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PINTIA
CAMPAÑA XXIV
VERTAVILLO
AUTRIGONES
V
ACCEARTE
BRONCES DE
ADORNO PERSONAL
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Vaccea
Anu
A
rio
nuestros ancestros
S
C
uando se cita a la tribu in-
dígena de los autrigones
nos viene a la memoria
la comarca burgalesa de La Bureba, su
lugar de hábitat y, consecuentemente,
este nombre nos relaciona con el dios
autrigón
Vurovius
del que procede di-
cho topónimo y probablemente el de su
capital
Virovesca
(Briviesca).
El territorio de los autrigones,
como el de otras tribus o
populi
de la
Península Ibérica, no tenía unos límites
precisos y fijos pues fueron cambian-
do con el tiempo. El geógrafo griego
Estrabón (vivió en el cambio de era),
tomando noticias de escritores anterio-
res, decía que pertenecían a los pueblos
del norte de la península a los que con-
sideraba atrasados, con insólitas cos-
tumbres, valerosos y crueles, a los que
la pobreza les obligaba a la práctica del
bandidaje. Será Tito Livio (también vivió
por esas fechas) el que primero utiliza
el nombre de autrigones para designar,
en el año 76 a.C., al pueblo que vive cer-
cano a los berones (La Rioja) del valle
del Ebro. Otros escritores como Floro y
Orosio los diferencian de los turmogos
(valles del Arlanza y Arlanzón) y de los
cántabros los cuales hacen incursiones
en sus tierras para extorsionarlos. Nin-
guno de estos autores hace alusión a
La
comarca de La Bureba, los pasos naturales y las épocas en las que se usaron esos pasos (arriba).
Fíbula de caballo de la necrópolis de Villanueva de Teba. Museo de Burgos (abajo).
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Vaccea
Anu
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rio
los límites de su territorio, sólo hablan
de sus vecinos. Sin embargo siglos más
tarde, concretamente en el siglo VI d.C.,
en el
Anónimo de Rávena
, se habla de
la
Autrigonia
como una provincia inde-
pendiente del resto de las de Hispania y
Jordanes también la denomina
Autrigo-
nia
. Los vecinos de los autrigones eran
los siguientes: al noroeste estaban los
cántabros, al suroeste los turmogos o
turmódigos, al sureste los pelendones
(montañas sorianas y tierra de pinares
burgalesa) y los berones (La Rioja) y al
nordeste los caristios y los nervios (Viz-
caya y norte de Álava). Su territorio lle-
gaba hasta el mar donde se situaba una
de sus ciudades,
Portus (S)amanus
, lue-
go la cercana
Flaviobriga
romana (Cas-
tro Urdiales). La primera es la localidad
actual de Sámano donde hay un sober-
bio castro o poblado prerromano que
poco tiene que ver con los poblados
de La Bureba. Según esto, la
Autrigo-
nia
iría desde La Bureba, en una banda
paralela, hasta el río Asón (el Sauga de
las fuentes) por el oeste y el Nervión (el
Neroua) por el este. Pero la Arqueolo-
gía demuestra que esto no es cierto, al
menos desde el punto de vista cultural
y de los restos materiales que parecen
expandirse más por la zona occidental
de Álava. En este sentido quizás tenga
razón Ptolomeo (siglo II d.C.) cuando
decía que los vecinos del norte de los
autrigones eran los cántabros quedan-
do, pues, La Bureba como territorio
exclusivo de los autrigones. La cubeta
tectónica de La Bureba hasta Treviño (el
trifinium
o frontera entre autrigones,
berones y caristios) sería el espacio vi-
tal de los autrigones. La ciudad de
Segi-
samunclum
(Cerezo de Río Tirón) era la
más oriental de los autrigones. A poca
distancia se encuentra la ciudad de
Libia
(Herramélluri actual) pero ya era ciudad
berona. Hay dos hechos que redundan
en este planteamiento: por un lado, el
que todas las ciudades autrigonas, sal-
vo
Portus Samanus
, están dentro de La
Bureba; y por otro, que durante la Edad
del Hierro (750-siglo I a.C.), los influjos
a estas tierras vinieron por el valle del
Ebro y por el sur desde la Meseta, zonas
con las que estaban más relacionados.
Eso no quita para que haya dentro de
un mismo pueblo enfoques culturales
distintos.
