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PINTIA
CAMPAÑA XXVIII
EXCAVACIONES EN LAS RUEDAS
EL PERRO Y
EL CALDERO
REFLEXIONES
SOBRE UN ICONO
ARÉVACO-VACCEO
II.
TINTINNABULA
CERÁMICA.
PRODUCCIONES
SINGULARES
BASURAS
Y FURTIVOS
UN DEPÓSITO DE LOS AÑOS OCHENTA
EN LA NECRÓPOLIS DE LAS RUEDAS
9 + 1 ZONAS
ARQUEOLÓGICAS
EN CASTILLA Y LEÓN
PINTIA HETERODOXA E IRREDENTA
DESPUÉS DE
PINTIA
EL MONASTERIO DE
SAN SALVADOR DE PEÑAFIEL
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5 €
20
11
VACCEA
ANUARIO
producciones vacceas
S
«
D
e amuleto o placa colgante
con propiedades profilác-
ticas o apotropaicas cabe
tildar a la plancha de barro núm. 537 de
nuestro catálogo, hallada en posición
secundaria en el sector IIAH
»
. En estos
términos nos expresábamos uno de no-
sotros (Sanz, 1997a: 175, fig. 171, 537)
en relación al primer objeto de esta
naturaleza hallado, en posición secun-
daria, en la necrópolis de Las Ruedas
de
Pintia
durante la campaña de 1987.
Aunque incompleto, la presencia de un
orificio menor en el extremo superior
nos movió a pensar en su suspensión
y en la posibilidad de que constituyera
una placa-amuleto para llevar colgada
al cuello. Asimismo planteamos una
reconstrucción con dos orificios en los
hombros de la pieza y hasta tres en la
base, por más que aquí sólo se conser-
vara uno. Su parecido con las placas de
cinturón o con colgantes de tipo
fantas-
ma
(Sanz, 1997a: 336) orientaron esta
propuesta.
Los trabajos posteriores desarro-
llados en este cementerio nos han pro-
porcionado nuevos ejemplares que per-
miten definir con mayor precisión este
tipo de objetos de gran singularidad en
el mundo vacceo, a los que dedicamos
atención específica en este trabajo.
Nos referimos principalmente a
aquellas placas recuperadas dentro de
conjuntos tumbales, como las dos de
la 153 (campaña de 2008) o las de 207
y 218 (campaña de 2009). Contamos
además con otros ejemplares descon-
textualizados e incompletos proceden-
tes de los sectores Da1 (2006), G2g2
(2007), G2d1-d2 (2008), G1h9 (2015) y
F1i9 (2018).
Si bien la mayoría de ellos se re-
cuperaron en contexto funerario, existe
una pieza más, recogida en el corte del
foso de la circunvallatio de asedio a la
ciudad de
Pintia
, en la zona conocida
como Los Hoyos.
Descripción y caracterización
Estos objetos tienen forma rectangular,
cierta tendencia o apariencia trapezoi-
dal ―a la que contribuyen los bordes
largos más o menos escotados, con una
base a veces ligeramente más amplia―,
ángulos redondeados y un apéndice
en el lateral corto superior donde se
abre el más pequeño de los orificios y
por donde se suspendería mediante un
cordel la pieza. Los otros cuatro orificios
circulares, de mayor tamaño, se abren
en cada una de las esquinas y en ellos
van ensartadas anillas
cerámicas. Comparten con
otras producciones singulares
el
modus operandi
de la excisión
o talla del barro a punta de navaja,
con aristas abatidas mediante corte a
bisel, y un diseño decorativo que afecta
a ambas caras de la pieza con idénticos
o muy similares motivos y composición,
combinando las técnicas excisa, incisa e
impresa.
La composición decorativa obe-
dece bien a un esquema aspado central
(piezas 207J, IIAH-537, 153BK), bien a
un eje de simetría vertical (piezas 218P,
LH1, Da1-1600) u horizontal (153BL).
