y 4 fueran explotadas agrí-colamente por los vacceos de Pintia, pero creemos que la presencia de dos asentamientos menores en la zona 2 y 5, vinculados al valle del Duratón, unido a su intervisibilidad, avalan la idea de la expansión del terrazgo en esta dirección. Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la Pintia vaccea
40 En resumidas cuentas y con carácter general, la ciudad de Pintia, con su territorio, tendría las si-guientes características: campiña mayoritariamen-te orientada hacia el SE, en la margen izquierda del Duero y curso bajo-desembocadura del río Dura-tón y arroyo Botijas, con alguna presencia también en la margen derecha; área de pastos de invierno: valle, cota por debajo de los 750 m s.n.m.; pas-tos de verano: páramo, cota entre los 850-900 m s.n.m; área de cultivo: entre 760 y 800 m s.n.m., ocupando zonas de valle y falda baja de los pára-mos: a la extensión determinable es necesario res-tar zonas lacustres (laguna de Villaescusa) y tal vez incluso hasta la cota 780 m s.n.m.; área de explo- Fig. 19. T erritorio de explotación del oppidum de Pintia y ubicación en el mismo de Las Pinzas, Pajares y Landecastro.
41 tación de bosques: territorio septentrional, orilla derecha del Duero en el actual término de Pesque-ra de Duero, en relación con el barrio artesanal de Carralaceña y también en el resto de las zonas de páramo.En suma, no hacemos otra cosa que propo-ner un modelo polinuclear y funcionalmente dife-renciado, en el que junto al hábitat principal de Las Quintanas existirían otra serie de áreas diver-sas, cercanas o más lejanas, pero complementarias que en su conjunto construirían el paisaje unitario del oppidum de Pintia. En la arquitectura de ese paisaje el simbolismo de algunos enclaves en altu-ra parece probable que jugara un papel importan-te: el Alto de Las Pinzas (Curiel de Duero), el pico del Castro (Quintanilla de Arriba), Pajares (Padilla de Duero), Landecastro (Torre de Peñafiel), entre otros, pudieron combinar su papel de atalayas y control visual del territorio con el de hitación del paisaje y desarrollo cíclico de ritos comunales o privados de carácter salutífero o prolífico ―y aquí los falos cerámicos constituyen elementos de gran expresividad―, sin descartar que algunos de ellos, en particular Landecastro, constituyeran también pequeños asentamientos campesinos que minimi-zaran los costes de desplazamientos diarios a dis-tancias ya de más de doce kilómetros del núcleo principal.En cualquier caso, resulta conveniente re-cordar que la vocación agrícola de este tramo del Duratón se muestra de forma temprana con colo-nos neolíticos en el asentamiento de La Cañadi-lla (Martín y Pérez, 1997), se mantiene viva con posterioridad en el Calcolítico (Pico de la Mora, v. gr.) (Villalobos y Rodríguez, 2018) y en la Edad del Bronce, observándose una intensificación agrope-cuaria, con deforestación, en el Bronce Medio-Fi-nal, en lugares como El Castillo de Rábano (López y Rodríguez, 2006-2007: 88) 12 , frente por frente de Landecastro. Con ello queremos decir, que los vacceos no fueron sino herederos de un territorio de cultivos y pastos que ya estaba operativo desde momentos previos y ancestrales, en los que tal vez primaran los recursos ganaderos sobre los agríco-las, pero en los que andando el tiempo acabaría imponiéndose la necesidad de la producción ce-realista. La nueva metalurgia del hierro, una vez se produjo su generalización a mediados del pri-mer milenio, obró el milagro de la multiplicación, si no de los peces, sí de los panes, propiciando el crecimiento demográfico y desencadenando