www.pintiavaccea.es PINTIA CAMPAÑA XXVIII EXCAVACIONES EN LAS RUEDAS EL PERRO Y EL CALDERO REFLEXIONES SOBRE UN ICONOARÉVACO-VACCEO II. TINTINNABULA CERÁMICA. PRODUCCIONES SINGULARES BASURAS Y FURTIVOS UN DEPÓSITO DE LOS AÑOS OCHENTA EN LA NECRÓPOLIS DE LAS RUEDAS 9 + 1 ZONAS ARQUEOLÓGICAS EN CASTILLA Y LEÓN PINTIA HETERODOXA E IRREDENTA DESPUÉS DE PINTIA EL MONASTERIO DE SAN SALVADOR DE PEÑAFIEL www.pintiavaccea.es5 €
64 11 VACCEA ANUARIO A después de Pintia E n el número anterior de Vaccea Anuario se me brindó la oportuni-dad de redactar un artículo sobre la etimología del nombre de Pintia. En él comentaba que, hacia finales del pe-riodo visigodo o a comienzos del que se estrenaba con la invasión musulmana, el hábitat de la antigua ciudad vaccea, romana y visigoda, terminó por despo-blarse. Una vez más se me presenta la posibilidad de escribir unas páginas en la mencionada publicación. Lo haré de nuevo, preferentemente, sobre el mis-mo ámbito espacial, aunque no sobre la misma etapa ni con el mismo enfo-que: si aquel tenía un carácter marca-damente lingüístico, éste se decanta por el histórico.Estudiaré los orígenes, el devenir y el ocaso de un pequeño monasterio y de una minúscula aldea, generada a su sombra. Me refiero al monasterio, has-ta ahora desconocido, de San Salvador de Peñafiel ―así llamado en los diplo-mas― y a la aldea de Llantada. Los dos ubicados sobre las viejas ruinas de Pin-tia, en el actual pueblo de Padilla.Pero con esto no acaba todo: este cenobio, más el que le absorbe a finales del siglo XI ―el de San Servan-do de Toledo― son los agentes princi-pales, a partir del año 1136, del pobla-miento de un barrio de Peñafiel. Este barrio, lo mismo que su iglesia, toma el nombre del que portaba el antiguo monasterio, es decir, San Salvador [de los Escapulados]. A la descripción del monasterio, de su aldea, del barrio e iglesia de Pe-ñafiel, la enmarcaré, en lo posible, con su respectivo contexto histórico. Pues, en palabras de Manuel Tuñón de Lara, una historia especial, escindida, que no tenga en cuenta su contexto, no es que sea inútil: es perjudicial. El contexto para las dos primeras entidades no ha de ser otro, en un primer momento, que el llamado de “repoblación" del Va-lle del Duero, y, desde el último tercio del siglo XI, el de la “jerarquización” de estos pequeños centros monásticos en pro de otros mayores. El origen del ba-rrio e iglesia de Peñafiel, en cambio, hay que encuadrarlo dentro del proceso de "configuración" de las comunidades de villa y tierra de la Extremadura. El castillo de Peñafiel: sus villas, iglesias y monasterios Concedo y ofrezco a Dios y a San Ser-vando, cuya basílica se levanta en la ciu-dad de Toledo... mi monasterio de San Salvador de Peñafiel, con todas sus he-redades. Con estas palabras comienza el primer documento conocido de San Salvador. El que efectúa la ofrenda es el rey Alfonso VI y el beneficiario, el prio-rato de San Servando de Toledo. Está fe-chado el día 30 de abril de 1088. La villa de Llantada era la heredad de San Sal-vador, en la que se ubicaban todas sus pertenencias. Villa y monasterio con-formaban, por esa fecha, una unidad de poblamiento, una aldea. Con antelación a 1088, es muy poco lo que sabemos de este cenobio. Y ello porque estas pequeñas institucio-nes, antes de ser absorbidas por otras mayores, habían pasado desapercibidas a los intereses de los más poderosos y, por tanto, al no haber generado ac-tividad jurídica alguna, carecían de do-cumentos escritos. Lo que me interesa plasmar en este apartado es el contexto general en el que nacen y dan los pri-meros pasos estas aldeas/monasterio, ya como “unidades de poblamiento” ya como “centros religiosos”. Dejaré para más adelante, con el fin de no dispersar datos, una descripción más completa y unitaria de la institución. El marco histórico en cuestión es el de “la repoblación" del Valle del Duero, durante los siglos X y XI para nuestra zona. Por repoblación entien-do también organización. Después del derrumbe del orden visigodo se hizo necesaria una nueva organización del espacio. Ésta, según J. A. García de Cor-tázar (1985: 11), requirió de tres movi-mientos, relacionados entre sí: primero, el del control del territorio (en su aspec-to militar); segundo, el de repoblación (instalación o reinstalación de personas, de las que venían de fuera o de las que habían permanecido, desde siempre, en el territorio) y, tercero, el