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PINTIA
CAMPAÑA XXIX
EXCAVACIONES EN LAS RUEDAS
LAS MONEDAS QUE USARON
Y ATESORARON LOS VACCEOS
TURMOGOS
NUESTROS ANCESTROS
UNA NUEVA
PLACA LERILLA
EL GRANIZO, QUINTANILLA
DE ARRIBA
CAZADORES-RECOLECTORES Y
PASTORES EN PICO REDONDO
TORDEHUMOS
CIUDADES VACCEAS
PÁRAMO CIUDAD
UN
OPPIDUM
DE LOS TURMOGOS
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ANUARIO
nuestros ancestros
S
E
n este trabajo ilustraré algunos de
los rasgos más característicos de la
etnia prerromana de los turmogos,
una entidad prácticamente desconocida
de la segunda Edad del Hierro. El primer
acercamiento debe ser por fuerza geo-
gráfico, y así se definirá el territorio ocu-
pado por este
populus
prerromano en
relación con otras etnias vecinas, prin-
cipalmente los vacceos y los celtíberos
del entorno más cercano al río Duero.
A continuación, revisaré sus emplaza-
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Turmogos
mientos fortificados más relevantes y fi-
nalizaré con algunas consideraciones so-
bre la sociedad turmoga de la segunda
Edad del Hierro, recurriendo también a
la arqueología de otros pueblos vecinos.
No es fácil establecer los límites
precisos del territorio de los turmogos.
La principal dificultad es la definición
de este espacio frente al territorio de
los vacceos ya que entre ambas etnias
se localiza un suave paisaje de campiña
que no puede concebirse como un lími-
te topográfico, algo que por el contrario
sí sucede en la escarpada zona de las
Loras, que actuaría como zona limítro-
fe entre cántabros y turmogos. Al oes-
te del territorio turmogo, únicamente
el río Pisuerga podría actuar como un
accidente geográfico delimitador, aun-
que sabemos que los ríos son tan agen-
tes facilitadores de movimiento como
elementos fronterizos. En el centro del
territorio turmogo las vegas de los ríos
Odra y Brullés, afluentes del río Pisuerga
crean un paisaje de campiña suavemen-
te alomado seguramente orientado a la
ganadería y agricultura de secano. Úni-
camente al este y sureste del territorio
turmogo los páramos calcáreos de Bur-
gos muestran una geografía diferente,
los ríos Hormazuelas, Urbel y Ruyales
crean corredores norte-sur circundados
por las abruptas cuestas del páramo.
Esta peculiar topografía se aprovechó
en ocasiones como un elemento de-
fensivo complementario a las grandes
murallas que definían el espacio del
oppidum
. El límite este del territorio
turmogo más allá de los ríos Arlanza y
Arlanzón estaría definido por la Sierra
de la Demanda. Finalmente, el límite
norte de este territorio estaba delimi-
tada por la Lora burgalesa, una peculiar
formación geológica de páramos calizos
separados por importantes cañones con
orientación este-oeste. Esta formación
geológica, que forma las estribaciones
meridionales de la cordillera cantábrica
fue zona fronteriza con los cántabros,
que ocuparon algunas de los relieves
geológicos más prominentes como el
castro de La Ulaña (Humada, Burgos),
Peñas de Valdecastro (Icedo, Burgos),
o Monte Cildá y Monte Bernorio, en la
provincia de Palencia.
El territorio turmogo es reducido
en comparación con otros pueblos pre-
rromanos del centro y norte peninsular
como astures, vacceos y celtíberos. El
tamaño de su territorio podría compa-
rarse al de otras etnias del norte como
autrigones y berones con los que ten-
dría una relación fronteriza por el norte
y noreste. Es importante señalar que la
posición geográfica de los turmogos fa-
cilitó el contacto directo con sus vecinos
del sur, vacceos y los celtíberos de la ca-
becera del Duero y el valle del Ebro, lo
que se refleja notablemente en su cul-
tura material; y seguramente también
en otros aspectos de sus sociedades,
como la organización social, el sistema
de poblamiento, lengua y religión.
