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PINTIA
CAMPAÑA XXIV
VERTAVILLO
AUTRIGONES
V
ACCEARTE
BRONCES DE
ADORNO PERSONAL
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Vaccea
Anu
A
rio
nuestros ancestros
S
C
uando se cita a la tribu in-
dígena de los autrigones
nos viene a la memoria
la comarca burgalesa de La Bureba, su
lugar de hábitat y, consecuentemente,
este nombre nos relaciona con el dios
autrigón
Vurovius
del que procede di-
cho topónimo y probablemente el de su
capital
Virovesca
(Briviesca).
El territorio de los autrigones,
como el de otras tribus o
populi
de la
Península Ibérica, no tenía unos límites
precisos y fijos pues fueron cambian-
do con el tiempo. El geógrafo griego
Estrabón (vivió en el cambio de era),
tomando noticias de escritores anterio-
res, decía que pertenecían a los pueblos
del norte de la península a los que con-
sideraba atrasados, con insólitas cos-
tumbres, valerosos y crueles, a los que
la pobreza les obligaba a la práctica del
bandidaje. Será Tito Livio (también vivió
por esas fechas) el que primero utiliza
el nombre de autrigones para designar,
en el año 76 a.C., al pueblo que vive cer-
cano a los berones (La Rioja) del valle
del Ebro. Otros escritores como Floro y
Orosio los diferencian de los turmogos
(valles del Arlanza y Arlanzón) y de los
cántabros los cuales hacen incursiones
en sus tierras para extorsionarlos. Nin-
guno de estos autores hace alusión a
La
comarca de La Bureba, los pasos naturales y las épocas en las que se usaron esos pasos (arriba).
Fíbula de caballo de la necrópolis de Villanueva de Teba. Museo de Burgos (abajo).
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Vaccea
Anu
A
rio
los límites de su territorio, sólo hablan
de sus vecinos. Sin embargo siglos más
tarde, concretamente en el siglo VI d.C.,
en el
Anónimo de Rávena
, se habla de
la
Autrigonia
como una provincia inde-
pendiente del resto de las de Hispania y
Jordanes también la denomina
Autrigo-
nia
. Los vecinos de los autrigones eran
los siguientes: al noroeste estaban los
cántabros, al suroeste los turmogos o
turmódigos, al sureste los pelendones
(montañas sorianas y tierra de pinares
burgalesa) y los berones (La Rioja) y al
nordeste los caristios y los nervios (Viz-
caya y norte de Álava). Su territorio lle-
gaba hasta el mar donde se situaba una
de sus ciudades,
Portus (S)amanus
, lue-
go la cercana
Flaviobriga
romana (Cas-
tro Urdiales). La primera es la localidad
actual de Sámano donde hay un sober-
bio castro o poblado prerromano que
poco tiene que ver con los poblados
de La Bureba. Según esto, la
Autrigo-
nia
iría desde La Bureba, en una banda
paralela, hasta el río Asón (el Sauga de
las fuentes) por el oeste y el Nervión (el
Neroua) por el este. Pero la Arqueolo-
gía demuestra que esto no es cierto, al
menos desde el punto de vista cultural
y de los restos materiales que parecen
expandirse más por la zona occidental
de Álava. En este sentido quizás tenga
razón Ptolomeo (siglo II d.C.) cuando
decía que los vecinos del norte de los
autrigones eran los cántabros quedan-
do, pues, La Bureba como territorio
exclusivo de los autrigones. La cubeta
tectónica de La Bureba hasta Treviño (el
trifinium
o frontera entre autrigones,
berones y caristios) sería el espacio vi-
tal de los autrigones. La ciudad de
Segi-
samunclum
(Cerezo de Río Tirón) era la
más oriental de los autrigones. A poca
distancia se encuentra la ciudad de
Libia
(Herramélluri actual) pero ya era ciudad
berona. Hay dos hechos que redundan
en este planteamiento: por un lado, el
que todas las ciudades autrigonas, sal-
vo
Portus Samanus
, están dentro de La
Bureba; y por otro, que durante la Edad
del Hierro (750-siglo I a.C.), los influjos
a estas tierras vinieron por el valle del
Ebro y por el sur desde la Meseta, zonas
con las que estaban más relacionados.
Eso no quita para que haya dentro de
un mismo pueblo enfoques culturales
distintos.
Según Plinio el Viejo (segunda
mitad del siglo I d.C.) los autrigones te-
nían diez ciudades, que coinciden con
las
civitates
y
mansiones
de los itinera-
rios romanos, algunas de las cuales no
se sabe su ubicación precisa. Casi todas
estaban en La Bureba, salvo las mas
norteñas cono
Portus Samanus
, luego
la
Flaviobriga
romana (Castro Urdiales),
citada antes, y
Uxama Barca
que algu-
nos sitúan en Osma de Valdegobía. Las
demás son
Salionca
(Cerro del Milagro,
Poza de la Sal), luego la
Flavia Augusta
romana,
Vindeleia
(La Cerca-Los Llanos,
Túmulos de finales de la primera
Edad del Hierro en Fuentesanz,
Monasterio de Rodilla.
Urnas de la necrópolis de Fuentesanz con
perfiles claramente de los Campos de
Urnas. Museo de Burgos.
La Bureba y los grandes castros situados en la periferia de la cuenca:
1 y 2 Pancorbo; 3 y 4 Belorado; 5 Cerezo de Río Tirón; 6 y 7 Briviesca; 8 Fresno de Rodilla; 9 Grisaleña;
10 Ibrillos; 11 Miranda de Ebro; 12 Ventosa; 13 Silanes; 14 y 15 Monasterio de Rodilla; 16 Navas de Bu-
reba; 17 Oña; 18 Villanueva de Teba; 19 Pancorbo; 20 Miraveche; 21 Pancorbo; 22 y 23 Poza de la Sal,
24 Rublacedo de Arriba, 25, 26, 27, 28 y 29 Soto de Bureba; 30 y 31Villafranca Montes de Oca.
Triángulo rojo: castros con una extensión superior a las 10 ha.
