1 €
www.pintiavaccea.es
LOS ASTURES
NUESTROS ANCESTROS
CUÉLLAR
CIUDADES VACCEAS
PINTIA CAMPAÑA XXII
EXCAVACIONES EN LAS RUEDAS Y
EN LOS FOSOS DE LAS QUINTANAS
PRODUCCIONES VACCEAS
LA CERÁMICA
LOS TESOROS PRERROMANOS
DE PALENCIA
PINTIA EN LA SENDA
DEL DUERO

52 5
07 Animales Salvajes
E
n los últimos veinticinco
años el catálogo de imáge-
nes generadas por los va-
cceos se ha incrementado de una
manera notable. A pesar de ello, no po-
demos hablar, por ahora, de la existencia
de una iconografía vaccea con rasgos
propios y exclusivos porque, al menos en
sus aspectos externos, sigue los mismos
parámetros que la de los demás pueblos
meseteños, sobre todo la celtibérica,
que fue su principal fuente de inspira-
ción. Si tras la imagen de un mismo ani-
mal en los territorios vacceo y celtibérico
existieron diferencias conceptuales, no
somos capaces de detectarlas porque
para ello necesitaríamos una documen-
tación más explícita y, sobre todo, textos
escritos en los que se nos explicasen
cómo era entendida en cada caso.
Puede que tras las imágenes de un
mismo animal fueran leves diferencias
de matices las que existieran, pero nos
resulta imposible percibirlas con los
datos escuetos que nos suministra la Ar-
queología. A pesar de esto, al ser pobla-
ciones de filiación céltica, es de suponer
que no habrían de ser muy distintos los
significados y los contenidos alegóricos
que depositaron en cada una de las es-
pecies salvajes representadas, general-
mente interpretadas por parte de la
investigación actual como manifestación
externa de sus creencias mágico-religio-
sas y de su mentalidad simbólica.
En este complejo campo de co-
nocimiento hasta ahora no hemos
hecho más que arañar un poco la super-
ficie, y no porque falte documentación,
sino porque resulta muy difícil y arries-
gado llegar a conclusiones firmes cuando
se carece de esas fuentes de información
complementarias a las que hemos alu-
dido. Con el presente trabajo única-
mente pretendemos apuntar unas ideas
generales referentes a la presencia
de algunas especies de animales
salvajes en el imaginario
vacceo para tratar de
acercarnos a sus
posibles signi-
f i c a d o s .
M u -
chos de esos animales compartieron te-
rritorio con los vacceos, fueron objeto
de aprovechamiento alimentario me-
diante la caza, pero a pesar de que su
significación económica fue muy escasa,
tuvieron un alto valor simbólico e ideo-
lógico. El lobo, el jabalí, los cérvidos, la
serpiente, las aves y los peces están
entre los más representados. Junto a
ellos, también forman parte de su gale-
ría de imágenes animales exóticos como
el león. Respecto a los bóvidos, cuyas
imágenes, presentes en diferentes tipos
de soportes, son siempre parciales (pars
pro toto), al no saber si los referentes
son domésticos o salvajes, no los consi-
deraremos aquí. Si bien las más antiguas
representaciones zoomorfas vacceas se
remontan al siglo IV a.C., la mayor parte
de ellas se fecha en la última fase de des-
arrollo de esta cultura, en el siglo I a.C. e
inicios del I d.C., es decir, ya bajo la do-
minación política romana, pero su natu-
raleza indígena es incuestionable. Por
otro lado, el imaginario vacceo está ín-
tegramente formado por obras de porte
modesto: figurillas de barro, pinturas ce-
Necrópolis de Las Ruedas, Pintia. Fíbula de bronce
con el puente en forma de cabeza de lobo.
Cuesta del Mercado, Cauca. Cabeza de lobo en
perspectiva cenital, pintado en un cuenco de
cerámica.

535
rámicas, fíbulas, representaciones en
piezas de joyería o en armas, etc. No hay,
como en el mundo ibérico, gran escul-
tura en piedra.
El lobo
El animal más temido por los va-
cceos seguramente fue el lobo, como lo
debió de ser también para todos los
pueblos meseteños pues, no en vano, es
el carnicero hispánico por excelencia.