La etnogénesis de los turmo-
gos, su origen como etnia diferenciada
del resto de pueblos prerromanos, es
ciertamente confusa. En ocasiones se
ha hipotetizado un origen celta y galo,
(del pueblo de los
belgae)
a partir de
las teorías difusionistas de Bosch Gim-
pera, aunque sin aportar mayores datos
concretos de tipo arqueológico para
sustentar esta hipótesis. Solana ve en
la concordancia de nombres de turmo-
gos y autrigones un proceso migratorio
similar, y en la toponímia y teonímia el
mencionado origen galo. Solana no ex-
plica cómo la cultura material permite
sostener esta teoría invasionista. Po-
demos pensar que la cerámica pintada
está más emparentada con la cerámica
celtibérica e ibérica y la evolución de la
metalistería, tomando como ejemplo
los puñales de tipo Monte Bernorio, es-
tudiados por Schüle (1969) y Sanz Mín-
guez (1990) en la cuenca del Duero, no
concuerda con la división en fases pre- y
post-invasión planteada por Solana.
Como han señalado diversos au-
tores, entre ellos Ruiz Vélez (2005), la
segunda Edad de Hierro podría dividirse
entre una época pre-celtibérica, del 400
al 200 a. C. y una etapa sujeta a mayor
influencia del mundo celtibérico en la
meseta, a través del valle del Ebro y del
valle del Duero, esta etapa se desarro-
llaría entre el 200 a. C. y la conquista ro-
mana. Aunque otros autores como Sa-
cristán de Lama hablan directamente de
periodos celtibérico pleno y tardío des-
pués del Primer Hierro (800-400 a. C.).
De cualquier modo, las primeras fases
del Segundo Hierro en territorio turmo-
go se caracterizan por la consolidación
de las producciones metalúrgicas de la
cultura Miraveche–Monte Bernorio em-
parentadas con el mundo celta e itálico.
Producciones metálicas destinadas a las
panoplias guerreras que se desarrollan
de forma paralela a la construcción de
los grandes
oppida
meseteños, siendo
ambos elementos dos caras de la misma
moneda: el inicio de la jerarquización y
la desigualdad social.
Los textos latinos y griegos (Es-
trabón, Ptolomeo, Plinio, Floro y Orosio)
aportan un reducido pero interesante
conjunto de referencias sobre los tur-
mogos. No obstante, en línea con las co-
rrientes teóricas actuales en arqueología
debemos hacer un esfuerzo por recons-
truir la historia de los pueblos indígenas
desde una perspectiva no-romanocéntri-
ca. Por lo tanto, a pesar de hacer referen-
cia a estos textos, también es necesario
emplear otras fuentes de información.
En este caso, las
tesserae
de hospitali-
Territorio atribuido a los turmogos
(línea negra) entre el río Pisuerga y
la Sierra de la Demanda. Con yaci-
mientos mencionados en el texto.
Ejemplo de puñal tipo Monte Bernorio
hallado en Villamorón, publicado por Schüle.
Materiales del yacimiento
rural de la segunda
Edad del Hierro en El
Espinillo-Villadiego.
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Turmogos
dad, los lugares de habitación u
oppida
y
la organización social y territorial.
Contamos con pocos documen-
tos redactados por los propios turmo-
gos, elaborados con estilos de escritura
diferentes, en los que a veces utilizan el
latín, en otras ocasiones emplean el alfa-
beto celtibérico, pero la información se
transmite en una lengua hispano-celta
aún difícil de comprender con claridad.
Estos documentos, conocidos como
tes-
serae
de hospitalidad, presentan pactos
entre individuos y comunidades, que
como veremos más adelante buscan la
creación de relaciones intergrupales pa-
ralelas a la situación de violencia y con-
flictividad en que vivían los diferentes
grupos de la segunda Edad del Hierro.