Autrigones
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rio
Soto de Bureba, o La Llana en Silanes),
Antecuia
(Pancorbo?),
Deobriga
(Arce
Mira-Pérez en Miranda de Ebro),
Viro-
vesca
(Cerro de San Juan y Cerro de los
Pinos, Briviesca),
Segisamunclum
(Val-
demoros, Cerezo de Río Tirón) y
Tritium
Autrigonum
(Alto de Rodilla, Monaste-
rio de Rodilla). Además se deben citar
otros ejemplos cuya situación es más o
menos dudosa, como el caso de
Auca
,
situada en los términos del
Alto de la
Pedraja
o quizás en el Cerro del Castillo
en Villafranca Montes de Oca, que re-
cuperará su importancia en época alto-
medieval con el Camino de Santiago. O
el ejemplo de
Porta Augusta,
que aun-
que Ptolomeo la sitúa entre los vacceos
Ceán Bermúdez la emplaza en Pancor-
bo. Todas ellas son núcleos urbanos de
época romana pero que antes fueron
castros o poblados prerromanos. De
las nueve citadas en primera instancia,
siete se encuentran en La Bureba lo
cual nos indica la riqueza natural de la
comarca y la explotación de sus recur-
sos tanto en época prerromana como
romana, que explican esa densidad ur-
bana. Además, hay que tener en cuenta
otros emplazamientos, tanto prerroma-
nos como romanos, de los que no co-
nocemos su nombre pero fueron impor-
tantes núcleos urbanos por la riqueza
de sus materiales arqueológicos, como
son los casos de
El Castro
de Belorado o
el
Cerro del Castillo
de Ibrillos. A ello hay
que unir pequeños emplazamientos de
carácter no urbano, a modo de alque-
rías o aldeas pequeñas, subsidiarias de
los grandes núcleos de población.
Paisaje y poblamiento en La Bureba
La Bureba es un relieve rehundi-
do rodeado de paisajes de mayor alti-
tud lo que le permite unas condiciones
climáticas más suaves que, unido a la
riqueza de recursos naturales, hace que
sea una comarca rica, como lo demues-
tra la Arqueología. Está cruzada por los
ríos Oca, Oroncillo y, periféricamente, el
Tirón con sus afluentes, con aporte de
agua importante en aquella época. Por
otro lado, es un lugar estratégico por-
que es zona de paso, situado entre dos
espacios naturales muy importantes,
el alto valle del Ebro y la Meseta, que
coincide con el valle del Duero. En con-
secuencia participa de ambos círculos.
Hay unos pasos naturales entre la co-
marca que explican el marco de influjos
culturales producidos en las distintas
épocas. Al noroeste está el desfiladero
de la Horadada, usado en el Paleolítico
(cuevas de Penches, la Blanca y El Caba-
llón). Durante el Neolítico y el Calcolíti-
co es el desfiladero de Pancorbo, situa-
do al nordeste, donde se registran los
más importantes hallazgos. Durante la
Edad del Hierro los nexos de comunica-
ción son dicho desfiladero de Pancorbo
y el corredor de la Rioja (Belorado), am-
bos al nordeste, y el Alto de la Brújula, al
sur, con la Meseta. Estos mismos siguen
durante la época romana. En época vi-
sigoda y alta Edad Media vuelve a ser
el desfiladero de la Horadada con los
asentamientos de Tedeja, Cillaperlata y
los restos junto a la carretera, al que se
une Pancorbo.
En la transición de la Edad del
Bronce a la Edad del Hierro, en el siglo
VIII a.C., se produjo un enfriamiento
del clima que se normalizará poco más
tarde coincidiendo con toda la segunda
Edad del Hierro (siglo IV al siglo I a.C.)
explicando, en parte, la eclosión econó-
Puñal de Miraveche con cuatro discos en la contera.
Museo de Burgos.
Contera de espada de tipo Miraveche o remates de estandartes.
Museo de Burgos.
Autrigones
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rio
mica y material de esta zona, como en
otras de la Península. Son ya los tiem-
pos en los que los autrigones poblaban
estas tierras. En consecuencia, el clima
era más suave y lluvioso, como han de-
mostrado los estudios paleobotánicos
de las excavaciones arqueológicas en el
poblado de Soto de Bureba, las únicas
en la comarca. Los ríos eran más cauda-
losos que hoy, había zonas endorreicas
o lagunas interiores, y la masa forestal
era muy densa, en la que había especies
vegetales de clima mediterráneo y at-
lántico pero, sobre todo, de bosque de
ribera (fresnos, sauces, álamos, chopos,
avellanos, etc). Esto explica, como ha de-
mostrado la Arqueología, que en aque-
llos tiempos la población se distribuía en
la periferia de la comarca, con poblados
situados a una mediana altura quedan-
do las zonas más bajas, las centrales y
las riberas de los ríos, como espacios
naturales en los que la caza, la pesca y
los recursos del bosque eran explota-
dos, como también han confirmado las
citadas excavaciones. Salvo algunas ex-
cepciones, hay que esperar a la llegada
de los romanos para que esos espacios
bajos se ocupen sistemáticamente.
Otro hecho importante en la co-
marca es que prácticamente todos los
poblados de la primera Edad del Hierro
(siglo VIII al V a.C.) continuaron ocupa-
dos durante la segunda Edad del Hierro.
