www.pintiavaccea.es PINTIA CAMPAÑA XXIX EXCAVACIONES EN LAS RUEDAS LAS MONEDAS QUE USARON Y ATESORARON LOS VACCEOSTURMOGOS NUESTROS ANCESTROS UNA NUEVA PLACA LERILLA EL GRANIZO, QUINTANILLA DE ARRIBA CAZADORES-RECOLECTORES Y PASTORES EN PICO REDONDO TORDEHUMOS CIUDADES VACCEAS PÁRAMO CIUDAD UN OPPIDUM DE LOS TURMOGOS www.pintiavaccea.es5 €
14 12 VACCEA ANUARIO A cazadores-recolectores y pastores en Pico Redondo P ico Redondo se localiza en una lengua de terreno en la vertiente norte del Llano de San Pedro de Peñafiel, una elevación, excavada y de-limitada por los valles de los ríos Botijas y Duero, con una altura media de 882 m sobre el nivel del mar, que alcanza en El Torruelo y La Calvacha, con 912 m, sus relieves más destacados. Esta verdadera península si-tuada en el medio de un teatro abier-to al valle del Duero, posee una su-perficie amesetada de unas 2,2 ha de extensión, con 350 m de longitud en su eje norte/sur y 80 m de anchura en el eje este/oeste; la mayor parte de esta plataforma está delimitada por varios lienzos de piedra en seco que acotan grandes espacios interio-res, entre los cuales se observan al-gunos chozos y una gran estructura cuadrangular. El lugar fue labrado du-rante algún tiempo y en la actualidad permanece en baldío.Uno de nosotros había docu-mentado ya fotográficamente en los años ochenta del siglo pasado buena parte de los corrales y chozos que se conservan en el Llano de San Pedro y zonas aledañas. Pero Pico Redondo escapa a la norma y, a sus excepcio-nales estructuras pastoriles, viene a sumar el hallazgo, en una parte muy concreta de su superficie, de indus-trias paleolíticas correspondientes a poblaciones cazadoras-recolectoras. Ofrece este singular espacio, pues, dos visiones casi opuestas de la vida: la de la civilización del ocio y la del trabajo; la primera, no productora de alimentos pero conocedora de los re-cursos que le ofrece la naturaleza a lo largo del ciclo anual; la segunda sujeta a la producción y sometida a la escla-vitud de una despensa viva que obliga al cuidado diario. Dos formas de en-frentar la vida y la supervivencia de las que fue testigo y a las que sirvió, en momentos inconexos y alejados en el tiempo, el singular emplazamiento de Pico Redondo. Comenzaremos, como es lógi-co, por el principio, cuando el hombre oteaba desde este mirador el paisa-je boscoso de meandros del Duero y observaba las manadas de herbívoros ―entre los que no faltarían los más grandes, como el Elephas antiquus, del que un colmillo fue hallado en To-rre de Peñafiel― acercarse a los abre-vaderos naturales para saciar su sed; un paisaje donde campos de cultivos o prados modelados por el hombre no tenían cabida, puesto que los inventos del Neolítico estaban todavía muy le-jos tan siquiera de ser imaginados.
15 12 VACCEA ANUARIO cazadores-recolectores y pastores en Pico Redondo Industrias paleolíticas en Pico Redondo: el hombre en la naturaleza Durante el Paleolítico las industrias lí-ticas talladas constituyeron, junto con los objetos de hueso y asta o madera, los implementos básicos para la super-vivencia. Por razones de consistencia son aquellas las evidencias más perdu-rables y que, no sin dificultades, han llegado hasta nosotros. Entre esas difi-cultades nos referimos al hecho de que no es fácil encontrar industrias líticas del Pleistoceno en posición original. La diferencia de cota entre la culminación de los páramos y el fondo del valle acu-sa en este sector unos ciento sesenta metros, desnivel que es el resultado de la excavación del valle en los diversos periodos interglaciares, cuando la ca-pacidad erosiva del caudal disponible resultaba mayor, conformando las di-ferentes terrazas hasta encajarse en los tiempos modernos en su cauce actual, modificando y desplazando los diversos testimonios de ocupación humana en dicho proceso.No ocurre lo mismo para aque-llas colecciones líticas encontradas en la parte culminante de los páramos, en este caso a una cota de 870 m sobre el nivel del mar, acreedores de una ubica-ción original no afectada por el proceso señalado. El lote de materiales líticos de Pico Redondo, recogido en los años ochenta del siglo pasado, procede del área septentrional del cerro. Revisitado recientemente el lugar, lo primero que nos llamó la atención fue la presencia, en una reducida área que no supera los mil metros cuadrados, de pequeños nó-dulos de cantos rodados cuarcíticos de color anaranjado-granate, algunos con ciertas extracciones o roturas, así como, en menor cantidad, la presencia de las-cas e incluso algún pequeño útil. Tales objetos fueron sin duda transportados desde las terrazas inferiores del río Due-ro y seleccionadas por su tamaño y co-lor a juzgar por la homogeneidad de sus características. La colección lítica (véase figura correspondiente) incluye lascas y algunos útiles entre los que destacamos algunas raederas (2, 3 y 5), un raspador (1), un dudoso buril o cuchillo de dorso natural (10) y otro pseudoburil Siret o accidente de talla (6), muescas (8, 12 y 13), un denticulado (9), algunas po-sibles puntas (18 y 19) y dos lascas de técnica Levallois (15 y 16). Finalmente, también