En territorio turmogo tenemos una pe-
queña cantidad de estos documentos.
Muchas proceden de Sasamón, y fueron
realizados en piezas metálicas bien con
forma de animales de forma esquemá-
tica o buscando una pequeña dosis de
realismo. Los animales favoritos para
ser utilizados como soporte de estos
pactos, tanto por los turmogos como
por los vecinos cántabros, vacceos y cel-
tíberos fueron los grandes cuadrúpedos
(caballos o bóvidos), animales salvajes
relacionados con la mitología (osos y lo-
bos) y animales acuáticos (peces y del-
fines) que quizás subrayen la relación
intrínseca con los cauces de agua.
La religión de los turmogos tuvo
también una fuerte raigambre celta
(Carcedo de Andrés, 2008). Conocemos
algunas de las deidades adoradas por los
habitantes de este territorio gracias a la
epigrafía realizada ya en época romana
y en lengua latina, pero manteniendo
apelativos y deidades indígenas. Uno
de los principales dioses fue
Luganus
(o
Lugh
) de indudable adscripción céltica,
localizado en Atapuerca, también las
Matres
(inscripción procedente de Hon-
toria de la Cantera) que aparentemente
una creencia popular en el
Conventus
Cluniensis
, también
Epona
relaciona-
da con el mundo militar y pecuario (de
Quintanilla de Somuñó), o la más des-
conocida
Caleca
Navara
asimilada para
algunos a la
Cailleach
Bheur
gaélica es-
cocesa (de Villaverde del Monte), o las
propias Ninfas, asociadas a las corrien-
tes fluviales que atraviesan el territorio
Plataforma superior del Cerro de Castarreño –
oppidum
de Segisama, Olmillos de Sasamón.
Extremo norte del Cerro de Castarreño donde
se aprecia la marca del foso transversal en
el cultivo. Foto del 26 de julio de 2018.
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Turmogos
turmogo y cuyo culto también habría
influido en la toponimia regional.
Los
oppida
turmogos
Los grandes castros u
oppida
prerroma-
nos turmogos son conocidos en parte
gracias a los textos clásicos, al menos en
cuanto a su toponimia antigua. Sin em-
bargo, más allá de la denominación de
estos lugares en la Edad del Hierro, creo
que debe ser la investigación arqueoló-
gica la que aporte la información real
que construya y densifique nuestro co-
nocimiento sobre la sociedad turmoga.
Los autores latinos de índole geo-
gráfica, Plinio y Ptolomeo, señalan una
serie de
civitates
pertenecientes a los
turmogos:
Segisama
,
Sisaraca
,
Deobro-
gula
,
Ambisna
y
Bravum
, a los que Plinio
suma
Segisama
Iulia
, que en Ptolomeo
aparece mencionada como
civitates
de
los vacceos. En los siguientes párrafos ve-
remos con atención la relación entre esta
documentación escrita y la arqueología.
Entre los
oppida
turmogos
Segi-
sama
podría ser el núcleo principal o de
mayor entidad en relación a su propio
nombre
Segh
“victoriosa” +
samo
como
aumentativo, dando lugar a “la muy vic-
toriosa”; aunque no sabemos el porqué
de esta preeminencia sobre el conjunto
de ciudades turmogas, sí es cierto que
fue el lugar elegido por los romanos
para establecer junto a ella el campa-
mento principal de Augusto en el 26 a. C.
según nos transmiten Floro y Orosio.
Segisama
se podría localizarse
(García Sánchez y Costa, e.p.) en el Ce-
rro de Castarreño, Olmillos de Sasamón.
Se trata de un cerro testigo de 24 hec-
táreas desgajado del páramo calizo que
se extiende a pocos kilómetros al este.