Por su ferocidad y astucia, lo debieron
de ver como una permanente amenaza
para las gentes y sus ganados. Pero esta
sólo era una cara de la moneda, pues la
otra vendría definida por la admiración y
el respeto que hacia él sintieron debido
a la eficacia con la que llevaba a cabo sus
ataques mortales. No olvidemos que en
la sociedad vaccea, como en la de todos
los pueblos prerromanos, la guerra tuvo
una importancia considerable por ser
fuente de riqueza y mecanismo de pro-
moción social dentro de cada comuni-
dad urbana. Precisamente fueron las
características del lobo como individuo
y como parte de un grupo estratégica-
mente organizado para atacar, en el que,
además, priman unas férreas relaciones
jerárquicas, las que hicieron de él un ser
mítico, quizá una auténtica divinidad o,
cuando menos, un ser a caballo entre el
hombre y los seres sobrenaturales.
Debido a que su imagen aparece
en diversos tipos de objetos arqueológi-
cos y en contextos heterogéneos, no re-
sulta difícil deducir que debió de servir
para atender múltiples funciones, todas
ellas presumiblemente beneficiosas
para el ser humano, con lo que es su
cara positiva la que se nos muestra en la
iconografía. Las fíbulas broncíneas con
puente de cabeza de lobo que han sido
halladas en Pintia y Cauca, por ejemplo,
son un claro exponente de que su ima-
gen fue adoptada como emblema por
parte de algunos individuos pertene-
cientes a las élites dirigentes urbanas. El
lobo se erigió, por tanto, en símbolo de
dominio político y social, y al mismo
tiempo en talismán protector de quie-
nes lucían tales fíbulas en sus ropajes.
Muy posiblemente, esa misma condi-
ción de imagen profiláctica hemos de
ver en los lobos representados, en pers-
pectiva cenital, en una vasija de almace-
namiento de Rauda, si bien en este caso
lo protegido sería el contenido de la
misma, seguramente grano reservado
para la próxima cosecha. Protectora fue
igualmente la imagen en relieve que
aparece en una tapa de horno de Pintia,
fabricada en cerámica, cuya misión hubo
de ser la de cuidar el fuego y el cocinado
Cauca. Fíbula de bronce con el puente en forma
de cabeza de lobo.
Rauda. Lobo en perspectiva cenital lamiendo una torta, modelado en barro.

54 5
de los alimentos. En otros casos, la ima-
gen del lobo quizá estuviera enfocada,
más que hacia la protección de alguien o
de algo en particular, como en los ejem-
plos anteriores, hacia la narración o la
representación de un mito: en un
cuenco hallado en el cerro de la Cuesta
del Mercado (Coca) han sido pintados,
formando friso, un lobo en perspectiva
cenital y un pez, ambos de unas dimen-
siones tan grandes que no debió de
estar pintado ningún otro animal, por lo
que muy posiblemente se trataba de un
lobo persiguiendo —y tratando de de-
vorar— a un pez.
Aparte de estas imágenes lobu-
nas, en el territorio vacceo conocemos
otras muchas representaciones, consi-
derablemente esquematizadas y pre-
sentadas en su mayoría en perspectiva
cenital, que también debían de ser lobos
y refuerzan la idea de la importancia que
hubo de tener este animal para ellos en
los más diversos aspectos de la vida. En
el funerario, por ejemplo, debió de ser
un animal ctónico, que posibilitaba al ser
humano, simbólicamente, acceder al
Más Allá a través de sus entrañas y, por
tanto, conectar con el mundo de ultra-
tumba. Y en los campos de la diploma-
cia y la guerra su imagen amenazante
también debió de ser muy utilizada,
pues en los cercanos territorios celtibé-
ricos nos constan guerreros cubiertos
con piel de lobo.