Según Plinio el Viejo (segunda
mitad del siglo I d.C.) los autrigones te-
nían diez ciudades, que coinciden con
las
civitates
y
mansiones
de los itinera-
rios romanos, algunas de las cuales no
se sabe su ubicación precisa. Casi todas
estaban en La Bureba, salvo las mas
norteñas cono
Portus Samanus
, luego
la
Flaviobriga
romana (Castro Urdiales),
citada antes, y
Uxama Barca
que algu-
nos sitúan en Osma de Valdegobía. Las
demás son
Salionca
(Cerro del Milagro,
Poza de la Sal), luego la
Flavia Augusta
romana,
Vindeleia
(La Cerca-Los Llanos,
Túmulos de finales de la primera
Edad del Hierro en Fuentesanz,
Monasterio de Rodilla.
Urnas de la necrópolis de Fuentesanz con
perfiles claramente de los Campos de
Urnas. Museo de Burgos.
La Bureba y los grandes castros situados en la periferia de la cuenca:
1 y 2 Pancorbo; 3 y 4 Belorado; 5 Cerezo de Río Tirón; 6 y 7 Briviesca; 8 Fresno de Rodilla; 9 Grisaleña;
10 Ibrillos; 11 Miranda de Ebro; 12 Ventosa; 13 Silanes; 14 y 15 Monasterio de Rodilla; 16 Navas de Bu-
reba; 17 Oña; 18 Villanueva de Teba; 19 Pancorbo; 20 Miraveche; 21 Pancorbo; 22 y 23 Poza de la Sal,
24 Rublacedo de Arriba, 25, 26, 27, 28 y 29 Soto de Bureba; 30 y 31Villafranca Montes de Oca.
Triángulo rojo: castros con una extensión superior a las 10 ha.
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rio
Soto de Bureba, o La Llana en Silanes),
Antecuia
(Pancorbo?),
Deobriga
(Arce
Mira-Pérez en Miranda de Ebro),
Viro-
vesca
(Cerro de San Juan y Cerro de los
Pinos, Briviesca),
Segisamunclum
(Val-
demoros, Cerezo de Río Tirón) y
Tritium
Autrigonum
(Alto de Rodilla, Monaste-
rio de Rodilla). Además se deben citar
otros ejemplos cuya situación es más o
menos dudosa, como el caso de
Auca
,
situada en los términos del
Alto de la
Pedraja
o quizás en el Cerro del Castillo
en Villafranca Montes de Oca, que re-
cuperará su importancia en época alto-
medieval con el Camino de Santiago. O
el ejemplo de
Porta Augusta,
que aun-
que Ptolomeo la sitúa entre los vacceos
Ceán Bermúdez la emplaza en Pancor-
bo. Todas ellas son núcleos urbanos de
época romana pero que antes fueron
castros o poblados prerromanos. De
las nueve citadas en primera instancia,
siete se encuentran en La Bureba lo
cual nos indica la riqueza natural de la
comarca y la explotación de sus recur-
sos tanto en época prerromana como
romana, que explican esa densidad ur-
bana. Además, hay que tener en cuenta
otros emplazamientos, tanto prerroma-
nos como romanos, de los que no co-
nocemos su nombre pero fueron impor-
tantes núcleos urbanos por la riqueza
de sus materiales arqueológicos, como
son los casos de
El Castro
de Belorado o
el
Cerro del Castillo
de Ibrillos. A ello hay
que unir pequeños emplazamientos de
carácter no urbano, a modo de alque-
rías o aldeas pequeñas, subsidiarias de
los grandes núcleos de población.
Paisaje y poblamiento en La Bureba
La Bureba es un relieve rehundi-
do rodeado de paisajes de mayor alti-
tud lo que le permite unas condiciones
climáticas más suaves que, unido a la
riqueza de recursos naturales, hace que
sea una comarca rica, como lo demues-
tra la Arqueología. Está cruzada por los
ríos Oca, Oroncillo y, periféricamente, el
Tirón con sus afluentes, con aporte de
agua importante en aquella época. Por
otro lado, es un lugar estratégico por-
que es zona de paso, situado entre dos
espacios naturales muy importantes,
el alto valle del Ebro y la Meseta, que
coincide con el valle del Duero. En con-
secuencia participa de ambos círculos.
