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PINTIA
CAMPAÑA XXIV
VERTAVILLO
AUTRIGONES
V
ACCEARTE
BRONCES DE
ADORNO PERSONAL
producciones vacceas
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Objetos broncíneos y vítreos de adorno
personal sobre una mujer vaccea.
Dibujo: Luis Pascual Repiso-CEVFW.
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U
na de las características
más destacables de la se-
gunda mitad del Primer
Milenio a.C., periodo que viene a coin-
cidir
grosso modo
con la segunda Edad
del Hierro, la encontramos precisamen-
te en el uso generalizado del hierro,
destinado principalmente a la fabrica-
ción de armas e instrumentos utilitarios
o productivos. Tal situación determina
que el bronce, utilizado de forma mayo-
ritaria en la etapa anterior, limite aho-
ra su protagonismo a la producción de
objetos vinculados a la vestimenta y al
adorno personal.
La ropa y el ornato en toda socie-
dad trascienden los aspectos meramen-
te funcionales de cubrir y embellecer la
imagen del sujeto, y adquieren también
un contenido simbólico, que revela la
posición social, la capacidad económica,
el estado civil, el sexo o la edad del indi-
viduo, sin olvidar su posible significado
mágico-religioso, e igualmente etnográ-
fico relacionado con la pertenencia de
un determinado grupo social.
Todo ello explica el valor como
documento histórico de estos objetos
elaborados en bronce y motiva, a su vez,
la necesidad de referirnos brevemente
a la indumentaria, habida cuenta de la
estrecha relación que guardan algunos
de los complementos metálicos con la
ropa. Así, aunque prácticamente care-
cemos de elementos textiles conserva-
dos que nos sirvan de referencia, cier-
tas representaciones iconográficas del
mundo ibérico y muy particularmente
del celtibérico ―con las excepcionales
cerámicas numantinas―, nos permiten
sospechar que el traje masculino cons-
taría de una túnica corta, con mangas o
sin ellas, ceñida por un cinturón o por
correas de cuero cruzadas sobre el pe-
cho y la espalda; confeccionada de lana
o de lino y de color generalmente claro,
estaría lisa o adornada con estampa-
dos, cenefas o grecas, así como con apli-
ques de bronce o cuero cosidos a su su-
perficie. También vestirían pantalón de
tela o cuero y como calzado emplearían
botas de piel o sandalias, posiblemen-
te de esparto, anudadas a los tobillos.
Por otra parte, las escasas referencias
al vestido femenino sólo nos permiten
confirmar el uso de una túnica larga con
mangas, ajustada al talle por un cintu-
rón, y del velo.
Este vestuario se completa con
una prenda común entre toda la pobla-
ción, adoptada más tarde
por las legiones romanas
para soportar los rigores
invernales: el
sagum.
Se
trata de un manto rectan-
gular de color ocre, tejido
con lana, que conserva la
lanolina ―sustancia grasa
que le proporciona cierta impermeabi-
lidad― y diseñado para cubrir todo el
cuerpo, incluso la cabeza cuando tiene
capucha; para sujetarlo se precisa del
empleo de una fíbula, colocada sobre
el hombro o a la altura del pecho en
función de que se opte por llevarlo ce-
rrado o abierto por delante.
Si las dificultades para reconstruir
la vestimenta resultan prácticamente
insalvables desde el conocimiento ar-
queológico, los elementos metálicos
asociados a la indumentaria están mejor
documentados y, aunque no fueron es-
táticos ya que variaron a lo largo de los
siglos, nos permiten recrear el aspecto
de las gentes vacceas. Veamos algunos
de los más habituales, hallados sobre
todo en el registro funerario.
Coleteros: aros cerrados
o abiertos de vuelta y media
El modo en el que se peina el ca-
bello femenino en época prerromana,
que en esencia no ha cambiado en el
Pendientes de creciente lunar, anillas estriadas y
zarcillos-prendedores para el pelo.
Urna cineraria de la tumba 31 de
la necrópolis de Las Ruedas, con
broche de tipo Bureba entre los
restos óseos humanos.
