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PINTIA CAMPAÑA XXIVEXCAVACIONES EN LAS RUEDAS
VERTAVILLOCIUDADES VACCEAS
AUTRIGONESNUEStROS ANCEStROS
VACCEARTEREtROSPECtIVA
BRONCES DE
ADORNO PERSONALPRODUCCIONES VACCEAS

547 Vaccea AnuArio
las raíces de los vacceos
M
uchos de los elementos
culturales que caracte-
rizan a los vacceos his-
tóricos, como son sus sólidas viviendas
de barro y madera, la economía basada
en el cultivo masivo de cereal y la crian-
za de ganado vacuno y ovicaprino, las
herramientas de hierro o la utilización
de recipientes cerámicos fabricados
a torno, ya están presentes en el valle
medio del Duero desde momentos an-
teriores al 420/400 a.C., dentro del con-
texto de la denominada cultura del Soto
de Medinilla.
Es en torno al 1000 A.C., en fecha
calibrada, y hacia mediados del siglo IX,
en cronología tradicional, cuando ve-
mos surgir este complejo cultural cuyo
nombre se debe a que buena parte de
sus rasgos arqueológicos se identifica-
ron por primera vez en las excavacio-
nes realizadas por Pedro de Palol entre
1957 y 1965 en el terrazgo así denomi-
nado, situado a las afueras de Valladolid
capital. La soteña es una cultura campe-
sina que viene a representar el primer
paisaje de poblados estables en la cuen-
ca sedimentaria del Duero, construidos
con materiales duraderos —al menos
los más destacados—, que testifican los
deseos de echar raíces en el lugar por
parte de las comunidades que los edifi-
caron. Por otra parte, del mismo modo
que Cogotas I es sinónimo del Bronce
Medio y Final en este territorio, el Soto
de Medinilla lo es del Hierro Antiguo,
pues se extiende desde las fechas arri-
ba indicadas hasta la segunda mitad del
siglo V a.C., momento este último en el
que por influencia de los pueblos celti-
béricos del oriente meseteño, se trans-
forma material e ideológicamente en la
cultura vaccea propiamente dicha. Esta
transformación no fue brusca ni trau-
mática, sino que se produjo de manera
gradual y natural. A lo largo de toda la
Edad del Hierro la continuidad cultural
es la nota imperante en el Duero medio,
y aunque, por la necesidad que siempre
siente el investigador de compartimen-
tar el devenir histórico en periodos que
tengan cierta coherencia interna, dis-
tinguimos una fase antigua, la soteña,
de otra avanzada, la vaccea, realmente
lAs rAÍCes de los
557Vaccea AnuArio
las raíces de los vacceos
parece tratarse de las mismas gentes,
de las mismas comunidades, que han
ido evolucionando hacia una mayor in-
tegración con su medio natural y una
mayor complejidad social y económica
a lo largo de ocho siglos. No obstante
esto, y por lo que ahora nos interesa, en
los casi cuatro siglos que concedemos a
la cultura del Soto se puede distinguir
Recreación hipotética del aspecto que hubo de
tener el poblado soteño de Cauca, situado entre
los ríos Voltoya y Eresma, hacia el 700/650 a.C.,
(dibujo, J. F. Blanco).
VACCeos
La Mota, Medina del Campo. Vaso polícromo fabricado a mano, de la
plenitud del Soto (foto, Museo de Valladolid).

567 Vaccea AnuArio
una fase formativa de otra plena, la pri-
mera situada cronológicamente entre
el 850/800 y el 700 a.C., y la segunda
entre esta última fecha y el 450/420 a.C.