de articu-lación de ese espacio (con la creación de un nuevo ordenamiento político-ad-ministrativo).El control militar se llevó a cabo, en la Meseta Norte, mediante la simple ocupación del espacio, pues no había en ella enemigos significativos contra los que luchar. Los protagonistas prin-cipales fueron los monarcas leoneses o sus delegados regionales, los condes. El símbolo material de ocupación fue por antonomasia el castro o castillo. Era ésta una fortificación muy sencilla, situada en lugares estratégicos, nor-malmente en altura y con buena visi-bilidad, como espigones de páramo y cerros testigos. El primitivo castillo de Peñafiel, del que no se conserva vestigio alguno, debió de ajustarse a este prototipo de fortaleza. Se erigió a principios del si-glo X, por las mismas fechas que los de Haza, Roa y Curiel. La primera mención que conocemos nos la transmite un di-ploma de San Pedro de Cardeña, con fecha del 26 de diciembre del año 943. En él se especifica que Asur Fernández, conde de Monzón (Palencia), hace en-trega a la abadía de un lugar llamado Fonte Aderata, situado en el territorio de Sacramenia. Nuestro castillo apare-ce ya con el nombre de Penna Fidele. El castro sirvió pronto de agluti-nante y centro de referencia para una serie de pequeños hábitat, que se fue-ron asentando a su alrededor. Los do-cumentos los citan con nombres varia-dos: villa, quintana, castrellum, turris, monasterium, ecclesia, aldea... Esta si-nonimia, aparente o real, manifiesta la
65 11 VACCEA ANUARIO después de Pintia complejidad que encierra el concepto que intentan denotar. Su interpreta-ción va a depender de múltiples facto-res: momento de su fundación, origen de sus pobladores, tipo de familia que los pueblan, si disponen o no de es-tructuras defensivas, si están sujetos a un superior religioso o laico... Pero, casi todos ellos participan de unos ras-gos comunes: son de tamaño reduci-do ―una familia, cinco, veinte―; muy numerosos ―al menos el doble de los que hoy conocemos para un mismo espacio―; no jerarquizados entre sí; muy inestables ―algunos desaparecen pronto, de otros sólo se conserva su iglesia―. Lo que es innegable es que la aldea ―con este apelativo genéri-co, por comodidad, los designaré en adelante―, como cualquier entidad histórica, sufre un proceso de trans-formación a través del tiempo. No fue lo mismo, por ejemplo, una aldea pri-migenia, semejante a una “granja agrí-cola”, o una aldea/monasterio, que un hábitat configurado al final del periodo con sus solares y su concejo. En este marco poblacional de-bemos encuadrar las aldeas que se generaron en torno al castillo de Pe-ñafiel ―unas cincuenta―, entre las que destaco: Padilla, Pajares, Langayo, Quintanilla de Alvar Sancho (de Arriba), Villacreces, Molpeceres de Suso, Mol-peceres de Yuso (Aldeyuso), Rábano, Castrillo de Alazar (de Duero), Santa María de Valdeparrax (ecclesia), Pes-quera, Piñel de Suso (de Arriba), Santa María de Páramo (ecclesia, en Piñel de Arriba), Jaramiel, Castrillo de Cisla (en el Jaramiel), Castrillo Tejeriego, San Se-bastián (monasterium, en Olivares) y el monasterio de San Salvador y su aldea de Llantada.Algunos castros, no todos, se convirtieron pronto en cabeceras polí-tico-administrativas de un territorio o alfoz. Este territorio estaba conformado por una serie de aldeas, que dependían directamente del castillo. El alfoz fue la célula básica de organización territorial, por debajo del condado y del reino, dentro del cual se articulaba la sociedad altomedieval. Estaba regido por un de-legado del conde, el cual ostentaba la jefatura militar, política y judicial, a la vez que administraba el patrimonio re-gio o condal.El castillo de Peñafiel fue cabeza de alfoz, posiblemente desde sus orí-genes. Lo era en el año 943, según el diploma de Cardeña antes aludido. En el 1034 (restauración de la diócesis de Palencia), limitaba con los territorios de Roa, Curiel, Castroverde, Mamblas (en Tudela), Cuéllar y Sacramenia. Si el monasterio fue una “unidad de poblamiento” ―una aldea―, tam-bién fue, cómo no, una “entidad religio-sa”. Lo mismo que aquella es menciona-do en las fuentes con diversos nombres: monasterium, ecclesia, basilica, atrium, cenobium... La distinción semántica en-tre unos y otros apelativos, de existir, es compleja. A nivel teórico, podemos San Salvador de los Escapulados (Foto Miguel, c. 1959. Colección de Juan José Moral Daza).
