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LOS ASTURES
NUESTROS ANCESTROS
CUÉLLAR
CIUDADES VACCEAS
PINTIA CAMPAÑA XXII
EXCAVACIONES EN LAS RUEDAS Y
EN LOS FOSOS DE LAS QUINTANAS
PRODUCCIONES VACCEAS
LA CERÁMICA
LOS TESOROS PRERROMANOS
DE PALENCIA
PINTIA EN LA SENDA
DEL DUERO

02 Nuestros ancestros
16 5
Astures, Asturia, una controversia histórica
En el momento del contacto con
Cartago y Roma, algunas poblaciones de
la Península Ibérica tenían unas caracte-
rísticas que les valieron la denominación
de ‘pueblos’. Así sucedió, por ejemplo,
con los vacceos, quienes en fechas tan
tempranas como el final del siglo III a.C.
o los comienzos del II a.C., van a ser re-
petidamente mencionados por los tex-
tos clásicos. En cambio, los astures no
aparecerán citados hasta un momento
mucho más tardío, cuando sean narra-
das las duras guerras que Roma hubo de
llevar a cabo entre los años años 29 y 19
antes de Cristo para completar la con-
quista del territorio peninsular, some-
tiendo para ello a los cántabros, los
astures y los galaicos.
De este modo, la mayoría de las
fuentes clásicas, tanto literarias como
epigráficas, que se refieren a los astures
lo hacen en la época imperial en la que
ya habían sido dominados e integrados
desde el punto de vista administrativo
en un amplio espacio, el llamado Con-
ventus Asturum, que tenía como capital
una ciudad fundada al efecto por el em-
perador Augusto y que recibió por ello
la denominación de Asturica Augusta,
cuyos restos se conservan todavía en la
actual Astorga (León). La ubicación de
Astúrica respondía a la necesidad de ar-
ticular ese enorme territorio que com-
prendía casi completamente lo que hoy
son Asturias, León y la parte de Zamora
que está a poniente del Esla y al Norte
del Duero; además, en ese vasto territo-
rio también se integraban un pequeño
sector orensano y una buena parte de la
región portuguesa de Tras-os-Montes,
en torno a Braganza. Dentro de esa re-
gión tan dilatada —Asturia empezarán
a llamarla también los romanos—, el
funcionamiento económico y adminis-
trativo debió de producir una cierta sub-
división entre los astures augustanos y
los astures transmontanos, respectiva-
mente al sur y al norte de la cordillera
cantábrica.
Ese estado de cosas correspon-
diente a la época romana ha servido
como punto de partida para la investiga-
ción tradicional, que ha venido acep-
tando que el poder imperial mantuvo a
los astures asentados en su solar primi-
genio, imponiéndoles, eso sí, las estruc-
turas políticas y organizativas romanas.
De esta forma, se ha supuesto que el te-
rritorio definido por Roma respondería
en líneas generales al que había venido
perteneciendo a los indígenas durante
su existencia independiente. Actual-
mente, sin embargo, hay bastantes indi-
cios que permiten dudar de esa
correspondencia; por ello, alguna vez se
ha llegado a afirmar que quienes en
tiempos prerromanos se hallaban esta-
blecidos al norte de la cordillera Cantá-
brica en la actual Asturias pudieron ser
en realidad los cántabros y los galaicos;
e incluso se ha propuesto que tal vez no
existieron unos astures prerromanos en
el sentido unitario —un pueblo com-
pacto, homogéneo—, sino una serie de
grupos más pequeños, heterogéneos,
incluso sin buenas relaciones entre sí,
LOS ASTURES

175
pero que fueron reunidos forzosamente
en una circunscripción creada en virtud
de los intereses de los conquistadores,
que dieron entonces a la totalidad el
nombre de un grupo concreto. En este
sentido, podría hablarse de una creación
(inventio) romana de Asturia y de los
propios astures, cuyos antecedentes in-
dígenas quedaron bastante difumina-
dos. Pero aunque esta idea de la
profunda transformación operada por
Roma se ha ido abriendo paso, lo cierto
es que ni siquiera es posible señalar si
aquellos que en un principio se denomi-
naban astures eran un grupo situado al
norte o al sur de la cordillera. Hay im-
portantes razones para defender que
eran los establecidas cerca del río Astura
—el Esla—, pues en esta zona se desa-
rrollaron los acontecimientos bélicos
más importantes, pero también hay
algún argumento para considerar que
fueron más bien los establecidos en la
zona donde se fundó Lucus Asturum, es
decir, en las cercanías de la actual
Oviedo.
