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PINTIA
CAMPAÑA XXVIII
EXCAVACIONES EN LAS RUEDAS
EL PERRO Y
EL CALDERO
REFLEXIONES
SOBRE UN ICONO
ARÉVACO-VACCEO
II.
TINTINNABULA
CERÁMICA.
PRODUCCIONES
SINGULARES
BASURAS
Y FURTIVOS
UN DEPÓSITO DE LOS AÑOS OCHENTA
EN LA NECRÓPOLIS DE LAS RUEDAS
9 + 1 ZONAS
ARQUEOLÓGICAS
EN CASTILLA Y LEÓN
PINTIA HETERODOXA E IRREDENTA
DESPUÉS DE
PINTIA
EL MONASTERIO DE
SAN SALVADOR DE PEÑAFIEL
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5 €
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11
VACCEA
ANUARIO
A
después de
Pintia
E
n el número anterior de
Vaccea
Anuario
se me brindó la oportuni-
dad de redactar un artículo sobre
la etimología del nombre de
Pintia
. En
él comentaba que, hacia finales del pe-
riodo visigodo o a comienzos del que se
estrenaba con la invasión musulmana,
el hábitat de la antigua ciudad vaccea,
romana y visigoda, terminó por despo-
blarse. Una vez más se me presenta la
posibilidad de escribir unas páginas en
la mencionada publicación. Lo haré de
nuevo, preferentemente, sobre el mis-
mo ámbito espacial, aunque no sobre
la misma etapa ni con el mismo enfo-
que: si aquel tenía un carácter marca-
damente lingüístico, éste se decanta
por el histórico.
Estudiaré los orígenes, el devenir
y el ocaso de un pequeño monasterio y
de una minúscula aldea, generada a su
sombra. Me refiero al monasterio, has-
ta ahora desconocido, de
San Salvador
de Peñafiel
―así llamado en los diplo-
mas― y a la aldea de
Llantada
. Los dos
ubicados sobre las viejas ruinas de
Pin-
tia
, en el actual pueblo de Padilla.
Pero con esto no acaba todo:
este cenobio, más el que le absorbe a
finales del siglo XI ―el de
San Servan-
do de Toledo
― son los agentes princi-
pales, a partir del año 1136, del pobla-
miento de un barrio de Peñafiel. Este
barrio, lo mismo que su iglesia, toma
el nombre del que portaba el antiguo
monasterio, es decir,
San Salvador
[
de
los Escapulados
].
A la descripción del monasterio,
de su aldea, del barrio e iglesia de Pe-
ñafiel, la enmarcaré, en lo posible, con
su respectivo contexto histórico. Pues,
en palabras de Manuel Tuñón de Lara,
una
historia especial, escindida, que
no tenga en cuenta su contexto, no es
que sea inútil: es perjudicial.
El contexto
para las dos primeras entidades no ha
de ser otro, en un primer momento,
que el llamado de “repoblación" del Va-
lle del Duero, y, desde el último tercio
del siglo XI, el de la “jerarquización” de
estos pequeños centros monásticos en
pro de otros mayores. El origen del ba-
rrio e iglesia de Peñafiel, en cambio, hay
que encuadrarlo dentro del proceso de
"configuración" de las
comunidades de
villa y tierra
de la Extremadura.
El castillo de Peñafiel: sus villas,
iglesias y monasterios
Concedo y ofrezco a Dios y a San Ser-
vando, cuya basílica se levanta en la ciu-
dad de Toledo... mi monasterio de San
Salvador de Peñafiel, con todas sus he-
redades.
Con estas palabras comienza
el primer documento conocido de San
Salvador. El que efectúa la ofrenda es el
rey Alfonso VI y el beneficiario, el prio-
rato de San Servando de Toledo. Está fe-
chado el día 30 de abril de 1088. La villa
de
Llantada
era la
heredad
de San Sal-
vador, en la que se ubicaban todas sus
pertenencias. Villa y monasterio con-
formaban, por esa fecha, una unidad de
poblamiento, una
aldea
.
Con antelación a 1088, es muy
poco lo que sabemos de este cenobio.
Y ello porque estas pequeñas institucio-
nes, antes de ser absorbidas por otras
mayores, habían pasado desapercibidas
a los intereses de los más poderosos
y, por tanto, al no haber generado ac-
tividad jurídica alguna, carecían de do-
cumentos escritos. Lo que me interesa
plasmar en este apartado es el contexto
general en el que nacen y dan los pri-
meros pasos estas aldeas/monasterio,
ya como “unidades de poblamiento” ya
como “centros religiosos”. Dejaré para
más adelante, con el fin de no dispersar
datos, una descripción más completa y
unitaria de la institución.