Desde el Cerro se domina ampliamente
el paisaje de campiña, tanto por el sur
como por el oeste, hasta prácticamente
la vega del Pisuerga, y por el norte, con-
trolando totalmente las vegas del Odra
y Brullés hasta el inicio de la Cordillera
Cantábrica.
El propio nombre de
Segisama
ha provocado gran confusión por el uso
de Plinio y Ptolomeo de la versión
Se-
gisama
Iulia
o refiriéndose a los
segisa-
miulienses
, además en caso del primer
autor, nombrándola como
civitas
de los
turmogos y en segundo lugar entre los
vacceos. Una confusión étnica que re-
cuerda al caso de
Salmantica
y su ads-
cripción a vacceos y a vetones. Además,
la situación geográfica de ambas es si-
milar, amplias zonas de vega en la que el
tránsito de un territorio político a otro
se hace inapreciable. En línea con el Pa-
dre Flórez, autor de la España Sagrada,
creo que
Segisama
y
Segisama
Iulia
son
la misma ciudad, Iulia sería un epíte-
to referido a la fundación de la nueva
ciudad de
Segisamo
por Augusto, de la
gens
Iulia
, para difundir su ideario.
Hoy en día,
Segisama
se ubica sin
duda en el Cerro de Castarreño (Sacris-
tán de Lama 2007), en Olmillos de Sasa-
món, 2 kilómetros al sur de Sasamón,
pueblo actual que habría conservado el
topónimo original gracias a la reutiliza-
ción del mismo en época romana como
Segisamo
. No obstante, las antiguas
teorías vasco-cantabristas del Padre La-
rramendi que ubicaban el escenario de
las guerras cántabras en el actual terri-
torio vasco se empeñaron en identificar
Segisamo
con Beyzama (entre Azpeitia y
Tolosa). Fue el Padre Flórez en su España
Sagrada (1877) quien pone la primera
piedra para el conocimiento actual de
los pueblos prerromanos del norte de
Hispania, antes y durante la guerra de
Roma contra cántabros y astures.
La arqueología en
Segisama
ha
pasado prácticamente desapercibida
hasta época reciente sobre todo de-
bido a la importancia temprana que
cobraron otros núcleos prerromanos
cercanos como
Dessobriga
,
Deobrigu-
la
o Castrojeriz a los que volveremos a
mencionar en los siguientes párrafos.
Los importantes restos de trazado urba-
no prerromano y la potencia de los ce-
nizales excavados en los 70 del pasado
siglo por Abásolo fomentaron la hipó-
tesis de que
Segisama
se ubicase no en
el Cerro de Castarreño sino en el lugar
conocido como El Castro en Castrojeriz.
Será David Sacristán de Lama quien con-
siga atraer la atención sobre los escasos
restos conservados en Castarreño sobre
los que hemos venido trabajando en los
últimos años. Sacristán indica la presen-
cia de algunas estructuras defensivas,
que hoy vemos distorsionadas y ocultas
por las terrazas agrícolas que circundan
la plataforma superior, y la presencia de
restos cerámicos, aunque escasos, por
el Cerro de Castarreño y alrededores.
Más recientemente la fotografía área y
los métodos de prospección geofísicos
han permitido añadir nuevos elementos
a la interpretación de
Segisama
, inclu-
yendo un interesante foso excavado en
el estrato geológico del páramo que pro-
tege el espolón norte de la plataforma
superior, donde actualmente se ubican
las antenas de telefonía. Se formaría así
una pequeña acrópolis de pequeñas di-
mensiones, apenas 1,2 hectáreas, cuya
función aún desconocemos.
Este foso, que se encuentra en
proceso de excavación en estos momen-
tos (dirigido por José M. Costa García y
Jesús García Sánchez), podría resolver
algunas preguntas, por ejemplo: ¿en
qué momento se decide delimitar una
zona del
oppidum
y con qué motivo?
Y muy interesante también, ¿cuándo y
por qué se produce el abandono defini-
tivo del
oppidum
?, lo que nos ayudaría