66 11 VACCEA ANUARIO después de Pintia definir la ecclesia ‘iglesia’ como una ins-titución regida por uno o varios clérigos (seculares) y el monasterium ‘monaste-rio’, por un abad, encargado de una co-munidad de monjes (regulares). Pero, si todo monasterio disponía, ineludible-mente, de su iglesia (templo); también, en ciertas iglesias donde había varios clérigos, éstos vivían en comunidad bajo una regla canónica, por lo que en ocasiones era difícil, externamente, di-ferenciar iglesias de monasterios. Hoy en día, para conocer su naturaleza no hay más remedio que analizar cada caso en particular, con sus respectivas documentaciones. Como para San Sal-vador de Peñafiel las fuentes parecen mostrarnos, con relativa claridad, su condición de monasterio, sólo a este tipo de institución he de referirme. Para empezar, debo precisar que ni el concepto ni la realidad de un mo-nasterio altomedieval eran los mismos que los que tenemos en nuestros días. No estamos hablando de monasterios como el de Valbuena o el de Retuerta, que pertenecen a un periodo posterior. Los de esa época, por lo general, son pequeños, con un escaso número de monjes, extremadamente frágiles y, en muchos casos, efímeros. Todos dispo-nían de un patrimonio, consistente, al menos, en una casa, una pequeña igle-sia y una heredad que pudiera servir de sustento a los monjes que lo habitaban. El fundador y donante de su patrimonio podía ser el rey, un miembro de la aris-tocracia, un propietario pudiente o la propia comunidad local residente en la aldea. Los monasterios formaban parte de los respectivos patrimonios de los donantes; pero, una vez que los bienes habían sido asignados a la institución, y aunque sus patronos se beneficiasen económicamente de ellos, no podían desviarlos hacia otros fines que no fue-ran los puramente religiosos. El donante también obtiene ayuda del monasterio: auxilio a sus huérfanos, socorro en caso de viudedad y ancianidad, oraciones y celebraciones de misas votivas por sus almas y la de sus predecesores. El obispo no tenía capacidad de gestión del patrimonio monástico; sólo intervenía en la consagración de la igle-sia, en la vigilancia de los centros para que no se desviasen de sus fines reli-giosos y de la observancia de la regla. El gobierno interno de la comunidad se regía por un sistema pactual: bastaba con que dos o tres personas se apar-tasen de la vida secular y emitiesen la profesión religiosa ―votos de castidad, pobreza y obediencia―; obediencia a un abad elegido entre ellos, bajo una serie de condiciones acordadas previa-mente. No existía jerarquización entre monasterios; y, en cuanto a la regla a seguir, parece que correspondía al abad elegir, entre una “colección de reglas”, aquellas que mejor convendrían a su comunidad. Éste es, pues, el contexto gene-ral, el marco, en el que se desenvolvió, en la Alta Edad Media, nuestro monas-terio de San Salvador de Peñafiel, como el de otros tantos de la zona: Santa Ma-ría de Cárdaba (junto a Sacramenia), San Sebastián (Olivares), San Mamés (Encinas), San Andrés (Boada de Roa), San Román (Castroverde), Santa María de Mamblas (Tudela) y varios más cuya naturaleza monástica no aparece tan definida. Peñafiel: un concejo de la Extremadura La historia cambia y la historia la hacen los hombres en relación directa con el espacio que organizan. En el último cuarto del siglo XI cristaliza un cambio en las estructuras sociales del reino. El monarca pretende un mayor dominio sobre sus súbditos. La nobleza ansía una mayor participación en las tareas de gobierno y un aumento de sus for-tunas. La iglesia, con el advenimien-to de los cluniacenses, se centraliza e imita las pautas de conducta del grupo nobiliario. Gran parte del pueblo llano, antes mayoritariamente libre, contrae ahora lazos de dependencia con el es-tamento noble o eclesiástico, aunque, con mayor o menor éxito, potencia o establece instituciones que velen por sus intereses, entre las que destaca el concejo o asamblea vecinal. Se produce una nueva reestructuración