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PINTIA
CAMPAÑA XXVIII
EXCAVACIONES EN LAS RUEDAS
EL PERRO Y
EL CALDERO
REFLEXIONES
SOBRE UN ICONO
ARÉVACO-VACCEO
II.
TINTINNABULA
CERÁMICA.
PRODUCCIONES
SINGULARES
BASURAS
Y FURTIVOS
UN DEPÓSITO DE LOS AÑOS OCHENTA
EN LA NECRÓPOLIS DE LAS RUEDAS
9 + 1 ZONAS
ARQUEOLÓGICAS
EN CASTILLA Y LEÓN
PINTIA HETERODOXA E IRREDENTA
DESPUÉS DE
PINTIA
EL MONASTERIO DE
SAN SALVADOR DE PEÑAFIEL
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VACCEA
ANUARIO
A
el perro y el caldero: reflexiones sobre un icono arévaco-vacceo
D
esde que Federico Wattenberg
confeccionara por vez prime-
ra un amplio repertorio de
las formas decorativas propias de la
cultura vaccea (Wattenberg, 1959:
183-219), diferentes estudios han
permitido comprender mejor algunas
de sus características esenciales. Por
ejemplo, la sintaxis de los motivos
geométricos presentes en sus cerá-
micas a peine (Carmelo Prieto
et al
.,
2014); o la personalidad diferenciada
de estas mismas cerámicas cuando
son comparadas con producciones
vetonas similares (Sanz Mínguez,
1999). Pero la naturaleza de los moti-
vos decorativos vacceos, caracteriza-
dos por su geometrización y abstrac-
ción, hace mucho más difícil indagar
en sus posibles valores semánticos.
Ello convierte a la iconografía vaccea
en un corpus de difícil interpretación,
compuesto por imágenes de natura-
leza enigmática y aún críptica (Alfayé
Villa, 2010). A esta evidencia no es-
capa el bestiario vacceo (recopilado
en Sanz Mínguez y Blanco García,
2015); es decir, los motivos figurados
que aparentemente representan a
diferentes animales, míticos o reales,
los cuales aparecen ejecutados con
un grado de esquematismo muy des-
igual. Como es lógico, los problemas
de interpretación son directamente
proporcionales al grado de esquema-
tismo aplicado a cada imagen.
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VACCEA
ANUARIO
el perro y el caldero: reflexiones sobre un icono arévaco-vacceo
Dentro de ese bestiario, un ico-
no que plantea numerosos problemas
hermenéuticos es un zoomorfo cua-
drúpedo representado en perspectiva
cenital, el cual constituye uno de los
motivos más característicos de la icono-
grafía vaccea (véase Romero Carnicero
y Sanz Mínguez, 1992; Blanco García,
1997; Abarquero Moras, 2006-2007:
193-196; Romero Carnicero, 2010;
Abarquero Moras y Palomino Lázaro,
2012: 144-146). La imagen, presente
sobre diferentes soportes (pétreos, ce-
rámicos y metálicos) parece haber teni-
do su principal foco de difusión en los
tramos medio y alto de la cuenca del
Duero, en especial desde el siglo II a. C.
hasta el siglo I d. C., lo cual la vincula no
sólo con la cultura propia de los pueblos
vacceos, sino también con la de las po-
blaciones arévacas (Romero Carnicero y
Sanz Mínguez, 1992). A causa de su ha-
bitual esquematismo, en un inicio este
icono fue considerado la representación
de una figura humana estilizada (Comi-
sión Ejecutiva de las Excavaciones de
Numancia, 1912), que fue identificada
con el dios céltico Cernunnos (Blázquez
Martínez, 1957), antes de que fuera
comprendido su carácter zoomorfo (Ro-
mero Carnicero, 1973).
Numerosos investigadores coin-
ciden en que habitualmente este cua-
drúpedo representado en perspectiva
cenital es un cánido. Pero no hay certe-
za de que todos los testimonios conoci-
dos sean símbolo de un mismo animal,
real o mitológico, aun cuando ello pa-
rezca probable; e incluso aquellos que
consideran que el ser figurado es por
lo general un cánido, se ven enfrenta-
dos a la necesidad de determinar si el
mismo es un lobo o un perro. Ante esta
disyuntiva, a menudo se ha optado por
considerarlo una figuración del primero
(Blanco García, 1997; Abarquero Mo-
ras, 2006-2007; Abarquero Moras y Pa-
lomino Lázaro, 2012), dado el carácter
emblemático que tuvo el lobo para las
elites guerreras durante la Antigüedad
y porque, de hecho, las fuentes grecola-
tinas nos han transmitido su uso como
símbolo por parte de las etnias prerro-
manas peninsulares (Almagro-Gorbea,
1997); siendo menos frecuente entre
los investigadores, aunque no inexisten-
te (Romero Carnicero y Sanz Mínguez,
1992; Sanz Mínguez, 1997: 439-448;
Romero Carnicero, 2010), su ocasional
equiparación con el no tan épico
Canis
lupus familiaris
.