Los astures y sus características arqueológicas
Saltando por encima de esos
problemas, aceptaremos que todo ese
ámbito geográfico mencionado entre el
Cantábrico y el Duero, con su enorme ta-
maño y variados ecosistemas, pudo
constituir en los últimos siglos antes de
Cristo —finales de la Edad del Hierro—
una misma área cultural, y trazaremos
de forma tentativa su caracterización ar-
queológica. La tarea no es sencilla, no
tanto por la fragmentación de los es-
fuerzos investigadores, sino por razones
objetivas, sin olvidar que las poblaciones
que vivieron sucesivamente en unas y
otras zonas venían integrándose ya
desde el segundo milenio a.C. en tradi-
ciones culturales diferentes, el denomi-
nado Bronce Atlántico o las culturas del
mundo meseteño.
En realidad —y de ahí las sospe-
chas de que había una gran diversidad
en esas poblaciones— apenas pueden
reconocerse unos pocos rasgos comunes
a todo el supuesto territorio astur de los
tiempos estrictamente prerromanos: en
primer lugar, el tipo de poblamiento, con
el castro como unidad organizativa esen-
cial; en segundo lugar, las bases econó-
Planta del Castro de Fresno de la Carballeda (Zamora), con muralla, foso y campo de piedras hincadas.
El Cerco (Sejas de Aliste).
Página anterios. Una de las propuestas de delimitación del territorio de
Asturia (s/ Exposición Astures 1995).

18 5
micas; en tercer lugar, ciertos rasgos de
la cultura material, como la cerámica y
algunos elementos metálicos; por úl-
timo, en el terreno de las creencias, la
completa ausencia de manifestaciones
funerarias y algunos indicios acerca de
la religión.
El castro, un poblado sobre una
altura fortificada, es la unidad básica de
la ocupación del territorio. Estamos ante
un poblamiento disperso, con una baja
densidad de población, ya que los po-
blados están distanciados para no com-
petir por los recursos. Cada uno de los
castros busca la autosuficiencia, y por
ello se dispone en un lugar elegido de
forma que la proporción entre tierras
cultivables, pastizales y zonas forestales
pueda procurar casi todo lo necesario
para la comunidad, debiendo proveerse
apenas de ciertas materias primas —mi-
nerales, por ejemplo— que no se en-
cuentran por todas partes. Pero eso no
es el único interés que guiaba a los po-
bladores de los castros, pues en su elec-
ción había sin duda una preocupación
defensiva: en vez de elegir lugares de có-
modo acceso, inmediatos al agua y las
tierras de cultivo, se escogían otros con
cierta dificultad, alturas pequeñas pero
con fuerte pendiente, rodeadas por ríos
o arroyos, detalles que reforzaban le-
vantando como mínimo una muralla tras
la que se protegían las cabañas. Es bas-
tante frecuente que la muralla estuviese
precedida por un foso, cuya excavación
servía también para suministrar el ma-
terial constructivo para aquélla; y en
ocasiones se encuentra más de una línea
de defensas. No en todo el territorio que
nos ocupa, sino en las zonas de Zamora
y Tras-os-Montes había barreras de pie-
dras hincadas, una defensa complemen-
taria que acentuaba la dificultad para
una acometida por sorpresa al poblado.
Pero el elemento esencial era siempre la
muralla, cuya protección es innegable,
pero que constituía también un símbolo
de la propia comunidad, y su referente
visual en el paisaje.