nue-vos modelos urbanos de organización. Fue en un momento avanzado de ese proceso cuando Pintia hubo de fijar su expansión agrícola hacia el SE, fundando en los siglos II-I a. C. asentamientos como Pajares o Landecastro, a los que, después de este estudio territorial y de algunos hallazgos ex-cepcionales, creemos comenzar a comprender un poco mejor. Notas 1. Utiliz aremos la designación de Landecastro, como es conocido en el lugar, frente a la introducida en la toponimia del MTNE de Andecastro, ya que tal nombre constituye una síncopa de “llano del castro”.2. T al vez la zona habitada no comprometiera una extensión tan amplia, aunque en este caso ceñimos la extensión a la dispersión de evidencias materiales en superficie. No contabilizamos, al otro lado del río, las aproximadamente tres hectáreas que restan en el límite suroeste, entre la muralla de Pintia y el arroyo de Pajares, que sabemos estuvo asimismo ocupado, aunque tal vez constituye-ra una expansión de época romana, como hemos podido observar sucedió también en la zona de Los Hoyos, al sureste.3. Si consideramos la plataforma de La Loma, en la ubicación de las bodegas tradicionales de Pesquera de Duero, como asenta-miento primigenio de Pintia, con una secuencia del mundo soteño que se interrumpe en un momento indeterminado del siglo V a. C. (Sanz, 1997: 38-40), la distancia sería de poco más de un kilómetro. Conviene destacar al respecto de la ocupación soteña de Pintia que se documentan materiales cerámicos de ese momento en La Loma, pero también en la propia Padilla de Duero que inequívocamente hablan de continuidad poblacional a lo largo de toda la Edad de los Metales.4. P odría decirse que fue un relieve sin competencia hasta la construcción del castillo de Peñafiel, emblema, como ningún otro en la comarca, del poder señorial.5. Es te autor identifica el cerro de Pajares en el término de Man-zanillo, cuando corresponde a Padilla de Duero. Así, el asentamien-to vacceo de Manzanillo que figura en San Miguel Maté (1993: 56-57) debe ser vinculado a Padilla de Duero. Esta confusión explica que el yacimiento fuera dado inicialmente como inédito por Sacris-tán (1986: 208), aunque vinculado al gran yacimiento vacceo-ro-mano del llano.6. Además, hemos podido contar también con materiales proce-dentes de algunas prospecciones realizadas en los años ochenta por Tomás Madrazo y Juan José Moral, a quienes agradecemos su disponibilidad y generosidad.7. Agr adecemos a Tomás Madrazo, a Juan José Moral y a Ernesto del Campo la disponibilidad que siempre nos han mostrado para consultar los materiales por ellos recogidos en los años ochenta del siglo pasado. En concreto, en una de las fichas que acompa-ñan al material se puede leer: «cerámicas recogidas en superficie. Andecastro. Torre de Peñafiel. 16 – octubre- 1983» y aún en otra «Andecastro. Cara este (enfrente a Rábano)». 8. La presencia en la zona 2 de la meseta de Landecastro, en la cuneta del camino, de un nivel arqueológico de poco más de veinte centímetros de espesor sedimentado por otros sesenta centíme-tros de tierra probablemente tenga relación con estos movimientos de tierra y remodelación de límites de la concentración parcelaria.9. El periodo designado como “celtibérico pleno” se muestra inoperante por englobar nada más y nada menos que dos siglos y medio de historia. Decir que un yacimiento puede ser indistinta-mente del siglo III a. C. o de inicios del I a. C. constituye un trazo demasiado grueso para construir la historia de un territorio. Tal tér-mino creemos que expresa de manera palmaria la construcción de la secuencia a partir de la cerámica fina anaranjada, mientras otras producciones cerámicas y sobre todo los elementos metálicos que-dan al margen; tal situación es consecuencia, en última instancia, de un vacío vacceo historiográfico: el escaso conocimiento de sus necrópolis. Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la Pintia vaccea