El león
A pesar de ser un animal ajeno a
la fauna peninsular, el león también
forma parte de las iconografías de los di-
ferentes pueblos prerromanos de la Pe-
nínsula Ibérica. No obstante, con
relación al lobo ocupa una segunda po-
sición en cuanto al número de represen-
taciones y a la variedad de soportes y
contextos en los que aparece. Fueron los
pueblos del Mediterráneo oriental —fe-
nicios y griegos— los que incorporaron
la figura del león al imaginario peninsu-
lar, junto a las funciones que simboli-
zaba: poder, protección personal y
colectiva al erigirse en guardián de la
tumba y de la ciudad, etc. En esencia,
muchas de las funciones que el león re-
presentaba eran las mismas que las con-
fiadas a la figura del lobo, pero al ser
este último autóctono y estar más arrai-
gado en la tradición y en la mentalidad
hispanas, se puede decir que en cierto
modo impidió que aquél adquiriera una
mayor proyección simbólica y territorial.
Como es lógico, la mayor parte de las
imágenes de leones las hallamos entre
los pueblos levantinos y del sur penin-
sular, los más directamente influidos por
fenicios y griegos. Cuanto más hacia las
tierras del interior y hacia el norte,
menor presencia de imágenes de leo-
nes.
Esto se observa muy bien en el
caso vacceo, donde únicamente conta-
mos con una imagen leonina de fabrica-
ción local y otra más cuyo origen no
sabemos bien si es igualmente autóc-
tono o se trata de una importación. El
que las dos hayan sido encontradas en
la zona más meridional del territorio
vacceo, que fue la más permeable a la
cultura ibérica, es bien indicativo de esa
corriente de influencias mediterráneas
de sentido sur-norte y este-oeste. Con-
cretamente proceden del cerro de la
Cuesta del Mercado (Coca, Segovia). La
primera de ellas, modelada en arcilla
muy tamizada, debió de ser original-
mente una figura completa de leona,
pero a nosotros sólo nos ha llegado su
cabeza, partida a la altura del cuello. De
ojos rasgados y bigotes incisos muy le-
vemente marcados a ambos lados de la
cara, el morro ha sido modelado tal
como habitualmente modelaban la
mayor parte de los pertenecientes a ja-
balíes, verracos, cerditos, etc.: en plano,
con dos simples impresiones circulares
para las fosas nasales y la boca en forma
Cuesta del Mercado, Cauca. Cabeza de leona modelada en barro.
Cuesta del Mercado, Cauca. Figura de
león echado, fundido en bronce.

555
de ancha acanaladura recta. Desconoce-
mos por completo si estamos ante una
figura de carácter votivo, vinculada a
algún tipo de ritual, o si simplemente se
trata de un juguete infantil, cosa poco
probable.
Más precisiones se pueden hacer
sobre la otra figura citada, pues se con-
serva completa y ha sido fabricada no en
cerámica, sino en bronce. Se trata de un
leoncito echado, con la cabeza vuelta, en
cuya base lleva, en hueco, un cajeado
con pivote central para ser fijado al ex-
tremo de un objeto, presumiblemente
de madera. Podría haber sido el extremo
decorativo —y al mismo tiempo simbó-
lico— bien de una especie de cetro o de
báculo, en cuyo caso habríamos de rela-
cionarlo con el poder ostentado por
algún personaje de la élite caucense,
bien del remate de un mueble que po-
demos presumir de excepcional calidad.
Los estrechos paralelismos que presenta
con leoncitos etruscos soldados a reci-
pientes de bronce nos invitan a pensar
que quizá no fuese una producción va-
ccea, sino una importación del Medite-
rráneo central, además, no de la época
clásica del figurativismo vacceo, sino
más antigua, del siglo V o IV a.C. quizá,
con lo que, de ser esto así, no debería-
mos considerarla entre la imaginería de
fabricación vaccea aunque sí dotada de
significación para ellos porque no sería
extraño que hubiera pasado de genera-
ción en generación.
El jabalí
Tanto los pueblos de filiación cél-
tica como los mediterráneos hicieron un
uso muy amplio de la imagen del jabalí
como animal simbólico. En ambos espa-
cios culturales se da la coincidencia de
que se le hace depositario de contenidos
que pueden llegar a ser antagónicos. Por
un lado, materializaba lo indómito, sal-
vaje e irracional en el sentido más agre-
sivo y pernicioso para el ser humano, al
tiempo que se le vinculaba a la guerra y
la caza, dos actividades trascendentales
y cargadas de simbolismo para las élites
por cuanto de heroico hay tras ellas. Por
otro, tuvo una vertiente amigable e in-
cluso apotropaica, que es a la que po-
drían hacer alusión ciertas fíbulas en las
que su figura forma el puente.