En segundo lugar, el tipo de eco-
nomía, agropecuaria, con proporciones
variables de agricultura cerealista y ga-
nadería de vacuno, ovicápridos y cerdos,
que complementaban mediante el apro-
vechamiento de todos los recursos dis-
ponibles: el bosque; la caza, por ejemplo,
de ciervos; los barros locales para la ac-
tividad alfarera y los minerales, como
los de cobre o de hierro, pepitas de oro
en el Bierzo y las montañas leonesas,
etc. Pero los minerales tienen una distri-
bución muy restringida, por lo que algu-
nos poblados debieron de asumir un
papel abastecedor para los de aquellas
zonas carentes de ese recurso. También
habría diferencias en la agricultura, de
escanda en Asturias, de centeno y mijo
en las montañas leonesas, triguera en
las llanuras sedimentarias orientales, ha-
biendo en éstas excedentes de produc-
ción para poder adquirir los minerales,
inexistentes en este tipo de terreno, y
también para generar desigualdades so-
ciales.
Otro elemento común sería,
como se ha dicho, una parte de la cul-
tura material, especialmente la cerá-
mica, al menos en líneas generales.
Hecha predominantemente a mano —el
torno será introducido tardíamente—,
presenta formas predominantemente
globulares, con pastas variadas, con aca-
bado rugoso o bien espatulado y hasta
bruñido, tal vez por responder a funcio-
nes diferentes. La producción cerámica,
comparada con la de otras áreas penin-
sulares, produce una impresión de so-
briedad, tanto por sus colores pardos u
oscuros como por lo limitado de la de-
coración, con sencillos temas incisos,
bruñidos o estampillados que ocupaban
una pequeña parte de los recipientes,
que eran en su mayoría lisos. No falta-
rán especialistas que tras esa sencillez
querrán ver la expresión de una ideolo-
gía social que trata de frenar las tenden-
cias hacia la diferenciación. Que tales
tendencias existían, lo reflejarían, en
cambio otros elementos comunes, como
algunos objetos de adorno personal: así,
el “broche tipo Majúa” con sus presillas,
que en realidad ni siquiera es exclusivo
Cerámicas con decoración estampada y bruñida de castros de Asturias, León y Zamora.
Adornos de bronce: broches (en el centro) y fíbulas hallados en castros de Asturias y León.

195
de esta zona, como también ocurre con
los imperdibles más comunes, las fíbu-
las de pie alto, que exhiben un volumi-
noso remate, troncopiramidal o de
torrecilla lateral. Destacan por su visto-
sidad las joyas, especialmente de oro,
entre las que pueden mencionarse las
halladas en Asturias (collares rígidos o
torques, como el de Langreo, y especta-
culares diademas como la de Moñes),
pero también las fíbulas o los adornos
de pelo de San Martín de Torres o de los
tesoros de Arrabalde. Son mucho más
abundantes las joyas de plata (torques,
fíbulas y diversos tipos de pulseras y bra-
zaletes), que se relacionan claramente
por su estilo con las encontradas en te-
soros del área vaccea, como los de Pa-
lencia o Padilla.
Más modestos, los objetos de
hierro, aunque no muy abundantes de-
bido a la mala conservación, ilustran la
penetración de este metal en muy di-
versas esferas de la vida, desde el arma-
mento (debió de ser variado, pero
apenas se han conservado puñales y
puntas de lanza) a las artesanías (hoces,
picos y otras herramientas). También
puede anotarse, para terminar, la per-
sistencia en estas tierras de ciertos ele-
mentos líticos que continúan en vigor
en plena Edad del Hierro, haciéndose en
piedra elementos domésticos, por ejem-
plo las pesas de telar o las fusayolas para
hilar, cuya fabricación ha asumido en
otras regiones la alfarería.
En último lugar, decíamos, res-
pecto al ámbito de las creencias, que no
Símbolos de jerarquía eran los torques, como estos de Astorga (León) y Cangas de Onís (Asturias) (Fotos García Vuelta/MAN).
El monte Teleno (León), una de las deidades de los astures.