Sólo hay dos excepciones, el castro de
Trulla
en Rublacedo de Arriba y
El Ce-
rro del Castillo
en Monasterio de Rodilla
que fueron abandonados por razones
aún desconocidas. Hay dos casos par-
ticulares; uno de ellos es el de Mirave-
che, donde el poblado de la primera
Edad del Hierro está en una superficie
amesetada alta, de los Montes Obare-
nes, llamada
Castracuño
, pero que en
la segunda Edad del Hierro se desplaza
al pie de dicha altura, situándose en-
frente del pueblo actual donde estaba
la necrópolis. El otro es el castro de
El
Somoro
, poblado de la primera Edad
del Hierro situado al este del desfilade-
ro del río Oca que en la segunda Edad
del Hierro se pasa al otro lado,
Alto de
la Pedraja,
para controlar el paso por el
puerto del mismo nombre. Esto explica
que el cambio de una etapa a otra no
tuvo demasiadas consecuencias porque
es un fenómeno de carácter cultural por
la incorporación de nuevos influjos que
vienen, sobre todo, de la Meseta y del
valle medio del Ebro. Las excavaciones
citadas de Soto de Bureba demuestran,
incluso, que bajo el emplazamiento
de la primera Edad del Hierro hay una
ocupación del Bronce Final. Este hecho
se podría aplicar a todos los demás po-
blados de la Edad del Hierro porque la
presencia de materiales de esa época lo
demuestra. Hay que entender, enton-
ces, que la evolución de la primera eta-
pa a la segunda es un proceso continuo
al que en un momento se han incor-
porado elementos nuevos que quedan
reflejados en la adquisición de nuevos
hábitos sociales, culturales, materiales,
rituales y simbólicos. Este cambio es el
que correspondería a esas gentes que
las fuentes integran en el
populus
o tri-
bu de los autrigones.
Los poblados más importantes
están situados, como hemos dicho, en
la periferia de La Bureba. En el lado nor-
te, a las faldas de los Montes Obarenes
y de este a oeste, están los siguientes:
Peñas de Valcavado
y
Santa Engracia
en Pancorbo controlando el desfilade-
ro por ambos lados,
Castro Ventosa
en
Ventosa-Silanes,
Carranogal
en Mirave-
Poblado de La Cerca, Soto de Bureba, con muralla celtibérica.
Plano de La Cerca o poblado superior de Soto de Bureba de época celtibérica.
Plantas de casas celtibéricas del poblado de Los Llanos o poblado inferior de
Soto de Bureba.
Autrigones
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rio
che y
La Cerca
y
Los Llanos
en Soto de
Bureba. Dominando el desfiladero de
la Horadada encontramos el castro de
El Milagro
en Poza de la Sal, que apro-
vechaba ya la explotación de la sal y las
azuritas del Páramo de Masa. Por el sur,
vigilando el paso a la Meseta en el Puer-
to de la Brújula, está el castro del
Alto
de Rodilla
situado entre Monasterio de
Rodilla, Fresno de Rodilla y Santa María
del Invierno. Por el flanco oriental en-
contramos
El Somoro
y
La Pedraja
en
la parte más sureña controlando otro
paso natural de la Meseta a La Bureba,
el Puerto de la Pedraja. Más al norte es-
tán
El Castro
de Belorado,
Valdemoros
en Cerezo de Río Tirón y
El Castillo
de
Ibrillos. En el centro de la comarca, pero
en una continuación del páramo de la
Sierra de la Cruz, situada al sur, está la
capital de los autrigones,
Virovesca
, en
los pagos
Cerro de San Juan
y
Monte de
los Pinos
, al sur de la villa. La mayoría
de estos poblados alcanzaron un desa-
rrollo grande pues llegaron y superaron
las 10 hectáreas; algunos, incluso, como
el
Alto de Rodilla
pudo tener 40 hectá-
reas siendo, quizás, el mayor de todos.
No tienen las 50, 70 ó 100 hectáreas de
otros de la Península pero hemos de
tener en cuenta que, en esta comarca,
todos están muy próximos y circunscri-
tos a un área muy reducida; en conse-
cuencia, la densidad de población era
relativamente mayor que en otras áreas
lo que se explica por la riqueza de sus
recursos naturales.
Si en el paso de la primera a la se-
gunda Edad del Hierro no hubo cambios
en la ubicación de los poblados, cuando
llegaron los romanos la mayoría de es-
tos castros continuaron habitándose y
acabaron convirtiéndose en
mansiones
de una de las vías más importantes de
la Península o en ciudades romanas. En
los comienzos de la Edad Media las co-
sas cambiaron sustancialmente.
Los orígenes históricos de los autrigones.
Siglos VI-V a.C.
Durante la Edad del Hierro en La
Bureba podemos distinguir tres etapas
que implican estados sociales y cultura-
les diferentes. La información viene de
las escasas excavaciones en poblados
(la única en el de Soto de Bureba exca-
vado por nosotros) y de los ajuares de
las necrópolis conocidas (Monasterio de
Rodilla, Miraveche, Villanueva de Teba).
La etapa inicial coincide con la prime-
ra Edad del Hierro (750-siglo V a.C.) en
cuyos ajuares funerarios hay escasas
piezas y pocas que indiquen riqueza o
estatus, y no tienen carácter guerrero
porque no aparecen armas. Los pobla-
dos estarían en los mismos lugares que
los de la siguiente etapa, los cuales en-
mascararon las estructuras anteriores.
La segunda etapa ocuparía los siglos IV
y III a.C. Estaría caracterizada por los po-
blados de mayor envergadura, por una
sociedad asentada en una aristocracia
guerrera, debido a la abundancia de ar-
mas en las tumbas, que controlaba los
recursos, y por enterramientos en tum-
bas formadas por un simple hoyo en el
que se colocan las cenizas y el ajuar. La
tercera etapa correspondería a los siglos
II, I a.C. y siglo I d.C. coincidiendo con la
expansión de la cultura celtibérica y los
primeros contactos con los romanos, a
cuya cultura se fue incorporando paula-
tinamente en el cambio de era.
Durante la primera etapa es evi-
dente que sobre un substrato del Bron-
ce Final se van incorporando elementos
nuevos que vienen fundamentalmente
de los valles bajo y medio del Ebro con
raíces en el otro lado de los Pirineos.