En el mundo vacceo la mayor
parte de las imágenes de suidos parecen
pertenecer a cerdos domésticos, pero al-
gunas de ellas son indudablemente ja-
balíes. Tales son los que aparecen en el
puñal de la sepultura 32 de la necrópo-
lis de Las Ruedas y en su tahalí, la cabeza
modelada en barro que se halló hace
unos años en La Guadaña (Chañe, Sego-
via), y que hubo de formar parte de una
figura completa, o las esquemáticas re-
presentaciones que vemos en los puen-
tes de sendas fíbulas halladas en “La
Ciudad” de Paredes de Nava, en Rauda y
en Cauca, por ejemplo. Es posible que
las conteras de algunas espadas de tipo
Miraveche halladas en las necrópolis de
Palenzuela y Las Ruedas hubieran estado
adornadas, como es habitual en este
tipo de arma, con figuritas de jabalíes,
pero al no haberse conservado nada po-
demos decir al respecto. Lo único, la vin-
culación de este animal con la guerra,
con el poder del arma en manos del gue-
rrero, pero esa sería una de sus diversas
facetas, nada más. Con tan escasa docu-
mentación resulta difícil acercarnos a las
claves simbólicas del jabalí en la menta-
lidad de los vacceos, pero de todas for-
mas hemos de pensar que las funciones
que cumpliría serían similares a las del
resto de la céltica.
Los cérvidos
Tuvieron muy poca cabida en la
imaginería vaccea, lo cual no deja de ser
un poco sorprendente habida cuenta, en
primer lugar, lo poblados que de ellos
debieron de estar los bosques vacceos si
consideramos la abundante presencia
de sus restos óseos entre las faunas con-
sumidas que se vienen recuperando en
las ciudades vacceas y, en segundo lugar,
el que muchos de los mangos de las he-
rramientas de los vacceos estén fabrica-
dos en asta de cérvido. Por ahora,
únicamente nos constan cuatro imáge-
nes de cérvidos en territorio vacceo. La
primera es una figurilla de cierva mode-
lada en barro que se conserva en el
Museo de Palencia, que parece fue ha-
llada en la necrópolis de Eras del Bos-
que. La segunda es un posible ciervo
pintado en una cajita hallada en este
La Guadaña (Chañe, Segovia). Cabeza de jabalí
modelada en barro.
Necrópolis de Las Ruedas, Pintia. Figuras de jabalíes grabadas en el pomo del puñal de la sepultura 32.
Montealegre de Campos. Cierva impresa en un
vaso cerámico.

56 5
mismo cementerio. La tercera aparece
pintada en un fragmento cerámico fe-
chado hacia el cambio de Era que se
halló en las excavaciones de Cauca. Se
trata de una cierva a la que sólo le falta
la cabeza. Finalmente, la cuarta es una
imagen excepcional que procede de las
excavaciones realizadas en Montealegre
de Campos (Valladolid) en 2009-10, diri-
gidas por Manuel Retuerce y Diego Lu-
cendo, a quienes agradecemos su
amabilidad por habernos permitido
darla a conocer aquí. En un vaso cerá-
mico con forma de urna de finales del
siglo I a.C. cuyo hombro ha sido engala-
nado con un friso pictórico metopado y
al que se le han pegado en su zona más
ancha dos pequeñas asitas, en puntos
diametralmente opuestos, cada extremo
de ambas asas tiene impresa una es-
tampilla circular en la que la imagen cen-
tral es una cierva pastando. Rechoncha y
con las orejas levantadas, pisa sobre la
línea del suelo y todo ello aparece rode-
ado por una serie de pequeños globuli-
tos. El tratamiento numismático del
conjunto es innegable, incluso con línea
de exergo y gráfila de glóbulos, pero no
hay ni una sola acuñación indígena his-
pana en la que el cérvido sea tipo mo-
netario principal y pueda haber servido
de inspiración.