del espacio. Se organizan los territorios de frontera, la llamada Extremadura, y, en los viejos dominios del reino, surgen las denomi-nadas villas realengas, potenciando en ambos casos el poder de los monarcas. Proliferan, desgajados de los antiguos alfoces, aldeas, heredades, iglesias, pe-queños monasterios, todos ellos seño-rializados. En este apartado analizaré, den-tro del contexto aludido, el nacimiento y consolidación del concejo de Peñafiel, a la vez que la configuración del plano de la villa y el asentamiento de sus po-bladores. Con ello pretendo anticipar el marco oportuno para entender el ori-gen y las vicisitudes posteriores de un barrio concreto ―más su iglesia―, el llamado de San Salvador de los Escapu-lados, repoblado, bajo órdenes del rey, por los ya mencionados cenobios de San Servando de Toledo y San Salvador de Peñafiel. Aunque no contamos con las fuentes suficientes, se supone que el germen poblacional de Peñafiel, como villa de nuevo cuño, surge a finales del reinado de Fernando I (1037-1065), cuando la zona disfrutaba ya de una re-lativa estabilidad. Esa actividad repobla-dora se acrecienta durante el mandato de su hijo Alfonso VI. Incluso, también, durante el dominio, tan convulso, de su Primera mención diplomática de Peñafiel (26 de diciembre del 943) [...] yo, el conde Asur Fernández, juntamente con mi esposa Guntroda y nuestros hijos, cuyos nombres se reseñan abajo, a ti nuestro padre, el abad don Ci-priano, y a todo el convento de monjes que están bajo tu autoridad en Cardeña [...], os concedemos para vuestro mantenimiento un lugar, junto a la sierra de Montejo, a saber, la fuente que llaman Aderata, sita en el término de Sacramenia, que linda por un lado con Ordiales, según discurren las aguas hacia Sacramenia, camino de Rubiales, y por otro con Castro de Fratres, para pasto de vuestros rebaños [...]. Que dicho lugar quede exento de mi condado y apartado del control de los castillos de su entorno, esto es, Penna fidele y Sacramenia. A cambio recibimos de vos en honor dos caballos con su silla, cuatrocientas ovejas, un paño de algupa y otro caballo de color morcillo para el sayón, llamado Hanne Obecoz, que delimitó dicha fuente con sus términos. [Becérro Gótico de Cardeña, f. 94, col. 2]
67 11 VACCEA ANUARIO después de Pintia sucesora, la reina Urraca, como se pone de manifiesto en la mayor parte de los preceptos del fuero apócrifo, redactado hacia 1120. Pero, ha de ser en un diploma de 1127, procedente de San Servando, ya en el reinando de Alfonso VII, cuando se haga alusión, por primera vez, a su concejo, con la expresión de barones de Pennafidel. Es más, en esta carta, figu-ra un tal Petrus Dominici, iudex, primer magistrado concejil de nombre conoci-do. El iudex o juez era el representante máximo de la comunidad. A comienzos de 1136, la repoblación de la villa está muy avanzada. Alfonso VII, el 2 de ene-ro de dicho año, concede a los monas-terios de San Salvador y San Servando un solar junto a las murallas, para que lo pueblen. En julio de 1141, en una do-cumento del mismo fondo que los an-teriores, aparece la figura del tenente, Martín Fernández; de un merino, Beliz Petrez, y del iudex, Domingo Galindo. Por fin, en noviembre de 1153, además del tenente Gonzalo de Marañón, se es-pecifican ya los nombres de todos los oficiales mayores del concejo: del juez, del sayón y de los alcaldes. En conclu-sión: entre los años 1130 y 1150, el con-cejo de Peñafiel ya es una realidad, se ha convertido en una comunidad de vi-lla y tierra de la Extremadura. Es dueño de su propio destino, posee un extenso territorio y la capacidad de gobierno so-bre el mismo.El núcleo y eje de la comunidad es la villa, centro con aspiraciones ur-banas, con una fortaleza real y rodea-do de murallas. La tierra se convierte en la sede de las aldeas, sobre las que el concejo va a ejercer los derechos de propiedad y organización. Ciertos dele-gados del monarca velan por sus intere-ses y preservan sus regalías, aunque no interfieren en los asuntos propios del