se documenta una laminita de silcreto micénico presente en la subme-seta Norte (17). Buena parte de estos útiles corresponden a extracciones de primer orden, con presencia de planos corticales o de corteza. De todas estas piezas llama poderosamente la aten-ción su alto grado de eolización, con un lustre resultante de haber permanecido decenas de miles de años en superficie sometidas a los agentes erosivos, ex-cepción hecha de la lámina en la que esta pátina se encuentra ausente.Estas colecciones ofrecen al menos un doble interés: determinar la época de ocupación humana en esta zona del valle del Duero e incremen-tar la información sobre las estrategias puestas en práctica por estas comuni-dades para su subsistencia. En relación al primer punto, la ausencia de macroútiles del tipo bi-faz pudiera ofrecernos una fecha post quem para estas colecciones: si el es-tadio final de las industrias achelen-ses tardías se ha llevado hasta el inicio del Pleistoceno Superior, esto es, unos 130.000 años, las colecciones líticas de Pico Redondo habrían de situarse a par-tir de ese momento. Su caracterización como una industria sobre lasca en la que se mezclan raederas, raspadores, denticulados, escotaduras (¿y algún buril?), pero también hace presencia la talla Levallois (preparación del núcleo para extraer lascas de forma predeter-minada, lo que representa un avanza-do desarrollo tecnológico y una mayor optimización de la materia prima), po-dían situar a estas colecciones dentro del Paleolítico Medio o Musteriense, modo 3 de Clark, asociado al hombre de Neandertal, con un límite moder-no en torno a 40.000 años, momento en que daría comienzo el modo 4 de
16 12 VACCEA ANUARIO cazadores-recolectores y pastores en Pico Redondo útiles sobre lámina (extracciones más ordenadas en soportes con dos bordes paralelos) característico del Paleolítico Superior y del hombre moderno, cuyas manifestaciones resultan tan esquivas por ahora en el valle del Duero. Nues-tra pequeña lámina bien podría corres-ponder a esta etapa. Se hace necesario ser cautos ya que “un garbanzo no hace cocido” y es necesario considerar que estos yacimientos suelen ser verdade-ros palimpsestos y, en definitiva, que no nos es posible distinguir todas y cada uno de las diferentes frecuentaciones del lugar que se sucedieron a lo largo del tiempo, con lo que esta pieza bien podría corresponder a momentos de la Prehistoria reciente, como por ejemplo el Neolítico. En cuanto al segundo aspecto señalado, la localización sobre Pico Re-dondo de un asentamiento del Paleolí-tico Medio no puede ser adecuadamen-te valorada por cuanto su hallazgo ha sido resultado de la fortuna y no de una prospección y estudios sistemáticos. Los útiles expresan las funciones desarrolladas en esos enclaves, al tiem-po que la mayor o menor intensidad de evidencias, combinada con otros facto-res ambientales, podría hablarnos, bien de asentamientos referenciales o cam-pamentos, bien de asentamientos com-plementarios o vivacs. Se impone pues ofrecer un contexto a estos hallazgos an-tes de conclusión alguna al respecto, lo que exigiría un programa de prospeccio-nes amplio para este sector del páramo.Afortunadamente contamos con otras colecciones líticas de los modos 2 y 3 en ubicaciones similares y próxi-mas que no hacen de este hallazgo algo aislado. Nos referimos a los trabajos de prospección desarrollados en los años ochenta del siglo pasado, en la elaboración del Inventario Provincial, por Manuel Moratinos y su equipo, que definieron este tipo de asentamientos característicos de las culminaciones de los páramos en el sureste de la provin-cia de Valladolid, en la margen izquierda del Duero, pero sobre todo a partir de los trabajos más extensos y recientes de Fernando Díez. Destaca este autor (Díez Martín, 1996: 76), siguiendo a Morati-nos, cómo estos lugares muestran unas características interesantes y poco habi-tuales, al situarse unos ciento cincuenta metros sobre el fondo del valle y tener, por tanto, las colecciones líticas un ca-rácter primario, afectado solo parcial-mente por el laboreo agrícola, bien dife-rente de los desplazamientos señalados para los hallazgos en las vertientes o diversas terrazas de los valles; otro dato peculiar es la utilización mayoritaria de cuarcitas como materia prima, elemen-to ausente en las culminaciones pon-tienses de estos páramos calizos y que por tanto habría de ser necesariamen-te traído de los fondos de los valles; su localización, por último, parece respon-der a un criterio reiterativo: áreas recor-tadas, próximas a arroyos o regatos que bajan desde la paramera hacia el Duero, con un dominio visual que permite cier-to control del paisaje y los recursos.F. Díez Martín ha estudiado la ocupación paleolítica de la extensa pa-ramera de Montemayor-Corcos a 900 Industria lítica en cuarcita de Pico Redondo: raederas (2, 3 y 5), raspador (1), buril o cuchillo de dorso natural (?) (10), pseudoburil Siret (6), muescas (8, 12 y 13), denticulado (9), levallois (15 y 16), lascas (4, 7, 11 y 14) y laminita (17). Nódulos cuarcíticos de color rojizo recogidos en el extremo norte de Cerro Redondo.
