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PINTIA - CAMPAÑA XX
UNA CAMPAÑA EXCEPCIONAL
EN LA NECRÓPOLIS DE LAS RUEDAS LAS DEFENSAS DE PINTIA
EXCAVACIONES DE URGENCIAS
LOS CELTÍBEROS
NUESTROS ANCESTROS
LUIS GRAU
FIRMA INVITADA
PAREDES DE NAVA
CIUDADES VACCEAS
HOMENAJE A F. WATTENBERG
REUNIÓN CIENTÍFICA:
DE LA REGIÓN VACCEA
A LA ARQUEOLOGÍA VACCEA
40 3
06 A debate
L
a expresión “puesta en valor”, que
se aplica en tantos ámbitos de la ac-
tividad humana, no es más que un
eufemismo que, por lo visto, está de
moda. El significado de la expresión en
nuestro contexto, metáforas y abstrac-
ciones aparte, podría ser algo así como
“colocar en el lugar correspondiente”
algo que no lo está, es decir, muy simi-
lar a la palabra más señera “restaurar”.
Pero el término “valor”, en el dicciona-
rio de la Real Academia Española, se de-
fine como la aptitud de una cosa para
satisfacer necesidades y proporcionar
deleite, y como el rédito de una ha-
cienda. Probablemente, “poner en
valor” el patrimonio cultural esté más
relacionado en el imaginario colectivo
con la primera acepción, pero en la ma-
quinaria político-burocrática-adminis-
trativa lo está con ambas por igual.
He recorrido, entre noviembre de
2008 y septiembre de 2009, algunos de
los yacimientos singulares, por su im-
portancia y por las actuaciones que se
han llevado a cabo en ellos, de la Edad
del Hierro en Castilla y León, concreta-
mente en las provincias de Ávila, Burgos,
León, Salamanca, Soria, Valladolid y Za-
mora. No es el objetivo un análisis de lo
que ya se conoce o está publicado, ni
una mera descripción de lo que hay, sino
poner en palabras algunas sensaciones
producidas por la visita a estos lugares,
sensaciones transmitidas por el lugar, y
por las transformaciones que se han
operado en ellos, como resultado de su
“puesta en valor”.
Primeramente es necesario cons-
tatar que nuestra cultura actual, acos-
tumbrada a todo el aparato visual con
que nos bombardean los medios de co-
municación ma-
siva, asume con
dificultad la visita
a un lugar en el
que apenas se ve
nada (o nada en
absoluto) recono-
cible como crea-
ción humana. Y
eso es lo que hay
en nuestras ciudades de hace dos mil
años, prácticamente nada. Posiblemente
hemos perdido la capacidad evocadora
que quizás alguna vez tuvimos, tan acos-
tumbrados ahora a generar pensamien-
tos a través de imágenes. Tampoco
ayuda a evitar este prejuicio la idea tó-
pica de ciudad en ruinas plagada de co-
lumnas, frisos o esculturas descabezadas
que nos han transmitido las reconstruc-
ciones románticas o el cine.
Y a un lugar donde no se ve nada
(o donde no se reconoce nada, sería
mejor decir), no va nadie. Salvo en el
caso puntual de Numancia (Garray,
Soria), donde la leyenda (que en reali-
dad es Historia) es casi suficiente para
atraer al visitante. Quizás sea ese el mo-
tivo de que los lugares preferidos para
las intervenciones de “puesta en valor”
sean aque-
llos que pue-
den ofrecer
algo material
de gran es-
cala sobre lo
que actuar, y
que el objeto
de las mayo-
res atencio-
nes sea aquel con un potencial plástico y
visual más importante (al menos en po-
tencia): la muralla, y más concretamente
sus puertas, que además es el primer
lugar al que accede el visitante, conve-
nientemente conducido por un itinera-
rio controlado. Y no es extraña la
decepción posterior, al comprobar que
tras ese tramo reconstruido, tras los ba-
luartes que flanquean la puerta, no hay
nada ni lejanamente identificable con
una ciudad, como sucede, por ejemplo
en Saldeana (Salamanca), donde traspa-
sar la puerta recientemente terminada
es adentrarse en un monte bajo casi im-
practicable, o en gran medida también
en Arrabalde (Zamora) con dos tramos
con puerta reconstruidos, o en Las Co-
gotas (Cardeñosa, Ávila) también con su
puerta y su muralla rehechos. Asimismo
resulta decepcionante, y sucede en mu-
Puesta en valor del Patrimonio Arqueológico dePuesta en valor del Patrimonio Arqueológico de
la Edad del Hierrola Edad del Hierro
en Castilla y Leónen Castilla y León
Muralla reconstruida del castro de Las Labradas de Arrabalde (Zamora)
Cartel en el castro de Yecla de Yeltes (Salamanca).