Estos cuadrúpedos en perspecti-
va cenital parecen haber sido represen-
tados en el momento de estar lamien-
do algo, cuya naturaleza precisa se nos
escapa, al menos sobre dos objetos:
el pomo de un puñal del tipo Monte
Bernorio procedente de la necrópolis
de Las Ruedas (
Pintia
) y un recipiente
cerámico recuperado en un lugar de
habitación de la antigua ciudad vaccea
de
Rauda
.
El pomo del puñal fue hallado
durante las excavaciones realizadas en la
necrópolis de Las Ruedas, perteneciente
a la Zona Arqueológica Pintia (Padilla de
Duero/Peñafiel, Valladolid), como par-
te del ajuar de su tumba núm. 32 (Sanz
Mínguez, 1997: 85-89). Se trata de una
pieza de hierro, en una de cuyas caras
aparece representada una compleja es-
cena, que incluye a tres zoomorfos en
perspectiva cenital, dos de los cuales
muestran lo que parece ser una len-
gua sinuosa, con la que lamen sendos
círculos caracterizados por su interior
reticulado. Completan la composición
varios animales representados de perfil
y la imagen de guerreros en lucha, ar-
mados con escudo y lanza, igualmente
mostrados de perfil (Romero Carnicero y
Sanz Mínguez, 1992: 459-460; Sanz Mín-
guez, 1997: 439-448; Romero Carnicero,
2010: 481-484). La pieza se ha datado
entre un momento avanzado del siglo III
y la primera mitad del siglo II a. C. (Ro-
mero Carnicero y Sanz Mínguez, 1992:
461-463; Romero Carnicero, 2010: 485-
491). La posición preeminente y el gran
tamaño de los zoomorfos dentro de la
composición sugieren que estos consti-
tuyen la representación de entidades de
naturaleza sobrenatural, probablemen-
te divina (Sanz Mínguez, 1997: 440-441;
Romero Carnicero, 2010: 484-485).
El otro testimonio arqueológico
sobre el cual zoomorfos representados
en perspectiva cenital aparecen lamien-
do un objeto es el conocido como “Vaso
de los lobos”, descubierto en la “Casa
del sótano”, vivienda de características
notables excavada en la zona de las Eras
de San Blas (Roa), que sin duda fue par-
te del hábitat vacceo conocido como
Rauda
. Se trata de un vaso de grandes
dimensiones hecho a torno, semejante
a los
dolia
romanos, cuya fabricación
se ha datado entre finales del siglo III
Pomo del puñal de la tumba 32 de la necrópolis
de Las Ruedas,
Pintia
(Sanz, 1997).
Fragmento de cerámica pintada de Numancia
con zoomorfo en perspectiva cenital,
inicialmente interpretado como una figura
antropomorfa (Comisión Ejecutiva de las
Excavaciones de Numancia, 1912: lám. LI, a).
40
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ANUARIO
a.C. y las primeras décadas del siglo II
a.C. En el hombro del recipiente, dos
zoomorfos de la categoría que estamos
examinando parecen lamer sendos ob-
jetos circulares de interior reticulado.
Probablemente, las dos asas del vaso
representan parcialmente a otros dos
animales similares, aunque en diferente
postura, tal vez como si su cabeza, de
hecho no representada, estuviera in-
troducida dentro del propio recipiente
(Abarquero Moras, 2006-2007: 188-
193; Romero Carnicero, 2010: 491-498;
Abarquero Moras y Palomino Lázaro,
2012: 144-153). Los restos del vaso, de
un tipo cerámico habitualmente desti-
nado a contener alimentos, se hallaron
en un lugar de almacenamiento, por lo
que se ha sugerido que los zoomorfos
(identificados por su excavador como
lobos) cumplían una función de protec-
ción del cereal contenido en él (Abar-
quero Moras, 2006-2007: 188-193;
Abarquero Moras y Palomino Lázaro,
2012: 144-153).