Junto al rito de la incineración y la de-
posición de sus restos en una urna, llega
el primer uso del hierro y unas formas
cerámicas bitroncocónicas, carenadas,
típicas de los llamados Campos de Ur-
nas europeos que entran por el nordes-
te de la Península y quizás también por
el oeste hacia Navarra. Estas cerámicas
estaban ricamente decoradas con te-
mas acanalados, impresos e incisos lo-
calizados en el cuello del vaso formando
esquemas geométricos decorativos dis-
puestos en bandas. En Navarra y Rioja
vemos los estadios intermedios antes
de llegar a La Bureba. Los influjos de la
Meseta, donde se desarrolla una cultu-
ra muy específica, llamada del Soto por
el yacimiento epónimo de Soto de Me-
dinilla, junto a Valladolid, parecen muy
escasos y algunos elementos arqueo-
lógicos, por ser casi idénticos, pueden
proceder tanto del sur como del valle
del Ebro, como son las murallas de ta-
pial. El único poblado excavado es el de
La Cerca-Los Llanos
de Soto de Bureba,
en el que bajo los niveles de la segunda
y primera Edad del Hierro aparece una
ocupación del Bronce Final (con cerámi-
cas excisa y de boquique) en la que hay
restos de un muro de tapial apoyado
con postes de madera.
Aparte de los poblados de esta
etapa situados a media altura y que
continuaron en épocas posteriores,
conocemos algo del mundo funerario
debido a las “excavaciones de urgencia”
llevadas a cabo en el pago
Fuentesanz,
la necrópolis del poblado que más tarde
va a ser la importante ciudad indígena
y luego romana:
Tritium Autrigonum,
situada en el
Alto de Rodilla
. Además,
en este lugar se da un hecho impor-
tante porque se superponen cemente-
rios de tres etapas distintas: una de la
primera Edad del Hierro, otra segunda
con enterramientos en hoyo, típicos de
la segunda Edad del Hierro, y una ter-
cera de época romana, porque de ahí
y de tierras limítrofes proceden varias
lápidas funerarias romanas. Incluso
podemos decir más. Las tumbas de la
segunda etapa se ubican en espacios
que no fueron ocupados en la primera,
lo que quiere decir que no hay super-
posición de estructuras funerarias sino
yuxtaposición. Esto significa que el ca-
rácter sagrado y funerario del lugar se
mantenía, en clara referencia al respeto
y culto a los ancestros. El lugar donde
se entierra a los muertos siempre se
destaca del entorno y se encuentra a
Urna “à chardon” de la necrópolis de Fuentesanz,
Monasterio de Rodilla. Museo de Burgos.
Vaso de época celtibérica tardía de Soto de Bure-
ba. Siglo I a.C. Museo de Burgos.
Autrigones
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rio
la vista del poblado porque la “ciudad
de los muertos”, necrópolis, es tan im-
portante como la de los vivos. En este
caso se sitúa en un espigón del páramo
en el que se encuentra el poblado; en
consecuencia, la necrópolis está perfec-
tamente individualizada, junto a un ca-
mino (luego será la famosa vía Aquitana
romana) y junto a la presencia de agua
para los ritos. El nombre del lugar es ex-
presivo:
Fuentesanz
y al lado
Fuentebe-
za,
de donde proceden algunas lápidas
romanas desplazadas por la pendiente.
El rito funerario está relacionado con
otras áreas de los valles bajo y medio
del Ebro donde se enterraba en estruc-
turas funerarias circulares de piedra,
los túmulos, en cuyo centro se situaban
las cenizas en la urna, las ofrendas y el
ajuar del difunto, tapándose todo con
piedra y tierra formando un túmulo en
cuyo extremo se ubica una lápida fu-
neraria anepígrafa. Cerca de La Bureba
tenemos el referente ritual que es la ne-
crópolis de
La Polera
en Ubierna donde
aparece el mismo rito. Los pequeños
cambios en la necrópolis de Fuentesanz
respecto a
La Polera
, como la estructu-
ra de los túmulos que son más sencillos
en la primera, la aparición de túmulos
de formas cuadrangulares en aquella
y las formas cerámicas que dentro del
mismo tipo son de inferior calidad, nos
están indicando que la burebana es de
cronología más avanzada; es decir, es-
taríamos en las postrimerías del mun-
do de la primera Edad del Hierro, en la
que se han producido unos cambios de
todo tipo que dan paso al mundo que
representa el yacimiento de Miraveche.
Además, hay otro dato significativo:
las urnas de los túmulos y de algunas
tumbas en hoyo son del mismo tipo, es
decir, forma bitroncocónica, carenada
y con decoración acanalada, impresa e
incisa. Esto nos indica que los dos ritos
convivieron durante un tiempo y nos es-
tán marcando el cambio hacia las nue-
vas formas que introducen un periodo
nuevo, caracterizado por una sociedad
guerrera y aristocrática que representa
el mundo de Miraveche.
Además de los túmulos, las for-
mas de las urnas nos remiten otra vez al
valle medio del Ebro y, por ende, al otro
lado de los Pirineos: los Campos de Ur-
nas. Son urnas de tamaño grande, alto
pie, cuerpo troncocónico, cuello con
amplia carena donde se ubica la rica de-
coración acanalada e impresa, dispues-
ta de forma periférica formando esque-
mas geométricos.
El Redal
en la Rioja y
Cortes de Navarra
en Navarra son los
referentes más inmediatos, además de
los Campos de Urnas de Cataluña.