concejo. Comunidades limítrofes a la de Peñafiel son las de Roa, Curiel, Cuéllar y Fuentidueña. El resto de lugares, si-tuados al norte del Duero y al oeste de Quintanilla de Abajo, se encuentran en Castilla, ente que posee un régimen jurí-dico diferente al de Extremadura. Los elementos básicos que confi-guran el plano de la villa, además de los puramente geográficos ―cerro testigo, río Duratón o vías naturales―, son el castillo, los barrios o collaciones ―es-pacio donde se asientan los morado-res―, las iglesias ―centro y eje de las collaciones―, las murallas, las calles y las plazas. La configuración originaria se vio mediatizada en gran medida por la mo-dalidad del reparto del suelo entre los pobladores, normalmente programado por el rey o su delegado, el tenente. La diferente procedencia de aquellos se-ría el origen de los diversos barrios en que se subdividía la población. Pero, aunque sobre este particular sabemos muy poco, las escasas noticias de que disponemos ―tipos de antropónimos y patronímicos― están en consonancia con las que se conocen de otras villas o ciudades de la Extremadura.Cada collación se agrupaba en torno a una iglesia, de cuyo santo titular recibía el nombre. El templo se levan-taba en un lugar preferente. A su alre-dedor se extendía un espacio abierto, el sagrado, donde se ubicaba el cemente-rio y los inmuebles destinados al servicio del templo y morada de los clérigos. La iglesia era el edificio más prestigioso de la collación, donde no sólo se asistía al culto, sino también donde sus vecinos se reunían para tratar asuntos puramente civiles ―reuniones del concejo de colla-ción, pleitos, firma de contratos―. Peñafiel, a finales del siglo XII, tenía trece iglesias parroquiales, tantas como barrios. Además, el cabildo de clérigos de San Vicente disponía de su propio templo. Entre estas iglesias se encontraban las siguientes: la de San Es-teban, tal vez el templo de la primitiva aldea altomedieval, donde se reuniría el concejo general; muy cerca de ella, las de San Andrés y San Juan; San Pedro se ubicaba junto a la puerta que se dirigía a Mélida; San Miguel y San Fructuoso, en extramuros, a la salida para Rába-no y en el mercado, respectivamente; Santa María de Mediavilla; Santiago... y las de San Salvador de los Escapulados y San Salvador de Rehoyo. Remarco és-tas dos últimas: la primera porque va a ser objeto de un análisis más detallado con posterioridad; la segunda, para dife-renciarla tanto de la anterior como del monasterio ―ya que son homónimos―. De San Salvador de Rehoyo tenemos do-cumentación ya en 1143, cuando se está poblando la villa. Era “iglesia propia” de la Sede Palentina, lo que me hace pen-sar que, como a San Servando, también al obispo de Palencia, se le asignó un solar específico para poblar. Cuando en el siglo XVI, el templo de San Miguel, extramuros de la población, se derruye, su titularidad pasó al de San Salvador de Rehoyo, cuya advocación desaparece entonces. Pero, todavía hoy ―dentro de la iglesia de San Miguel, haciendo el servicio de baptisterio― podemos con-templar la cabecera del viejo templo y en ella, lo que fue un hermoso fresco, ya muy borroso, del Juicio Final. Lo preside la figura hierática de El Salvador. PEÑAFIEL (S. XIII) ALDEAS DE LA TIERRA Pesquera CarrascalPadilla Santa Olalla Quintanilla de Suso (o de Alvar Sancho)Quintanilla de Yuso [de Abajo]Castrillo [de Duero]OlmosMélidaRábanoCanalejasTorre y las AldehuelasFompedrazaMolpeceres de Suso [Molpeceres]Molpeceres de Yuso [Aldeyuso]OrejaSan MamésLangayoManzanilloPajares BARRIOS E IGLESIAS San MiguelSanta OlallaSanta MarinaSan PedroSan Salvador de RehoyoSan AndrésSan EstebanSanta María de MediavillaSan JuanSan Salvador de los EscapuladosSanta María la Pintada San Yago (Santiago)San Fruchoso (San Fructuoso)