El marco histórico en cuestión
es el de “la repoblación" del Valle del
Duero, durante los siglos X y XI para
nuestra zona. Por
repoblación
entien-
do también
organización
. Después del
derrumbe del orden visigodo se hizo
necesaria una nueva organización del
espacio. Ésta, según J. A. García de Cor-
tázar (1985: 11), requirió de tres movi-
mientos, relacionados entre sí: primero,
el del
control
del territorio (en su aspec-
to militar); segundo, el de
repoblación
(instalación o reinstalación de personas,
de las que venían de fuera o de las que
habían permanecido, desde siempre,
en el territorio) y, tercero, el de
articu-
lación
de ese espacio (con la creación
de un nuevo ordenamiento político-ad-
ministrativo).
El control militar se llevó a cabo,
en la Meseta Norte, mediante la simple
ocupación del espacio, pues no había
en ella enemigos significativos contra
los que luchar. Los protagonistas prin-
cipales fueron los monarcas leoneses o
sus delegados regionales, los condes.
El símbolo material de ocupación fue
por antonomasia el
castro
o
castillo
.
Era ésta una fortificación muy sencilla,
situada en lugares estratégicos, nor-
malmente en altura y con buena visi-
bilidad, como espigones de páramo y
cerros testigos.
El primitivo castillo de Peñafiel,
del que no se conserva vestigio alguno,
debió de ajustarse a este prototipo de
fortaleza. Se erigió a principios del si-
glo X, por las mismas fechas que los de
Haza, Roa y Curiel. La primera mención
que conocemos nos la transmite un di-
ploma de San Pedro de Cardeña, con
fecha del 26 de diciembre del año 943.
En él se especifica que Asur Fernández,
conde de Monzón (Palencia), hace en-
trega a la abadía de un lugar llamado
Fonte
Aderata
, situado en el territorio
de
Sacramenia
. Nuestro castillo apare-
ce ya con el nombre de
Penna Fidele
.
El
castro
sirvió pronto de agluti-
nante y centro de referencia para una
serie de pequeños hábitat, que se fue-
ron asentando a su alrededor. Los do-
cumentos los citan con nombres varia-
dos:
villa, quintana, castrellum, turris,
monasterium, ecclesia, aldea...
Esta si-
nonimia, aparente o real, manifiesta la
65
11
VACCEA
ANUARIO
después de
Pintia
complejidad que encierra el concepto
que intentan denotar. Su interpreta-
ción va a depender de múltiples facto-
res: momento de su fundación, origen
de sus pobladores, tipo de familia que
los pueblan, si disponen o no de es-
tructuras defensivas, si están sujetos
a un superior religioso o laico... Pero,
casi todos ellos participan de unos ras-
gos comunes: son de
tamaño reduci-
do
―una familia, cinco, veinte―;
muy
numerosos
―al menos el doble de los
que hoy conocemos para un mismo
espacio―;
no jerarquizados
entre sí;
muy inestables
―algunos desaparecen
pronto, de otros sólo se conserva su
iglesia―. Lo que es innegable es que
la
aldea
―con este apelativo genéri-
co, por comodidad, los designaré en
adelante―, como cualquier entidad
histórica, sufre un proceso de trans-
formación a través del tiempo. No fue
lo mismo, por ejemplo, una aldea pri-
migenia, semejante a una “granja agrí-
cola”, o una aldea/monasterio, que un
hábitat configurado al final del periodo
con sus
solares
y su
concejo
.
En este marco poblacional de-
bemos encuadrar las aldeas que se
generaron en torno al castillo de Pe-
ñafiel ―unas cincuenta―, entre las
que destaco: Padilla, Pajares, Langayo,
Quintanilla de Alvar Sancho (de Arriba),
Villacreces, Molpeceres de Suso, Mol-
peceres de Yuso (Aldeyuso), Rábano,
Castrillo de Alazar (de Duero), Santa
María de Valdeparrax (
ecclesia
), Pes-
quera, Piñel de Suso (de Arriba), Santa
María de Páramo (
ecclesia
, en Piñel de
Arriba), Jaramiel, Castrillo de Cisla (en
el Jaramiel), Castrillo Tejeriego, San Se-
bastián (
monasterium
, en Olivares) y el
monasterio de San Salvador y su aldea
de Llantada.
Algunos castros, no todos, se
convirtieron pronto en cabeceras polí-
tico-administrativas de un
territorio
o
alfoz
. Este territorio estaba conformado
por una serie de
aldeas
, que dependían
directamente del castillo. El alfoz fue la
célula básica de organización territorial,
por debajo del condado y del reino,
dentro del cual se articulaba la sociedad
altomedieval. Estaba regido por un de-
legado del conde, el cual ostentaba la
jefatura militar, política y judicial, a la
vez que administraba el patrimonio re-
gio o condal.
