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PINTIA CAMPAÑA XXVEXCAVACIONES EN LAS RUEDAS
PIEDRA Y BARROLA MURALLA DE
CAUCA
CÉLTICOS DEL SUROESTENUESTROS ANCESTROS
EL BESTIARIO VACCEOEN
PINTIA
INSTRUMENTOS DE HIERROPRODUCCIONES VACCEAS
PREMIOS VACCEACUARTA EDICIÓN 2014

82 8 VACCEA ANUARIO
NVV ZOOMORFO VACCEO EN
PERSPECTIVA CENITAL, DE HUESO
Si hay un icono que en el mundo vacceo llegó a adqui-
rir especial arraigo y gran difusión territorial, ese fue el del
zoomorfo representado en perspecƟva cenital, fácilmente
idenƟficable en la mayor parte de los casos con un cuadrú-
pedo, y concretamente con un lobo, como nosotros mismos
propusimos ya hace casi veinte años a parƟr de las imágenes
más realistas que se conocían. Cierto es que hay algunas figu-
ras representadas desde esta misma ópƟca que no parecen
ser cuadrúpedos, y también que las reconocibles como lobos
en perspecƟva cenital no son exclusivas de la iconograİa vac-
cea. Y es que entre arévacos y astures también encontró eco
este icono, aunque de manera bastante más tamizada, como
muestran magníficos ejemplos hallados en Numancia, Uxa-
ma, Segovia o Arrabalde,
por ejemplo.
En los grandes en-
claves vacceos, o al me-
nos en aquellos en los
que más invesƟgación
arqueológica se ha desa-
rrollado, este icono suele
estar bien representado,
en soportes variados, con
técnicas igualmente diver-
sas y en objetos de la más
variopinta funcionalidad.
Lo encontramos pintado,
modelado, aplicado, inci-
so o acanalado en cerámi-
ca, fundido o grabado en
diversos Ɵpos de metal,
inciso o tallado en piedra,
generalmente en reci-
pientes, pero también en armas, estelas, adornos personales,
etc. La necrópolis de Las Ruedas de PinƟa, Rauda o Cauca han
deparado hasta ahora los conjuntos más nutridos y los ejem-
plares más significaƟvos, la mayor parte de los cuales venimos
fechando en el siglo I a. C. aunque algunos tenemos la segu-
ridad de que son un poco más anƟ guos, del siglo II a. C. ya.
Es de suponer que, además de los soportes referi-
dos, uƟlizaran también la madera, los texƟles –en los que los
zoomorfos irían pintados–, y ¿por qué no? el propio cuerpo
humano, donde en ocasiones pudieron llevarlos pintados e
incluso tatuados, pues el tatuaje al menos desde la Edad del
Bronce ya se pracƟcaba en Europa. La gran dificultad, cuando
no la imposibilidad, de que se hayan conservado arqueológi-
camente estos soportes es lo que nos impide poder confir-
mar su existencia. Pues bien, uno de los soportes que parece
menos se uƟlizó, o que peor se ha conservado también, es el
hueso, aunque un excelente ejemplo encontramos en la pieza
que ha dado pie a esta nota.
En 1971 apareció en Coca, concretamente en la super-
ficie del terreno de labranơo de Los Azafranales, un pequeño
fragmento de hueso que por su extraña forma, y como cu-
riosidad, su hallador recogió y guardó. Con moƟvo del des-
cubrimiento y posterior proceso de estudio y documentación
de la muralla vaccea, en agosto de 2014, me fue mostrada
esta “curiosidad” arqueológica para ver qué era y de qué épo-
ca, hecho lo cual, y en contraparƟda, se me permiƟó tenerla
durante unas horas para fotografiarla y dibujarla con detalle
por el interés que poseía, ya que se trataba de un zoomorfo
en perspecƟva cenital de cabeza romboidal y cuerpo rechon-
cho que había servido como colgante, como adorno perso-
nal. Está recortado sobre hueso suavemente curvado cuyos
bordes han sido redondeados por abrasión; decorado sólo
en la superficie externa del mismo, que es la más dura y de
textura homogénea; Ɵene una longitud de 35 mm, aunque
originalmente tuvo 36 mm, una anchura de 20 mm, si bien en
origen tuvo 22,5 mm y su grosor es de 3,5 mm. Las mermas
señaladas respecto a cómo fue en su estado original se deben
a que la figura no está del todo completa. Le falta la zona de
la boca, pues se rompió por la perforación que le sirvió para
ser colgada y tuvo que pracƟcarse una nueva horadación en el
centro de la cabeza, y también el extremo de la pata delantera
izquierda y la pata trasera derecha completa. De lo que no hay
indicios es de que tuviera rabo, como muestran muchos de
estos zoomorfos, y se hu-
biera parƟdo.
La decoración que
Ɵene es muy sencilla: pe-
queños hoyuelos forman-
do líneas perpendiculares
al eje longitudinal de la
figura van alternando con
líneas incisas paralelas
poco profundas que de-
bieron de servir como una
especie de líneas de pau-
tado, aunque están algo
inclinadas.
Son muchos los in-
terrogantes que existen
en torno a estas singulares
representaciones cenita-
les de lobos. Aún no sabe-
mos, por ejemplo, si son
fruto de la mentalidad mágico-religiosa de los vacceos y luego
se difundieron entre las etnias vecinas, pues la proporción es
de 5 a 1 a favor de los ocupantes del centro del Duero, o fue
al contrario, aunque en el ámbito vacceo adquiriera una espe-
cial significación y relevancia la idea que representa. Tampoco
en qué momento nace esta simbología y, más diİcil aún de
dilucidar, cuándo surge el trasfondo ideológico que tras ella
sólo acertamos a entrever, pues su materialización figurada es
de época avanzada ya. Si se trata de la representación de una
divinidad vaccea o simplemente es la plasmación iconográfi-
ca de un mito o una leyenda que se transmiơa oralmente de
generación en generación, y desconocemos, además, cuándo
los vacceos romanizados dejan de reconocer su significado. Al
margen de estas cuesƟones, lo que sí es seguro por los con-
textos en los que aparece es que este icono cargado de sim-
bolismo se encuentra instalado en todos los estratos sociales
y en todos los ámbitos de la vida de los vacceos: la guerra,
la economía, el mundo mágico-religioso y funerario, el del
adorno personal e incluso el de la gastronomía. Este colgante
caucense en concreto parece más que probable que hubo de
tener para su dueño un carácter protector, hubo de ser una
especie de talismán.
J.F.B.G.