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PINTIA
CAMPAÑA XXVIII
EXCAVACIONES EN LAS RUEDAS
EL PERRO Y
EL CALDERO
REFLEXIONES
SOBRE UN ICONO
ARÉVACO-VACCEO
II.
TINTINNABULA
CERÁMICA.
PRODUCCIONES
SINGULARES
BASURAS
Y FURTIVOS
UN DEPÓSITO DE LOS AÑOS OCHENTA
EN LA NECRÓPOLIS DE LAS RUEDAS
9 + 1 ZONAS
ARQUEOLÓGICAS
EN CASTILLA Y LEÓN
PINTIA HETERODOXA E IRREDENTA
DESPUÉS DE
PINTIA
EL MONASTERIO DE
SAN SALVADOR DE PEÑAFIEL
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5 €
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VACCEA
ANUARIO
A
mondar cantos rodados
N
o resulta infrecuente en-
contrar en superficie, en
un amplio espacio entre
las elevaciones de la igle-
sia de Padilla de Duero y la del pago de La
Revilla y afectando al subsuelo de todo
el pueblo, una curiosa industria lítica
elaborada sobre cantos rodados de río,
cuarcitas en su mayoría, cuyos núcleos
descortezados muestran semejanzas las
más de las veces con las arcaicas indus-
trias olduvayenses de cantos trabajados
que, con tanto ahínco, fueran buscadas
en el pasado en Europa para equiparar,
sin gran éxito, la secuencia de ocupación
humana a la africana en los inicios del
Pleistoceno Inferior, esto es, en torno a
los dos millones de años, expresión, por
otro lado, del inevitable antropocentris-
mo de la civilización Occidental.
Hoy en día se admite ese modo
1 de Graham Clark para las industrias
de TD6 de Atapuerca, es decir, para un
rango de un millón de años; se explica
cronología tan moderna para esas in-
dustrias en el sur del continente euro-
peo ―cuando en África se ha extendido
ya hace tiempo (1,6 Ma) un modo 2 o
achelense de la mano del
homo ergas-
ter
― como consecuencia de posibles
migraciones humanas hacia Europa no
desde el continente africano, sino des-
de el asiático (al que el
homo habilis
habría llegado de África en el rango de
los 2 Ma), antes, por tanto, de la adqui-
sición de dicho modo achelense.
Sea como fuere, las industrias
olduvayenses se denominan "de cantos
trabajados" por ser característico de
ellas la presencia de útiles sobre núcleo
tallados
unifacial
(
chopping
) o
bifacialmente
(
chopping-tool
).
Considerados úti-
les esenciales durante
algún tiempo, estudios
traceológicos más modernos y la pro-
pia arqueología experimental vinie-
ron a plantear que estos cantos más o
menos desbastados fueran en realidad
“núcleos de explotación”, de los que
obtener un número limitado de lascas
que serían en realidad los útiles cortan-
tes funcionalmente buscados a partir
de este trabajo de talla lítica. Durante
el Achelense tales “núcleos de explo-
tación”, preparados de diversa forma,
seguirán al servicio de la obtención de
Panorámica de las viejas eras de Padilla de Duero, invadidas por las hierbas, y del
camino a Manzanillo delimitado por grandes piedras calizas; en el plano medio la última
caseta en pie; al fondo a la izquierda el cerro de Pajares. Sobre estas líneas uno de los
cantos mondados (vista anteroposterior y lateral) sobre cuarcita recogido en las eras.
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mondar cantos rodados
lascas, como también se producirán úti-
les sobre núcleo de tipo bifaz.
Algunos de estos objetos de in-
dustria lítica padillenses fueron presen-
tados ya, en una aproximación prelimi-
nar, como evidencia de una industria
achelense, identificando «
núcleos de
los tipos 4, 6 y 7 de Querol y Santonja
(poliédricos, discoidales y con extraccio-
nes centrípetas en ambas caras), cantos
bifaciales, útiles diversos sobre lasca y
algún bifaz
», que por su posición me-
dia-baja en la terraza del río se asimila-
ban a fechas avanzadas del Pleistoceno
Medio (Delibes, 2003: 24-25, fig. 1).