El castillo de Peñafiel fue cabeza
de alfoz, posiblemente desde sus orí-
genes. Lo era en el año 943, según el
diploma de Cardeña antes aludido. En
el 1034 (restauración de la diócesis de
Palencia), limitaba con los territorios de
Roa, Curiel, Castroverde, Mamblas (en
Tudela), Cuéllar y Sacramenia.
Si el
monasterio
fue una “unidad
de poblamiento” ―una aldea―, tam-
bién fue, cómo no, una “entidad religio-
sa”. Lo mismo que aquella es menciona-
do en las fuentes con diversos nombres:
monasterium
,
ecclesia
,
basilica
,
atrium
,
cenobium...
La distinción semántica en-
tre unos y otros apelativos, de existir,
es compleja. A nivel teórico, podemos
San Salvador de los Escapulados (Foto Miguel, c. 1959. Colección de Juan José Moral Daza).
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VACCEA
ANUARIO
después de
Pintia
definir la
ecclesia
‘iglesia’ como una ins-
titución regida por uno o varios clérigos
(seculares) y el
monasterium
‘monaste-
rio’, por un abad, encargado de una co-
munidad de monjes (regulares). Pero, si
todo monasterio disponía, ineludible-
mente, de su iglesia (templo); también,
en ciertas iglesias donde había varios
clérigos, éstos vivían en comunidad
bajo una regla canónica, por lo que en
ocasiones era difícil, externamente, di-
ferenciar
iglesias
de
monasterios
. Hoy
en día, para conocer su naturaleza no
hay más remedio que analizar cada
caso en particular, con sus respectivas
documentaciones. Como para San Sal-
vador de Peñafiel las fuentes parecen
mostrarnos, con relativa claridad, su
condición de
monasterio
, sólo a este
tipo de institución he de referirme.
Para empezar, debo precisar que
ni el concepto ni la realidad de un mo-
nasterio altomedieval eran los mismos
que los que tenemos en nuestros días.
No estamos hablando de monasterios
como el de Valbuena o el de Retuerta,
que pertenecen a un periodo posterior.
Los de esa época, por lo general, son
pequeños, con un escaso número de
monjes, extremadamente frágiles y, en
muchos casos, efímeros. Todos dispo-
nían de un patrimonio, consistente, al
menos, en una casa, una pequeña igle-
sia y una heredad que pudiera servir de
sustento a los monjes que lo habitaban.
El fundador y donante de su patrimonio
podía ser el rey, un miembro de la aris-
tocracia, un propietario pudiente o la
propia comunidad local residente en la
aldea. Los monasterios formaban parte
de los respectivos patrimonios de los
donantes; pero, una vez que los bienes
habían sido asignados a la institución,
y aunque sus patronos se beneficiasen
económicamente de ellos, no podían
desviarlos hacia otros fines que no fue-
ran los puramente religiosos. El donante
también obtiene ayuda del monasterio:
auxilio a sus huérfanos, socorro en caso
de viudedad y ancianidad, oraciones y
celebraciones de misas votivas por sus
almas y la de sus predecesores.
El obispo no tenía capacidad de
gestión del patrimonio monástico; sólo
intervenía en la consagración de la igle-
sia, en la vigilancia de los centros para
que no se desviasen de sus fines reli-
giosos y de la observancia de la regla.
El gobierno interno de la comunidad se
regía por un sistema
pactual
: bastaba
con que dos o tres personas se apar-
tasen de la vida secular y emitiesen la
profesión religiosa ―votos de castidad,
pobreza y obediencia―; obediencia a
un abad elegido entre ellos, bajo una
serie de condiciones acordadas previa-
mente. No existía
jerarquización
entre
monasterios; y, en cuanto a la
regla
a
seguir, parece que correspondía al abad
elegir, entre una “colección de reglas”,
aquellas que mejor convendrían a su
comunidad.
Éste es, pues, el contexto gene-
ral, el marco, en el que se desenvolvió,
en la Alta Edad Media, nuestro monas-
terio de San Salvador de Peñafiel, como
el de otros tantos de la zona: Santa Ma-
ría de Cárdaba (junto a Sacramenia),
San Sebastián (Olivares), San Mamés
(Encinas), San Andrés (Boada de Roa),
San Román (Castroverde), Santa María
de Mamblas (Tudela) y varios más cuya
naturaleza monástica no aparece tan
definida.