La delimitación de los motivos excisos
se realiza en todos los casos mediante
bandas de impresiones triangulares a
punta de navaja dispuestas entre finas
líneas incisas (salvo en 153BL dado lo
reducido del soporte, donde sólo apare-
cen líneas). Una circunstancia poco fre-
cuente en la decoración excisa vaccea
es que los motivos adquieran trazados
curvos (Sanz, 1997a: 346-349), como
sucede en varios ejemplares (207J y
218P) para adaptarse al marco circular
que los orificios de suspensión de ani-
llas imponen. Observamos el uso de ex-
cisión diédrica (remarcando los orificios
en 218P), tetraédrica (entre los orificios
inferiores en 207J y en el eje vertical en
21
11
VACCEA
ANUARIO
tintinnabula
vacceas
153BK) y la más habitual triédica, ésta
con triángulos simples, unidos dos a
dos, formando zigzag, o componiendo
estrellas.
En cuanto al tamaño de estos
objetos, si utilizamos las piezas comple-
tas o con dimensiones reconstruibles
(218P, 153BO, 207J, IIAH/537 y LH1),
vemos que los valores varían entre los
107, 89, 87, 84 y unos 70 mm de altura,
y los 64, 63, 50, 56 y 44 mm de anchu-
ra respectiva, mientras que el grosor se
sitúa en 6, 8, 4, 7 y 5 mm, respectiva-
mente. El orificio central superior de
suspensión siempre resulta más peque-
ño (entre 4 y 8 mm) que aquellos de los
que se suspenden las anillas (entre 13 y
16 mm). Finalmente dichas anillas po-
seen diámetros de 25 a 28 mm.
Los ejemplares sin duda más in-
teresantes son aquellos que se benefi-
cian de un contexto preciso al haberse
hallado dentro de conjuntos cerrados
de carácter funerario, esto es, en las
tumbas 153, 207 y 218, aunque a ex-
cepción de la primera intacta, las otras
se hallaron ligeramente alteradas, con
asociaciones fiables pero con pérdidas
de materiales.
La sepultura 153 con más de
cien objetos, y las otras con una vein-
tena muestran un nivel importante de
ajuares y ofrendas que las sitúan entre
las sepulturas de un nivel o rango ele-
vado. Destacaremos que los estudios
antropológicos han proporcionado las
siguientes determinaciones de edad y
sexo para esta terna de conjuntos: 153,
adulto joven de sexo indeterminable;
207, adulto (+20 años) de sexo indeter-
minable; 218, mujer adulta (+20 años)
(Pastor
et al
., 2010; 2012).
El limitado alcance de los resulta-
dos antropológicos en relación al sexo,
más allá de la mujer de la tumba 218,
obliga a valorar la constitución de los
ajuares y ofrendas en los otros dos con-
juntos. Para la tumba 153 existe biblio-
grafía extensa (Sanz y Romero, 2009a;
Sanz, 2015) en la que se interpreta el
conjunto como exponente de una ver-
dadera “princesita vaccea”, ya que no
en vano representa el más cuantioso y
variado de todos los recuperados hasta
el presente. Su asimilación al sexo feme-
nino se basa en diversos argumentos: la
presencia de dos agujas de coser y una
fusayola harían referencia a la función
textil característica de las mujeres en la
Antigüedad (al respecto de la problemá-
tica: Prados, 2011); los dos pequeños
aros de bronce, de superficie estriada,
podrían corresponder a las anillas que
remataban un peinado de largas trenzas
en jóvenes adolescentes, como las re-
presentadas en el monumento funera-
Tintinnabula
de
Pintia
. 1 a 10 procedentes de la necrópolis de Las Ruedas: tumbas 153 (1 y 2), 207
(3) y 218 (4), y posición secundaria (6 a10). 11. Recuperado en el relleno del foso de Los Hoyos.
22
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VACCEA
ANUARIO
tintinnabula
vacceas
rio ibérico de Moixent (Izquierdo, 1999:
144), y que en forma de zarcillos para el
pelo encontramos entre los tesoros me-
seteños y en réplicas de cerámica como
las de la tumba infantil 127b (Sanz,
2015: 271).