Se impone, sin embargo, mayor
cautela a la hora de afrontar estas colec-
ciones líticas que, mucho nos tememos,
podría tener tan sólo algunas decenas
o centenas de años y cuyo límite más
moderno de explotación y uso se situa-
ría en la mecanización de las tareas del
campo. En efecto, tenemos la sospecha
razonable de encontramos mayoritaria-
mente ante los restos de una actividad
relacionada con la reposición de los
mellados dientes de los trillos, en una
zona que, al menos desde el Calcolítico
sino ya desde el Neolítico, muestra tes-
timonios inequívocos de la utilización
de este mecanismo tan sofisticado para
separar en el cereal la paja del grano.
Pero vayamos por partes.
Los abundantes cantos de trillo,
caracterización de las colecciones
Estas reflexiones surgen al hilo de la
instalación de un transformador de alta
tensión en una inadecuada ubicación
junto al CEVFW, en el centro del munici-
pio de Padilla de Duero. La sospecha de
que pudiera existir un yacimiento del
Paleolítico en el subsuelo del pueblo, a
partir de los referidos datos publicados,
nos movió a intentar provocar el aplaza-
miento de dicha instalación para poder
establecer las cautelas necesarias antes
de iniciar las canalizaciones y realizar
las alegaciones correspondientes a la
ubicación del referido transformador
1
.
Las evidencias de las que dispo-
níamos (una serie de guijarros y lascas
de cuarcita) se fueron recogiendo en mo-
mentos y circunstancias muy diferentes,
desde simples paseos sin afán de bús-
queda en los que los objetos parecen en-
contrarnos a nosotros, a prospecciones
en el entorno de la iglesia de Padilla, a la
limpieza de un gallinero en un domicilio
particular o a inspecciones en la ya perdi-
da y abandonada área de las eras. No se
trata, por tanto, de un registro obtenido
de manera sistemática, pero en la inspec-
ción superficial señalada sí que se aten-
dió a otras posibles evidencias que los
llamativos núcleos tallados, pudiéndose
recuperar también algunas de las lascas
derivadas o posibles restos de talla.
La base de esta industria son,
por tanto, guijarros o cantos rodados de
cuarcita, tan abundantes en las extensas
planicies modeladas en los aluviones
pleistocenos y subactuales del valle del
Duero (Calonge, 1995: 33), por lo que su
aprovisionamiento en ningún momento
debió de ofrecer grandes dificultades.
Hace no mucho se llamaba la
atención sobre la publicación errónea
de varios conjuntos líticos inventariados
en la
Carta Arqueológica de la provincia
de Segovia
como yacimientos del Pa-
leolítico Inferior, caracterizados, como
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mondar cantos rodados
los nuestros, por estar realizados sobre
cuarcitas y formados por cantos traba-
jados y núcleos, algunos con factura bi-
facial (Álvarez y Andrés, 2011: 178).
El objetivo de la talla de cantos de
cuarcita por parte de los trilleros fue la
obtención de lascas, generalmente cor-
ticales y de dimensiones más o menos
regulares, por lo que cuando se descor-
teza el canto termina su aprovechamien-
to, siendo muy fácil la reconstrucción de
las secuencias de talla (Álvarez y Andrés,
2011: 184). El análisis tecnológico de los
conjuntos trilleros segovianos considera-
dos permitió diferenciar tres grupos: los
afines a morfologías paleolíticas, los que
no tienen morfología determinada y los
que presentan series aisladas con escaso
aprovechamiento y apenas transforma-
ción del canto (Álvarez y Andrés, 2011:
184). Destacan con buen criterio los au-
tores que las proporciones en que con-
curren unos u otros tipos no deben ser
objetivo prioritario de investigación por
su carácter aleatorio y totalmente secun-
dario (Álvarez y Andrés, 2011: 185). Pero
además los conjuntos trilleros carecen de
las pátinas y alteraciones postdeposicio-
nales características de los conjuntos pa-
leolíticos (Álvarez y Andrés, 2011: 187).