20 5
hay ni rastro de sepulturas, ni de incine-
ración —el rito más extendido entre las
poblaciones prerromanas, por ejemplo
entre los vacceos— ni de inhumación,
por lo que se ha especulado con rituales
no conservadores del cuerpo, como la
exposición de cadáveres o su entrega a
las aguas, pero no hay prueba alguna. Si
del mundo de ultratumba nada se sabe,
al menos hay algunos indicios acerca de
la religiosidad de estas gentes. Cierta-
mente, la información disponible es
también de época romana, pero en este
caso los especialistas —filólogos, epi-
grafistas, historiadores de la Antigüe-
dad— creen posible rastrear el fondo
prerromano, indígena, de una religión
de fuerte componente animista, en la
que se veneraba a diversos elementos
de la naturaleza, como ciertos ríos o
montes —por ejemplo, Nabia o Tileno,
este último identificado con el Teleno,
cumbre culminante de los Montes de
León—, habiendo también algunas dei-
dades protectoras de la agricultura, en
las actividades guerreras, etc., como
Aerno, Bandua, Deganta o Cenduedia.
Al mundo de los ritos y ceremonias de-
bieron de pertenecer unos calderos de
chapa de bronce con un asa que se en-
ganchaba en unos apliques decorados.
Los moldes para fundirlos se han hallado
en distintos castros de la zona.
El progreso en el conocimiento
de los poblados
Las excavaciones arqueológicas,
conducidas cada vez con mejores méto-
dos y técnicas, han ido suministrando
una información muy valiosa para pro-
fundizar en el conocimiento de los cas-
tros, unidades residenciales de los
astures. Entre las novedades cabe des-
tacar la creciente antigüedad de este
tipo de poblados, que en algunos casos
remontaría al tránsito del Bronce Final a
la Edad del Hierro, hacia el 800 a.C: en
Asturias arranca entonces el castro de
Chao Samartín, en Grandas de Salime,
fuera del área que nos interesa, pero
también podría hacerlo alguno de la
zona central, como los de La Forca
(Grado) y Camoca (Villaviciosa); y otro
tanto sucede en tierras meseteñas como
ilustra el zamorano castro de La Mazada
(Gallegos del Campo). Pero los castros
que podrían tomarse en consideración
Muralla construida a base de módulos en el castro de Campa Torres (Gijón) (s/ Maya y Cuestra).
Asa de caldero y aplique para encajarla (castro
de Campa Torres, Gijón). Abajo: moldes para
fundir esos apliques (castros de S. Martín de
Castañeda (Zamora) y S. Juan de Paluezas (León).

215
para tratar de los astures son más re-
cientes, del final de la Edad del Hierro,
en los últimos siglos de la Era.
En la zona central de Asturias, las
excavaciones de castros como Campa
Torres (Gijón), Moriyón (Villaviciosa) y
Llagú (Oviedo), donde se ha observado
que, en un momento determinado, a
partir del siglo IV a.C., se recomponen,
ahora mediante un peculiar procedi-
miento de construcción de las murallas.
En efecto, en vez de constituir como es
habitual una obra sin interrupciones,
estas murallas se hacen a base de mó-
dulos; dicho de otra forma, en lugar de
ser una cinta continua, parecen compar-
timentos puestos unos a continuación
de otros. Esta particular técnica, que po-
dría permitir una mejor conservación de
la muralla, pues un derrumbe solo afec-
taría a un tramo reducido, debe de tener
también un componente simbólico,
pues acentúa el aspecto monumental de
la defensa. En estos castros también se
han documentado fosos, y escaleras de
acceso a la parte superior de la muralla.
En tierras leonesas, tanto en el
Bierzo como en la Cabrera, las excava-
ciones han sacado a la luz un tipo de cas-
tro prerromano —la Corona de
Corporales, el Castrelín de San Juan de
Paluezas o el inacabado Castro de Bo-
rrenes, son magníficos ejemplos— que
seguramente estaba muy extendido por
toda la zona occidental, incluyendo los
sectores zamorano y portugués, carac-
terizado por el control visual y efectivo
de las tierras del entorno. Muralla y foso
eran lo primero que se construía, com-
pletándose después con edificios cuyo
arranque era de piedra y parte del al-
zado vegetal y de barro. Unas veces se
trata de verdaderas cabañas, y otras de
almacenes, corrales etc, siendo de gran
interés dos aspectos: en primer lugar,
que no eran pequeñas viviendas, ya que
cada familia debía de contar con una
‘unidad de ocupación’, esto es, el con-
junto completo integrado por varias edifi-
caciones contiguas dedicadas a habitación,
Escalera de acceso a la muralla del castro de Llagú (Oviedo) (Foto de Maya y Mestres).