En el caso de la tumba 207,
destaca la presencia de una pieza de
importación (una lucerna), y de ser-
vicios para la bebida (una jarra de
pico) y el banquete (cuchillo) de uso
compartido por hombres, mujeres e
individuos infantiles de cierto nivel
social. La presencia de dos espátulas
de hierro biapuntadas, elementos de
amplia funcionalidad, se documentan
tanto en ajuares masculinos como fe-
meninos.
La tumba 218 proporcionó nue-
vamente elementos del banquete fu-
nerario (crateriformes, parrillas y pinzas
para el fuego) y otros relacionados con la
función textil (varias fusayolas y tijeras).
Por último, llamamos la atención
sobre un tipo de producción asociado
en estas tres tumbas: la botella de lar-
go cuello cilíndrico y cuerpo abombado,
tipo XII3 de Las Ruedas (Sanz, 1997a: fig.
200), modelo no demasiado frecuente y
que de la docena larga de conjuntos fu-
nerarios en los que comparece (45, 46,
90, 153, 207, 213, 216, 218, 220, 224,
226, 261 y 265) en ningún caso se aso-
cia a ajuares con armas, lo que podría
ser un indicio de su expresividad como
elemento distintivo de género vincula-
do a la mujer pintiana.
En suma, con las debidas caute-
las (mientras la significación estadística
de la muestra de tumbas de que dispo-
nemos no alcance los umbrales necesa-
rios) cabría pensar que este tipo de pla-
cas hubiera estado vinculado a mujeres
jóvenes y adultas.
En lo que respecta al horizonte
cronológico de estos conjuntos, la lu-
cerna de la tumba 207 ofrece un marco
del 150-30 a.C. mientras que las pro-
ducciones torneadas negras bruñidas
presentes en la tumba 153 remiten a un
momento avanzado del siglo II o inicios
del I a.C. (Sanz, 1997: 313-314; Sanz
et
al
., 2010: 70-71, Romero
et al
., 2012:
632-634).
Realizada la descripción y con-
textualización de las piezas a través
del registro vacceo pintiano, debemos
adentrarnos en el estudio e interpreta-
ción de las mismas. Su naturaleza alu-
de inequívocamente a la intención de
crear sonido, mediante su suspensión,
para ser agitado por el viento o por la
acción humana, produciendo un tinti-
neo al chocar las anillas en el soporte
que las sustenta. Funcionalmente las
anillas superiores, sobre los hombros
de la pieza, carecen de operatividad y
sólo las inferiores tienen movilidad y
en consecuencia podrían crear sonido.
Cabe imaginarse tales piezas en el qui-
cio de las puertas o suspendidas en cu-
nitas como las halladas en la necrópolis
de Eras del Bosque (Taracena, 1947: 96,
lám. XXX). En cualquier caso, el uso de
anillas para producir sonido está bien
documentado en soportes metálicos
como báculos de autoridad (Romero
et
al
., 2011), fíbulas de bronce de caballito
o verracos, o en colgantes de creciente
(Sanz, 1997b: 249, fig. 4), estos últimos
Conjuntos de las tumbas 153 (parcial, sólo producciones singulares),
207 y 208 de la necrópolis de Las Ruedas,
Pintia
.
23
11
VACCEA
ANUARIO
tintinnabula
vacceas
presentes también en la tumba 127b de
otra “princesita” vaccea, de no más de
seis o siete años (Sanz, 2015: 267, fig.
19.2, 14).
Así pues, parece que estos sin-
gulares objetos fueron concebidos para
producir sonido, lo que nos lleva a encua-
drarlos en la categoría de
tintinnabula
.