68 11 VACCEA ANUARIO después de Pintia El monasterio de San Salvador y la aldea de Llantada En el apartado anterior comentaba que, a finales del siglo XI, ya había cristali-zado un cambio en las estructuras so-ciales del reino, que trajo consigo una reorganización del espacio. Entre esos cambios hay que destacar el de la jerar-quización de los pequeños monasterios altomedievales en favor de un número reducido de instituciones eclesiásticas, como abadías, catedrales o colegiatas. Sus protagonistas, a través de sus dona-ciones, fueron preferentemente los re-yes, los condes y las familias aristocráti-cas. Pretendían éstos, con deseos más o menos sinceros, la reforma de la iglesia, un espacio mortuorio en los grandes templos y la oración de los monjes por su salvación eterna y la de sus antepa-sados. Entre estos monasterios, asimila-dos por otra institución mayor, figuran los de San Servando de Toledo y San Sal-vador de Peñafiel. a) San Servando de ToledoLa aludida reforma eclesiástica se llevó a cabo, sobre todo, a través de la implantación sistemática de la Regla de San Benito, en especial, en su versión cluniacense. Pero no sólo Cluny fue foco de reforma y expansión cultural; existie-ron otros grandes centros monásticos, benedictinos, que se encargaron tam-bién de esa tarea. Uno de ellos fue el de San Víctor de Marsella. Esta abadía ocupó en la Provenza, durante los siglos XI y XII, un puesto semejante al que, desde Borgoña, estaba desempeñando Cluny. Destacó, entre sus abades refor-madores, el cardenal Ricardo de Millau, uno de los mejores auxiliares de los pa-pas Gregorio VII y Urbano II. Fue lega-do pontificio en Hispania y, como tal, el artífice principal de la introducción del rito romano en la península. Alfonso VI, en agradecimiento a los favores recibidos tanto de la Santa Sede como del cardenal Ricardo, conce-de al papado, el 11 de marzo de 1088, el monasterio de San Servando de Tole-do, recién restaurado y apto para la vida monástica. Pero, se lo entrega con una condición: la de que fuera regido, en encomienda, por la abadía de San Víc-tor; ésta daría a cambio al pontífice un censo anual de diez mancusos (moneda de oro hispana). Mediante dicha cesión, estratégica e interesada, el priorato to-ledano se eximía de la jurisdicción del arzobispo. Al prelado de Toledo sólo se le permitía ordenar a los clérigos y con-sagrar los oratorios de su iglesia, pero, siempre y cuando se mantuviese den-tro de la ortodoxia, sometido a la Sede Apostólica y ejerciese, gratuitamente, dichas funciones; de lo contrario, los monjes podrían dirigirse al obispo que quisieren, al que el papa concedía la ne-cesaria jurisdicción. A través de la mis-ma carta el rey dota al nuevo monaste-rio con ciertas heredades, sitas todas en su entorno. b) San Salvador de PeñafielLa dotación de San Servando no acaba con la entrega de los bienes mencionados. El día 30 de abril, el mo-narca concede al priorato mi monaste-rio de San Salvador de Peñafiel, con sus heredades. Y se lo entrega, no sólo con el “señorío dominical”, sino, también, con el “jurisdiccional”, es decir, con la capacidad de ejercer en él las funciones administrativas, judiciales y fiscales. Eso es lo que refleja, según Martínez Díez (2002:244), la fórmula de la concesión: que no entre en estas heredades el me-rino ni el sayón, ni por causa de rapto, ni homicidio, ni [para cobrar] anubda, ni fonsadera, ni cualquier otra caloña o su-puesto. El modo concreto de ejercer el nuevo señor dicha jurisdicción, en una heredad tan pequeña y tan alejada de la casa matriz, se nos escapa. En cuanto a la jurisdicción ecle-siástica, San Salvador, lo mismo que San Servando ―a quien está sujeto―, de-penderá directamente de la Santa Sede; asumiendo el arzobispo de Toledo, só-lamente, las funciones que le han sido encomendadas y con las restricciones aludidas. El obispo de Palencia, en cuyo territorio diocesano está enclavado el monasterio, carecerá de toda jurisdic-ción sobre el mismo. El coto del cenobio fue delimi-tado, según una carta de 1127, por don Raimundo, obispo de Palencia, por Tello Díaz, merino del rey y por cinco persona-jes más, todos designados por el monarca Alfonso VI. La naturaleza “monástica” ―no de ecclesia― de San Salvador, con an-terioridad a 