El territorio soteño se sitúa en
las tierras sedimentarias del centro de
la cuenca del Duero, con una prolon-
gación hacia occidente que llega, por
un lado, hasta el noroeste de Zamora
y Trás-os-Montes oriental y, por otro,
hasta la cuenca del río Sil. Actualmente
se tienen registrados varios cientos de
poblados soteños, muchos de los cuales
fueron pequeños y de efímera existen-
cia, pero otros son de larga duración,
en ambos casos casi todos de nueva
planta, pues por lo general se sitúan en
lugares distintos a aquellos en los que
estuvieron asentadas las gentes que les
precedieron en estos espacios, las de la
cultura de Cogotas I. La mayor densidad
se localiza a lo largo de los afluentes que
por la derecha desaguan en el Duero
(Pisuerga, Valderaduey, Esla, etc.) y en
las campiñas meridionales que se ex-
tienden por el sur de Valladolid, noroes-
te de Segovia y norte de Ávila. A medida
que nos vamos alejando de este núcleo
de alta concentración poblacional, y sal-
vo en algunas comarcas, se van volvien-
do más ralos y espaciados, tal como se
observa en la zona leonesa, en las pri-
meras rampas de la montaña palentina
o en el oriente segoviano. Aunque hay
excepciones, constituye casi una norma
que los de mayores dimensiones —en-
tre 1 y 5 ha—, que son los de más larga
proyección temporal y por ello se han
convertido en auténticos tells, se sitúen
cerca de ríos con cauce permanente a
lo largo del año, mientras que los de ta-
maño mediano y pequeño —menos de
1 ha— lo hagan junto a alguna laguna
o charca situada por lo general en el
fondo de pequeñas cuencas endorrei-
cas muy atractivas para el cultivo de
cereales y el mantenimiento de una ca-
baña ganadera de no muchas cabezas.
Estos últimos, muy numerosos en las
campiñas meridionales del Duero, por
ejemplo, suelen ser poblados situados
en llanura, ladera o suave elevación, lu-
gares todos ellos a salvo de la humedad
Vista aérea del Soto de Medinilla (Valladolid)
(Delibes y Herrán, 2007).
Ámbito territorial de la cultura del Soto de Medinilla
(dibujo, J. F. Blanco).
La mayor parte de las alquerías soteñas se sitúan junto a charcas, arroyos o ríos.
las raíces de los vacceos

577Vaccea AnuArio
generada por esas lagunas y charcas así
como de las crecidas del nivel del agua
en épocas de lluvia.
Desde el punto de vista topo-
gráfico, los lugares en los que se sitúan
los poblados soteños son muy variados,
pues a los tres referidos anteriormente,
y de los que serían buenos ejemplos
Almenara de Adaja, Lastras de Cuéllar
o Los Bodonazos en Coca, tendríamos
que sumar los situados en promonto-
rio junto a un río (Ledesma, La Mota en
Medina del Campo, el Cerro de San Vi-
cente en Salamanca, Los Cuestos de la
Estación en Benavente o Roa), en cerro
testigo o monte-isla (Cuesta del Mer-
cado en Coca, Cerro de San Pelayo en
Martinamor), en suave elevación jun-
to a algún meandro fluvial (El Soto de
Medinilla, Las Quintanas en Valoria la
Buena), en borde o lengua de páramo
(Cuéllar, Olivares de Duero, El Cerro del
Castillo en Montealegre de Campos) y
en espigón amesetado entre dos ríos
(Coca, Sieteiglesias). Muchos de estos
últimos son los que, con el tiempo, aca-
barán convirtiéndose en grandes ciuda-
des vacceas.
Los asentamientos de pequeñas
dimensiones suelen ser abiertos, caren-
tes por completo de defensa artificial.
Sin embargo, en muchos de los mayo-
res se han documentado restos de mu-
rallas y empalizadas. Así, en el propio
Soto de Medinilla Palol excavó parte de
la potente muralla de barro con la que
contó en su época de plenitud y varias
líneas de empalizada; en La Corona/El
Pesadero (Manganeses de la Polvorosa)
la muralla, construida a comienzos del
siglo V a.C., es de adobes sobre basa-
mento de piedra; en el castro leonés de
Sacaojos (Santiago de la Valduerna) se
han podido excavar trece metros de una
muralla de tapial recorrida en su cara in-
terna por dos líneas de postes de ma-
dera; en el castro palentino de Los Ba-
raones (Valdegama), la muralla era de
mampostería en seco; en Zorita (Valoria
la Buena) también parece existir tanto
muralla como foso. A estos ejemplos de
poblados con muralla tendríamos que
añadir los castros del noroeste de Za-
mora, hoy considerados soteños.