No es extraña la decepción:
tras el tramo de muralla
reconstruido no hay nada ni
lejanamente identificable con
una ciudad
Cartel deteriorado del castro de El Raso (Ávila).
[JI
3 41
chos yacimientos, encontrar los prove-
biales carteles explicativos completa-
mente borrados, o casi, como resultado
de la intemperie; o el mobiliario y las es-
tructuras que se incorporan en algún
caso al recorrido (se me ocurre La Mesa
de Miranda, en Chamartín, Ávila) des-
gastadas o faltas de alguna pieza.
Además de las murallas, el otro
gran elemento visual homogéneo de en-
vergadura es el campo de piedras hinca-
das. Usualmente, las operaciones de
reconstrucción de la muralla y sus puer-
tas van acompañadas del descubri-
miento de las piedras, que siempre se
encuentran en sus cercanías. Hay casos
ciertamente espectaculares, como en
Saldeana (Salamanca), que permiten,
gracias a la pendiente, apreciar la exten-
sión de su gran campo. También se han
despejado los campos, si bien tienen
algo menos de presencia, de Las Cogo-
tas (Cardeñosa, Ávila), Yecla la Vieja
(Yecla de Yeltes, Salamanca), Mesa de
Miranda (Chamartín, Ávila) o Lumbrales
(Salamanca).
La aproximación al yacimiento,
hasta casi la misma puerta, parece ser
un objetivo de casi todas las interven-
ciones; cuando no existe una carretera
cercana, se suele acondicionar o medio
asfaltar un camino, que sufre, natural-
mente, las consecuencias de la intem-
perie y la falta de mantenimiento con
rapidez, convirtiendo el último tramo del
viaje en un amargo trago para un vehí-
Castro de Saldeana (Salamanca), muralla y piedras hincadas.
El castro de El Raso (Ávila). Aparcamientos en El Raso (Ávila).
342
culo convencional. No obstante, parece
evidente la mejoría de la accesibilidad
en los últimos años, si obviamos la falta
de señalización hasta casi el término mu-
nicipal en que se encuentra el yaci-
miento; es casi imposible, por tanto, la
visita casual; hay que hacer intención.
Otro cantar es el lugar de aparcamiento
que, o no existe, creando problemas
cuando se trata de un lugar de cierto re-
nombre, como Ulaca (Villaviciosa, Ávila),
donde coches y autocares han de repar-
tirse por las calles del pueblo cercano
ante la impracticabilidad del camino que
recorre el último trecho hasta la subida
al yacimiento, o, si se crea “ex novo”, su-
pone a veces un tremendo impacto
sobre el paisaje circundante, como su-
cede en El Raso (Ávila). No obstante, es
reseñable que
en algunos em-
plazamientos
ha podido ha-
bilitarse una
zona para dejar
vehículos sin
perjudicar el
entorno, como
en La Mesa de Miranda (Chamartín,
Ávila) o en Lumbrales (Salamanca); dije
sin perjudicar el entorno... quizás haya
que matizar; digamos que sin perjudicar
gravemente el entorno, o al menos sin
dañar el propio yacimiento, pues varios
colectivos arqueológicos denunciaron en
su día talas injustificadas en Mesa de Mi-
randa.
Muy pocas veces se centra la
atención en las necrópolis, consideradas
por los investigadores como quizás la
mayor fuente de información para el co-
nocimiento de estos pueblos. La de La
Mesa de Miranda en Chamartín (Ávila),
desenterrada hace ya varias décadas, es
reconocible como tal gracias a las pie-
dras en corros semejando túmulos, pero
no existe mayor información en el lugar.
La de Pintia en Padilla de Duero (Valla-
dolid) es la única en la que se ha reali-
zado una actuación
de cierta enverga-
dura, con la incorpo-
ración de una placa
para cada tumba ex-
cavada en la que se
representan algunos
de los objetos encon-
trados en ella e infor-
mación sobre sexo, edad y cronología
del individuo.