Hay unos pasos naturales entre la co-
marca que explican el marco de influjos
culturales producidos en las distintas
épocas. Al noroeste está el desfiladero
de la Horadada, usado en el Paleolítico
(cuevas de Penches, la Blanca y El Caba-
llón). Durante el Neolítico y el Calcolíti-
co es el desfiladero de Pancorbo, situa-
do al nordeste, donde se registran los
más importantes hallazgos. Durante la
Edad del Hierro los nexos de comunica-
ción son dicho desfiladero de Pancorbo
y el corredor de la Rioja (Belorado), am-
bos al nordeste, y el Alto de la Brújula, al
sur, con la Meseta. Estos mismos siguen
durante la época romana. En época vi-
sigoda y alta Edad Media vuelve a ser
el desfiladero de la Horadada con los
asentamientos de Tedeja, Cillaperlata y
los restos junto a la carretera, al que se
une Pancorbo.
En la transición de la Edad del
Bronce a la Edad del Hierro, en el siglo
VIII a.C., se produjo un enfriamiento
del clima que se normalizará poco más
tarde coincidiendo con toda la segunda
Edad del Hierro (siglo IV al siglo I a.C.)
explicando, en parte, la eclosión econó-
Puñal de Miraveche con cuatro discos en la contera.
Museo de Burgos.
Contera de espada de tipo Miraveche o remates de estandartes.
Museo de Burgos.
Autrigones
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rio
mica y material de esta zona, como en
otras de la Península. Son ya los tiem-
pos en los que los autrigones poblaban
estas tierras. En consecuencia, el clima
era más suave y lluvioso, como han de-
mostrado los estudios paleobotánicos
de las excavaciones arqueológicas en el
poblado de Soto de Bureba, las únicas
en la comarca. Los ríos eran más cauda-
losos que hoy, había zonas endorreicas
o lagunas interiores, y la masa forestal
era muy densa, en la que había especies
vegetales de clima mediterráneo y at-
lántico pero, sobre todo, de bosque de
ribera (fresnos, sauces, álamos, chopos,
avellanos, etc). Esto explica, como ha de-
mostrado la Arqueología, que en aque-
llos tiempos la población se distribuía en
la periferia de la comarca, con poblados
situados a una mediana altura quedan-
do las zonas más bajas, las centrales y
las riberas de los ríos, como espacios
naturales en los que la caza, la pesca y
los recursos del bosque eran explota-
dos, como también han confirmado las
citadas excavaciones. Salvo algunas ex-
cepciones, hay que esperar a la llegada
de los romanos para que esos espacios
bajos se ocupen sistemáticamente.
Otro hecho importante en la co-
marca es que prácticamente todos los
poblados de la primera Edad del Hierro
(siglo VIII al V a.C.) continuaron ocupa-
dos durante la segunda Edad del Hierro.
Sólo hay dos excepciones, el castro de
Trulla
en Rublacedo de Arriba y
El Ce-
rro del Castillo
en Monasterio de Rodilla
que fueron abandonados por razones
aún desconocidas. Hay dos casos par-
ticulares; uno de ellos es el de Mirave-
che, donde el poblado de la primera
Edad del Hierro está en una superficie
amesetada alta, de los Montes Obare-
nes, llamada
Castracuño
, pero que en
la segunda Edad del Hierro se desplaza
al pie de dicha altura, situándose en-
frente del pueblo actual donde estaba
la necrópolis. El otro es el castro de
El
Somoro
, poblado de la primera Edad
del Hierro situado al este del desfilade-
ro del río Oca que en la segunda Edad
del Hierro se pasa al otro lado,
Alto de
la Pedraja,
para controlar el paso por el
puerto del mismo nombre. Esto explica
que el cambio de una etapa a otra no
tuvo demasiadas consecuencias porque
es un fenómeno de carácter cultural por
la incorporación de nuevos influjos que
vienen, sobre todo, de la Meseta y del
valle medio del Ebro. Las excavaciones
citadas de Soto de Bureba demuestran,
incluso, que bajo el emplazamiento
de la primera Edad del Hierro hay una
ocupación del Bronce Final. Este hecho
se podría aplicar a todos los demás po-
blados de la Edad del Hierro porque la
presencia de materiales de esa época lo
demuestra. Hay que entender, enton-
ces, que la evolución de la primera eta-
pa a la segunda es un proceso continuo
al que en un momento se han incor-
porado elementos nuevos que quedan
reflejados en la adquisición de nuevos
hábitos sociales, culturales, materiales,
rituales y simbólicos. Este cambio es el
que correspondería a esas gentes que
las fuentes integran en el
populus
o tri-
bu de los autrigones.