Además de la muralla, algunos
contaron con foso, como es el caso de
Roa, del que sabemos tenía unos siete
metros de anchura y entre cinco y seis
de profundidad. Y en las excavaciones
de 2001-2003 realizadas en el poblado
medinense de La Mota se documentó
algo que era por completo desconoci-
do hasta ese momento en el panorama
poblacional soteño: un foso doble o,
como algunos investigadores denomi-
nan, un foso de dos senos. Por fotogra-
fías aéreas sabemos que otros muchos
poblados dispusieron también de foso,
generalmente ubicado en la zona llana
más vulnerable.
En lo que aún es muy deficiente
nuestra información es en lo relativo al
urbanismo de los poblados soteños. En
los de pequeñas dimensiones y en las
alquerías, que son la mayoría, es evi-
dente que las cabañas carecen de cual-
quier ordenación, pero es en los gran-
des donde algunos datos sí se pueden
entresacar. En general, debido a que
el tipo de vivienda que impera, al me-
nos en los momentos iniciales, es el de
planta circular u ovalada, en la ordena-
ción del espacio no se debió de poner
mucho empeño, como reflejan recien-
tes reconstrucciones ideales realizadas
sobre el Cerro de San Vicente y Coca. A
pesar de lo cual, hay algunos ejemplos
que demuestran que ese intento de
racionalización del solar habitado sí se
llevó a efecto: en Dessobriga (Melgar
de Fernamental/Osorno), por ejemplo,
La Mota. Sección del doble foso que protegía el poblado del Hierro I, cortado en su mitad por el de época
de los Reyes Católicos (foto, M. Retuerce).
La Mota. Muros con las hiladas de adobes retranqueadas (foto, M. Retuerce).
las raíces de los vacceos

587 Vaccea AnuArio
las viviendas, que son de planta circular,
se disponen a ambos lados de dos calles
empedradas paralelas, y en La Corona/
El Pesadero las viviendas se sitúan a los
lados de varias calles de unos tres me-
tros de anchura. Será en los momen-
tos más avanzados, en que junto a las
viviendas circulares se construyen —y
cada vez de manera más habitual— las
de planta cuadrangular, cuando ya sí se
produzca una tendencia a la ordenación
en la que las casas están alineadas y tie-
nen muros medianiles, como se ha po-
dido ver en las recientes excavaciones
de La Mota. Este tipo de estructura se
encuentra ya en la antesala del urbanis-
mo de la Segunda Edad del Hierro.
En las fases más antiguas del
Soto el tipo de vivienda aún seguía es-
tando muy apegado a las que habitual-
mente se estuvieron construyendo du-
rante el Calcolítico y la Edad del Bronce:
eran de planta circular u ovalada, suelos
de tierra apisonada, paredes de palos
entrelazados recubiertos con barro,
hogar central y espacio único de entre
8 y 30 m2. Sin embargo, ahora suelen
contar con un banco corrido fabricado
con barro prensado y superficies exter-
nas revocadas que circunda parte de
la pared interior, lo que significa que
se trata de una arquitectura en la cual
se manifiesta claramente cómo sus ar-
tífices a la vez que la entienden como
algo temporal aún, prevén que perma-
necerán en el lugar un tiempo limitado.
Estas viviendas de los momentos más
antiguos de la etapa formativa del Soto,
que se encuentran documentadas, ade-
más de en el yacimiento epónimo, en
Simancas, Sacaojos, Martinamor o Los
El Soto de Medinilla. Vivienda cir-
cular de adobes con hogar central
y banco adosado de tapial (Delibes,
Romero y Ramírez, 1995).