Significado y propiedades
del
tintinnabulum
Tintinnabulum
es un término latino
de carácter onomatopéyico traduci-
do al español por campañilla e inclu-
so, en no pocos casos, como cascabel,
lo que puede llevar a cierta confusión
puesto que tal concreción reduce, de
manera ostensible, la amplia gama de
objetos, con una configuración bien
diferenciada que producen un sonido
muy característico, resultado de la ac-
ción de tintinear, un verbo del que sí
que encontramos su correspondencia
con las voces latinas
tintinnire
o
tin-
tinnare
. Por esta razón, ante la inexis-
tencia de un vocablo más genérico en
nuestro idioma, caso de “tintinábulo”
o “tintineador”, no reconocidos por la
Real Academia de la Lengua a pesar de
poderlos encontrar en algunos textos,
creemos conveniente mantener las ex-
presiones
tintinnabulum
o
tintinnabula
,
en singular y plural respectivamente,
que nos permitirán eludir el uso de cir-
cunloquios cuando el utensilio no se
corresponda de forma específica con
lo que identificamos con una campani-
lla, pues, en definitiva, sólo es un tipo
concreto de
tintinnabulum
pero no el
único, aunque posiblemente sea el más
numeroso y mejor documentado por
cuanto aun siendo atribuido su origen
a los egipcios, que las utilizaban en las
fiestas de Osiris, son conocidas, entre
otras, por las culturas persa, griega, ro-
mana o china (B.G.P., 1835: 286).
N
os encontramos así ante una
categoría de instrumentos musicales,
los idiófonos, caracterizados por po-
seer sonido propio, procedente de la
vibración resultante de la percusión del
material con el que están construidos,
sea éste madera, piedra, arcilla o metal,
sin que se precise el uso de otro com-
ponente. A las diversas aplicaciones
funcionales de las que están dotados
debemos sumar la atribución de unas
propiedades que determinan su ances-
tral vinculación a la religiosidad y a la
superstición.
El empleo de mecanismos so-
noros como elemento utilitario de ca-
rácter profano ha sido diverso, aunque
de forma habitual aparece informando
sobre algún hecho o con la intención
de llamar la atención. Así, a modo de
ejemplo, podemos citar cómo en Grecia
se utilizaba el sonido de una campanilla
para anunciar el comienzo de la activi-
dad en el mercado o con el objetivo de
mantener a los centinelas despiertos
durante las rondas nocturnas (Marcos,
1999: 53). Estos objetos los encontra-
mos igualmente en la civilización roma-
na, con precedentes documentados en
el mundo etrusco, en unos casos con
funciones similares a las señaladas: el
aviso de la apertura de las termas, el ini-
cio y la finalización de los juegos, y otras
bien distintas, como cuando señalaban
la mansedumbre de los animales, que
las portaban colgados al cuello, caso
de los cencerros de los bueyes, frente
al haz de heno que se colocaba entre
los cuernos con la pretensión de avisar
de su peligrosidad (Marcos, 1999: 59).
Estos cometidos no nos resultan extra-
ños, pues la Europa cristiana acoge la
campana para hacerse presente dentro
de la población anunciando diversos
acontecimientos considerados rele-
vantes, sean estos lógicamente de tipo
sagrado pero también laico: señalar las
horas del día, advertir de la presencia
del enemigo, convocar a los vecinos
ante un incendio, etc.
Pero, como ya habíamos anti-
cipado, además de cumplir un amplio
abanico de cometidos prácticos, la
certidumbre de que la sonoridad pro-
ducida por los
tintinnabula
presenta
facultades apotropaicas (que permiten
alejar los influjos malvados) y profilácti-
cas (es decir, cualidades que proporcio-
nan protección, y ello dirigido al indivi-
duo y a todo aquello que lo rodea, sean
animales, objetos o espacios) explica su
presencia en distintas culturas a lo largo
de la historia y en el ámbito de lo sobre-
natural, acogida por diferentes creen-
cias y religiones oficiales. Los ejemplos
son numerosos y bien merece la pena
mencionar algunos, pues esto nos per-
mitirá comprender mejor las virtudes
señaladas. Así, los sacerdotes budistas
y taoístas se sirven durante el culto de
campanas y gongs, no sólo para marcar
el ritmo de las plegarias, con las que
llamar la atención de los dioses y espí-
ritus, sino también para rechazar a los
demonios e influencias nocivas (Bran-
don, 1975: 1071). Por otro lado, en la
religión judía es interesante la descrip-
ción realizada en la Torá, en el segundo
libro del Pentateuco (concretamente
en el Éxodo XXVIII, 31-35), que a su vez
forma parte del Antiguo Testamento,
sobre la vestimenta o efod que debe lle-
var el sacerdote:
«
Tejerás el manto del
efod todo él de púrpura violeta. Habrá
en su centro una abertura para la ca-
beza; esa abertura llevará en derredor
una orla, tejida como el cuello de una
cota, para que no se rompa. En todo su
ruedo inferior harás granadas de púr-
pura violeta y escarlata, de carmesí y
lino fino torzal; y entre ellas, también
alrededor, pondrás campanillas de oro:
una campanilla de oro y una granada;
otra campanilla de oro y otra granada;
así por todo el ruedo inferior del man-
to. Aarón lo llevará en su ministerio y se
oirá el tintineo cuando entre en el San-
tuario, ante Yahveh, y cuando salga; así
no morirá
».