Por otro lado, hay elementos
específicamente metálicos que nos re-
lacionan con el mundo del sur de la Pe-
nínsula. De prospección proceden par-
ticularmente dos objetos específicos:
una placa de cinturón romboidal o de
escotaduras abiertas y una fíbula de do-
ble resorte de puente romboidal. Este
contexto arqueológico está relacionado
con los pueblos de la zona oriental de
la Meseta, concretamente lo que se lla-
ma Fase I de A. Lorrio o el Celtiberismo
Antiguo del ámbito de las necrópolis de
M.L. Cerdeño y R. García Huerta, cuyos
restos materiales son muy parecidos a
los nuestros. Esta etapa de la transición
entre la primera y la segunda Edad del
Hierro está muy bien representada, y
posiblemente en contacto con La Bure-
ba, por el yacimiento que está a pocos
Puñal típico de la necrópolis de Villanueva de Teba. Museo de Burgos.
Espuela de la necrópolis de Villanueva de Teba. Museo de Burgos.
Autrigones
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rio
kilómetros al sur de La Bureba y que
fue excavado en la década de los 40 del
siglo XX. Nos referimos al castro de la
Peña de Lara en el que el mundo ma-
terial encaja en este contexto que veni-
mos definiendo: broches de cinturón de
tipo romboidal, broches de escotaduras
cerradas y tres garfios, fíbulas de doble
resorte de diferentes tipos, torques de
bronce, collar de aretes de morcillón y
junco hueco, etc.
Las transformaciones sociales. La socie-
dad aristocrática guerrera autrigona.
Siglos IV y III a.C.
A finales del siglo V e inicios del
IV a.C. asistimos a un cambio significa-
tivo, que viene producido con la conca-
tenación de una serie de causas: caída
del comercio tartésico, con lo que se
rompe el eje comercial sur-norte; la cri-
sis interna de las estructuras de poder
tradicionales, que evolucionan hacia
una sociedad aristocrática y guerrera;
la presión de población celtibérica de
zona oriental de Meseta que conoce
una fuerte expansión. Esto se traduce
en un incremento de población con un
mayor número de poblados, concentra-
ción de la población en grandes castros,
construcción de grandes murallas y sis-
temas defensivos (fosos, torres), gene-
ralización de la incineración en hoyos,
extensión del uso del hierro, aumento
de la producción agrícola por un clima
más suave y nuevas técnicas de culti-
vo y una diversidad regional. En León y
Zamora continúa la fase de plenitud de
Soto de Medinilla; en el norte de Palen-
cia y Burgos se produce una eclosión de
la metalurgia con la cultura Monte Ber-
norio-Miraveche; en Salamanaca, Ávila
y Segovia se produce la llamada Cultura
de los Verracos; en la parte oriental de
la Meseta el mundo celtibérico ha llega-
do a su fase de plenitud; y en el centro
del Duero se desarrolla en el llamado
mundo protovacceo. Es quizás en estos
momentos cuando se constituyen los
llamados por las fuentes
populi
o tribus,
cuyos nombres nos han transmitido las
fuentes romanas, entre ellas los autri-
gones.
Esta fase es la que llaman en al-
gunas zonas de la Meseta la plena Edad
del Hierro que precede al mundo cel-
tibérico. Esta nueva sociedad se carac-
teriza por una organización social bien
jerarquizada, que se ve en los ajuares
de las tumbas, por unos cambios en la
explotación agrícola y ganadera debido
a nuevas prácticas en la explotación y
nuevos mecanismos en la transmisión
de la herencia, por la aparición de los
oppida
o núcleos de población grandes,
en torno a las 10 hectáreas o más, en
los que se centran las actividades social,
política y económica dando origen a las
ciudades de las fuentes, llegando a ser
importantes centros de distribución de
productos. Quizás, además de los as-
pectos señalados, las dos característi-
cas fundamentales de esta fase sean la
aparición de un poblamiento regional o
comarcal perfectamente jerarquizado y
la aparición de una organización interna
compleja de esos poblados. Estos rasgos
se harán más evidentes con la celtiberi-
zación.
El desarrollo de la metalurgia fue
el rasgo más llamativo, característica
impuesta por las condiciones del nuevo
ritual de enterrar con las armas, y por
la aparición de material profesional en
los poblados vinculados a la agricultura
y a otras actividades productivas. Pero
serán las armas el capítulo más sobre-
saliente, porque la dinámica interna de
estas sociedades explica la variedad re-
gional de modelos alcanzando un alto
grado de perfección técnica y estética,
bien a través de la inspiración en mode-
los exteriores, heredados del pasado, o
de creaciones autóctonas. La abundan-
cia de mineral de hierro y el desarrollo
de los talleres de fundición facilitaron
este desarrollo. En una vivienda del
castro de Soto de Bureba se han encon-
trado muchas escorias y restos de fun-
dición incluso en la calle adyacente, que
nos recuerda a otros poblados astures
de la provincia de León como
La Corona
de Corporales o el
Castrelín
de San Juan
de Paluezas. Por ser objetos muy llama-
tivos, los estudios tipológicos han abun-
dado desde fechas antiguas alcanzando
un alto nivel de especialización. Las es-
padas llegaron a un alto desarrollo re-
gional, de ahí la gran variedad de tipos.
Ninguno de estos modelos meseteños o
ibéricos aparecen en La Bureba porque
tenían su tipo específico, el de
gavilanes
curvos
o espada
tipo Miraveche,
cuya
difusión sólo llegó, de momento, hasta
Palenzuela en Palencia y Padilla de Due-
ro en Valladolid, amén de la de Can Can-
yis en Cataluña. Con los puñales ocurre
lo mismo, pero en estas tierras del norte
de Burgos y de Palencia nace el esque-
ma del puñal más específico de toda la
Meseta y el alto valle del Ebro, conocido
a través de los yacimientos de Monte
Bernorio en Palencia y Miraveche en
Fíbula de cazoleta ricamente decorada de la necrópolis de Villanueva de Teba.
Museo de Burgos.