Nuestra colección de cantos par-
ticipa plenamente de dicha categoriza-
ción, siendo típicos los levantamientos
centrípetos, a veces bifaciales en rela-
ción sobre todo con piezas que presen-
tan dos planos naturales; aunque no
incluidos en las figuras que ofrecemos,
existen múltiples cantos con dos o tres
extracciones que encajan en el tercer
grupo descrito. Pero quizás lo más llama-
tivo de estas piezas sea la falta de pátina
que ofrecen las superficies negativas de
las extracciones. Finalmente, entre los
restos de talla recuperados, creemos
que la mayoría de estas lascas respon-
den a desechos de trilleros por tamaño
inadecuado o mala conformación.
Sobre la posición primaria (pre-
sencia habitual de cantos en el sustrato
geológico de la zona) o secundaria (au-
sencia de tales piezas en dicho sustrato
y, por tanto, traslado desde otros pun-
tos) de los yacimientos trilleros, caben
también algunas consideraciones en re-
lación a las evidencias padillenses.
En la primera categoría incluiría-
mos a las industrias distribuidas entre La
Revilla y la iglesia parroquial, abarcan-
do todo el casco urbano, con particu-
lar incidencia en la tierra comprendida
entre el templo y la orilla derecha del
arroyo de La Vega; entre las segundas,
las localizadas en las eras, al otro lado
de dicho cauce y ―desde tiempos más
recientes― de la carretera y la línea fe-
rroviaria. Todavía hoy se conservan los
espacios de trilla, como consecuencia
de haber quedado excluida esta zona de
la concentración parcelaria, aunque in-
vadidos ya por la vegetación salvaje. No
menos de veinte eras se distribuían aquí
(en La Revilla existieron otras dos), don-
de los afloramientos de cuarcitas no se
producen y por tanto habrían de ser traí-
das de otras localizaciones. Tal circuns-
tancia se expresa de manera palmaria
Núcleos de trillo sobre cuarcita de Padilla de Duero carentes de pátina, interpretados
como industrias del Paleolítico (Dibujos según Delibes, 2003: 24, fig. 1).
Selección de algunas industrias líticas trilleras de Padilla de Duero:
1. Percutor, 2 a 9. Núcleos de explotación. 10 a 18. Lascas.
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3
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101112131415161718
6
4
2
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mondar cantos rodados
en la acumulación de las mismas –no fal-
ta algún pedernal tampoco- a la entrada
de la más meridional de las eras, donde
todavía se mantiene en pie una de las
siete “casillas” o casetas de adobe que
servían de cobijo durante el resto del
año a trillos y otros aperos; dicho amon-
tonamiento estaría más en relación pro-
bablemente con la obtención de dientes
de trillo, mediante la extracción de las-
cas, que con la preparación de suelos
de cantos, ya que de las veinte eras sólo
una disponía de este preparado.
Llamativamente, las gentes del
municipio consultadas
2
, que todavía par-
ticiparon en las labores de trilla, no han
conocido actividad alguna en la falda de
la iglesia parroquial, por lo que necesa-
riamente esas industrias trilleras han de
responder a momentos previos al siglo
XX, cuestión que nos lleva a plantearnos
el origen de las mismas y su trayectoria,
para poder concluir sobre su incidencia
en el paisaje rural.
Trillar en el valle medio del
Duero. Una larga tradición que
arranca en la Prehistoria reciente
y termina hace medio siglo
El primer poblamiento de carácter siste-
mático de época postglaciar de la Me-
seta se produce en el Calcolítico ―en
la provincia de Valladolid, de diez yaci-
mientos neolíticos (en dos milenios) se
pasa a 60 calcolíticos (en un solo mile-
nio, el III)― (Delibes, 2011: 13). Dicho
de otra manera, frente al desierto de-
mográfico neolítico, nos encontramos
con una malla poblacional y una impor-
tancia de los cultivos que permite hablar
en la Edad del Cobre de la “primera co-
lonización agrícola”, con yacimientos de
tipo “recintos de foso” que tienden a
situarse en las vegas, donde se localizan
los terrenos agrícolas más productivos,
renunciando a los emplazamientos en
altura de carácter defensivo (Delibes,
2011: 14-15).