Una exposición en la que
la inclusión de las campanillas parece
indicar que la pretensión de su tinti-
neo es la de ahuyentar del religioso a
los espíritus perversos acechantes en la
entrada del templo, que de no llevarlas
perdería la vida (Frazer, 1981: 558). Con
un concepto similar descubrimos cómo
en el
Pontifical romano
de los católicos,
en el volumen titulado
las bendiciones.
Ritual Romano instaurado por decreto
del Sacrosanto Concilio Ecuménico Va-
ticano II
, se recoge la ceremonia para
la consagración de la campana de una
iglesia, que contiene el siguiente texto:
«
Que la fe y la piedad de las personas se
fortalezcan cada vez que escuchan sus
melodiosos repiques. En su sonido deja
que todos los espíritus malignos sean
conducidos lejos; que se desvanezcan
los truenos y relámpagos, el granizo y
la tormenta; deja que el poder de tu
mano deponga los poderes malvados
del aire, haciéndolos temblar al sonido
de esta campana, y huir a la vista de la
santa cruz grabada sobre ella
»
.
Tales cualidades se extienden
inevitablemente a los momentos críti-
Cunita de barro miniaturizada,
procedente de la necrópolis de Eras del
Bosque, Palencia (Taracena, 1947).
24
11
VACCEA
ANUARIO
tintinnabula
vacceas
cos de la existencia humana, cuales son
la enfermedad y la muerte. La primera
tiene su razón de ser en el hecho de que
la medicina primitiva no establece una
separación entre lo sagrado y lo pro-
fano, lo mágico y lo científico, de ma-
nera que es habitual la administración
simultánea de elementos terapéuticos
naturales y sobrenaturales para mitigar
las distintas dolencias (Gil, 2004: 25).
De este modo, cuando la dolencia es el
resultado de la introducción en el orga-
nismo de un cuerpo extraño su “aleja-
miento” se llevará a cabo mediante el
instrumental que permita su extrac-
ción, sea a través de la succión, presión
o cirugía; pero si la afección es interna
y se desconoce la naturaleza o la loca-
lización de dicho elemento, el proceso
es el mismo aunque se extirpa actuan-
do de forma simbólica, y es aquí donde
aparece la música, la danza y los cantos
medicinales (Gil, 2004: 23-24), que son
acompañados por aquellos artefactos
que poseen los requisitos necesarios
para reforzar la pretensión final. Por
otra parte, el trance decisivo del óbi-
to excede el acontecimiento biológico
convirtiéndose en un asunto cultural,
en el que el fallecimiento natural del
sujeto se vive e interpreta con el obje-
tivo de su aceptación (Fernández, 2007:
10), lo que explicaría la presencia de
los
tintinnabula
en numerosas tumbas
griegas y romanas (Marcos, 1999: 58),
práctica a la que no se sustrajeron otras
culturas del ámbito peninsular.
Los
tintinnabula
peninsulares
El registro de los
tintinnabula
, mayori-
tariamente campanillas, en el solar de
la península Ibérica no resulta extra-
ño durante la Edad de Hierro, según
se desprende de la documentación
arqueológica. Así se atestigua en el
ritual funerario fenicio-púnico, en el
que el cadáver, tras ser ataviado con
el sudario, es engalanado con sus jo-
yas personales, acompañadas de toda
una suerte de amuletos, entre los que
se encuentran campanillas, escarabeos
o representaciones de distintos dioses
(Ramón, 1985: 219); y ello con la pre-
tensión de asegurar al difunto la paz
eterna, alejando de sus despojos a los
espíritus maléficos que puedan violen-
tarlo. Asimismo, en las tumbas íberas
tampoco parece extraña la aparición de
estos ingenios, presentes en ocasiones
en la propia urna cineraria, que con-
tiene los restos cremados del fallecido,
junto con otros pequeños elementos
como anillos o pinzas en bronce (Valen-
ciano, 2000: 131).