Tanto en el pomo del puñal de
tipo Monte Bernorio como en el "Vaso
de los lobos", el animal representado
lame un objeto indefinido de contorno
circular y superficie reticulada. Debido a
su aparición en el "Vaso de los lobos", el
mismo se ha interpretado como la figu-
ración de una torta u hogaza, alimento
que estaría relacionado con el producto
probablemente contenido en el reci-
piente, esto es, grano. Pero en la escena
del pomo del puñal, que es la única que
nos proporciona una escala, el objeto
se nos muestra como de gran tamaño,
lo que dificulta la mencionada equipa-
ración. Por otro lado, la presencia de
guerreros en clara actitud de combate,
así como el hecho de que la propia es-
cena haya sido ejecutada sobre el pomo
de un puñal, permite considerar como
El “Vaso de los lobos” de
Rauda
y su contexto. Croquis de la "Casa del sótano" (1) y su reconstrucción ideal (2), en cuya estancia 1 o sótano apareció incompleto
el gran recipiente de almacenamiento conocido como “Vaso de los lobos” (3) por los dos cuadrúpedos en perspectiva cenital (4) que lo decoran (montaje a
partir de Abarquero y Palomino, 2012: figs. 25, 26, 28 y 29).
el perro y el caldero: reflexiones sobre un icono arévaco-vacceo
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VACCEA
ANUARIO
probable que entre las funciones del cá-
nido representado se contaran algunas
vinculadas con la ética y la mitología de
las clases guerreras.
Dado el carácter indefinido de la
naturaleza del cuadrúpedo, es el acto
que este está realizando el que se nos
presenta como vía de investigación más
fructífera, es decir, la propia acción de
lamer. Este acto nos permite, por otro
lado, decantarnos porque el ser figura-
do, real o mítico, es un perro, mucho
mejor que un lobo, dado que, como ve-
remos, el lamido del perro cumplía en
el mundo indoeuropeo una importante
función, la cual no nos consta que fuera
atribuida al lamido del lobo. Al mismo
tiempo, a diferencia de lo que ocurre
cuando los contemplamos desde una
perspectiva lupina, la consideración
como perros de estos zoomorfos (al me-
nos, de aquellos que se muestran prota-
gonizando el acto de lamer), nos permite
relacionarlos mucho mejor con las imá-
genes del caldero de Gundestrup, tal vez
el mejor referente material conocido,
aun cuando tenue y ambiguo, para los
zoomorfos representados en perspecti-
va cenital del ámbito vacceo-arévaco.
Como hemos avanzado, sabe-
mos que diversas comunidades inte-
grantes del mundo indoeuropeo atribu-
yeron una importante función al lamido
de los perros; en concreto, una función
de tipo terapéutico, la cual posiblemen-
te también le fue atribuida en otros
ámbitos de los cuales tenemos menos
información, como el mesopotámico,
donde Gula, diosa de la sanación, sue-
le ser representada con un perro a su
lado. Algunos autores han atribuido ya
funciones terapéuticas a las representa-
ciones zoomorfas en perspectiva cenital
que nos ocupan (por ejemplo, Abar-
quero Moras y Palomino Lázaro, 2012:
151-153), aunque a nivel genérico, sin
concretar la naturaleza de las mencio-
nadas funciones, que son meramente
descritas como “profilácticas” o “apo-
tropaicas”; y partiendo de la base de
que el animal representado es un lobo,
lo cual les ha conducido a ignorar la rica
documentación existente sobre el papel
medicinal desempeñado por el perro
en las primitivas sociedades europeas.