17 12 VACCEA ANUARIO cazadores-recolectores y pastores en Pico Redondo m sobre el nivel del mar, con asenta-mientos tan próximos a Pico Redondo como el de Valdegallaras, en Quintani-lla de Arriba o, en el extremo contrario, próximo al Riaza, los de Mesamediana o La Hoyada. El hallazgo de Pico Re-dondo constituye un punto intermedio entre ambas áreas, dando continuidad poblacional, como parece lógico, al paisaje del centro del valle del Duero, por su margen izquierda, del que sería representativa la asociación valle-cues-ta-páramo como caracterizadora de la estrategia territorial utilizada por los grupos humanos del Paleolítico antiguo (Díez Martín, 2000: 480). De cazadores-recolectores a pastores de la Mesta Muy cerca de nuestro estratégico en-clave, siete kilómetros al sur en línea recta, en el contiguo valle del Dura-tón, el asentamiento de La Cañadilla, en Torre de Peñafiel (Martín Montes y Pérez Rodríguez, 1997), representa un cambio de ciclo radical, una verda-dera revolución, la neolítica, un viaje sin retorno. El colmillo de Elephas an-tiquus aquí hallado ―recogido como una curiosidad o reliquia por los pro-pios habitantes neolíticos de este asentamiento― constituye toda una alegoría de los pretéritos tiempos gla-ciares y otras formas de relación con la naturaleza dejadas atrás. Frente al modo de vida basado en la recolec-ción y la caza precedente, asistimos a la extensión de un modo dependien-te y productivo llegado desde el Cre-ciente Fértil en el Próximo Oriente, que dará paso, con nuevas especies vegetales y animales introducidas en la península Ibérica, a un sistema de producción de alimentos basado en la agricultura y la ganadería, con el na-cimiento del “trabajo” propiamente dicho. A partir de entonces (VI mile-nio a. C.) la naturaleza se convierte en paisaje, acotado y transformado por la actividad del hombre. No sería extraño encontrar en estos páramos, entre chozos, corrales y majanos, el correspondiente sepulcro megalíti-co del asentamiento de La Cañadi-lla, construcciones que representan la primera monumentalización del paisaje a cargo del hombre y que, a modo de hitos, se ha señalado que constituirían una marca de propie-dad, apelando a los antepasados, sobre las tierras más óptimas para la producción de alimentos. La intensificación productiva y la llamada por Sherrat «revolución de los productos secundarios» (los anima-les considerados ya no exclusivamente como despensa de proteína cárnica, sino también por sus productos deriva-dos como la leche, la lana, el abono, la fuerza motriz, etc.) constituirá un paso más en la transformación del paisaje, con la emergencia de los conflictos ar-mados y la necesidad de resguardar los stocks detrás de sólidas murallas, como la calcolítica recientemente documen-tada en el Pico de la Mora de Peñafiel (Villalobos y Rodríguez, 2018). Los datos palinológicos obte-nidos en las excavaciones del cercano asentamiento en altura de El Castillo de Rábano, ya en el Bronce Medio, nos sugieren el avance transformador sobre este paisaje de la Ribera, con deforestación y aumento de las gramí-neas, es decir, prácticas con inversión de trabajo y rendimiento diferido den-tro de ciclos largos agroforestales que modifican el espacio y que habrían configurado pastizales apropiados para la cabaña ganadera (López y Rodríguez, 2006-2007: 88). La proliferación de es-tos asentamientos en la propia Padilla de Duero o en el cerro del Gurugú en Bocos de Duero, frente a Pico Redondo al otro lado del río, sugiere el avance de este modelo de aprovechamiento territorial. Desde entonces, agricultura y ganadería, pese a los conflictos históri-camente desencadenados entre ellos, irán de la mano en las trasterminancias y trashumancias, aprovechando las ras-trojeras y los barbechos de los campos de cultivos a cambio del abono propor-cionado por los animales. En los albores de la Historia la importancia de la ganadería ovina vaccea queda acreditada tanto por las fuentes escritas ―10.000 capas de lana o saga como tributo de guerra en el 151 a. C. en Intercatia― como especialmen-te por la arqueología: pondera o pesas de telas y fusayolas recuperadas en los poblados ―en el de Las Quintanas de Pintia se ha podido documentar la pre-sencia en sus orificios de hebras de lana (Juan y Matamala, 2003: 320)―, o agu-jas de coser, carretes de hilo y también fusayolas o contrapesos del huso de hilar en las tumbas femeninas de la ne-crópolis de Pintia, etc. De esta época y