Encontramos en Numancia (Ga-
rray, Soria) y en El Raso (Ávila), dentro
del propio yacimiento, varias reproduc-
ciones a escala real (aproximadamente)
de viviendas. Esta operación parece en-
caminada a ofrecer un valor añadido, el
de totalidad, del que carecen las recons-
trucciones de muralla, que siempre se
quedan en
un simple
r e c r e c i d o
(más o
menos po-
tente) de los cimientos que se han con-
servado. Estos edificios de nueva planta,
además, suelen exponer en su interior
muestras (también de nueva factura) de
la cultura material propia de esos pue-
blos. Pero la cercanía en aspecto de todo
el conjunto a lo que hasta hace muy
poco era habitual en el medio rural de
nuestro país le resta interés, y anula su
capacidad de sorprender.
Es frecuente en los últimos tiem-
pos encontrar también una conjugación
de arqueología y naturaleza, con la in-
corporación del yacimiento a rutas hete-
rogéneas aprovechando su emplazamiento
próximo a focos de atracción paisajística,
como en Lumbrales y Saldeana (Sala-
manca), muy cerca de los Arribes del
Duero y el Huebra, o gracias a la propia
configuración actual del yacimiento
como bosque más o menos frondoso o
como gran mirador del territorio, cosa
que sucede en La Mesa de Miranda
(Chamartín, Ávila), en Yecla la Vieja
(Yecla de Yeltes, Salamanca), en Arra-
balde (Zamora), en Ulaca (Villaviciosa,
Ávila) o en Numancia (Garray, Soria).
Este planteamiento puede ser acertado
al menos para ese primer paso de acer-
camiento del lugar al visitante, aunque
es insuficiente para profundizar, y se
corre el riesgo de anteponer la interven-
ción “turistizadora”, es decir la incorpo-
ración de elementos reconocibles de
atracción visual (como ya se ha dicho,
puertas y murallas), a la intervención in-
vestigadora. Hasta donde conozco, las
excavaciones en castros como los de Sal-
deana (Salamanca) o Arrabalde (Za-
mora) han sido hasta el momento
escasas, y en La Mesa de Miranda (Cha-
martín, Ávila)
apenas se co-
nocen los
sectores resi-
denciales. Y
los tres ya tienen tramos de muralla re-
construidos o campos de piedras hinca-
das totalmente despejados.
Caso aparte es el tema de las lla-
madas “aulas arqueológicas” o centros
de interpretación, que desde hace unos
años parecen ser el mecanismo más em-
pleado por la administración para la di-
fusión del patrimonio arqueológico.
Aunque no he indagado en la efectividad
del sistema (las visitas no son masivas,
según he comprobado y tengo enten-
dido), es más que discutible el método,
y también el resultado físico, material.
Al intentar acercarme a la de Pe-
ñafiel (Valladolid), vinculada al yaci-
miento de Pintia, me la encontré cerrada
por obras y me desplacé a la oficina de
turismo a preguntar, pero la chica me
miró con cierta extrañeza: “si es como
Además de las murallas,
el otro gran elemento
visual homogéneo de
envergadura es el campo
de piedras hincadas
Muy pocas veces se centra la
atención en las necrópolis
Cartelas señalizadoras de las tumbas en la necró-
polis de Las Ruedas de Pina (Valladolid).
Túmulos de la necrópolis de La Osera, Chamarn de la Sierra (Ávila).
[)I
3 43
para niños”. Y es que ese afán divulga-
tivo, enfocado equivocadamente, se
convierte en vulgarizador, puede llegar a
banalizar la Historia, y además sin haber
conseguido ese fin proyectado. Quizás
no sea yo la persona indicada, pero sí
puede ser este el lugar adecuado para
plantear la necesidad de un debate
sobre el grado de difusión que necesita
o que merece un yacimiento arqueoló-
gico, y en qué momento las inversiones
e c o n ó m i c a s
en este sentido
dejan de ser
efectivas y pue-
den incluso su-
poner un freno
a la investiga-
ción, que se
rige por otros
ritmos. No sé
si todo yaci-
miento ar-
q u e o l ó g i c o
necesita su “aula arqueológica”. Proba-
blemente sea necesario discriminar, y
establecer prioridades.
Los resultados visuales de estas
“aulas” pueden llegar a ser dispares en
extremo: dicen que las comparaciones
son odiosas, pero es necesario hacerlas
con dos muy cercanas entre sí. La de
Manganeses de la Polvorosa (Zamora),
vinculada a un yacimiento cubierto por
una autovía, presenta un diseño exposi-
tivo en el que prima la imagen fotográ-
fica en gran formato, texto explicativo
moderado y algunas reproducciones,
con un código de color potente y dife-
renciador, que da un resultado global, a
mi juicio, más
que correcto. Y
la de Arrabalde
(Zamora), por
el contrario, su-
pone una casi
burda recons-
trucción de ta-
biques que
pretenden se-
mejar los
muros de las vi-
viendas del
castro, con un contenido más bien
pobre, y pobremente organizado.