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Burgos, porque ambos yacimientos se
excavaron en fechas muy antiguas, a fi-
nales del XIX el primero y a comienzos
del XX el segundo. De ahí el nombre de
puñal tipo Monte Bernorio
. Pero la apa-
rición de algunos elementos del pomo
de este puñal tanto en la necrópolis de
Ubierna como en la de Monasterio de
Rodilla, ambas en enterramientos de tú-
mulo, nos permiten apuntar que serían
las muestras más antiguas del modelo.
Estas armas estaban, algunas, ricamen-
te decoradas con nielados y damasqui-
nados de oro, plata o bronce, indicán-
donos que pertenecían a gente de alto
estatus social o eran objetos de presti-
gio que mostraban ese estatus.
Esa metalurgia se manifestó
también en otro tipo de producciones
que se engloban en el apartado de ob-
jetos de adorno, siendo las fíbulas o
imperdibles y los broches de cinturón
los capítulos más importantes. Todos
ellos están hechos en bronce, salvo
raras excepciones. Las fíbulas, como
objetos para sujetar el manto de lana
fundamentalmente, son las piezas que
alcanzan mayor variedad de tipos. Las
denominadas de apéndice de botón y
de apéndice turriforme, las de cazoleta
(específicas de La Bureba), las anula-
res hispánicas, las zoomorfas, etc. son
tipos habituales en estas necrópolis y
poblados, alcanzando un alto desarrollo
de la decoración con un gusto barroco
a través de nielados y damasquinados,
queriendo decorarlo todo y crear la sen-
sación de volumen a través de aplicacio-
nes de láminas y roblones de diversos
tipos. Con las placas de cinturón ocurre
lo mismo. En esta fase, derivados de los
modelos llamados genéricamente célti-
cos y de algunos sureños, como el tipo
romboidal que vimos en Monasterio de
Rodilla, hay dos tipos que alcanzaron
gran éxito y están presentes en muchos
yacimientos. Por un lado está el mode-
lo alargado, con calados en el centro y
cabecera bicóncava, con rica decoración
troquelada y estampada, el cual recibe
el nombre de
tipo Bureba
porque la ma-
yoría de las piezas conocidas en el ám-
bito céltico son de este comarca. Su ex-
traordinaria longitud, más de 30 cm en
algunos casos, hace pensar que fuesen
objetos hechos específicamente para el
ajuar funerario. Por otro lado están las
placas rectangulares
o de
tipo ibérico
porque proceden de ese ámbito cultu-
ral, también ricamente decoradas con
troquelados y estampadas, además de
nielados y damasquinados, cosa que no
tenían las de tipo Bureba. Estas placas
sustituyen totalmente a las anteriores
en la Meseta en unas fechas centradas
a finales del siglo III-inicios del II a.C.
Estos objetos nos indican un
gran desarrollo del artesanado, de los
profesionales de la fundición y de la
metalurgia, con unos talleres de los que
aún no se han encontrado restos, pero
por analogía con los de otras zonas po-
demos señalar que eran expertos.
Durante esta fase es cuando pa-
recen definirse los
populi
o tribus de las
que hablan las fuentes clásicas: autri-
gones, berones, pelendones, arévacos,
turmogos o turmódigos, vacceos, vetto-
nes, lusitanos, etc. destacando, algunos,
por su valor ante la ocupación romana.
Este proceso de cambio se regis-
tra también en otras zonas, siendo un
hecho general que deriva a peculiarida-
des regionales específicas. En el mundo
del valle del Duero coincide con la fase
denominada
Cogotas II,
cuyo elemento
distintivo es la cerámica con decoración
a peine y la aparición de los grandes
poblados vacceos (Medina del Campo,
Padilla de Duero, Olivares de Duero,
etc.). En el área vettona (Las Cogotas,
Chamartín de la Sierra, etc) y lusitanos
(Sanchorreja, El Berrueco, etc.) corres-
pondería a la Fase I del armamento
vettón, representada por espadas de
antenas atrofiadas, de frontón, falcatas,
puntas de lanza muy largas, soliferra,
cuchillos afalcatados, cascos y discos
corazas y la cerámica con decoración a
peine. En el área oriental de la Mese-
ta y en el alto Jalón se vincula con las
Dos grandes placas de la necrópolis de Villanueva de Teba. Museo de Burgos.
Fíbula anular hispánica ricamente decorada de la necrópolis de Villanueva de Teba. Museo de Burgos.
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etapas de los guerreros aristocráticos
(siglos V-IV a.C.) y de los arévacos (siglos
IV y III a.C.) o
Celtiberismo Pleno
, con el
desarrollo de la Fase IIA armamentística
de Lorrio. En la llanura alavesa coincide
con el Hierro Medio y la eclosión meta-
lúrgica de yacimientos como La Hoya,
Carasta y Caranca. Estos yacimientos
están muy relacionados con los de La
Bureba en cuanto que las armas son del
mismo estilo, salvo las espadas. La llega-
da de influjos ibéricos como el torno del
alfarero aceleraron este proceso.
El yacimiento exponente de este
marco social es la necrópolis de
Las Eras
de Miraveche, cuyo poblado se encuen-
tra en la falda de los Montes Obarenes,
en el término denominado
Carranogal
.
El cementerio, o la mayor parte de él,
fue excavado en los años 1935 y 1936
por Matías Martínez Burgos, director
del Museo, y José de Luis Monteverde,
comisario de excavaciones, sacando a la
luz 86 tumbas.
De todos los objetos encontra-
dos en la necrópolis distinguimos dos
por sus connotaciones culturales y cro-
nológicas. En primer lugar las cuatro
conteras de espada tipo Miraveche, se-
gún M. Martínez Burgos y J. Luis Monte-
verde, los excavadores del yacimiento,
que para Almagro son
signa equitum
,
estandartes de caballeros. En segundo
lugar una fíbula denominada de
largo
pasador sin espiras,
porque es un mo-
delo importado de otras tierras.