42 10. Pr oductividad ciertamente muy elevada considerando la de 2,5 en el siglo IX, incrementada al 4 en el siglo XIII y hasta el 5 a par-tir de los siglos XV-XVI, que se mantendrá en España hasta los ini-cios del siglo XIX, teniendo que esperar hasta el XX para llegar a un 6,7. En la Europa atlántica se alcanzará una productividad de 10 en la segunda mitad del siglo XVIII (Bringas Gutiérrez, 1998). Sacristán plantea esta misma productividad de 1:10 basándose en trigos pre-históricos más resistentes a las plagas y en el aprovechamiento de las mejores tierras, sin necesidad de roturar otras de peor calidad.11. Agr adecemos a Salvador Repiso su generosidad al compartir su conocimiento toponímico.12. Los datos palinológicos obtenidos en las excavaciones de El Castillo de Rábano sugieren el avance transformador sobre este paisaje de la Ribera, con deforestación y aumento de las gramí-neas, es decir, prácticas con inversión de trabajo y rendimiento diferido dentro de ciclos largos agroforestales que modifican el espacio y que habrían configurado pastizales apropiados para la cabaña ganadera. Bibliografía Abarquero Moras, F. J. y Palomino Lázaro, A. L. (2006): “Vertavillo, primeras excavaciones arqueológicas en un oppidum vacceo del Cerrato palentino”. PITTM, 77, pp. 31-116.Aguarod Otal, C. (2017): “Cerámica común de mesa y de cocina en el valle del Ebro y producciones periféricas”. En C. Fernández, A. Morillo y M. Zarzalejos (eds.), Ma-nual de cerámica romana, III. Alcalá de Henares: Museo Arqueológico Regional de Madrid, pp. 17-95.Alfayé Villa, S. (2009): Santuarios y rituales en la Hispania Céltica. BAR Int. Series 1963. ―(2016): “Expresiones religiosas en las ciudades del po-der de la Hispania céltica: el caso de Clunia”. Revista de Historiografía, 25, pp. 355-383.Almagro Gorbea, M. (2006): “El «Canto de los Responsos» de Ulaca (Ávila): un rito celta del Más Allá”. Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones, 11, pp. 5-38. ―(2009): “La Etnología como fuente de estudios de la His-pania Celta”. BSAA arqueología, LXXV, pp. 91-142.Almagro Gorbea, M., Ruiz Vélez, I. y Palacios Palacios, M. V. (2018): “Las Peñas sacras de Gete (Pinilla de los Barruecos, Burgos): sobre religiosidad céltica en el alto valle del río Arlanza”. En N. Hernández, J. Larra-zabal y R. Portero (coords.), Arqueología en el valle del Duero. Del Paleolítico a la Edad Media, 6. Valla-dolid: Glyphos, pp. 217-240.Arenas Esteban, J. A. (2010): “Sobre la identificación de entornos religiosos en el horizonte prerromano cel-tibérico. En F. Burillo Mozota (ed.), VI Simposio sobre Celtíberos: Ritos y Mitos. Zaragoza: Centro de Estudios Celtibéricos de Segeda, pp. 87-102.Blanco García, J. F. (1993): “La cerámica celtibérica gris estampillada en el centro de la Cuenca del Duero. Las producciones de Coca (Segovia)”. BSAA, LIX, pp. 113-139. ―(2001): “La cerámica celtibérica gris de imitación de vasos metálicos en el Valle del Duero: propuesta de sistematización y problemática en torno a su origen”. CuPAUAM, 27, pp. 23-62. ―(2020): “La «frontera» sureste del territorio vacceo en los siglos II-I a. C. Propuesta de definición”. CuPAUAM, 46, pp. 165-186. ―(2021): “En torno a las creencias y prácticas religiosas de los