Más allá del sentido decorativo
con el que se han aplicado las imágenes
al recipiente (pues hubo de tener cua-
tro), seguramente también debieron de
existir motivaciones simbólicas en la
elección del animal representado. Los
cérvidos en el mundo celta han sido
puestos en relación con la virilidad y con
el mundo funerario. Quizá esta vasija se
usó exclusivamente para contener algún
tipo de guiso hecho a base de carne de
cérvido que fuera consumido en situa-
ciones especiales. O quizá la representa-
ción tenga algo que ver, aunque nos
parece muy poco probable, con el epi-
sodio de la cierva blanca del general ro-
mano Sertorio que refieren varios
autores (Plutarco, Appiano, Aulo Gelio,
Valerio Máximo y Frontino), y de cuya
causa política tan partidarias se mostra-
ron —y hubieron de pagarlo caro—, las
ciudades vacceas. En relación con esta
hipotética interpretación de la cierva de
Montealegre, recientemente ha apare-
cido en el relleno del foso de Pintia un
fragmento de cerámica de tipo Clunia en
el que ha sido pintada una estilizada
cierva inmersa en un paisaje de exube-
rante vegetación. La cierva, como animal
temeroso y fugitivo, desde época tarté-
sica fue considerada como vehículo de
los dioses para transmitir a los hombres
sus deseos y voluntad. Otra cosa es que
los vacceos lo entendieran del mismo
modo.
La serpiente
En la iconografía vaccea la ser-
piente aparece decorando vasos de ce-
rámica, brazaletes y pulseras de plata así
como adornos de bronce. Para los va-
cceos, como para los pueblos celtas en
general, debió de tener significados di-
versos. Por su condición de criatura que
vive muy apegada a la tierra y, por tanto,
al mundo subterráneo, estuvo asociada
a la fertilidad de la misma en calidad de
principio masculino, siendo el femenino
la propia tierra. Era la criatura que fe-
cundaba la tierra y hacía crecer las cose-
chas. Por otra parte, el que cada cierto
tiempo mude su piel seguramente fue
percibido por ellos como una alegoría de
regeneración tras la muerte. La misma
forma de alimentarse, engullendo ente-
ras a sus presas, también debió de servir
como alegoría del paso a la otra vida, y
de ahí su valor escatológico.
En cerámica vaccea, las serpien-
tes las tenemos constatadas en un reci-
piente hallado en el cerro caucense de
La Cuesta del Mercado y en una jarra de
Pintia. En el primero se trata de serpien-
tes modeladas en relieve que surgen
como prolongación de los cordones la-
terales de un asa compleja de sección
tripartita. En la jarra pintiana, las ser-
pientes, pintadas, forman parte de una
enigmática escena alegórica en la que
las aves también están presentes.
Más habitual es encontrar la ima-
gen de la serpiente en joyas de plata
tales como brazaletes y pulseras, pues la
misma configuración filiforme o espirali-
forme de éstas se presta magnífica-
mente a ser utilizada como alusión
ofídica en la que sus extremos se rema-
tan mediante una esquemática cabeza
de serpiente. En estos casos, parece evi-
dente el carácter mágico y protector del
reptil hacia quienes decoran sus brazos
con estas joyas. Lo mismo que se puede
intuir en algunas fíbulas de bronce cuyo
pie vuelto remata en cabeza de ofidio.
El conejo/liebre
Con este animal ocurre algo pa-
recido a lo que hemos visto con los cér-
vidos, pues se encuentra relativamente
bien representado en las faunas consu-
midas por los vacceos pero muy poco en
su imaginería. Seguramente esto se
Pintia. Pulsera de plata del Tesoro 1, con los ex-
tremos rematados en cabeza de serpiente.
Pintia. Fragmento de
cerámica de tipo Clu-
nia con cierva pintada,
hallado en el relleno
del foso defensivo.