Una utilidad que no debemos
circunscribir al momento de la muerte,
aunque sí asociada a la capacidad pro-
filáctica de la que parece estar dotado,
convirtiendo el adorno en un posible
amuleto para su portador, como así se
ha interpretado el hallazgo en la
Vareia
berona de catorce ejemplares de cam-
panillas, todos ellos de bronce, mayo-
ritariamente troncocónicos (Labeaga,
1999-2000: 92). Incluso, alcanzando a
todo aquello que es considerado valioso
en estas sociedades prerromanas, caso
de la cabalgadura, un bien de prestigio
que explicaría el descubrimiento votivo
relacionado con el caballo, presente en
distintas estancias del palacio-santua-
rio de Cancho Roano (Zalamea de la Se-
rena, Badajoz) de numerosos objetos,
entre los que encontramos varias cam-
panillas (Sánchez-Moreno, 2005: 245).
Los
tintinnabula
vacceos
Después de todo lo expuesto anterior-
mente, no debería sorprendernos la
posibilidad de que el pueblo vacceo uti-
lice los
tintinnabula
, ni de que las piezas
recuperadas se localicen en mayor me-
dida en las necrópolis, concretamente
en la de Las Ruedas, perteneciente al
oppidum
de
Pintia
, si bien sus peculiari-
dades ―una estructura muy diferente a
la habitual campanilla y su confección,
documentada exclusivamente en mate-
rial cerámico― nos confirman, una vez
más, que nos encontramos ante una
cultura con unos rasgos muy particula-
res y definidos.
La configuración de los
tintinna-
bula
vacceos es, como vimos, la de una
placa rectangular, decorada con moti-
vos excisos, enmarcados por otros, de
menor tamaño, impresos e incisos, con
uno de los lados menores con un aspec-
to piramidal de perfil curvo. En esta lá-
mina se practican cinco orificios circula-
res: uno de pequeñas dimensiones, de
suspensión, en el extremo apuntado, y
otros cuatro mayores de los que cuel-
gan otras tantas anillas que son las que
producen con su movimiento el sonido,
por lo que lo podemos catalogar como
un idiófono sacudido, pues la vibración
se produce con el movimiento.
Tal diseño, con todos los atri-
butos señalados, resulta inédito en
la península Ibérica, si bien podemos
rastrear cierta semejanza con algunos
tintinnnabula
etruscos, realizados con
una plancha de bronce de silueta trape-
zoidal. Como ejemplo citaremos el del
"Museo Cívico Archeologico" de Bolo-
nia (8,8 cm de alto, 5,1 cm de anchura
máxima y 0,6 cm de grosor), proceden-
te de la tumba 62 del cementerio de
Melenzani, con un perfil ligeramente
acampanado, en el que falta la parte
del centro, posiblemente una esfera
de ámbar, con ambas caras decoradas
mediante grabados de hileras de patos
estilizados dispuestos en dos bandas,
delimitadas por líneas de puntos, que
también enmarcan la zona central (Kru-
ta y Neri, 2015: 61). Asimismo, conta-
mos con una segunda pieza asimilada a
la categoría de los
tintinnabula
debido
a que junto a la placa, de 11,5 cm de
altura y de contorno en forma de cam-
pana, se localizaron unas macitas, que
se utilizarían para la percusión a modo
de gong, de manera que en este caso
nos encontramos ante un idiófono per-
cutido; procede de la necrópolis del
Arsenal Militar, concretamente de la se-
pultura 5, conocida como “
Tomba degli
ori
”, que acogía los restos de una mujer
de finales del siglo VII o principios del
VI a.C., en la que se recogen, en ambos
lados, distintas escenas femeninas re-
lacionadas con el ciclo completo de la
producción textil, desde el hilado hasta
la confección del tejido (Bell y Carpino,
2016: 313-314).