De hecho, la atribución de facultades
curativas a la saliva canina ha formado
parte de la medicina popular europea
hasta tiempos recientes, sin que po-
damos descartar que muchas de las
creencias recogidas por los etnógrafos
en diferentes regiones de Europa, aun
en los siglos XIX y XX, se remonten sin
solución de continuidad hasta tiempos
anteriores a su romanización y cristiani-
zación. Así, en el siglo XIX se recogía en
el noreste de Escocia la creencia de que
el lamido de un perro era eficaz para
curar las heridas y úlceras sangrantes
(Gregor, 1881: 127); en Bohemia se creía
que si se hacía lamer a un recién nacido
por un perro, el niño tendría buena vista
(Grohmann, 1864: 107); en Francia, don-
de ya a finales del siglo XVI el médico
real Joubert citaba la opinión popular
de que la lengua del perro curaba las
úlceras, el refranero tanto francés como
bretón indicaba el carácter terapéutico
de sus lamidos (Gaidoz, 1884: 218); en
el Véneto se consideraba que sobre la
lengua del perro había un bálsamo que
le permitía curar las heridas y que era
este bálsamo lo que había permitido al
perro de San Roque curar de la peste al
santo (Bernoni, 1874: 37; 1875: 196). La
creencia en el valor terapéutico de los
lambetazos
(lametazos) del perro tam-
bién ha estado ampliamente extendida
en la medicina popular de la península
Ibérica, como demuestran testimonios
recogidos en Cáceres, Badajoz, Sala-
manca, Soria, Guipúzcoa o Navarra, así
como en tierras portuguesas (Vallejo,
Santos-Fita y González, 2017). En tie-
rras salmantinas diversos informantes
transmiten la creencia de que la herida
lamida por un perro sana mejor y más
rápido (Vallejo, Santos-Fita y Gonzá-
lez, 2017: 6-7). En el caso extremeño,
consta el uso de la saliva canina como
remedio dermatológico; pero, además,
en Moraleja y Casas de Don Gómez se
prescribe como antídoto para las heri-
das de los pechos la baba de los perros
lazarillos, a cuyos lamidos también se
atribuye poder sanatorio sobre las peo-
res llagas (Domínguez Moreno, 2003:
175 y 178). En Valencia del Ventoso (Ba-
dajoz), la saliva canina se considera un
antihemorroidal; y en otras zonas sus
lamidos se consideran un eficaz reme-
dio para disminuir la hemorragia de las
heridas (Domínguez Moreno, 2006: 10-
12). Por otro lado, también en Portugal
la saliva de perro ha gozado de la misma
reputación sanatoria, e incluso en la re-
gión de Beira Alta se creía que bastaba
con el propio aliento del can para sanar
heridas e hinchazones (Leite de Vascon-
cellos, 1882: 167).
Se trata tan sólo de una de las
virtudes curativas que tradicionalmente
se ha atribuido al perro. La etnomedi-
cina ha documentado muchas otras,
que han involucrado otras partes de su
cuerpo (e incluso sus heces), así como
remedios que implican nociones de cu-
ración por transferencia. Por ejemplo,
en la frontera portuguesa de Cáceres
el perro y el caldero: reflexiones sobre un icono arévaco-vacceo
Placa votiva (RIB 307) con representación de un
perro procedente del santuario de Nodens en Lydney
(Gloucestershire, Inglaterra) (fotografía del autor) y restos
del santuario (Jeff Collins / Roman Temple / CC BY-SA 2.0).
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11
VACCEA
ANUARIO
un remedio popular contra las verrugas
consiste en meter dentro de un men-
drugo de pan un grano de sal por cada
verruga; el mendrugo se echa a un pe-
rro, al cual se le traspasa de este modo
la afección; en la localidad de Cedillo se
considera que el resultado es más segu-
ro si se da el alimento al perro el día de
San Roque (Domínguez Moreno, 2004:
160). Con la misma finalidad de trans-
ferencia, en el occidente de Asturias
aftas y estomatitis eran frotadas con
trozos de pan untados en mantequilla
que después eran arrojados a un pe-
rro (Fernández-Guisasola, 2013: 126).
Otros ejemplos pueden verse en el tra-
bajo, ya citado, de Vallejo, Santos-Fita
y González. Aunque secundariamente
también se les ha dado otros usos, en la
medicina popular el empleo de la saliva
del perro y de sus lengüetazos ha ser-
vido sobre todo para tratar afecciones
superficiales (dérmicas), incluyendo he-
ridas, llagas, úlceras, picaduras y mor-
deduras animales (Vallejo, Santos-Fita
y González, 2017: 12). Como es lógico,
ello nos permite suponer que durante
la Antigüedad los lamidos de los perros
debieron ser utilizados con especial fre-
cuencia cuando los miembros de una
comunidad se veían enfrentados a dos
tipos de eventos que los afectaban de
manera colectiva, a saber: las epide-
mias de enfermedades infectoconta-
giosas que conllevaban la aparición de
llagas o ulceraciones, como la peste; y
los enfrentamientos armados, con su
inevitable corolario de combatientes
heridos.