La Mota. Vivienda de planta cuadrangu-
lar con hogar central (foto, M. Retuerce).
las raíces de los vacceos

597Vaccea AnuArio
Cuestos de la Estación, pronto dan paso
a otras de similar tamaño y forma pero
construidas totalmente con adobes,
tapial y postes de madera, por lo gene-
ral sin cimentación, con hogar central,
puerta orientada hacia el sur o sureste,
cubiertas cónicas de materia vegetal y
con ese banco de barro que veíamos
en sus predecesoras. A veces el zócalo
interno de las paredes y el propio ban-
co muestran decoraciones geométricas
realizadas con pinturas rojas, negras,
amarillas y blancas (Ledesma, Zorita,
Los Cuestos, Cuéllar, etc.), y en más de
una ocasión se ha visto cómo algunas
de ellas tenían un pequeño horno que
en la mayor parte de los casos sirvió
para actividades culinarias. Al exterior,
a veces hay pequeñas construcciones
anejas que servirían para funciones do-
mésticas complementarias como alma-
cenar cereales, bellotas, utensilios, tal
vez cultivar champiñones, etc.
Este tipo de vivienda, a medida
que transcurre el tiempo se va hacien-
do cada vez más compleja, pues irá
ganando en metros cuadrados y en no
pocos casos sus suelos se pavimentarán
con adobes, como magníficamente nos
muestran algunas de las exhumadas
en el poblado salmantino del Cerro de
San Vicente o en el benaventano de Los
Cuestos. Por otra parte, es un tipo de
casa que pervivió hasta que el mundo
del Soto se transformó en el propia-
mente vacceo y que en las etapas de
pleno desarrollo de esta cultura estuvo
conviviendo con la de planta cuadran-
gular. Estas últimas, aun manteniendo
muchas características de las circula-
res (hogar en el centro, suelos de tierra
apisonada, etc.), tienen pies derechos
interiores y postes embutidos en las
paredes, puertas con gruesos maderos
a modo de jambas, muros medianiles,
cubiertas a dos aguas y, alguna de ellas
pudo haber tenido más de un espacio.
En el subsuelo de algunas vivien-
das se practicaron inhumaciones infan-
tiles, tal como se constata en Cuéllar,
La Mota, el Soto, Simancas o Roa, por
ejemplo, lo cual es interpretado de di-
versas maneras. Muy sintéticamente,
algunos investigadores creen que son
sencillos enterramientos de niños que
no han alcanzado la edad mínima a par-
tir de la cual pasan a ser miembros de
pleno derecho del cuerpo social y, por
tanto, merecedores de los rituales re-
servados a los adultos. Otros se mues-
tran partidarios de que pueda tratarse
de sacrificios fundacionales con los cua-
les se pretendía sacralizar el espacio do-
El Soto de Medinilla. Restos de vivienda circular, graneros rectangulares y hor-
no, de adobes y tapial (Delibes, Romero y Ramírez, 1995).
El Soto de Medinilla. Horno doméstico de barro
(Delibes, Romero y Ramírez, 1995).
La Corona/El Pesadero. Instalación supuestamen-
te de carácter cultual (Misiego et al., 1997).
las raíces de los vacceos

607 Vaccea AnuArio
méstico, idea a la que se opone el hecho
de que son muy pocos los casos cono-
cidos para los cientos de viviendas que
hay excavadas. Finalmente, no faltan
quienes opinan que se practicarían con
motivo de algún hecho extraordinario
especialmente significativo para quie-
nes habitan en la casa en cuestión. En el
cerro de La Mota hallamos una variante
de esta práctica: la colocación en el rin-
cón de una casa, cerrado a su vez con
dos pequeños muretes bajos de arcilla
pero sin cubrición superior, de los restos
de un niño cremado dentro de un vaso
cerámico, aunque esto podría tener un
carácter diferente. Y ya que hemos traí-
do a colación el mundo funerario en las
comunidades soteñas, decir que desco-
nocemos por completo el ritual —o los
rituales— que utilizaban para deshacer-
se de los cadáveres de los adultos. Quizá
los incineraban y después aventaban las
cenizas o vertían éstas en ríos y lagos,
prácticas ambas que no dejan huella en
el registro arqueológico pero que, sobre
todo la segunda, enlaza con los depósi-
tos en medios acuáticos que se practica-
ban durante la Edad del Bronce. No obs-
tante, aun siendo el soteño un mundo
sin cementerios, sí se puede decir que
al menos en sus finales hay evidencias
de que se está utilizando la cremación:
en Los Azafranales de Coca, por ejem-
plo, hace unos años se recuperaron en
excavación tres sepulturas cada una de
las cuales estaba formada por la urna
cineraria y varios vasos de acompaña-
miento, todo ello fechado, por paralelis-
mos de las cerámicas, a finales del siglo
VI o inicios del V a.C.