Aunque la totalidad de los vesti-
gios exhumados hasta la fecha en terri-
torio vacceo están fabricados en cerá-
mica, sin embargo, hemos de subrayar
la circunstancia de que dos de las pie-
zas se han recuperado en la tumba 153,
perteneciente a un individuo femenino
juvenil, miembro de la élite social. La
razón de ello estriba en el hecho de
que nos hallamos ante una sepultura
que contiene varios ejemplos de lo que
venimos denominando “joyas de barro
vacceas”. Así, nos encontramos con la
réplica en terracota de una fíbula anu-
lar hispánica, que imita modelos me-
tálicos, en particular a los ejemplares
áureos que presentan una decoración
barroca (Romero y Sanz, 2010: 444) y
ocho colgantes, cinco de ellos decora-
dos con impresiones a peine (Romero y
Sanz, 2010: 448). Tales copias, que han
sido modeladas a mano y reproducen
tanto los aspectos formales como los
decorativos de los originales imitados,
bien podrían haberse utilizado en vida,
aunque su perfecto estado de conser-
vación y la ausencia de señales de uso
hacen pensar que se fabricaron con
la única pretensión de acompañar al
difunto en su destino final (Romero y
Sanz, 2010: 455).
25
11
VACCEA
ANUARIO
tintinnabula
vacceas
La presencia de tales elementos,
compartiendo el espacio del mismo
hoyo funerario con dos
tintinnabula
,
plantea el interrogante de si estos tam-
bién participan de sus peculiaridades y
nos sugiere la hipótesis de que los
tin-
tinnabula
pudieran ser también réplicas
cerámicas elaboradas para el contexto
fúnebre de un objeto metálico, proba-
blemente de bronce, que pasaría de
padres a hijos, con un intrínseco valor
económico junto con un alto interés
simbólico (Sanz y Romero, 2009b: 58),
sin olvidar las facultades propias, ya se-
ñaladas, de este tipo de instrumento.
A la confirmación de la tesis pro-
puesta contribuye la consideración de
que la propia aleación del cobre y del
estaño también estaba dotada de vir-
tudes protectoras, lo que la convierte
en un componente imprescindible para
fabricar cualquier tipo de instrumental
destinado a cometidos de cierto con-
tenido místico, en los que el hierro,
considerado un material profano en
operaciones mágico-medicinales, no
consiguió desplazar su carácter sagrado
(Marcos, 1999: 57). Igualmente, existe
la antigua creencia de que el sonido
metálico tiene la virtud de provocar la
huida de demonios y espíritus, ya se
trate del tintineo musical de unas cam-
panillas, del son grave y profundo de
una campana, de la estridencia de unos
címbalos o del retumbar de un gong,
certidumbre que recogen las palabras
de Luciano de Samósata (s. I d.C.), quien
afirma que los espectros huyen al son
del bronce y del hierro (Frazer, 1981:
558-559). En consecuencia, la facultad
para que el
tintinnabulum
produzca el
efecto deseado reside principalmente
en su composición, de forma especial
cuando se trata de bronce, pues de él
se obtiene una sonoridad de alta cali-
dad y de magníficas cualidades tonales
lo transforma en el único elemento in-
animado dotado de voz, que resuena
con todo espíritu divino (Marcos, 1999:
56), al que sin duda no debieron renun-
ciar en vida los vacceos.
Un tercer aspecto a tener a
cuenta en los
tintinnabula
vacceos es la
aplicación de la excisión en su decora-
ción. En relación con este asunto, ya se-
ñalamos en el estudio de las cajitas zoo-
morfas la posibilidad de que los diseños
geométricos posean un valor simbólico,
principalmente en aquellas culturas en
las que no aparece la representación
figurativa, convirtiéndose en el medio
para transmitir un mensaje codificado,
cuyas claves conoce la sociedad que
los adopta, así como unas cualidades
profilácticas y apotropaicas que serían
transferidas al objeto en el que se en-
cuentra (Sanz, Carrascal y Rodríguez,
2017: 25). Si, como hemos señalado, el
tintinnabulum
ya goza de estas mismas
propiedades, logradas con la inclusión
de estos motivos que también guardan
un cometido estético, es el incremento
o reforzamiento de la efectividad de sus
atributos, que resulta especialmente
significativo cuando la pieza es cerá-
mica y, en consecuencia, no posee en
toda su plenitud el grado de eficacia
que presentaría en el caso de que fuese
metálica.