575
deba a que es una especie cuya forma
de vida tiene poco de peculiar y, por
tanto, no se presta a la alegoría, salvo, si
acaso, que se hubiera valorado su con-
dición de animal escurridizo, que apa-
rece de forma imprevisible y desaparece
con gran agilidad para irritación de sus
enemigos. Realmente, en el zoológico
del mundo celta europeo apenas tuvo
cabida, y en el celtibérico ocurrió lo
mismo, de lo que debemos deducir que
su carga simbólica fue de baja intensi-
dad. En el vacceo conocemos dos ejem-
plos seguros, ambos de Cauca e
inéditos, y alguno más dudoso. Los del
yacimiento segoviano son idénticos en
tamaño y modo de ejecución, están pin-
tados en vasos cerámicos del siglo I a.C.
y, lamentablemente, la figura del animal
se conserva sólo en parte. Esto último no
impide, sin embargo, que identifiquemos
al conejo o la liebre quieto, agazapado,
expectante. Podrían ser imágenes rela-
cionadas con la práctica de la caza, sin
más. Curiosamente, si en el mundo vac-
ceo este animal fue poco representado,
en las cerámicas de tipo Clunia, de la se-
gunda mitad del siglo I d.C. ya, pero de
fuerte tradición indígena, es uno de los
más pintados.
Las aves salvajes
Si bien constituyen una parte im-
portante del animalario vacceo, a veces
no resulta nada fácil concretar a qué es-
pecie pertenece cada representación
porque, como sabemos, muchas de sus
imágenes figurativas suelen tener eleva-
das dosis de esquematismo. Buena
muestra de ello son las aves que han
sido pintadas en esa jarra de Pintia a la
que más arriba hemos aludido, dentro
de un discurso simbólico en el que están
presentes ruedas solares y serpientes si-
métricamente dispuestas formando una
especie de palmera o “árbol de la vida”.
Al margen de estos casos, sí somos ca-
paces de distinguir especies como el bui-
tre, el pato, la golondrina o el vencejo y
un ave zancuda que quizá sea una ci-
güeña. Del buitre, animal psicopompo
que se creía transportaba las almas de
los guerreros muertos en combate al
cielo tras haber devorado su cadáver,
según refieren Claudio Eliano y Silio Itá-
lico, únicamente tenemos una imagen
parcial segura, aparecida en Pintia, y
otra muy dudosa, procedente de Cauca.
La primera es una cabeza recortada en
lámina de bronce. La segunda es una
cola con las plumas extendidas que ha
sido pintada en un vaso cerámico y
guarda ciertos paralelismos formales
con conocidas imágenes de buitres nu-
mantinos.
Los ánades, que ocuparon una
posición destacada en la simbología y en
la iconografía de las poblaciones celtas,
aunque también en las mediterráneas,
en el mundo vacceo los hallamos sobre
todo estampados en vasos a mano fe-
chados en su mayoría entre los siglos IV
y II a.C. Son los denominados “patos de
Simancas”. También debieron de estar
presentes en esas conteras (no conser-
vadas) de espadas de tipo Miraveche de
Palenzuela y Las Ruedas a las que más
Cuesta del Mercado, Cauca. Serpiente modelada en barro, decorando los cabos del asa de un vaso.
Cauca. Ánades esquemáticos impresos en un vaso de cerámica a mano de mediados del siglo III a.C.
Necrópolis de Las Ruedas, Pintia. Cabeza de bui-
tre recortada en lámina de bronce.

58 5
arriba nos hemos referido. Comparten
con los peces su carácter acuático y
solar, por lo que no sería extraño que
fuera considerado animal divino o, por
lo menos, que estuviera asociado a al-
guna divinidad vinculada a las aguas. En
la céltica continental e insular los ánades
aparecen habitualmente tanto en obje-
tos de carácter litúrgico como de forma
aislada. Su consideración de animal sa-
grado es indiscutible.
Sobre las golondrinas o los ven-
cejos que a veces han sido pintados en
vasos vacceos, desconocemos por com-
pleto si se trata de puro decorativismo o
bien tuvieron algún significado en su
universo simbólico. El mejor ejemplo lo
hallamos en un fragmento de vaso poli-
cromo de Cauca cuya sintaxis decorativa
preludia las producciones de tipo Clunia.
Quizá una cigüeña, una garza o
un faisán sea el ave que aparece pintado
en un cuenco globular hallado en el
cerro Cuesta del Mercado de Coca. De
ave zancuda tiene el largo cuello, pero
las patas ya no son de tal, sino de ave co-
rredora, de ahí la dificultad para su iden-
tificación.