Nuestro conocimiento de la
economía de las comunidades soteñas
deriva tanto de los análisis —científi-
cos y arqueológicos— que se vienen
aplicando a los materiales recuperados
en las excavaciones, como de las lógi-
cas deducciones que hacemos del re-
conocimiento del entorno en el que se
localizan los poblados, tal como hoy se
presenta, y de su situación en relación
con las cañadas y vías de comunicación
históricas. La agricultura y la ganadería
fueron sus dos pilares fundamenta-
les, como corresponde a comunidades
campesinas. La sistemática presencia
en cuantos poblados han sido objeto
de excavación de restos carbonizados
de trigo y cebada, de leguminosas en
algunos de ellos, molinos barquiformes
de granito y piezas de sílex para armar
Conjuntos cerámicos funerarios de Cauca. 1, urna de la sepultura II; 2-5, urna y vasos de acompaña-
miento de la sepultura III (dibujo, J. F. Blanco).
Fragmento cerámico decorado con pintura roja vi-
nosa perteneciente a un vaso a torno importado
del sureste peninsular (siglos VI-V a.C.) (foto, J. F.
Blanco).
La Mota, Medina del Campo. Fragmento de cuen-
co de cerámica a mano, decorado con peine inciso
(siglos VI-V a.C.) (foto, J. F. Blanco).
las raíces de los vacceos

617Vaccea AnuArio
hoces, además de esos pequeños hor-
nos domésticos de los que algunos pre-
sumiblemente sirvieron para cocer pan
(El Soto, la Aldehuela, etc.), son los tes-
timonios más evidentes de la existencia
de una sólida y excedentaria agricultura
cerealista. Relacionada con ella segura-
mente están ciertas patologías que se
observan en los huesos apendiculares
de bóvidos y équidos recuperados en las
excavaciones y que parece ser fueron
provocadas por sobrecargas y esfuerzos
realizados en los trabajos agrícolas, así
como la práctica de la castración entre
los primeros. El que la mayor parte de
los poblados soteños, con independen-
cia de su tamaño, se localicen en puntos
con importantes recursos hídricos y en
torno a los cuales nunca falta una ex-
tensión más o menos grande de fértiles
tierras cultivables es lo que ha motivado
que en muchas ocasiones nos refiramos
a la practicada por los soteños como
una “agricultura de humedal”.
Aunque aún son pocos los datos
que tenemos, parece que alternaron
el cultivo de cereales con el de legumi-
nosas, y lógico es pensar que también
hubieran hecho uso del abonado de la
tierra, el barbecho y la rotación de cul-
tivos, pues de otro modo el agotamien-
to de la fertilidad de la tierra en pocos
años les hubiera obligado a trasladarse
a otros lugares vírgenes o descansados,
situación que chocaría frontalmente
con la imagen de residencia estable y
definitiva que muestran las sólidas vi-
viendas que construyeron y las potentes
secuencias estratigráficas que se cons-
tatan al menos en los grandes poblados,
pues en muchas alquerías sí parece que
se siguieron construyendo cabañas de
palos y ramas, al ser instalaciones con-
cebidas para la explotación temporal, y
puntual, de unos recursos específicos
que una vez agotados se abandonaban.
El segundo pilar económico de
las gentes soteñas fue la ganadería. En
El Soto de Medinilla. Composición de la cabaña ganadera durante Soto I y II (Liesau, 1998).