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tiempo, varía desde el corto y liso hasta
los complicados recogidos adornados
con postizos, tocados, pasamanería,
etc. Entre todos estos complementos
descubrimos, en bronce, el empleo de
zarcillos para el pelo, encargados de
recogerlo en mechones y mantenerlo
sujeto, dejándolo colgar libremente o
entrelazado, o también cerrando largas
coletas trenzadas, al modo de las ‘dami-
tas’ del cipo funerario de Mogente en
Valencia. Estos prendedores, de los que
encontramos paralelos fabricados en
metales preciosos, consisten en unos
aros de vuelta y media (entre 14 y 35
mm de diámetro), de sección circular o
plano-convexa, aunque también los en-
contramos cerrados y con la superficie
segmentada. Aparecen en tumbas pin-
tianas infantiles como la 127b y la 153,
correspondientes a niñas, lo que podría
estar indicando, al menos en estos ca-
sos, el uso de coletas características de
estas edades.
a
rracadas o pendientes de oreja
Las arracadas, con forma de cre-
ciente lunar, habitualmente con rema-
tes triangulares diversos, ofrecen una
marcada personalidad en la orfebrería
vaccea, realizándose en oro; sin embar-
go sus equivalentes en bronce son poco
habituales en los ajuares de las tumbas
y presentan la forma más simple sin re-
mate. Su uso sería indistinto, por parte
de hombres y mujeres.
Collares y gargantillas
Cuentas de collar
Los abalorios de los collares com-
binan cuentas broncíneas, con otras de
plata y de pasta vítrea. Entre las prime-
ras cabe identificar tres tipos fundamen-
tales: anulares, muy planas y de peque-
ño tamaño (8-10 mm de diámetro y
1,5-2 mm de grosor), bitroncocónicas,
muy pesadas (16 mm de diámetro y 6-7
mm de grosor) y las de tonelete hue-
co, creadas a partir de una fina lámina.
Conforme a los datos obtenidos en la
necrópolis de Las Ruedas, parecen estar
vinculadas a individuos infantiles, aun-
que cabe la posibilidad de que en algún
caso puedan relacionarse con tumbas
de mujeres.
Colgantes y amuletos
Un colgante es un objeto que
cumple una función ornamental o sim-
bólica, pero también puede estar re-
vestido de unas propiedades protecto-
ras para la persona que lo lleva (efecto
apotropaico), en cuyo caso lo denomi-
namos amuleto. El desconocimiento de
las claves para desentrañar la simbolo-
gía de las creencias de los vacceos nos
impide conocer su verdadero propósito
en la mayoría de las ocasiones, aunque
podemos establecer, como regla ge-
neral, que las virtudes del amuleto se
concentran en un único elemento, no
precisando su repetición. En todo caso,
se caracterizan por poseer un pequeño
orificio transversal por donde quedan
suspendidos, exhibiendo una amplia
variedad tipológica determinada por
la figura que dibujan, ya sea bicónica,
amorcillada, aguja, creciente lunar, pla-
ca triangular con calados (‘tipo fantas-
ma’) o de rueda. En la tumba infantil
127b de Las Ruedas se recogieron va-
rios de estos objetos que, en unión de
otros de pasta vítrea, parece pudieron
configurar una gargantilla.
Fíbulas
La fíbula, que aparece a finales
de la Edad del Bronce como resultado
de la evolución de una aguja a la que se
añade un sistema de cierre, es uno de
los complementos imprescindibles en
la vestimenta prerromana, que posibili-
ta la unión o sujeción tanto de gruesos
y pesados
saga
como de ligeros velos.
La gran variedad tipológica que descu-
brimos en Iberia tiene su reflejo en el
ámbito vacceo, donde el modelo mejor
representado es el anular hispánico, se-
guido de las fíbulas de pie alzado con
Colgantes de tipo ‘fantasma’ y
de rueda.
Colgantes de una gargantilla de la tumba in-
fantil 127b de la necrópolis de Las Ruedas,
con diversas piezas de bronce, pero también
de pasta vítrea y de ámbar.
Cuentas de collar anulares.
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botón terminal y el grupo de La Tène y,
a mayor distancia por las de doble re-
sorte de puente en cruz.
Fíbula anular hispánica
El elemento diferenciador de
esta variedad es un anillo ―habitual-
mente de sección circular, con un gro-
sor de entre 2 y 7 mm―, sobre el que se
sujeta un arco o puente, que cumple la
función de proporcionarla estabilidad.
El segundo adjetivo geográfico alude a
su distribución en la Península Ibérica,
a excepción de la zona galaica. El dis-
positivo que permite a la aguja bajar,
abrirse o cerrarse, es decir, el resorte,
es de muelle ―sistema que consiste en
enrollar un alambre sobre un eje a los
dos lados de la cabecera del puente, lo
que proporciona una gran flexibilidad
en el movimiento de la aguja―, aun-
que también aparece, de manera más
excepcional, el de charnela ―mecanis-
mo que permite la oscilación de la aguja
cuando la hebilla está abierta, pero que
impide girarla hacia arriba cuando está
cerrada―. Asimismo, el pie ―extre-
mo opuesto a la cabecera que acoge la
punta de la aguja y cierra la fíbula― se
inmoviliza mediante arrollamiento im-
pidiendo su desplazamiento por el aro,
aunque en ocasiones esta retención es
simplemente decorativa.