Como ya indicamos, la creencia
en el valor curativo de los lametazos
caninos fue propia del ámbito indoeu-
ropeo durante la Antigüedad (Gaidoz,
1884; Fernández-Escalante, 1985). Está
atestiguada ya durante el II milenio a.
C. en el mundo hitita, como demuestra
el Ritual de Zuwi, en cuyo transcurso
un cachorro de perro iba lamiendo las
partes afectadas del enfermo, tras lo
cual el animal era sacrificado (Collins,
1990: 214-215; 1992: 3). La plegaria
que era recitada durante la ceremonia
y la posterior muerte ritual del cachorro
demuestran que el acto implicaba un
valor mágico-religioso. Lo mismo ocu-
rriría más tarde en el ámbito helénico.
Entre los medios empleados por el dios
griego de la medicina, Asclepio, para
curar a los enfermos que se dirigían
a sus templos en busca de curación,
se contaba el lamido de los canes que
moraban en ellos. En el más famoso
de todos, el santuario de Epidauro, se
conservan inscripciones celebrando las
curaciones del dios. Dos de ellas con-
memoran sendas sanaciones infantiles:
la de un tumor en el cuello y la de una
ceguera, ambas conseguidas gracias al
lamido de perros (Blaskiewicz, 2014:
66-67). La introducción del culto al dios
griego en Roma bajo el nombre de Es-
culapio, motivada por el estallido de
una feroz epidemia de peste y realizada
durante la primera década del siglo III
a. C., sugiere la difusión desde ese mo-
mento por el mundo romano de estas
prácticas sanatorias, si es que con ante-
rioridad no eran practicadas en forma
similar o parecida. En el ámbito celta,
del cual tenemos mucha menos do-
cumentación escrita, el perro aparece
asociado de manera reiterada a divini-
dades y lugares con funciones curativas
(Jenkins, 1957); y en las Islas Británicas
la abundancia de exvotos caninos junto
a instrumental médico-quirúrgico en el
santuario dedicado a Nodens en Lydney
(Gloucestershire, Inglaterra) se ha su-
puesto indicio de que los perros tuvie-
ron en el recinto de este dios celta con
el perro y el caldero: reflexiones sobre un icono arévaco-vacceo
Modelo del templo de Asclepio en Epidauro (Grecia) con las estelas inscritas o
iamata
narrando las curaciones del dios
(© The Board of Trustees of the Science Museum, Londres).
43
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VACCEA
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funciones sanadoras un papel similar al
de los perros que moraban en los tem-
plos greco-romanos de Esculapio (Boon,
1989: 214-215).
Más allá del valor mágico-reli-
gioso que les fuera concedido por sus
practicantes, como la saliva canina con-
tiene componentes bactericidas y anti-
inflamatorios parece fuera de toda duda
que los procesos curativos practicados
durante los rituales hititas, así como en
los santuarios greco-romanos o posible-
mente en los lugares sagrados celtas,
pudieron ser perfectamente eficaces,
cuando menos para el tratamiento de
ciertas afecciones. Sin embargo, esta
utilización de perros en las prácticas sa-
nitarias cotidianas, parece que dio ori-
gen en un plano mitológico a la creencia
en su participación en la más extrema
facultad curativa imaginable: la de resu-
citar a los muertos. Los primeros textos
históricos y teológicos de los escritores
cristianos armenios, narran la creencia
pagana en unos seres divinos, los
aŕlēz
o
aralez
, con forma de perro, los cuales
bajaban de los cielos y resucitaban a los
héroes caídos en combate lamiendo sus
heridas en el campo de batalla (Gaidoz,
1884: 219; Ajello, 1978). Según una
leyenda, en tiempos remotos la reina
asiria Semíramis, enamorada del legen-
dario héroe armenio Ara el Bello, habría
expuesto en vano el ensangrentado ca-
dáver de su amado, caído en batalla, en
la terraza de su palacio, esperando que
los
aralez
bajaran y lo resucitaran. La le-
gendaria Semíramis suele identificarse
con la reina asiria Sammuramat (siglo IX
a. C.) y es posible que tras el personaje
de Ara el Bello se esconda el coetáneo
rey Arame, primer dinasta del reino de
Urartu, aunque no nos consta que tras
la leyenda se oculte ningún otro hecho
histórico más.