1088, parece estar fuera de toda duda; lo mismo que su per-tenencia al “patrimonio real”. Varios diplomas aluden, por boca del rey, a estas circunstancias: meum monas-terium (1088), nostrum monasterium (espurio, 1088), regale monasterium (1099). Lo que ya no aparece tan cla-ro es si el centro, en el momento de la concesión a San Servando, o incluso después, estuvo funcionando como tal. Más bien, creo que no. En ningún do-cumento se hace mención expresa de un abad, prior o monje, exclusivo, del monasterio; ni tampoco roboran éstos, ni confirman ni testifican carta alguna. Es muy posible que, aun conservando la condición jurídica de monasterium, en las fechas en las que nos movemos, la institución se hubiese convertido ya de hecho en una simple ecclesia, al ser-vicio espiritual de la aldea de Llantada. Tal vez, uno o dos monjes de San Ser-vando, no necesariamente sacerdotes, estuviese al tanto de la hacienda, y que de la cura de almas se encargase algún clérigo secular, a título de “capellán”, como apunta un texto de 1141, en el que testifican duos capellanos Sancti Salvatoris. c) La aldea de LlantadaEl monasterio disponía de una hacienda. Esta hacienda o hereditas, además de integrar en su tiempo los edificios monásticos, acogía también una villa: la de Llantada. No olvidemos que en la Alta Edad Media ―origen de la institución― casi todo monasterio, aparte de ser un ente religioso, era a su vez una “unidad de poblamiento”, una aldea. El conjunto de la propiedad se ve reflejado muy bien en una confirmación de los bienes de San Servando por el papa Alejandro III (1172-V-9), entre los que destacan: la iglesia de San Salvador de Peñafiel, con la aldea de Llantada, con los canales, y todas sus pertenen-cias, y con las viñas y heredades que es-tán en Peñafiel.En todos los diplomas mane-jados, al estar redactados en latín, se nombra a la aldea con el término Plan-tata o con el semicultismo Plantada. Yo he preferido citarla como Llantada, por ser éste, en castellano, el resultado pa-trimonial del vocablo; como lo es Santa Olalla ―la aldea vecina― respecto al cultismo Santa Eulalia. Pienso que con los nombres de Llantada y Santa Ola-lla eran designadas popularmente, en el medievo, estos dos lugares. El signi-ficante llantada ―con sufijo abundan-cial― tiene el significado de ‘plantación’ de algún tipo de arbolado. El porqué se aplicó a nuestra villa, lo desconozco. Alfonso VII, en 1127, ordena de-limitar de nuevo los contornos del lugar, teniendo como referente la hitación de su abuelo Alfonso VI:
69 11 VACCEA ANUARIO después de Pintia Desde la mitad del pinar hacia adelante, tal como discurren las aguas del Duero, pasando por la cabecera de la villa, hasta llegar a la margen supe-rior del arroyo; y desde allí, yendo hacia adelante, hasta la Piedra.Mi interpretación del texto es la siguiente: el paraje denominado como la mitad del pinar habría que fijarlo en el espacio llamado El Lavadero, don-de hoy desagua el drenaje de La Nava. Allí ubican varios documentos el “cañal de Arriba”; y allí va a parar el camino “del Cañal”. Este cañal o caz moline-ro, según esos diplomas, pertenecía a Llantada. También nos informa uno de ellos que en las proximidades de dicho paraje se encontraba la aldea de Santa Olalla. Pues bien, sólo a 50 m, en direc-ción norte, se detecta un yacimiento arqueológico medieval que, sospecho, corresponde al citado hábitat. La linde correría luego, río abajo, hasta la des-embocadura del arroyo de La Vega, pa-sando antes por la cabecera del caserío de Llantada. Desde este punto, aguas arriba del arroyo, llegaría la demarca-ción hasta un lugar llamado Piedra ―o la Piedra―, topónimo no conservado. Tal vez podríamos establecer este hito junto al meandro del arroyo ―antes de torcer hacia el mediodía―, enfren-te del pago de las Las Ruedas. La Pie-dra no deja de ser sugerente: ¿un gran piedra izada que sirve de mojón?, ¿una estela reaprovechada de la necrópolis vaccea de Las Ruedas? El resto de la delimitación, hasta la zona de inicio, no se menciona; tal