vacceos”, Vaccea Anuario, 14, pp 45-58. Bringas Gutiérrez, M. A. (1998): La producción y la pro-ductividad de los factores en la agricultura española, 1752-1935. Santander: Tesis doctoral, Universidad de Cantabria.Burillo Mozota, F. (1997): “Espacios cultuales y relaciones étnicas: contribución a su estudio en el ámbito turolen-se durante época ibérica”. Quad. Preh. Arq. Castellonen-ses, 18, pp. 229-238.Calonge Cano, G. (1995): “Interpretación de los resultados de las investigaciones medioambientales y arqueológi-cas y su relación con el pretérito espacio físico vacceo del valle medio del Duero”. En G. Delibes, F. Romero y A. Morales (eds.), Arqueología y Medio Ambiente: El pri-mer milenio a. C. en el Duero medio. Valladolid: Junta de Castilla y León, pp. 529-539.Delibes de Castro, G. (2003): “Antes de Pintia. Notas sobre el poblamiento prehistórico en el entorno de Padilla de Duero”. En C. Sanz Mínguez y J. Velasco Vázquez (eds.): Pintia, un oppidum en los confines orientales de la re-gión vaccea. Investigaciones arqueológicas vacceas, ro-manas y visigodas (1999-2003). Valladolid: Universidad de Valladolid, pp. 23-42.Delibes de Castro, G., Fernández Manzano, J., Santiago Pardo, J., Quintana López, J., Centeno Cea, I., Molina Mínguez, M., Cruz Sánchez, P. J., Domínguez Álvarez, C. y Villadangos García, L. M. (1997). Inventario Ar-queológico Provincial de Valladolid.Escudero Navarro, Z. y Sanz Mínguez, C. (1993): “Un cen-tro alfarero de época vaccea: el Horno 2 de Carralaceña (Padilla/Pesquera de Duero, Valladolid)”. En F. Romero Carnicero, C. Sanz Mínguez y Z. Escudero Navarro (eds.), Arqueología vaccea: Estudios sobre el mundo prerroma-no en la cuenca media del Duero. Valladolid: Junta de Castilla y León, pp. 471-492.Gil Mascarell, M. (1975): “Sobre las cuevas ibéricas del País Valenciano. Materiales y problemas”. Saguntum, Papeles del Laboratorio de Arqueología de Valencia, 11, pp. 281-332.Justo Álvarez, R. (2019): “Tordehumos: un asentamiento menor vacceo, de corta duración”. Vaccea Anuario, 12, pp. 78-83.López Sáez y Rodríguez Marcos, J. A. (2006-2007): “Inter-pretación del análisis paleopalinológico del yacimiento protocogotas de El Castillo (Rábano, Valladolid, Espa-ña)”. BSAA arqueología, LXXII-III, pp. 67-91.Mañanes Pérez, T. (1979): Arqueología Vallisoletana. La tie-rra de Campos y el Sur del Duero. Valladolid: Diputación Provincial.Marco Simón, F. (1986): “El dios céltico Lug y el santuario de Peñalba de Villaestar”. Estudios en Homenaje al Dr. Antonio Beltrán Martínez. Zaragoza: Universidad de Za-ragoza, pp. 731-759.Martínez Díez, G. (1983): Las comunidades de villa y tierra de la Extremadura castellana. Valladolid: Editorial Maxtor.Martín Montes, M. A. y Pérez Rodríguez, F. (1997): “Un nuevo asentamiento neolítico al aire libre en la meseta Norte: La Cañadilla de Torre de Peñafiel (Valladolid)”, BSAA, LXIII, pp. 31-48.Moral Daza, J. J. (2014): Peñafiel, una historia gráfica. Va-lladolid: Domus Pucelae.
43Moya-Maleno, P. R. (2020): Paleoetnología de la Hispania Céltica. Etnoarqueología, etnohistoria y folklore. BAR Int. Series 2996 (I y II)Pérez Rodríguez, F. y Martín Montes, M. A. (1989): “La necrópolis tardorromana de «La Cañadilla» (Torre de Peñafiel, Valladolid) y la dualidad funeraria de época vi-sigoda”. En F. X. Mingorance i Ricart (coord.): I Curso de cultura medieval: Actas. Aguilar de Campoo (octubre, 1989), pp. 161-176.Repiso Cobos, S. (1999): “El eremitismo rupestre de épo-ca visigoda en el Valle medio del Duero. La comarca de Peñafiel”. En R. Balbín Behrmann y P. Bueno Ramírez, II Congreso de