Este proceso de ocupación
permanente del espacio configura un
cambio ambiental antrópico sin pre-
cedentes, ratificado por las columnas
de pólenes (por ejemplo en el relleno
del foso 1 de El Casetón de la Era, con
una clara regresión de la masa forestal
mediante la quema para la obtención
de espacios de cultivo y progresión de
cereales) que indican una agricultura
sobre todo de trigo, ratificada por otros
ítems como los molinos barquiformes y
los numerosos campos de hoyos o silos
característicos de estos asentamientos.
Pero uno de los elementos sin
duda más interesantes por lo que ahora
nos interesa ha sido la detección en el
propio Casetón de la Era de piedras de
trillo con “lustre de cereal”, es decir, con
un brillo característico en el filo resultan-
te del contacto reiterado con la paja del
cereal. La novedad radica en el estudio
traceológico (análisis de las microhuellas
presentes en las herramientas) de estas
piezas que ha venido a demostrar que
además de huellas de corte de paja exis-
ten otras abrasiones por contacto con la
tierra, de lo que cabe deducir que no se-
rían elementos de siega (dientes de hoz)
sino de trillado (Gijaba,
et al
., 2012).
De esta forma puede sostenerse
la existencia de trillos desde hace unos
cuatro mil quinientos años; bien es cier-
to que no debe pensarse en los grandes
tribula posteriores, sino en otros meno-
res de ramas atadas entre cuyas unio-
nes se dispondrían entre 60 y 80 dien-
tes unidos por algún emplaste (Delibes,
2011: 25). Conviene no olvidar cómo
entonces ya, de acuerdo a la denomi-
nada por A. Sherratt «revolución de
los productos secundarios», la tracción
animal habría jugado un papel indiscuti-
ble en la tarea de mover estos ingenios
para separar la paja del grano.
Es fácil comprender que las nece-
sidades del trillado aumentarían confor-
me se fuera incrementando la producción
cerealista. Durante la Edad del Bronce los
arados de madera con tracción animal
tuvieron una limitada capacidad de pe-
netración, incluso cuando fueron revesti-
dos de chapa de bronce, en particular en
aquellos terrenos más resistentes.
A partir de mediados del primer
milenio antes de la Era, durante la se-
gunda Edad del Hierro, propiamente du-
rante la etapa vaccea, la generalización
de la metalurgia del hierro representó
Corte geomorfológico a través de Las Quintanas de Padilla de Duero (a partir de Calonge, 1995: 31).
Depósito de cantos rodados de cuarcita, con
algún pedernal, a la entrada de una era.
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mondar cantos rodados
un cambio sustancial, al aplicarse el nue-
vo metal también al laboreo agrícola,
con el diseño e implementación de unos
aperos (véase el conjunto depositado en
un almacén subterráneo de una casa de
Las Quintanas de
Pintia
, constituido por
reja, vilortas, gavilán, aguijada, garios,
pico y azadas de hierro, en Sanz
et al
.,
2003) que habían de mantenerse sin so-
lución de continuidad hasta la mecaniza-
ción de las tareas del campo a mediados
del siglo XX. Tales útiles aumentaron de
manera exponencial la rentabilidad agrí-
cola seguramente en una proporción
de 1:10. Y conviene aquí recordar que
esa mayor disponibilidad de alimentos
propició una explosión demográfica y el
paso de las granjas y aldeas a las prime-
ras ciudades de nuestra historia.
Si estas ciudades vacceas pudie-
ron alcanzar los diez mil habitantes y en
el caso de la de
Pintia
entre cinco y siete
mil, conviene establecer la relación del
medio kilogramo de pan diario por per-
sona como ración de supervivencia para
entender hasta qué punto la superficie
cultivada alcanzó una extensión nunca
antes vista. Los cálculos realizados seña-
lan la necesidad de 500 ha de labrantío
dedicado al cereal por cada mil habitan-
tes, con lo que una población de cinco
mil requeriría de 2.500 ha, esto es, 25
km
2
(Sacristán, 2011: 200); cálculo que
no recoge la naturaleza excedentaria
cerealista de la economía vaccea, que
exigiría tal vez incluso un tercio o la
mitad más de producción para poder
intercambiar el excedente con materias
primas de las que carece la cuenca se-
dimentaria (granito para los molinos,
todo tipo de metales, sal, etc.).