Peñafiel: un concejo de la Extremadura
La historia cambia y la historia la hacen
los hombres en relación directa con
el espacio que organizan. En el último
cuarto del siglo XI cristaliza un cambio
en las estructuras sociales del reino. El
monarca pretende un mayor dominio
sobre sus súbditos. La nobleza ansía
una mayor participación en las tareas
de gobierno y un aumento de sus for-
tunas. La iglesia, con el advenimien-
to de los cluniacenses, se centraliza e
imita las pautas de conducta del grupo
nobiliario. Gran parte del pueblo llano,
antes mayoritariamente libre, contrae
ahora lazos de dependencia con el es-
tamento noble o eclesiástico, aunque,
con mayor o menor éxito, potencia o
establece instituciones que velen por
sus intereses, entre las que destaca el
concejo
o asamblea vecinal. Se produce
una nueva reestructuración del espacio.
Se organizan los territorios de frontera,
la llamada
Extremadura
, y, en los viejos
dominios del reino, surgen las denomi-
nadas
villas realengas
, potenciando en
ambos casos el poder de los monarcas.
Proliferan, desgajados de los antiguos
alfoces,
aldeas
,
heredades
,
iglesias
,
pe-
queños monasterios
, todos ellos seño-
rializados.
En este apartado analizaré, den-
tro del contexto aludido, el nacimiento
y consolidación del concejo de Peñafiel,
a la vez que la configuración del plano
de la villa y el asentamiento de sus po-
bladores. Con ello pretendo anticipar el
marco oportuno para entender el ori-
gen y las vicisitudes posteriores de un
barrio concreto ―más su iglesia―, el
llamado de
San Salvador de los Escapu-
lados
, repoblado, bajo órdenes del rey,
por los ya mencionados cenobios de
San Servando de Toledo y San Salvador
de Peñafiel.
Aunque no contamos con las
fuentes suficientes, se supone que el
germen poblacional de Peñafiel, como
villa
de nuevo cuño, surge a finales del
reinado de Fernando I (1037-1065),
cuando la zona disfrutaba ya de una re-
lativa estabilidad. Esa actividad repobla-
dora se acrecienta durante el mandato
de su hijo Alfonso VI. Incluso, también,
durante el dominio, tan convulso, de su
Primera mención diplomática de Peñafiel
(26 de diciembre del 943)
[...]
yo, el conde Asur Fernández, juntamente con mi esposa Guntroda y
nuestros hijos, cuyos nombres se reseñan abajo, a ti nuestro padre, el abad don Ci-
priano, y a todo el convento de monjes que están bajo tu autoridad en Cardeña
[...]
,
os concedemos para vuestro mantenimiento un lugar, junto a la sierra de Montejo,
a saber, la fuente que llaman Aderata, sita en el término de Sacramenia, que linda
por un lado con Ordiales, según discurren las aguas hacia Sacramenia, camino de
Rubiales, y por otro con Castro de Fratres, para pasto de vuestros rebaños
[...]
. Que
dicho lugar quede exento de mi condado y apartado del control de los castillos de
su entorno, esto es, Penna fidele y Sacramenia. A cambio recibimos de vos en honor
dos caballos con su silla, cuatrocientas ovejas, un paño de algupa y otro caballo de
color morcillo para el sayón, llamado Hanne Obecoz, que delimitó dicha fuente con
sus términos.
[
Becérro Gótico de Cardeña,
f. 94, col. 2]
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VACCEA
ANUARIO
después de
Pintia
sucesora, la reina Urraca, como se pone
de manifiesto en la mayor parte de los
preceptos del fuero apócrifo, redactado
hacia 1120.
Pero, ha de ser en un diploma de
1127, procedente de San Servando, ya
en el reinando de Alfonso VII, cuando
se haga alusión, por primera vez, a su
concejo
, con la expresión de
barones de
Pennafidel
. Es más, en esta carta, figu-
ra un tal
Petrus Dominici, iudex
, primer
magistrado concejil de nombre conoci-
do. El
iudex
o juez era el representante
máximo de la comunidad. A comienzos
de 1136, la repoblación de la villa está
muy avanzada. Alfonso VII, el 2 de ene-
ro de dicho año, concede a los monas-
terios de San Salvador y San Servando
un solar junto a las murallas, para que
lo pueblen. En julio de 1141, en una do-
cumento del mismo fondo que los an-
teriores, aparece la figura del
tenente
,
Martín Fernández; de un
merino
, Beliz
Petrez, y del
iudex
, Domingo Galindo.
Por fin, en noviembre de 1153, además
del
tenente
Gonzalo de Marañón, se es-
pecifican ya los nombres de todos los
oficiales mayores del concejo: del juez,
del sayón y de los alcaldes. En conclu-
sión: entre los años 1130 y 1150, el con-
cejo de Peñafiel ya es una realidad, se
ha convertido en una
comunidad de vi-
lla y tierra de la Extremadura
. Es dueño
de su propio destino, posee un extenso
territorio y la capacidad de gobierno so-
bre el mismo.