Respecto a los estandartes, tam-
bién llamados
signa equitum
o estan-
dartes de caballería, tienen preceden-
tes en el mundo del Hallstatt europeo,
los cuales tienen forma de hacha. En el
mundo celtibérico aparecen represen-
tados prótomos
de caballo como
en Numancia. El
caballo era el em-
blema aristocráti-
co y el estandarte
el signo de la au-
toridad. Pero estos
estandartes de Mi-
raveche, símbolos
de una ideología
ecuestre, son dis-
tintos a los poste-
riores celtibéricos.
Esta diferencia radica
en que la representación
de las piezas burebanas enla-
za con otros contextos distintos y
habría que plantearse la posibilidad
de una representación abstracta de un
carro votivo en visión cenital.
La otra pieza, la fíbula de largo
travesaño sin espiras, si bien presenta
elementos que enlazan con el mundo
ibérico o quizás lateniense, como la in-
crustación sobre el pie y una decoración
específica de ambientes célticos comu-
nes en toda la Meseta, estos rasgos que
le dan nombre proceden de un ámbito
muy distinto como es la Cultura Cas-
treña del noroeste hispánico. En esas
tierras gallegas, la expansión de ese
modelo de fíbula abarca el siglo IV a.C.,
cuando se desarrolla la fase plena de
dicha cultura. Algunos ejemplares me-
seteños parecen apuntar cronologías
más avanzadas, incluso muy avanzadas.
En cualquier caso demuestran unas vin-
culaciones culturales, producto de unas
relaciones comerciales, probablemente
muy esporádicas, que permitieron la fa-
bricación de un modelo mixto. En este
contexto podrían encajar los torques
de oro de Jaramillo Quemado (Burgos),
más tardíos, que denotan una clara in-
fluencia de la orfebrería del noroeste
hispano.
Este mundo de Miraveche será sus-
tituido progresivamente por un proceso
que se había iniciado siglos antes en la par-
te oriental de la meseta: el celtiberismo.
La celtiberización y el mundo de Villa-
nueva de Teba: individualidad autrigona
Los profundos cambios que se
introducen con el fenómeno celtibérico
hay que entenderlos como un proceso
de asimilación creativa. Sobre el mundo
de Miraveche, que es lo más específico
de lo que pudo ser el mundo autrigón,
se sobreponen estas novedades. Estos
cambios, novedosos y rápidos, son el
torno del alfarero, el uso generalizado
del hierro para diversos tipos de útiles,
los molinos circulares, algunos tipos de
armas y objetos suntuarios, la escritu-
ra, la moneda, la orfebrería celtibérica,
etc., que alteraron el modo de vida de
aquellas gentes. Su origen está inex-
cusablemente en los pueblos ibéricos.
Todo este proceso, que desde la Celti-
Arracadas o pendientes de oro del castro de Cerezo de
Río Tirón. Museo de Burgos.
Torques de plata celtibéricos de Monasterio de Rodilla. Museo de Burgos.
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beria original llega por la Meseta y el
valle del Ebro a La Bureba, se manifestó
sobre todo en las zonas sedimentarias,
siendo las áreas montañosas (loras y
sierras) más reticentes a incorporar
estos cambios. Por otro lado, fue un
proceso rápido pues en La Bureba no
encontramos una fase intermedia, de
transición (como en Padilla de Duero,
Soto de Medinilla, Roa de Duero) de
una a otra, como en otras zonas de la
provincia burgalesa, sino que fue rápido
e intenso, incorporándose los avances
técnicos de la llamada
fase de plenitud
celtibérica
(200-75 a.C.).
Para La Bureba habría que pen-
sar que en el siglo II el proceso ya es-
taba perfectamente consolidado por la
fuerte presencia de esa fase de pleni-
tud, conocido a través de las cerámicas
torneadas. Pero hemos de decir que
nos encontramos en una zona margi-
nal del fenómeno celtibérico, donde de
momento no hemos podido constatar
la presencia de producciones cerámi-
cas estampilladas céreas (de imitación
de vasos metálicos), negras bruñidas,
aunque sí están presentes en el centro
y sur de la provincia burgalesa. Durante
esta etapa sigue sin ocuparse el centro
de la cubeta, situándose los poblados
en su periferia y a media altura. El úni-
co poblado en el que se conoce por las
excavaciones la seriación cultural de las
fases de plenitud y tardía celtibéricas es
el de
Los Llanos,
en Soto de Bureba. En
los demás, las recogidas de materiales
superficiales imponen muchas trabas.
De cualquier manera, todavía no hay
información suficiente para establecer
unas seriaciones y comparaciones con
otras zonas en las que estos materiales
se conocen mejor, tanto de la provincia
burgalesa ―área turmódiga (Castroge-
riz), o vaccea (Roa)―, como en la zona
berona (Herramélluri). La etapa de ple-
nitud, en Soto de Bureba, está repre-
sentada por los niveles IIIa y IIIb. Pero
habría que señalar que el segundo sería
más específico de esa fase. Las produc-
ciones cerámicas torneadas de gran ta-
maño (tinajas) o de mediano y peque-
ño, como las de producciones comunes
a mano, encajan en los modelos espe-
cíficos celtibéricos. Los más significados
son los perfiles llamados “de palo de
golf” y de “cabeza de pato”, muy repre-
sentados en Soto de Bureba, pero tam-
bién hay cuencos, boles, aunque pocas
copas. Lo que sí es seguro es que hay
un urbanismo perfectamente asentado
con casas de estructura tripartita orga-
nizadas en manzanas y calles, incluso
alguna plaza circular, estando empedra-
das en ambos casos. La orfebrería sería
la máxima expresión de la riqueza y el
desarrollo de estas tierras: los tres tor-
ques de plata de Monasterio de Rodilla
y las arracadas de Cerezo de Río Tirón
son clara muestra de ello.