En suma, con la Edad del Hierro
llegamos a uno de los momentos cumbre
del campesinado meseteño y, en conse-
cuencia y por lo que nos interesa ahora,
a un procesado del cereal mediante la
trilla que debió de alcanzar proporcio-
nes verdaderamente importantes, máxi-
me cuando la paja trillada constituye en
el mundo vacceo el complemento im-
prescindible de la construcción de las ca-
sas o de elementos defensivos como las
murallas, a base de adobes y tapial. En
efecto, aunque las excavaciones arqueo-
lógicas no han proporcionado testimo-
nios directos de trillos ―aquí la ausencia
de evidencia no puede ser considerada
evidencia de ausencia, debido al escaso
desarrollo de la historiografía vaccea―,
sí que cabe señalar algunas indirectas
como las improntas que el interior de
los adobes de las casas de Las Quintanas
ofrecen, inequívocamente correspon-
dientes a pajas trilladas (Juan-Tresserras
y Matamala, 2003: 312).
Se hace evidente que, como
tantos otros ítems para esta área (ur-
banismo, metalurgia del hierro, vino,
aceite, etc.), el trillo no fue un elemento
civilizador introducido por Roma y que
constituye una adaptación tecnológi-
ca a una producción milenaria en alza,
hasta convertir a estas tierras sedimen-
tarias en el “granero de España”; detrás
de la tecnología del trillo cabría ver ese
tiempo largo de la Historia al que se re-
fería F. Braudel, que atraviesa épocas y
culturas, configurado en gran medida
por las características específicas y de-
terminantes de un espacio de acusada
personalidad como es la zona sedimen-
taria central de la cuenca del Duero.
De la importancia de este promisorio
recurso, el pan, daría testimonio proba-
blemente también el enigmático can o
lobo en perspectiva cenital vacceo, con
una lengua que lame lo que parece un
pan bregado o de cuadrados, en el que
incluso queda marcado el punto central
en cada uno de los espacios de la retícu-
la, tal y como podemos ver todavía en
los panes actuales.
Para ir concluyendo, cabe plan-
tearse ahora cuál pudo ser el impacto
de esta actividad trillera en el paisaje.
Y para ello se hace necesario ver la di-
mensión de estas producciones, capi-
talizadas por la localidad segoviana de
Cantalejo. Afortunadamente, existen
numerosas referencias ―remitimos en
particular al detallado estudio de Sigue-
ro (1984)― que nos proporcionan los
niveles de producción anual por familia:
unos trescientos trillos, con unas tres-
cientas familias dedicadas en los años
cincuenta del siglo pasado a esta activi-
dad, es decir, que cada año se fabrica-
rían unos noventa mil trillos. Si conside-
ramos que cada trillo incluye unas tres
mil chinas, tendríamos que cada año «la
ruidosa ciudad de Cantalejo» ―téngase
en cuenta que la fase final de la cons-
trucción del trillo incluía el “
escoplado
”
o realización de muescas con el escoplo
y el ajuste de los dientes, para lo que
era necesario unos seis golpes de mazo
por pieza, lo que explicaría el apelati-
vo― producía 27 millones de dientes.
Si la fabricación del trillo parece gene-
ralizada al menos desde el siglo XVII
―desde mediados del XVI ya se fabri-
caban aisladamente―, podemos hacer-
nos una idea del volumen e impacto de
estas industrias, aunque cabe señalar
que la materia prima más utilizada fue
el pedernal, de diferentes procedencias
como las canteras de Jadraque y Sigüen-
za (Guadalajara), pero también de otras
localizaciones de las provincias de León,
Burgos y Palencia (Siguero, 1984: 174),
con lo que las cuarcitas tendrían un pro-
tagonismo relativo.
Estos trillos se construían desde
el otoño hasta la primavera. Los trilleros
salían a venderlos en el mes de mayo
y realizaban sus desplazamientos de
venta o mantenimiento durante todo
el verano hasta el mes de noviembre.
Sus principales mercados eran Castilla
la Vieja, León, Castilla la Nueva, Extre-
madura, la región valenciana y Aragón,
esporádicamente Santander y la región
andaluza (Siguero, 1984: 178). En la cer-
cana Peñafiel, la venta de estos trillos se
hacía sobre todo en el mercado de ga-
nado en la Feria de la Ascensión, duran-
te el mes de mayo. En Padilla de Duero
nuestros informantes nos han relatado
cómo todos los años, trilleros de Can-
talejo o de otras localidades cercanas
como Pesquera de Duero, se dedicaban
durante una semana a repasar los trillos
para suplir aquellos desafilados o repo-
ner los perdidos.