El núcleo y eje de la comunidad
es la
villa
, centro con aspiraciones ur-
banas, con una fortaleza real y rodea-
do de murallas. La
tierra
se convierte
en la sede de las aldeas, sobre las que
el concejo va a ejercer los derechos de
propiedad y organización. Ciertos dele-
gados del monarca velan por sus intere-
ses y preservan sus regalías, aunque no
interfieren en los asuntos propios del
concejo. Comunidades limítrofes a la de
Peñafiel son las de Roa, Curiel, Cuéllar
y Fuentidueña. El resto de lugares, si-
tuados al norte del Duero y al oeste de
Quintanilla de Abajo, se encuentran en
Castilla
, ente que posee un régimen jurí-
dico diferente al de
Extremadura
.
Los elementos básicos que confi-
guran el plano de la villa, además de los
puramente geográficos ―cerro testigo,
río Duratón o vías naturales―, son el
castillo
, los
barrios
o
collaciones
―es-
pacio donde se asientan los morado-
res―, las
iglesias
―centro y eje de las
collaciones―, las
murallas
, las
calles
y
las
plazas
.
La configuración originaria se vio
mediatizada en gran medida por la mo-
dalidad del reparto del suelo entre los
pobladores, normalmente programado
por el rey o su delegado, el
tenente
. La
diferente procedencia de aquellos se-
ría el origen de los diversos barrios en
que se subdividía la población. Pero,
aunque sobre este particular sabemos
muy poco, las escasas noticias de que
disponemos ―tipos de antropónimos
y patronímicos― están en consonancia
con las que se conocen de otras villas o
ciudades de la Extremadura.
Cada collación se agrupaba en
torno a una iglesia, de cuyo santo titular
recibía el nombre. El templo se levan-
taba en un lugar preferente. A su alre-
dedor se extendía un espacio abierto, el
sagrado
, donde se ubicaba el cemente-
rio y los inmuebles destinados al servicio
del templo y morada de los clérigos. La
iglesia era el edificio más prestigioso de
la collación, donde no sólo se asistía al
culto, sino también donde sus vecinos se
reunían para tratar asuntos puramente
civiles ―reuniones del concejo de colla-
ción, pleitos, firma de contratos―.
Peñafiel, a finales del siglo XII,
tenía trece iglesias parroquiales, tantas
como barrios. Además, el cabildo de
clérigos de San Vicente disponía de su
propio templo. Entre estas iglesias se
encontraban las siguientes: la de San Es-
teban, tal vez el templo de la primitiva
aldea altomedieval, donde se reuniría el
concejo general; muy cerca de ella, las
de San Andrés y San Juan; San Pedro se
ubicaba junto a la puerta que se dirigía
a Mélida; San Miguel y San Fructuoso,
en extramuros, a la salida para Rába-
no y en el mercado, respectivamente;
Santa María de Mediavilla; Santiago... y
las de
San Salvador de los Escapulados
y
San Salvador de Rehoyo
. Remarco és-
tas dos últimas: la primera porque va a
ser objeto de un análisis más detallado
con posterioridad; la segunda, para dife-
renciarla tanto de la anterior como del
monasterio
―ya que son homónimos―.
De
San Salvador de Rehoyo
tenemos do-
cumentación ya en 1143, cuando se está
poblando la villa. Era “iglesia propia” de
la Sede Palentina, lo que me hace pen-
sar que, como a San Servando, también
al obispo de Palencia, se le asignó un
solar específico para poblar. Cuando en
el siglo XVI, el templo de San Miguel,
extramuros de la población, se derruye,
su titularidad pasó al de San Salvador de
Rehoyo, cuya advocación desaparece
entonces. Pero, todavía hoy ―dentro
de la iglesia de San Miguel, haciendo el
servicio de baptisterio― podemos con-
templar la cabecera del viejo templo y
en ella, lo que fue un hermoso fresco, ya
muy borroso, del Juicio Final. Lo preside
la figura hierática de
El
Salvador
.
PEÑAFIEL (S. XIII)
ALDEAS DE LA TIERRA
Pesquera
Carrascal
Padilla
Santa Olalla
Quintanilla de Suso (o de Alvar Sancho)
Quintanilla de Yuso [de Abajo]
Castrillo [de Duero]
Olmos
Mélida
Rábano
Canalejas
Torre y las Aldehuelas
Fompedraza
Molpeceres de Suso [Molpeceres]
Molpeceres de Yuso [Aldeyuso]
Oreja
San Mamés
Langayo
Manzanillo
Pajares
BARRIOS E IGLESIAS
San Miguel
Santa Olalla
Santa Marina
San Pedro
San Salvador de Rehoyo
San Andrés
San Esteban
Santa María de Mediavilla
San Juan
San Salvador de los Escapulados
Santa María la Pintada
San Yago (Santiago)
San Fruchoso (San Fructuoso)
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VACCEA
ANUARIO
después de
Pintia
El monasterio de San Salvador
y la aldea de Llantada
En el apartado anterior comentaba que,
a finales del siglo XI, ya había cristali-
zado un cambio en las estructuras so-
ciales del reino, que trajo consigo una
reorganización del espacio. Entre esos
cambios hay que destacar el de la
jerar-
quización
de los pequeños monasterios
altomedievales en favor de un número
reducido de instituciones eclesiásticas,
como abadías, catedrales o colegiatas.