Probablemente la mitología
referente a los
aralez
armenios deba
ponerse en relación con la creencia
existente a finales del siglo XIX entre
las clases iletradas del noroeste de la
India, transmitida por Richard Carnac
Temple, según la cual la lengua de los
perros contenía ‘
amrita
(Gaidoz, 1884:
217-218), sustancia equivalente a la
ambrosía
griega, procuradoras ambas
de la inmortalidad. La capacidad de
resucitar a los muertos también le fue
atribuida por los griegos a Asclepio; de
hecho, habría sido el ejercicio repetido
de esta facultad lo que provocó que
Zeus le fulminara con un rayo, teme-
roso de que su actividad trastornara
el orden del universo (Apolodoro, Bi-
blioteca
mitológica, III, 10, 3-4). No en
vano, en los relatos mitológicos grie-
gos la inmortalidad es una condición
elusiva para los seres humanos, cuyo
intento de consecución acaba por lo
general de manera trágica o, al menos,
fallida. La resurrección de Esón en un
caldero, conseguida por Medea, puede
constituir una excepción a esta tónica
común. Pero, aunque integrante de la
mitología griega, Medea es una hechi-
cera procedente de la Cólquide, en la
región del Cáucaso, lo cual sugiere que
para los griegos la capacidad de utilizar
ese caldero de resurrección se asocia-
ba a los pueblos que habitaban al otro
lado del mar Negro, no constituyendo
en sentido estricto una particularidad
propia del ámbito heleno.
Entre las tradiciones de los pue-
blos celtas, sin embargo, existieron
mitos que, probablemente de manera
metafórica, aceptaban la posibilidad
de que los muertos pudieran resucitar.
Al igual que en el caso de los
aŕlēz
ar-
menios, esta posibilidad parece haber
estado referida al caso concreto de los
guerreros caídos en combate. Tres per-
sonajes se vinculan a esta creencia: el
Dagda, Dian Cecht y Bendigeit Bran.
El primero era una poderosa di-
vinidad de la mitología céltica irlande-
sa, integrante de los Tuatha Dé Danann,
entre cuyos atributos se contaba un
caldero mágico cuyos recursos nunca se
agotaban, un arpa y una enorme porra.
Con ella el Dagda podía matar a nueve
hombres de un solo golpe. Pero tam-
bién la podía emplear para hacer revivir
a los muertos, para lo cual bastaba con
que los tocara con su mango.
Dian Cecht, miembro también de
los Tuatha Dé Danann y ocasionalmente
considerado un hijo del Dagda, era el
dios de la sanación, y durante la segun-
da batalla de Magh Tuireadh, librada
por su pueblo contra los Fomoré, hacía
revivir a los guerreros mortalmente he-
ridos de Tuatha Dé Danann mediante su
inmersión en una fuente mágica situada
junto al campo de batalla.
Asimismo, el rey Bendigeit Bran,
o Bran el Bendito, es presentado en los
Mabinogion
galeses como poseedor
de un caldero mágico en el cual son
introducidos los guerreros muertos en
combate, los cuales resucitan, aunque
desprovistos del don del habla. Según
la tradición galesa, Bran obtuvo este
caldero de resurrección de un personaje
gigantesco de cabellos rojos que había
surgido del llamado Lago del Caldero,
en Irlanda; y cuyos rasgos permiten ver
que se trata de un trasunto del Dagda, lo
cual sugiere, a su vez, que en algún mo-
mento indeterminado la tradición cél-
tica asumió que el caldero de recursos
ilimitados propiedad de esta divinidad
también era un caldero de resurrección.
Podemos emplear esta docu-
mentación antropológica, histórica y
mitológica para examinar el icono vac-
ceo-arévaco que nos ocupa, cuyos po-
sibles paralelos materiales exógenos
ya han sido buscados y examinados
por Blanco García, quien ha expuesto
la ausencia de referencias claras para
analizar el tipo peninsular. Dentro del
mundo céltico continental, el más evi-
dente término de comparación sería el
caldero de Gundestrup, testimonio ar-
queológico de enorme valor iconográfi-
co, pero de interpretación sumamente
controvertida, no sólo en lo referente
a la naturaleza de sus imágenes, sino
también en lo que atañe a su lugar y
fecha de creación. Por ello, en última
instancia Blanco García se ha inclinado
por privilegiar el autoctonismo del tipo
peninsular, desligándolo de cualquier