Podemos calcular que para asu-
mir las tareas de trillado en Padilla de
Duero se necesitara como mínimo un
trillo por campesino. A mediados del si-
glo XIX, el
Diccionario
de Madoz recoge
que en Padilla de Duero había 73 veci-
nos y 306 almas. Más preciso resulta el
catastro del Marqués de la Ensenada un
siglo antes, cuando señala 61 vecinos,
de los cuales 25 útiles, 33 jornaleros y
3 viudas ―indica también las obradas
(medida consistente en la labor de ara-
da realizada en una jornada por una
yunta de animales, equivalente a 2,5
ha) destinadas al cultivo de cereales en
el término: 590 de trigo, 69 de cebada y
400 de centeno (en las tierras de peor
calidad)―. En suma, esos 25 “útiles” (o
“pecheros”) vendrían a coincidir
grosso
modo
con las veinte eras actuales (vein-
tidós si sumamos las de La Revilla) que
en los últimos siglos pudieran expresar
las potencialidades agrícolas de esta
pequeña localidad. La explotación tipo
tenida por unidad agrícola era la de un
par de mulas; pocos podían alcanzar
el doble, aunque algunos tenían caba-
llerías para trillar con doble pareja de
bestias al tiempo. La duración de estos
trillos, debidamente cuidados y almace-
nados, podría extenderse en el tiempo,
y tal vez la sustitución producirse cada
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11
VACCEA
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mondar cantos rodados
diez o veinte años. Si admitimos que en
las eras padillenses se daban cita treinta
trillos y que un 10% de los dientes (300
unidades) se reponían antes de cada
cosecha, obtenemos un total de 9.000
dientes de trillo por año. Sin olvidar
que todos los años llegaban trilleros
de Cantalejo o lugares más próximos
y podían aportar piedras ya talladas o
preparadas, cabe pensar que algunas
de ellas hubieran de improvisarse local-
mente para atender toda la demanda,
como ratifica el hallazgo de algún per-
cutor con las señales inequívocas de
uso o la presencia de depósitos de can-
tos a pie de eras, recordemos, terreras.
No parece necesario importunar con
engordados guarismos resultantes de
multiplicar dicha tasa de reposición por
trecientos, cuatrocientos o más años, y
añadir la renovación cada cierto tiempo
de trillos completos.
El impacto de esta industria lítica
trillera a lo largo de varios siglos explica-
ría la amplia dispersión de núcleos y las-
cas existente en éste y otros municipios
agrícolas, cuyos productos conviene no
confundir con los tallados más antiguos
que hemos podido recoger también,
aunque más excepcionalmente, en el
entorno del pueblo, pero lejos de su po-
sición original tal y como su inequívoca
pátina, resultante de la intensa acción
erosiva de arrastre y excavación de te-
rrazas en los periodos interglaciares del
Pleistoceno, vendría a demostrar.
En suma, aún alcanzamos a re-
conocer un paisaje agropecuario tradi-
cional, con la Cañada Real discurriendo
al norte de Padilla y las eras dispuestas
al sur en el camino hacia Manzanillo,
restos de industrias líticas trilleras aquí
y acullá, testigos de otros tiempos apa-
rentemente no tan lejanos pero per-
didos irremisiblemente, cuya imagen
congelada en algún “museo” o “aula de
interpretación” no deja de ser sino el
certificado de defunción de un mundo
rural ya caduco.
Nota
1. La ubicación, a propuesta del Alcalde y
Arquitecto municipal de Peñafiel, sin con-
sulta alguna ni exposición en el tablón de
anuncios de Padilla de Duero, se publicó
durante el mes de agosto de 2017, teniendo
constancia de la obra en el momento de su
ejecución y creando un fuerte descontento y
oposición en el pueblo.
2. Agradecemos a D. Carlos Llorente y a D. Ál-
varo Valdezate la información proporcionada.
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