Sus protagonistas, a través de sus dona-
ciones, fueron preferentemente los re-
yes, los condes y las familias aristocráti-
cas. Pretendían éstos, con deseos más o
menos sinceros, la reforma de la iglesia,
un espacio mortuorio en los grandes
templos y la oración de los monjes por
su salvación eterna y la de sus antepa-
sados. Entre estos monasterios, asimila-
dos por otra institución mayor, figuran
los de
San Servando de
Toledo
y
San Sal-
vador de Peñafiel
.
a) San Servando de Toledo
La aludida reforma eclesiástica
se llevó a cabo, sobre todo, a través de
la implantación sistemática de la Regla
de San Benito, en especial, en su versión
cluniacense. Pero no sólo Cluny fue foco
de reforma y expansión cultural; existie-
ron otros grandes centros monásticos,
benedictinos, que se encargaron tam-
bién de esa tarea. Uno de ellos fue el
de San Víctor de Marsella. Esta abadía
ocupó en la Provenza, durante los siglos
XI y XII, un puesto semejante al que,
desde Borgoña, estaba desempeñando
Cluny. Destacó, entre sus abades refor-
madores, el cardenal Ricardo de Millau,
uno de los mejores auxiliares de los pa-
pas Gregorio VII y Urbano II. Fue lega-
do pontificio en Hispania y, como tal, el
artífice principal de la introducción del
rito romano en la península.
Alfonso VI, en agradecimiento a
los favores recibidos tanto de la Santa
Sede como del cardenal Ricardo, conce-
de al papado, el 11 de marzo de 1088,
el monasterio de
San Servando de Tole-
do
, recién restaurado y apto para la vida
monástica. Pero, se lo entrega con una
condición: la de que fuera regido, en
encomienda, por la abadía de San Víc-
tor; ésta daría a cambio al pontífice un
censo anual de diez
mancusos
(moneda
de oro hispana). Mediante dicha cesión,
estratégica e interesada, el priorato to-
ledano se eximía de la jurisdicción del
arzobispo. Al prelado de Toledo sólo se
le permitía ordenar a los clérigos y con-
sagrar los oratorios de su iglesia, pero,
siempre y cuando se mantuviese den-
tro de la ortodoxia, sometido a la Sede
Apostólica y ejerciese, gratuitamente,
dichas funciones; de lo contrario, los
monjes podrían dirigirse al obispo que
quisieren, al que el papa concedía la ne-
cesaria jurisdicción. A través de la mis-
ma carta el rey dota al nuevo monaste-
rio con ciertas heredades, sitas todas en
su entorno.
b) San Salvador de Peñafiel
La dotación de San Servando
no acaba con la entrega de los bienes
mencionados. El día 30 de abril, el mo-
narca concede al priorato
mi monaste-
rio de San Salvador de Peñafiel, con sus
heredades
. Y se lo entrega, no sólo con
el “señorío dominical”, sino, también,
con el “jurisdiccional”, es decir, con la
capacidad de ejercer en él las funciones
administrativas, judiciales y fiscales. Eso
es lo que refleja, según Martínez Díez
(2002:244), la fórmula de la concesión:
que no entre en estas heredades el me-
rino ni el sayón, ni por causa de rapto,
ni homicidio, ni
[para cobrar]
anubda, ni
fonsadera, ni cualquier otra caloña o su-
puesto
. El modo concreto de ejercer el
nuevo señor dicha jurisdicción, en una
heredad tan pequeña y tan alejada de
la casa matriz, se nos escapa.
En cuanto a la jurisdicción ecle-
siástica, San Salvador, lo mismo que San
Servando ―a quien está sujeto―, de-
penderá directamente de la Santa Sede;
asumiendo el arzobispo de Toledo, só-
lamente, las funciones que le han sido
encomendadas y con las restricciones
aludidas. El obispo de Palencia, en cuyo
territorio diocesano está enclavado el
monasterio, carecerá de toda jurisdic-
ción sobre el mismo.
El coto del cenobio fue delimi-
tado, según una carta de 1127, por don
Raimundo, obispo de Palencia, por Tello
Díaz, merino del rey y por cinco persona-
jes más, todos designados por el monarca
Alfonso VI.