Los peces
Por número de imágenes, los
peces son, con diferencia, los animales
salvajes más representados en el mundo
vacceo. En esto coincide con el celtibé-
rico, y ambas culturas se desmarcan res-
pecto a la situación que se observa en la
céltica insular y transpirenaica, donde
las imágenes de vertebrados acuáticos
son poco frecuentes. Es de sentido
común pensar que los referentes natu-
rales utilizados por los vacceos debieron
de ser lucios, tencas, barbos, carpas, tru-
chas y demás especies que habitual-
mente pescaban en sus ríos. Ahora bien,
identificar en cada caso concreto de qué
especie se trata no es nada fácil habida
cuenta el esquematismo con el que se
han pintado muchas de las imágenes. Lo
que sí parece claro es que hasta ahora
no hay representaciones de peces de
mar, y aunque una de las téseras de “La
Ciudad” de Paredes de Nava (la de AR-
CAILICA CAR) tiene forma de delfín, lo
más probable es que se fabricara no en
ese núcleo palentino, sino en la ciudad
celtibérica de Uxama Argaela (Osma,
Soria), pues en la iconografía celtibérica
la fauna marítima no es tan rara.
La mayoría de los peces vacceos
aparecen pintados en recipientes cerá-
micos, siendo el catálogo diverso en
cuanto a la forma de presentarlos: aisla-
dos, en grupo, entrelazados formando
una cadena, bajo un sol, haciendo girar
una esvástica o en relación con otro ani-
mal, como veíamos en el cuenco de La
Cuesta del Mercado con lobo y pez. En
ocasiones, el medio acuático en el que
se desenvuelven aparece representado
de manera muy esquemática mediante
ondas o sencillas “eses”, no faltando
algún ejemplo de gran pez en cuyo inte-
rior tiene otro más pequeño, como si
acabara de engullirlo, tal como hace
medio siglo interpretara, acertadamente
a nuestro parecer, Federico Wattenberg.
Las imágenes de peces se tienen
documentadas, hasta ahora, en los nú-
cleos de Rauda (2), Pintia (3), Septi-
manca (1), Cauca (10 seguros + 7
Cauca. Golondrina o vencejo, pintado en un vaso cerámico.
Pintia. Serpientes esquematizadas y aves pintadas en un vaso cerámico.
Cuesta del Mercado, Cauca. Gran pez pintado en
un cuenco.

595
probables) y Cuesta del Mercado (6). Es
decir, se circunscriben básicamente a la
orla oriental del territorio vacceo, lo que
es bastante indicativo de la influencia
que ejerció en la iconografía vaccea el
mundo celtibérico, pues sólo en Nu-
mancia se conocen más de sesenta reci-
pientes con peces pintados. Al aparecer
algunos de los peces vacceos junto a la
esvástica y al sol, es posible que estemos
ante un símbolo solar más, lo cual no ex-
cluye otros posibles significados, como
ocurre con tantos otros animales de fun-
cionalidad polivalente. Quizá en ciertos
casos tuvieran un sentido escatológico,
pero concretar más resulta bastante
complicado, y lo que sí podemos decir
es que de todos los animales no domés-
ticos que pintaron los vacceos en sus re-
cipientes cerámicos, el pez es el que con
más sentido decorativo se utilizó.
¿Y qué ocurre con los bóvidos?
Las representaciones que de los
mismos encontramos en objetos vac-
ceos no sabemos con certeza si respon-
den a animales bravos, domesticados, o
a ambos, según qué caso. En las colec-
ciones faunísticas obtenidas en los yaci-
mientos vacceos, los huesos de bóvidos
constituyen un porcentaje importante
pero, salvo algún caso excepcional, se
trata siempre de animales domésticos,
pero esto no excluye la posibilidad de
que en los bosques vacceos existieran
reses bravas. Aunque en momentos algo
anteriores a la etapa clásica vaccea, la
Arqueología ha demostrado que en el
Duero medio existieron uros.