El Castrelín (San Juan de Paluezas, León). Varias construcciones contiguas formaban cada una de la ‘uni-
dades de ocupación’ de carácter familiar (s/ Sánchez-Palencia).

22 5
cocina, granero, etc; en segundo lugar,
que ni en lo constructivo ni en el equi-
pamiento doméstico se advierten dife-
rencias entre unas y otras unidades, a no
ser la existencia en cada castro de un ta-
ller metalúrgico. De todo ello se deduce
un modelo de sociedad básicamente
igualitaria y que pone el acento en la fa-
milia y lo comunitario.
Un yacimiento de gran interés es
el de Manganeses de la Polvorosa (Za-
mora), donde las excavaciones efectua-
das con motivo del trazado de la autovía
han permitido conocer aspectos muy
novedosos. Por ejemplo, que el castro,
inicialmente limitado a la zona superior
amurallada (La Corona), creció muy
pronto, amurallándose también una
parte de la zona baja (El Pesadero),
donde se produjo una gran expansión
del poblado. En este caso, además de los
elementos comunes mencionados en
tantos otros castros, se documenta en la
fase II un importante desarrollo agrope-
cuario y de las artesanías y, en general,
una fuerte vinculación cultural a las lla-
nuras sedimentarias que, al oriente del
Esla, eran el solar de los vacceos. Esa in-
fluencia, bien patente en la cultura ma-
terial —cerámicas a torno con
decoración pintada, abundantes ele-
mentos de adorno broncíneos—, como
en la propia arquitectura, con casas de
planta rectangular con alzados de adobe
y tapial, se advierte también en otros
poblados que se consideran claramente
astures, por ejemplo los de Villasaba-
riego, San Martín de Torres o Fuentes de
Ropel, que parecen ser auténticos op-
pida, núcleos que están a punto de con-
vertirse en verdaderas ciudades, bien
distintas de los pequeños castros, no
solo en tamaño, sino en el tipo de socie-
dad.
Una organización social enigmática
Uno de los aspectos más llamati-
vos es la heterogeneidad en cuanto a la
organización de la sociedad, pues los in-
dicios disponibles apuntan en direccio-
nes muy distintas. Por ejemplo, los
castros de las zonas de montañas y pe-
nillanuras parecen haber tenido una or-
ganización de tipo comunitario, con
mecanismos para frenar las tendencias
hacia la aparición de fuertes desigualda-
des entre los individuos. En cambio, en
las zonas más llanas hemos visto como
algunos castros han ido adquiriendo una
gran importancia, constituyéndose en
oppida, esos núcleos de carácter pro-
tourbano con actividades muy especiali-
zadas, en definitiva socialmente más
diversificados. Pero el conocimiento
más importante procede también de la
epigrafía que, aun correspondiendo ya a
la época imperial, encierra una valiosa
información para rastrear la realidad
prerromana, ya que los sistemas ono-
másticos indígenas perduraron bastante
tiempo hasta ser borrados por la ono-
mástica latina. Por ello ha podido esta-
blecerse que en una zona, la de Asturias
o las de las montañas Galaico-Leonesas
o el Bierzo el nombre de cada persona
iba acompañado por la mención de un
determinado castellum, es decir, el cas-
tro que constituía su comunidad de per-
tenencia. En otros sectores, en cambio,
el nombre personal iba seguido de la de-
nominación de una gens o linaje; e in-
cluso en otras zonas se empleaba otro
sistema, siendo los grupos de paren-
tesco aludidos mediante un genitivo plu-
ral (p.ej, Legirnicorum).
Esa heterogeneidad en cuanto a
los tipos de sociedad, ¿viene a confirmar
que todas estas poblaciones carecían de
unidad, habiendo sido artificialmente
unificadas por Roma? ¿O estamos ante
diferencias internas, dentro de un
mismo pueblo, debidas al grado de evo-
lución social experimentado de distinta
forma en los unos y otros sectores geo-
gráficos? A este respecto hay un pasaje
interesante en el texto del historiador
romano Floro relativo al momento clave
del Bellum Asturum o guerra contra los
astures: en efecto, éstos organizaron un
nutrido contingente y lo dividieron en
tres columnas para atacar por sorpresa
los tres campamentos de los romanos, y
el resultado final de la guerra pudo
haber sido otro de no ser por la traición
de los brigecinos, quienes advirtieron a
El Pesadero (Manganeses de la Polvorosa): zona de expansión de viviendas y talleres al pie del castro (Foto Junta de Castilla y León).