Los poblados más importantes
están situados, como hemos dicho, en
la periferia de La Bureba. En el lado nor-
te, a las faldas de los Montes Obarenes
y de este a oeste, están los siguientes:
Peñas de Valcavado
y
Santa Engracia
en Pancorbo controlando el desfilade-
ro por ambos lados,
Castro Ventosa
en
Ventosa-Silanes,
Carranogal
en Mirave-
Poblado de La Cerca, Soto de Bureba, con muralla celtibérica.
Plano de La Cerca o poblado superior de Soto de Bureba de época celtibérica.
Plantas de casas celtibéricas del poblado de Los Llanos o poblado inferior de
Soto de Bureba.
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rio
che y
La Cerca
y
Los Llanos
en Soto de
Bureba. Dominando el desfiladero de
la Horadada encontramos el castro de
El Milagro
en Poza de la Sal, que apro-
vechaba ya la explotación de la sal y las
azuritas del Páramo de Masa. Por el sur,
vigilando el paso a la Meseta en el Puer-
to de la Brújula, está el castro del
Alto
de Rodilla
situado entre Monasterio de
Rodilla, Fresno de Rodilla y Santa María
del Invierno. Por el flanco oriental en-
contramos
El Somoro
y
La Pedraja
en
la parte más sureña controlando otro
paso natural de la Meseta a La Bureba,
el Puerto de la Pedraja. Más al norte es-
tán
El Castro
de Belorado,
Valdemoros
en Cerezo de Río Tirón y
El Castillo
de
Ibrillos. En el centro de la comarca, pero
en una continuación del páramo de la
Sierra de la Cruz, situada al sur, está la
capital de los autrigones,
Virovesca
, en
los pagos
Cerro de San Juan
y
Monte de
los Pinos
, al sur de la villa. La mayoría
de estos poblados alcanzaron un desa-
rrollo grande pues llegaron y superaron
las 10 hectáreas; algunos, incluso, como
el
Alto de Rodilla
pudo tener 40 hectá-
reas siendo, quizás, el mayor de todos.
No tienen las 50, 70 ó 100 hectáreas de
otros de la Península pero hemos de
tener en cuenta que, en esta comarca,
todos están muy próximos y circunscri-
tos a un área muy reducida; en conse-
cuencia, la densidad de población era
relativamente mayor que en otras áreas
lo que se explica por la riqueza de sus
recursos naturales.
Si en el paso de la primera a la se-
gunda Edad del Hierro no hubo cambios
en la ubicación de los poblados, cuando
llegaron los romanos la mayoría de es-
tos castros continuaron habitándose y
acabaron convirtiéndose en
mansiones
de una de las vías más importantes de
la Península o en ciudades romanas. En
los comienzos de la Edad Media las co-
sas cambiaron sustancialmente.
Los orígenes históricos de los autrigones.
Siglos VI-V a.C.
Durante la Edad del Hierro en La
Bureba podemos distinguir tres etapas
que implican estados sociales y cultura-
les diferentes. La información viene de
las escasas excavaciones en poblados
(la única en el de Soto de Bureba exca-
vado por nosotros) y de los ajuares de
las necrópolis conocidas (Monasterio de
Rodilla, Miraveche, Villanueva de Teba).
La etapa inicial coincide con la prime-
ra Edad del Hierro (750-siglo V a.C.) en
cuyos ajuares funerarios hay escasas
piezas y pocas que indiquen riqueza o
estatus, y no tienen carácter guerrero
porque no aparecen armas. Los pobla-
dos estarían en los mismos lugares que
los de la siguiente etapa, los cuales en-
mascararon las estructuras anteriores.
La segunda etapa ocuparía los siglos IV
y III a.C. Estaría caracterizada por los po-
blados de mayor envergadura, por una
sociedad asentada en una aristocracia
guerrera, debido a la abundancia de ar-
mas en las tumbas, que controlaba los
recursos, y por enterramientos en tum-
bas formadas por un simple hoyo en el
que se colocan las cenizas y el ajuar. La
tercera etapa correspondería a los siglos
II, I a.C. y siglo I d.C. coincidiendo con la
expansión de la cultura celtibérica y los
primeros contactos con los romanos, a
cuya cultura se fue incorporando paula-
tinamente en el cambio de era.
Durante la primera etapa es evi-
dente que sobre un substrato del Bron-
ce Final se van incorporando elementos
nuevos que vienen fundamentalmente
de los valles bajo y medio del Ebro con
raíces en el otro lado de los Pirineos.