Se trata de un grupo homogéneo
si bien podemos apreciar notables dife-
rencias estructurales, dependiendo de
la elaboración y del montaje de sus com-
ponentes, lo que nos permite distinguir
tres categorías: fíbulas producidas a
mano,
que son
las más an-
tiguas y data-
das en los siglos
IV y III a.C., semifun-
didas y fundidas, en las
que el anillo y el puente
constituyen una única pieza.
Fíbulas de pie alzado
Este modelo incluye en la cabe-
cera un resorte de muelle bilateral, su-
jeto a la base de un puente que termina
en el otro extremo en un pie alzado ver-
ticalmente sobre la mortaja ―acanala-
dura del pie en donde se aloja la aguja
cuando se cierra la hebi-
lla―, rematando en
un botón con
aspecto
de pirámide invertida, torrecilla, esféri-
ca, cónica, troncocónica, etc.
La presencia del apéndice cau-
dal, es decir, de la prolongación del pie,
nos permite seguir el desarrollo de este
modelo y su datación a lo largo de los
siglos IV y III a.C., por cuanto en un pri-
mer momento dibuja una curva y des-
pués un ángulo recto. Una evolución
reflejada también en el resorte, pues
las espiras ―cada una de las vueltas del
muelle― aumentan su número gradual-
mente y el eje sobre el que giran pasa
de ser de materia orgánica a fabricarse
posteriormente en metal, y de ser soli-
dario con la cabecera del puente en los
momentos más antiguos a elaborarse
de manera independiente.
Fíbulas de La Tène
La influencia de las fíbulas de La
Tène centroeuropea en los modelos de
pie vuelto deriva en la producción de
unos imperdibles con un marcado de-
sarrollo del pie y su inclinación sobre el
puente (La Tène I), al que llegan a abra-
zar (La Tène II) y con el que se funden
en una tercera etapa (La Tène III). Este
apéndice caudal, rematado en ocasio-
nes por una cabeza zoomorfa, de pato
o de serpiente, forma parte de un puen-
Fíbulas de pie alzado con botón terminal.
Fibulas Anulares Hispánicas.
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te curvo, con un resorte bilateral en la
zona de la cabecera.
Los ejemplares del período de
La Tène I (finales del siglo IV hasta me-
diados del III a.C) están realizados en
una sola pieza y presentan un pie con
un gran desarrollo, unido al puente por
medio de una pequeña barrita. Pode-
mos distinguir tres subtipos: el de do-
ble prolongación, tanto en el pie como
en la cabecera del puente, el de pie en
forma de torre y el de apéndice caudal
zoomorfo a modo de signo de interro-
gación.
En los modelos de La Tène II (se-
gunda mitad del siglo III a primer cuarto
del I a.C), producidos también en una
pieza, la prolongación del pie se sujeta
en la parte superior del puente y los re-
sortes bilaterales experimentan un ma-
yor desarrollo, con cuatro espiras a cada
lado. A esta etapa pertenecen unas pro-
ducciones típicas del valle del Duero, en
las que el puente es sustituido por el
cuerpo de un animal, preferentemente
el caballo.
Por último, en La Tène III (siglo I
a.C. a principios del siglo I d.C.) la pro-
longación del pie se une al puente y
se integran en una única pieza.
Fíbulas de doble resorte
Este grupo es uno
de los más antiguos y de
mayor difusión de la Pe-
nínsula Ibérica. Su princi-
pal característica es la de
su elaboración a partir de
un único alambre, con el
que se confeccionan dos
resortes de muelle para-
lelos, que por un extremo
se unen entre sí a través
del puente, mientras que
por el otro forman, respectivamente,
la aguja, larga y curvada en la parte fi-
nal, y el pie, con una mortaja de media
caña. Su larga pervivencia cronológica
(siglos VII - IV a.C.) da lugar a la apari-
ción de modificaciones en las distintas
partes de su estructura, aunque son las
variaciones producidas en el puente las
que nos permiten conocer su evolución,
pues si en un primer momento es de
sección circular, luego es acintada, pos-
teriormente su perfil es oval, circular, o
romboidal y, por último, en la etapa fi-
nal (último cuarto del siglo V y primera
mitad del IV a.C.) adquiere la apariencia
de una cruz griega.
En el cementerio de Las Ruedas
el tipo de fíbulas de doble resorte que
nos encontramos es el de un puente
con la apariencia de una cruz griega
de sección trapezoidal, con los brazos
cóncavos e incurvados hacia el núcleo
romboidal central. De los brazos ho-