Cuando se añaden al montaje aparatos
de cierta sofisticación, con luces y piezas
móviles, aparte su discutible utilidad
como transmisores de información (pa-
recen más una justificación singular del
gasto), es normal que se sufran averías,
como en Chamartín (Ávila), donde me
encontré varias de las máquinas estro-
pedas, y desde hacía algún tiempo,
según me dijo la persona que estaba al
Las llamadas “aulas
arqueológicas” o centros de
interpretación, desde hace
unos años parecen ser el
mecanismo más empleado por
la administración para la
difusión del patrimonio
arqueológico
Casa reconstruida en Numancia (Soria).
Interior con reconstrucción de telar de una de las
casas de Numancia (Soria).
111(]
44 3
cargo. Con frecuencia, el contenido de
información arqueológica es tan escaso
en estas “aulas”, que se convierten en
“centros de interpretación” o “centros
de recepción de visitantes”, donde se da
un repaso completo de toda la historia
de la localidad en cuestión, como sucede
en Roa (Burgos), o en Yecla de Yeltes (Sa-
lamanca); aunque este último caso no
pude comprobarlo in situ, ante el ex-
traño horario del lugar, que cierra los sá-
bados, y tuve que darme la vuelta en la
misma puerta. Otro de los problemas:
no suele ser fácil averiguar con certi-
dumbre el horario de apertura de estos
lugares.
Otro asunto discutible es el enfo-
que argumental repetitivo de las “aulas”
dedicadas a la Edad del Hierro; se re-
dunda constantemente en los mismos
rasgos y aspectos de los castros y sus po-
blaciones: formas de vida, viviendas,
vestimenta, utensilios... que hasta hace
bien poco eran muy similares a los de las
zonas rurales
de nuestro país,
con lo que mu-
chos visitantes
que los han co-
nocido en per-
sona, como es
lógico, no
muestran la
más mínima
sorpresa ni,
desde luego,
interés.
El último y novedoso capítulo
dentro de los métodos de difusión del
patrimonio de la Edad del Hierro son los
“parques arqueológicos”. El de Chano
(León), en territorio astur, fue el pri-
mero, con la construcción, a corta dis-
tancia del yacimiento, de un recinto con
varias pallozas destinadas a diferentes
usos expositivos y hosteleros, un apar-
camiento y un gran merendero que, si
no fuese por el paisaje montañoso, bien
podría recordarnos un poblado ha-
waiano. En Roa (Burgos) está a punto de
abrirse otro lugar
parecido, al menos
por lo que se ve
desde el exterior,
encaminado en la
misma dirección,
pero con los carac-
teres propios de la
cultura vaccea en
vez de la astur (las
viviendas reprodu-
cidas son de planta
rectangular). Nos encontramos con la
banalización absoluta de la arqueología,
entremezclada con las tiendas de sou-
venirs, las cafeterías y las mesas para el
bocadillo de los domingueros.
En resumen, el patrimonio ar-
queológico de Castilla y León, y en con-
creto el de la Edad del Hierro, se ha
subido al carro del turismo cultural. Au-
mentan las intervenciones de “puesta en
valor”; disminuyen las excavaciones de
investigación. El criterio que se aplica (en
general) es identificable con facilidad:
que se vea algo, y donde más puede
verse, antes se va a intervenir; otra cosa
es que se comprenda; pero quizás no es
importante, ni es lo que se pretende. O
yo no soy capaz de discernir los valores
intrínsecos de lo que se hace, conside-
rando la sempiterna escasez presupues-
taria para estos menesteres. No sé si es
el camino adecuado, o sostenible (pala-
bra también hoy muy manida) pero es el
que se está tomando.
David Lamoca Rebollo
El patrimonio arqueológico
de Castilla y León se ha su-
bido al carro del turismo
cultural. Aumentan las inter-
venciones de “puesta en
valor”; disminuyen las exca-
vaciones de investigación
Aula Arqueologíca de Arrabalde (Zamora).
Aula Arqueológica de Manganeses
de la Polvorosa (Zamora).
Parque arqueológico del castro de Chano (León). Parque arqueológico de Roa de Duero (Burgos).