Conjunto de útiles y armas de bronce característicos del mundo soteño (Delibes y Herrán, 2007).
las raíces de los vacceos

627 Vaccea AnuArio
orden de importancia, el ganado va-
cuno, el ovicaprino, el caballar y el de
cerda constituyen la composición de su
cabaña, pero existen sensibles diferen-
cias de una especie a otra, pues mien-
tras el primero representó entre el 40 y
el 60%, el segundo supone entre el 10 y
el 30%, el tercero apenas llega al 10% y
el último se sitúa por debajo del 5%. Di-
ferencias que, por otro lado, también se
manifiestan al comparar unos poblados
con otros, lógicamente, debido a que
mientras unos se encuentran situados
en pleno centro de la cuenca, otros lo
hacen en el piedemonte de la orla mon-
tañosa, de pastos más frescos a lo largo
del año. En el Soto de Medinilla, Melgar
de Abajo y Roa, por ejemplo, los équi-
dos alcanzan en torno al 20/25%; el cer-
do en el último de los citados, hasta el
17%; en el castro leonés de Sacaojos los
bóvidos representan nada menos que
el 70% de la fauna y los équidos sólo el
5%. Los bóvidos y los caballos jóvenes y
adultos eran aprovechados como fuer-
za de tiro y como fuente de productos
derivados tales como la leche —en el
caso de los primeros, al igual que las
cabras— o el pelo —en el de los se-
gundos—, y sólo cuando ya no rendían
beneficios de este tipo eran sacrificados
para el consumo de su carne, el apro-
vechamiento de su piel, huesos, tendo-
nes, etc. Pero no toda la carne que los
soteños consumían procede de anima-
les domésticos, sino que una parte im-
portante de la misma tiene su origen en
actividades cinegéticas, como demues-
tran las colecciones faunísticas exhuma-
das en las excavaciones. El ciervo fue el
animal más cazado y tras él, conejos y
liebres, jabalíes, corzos, zorros, lobos,
linces, gatos monteses, tejones e inclu-
so hay evidencias de uro, oso y castor.
El aprovechamiento económico integral
que del medio se hizo se extendía tam-
bién a la caza de quelonios, reptiles, ba-
tracios y moluscos, así como a la pesca
de un extenso catálogo de peces: bar-
bos, tencas, lucios, truchas, salmones,
etc., muchos de los cuales indican que
las aguas de los ríos de entonces eran
limpias, frías y caudalosas.
Un sector económico del que
han quedado evidencias en numerosos
poblados soteños es el metalúrgico, el
cual en estos momentos produce uten-
silios y adornos de bronce. El hallazgo
de varios crisoles con restos de colada
en el asentamiento vallisoletano de Zo-
rita, en Valoria la Buena, en los zamora-
nos de Benavente o Manganeses de la
Polvorosa, en los leoneses de Sacaojos y
el Castillo de Ponferrada, o en el palen-
tino de Saldaña, por ejemplo, así como
los fragmentos de vasijas-horno del
Soto de Medinilla (Valladolid) y moldes
de fundición en el propio Soto, Manga-
neses, Benavente, Sacaojos y Gusendos
de los Oteros, por no citar la presencia
de gotas en varios de ellos, demuestra
que se están llevando a cabo procesos
de fundición en algunas de las vivien-
das-talleres de esos lugares. Tanto estas
evidencias como las que suministran los
depósitos que, al igual que en la Edad
del Bronce, continúan practicándose
(Cisneros, Bembibre, etc.), dejan claro
que sigue plenamente vigente la meta-
lurgia atlántica, de tipo Baiões-Vénat:
hachas de apéndices laterales o ani-
llas, puntas de lanza de hoja maciza,
cinceles de cubo, hoces, ganchos para
carne, asadores, calderos, etc. En lógi-
ca correspondencia con esto, la escasa
joyería que ha sido hallada en contextos
soteños es también de tipo atlántico,
incluso en algún caso fabricada propia-
mente en las Islas Británicas, como ocu-
rre con un magnífico prendedor áureo
recuperado en las excavaciones de 1999
en Coca (Segovia).