Dicho planteamiento, que no es
ajeno a otros objetos catalogados en
esta misma tipología, lo descubrimos
plasmado en campanillas con grabados
figurativos, como los protectores con-
tra el mal de ojo (en forma de sapos),
manos haciendo la higa (mano cerrada
mostrando el pulgar entre los dedos
índice y corazón), falos, etc. (Marcos,
1999: 59), y también en numerosas ins-
cripciones, caso del
tintinnabulum
de
Tarragona, una campanilla romana de
finales de siglo II d.C. donde se mani-
fiesta explícitamente que su destino es
hacerla sonar en los sacrificios menores
en el culto al emperador, añadiendo el
deseo de prosperidad para la provincia
Tarraconense y de que el futuro le sea
propicio al senado y al pueblo romano
(Hübner, 1894: 39-42). Algo que igual-
mente encontramos en el cristianismo,
matizado por el hecho de que se consi-
dera que sus virtudes son consecuencia
de la ceremonia de su consagración,
instaurada desde el siglo VIII, con ejem-
plos de cruces fundidas o cinceladas en
la superficie de la campana, así como
de textos alusivos, entre otros, a invo-
caciones, proclamas o finalidad de su
tañido.
En consecuencia, en el caso de
los
tintinnabula
vacceos de cerámica,
ni el material empleado en su construc-
ción ni el sonido que producen parecen
los más adecuados para alcanzar su
propósito, pero esta carencia se supli-
ría con la aplicación de la excisión en su
decoración, consiguiendo de esta for-
ma desplegar todo su potencial, prote-
giendo los restos de la persona fallecida
al ahuyentar a los espíritus nocivos que
la acechan.
Sea como fuere, conviene no ol-
vidar que existe una pieza recuperada
en el relleno del foso de la muralla de
asedio a la ciudad de Las Quintanas,
en la zona conocida como Los Hoyos,
Tintinnabula
etruscos de bronce. 1. Tumba 62 del cementerio de Melenzani (Kruta y Neri, 2015). 2. Tumba 5 o “
degli
ori” de la necrópolis del Arsenal Militar (Bell y Carpino, 2016). "Museo Cívico Archeologico" de Bolonia.
12
26
11
VACCEA
ANUARIO
tintinnabula
vacceas
a ciento cincuenta metros del sistema
defensivo del núcleo urbano. Este foso,
tras el dominio romano, sería cegado
con escombros del hábitat entre los
que se encontraba dicho ejemplar, lo
cual quiere decir que también se utili-
zaban piezas de barro o cerámica en el
ámbito doméstico cotidiano.
La aproximación al estudio de los
tintin-
nabula
vacceos exhumados mayorita-
riamente en la necrópolis de
Pintia
nos
permite confirmar el carácter singular
de este tipo de terracotas, con un dise-
ño muy original, tanto en la disposición
de sus elementos como en la organi-
zación y el planteamiento del ornato.
Esto, junto con los precedentes descu-
biertos también en este cementerio,
referidos a la existencia de réplicas en
barro de instrumentos de metal y los
paralelos establecidos con otras cul-
turas y creencias, que aluden a las fa-
cultades profilácticas del bronce como
aleación y por la calidad del sonido pro-
ducido, instan a plantear la hipótesis de
que nos encontramos ante reproduc-
ciones cerámicas, destinadas mayorita-
riamente al ámbito funerario ―aunque
no desconocidas, sin embargo, en el
poblado; debe tenerse además presen-
te el escaso alcance de las intervencio-
nes en hábitats del territorio vacceo―,
de
tintinnabula
metálicos, muy posible-
mente broncíneos.
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