235
Carisio y éste pudo acudir con su ejército.
La explicación de ese comportamiento
tan poco lucido de los brigecinos podría
estar en esas marcadas diferencias: al-
gunos poblados astures de las zonas más
orientales, de feraces llanuras, habían
ido evolucionando hacia una sociedad
más jerarquizada, con un nivel casi ur-
bano, y por ello los habitantes del oppi-
dum de Brigeco —seguramente el cas-
tro de la Dehesa de Morales, en Fuentes
de Ropel (Zamora)— o al menos su élite
dirigente, percibiendo como ventajosa la
situación de sus vecinos los vacceos,
eran proclives a pactar con los romanos,
y abrazaron su causa.
El final
Los acontecimientos se precipita-
ron tras el fracaso de la sorpresa. Des-
baratados los contingentes astures por
las tropas del legado augusteo Publio
Carisio, terminaron concentrándose en
La influencia vaccea se hace patente en las cerámicas a torno y con de-
coración puntada de los castros más orientales, por ejemplo en Lancia
(s/Celis).
En Villasabariego (León), se localiza la ciudad romana de Lancia, sobre el solar del poblado astur (Foto aérea de J. Liz)..

24 5
Lancia, donde se dio la batalla práctica-
mente definitiva en el año 25 a.C, aun-
que todavía habrá focos de resistencia
en las zonas más agrestes, con enfrenta-
mientos desconocidos pero que debie-
ron de provocar, por ejemplo, la
ocultación de tesoros como los zamora-
nos de Arrabalde o Rabanales, unas
joyas que nunca pudieron ser recupera-
das por sus dueños. El mencionado oppi-
dum de Lancia se salvó de la destrucción,
transformándose con el tiempo en la
ciudad romana, actualmente en curso
de excavación, sita en las inmediaciones
de Villasabariego (León).
Comenzará así un profundo cam-
bio en esa zona, comenzando tal vez por
la unificación jurídico-administrativa, la
formación de esa Asturia anteriormente
mencionada. Desde luego, los propósi-
tos de Roma estaban bien claros, pues
obligaron a los sometidos a vivir de otra
forma, en algunas ocasiones, en pobla-
dos de nueva planta; otras, en sus viejos
castros, pero siempre dentro de una
completa reorganización de la produc-
ción agrícola y ganadera y con una
enorme importancia de la minería,
orientada hacia los intereses de Roma.
El propio Floro se refiere a las riquezas
minerales que los astures hubieron de
‘obtener para otros’. Testimonio imbo-
rrable de ello son las grandes explota-
ciones auríferas de las Médulas y de
otros sectores del Bierzo, de la Cabrera,
o del occidente asturiano, y también los
grandes escoriales de la zamorana Sierra
de la Culebra, relacionados con la ex-
tracción romana de minerales de hierro.
Algunos de los viejos castros que
venimos asignando a los astures prerro-
manos terminarán siendo importantes
núcleos de esa Asturia romana, habién-
dose conservado sus nombres: Lancia
(Villasabariego), Bedunia (San Martín de
Torres), Brigeco (Fuentes de Ropel),
Noega (castro de Campa Torres, Gijón),
Paelontium (Piloña), etc. Pero ahora
serán una realidad bien distinta, dentro
de las estructuras de encuadramiento
romano, formando parte de una trama
que abarca desde numerosos poblados
pequeños hasta importantes fundacio-
nes de nueva planta (Asturica Augusta,
Lucus Augusta, Legio).
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Un viaje virtual por los castros astures y la
romanización:
http://www.fundacionlasmedulas.org/visita/
main.htm
Ángel Esparza Arroyo
Universidad de Salamanca
El tesoro 2 del castro de Arrabalde (Zamora), un lote de joyas que fue escondido durante la guerra de Roma
contra los Astures (Foto Junta de Castilla y León).