Es en este ambiente metalúrgico,
prolongación natural del que existía en
el Bronce Final, en el que se constatan
los primeros utensilios de hierro, situa-
dos cronológicamente en los finales del
siglo VIII a.C. y sobre todo ya dentro de
la siguiente centuria (Benavente, Ledes-
ma…), que nos obligan a mirar a partir
de ahora al sur peninsular, a los esce-
narios en los que están interactuando
indígenas y fenicios. Desde estos mo-
mentos, y cada vez con mayor fluidez y
abundancia, van a ir llegando al valle del
Duero utensilios y adornos metálicos de
origen mediterráneo: fíbulas de doble
resorte, cuchillos de hoja curva e inclu-
so algún recipiente de uso ritual como
el jarro tartésico de Coca, fechado hacia
mediados del siglo VII a.C.
Estos objetos metálicos consti-
tuyen sólo una parte del conjunto de
evidencias arqueológicas que testifican
cómo a las comunidades soteñas lle-
garon influencias del sur peninsular a
través de las relaciones comerciales que
Crisoles de Zorita (Valoria la Buena) y moldes del Soto de Medinilla, para fundir bronce (foto, Museo de
Valladolid).
Cauca. Prendedor de oro fabricado en las Islas
Británicas, hallado en el poblado soteño (foto, J.
F. Blanco).
Cauca. Aplique decorativo de bronce con forma
de cabeza de león, de rasgos orientalizantes,
importado del sur tartésico (siglos VII-VI a.C.)
(foto, J. F. Blanco).
las raíces de los vacceos

637Vaccea AnuArio
e s t a b l e -
cieron con
c o m u n i d a d e s
intermedias situadas
en el Tajo medio, los valles intramonta-
nos abulenses o el norte de Extremadu-
ra. Como no podía ser de otro modo, en
la cerámica estas influencias también se
dejan notar. Por más que el equipo vas-
cular de las gentes soteñas haya expe-
rimentado pocas variaciones formales
y decorativas desde el siglo IX al V a.C.,
pues se trata de producciones locales
hechas a mano, de cocción reductora,
con las superficies alisadas o bruñidas,
lisas en su mayoría —salvo aquellos re-
cipientes de cocina y almacenaje que
se decoran con impresiones de dedos,
uñas o instrumento en labios y hom-
bros, así como algunos vasos finos en-
galanados con técnica incisa—, la pre-
sencia de lo meridional se manifiesta de
muchas y
variadas for-
mas: abundancia, so-
bre todo en la fase formati-
va, de cuencos con fuerte carena baja y
a veces hombro, muy característicos del
sureste peninsular; pinturas rojas o “al-
magras” en numerosos yacimientos del
centro-sur y occidente soteños; decora-
ciones en rojo, amarillo, blanco y hasta
en azul, en algún caso, formando com-
plejos diseños geométricos y alguna fi-
guración cuyos paralelos se encuentran
en Medellín, El Carambolo y, en gene-
ral, en el bajo Guadalquivir; copas de
pie alto, como las benaventanas, que
nos obligan a mirar a esta misma zona
del suroeste, etc. Junto a estas influen-
cias mediterráneas, se detectan entre
los soteños otras de origen continental,
procedentes de los ambientes de Cam-
pos de Urnas de la Edad del Hierro del
alto y medio Ebro, que se manifiestan
en los perfiles troncocónicos y bulboi-
des de muchos de sus vasos, en los ele-
vados cuellos cilíndricos, en las peanas y
en la presencia de algunas decoraciones
de tipo Redal/Cortes de Navarra, como
se observa en el poblado de El Bustar
(Carbonero el Mayor, Segovia).
Sobre este panorama, a par-
tir de finales del siglo VII o inicios del
VI a.C. empiezan a decorarse muchas
de las cerámicas hasta entonces lisas
mediante frisos realizados con peine
inciso, un procedimiento enormemen-
te exitoso si consideramos que perdu-
ró hasta bien avanzado el siglo II a.C.
También por aquellas fechas, y dentro
de esas influencias meridionales que
llegan al mundo soteño, hacen acto
de presencia las primeras cerámicas
fabricadas a torno. Concretamente
proceden del sureste peninsular —de
la zona del sur de Valencia, Alicante y
Murcia—, son de pastas blanquecinas,
amarillentas o rosadas y están decora-
das con líneas, bandas, semicírculos y
círculos hechos a compás, helicoides,
etc., siempre en pintura roja vinosa y
en algún caso, negra.