Arqueología Peninsular. T. IV. Arqueología Romana y Medieval (Zamora, 1996). Madrid: Univer-sidad de Alcalá-Fundación Rei Afonso Henriques, pp. 403-413. ―(2017): Pintia y Las Pinzas. Historia de un topónimo”. Vaccea Anuario, 10, pp. 70-80.Sacristán de Lama, J. D. (1986): “Consideraciones sobre el celtiberismo inicial en la cuenca media del Duero”, BSAA, LII, pp. 205-213. ―(1989): “Vacíos vacceos”. III Coloquio Internacional de Arqueología Espacial: Fronteras (Teruel, 1989). Arqueo-logía Espacial, XIII, pp. 77-89. ―(2010): “El poblamiento y el urbanismo vacceos”. En F. Romero y C. Sanz (eds.), De la Región Vaccea a la Ar-queología Vaccea. Valladolid: Centro de Estudios Vac-ceos Federico Wattenberg de la Universidad de Vallado-lid. Vaccea Monografías, 4, pp. 123-162. ―(2011): “El urbanismo vacceo”. Complutum, 22 (2), pp. 185-222.Sacristán de Lama, J. D., San Miguel Maté, L. C., Barrio Martín, J. y Celis Sánchez, J. (1995): “El poblamiento de época celtibérica en la cuenca media del Duero”. En F. Burillo Mozota (coord.), El poblamiento celtibérico. III Simposio sobre los Celtíberos. Zaragoza: Institución Fer-nando el Católico, pp. 337-367.San Miguel Maté, L. C. (1993): “El poblamiento de la Edad del Hierro al occidente del valle medio del Duero”. En F. Romero Carnicero, C. Sanz Mínguez y Z. Escudero Nava-rro (eds.), Arqueología vaccea. Estudios sobre el mundo prerromano en la cuenca media del Duero. Valladolid: Junta de Castilla y León, pp. 21-65.Sánchez Moreno, E. (2010): “Los vacceos a través de las fuentes: una perspectiva actual”. En F. Romero y C. Sanz Mínguez (eds.), De la Región Vaccea a la Arqueología Vaccea. Valladolid: Centro de Estudios Vacceos Federi-co Wattenberg de la Universidad de Valladolid. Vaccea Monografías, 4, pp. 65-103.Sanz Mínguez, C. (1991): “Broches tipo Bureba: tipología, cronología y dispersión”. BSAA, LVII, pp. 93-130. ―(1997): Los vacceos: cultura y ritos funerarios de un pue-blo prerromano del valle medio del Duero. La necrópolis de Las Ruedas, Padilla de Duero (Valladolid). Valladolid: Junta de Castilla y León. Arqueología en Castilla y León, Memorias, 6.Sanz Mínguez, C. y Escudero Navarro, Z. (1994): “Las es-telas del cementerio vacceo de Las Ruedas, Padilla de Duero (Valladolid)”. En C. de la Casa (ed.), V Congreso Internacional de Estelas Funerarias (Soria, 28 de abril a 1 de mayo de 1993), I. Soria: Diputación Provincial de Soria, pp. 165-177. ―(1995): “El conjunto arqueológico de Padilla/Pesquera de Duero (Valladolid). Evolución del asentamiento du-rante la etapa indígena”. En G. Delibes, F. Romero y A. Morales (eds.), Arqueología y Medio Ambiente: El pri-mer milenio a. C. en el Duero medio. Valladolid: Junta de Castilla y León, pp. 271-305.Sanz Mínguez, C. y Romero Carnicero, F. (2010): “Muje-res, rango social y herencia en la necrópolis vaccea de Las Ruedas, Pin tia (P adilla de Duero/Peñafiel, Vallado-lid)”. En F. Burillo (ed.), VI Simposio sobre celtíberos. Ri-tos y Mitos. Zaragoza: Centro de Estudios Celtibéricos de Segeda, pp. 403-420.Sanz Mínguez, C., Gómez Pérez, A. y Arranz Mínguez, J. A. (1989-1990): “La necrópolis vaccea de Carralaceña, un nuevo conjunto funerario del complejo arqueológi-co Padilla-Pesquera de Duero (Valladolid)”. Nvmantia, 4, pp. 129-148.Villalobos García, R. y Rodríguez Marcos, J. A. (2018): “El Pico de la Mora (Peñafiel, Valladolid). Un nuevo asenta-miento amurallado del Calcolítico inicial normeseteño”. Trabajos de Prehistoria, 75 (1), pp. 155-162.Recibido: 25-11-2020Aceptado: 24-03-2021 Landecastro y cerro de Pajares, dos asentamientos menores de la Pintia vaccea