vez por ser demasia-do conocida y no presentar problemas fronterizos con Peñafiel. Es muy posible que corriese a lo largo del actual cami-no del Vado o del Cañal, antigua Carre-ra de los Lobos. Según el Catastro del Marqués de La Ensenada (1752), con él confrontaban ―por el este― las tierras de San Salvador. La extensión de Llantada, de ser fiable mi interpretación, tendría, al me-nos, 50 hectáreas. Incluiría dentro de sí todo el núcleo urbano de la antigua ciu-dad de Pintia. La superficie del coto no es demasiado amplia si la comparamos con la de los pueblos actuales, pero no desentona con las medidas de muchas villas o heredades de la Alta Edad Media.El caserío de la aldea, de acuerdo con los documentos manejados, estaba situado dentro del ángulo que forman el arroyo de La Vega y el talud de la ri-bera del Duero; tocando, por el norte, el antiguo camino de Las Huertas ―hoy desaparecido― y, por el este, la laguna que se forma en la hondonada los años de mucha lluvia. Los múltiples “hoyos” que se detectan a través de fotografía aérea, podrían interpretarse como anti-guos silos ―a modo de despensas o al-macenes― insertos en las viviendas del hábitat, fenómeno típico en el medievo. De la iglesia y edificios adjuntos, no queda rastro alguno. Se encontraban dentro del caserío de la villa, posible-mente en su zona más elevada, junto al declive de la ribera. Hacia ese lugar apuntan las referencias de varios textos. Así, en un apeo de la heredad de San Salvador de los Escapulados, con data del 17 de junio de 1535, se especifica: Apearon una tierra debaxo del lugar de Padilla a do dizen La Laguna, cabe la hermita de San Salvador. Como pertenecientes a la he-redad de Llantada se mencionan en la 1. Padilla de Duero, 2. Arroyo de La Vega, 3. Río Duero, 4. La Laguna, 5. Caminos de Las Huertas, 6. Camino de El Cañal, 7. Las Quintanas, 8. Carralaceña, 9. Las Ruedas, 10. Los Cenizales, 11. San Salvador y Llantada, 12. La Requejada, 13. La Piedra, 14. La Pesquera, El Cañal y El Molino de Abajo, 15. El Cañal y El Molino de Arriba, 16. Santa Olalla, 17. San Bartolomé y 18. Sanchidrián (fotografía CEVFW).
70 11 VACCEA ANUARIO después de Pintia Edad Media tierras de cereales (terrae, areae) y huertos (horti). Estos huertos estaban situados en la zona rehundida de la ribera, en el paraje llamado, en-tonces, La Requejada y hoy, Las Huertas. Era un terreno muy apreciado; se rega-ba con las aguas del arroyo de La Vega a través de una acequia (irriguum), que corría por la parte baja del terraplén. Es de suponer que también existiría alguna viña, ciertos prados (quintanas) y, en las márgenes del río y del arroyo, álamos y olmos. En el siglo XII contaba también Llantada con una pesquera ―presa en el Duero―; en principio, como el nom-bre indica, para facilitar la pesca, pero, a su vez, con la posibilidad de encauzar el agua hacia un molino harinero. Estaba situada ésta cerca de la desembocadura del arroyo. Disponía también la aldea del dos canales artificiales ―cañal o caz―, que corrían paralelos al Duero, en La Requejada. Tenían dos funciones: servir de cursos regulados de agua para mover sendos molinos y como viveros de pescado, para lo cual se los acondi-cionaba y pertrechaba bien. El uno, el Cañal de Arriba, se ubicaba, como ya he comentado, junto a la actual desem-bocadura del drenaje de La Nava, en El Lavadero; el otro, el Cañal de Abajo, in-mediato a la pesquera. La corriente que fruía por dichos canales movía las pie-dras de dos molinos harineros.Muy cerca de las casas de Llanta-da, aunque en la margen izquierda del arroyo, existe otro despoblado medie-val, cuya necrópolis ha sido excavada. A mi entender, y con los datos de que dispongo, este cementerio correspon-dería a la iglesia ―luego convertida en ermita― de San Bartolomé, iglesia per-teneciente a una aldea cuyo nombre, por ahora, desconozco. También, a 1,25 km de San Bartolomé, aguas abajo del Duero, se encuentra el pago de Sanchi-drián o Santidrián (San Cipriano). Ignoro si existen en el lugar restos arqueológi-