La naturaleza “monástica” ―no
de
ecclesia
― de San Salvador, con an-
terioridad a 1088, parece estar fuera
de toda duda; lo mismo que su per-
tenencia al “patrimonio real”. Varios
diplomas aluden, por boca del rey, a
estas circunstancias:
meum monas-
terium
(1088),
nostrum monasterium
(espurio, 1088),
regale monasterium
(1099). Lo que ya no aparece tan cla-
ro es si el centro, en el momento de la
concesión a San Servando, o incluso
después, estuvo funcionando como tal.
Más bien, creo que no. En ningún do-
cumento se hace mención expresa de
un abad, prior o monje, exclusivo, del
monasterio; ni tampoco roboran éstos,
ni confirman ni testifican carta alguna.
Es muy posible que, aun conservando
la condición jurídica de
monasterium
,
en las fechas en las que nos movemos,
la institución se hubiese convertido ya
de hecho en una simple
ecclesia
, al ser-
vicio espiritual de la aldea de Llantada.
Tal vez, uno o dos monjes de San Ser-
vando, no necesariamente sacerdotes,
estuviese al tanto de la hacienda, y que
de la cura de almas se encargase algún
clérigo secular, a título de “capellán”,
como apunta un texto de 1141, en el
que testifican
duos capellanos Sancti
Salvatoris.
c) La aldea de Llantada
El monasterio disponía de una
hacienda. Esta hacienda o
hereditas
,
además de integrar en su tiempo los
edificios monásticos, acogía también
una
villa
: la de
Llantada
. No olvidemos
que en la Alta Edad Media ―origen de
la institución― casi todo monasterio,
aparte de ser un ente religioso, era a su
vez una “unidad de poblamiento”, una
aldea. El conjunto de la propiedad se ve
reflejado muy bien en una confirmación
de los bienes de San Servando por el
papa Alejandro III (1172-V-9), entre los
que destacan:
la iglesia de San Salvador
de Peñafiel, con la aldea de Llantada,
con los canales, y todas sus pertenen-
cias, y con las viñas y heredades que es-
tán en Peñafiel
.
En todos los diplomas mane-
jados, al estar redactados en latín, se
nombra a la aldea con el término
Plan-
tata
o con el semicultismo
Plantada
. Yo
he preferido citarla como
Llantada
, por
ser éste, en castellano, el resultado pa-
trimonial del vocablo; como lo es
Santa
Olalla
―la aldea vecina― respecto al
cultismo
Santa Eulalia
. Pienso que con
los nombres de
Llantada
y
Santa Ola-
lla
eran designadas popularmente, en
el medievo, estos dos lugares. El signi-
ficante
llantada
―con sufijo abundan-
cial― tiene el significado de ‘plantación’
de algún tipo de arbolado. El porqué se
aplicó a nuestra villa, lo desconozco.
Alfonso VII, en 1127, ordena de-
limitar de nuevo los contornos del lugar,
teniendo como referente la hitación de
su abuelo Alfonso VI:
69
11
VACCEA
ANUARIO
después de
Pintia
Desde la mitad del pinar hacia
adelante, tal como discurren las aguas
del Duero, pasando por la cabecera de
la villa, hasta llegar a la margen supe-
rior del arroyo
;
y desde allí, yendo hacia
adelante, hasta la Piedra.
Mi interpretación del texto es la
siguiente: el paraje denominado como
la mitad del pinar
habría que fijarlo en
el espacio llamado El Lavadero, don-
de hoy desagua el drenaje de La Nava.
Allí ubican varios documentos el “cañal
de Arriba”; y allí va a parar el camino
“del Cañal”. Este cañal o caz moline-
ro, según esos diplomas, pertenecía a
Llantada. También nos informa uno de
ellos que en las proximidades de dicho
paraje se encontraba la aldea de Santa
Olalla. Pues bien, sólo a 50 m, en direc-
ción norte, se detecta un yacimiento
arqueológico medieval que, sospecho,
corresponde al citado hábitat. La linde
correría luego, río abajo, hasta la des-
embocadura del arroyo de La Vega, pa-
sando antes por
la cabecera
del caserío
de Llantada. Desde este punto, aguas
arriba del arroyo, llegaría la demarca-
ción hasta un lugar llamado
Piedra
―o
la Piedra
―, topónimo no conservado.
Tal vez podríamos establecer este hito
junto al meandro del arroyo ―antes
de torcer hacia el mediodía―, enfren-
te del pago de las Las Ruedas. La Pie-
dra no deja de ser sugerente: ¿un gran
piedra izada que sirve de mojón?, ¿una
estela reaprovechada de la necrópolis
vaccea de Las Ruedas? El resto de la
delimitación, hasta la zona de inicio, no
se menciona; tal vez por ser demasia-
do conocida y no presentar problemas
fronterizos con Peñafiel. Es muy posible
que corriese a lo largo del actual cami-
no del Vado o del Cañal, antigua
Carre-
ra de los Lobos
. Según el
Catastro del
Marqués de La
Ensenada (1752), con él
confrontaban ―por el este― las tierras
de San Salvador.