Junto al rito de la incineración y la de-
posición de sus restos en una urna, llega
el primer uso del hierro y unas formas
cerámicas bitroncocónicas, carenadas,
típicas de los llamados Campos de Ur-
nas europeos que entran por el nordes-
te de la Península y quizás también por
el oeste hacia Navarra. Estas cerámicas
estaban ricamente decoradas con te-
mas acanalados, impresos e incisos lo-
calizados en el cuello del vaso formando
esquemas geométricos decorativos dis-
puestos en bandas. En Navarra y Rioja
vemos los estadios intermedios antes
de llegar a La Bureba. Los influjos de la
Meseta, donde se desarrolla una cultu-
ra muy específica, llamada del Soto por
el yacimiento epónimo de Soto de Me-
dinilla, junto a Valladolid, parecen muy
escasos y algunos elementos arqueo-
lógicos, por ser casi idénticos, pueden
proceder tanto del sur como del valle
del Ebro, como son las murallas de ta-
pial. El único poblado excavado es el de
La Cerca-Los Llanos
de Soto de Bureba,
en el que bajo los niveles de la segunda
y primera Edad del Hierro aparece una
ocupación del Bronce Final (con cerámi-
cas excisa y de boquique) en la que hay
restos de un muro de tapial apoyado
con postes de madera.
Aparte de los poblados de esta
etapa situados a media altura y que
continuaron en épocas posteriores,
conocemos algo del mundo funerario
debido a las “excavaciones de urgencia”
llevadas a cabo en el pago
Fuentesanz,
la necrópolis del poblado que más tarde
va a ser la importante ciudad indígena
y luego romana:
Tritium Autrigonum,
situada en el
Alto de Rodilla
. Además,
en este lugar se da un hecho impor-
tante porque se superponen cemente-
rios de tres etapas distintas: una de la
primera Edad del Hierro, otra segunda
con enterramientos en hoyo, típicos de
la segunda Edad del Hierro, y una ter-
cera de época romana, porque de ahí
y de tierras limítrofes proceden varias
lápidas funerarias romanas. Incluso
podemos decir más. Las tumbas de la
segunda etapa se ubican en espacios
que no fueron ocupados en la primera,
lo que quiere decir que no hay super-
posición de estructuras funerarias sino
yuxtaposición. Esto significa que el ca-
rácter sagrado y funerario del lugar se
mantenía, en clara referencia al respeto
y culto a los ancestros. El lugar donde
se entierra a los muertos siempre se
destaca del entorno y se encuentra a
Urna “à chardon” de la necrópolis de Fuentesanz,
Monasterio de Rodilla. Museo de Burgos.
Vaso de época celtibérica tardía de Soto de Bure-
ba. Siglo I a.C. Museo de Burgos.
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Vaccea
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rio
la vista del poblado porque la “ciudad
de los muertos”, necrópolis, es tan im-
portante como la de los vivos. En este
caso se sitúa en un espigón del páramo
en el que se encuentra el poblado; en
consecuencia, la necrópolis está perfec-
tamente individualizada, junto a un ca-
mino (luego será la famosa vía Aquitana
romana) y junto a la presencia de agua
para los ritos. El nombre del lugar es ex-
presivo:
Fuentesanz
y al lado
Fuentebe-
za,
de donde proceden algunas lápidas
romanas desplazadas por la pendiente.
El rito funerario está relacionado con
otras áreas de los valles bajo y medio
del Ebro donde se enterraba en estruc-
turas funerarias circulares de piedra,
los túmulos, en cuyo centro se situaban
las cenizas en la urna, las ofrendas y el
ajuar del difunto, tapándose todo con
piedra y tierra formando un túmulo en
cuyo extremo se ubica una lápida fu-
neraria anepígrafa. Cerca de La Bureba
tenemos el referente ritual que es la ne-
crópolis de
La Polera
en Ubierna donde
aparece el mismo rito. Los pequeños
cambios en la necrópolis de Fuentesanz
respecto a
La Polera
, como la estructu-
ra de los túmulos que son más sencillos
en la primera, la aparición de túmulos
de formas cuadrangulares en aquella
y las formas cerámicas que dentro del
mismo tipo son de inferior calidad, nos
están indicando que la burebana es de
cronología más avanzada; es decir, es-
taríamos en las postrimerías del mun-
do de la primera Edad del Hierro, en la
que se han producido unos cambios de
todo tipo que dan paso al mundo que
representa el yacimiento de Miraveche.