La necrópolis de Villanueva de
Teba vino a abrir otro horizonte pecu-
liar respecto a las áreas circundantes y
como elemento individualizador de la
tribu de los autrigones. La ausencia de
armas en las tumbas, el tipo exclusivo
de puñal, las placas ibéricas troquela-
das, las fíbulas de cazoleta y anulares
hispánicas de concepción barroca, la
importancia de la caballería, etc., con
algunos elementos romanos, son as-
pectos de esa individualidad, pero no
es algo único de un yacimiento, porque
este marco referencial aparece también
en otros yacimientos como las necrópo-
lis de Soto de Bureba y Monasterio de
Rodilla.
Los autrigones y los romanos
Qué duda cabe que el contacto
con los romanos en estas tierras fue
tardío y su romanización más todavía.
Pero es tesis admitida que los primeros
Una de las aras dedicadas al dios autrigón
Vurovius
, de Barcina de los Montes.
Museo del Monasterio de Oña.
Fíbula romana de dos leones del castro de Ibrillos.
Museo de Burgos.
Estela funeraria en forma de casa de época romana, autrigona, de Poza de la Sal.
Museo de Burgos.
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contactos pudieron ser a raíz de
la guerra de Numancia, cuando
Escipión pasó por estas tierras
camino de la ciudad arévaca
remontando la vía del río Ar-
lanza, según había previsto
Schulten hace tiempo. Des-
pués de las guerras cánta-
bras el proceso debió gene-
ralizarse.
Lo que sí es eviden-
te es que todos los poblados
indígenas continuaron habi-
tados y se convirtieron en ciu-
dades o mansiones de las vías,
porque le interesaba a la admi-
nistración romana, además de
los recursos naturales de la zona.
Estos territorios no fueron hostiles
a los romanos y se integraron pa-
cíficamente admitiendo la autoridad
romana. Dos grandes vías peninsulares
se cruzaban en La Bureba: la vía Aquita-
na (
Asturica/
Astorga
-Burdigalam
/Bur-
deos) y la de Italia en
Hispania
(
Asturi-
ca-Virovesca-Tarraco-Roma
). Sin duda
en este proceso inicial de romanización
tuvieron mucho que ver los soldados ro-
manos, como nos lo demuestran piezas
asociadas a ellos encontradas en Soto
de Bureba, Belorado e Ibrillos, y el con-
siguiente proceso de municipalización,
que queda registrado por la epigrafía en
una zona rica y bien comunicada.
Consecuencia de su actitud ante
los romanos y el ser una zona muy nor-
teña, se produjo un mantenimiento de
usos y costumbres indígenas como de-
muestra la Arqueología. Quizás los dos
elementos individualizadores de esta
permanencia sean el mantenimiento
de la onomástica indígena hasta bien
avanzado el siglo II y el III d.C., y los
conjuntos de estelas funerarias de Poza
de la Sal (
Salionca-Flavia Augusta
) y Be-
lorado. En el primer caso, esas estelas
funerarias de roca caliza tienen forma
de casa con símbolos célticos (crecien-
te lunar, aves, símbolos solares) que
conviven en la necrópolis de Poza de la
Sal junto a otros tipos típicamente ro-
manos: sarcófagos, tumbas hechas con
tégulas, etc. Carecen de inscripción fu-
neraria, cosa típica de los romanos. Po-
dría decirse que esta individualización
de las tumbas pertenece a autrigones
de época romana. Las estelas funerarias
de Belorado, con inscripciones típica-
mente romanas aunque la homonimia
es tanto indígena como romana, están
hechas sobre grandes cantos de río, lo
cual manifiesta una personalidad muy
grande. Tanto en un caso como en otro
se observa una mezcla de usos romanos
e indígenas.
La cristianización de La Bureba y el fin
de los autrigones
La religiosidad indígena se mani-
festaba a través de divinidades, lugares
y objetos sagrados y santuarios. La Bu-
reba y los autrigones, como otras tri-
bus, tenían sus dioses y un importante
santuario, tan importante como otros
de Hispania: Panoias, Capote, Ulaca,
Postoloboso, Peñalba de Villastar, etc.
Son santuarios de frontera, centrales,
urbanos, domésticos que continuaron
en época romana. El más importante
de La Bureba (aunque hubo otros que
se cristianizaron) fue el situado en Bar-
cina de los Montes, dedicado al dios
Vu-
rovius,
perpetuado por cuatro lápidas
de época romana a él dedicadas, por la
construcción de una ermita cristiana de-
dicada a Santa Eulalia (santa hispana) y
porque dio nombre a la comarca. Estos
datos nos dicen que permaneció vigen-
te hasta muy tarde y su desaparición (y
de los restos de indigenismo) tuvo que
ver con la difusión del cristianismo.
Este proceso de sustitución del
paganismo por el cristianismo es muy
bien conocido en la parte oriental del
imperio romano y en occidente no de-
bió ser muy diferente. Parece demos-
trado (por documentos episcopales y
por los sarcófagos paleocristianos de La
Bureba) que en el siglo V, quizás desde
finales del IV, el cristianismo estaba ya
presente en La Bureba a través del fe-
nómeno eremítico (eremitorios al otro
lado de los Obarenes como San Mamés)
y luego por la influencia de San Millán
(Emiliano) que desde el monasterio de
la Cogolla cristianizará Cantabria. La
sustitución del
nemeton
o lugar sacrali-
zado dedicado a
Vurovius
por una igle-
sia construida a Santa Eulalia, una santa
visigoda y por lo tanto hispana, fue el
hecho simbólico de la desaparición del
mundo indígena en esta comarca. Sus
destinos, a partir de ahora y manteni-
dos a pesar del potente poso romano,
irán por otro camino.
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Universidad Nacional de Educación a Distancia
Hermann Parzinger
Stiftung Preussischer Kulturbesitz
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Estela funeraria de época romana sobre un gran
canto rodado. Belorado. Museo de Burgos.
Autrigones