Los aspectos más desconocidos
de las comunidades soteñas son los que
se refieren a su organización social, sus
creencias y prácticas religiosas, su len-
gua o su origen y filiación étnico-cultu-
ral. Por lo que a los dos primeros afecta,
en buena medida la situación se debe
a la inexistencia de necrópolis, siempre
la más fructífera fuente de información
de las sociedades prehistóricas a este
respecto. No obstante, algo sí que se
puede decir sobre la estructura social.
Teniendo en cuenta cómo en los pobla-
dos de mayor entidad y longevidad se
encuentran presentes determinados
objetos de alto valor material y simbóli-
co —como cerámicas polícromas, uten-
silios y adornos broncíneos de prestigio,
alguna joya áurea, etc., muchos de los
cuales son de importación—, sí se pue-
de afirmar que, al menos en ellos, exis-
ten unas incipientes élites que dirigen y
organizan la vida, y cuya holgada situa-
ción económica es la que les permite
adquirir bienes originarios de lugares
lejanos, quizá a través tanto de las rela-
ciones comerciales como del intercam-
bio de regalos. Por debajo de este es-
Cauca. Jarro de bronce importado del sur tartésico (mediados del siglo
VII a.C.) (foto, D.A.I. Madrid).
las raíces de los vacceos

647 Vaccea AnuArio
trato social, seguramente formado por
unas pocas familias, se encontraría el
constituido por el resto de la población,
pero entre ambos la distancia no debió
de ser tan acusada como la que tiempo
después, en el Hierro II, sabemos que
existió entre las aristocracias guerreras
vacceas y la masa de la población. Cal-
culando que en estos núcleos soteños
podrían haber vivido en torno a las 150
personas por hectárea, un poblado de
unas 2,5 ó 3 hectáreas hemos de supo-
ner que podría haber albergado entre
350 y 450 personas, de las cuales la éli-
te seguramente no estaría formada por
más de dos o tres docenas.
A lo largo del siglo V a.C. muchos
pequeños poblados soteños y alque-
rías del centro de la cuenca del Duero
se deshabitan. Este hecho, unido a que
es en esta centuria y comienzos de la
siguiente cuando aumentan de tamaño
otros, nos sugiere la idea de que tal vez
se produjera un proceso de concentra-
ción demográfica según el cual aque-
llos poblados que estaban situados
en puntos geográficos y topográficos
ventajosos —y que ya de por sí eran
grandes— se convertirán en imanes
para una población antes dispersa, con
lo que de este modo es como surgirían
muchas de las grandes ciudades va-
cceas (Soto de Medinilla, Montealegre
de Campos, Septimanca, Rauda, Cauca,
Cuéllar, etc.), así como el característico
modelo de poblamiento vacceo. Este
proceso de concentración aún insufi-
cientemente conocido y que sería de
desigual intensidad dentro del territorio
vacceo, creemos reconocerlo con cierta
claridad en el entorno de las dos últimas
poblaciones citadas, Cauca y Cuéllar, así
como en el de Valoria la Buena (Vallado-
lid), donde se deshabitan los poblados
soteños de Zorita, Pico Muedra, La Pela-
ya y Las Peñas de Gozón al tiempo que
despega como gran oppidum vacceo el
de Las Quintanas.
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Valladolid.
Juan Francisco Blanco García
Universidad Autónoma de Madrid
El presente trabajo se enmarca en el proyecto
de investigación I+D+i (2011-2013) Cosmovisión
y simbología vacceas. Nuevas perspectivas de
análisis (HAR2010-21745-C03-01), de la Dirección
General de Investigación del Ministerio de Ciencia
e Innovación.
Concentración demográfica acaecida, hipotéticamente, hacia el siglo V a.C. en el noroeste segoviano, en
torno a Cauca y Cuéllar (dibujo, J. F. Blanco).
las raíces de los vacceos