Por ahora, las únicas imágenes de
bóvidos con las que contamos en el ám-
bito vacceo son las esquemáticas cabe-
zas que rematan los mangos de algunos
simpula de bronce recuperados en las
necrópolis de Palenzuela, Paredes de
Nava y Eras del Bosque, las asas zoo-
morfas de un par de cajitas excisas ha-
lladas en las tumbas 154 y 199 de la
necrópolis de Las Ruedas, una posible
cabeza de ternera modelada en barro
que se recuperó en El Soto de Medinilla,
una fíbula cuyo puente es una figura
completa de toro, otras tres más halla-
das en Paredes de Nava que presentan
cabezas de toro y una figurilla de barro
procedente de Tariego de Cerrato. Hay
algún que otro documento más que, por
ser dudoso, no entraremos a considerar
en un trabajo de carácter divulgativo
como el presente. Los que desde luego
no son toros, sino cerdos, verracos, son
las tres esculturas de granito de Cauca.
Mención aparte merece un úl-
timo documento iconográfico que nos
lleva de nuevo a la necrópolis de Las
Ruedas. Se encuentra en una crátera re-
cuperada en la tumba 136. En su cuello
se ha pintado una greca romboidal a
modo de friso continuo cuya peculiari-
dad es que el ángulo superior de cada
rombo se remata con un par de cuernos
vistos desde arriba, con forma de lira,
mientras el inferior lo hace en una si-
nuosidad que bien pudiera ser un rabo.
Estamos convencidos de que se trata de
representaciones encadenadas de toros
en perspectiva cenital reducidas a sus
rasgos básicos. Los mínimos para que
cualquier vacceo que lo viera pudiera re-
conocer e identificar sin dificultad la re-
ferencia bovina. De ser esto así,
estaríamos ante un caso más de ese es-
quematismo extremo que presentan al-
gunas imágenes vacceas. Bien es cierto
que en la cerámica vaccea no son raras
estas grecas formadas por rombos enca-
denados rematados en sus ángulos con
algunos trazos (“tenedores”, “cometas”,
etc.), pero el de esta crátera pintiana
constituye un caso único y excepcional.
La vinculación del toro al mundo de la
magia y la religiosidad vacceas es algo de
lo que no se tiene la menor duda, como
tampoco se tiene de su carácter solar,
viril, fecundador, que tiene tanto en las
culturas de filiación celta como en las
mediterráneas.
En resumen, hemos de concluir
diciendo que los vacceos no entendían
las imágenes que produjeron como
mera expresión artística de sus artesa-
nos, destinada únicamente a engalanar
sus producciones —aunque sean sus-
ceptibles de análisis desde la óptica de
la Historia del Arte de nuestra cultura oc-
cidental—, sino como realizaciones de
carácter funcional, prácticas, con vida
propia, cuyo principal objetivo es mar-
car a través del lenguaje visual cómo se
entienden a sí mismos y cómo interpre-
tan el mundo que les rodea. En ellas se
hallan simbólicamente depositadas esas
ideas y experiencias seculares, tanto in-
dividuales como colectivas, que consti-
tuyen su cosmovisión. Son imágenes
codificadas, preñadas de contenidos
cuya complejidad no somos capaces de
desentrañar en toda su extensión por-
que carecemos de herramientas impres-
cindibles, pero sí podemos aproximarnos
a ellas a través del método comparativo
que se puede establecer con culturas afi-
nes y de la etnoarqueología. Sin duda es-
tamos ante un lenguaje metafórico,
formado por símbolos intencionada-
mente ambiguos que pueden albergar
varios significados, pero que en conjunto
dieron cohesión, como pocos elementos
culturales, a su forma de entender la
vida. Ese es nuestro reto: descifrar cómo
entendían la vida aquellos que una vez
pisaron las mismas tierras que nosotros
ahora pisamos.
Juan Francisco Blanco García
Universidad Autónoma de Madrid
El presente trabajo constituye un sucinto resumen
de un estudio extenso que estamos ultimando ti-
tulado La naturaleza salvaje en el mundo vacceo:
imagen y símbolo. Ambos se enmarcan en el pro-
yecto de investigación I+D+i (2011-2013) Cosmo-
visión y simbología vacceas. Nuevas perspectivas
de análisis (HAR2010-21745-C03-01), de la Direc-
ción General de Investigación del Ministerio de
Ciencia e Innovación.
Necrópolis de Las Ruedas, Pintia. Vaso con toros esquematizados de la sepultura 136.