La extensión de Llantada, de ser
fiable mi interpretación, tendría, al me-
nos, 50 hectáreas. Incluiría dentro de sí
todo el núcleo urbano de la antigua ciu-
dad de
Pintia
. La superficie del coto no
es demasiado amplia si la comparamos
con la de los pueblos actuales, pero no
desentona con las medidas de muchas
villas
o
heredades
de la Alta Edad Media.
El caserío de la aldea, de acuerdo
con los documentos manejados, estaba
situado dentro del ángulo que forman
el arroyo de La Vega y el talud de la ri-
bera del Duero; tocando, por el norte,
el antiguo camino de Las Huertas ―hoy
desaparecido― y, por el este, la laguna
que se forma en la hondonada los años
de mucha lluvia. Los múltiples “hoyos”
que se detectan a través de fotografía
aérea, podrían interpretarse como anti-
guos silos ―a modo de despensas o al-
macenes― insertos en las viviendas del
hábitat, fenómeno típico en el medievo.
De la iglesia y edificios adjuntos,
no queda rastro alguno. Se encontraban
dentro del caserío de la villa, posible-
mente en su zona más elevada, junto
al declive de la ribera. Hacia ese lugar
apuntan las referencias de varios textos.
Así, en un apeo de la heredad de San
Salvador de los Escapulados, con data
del 17 de junio de 1535, se especifica:
Apearon una tierra debaxo del lugar de
Padilla a do dizen La Laguna, cabe la
hermita de San Salvador.
Como pertenecientes a la he-
redad de Llantada se mencionan en la
1. Padilla de Duero, 2. Arroyo de La Vega, 3. Río Duero, 4. La Laguna, 5. Caminos de Las Huertas, 6. Camino de El Cañal, 7. Las Quintanas,
8. Carralaceña, 9. Las Ruedas, 10. Los Cenizales, 11. San Salvador y Llantada, 12. La Requejada, 13. La Piedra, 14. La Pesquera, El Cañal y
El Molino de Abajo, 15. El Cañal y El Molino de Arriba, 16. Santa Olalla, 17. San Bartolomé y 18. Sanchidrián (fotografía CEVFW).
70
11
VACCEA
ANUARIO
después de
Pintia
Edad Media tierras de cereales (
terrae
,
areae
) y huertos (
horti
). Estos huertos
estaban situados en la zona rehundida
de la ribera, en el paraje llamado, en-
tonces,
La
Requejada
y hoy,
Las Huertas
.
Era un terreno muy apreciado; se rega-
ba con las aguas del arroyo de La Vega
a través de una acequia (
irriguum
), que
corría por la parte baja del terraplén. Es
de suponer que también existiría alguna
viña, ciertos prados (quintanas) y, en las
márgenes del río y del arroyo, álamos y
olmos. En el siglo XII contaba también
Llantada con una
pesquera
―presa en
el Duero―; en principio, como el nom-
bre indica, para facilitar la pesca, pero, a
su vez, con la posibilidad de encauzar el
agua hacia un molino harinero. Estaba
situada ésta cerca de la desembocadura
del arroyo. Disponía también la aldea
del dos canales artificiales ―cañal o
caz―, que corrían paralelos al Duero,
en
La Requejada
. Tenían dos funciones:
servir de cursos regulados de agua para
mover sendos molinos y como viveros
de pescado, para lo cual se los acondi-
cionaba y pertrechaba bien. El uno, el
Cañal de Arriba
, se ubicaba, como ya
he comentado, junto a la actual desem-
bocadura del drenaje de La Nava, en El
Lavadero; el otro, el
Cañal de Abajo
, in-
mediato a la pesquera. La corriente que
fruía por dichos canales movía las pie-
dras de dos molinos harineros.
Muy cerca de las casas de Llanta-
da, aunque en la margen izquierda del
arroyo, existe otro despoblado medie-
val, cuya necrópolis ha sido excavada.
A mi entender, y con los datos de que
dispongo, este cementerio correspon-
dería a la iglesia ―luego convertida en
ermita― de San Bartolomé, iglesia per-
teneciente a una aldea cuyo nombre,
por ahora, desconozco. También, a 1,25
km de San Bartolomé, aguas abajo del
Duero, se encuentra el pago de
Sanchi-
drián
o
Santidrián
(San Cipriano). Ignoro
si existen en el lugar restos arqueológi-